Reflexiones sobre los premios literarios

Se suele comentar que muchos de los concursos literarios están amañados. No dudo que existan favoritismos en el mundo literario, puesto que una buena parte de él se construye a partir de amiguismos y enemiguismos. Sin embargo, en los concursos en los que he tenido la oportunidad de ser miembro del jurado, o incluso en aquellas revistas o publicaciones en las que he podido ser evaluador del material que se incluiría, debo resaltar la transparencia de los procesos. En el que más años llevo participando, la votación y resolución no puede ser más honesta y democrática. De hecho, no he llegado a presenciar controversias. Cada miembro lee los textos que le son enviados (todos anónimos) y tiene que volcar en una tabla sus impresiones de forma cuantitativa (hay un espacio para observaciones, pero poca cosa, lo importante son los números). O sea, si son quince relatos, el mejor llevará el número quince y el peor el número uno. De esta forma se va asignando a cada cuento una cifra.  El día del fallo, nos reunimos los miembros del jurado, pero lo único que se hace es volcar los números que cada uno aporta en otra tabla que lleva la presidenta. Ella hace un conteo final para obtener los promedios de cada relato y el dígito más grande gana; así de simple. Es hasta ese momento cuando se abre el sobre con los datos del concursante y descubrimos su identidad (normalmente escritores tan anónimos como lo somos los miembros del jurado).

               Nunca he presenciado un empate, pero supongo que en esos casos entraría en acción una evaluación cualitativa. Es decir, que la mejor defensa discursiva por parte de alguno de los miembros del jurado, llevaría a un concursante a obtener el reconocimiento o a perderlo.  Como he dicho, hasta ahora no lo he visto; el sistema funciona de forma tan afectiva, que si comentamos nuestras impresiones sobre los relatos, es llanamente porque resulta ser un buen tema de conversación, mientras esperamos a que la presidenta haga su conteo. Hay que reconocer que todo es muy aséptico, muy pulcro.

                Sin embargo, este sistema tiene también sus inconvenientes. Recuerdo que en uno de los primeros años en los que participé, el resultado final me pareció sumamente injusto. El relato al que yo había dado la numeración máxima, ni siquiera se había acercado a los primeros lugares. Un relato muy sórdido, es cierto, pero bastante bien escrito. Tanto que ahora con los años sólo puedo confirmar esta aseveración. No sólo sigo recordándolo, a veces incluso sueño con él. Un cuento sencillo y corto en el que un par de chicos, en una noche de borrachera, deciden salir a un descampado a caminar. Es inverno, pero dado los efectos del alcohol deciden quitarse el abrigo, el jersey y la camiseta y ponerse a correr, medio en cueros, por el campo. El narrador, uno de ellos, cuenta cómo cae en medio de la carrera, al tropezar con algo. La descripción de la caída hace que el lector sienta el dolor en las manos y en el rostro del personaje. Cuando se levanta y vuelve el amigo que ya se consideraba el ganador de la peculiar competición, se dan cuenta de que el objeto con el que había colisionado era una persona muerta. Lo sórdido viene a continuación, porque el amigo, no se sabe bien por qué instinto macabro, se desabrocha la bragueta y decide ponerse a mear sobre el interfecto. Los chicos discuten e incluso llegan a las manos. Al otro día, la resaca, la reconciliación, etc. Un escrito minimalista, pero muy bien logrado.

                Al no haber obtenido ni el premio de consolación, el sobre con sus datos no se abrió. Sólo se abren aquellos de los cuentos que obtienen alguno de los tres galardones que se otorgan. Por tanto, no sé quién fue aquel escritor cuyo texto probablemente ahora esté en un cajón, olvidado. No he tenido la oportunidad de decirle que uno de los miembros del jurado opinaba que su relato debería haber obtenido el mayor reconocimiento de aquel año. Tampoco podré decirle que todavía me perturba la imagen de un adolescente ebrio orinando sobre un cadáver. Quizá algún día lejano él lea esta columna y algo parecido al orgullo cosquillee en su estómago. Lo más probable es que tanto su cuento, como este texto que escribo, se pierdan en la vorágine de información que inunda nuestros días, que es lo mismo, que quedarse en un cajón, olvidado.

R.III

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Metafísica para comer

«B. ¿Es necedad amar? R. No es gran prudencia
B. Metafísico estáis. R. Es que no como.»
(Miguel de Cervantes, Diálogo entre Babieca y Rocinante).

—¡Y cuando nazca tu hijo, qué! ¿le vas a dar de comer metafísica?

El agudo e hiriente reproche ronda mi recuerdo, No es extraño, hace pocos minutos que terminaste la discusión, Lo sé, pero lo que intento decir es que son palabras que han sonado con mucho ímpetu en ese rincón olvidado del cuerpo donde ahora retumba su eco perenne, Nunca había tenido tanta fuerza la palabra metafísica para ti, Efectivamente, incluso si mi mujer hubiera generalizado su punzante sarcasmo y en vez de haber soltado metafísica hubiera dicho filosofía no habría tenido el efecto nocivo que se ha creado en mi espíritu, La denuncia hacia tu ignominiosa situación no sólo debería haberte hundido en absoluto mutismo, sino que incluso debería haberte apagado el pensamiento, Pero mírame charlando en silenciosa reflexión con mi persona, Lo peor es que empiezas a trabajar en tu cabecita la idea de poder vivir de metafísica, O de filosofía si nosotros sí nos atrevemos a generalizar, No es una insensatez, finalmente ya muchas veces con anterioridad te has alimentado de conceptos, aunque es cierto que nunca quedaste satisfecho, Te imaginas un banquete en el que comieras como aperitivo el «cogito ergo sum» de Descartes, para pasar a un segundo plato que incluiría la «sustancia individual» de Leibniz aderezado con la escéptica «cuestión de hecho» de Hume, y de plato fuerte, para dar gusto hasta al comensal más refinado, podrían servirse las «categorías» de Kant. Se colocarían en el centro para que todos pudieran probar un pedacito de cada una, Sería toda una cena de gala, pero ahora imagina que se trata de una comida informal que tienes que preparar con prisa para volver al trabajo diario, Pues en ese caso se podría descongelar en el microondas al primer Wittgenstein, pero como es muy picoso y hasta duro de roer, no hay que abusar de este platillo porque puede causar indigestión,

[Sigue en el enlace de abajo]

Metafísica para comer

Relato del libro Un gran salto para Gorsky publicado en el no 48 de la Revista Literaria Cronopio. Si te gusta el relato, puedes descargar gratis el libro Un gran salto para Gorsky pinchando sobre su nombre o en el enlace permanente a la derecha de Cuando el hoy comienza a ser ayer.

R.III

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La música ilumina tu mundo II

La música ilumina

Escribir una tesis doctoral puede ser una labor solitaria. Son muchas las horas que se invierten leyendo, escribiendo, releyendo, comprobando, corrigiendo… y la compañía, para estos menesteres, sobra. En mi caso, esta soledad no me disgusta en absoluto; he aprendido a convivir con ella y podría decir que la añoro cuando estoy en algún trabajo convencional. Hasta ahora no puedo decir que la tesis me haya pesado en la espalda como la losa que se puso el Pípila cuando quemó la puerta de la Alhóndiga de Granaditas. Si en algún momento se me ha hecho cuesta arriba este proyecto, fue justo cuando otras labores no me permitían adentrarme de lleno en la investigación. Pero gracias a los azares del destino, he podido disfrutar plenamente de estos últimos seis meses  de trabajo.  Me he convertido en un anacoreta del plano real; porque lo del facebook, skype y demás herramientas virtuales, (¡ah! qué remedio, habrá que admitirlo) me han ayudado a acercar esta morada de ermitaño al amplio mundo virtual.  Pero si escribo estas líneas es para hacer un pequeño homenaje a ese ente que me ha acompañado (y sigue haciéndolo) a lo largo de este recorrido: la música. Una especial mención debo hacer a Radio 3 (cuántas no habré hecho ya anteriormente), pues ha sido mi guía por los artistas que ahora mismo voy a repasar.

Inicia así EL TOP TEN DE ORTEGUITA (que conste que es de los últimos seis meses, que si habláramos de mi vida otro gallo cantaría):

El número 10 se lo voy a dar a Casper de Russian Red. He de confesar que, aunque cada vez mueve más masas, la música de Lourdes Hernández nunca excitó esa fibra que traigo de serie en algún lugar recóndito de mi interior y que me hace saber casi en segundos la música que va a permanecer en mi vida.  Fueron muchas las recomendaciones que me llegaron en el pasado sugiriendo que escuchara esta agrupación. Así que, para que no se dijera que no lo intenté, hice un repaso por sus dos álbumes sin llegar a encontrar nada reseñable hasta ahora. La canción Casper desde el comienzo arranca con una potencia que armoniza increíblemente con la voz de Lourdes. Pero bastan unos minutos para ver cómo la melodía sigue creciendo en un círculo virtuoso hasta convertirse en una obra coral.

El número 9 se lo lleva una canción que estuvo de moda ya hace tiempo, pero que yo la redescubrí gracias a mi antiguo empleo (sonaba a menudo). Aunque para muchos ya esté trillada, he de admitir que Dance With Somebody de la banda sueca Mando Diao tiene los ingredientes, no para hacerme cantar, sino para hacerme chillar la letra, intentando competir con la desgarrada (que no desgarradora) voz del cantante Blörn Dixgard. Afortunadamente gracias al alto volumen al que suelo escucharla, queda opacado mi exótico talento (lejos de los oídos indiscretos de los vecinos).  Este grupo también me motivó a indagar en otras de sus canciones, pero definitivamente no llegué a encontrar algo tan potente como este Dance With Somebody.

El número 8 va a otra banda española, Smile, quienes han tenido con su vídeo de la canción City Girl millones de entradas. Una rola cuya letra, por cierto, no tiene nada que ver con el vídeo. Tiene el típico soniquete pegadizo y, por qué negarlo, cuando la escuchas te pones de buen humor. Sin embargo, la letra va sobre el patetismo y la artificialidad de las apariencias (por cierto, muy bien lograda). Una chica paga un alto precio por querer “walk the cute guy”. Cada vez que aparecía en la radio o en la lista de reproducción una sonrisa se dibujaba en mi rostro.

El número 7 es para una canción poderosa con la que vuelve a la escena WhoMadeWho, “The Morning”. El trío danés sacó a la luz este single como adelanto a su próximo disco, Dreams, que saldrá (salió¿?) este marzo de 2014. Para algunos este álbum es considerado la primera ocasión en la que esta agrupación va en serio, y no lo dicen porque ya no quieran aparecer con sus desconcertantes disfraces en sus conciertos, sino porque consideran que será uno de los mejores discos de la escena indi de este año. Habrá de esperar para ver si es cierto.

El número 6 se lo doy a Formaldehyde de Editors. Aunque no piloto muy bien esta banda, la verdad es que esta canción entró en bucle durante horas el día que la conocí. ¿Se le puede echar un mejor piropo a una canción?

El número 5 lo gana Reflektor de Arcade Fire. Para muchos esta canción es densa como un día de niebla, en el que termina por aparecer un rayo de sol por ahí del minuto cinco cuando irrumpe la voz de David Bowie. Sin embargo, para mí esta rola, como el disco en general, es la cúspide del trabajo de estos canadienses. Sus canciones se caracterizan por la épica y el barroquismo (no apto para oídos simples), pero esta ocasión han conseguido traer esa épica a la pista de baile. No cabe duda que Arcade Fire sigue teniendo mucho que aportar.  Y sí, cuando entra David Bowie no es posible evitar que la piel se erice y un chute de adrenalina recorra tu sangre.

El número 4 va para Hard and Strong de Alice Russell. No sé cuántas veces habré escuchado esta canción a día de hoy; pero lo asombroso es que todavía no me cansa.  Esta cantante de soul inglesa ha conseguido una melodía energética que es potenciada por su agreste voz. Sin embargo, no sólo es la lírica, en este caso la fuerza radica en todo el conjunto musical. Una joya.

El número 3 (he de reconocer que la decisión se complica conforme avanzo en esta lista) se lo doy a Angels & Demons de Rinôcerôse. Este grupo de Montpellier de electro-rock llevaba cuatro años sin salir a la luz desde su último álbum. Ahora sacan este adelanto que hace estremecer mis entrañas; me enloquece; me hace salivar.  Sobran las palabras, basta disfrutar de la energía que transmite este vídeo.

El número 2 se lo debería dar a toda la agrupación. Para mí quizá el descubrimiento más satisfactorio de los últimos meses (y años): The sounds. Me acerqué a ellos por la pegajosa y bailable canción: Shake, shake, shake. Pero no es ni de cerca lo mejor de esta banda sueca. Todos sus discos son dinámicos, energéticos, bailables, cantables. Rolas que te llevan por el paroxismo o la catarsis mientras cantas/gritas los sentimientos o estados de ánimo de esas letras sumamente cuidadas. Una banda con un toque juvenil (pese a que los integrantes ya no son unos chavales) que inexorablemente te hace recordar lo fácil que era la vida.

Y por fin hemos llegado al final de la lista. Y aunque esté mal eso de repetir agrupación, lo voy a hacer. No tengo más remedio que cerrar esta lista con la rola de Arcade Fire. Una de esas piezas que sabes que no importa cuántos años pasen, cuántas veces la escuches, cuánto la machaquen en la radio, siempre te acompañará como la primera vez. Esta canción me pertenece y mientras la escucho yo le pertenezco a ella. Y toda esta palabrería (de hecho toda esta entrada del blog) para referirme a Afterlife. Volvemos al tema de la épica de esta banda. Una épica exquisitamente expresada en los grandes temas de sus discos: como Neighborhood 1 (Tunnels) que aparece en Funeral, No cars go del Neon Bible, la grandiosa Sprawl II del The Sububrs y ahora su mayor logro: Afterlife

*Rola = Canción (mexicanismo).

R.III


Mi mundo teratológico

“La bondad puede engendrar belleza, pero la belleza no puede engendrar bondad”.

León Tolstói, Guerra y Paz.

La teratología es la ciencia de lo monstruoso. En realidad los zoólogos no serían tan taxativos con su definición y probablemente explicarían a esta disciplina de la biología como el estudio de aquellos organismos que son anormales. Aunque siendo sinceros, entrar en un debate por la definición de lo que puede ser considerado normal, o no, es meterse en un terreno pantanoso. Por eso me gusta dejar los eufemismos y remontarme a su etimología: theratos, monstruo, logía, estudio. De esta manera no se pierde de vista el origen de su nombre y en consecuencia el camino por el que inició este campo de investigación. Como rama científica la teratología se dedica al análisis de las malformaciones o mutaciones, ya sean inviables (abortos) o, lo que más interesante me parece, aquellas viables; seres que han visto la luz y que han causado asombro, miedo o rechazo.

No sé por qué siempre me he sentido atraído por lo raro, lo oculto, lo oscuro o lo grotesco.  Mi primer encuentro con este mundo viene de la mano de Tim Burton y algunos de los largometrajes con los que debutó: Beetlejuice (1988), Batman (1989) y Edward Scissorhands  (1990). Es evidente que Tim Burton también es una persona que se ha dejado seducir por la belleza que encierra lo monstruoso.  En estas tres películas se puede percibir cómo fue dando paso de un mundo imaginario a uno cada vez más real. La dimensión fantasmal plasmada en Beetlejuice donde los monstruos disfrutan haciendo de sus travesuras. Batman en cambio es una película oscura, quizá la más tétrica de toda la saga del legendario héroe del DC Comics (junto con la segunda que también dirige Burton). Y finalmente, el encantador y solitario Edward que quiere integrarse en un mundo que lo rechaza; nuestro mundo. No son, ni mucho menos, los únicos filmes dignos de mención de este director norteamericano en cuanto a su amor por la teratología[1], pero son estos tres los que vi cuando era todavía un niño y me dejaron una impronta de maravilla hacia lo oscuro, lo repulsivo, lo macabro.

Más adelante conocí al que fue el padre cinematográfico de todo este mundo teratológico: Tod Browning  y su impactante filme Freaks (1932) traducido al español por La parada de los monstruos. Lo hice ya bastante tarde y de rebote, gracias a un amigo del doctorado (Antonio…) que tenía un garito (que sigue en Madrid aunque con otro dueño) con el mismo nombre de la película de Browning. Esta escalofriante y conmovedora cinta trata sobre personas que por sus malformaciones físicas o psíquicas terminaron trabajando como fenómenos de circo. Se cuenta la historia de sus relaciones, sus códigos éticos, su compañerismo y de su hermanada unión (si se daña a uno, se daña a todos los demás). Sin embrago, lo más anecdótico es que no se usan efectos especiales, ni maquillaje; todos los actores contratados para este filme contaban con sus respectivas malformaciones. No es de extrañar, que pese a ser ahora una película de culto, en aquel entonces horrorizara tanto a productores como a espectadores.

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Otro largometraje, pero mucho más reciente (2006), es el de Fur: An Imaginary Portrait of Diane Arbus (se ha traducido como Retrato de una obsesión en España). La película del director Steven Shainberg es una biografía ficticia de la fotógrafa Diane Arbus, centrada sólo en una parte de su vida, pero, a través de una historia fantástica, revela aquellos elementos seductores que nos acerca a su pasión por la extraño. Esta fotógrafa decide en un punto de su vida recorrer las peligrosas calles del New York de los años sesenta, buscando personajes para retratar. Así llega al mundo sórdido que plasma en sus retratos: enanos, prostitutas, nudistas. En 1972 se quita la vida.

 Y ya que hablamos de fotografía no quiero dejar pasar la oportunidad de mencionar la obra del fotógrafo finlandés Perttu Saksa cuyas fotografías son igualmente estremecedoras y oscuras. Su última exposición con monos tailandeses enmascarados con caras de bebé, te provocan una sensación parecida a la punzada en el estómago que sientes frente a una película de terror. Y pese a lo grotesco de algunas de sus imágenes, no es posible dejar de encontrar en ellas una melancolía, un equilibrio y un indudable sazón estético, que te hace saber su potencial artístico.

Dando un giro a otro tipo de arte, entran a escena el grupo Die Antwoord (La respuesta en Afrikáans) desde Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Una banda de electro rap que escupe su crítica social con espumosa y mordaz rabia. Maestros de una música electrónica que taladra la conciencia desde el primer momento que los escuchas. O los amas o los odias, pero no te dejan indiferente. Y cuando ves sus vídeos un escalofrío recorre tu médula espinal y sacude tus sentidos. La adrenalina no tarda en tomar el control de tu cuerpo para invitarte a saltar (o, en el mejor de los casos, bailar). Todos los personajes están ungidos por ese velo de la monstruosidad (la mayoría de ellos también deben su aparición en los vídeos por alguna malformación). Excitación, ritmo, repulsión y sordidez hacen una mezcla que los coloca (al menos para mí) como la mejor teratobanda del actual universo musical.

Antes de terminar quiero abrir un paréntesis que puede encajar muy bien en este artículo sobre mi mundo teratológico. En este caso es una serie de televisión: El gran día de los feos cuyo creador es Nabil Chaban. Ésta, que es la primera serie para descargarse en el móvil en España, relata un mundo en el que los feos son condenados a muerte. Un distopía que describe una nueva sociedad en donde la fealdad ya no tiene cabida. Para conseguirlo existen inspecciones rutinarias en el que se examinan los aspectos físicos (donde se incluye el buen vestir) y aquellos que no encajan en el modelo de belleza se les captura. Los feos son exhibidos en un programa de televisión y es el público, como se hacía en los coliseos de la antigua Roma, quien decide quién vive y quién muere (algo parecido a las nominaciones de la serie televisiva Gran Hermano). Así se configura ese futuro apocalíptico, hasta que un día los feos se revelan.

 Y ahora sí, para finalizar, no podría dejar de lado la literatura. Habría muchos ejemplos terroríficos, pero quiero seguir el camino emprendido, donde la monstruosidad también va dotada de belleza. O sea, donde lo extraño se convierte en arte. Por tanto, y para no alargar mucho más este texto, voy a optar por hablar solamente del primer libro de relatos de Luisgé Martín, Los oscuros.  En él aparece la historia de Ernst Kloshe, un hombre desfigurado por los catastróficos efectos de la viruela. Una cara horrible, excepto los ojos. El hallazgo de este atisbo de hermosura en su rostro, lo llevará a la obsesión de confeccionar para sí mismo un nuevo ente; en esta ocasión bello. Como única herramienta cuenta con su cámara:

Durante el siguiente año Ernst Klosche continuó investigando los procedimientos técnicos y ensayando maneras nuevas de mejorar su obra. Llegó a alcanzar una sofisticación y un refinamiento admirables. Experimentó con proyectos cada vez más complejos: por tercera vez volvió a los burdeles y a las calles, eligió a los muchachos más hermosos y los fotografió desnudos. Luego los troceó y reconstruyó con ellos el cuerpo de un único muchacho inmortal, que seguía llevando sus ojos y lo miraba fijamente” (Martín, Luisgé, Los oscuros).

Un frankestein que se construye a sí mismo a partir de miles de imágenes. Pero esta obra no estaría completa hasta encontrar también a la mujer perfecta que pueda acompañarlo. Aunque para ello tenga también de recomponerla a partir de la fotografía de otras muchas mujeres.

Esta es tan sólo una parte de mi universo teratológico. Aunque tengo la sospecha de que este mundo me depara, todavía, muchas y grandes  monstruosidades.

R.III


[1] Nightmare Before Christmas, Mars Attacks!, Sleepy Hallow y la grandiosa y meta-teratológica película: Big Fish. (Todos los enlaces que aparecen en este artículo te llevarán a los ejemplos citados).

En mi afán de rescatar la belleza y estética de lo grotesco, también hice una serie de fotografías, de las cuales sólo he podido rescatar un puñado nada digno. A años luz de Saksa, aquí comparto algunos de estos esperpentos.

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La espera del mal

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Fantasmagorias

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Arrebato

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Fetiches

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¿Making up?


La psicópata

Un psicópata no es una persona que se pone a disparar en medio de una plaza. Su patología simplemente consiste en no poder empatizar. No puede sentir remordimientos, ni pena por sus semejantes. Supongo que la persona afectada por este mal  tiene que fingir la mayoría de sus sentimientos para no parecer extraña. Quizá tengas a tu lado a un psicópata y no te has dado cuenta.

 

 

Cuando lo pienso

(y en momentos como este

no puedo evitar hacerlo)

lamento lo de tu psicopatía

me parece una lástima

que no sientas como recorre por tu piel

esa sensación que se convierte en sonrisa

que tu palpitar no sea

como el de un colibrí

que la sangre

no sonroje tus mejillas

 

 

a veces tu psicopatía

se convierte en mi rabia

por no mover tus fibras

por no alterar tus poros

por no provocarte

en fin

el cosquilleo de la ilusión

 

 

tu psicopatía otras veces me consterna

me hace sentir desolado

abatido

triste

por saber que tu mirada

sólo me devuelve el reflejo de mi deseo

nada más

de pronto me sorprendo

nuevamente feliz

porque eres tú y tu psicopatía

quien me conduce

por estas impresiones

que puedo

y no quiero

dejar de vivir.

 

R.III

 

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Ideas de magnanimidad y la búsqueda de la plenitud

Uno de los principales problemas que tiene el hombre para poder alcanzar la felicidad es el conjunto de ideas de magnanimidad que le ha impuesto la sociedad. Me refiero a esa serie de conceptos arraigados en la cultura de occidente sobre aspectos cotidianos como las relaciones amorosas, la amistad, los objetivos personales, el empleo del tiempo, etc. Uso el término de “magnanimidad”, porque dicho concepto hace referencia a la perfección, lo verdadero, lo eterno y otras cualidades que por su elevado estatus sólo pueden considerarse magnánimas. Estas ideas han hecho mucho daño, porque desde pequeños se nos ha impuesto una serie de “estándares de calidad” para una serie de sucesos que se van presentando a lo largo de la vida de toda persona.

Un ejemplo puede ser encontrado en las relaciones de pareja. Generación tras generación, la sociedad ha estipulado que las relaciones íntimas satisfactorias son aquellas que consiguen la permanencia. En este caso no estoy haciendo referencia a ese otro espectro cultural que encasilla a las uniones bajo términos como noviazgo, matrimonio, estar arrejuntados u otros. En realidad el concepto de magnanimidad va más allá de cuestiones conservadoras o liberales que consideran una relación como sólida por el hecho de estar adscrita a un concepto religioso, civil o individual. En realidad lo que es común a todas es la concepción general e indisociable de temporalidad. Si una relación de pareja llega a su fin, es comúnmente visto como un fracaso. Ese enlace no triunfó, porque no era el correcto. En cambio aquella relación que perdura es vista como una unión exitosa. No importa que se haya disfrutado de momentos de plena felicidad durante varios años, si sobreviene la ruptura todo el vínculo es concebido como un fracaso. Es cierto que existe un factor emocional que no permite, hasta que el tiempo cierra las heridas, apreciar todos los buenos momentos que se han tenido durante el período de alianza. Sin embargo, la relación continua siendo apreciada como un todo y la ruptura sigue otorgándole una etiqueta negativa. La idea de magnanimidad nos impide comprender que esa etapa y cada una de ellas en la relación, se pueden medir como éxitos o fracasos independientes a la duración de la misma.

Cuando uno está disfrutando del amor y la felicidad en una relación íntima, en ese momento ya se está gozando de un lazo exitoso. Es muy probable que si a esas personas se les preguntara, ellos aceptarían esta realidad. Pero si unos años más tardes terminan por cualquier tipo de razón ¿entonces todo lo anteriormente vivido carece de valor? ¿Tenemos que aceptar que esa relación fue un fracaso?

Estas ideas de magnanimidad imponen un peso muy fuerte en los aspectos cotidianos. Porque nos hablan de una permanencia, de una eternidad, de un hasta que la muerte los separe; que el mundo se empeña en refutar. La realidad que vivimos comúnmente parece mostrar día a día que no existen tales objetos eternos; que no son posibles los eventos duraderos. No es atrevido decir que todo es efímero o cuanto menos cambiante. Sin embargo, nos hemos autoimpuesto metas elevadas. El éxito personal muchas veces está basado en esas ideas de magnanimidad y no es de extrañar que muchas personas caigan en depresión, pues es sumamente difícil alcanzar esos objetivos. Tenemos miedo a morir sin haber vivido todo lo que estaba a nuestro alcance. No queremos perder el tiempo y nos vemos, en consecuencia, envueltos en una carrera descontrolada que conduce más al estrés que a la felicidad. Y así continuamos inmersos en una serie de valores que no se corresponden con el mundo posmoderno que habitamos. Si comenzáramos a aceptar que incluso esas nociones de amor, felicidad, disfrute del tiempo, etc. están llenos de armonía, aunque venga en dosis específicas, quizá sería más sencillo darnos cuenta de lo cerca que estamos de la plenitud todos los días.

R.III

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Un producto de la magnanimidad: La mezquita azul

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Otro producto de la magnanimidad: Santa Sofía.


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