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Estoy mirando esa foto tuya del salón. Es una foto sencilla, sin mayor artificio lumínico o estético. El color y la parafernalia apenas hacen acto de presencia. No hay carmín en tus labios, no luce el color de esos ojos expresivos. No sonríes, ni pretendes convencernos, a los espectadores, de tu belleza. Estás ahí de perfil, en un sobrio camisón negro. Un halo de sensualidad provoca un cosquilleo en mi interior que me eriza la piel. La serenidad personificada que, irónicamente, sostiene una beldad incólume, atronadora. Capaz de los más altos pensamientos y hechizos.

 En ella se esconde a las miradas una paz que sólo percibimos algunos afortunados. La comisura de tus labios intenta delatar esa felicidad que pasea en tu espíritu. Un halo de dulzura atrapa la mirada de aquél que pasea entre los títulos de aquellos libros que rodean tu efigie. Y la ternura… una ternura que me quiero apropiar, pero que es tan tuya que nadie jamás podrá alterarla. ¡Cuánto candor se consume en ese retrato!

 Y entonces pienso que en ese momento yo no había hecho acto de aparición en tu vida. Que quizá esa alegría, esa paz, esa ternura eran pábulo de otros amores. O quizá de la gracia que brinda la libertad; o de la magia que uno tiene cuando es joven. Me pregunto si entonces además de bella eras feliz. Corrijo y me consuelo pensando que ahora también lo eres. ¿Pero si no es así? La simple duda martiriza mis sentidos, yo que tanto te quiero y que no consiento que sufras ningún daño. Dudo, callo, te admiro.

 De pronto esa sonrisa demoledora me devuelve el consuelo robado. Ahí estamos ambos cristalizados en otra imagen. En ella tu inocencia sigue siendo patente. No hay paz, pero la alegría de ambos desborda la habitación. Muy probablemente por ese día soleado que me hace entrecerrar un poco los párpados. Una foto que nos transporta a aquel día, pero que sólo el buen observador es capaz de apreciar la entrada principal del Parque Güell, que apenas se vislumbra. En esta imagen sonríes abiertamente mirando a la cámara; al espectador.

Cada vez que paseo mi mirada por esas imágenes me dices cosas bellas al oído. El amor susurra con delicadeza palabras invisibles que llenan de armonía todos los objetos que rodean nuestra cotidianidad. Nuestro hogar. Y de algo estoy seguro: de que contigo, ahora, todo cobra sentido.

R.III

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Pasos… y el mundo del microrrelato

“Hacer un rostro de mármol significa eliminar de la piedra aquello que no es un rostro”

Antón Chéjov, Consejos a un escritor

Después de la poesía, el relato corto es el género que más debe atender a este paralelismo de Chéjov. Todo lo que se escriba debe servir a la historia y el escritor no se puede permitir introducir más elementos que los imprescindibles. Además, ahora cada vez más en boga, los microrrelatos quieren consolidar el arte de la brevedad cuya esencia es una historia latente que el lector tiene que construir bajo las mínimas pautas proporcionadas por el autor. Lo bello, lo ingenioso, no es entonces lo diseñado; es la propuesta creativa que invita a participar, a formar parte, a dejarse llevar sin esfuerzo por los senderos pincelados. Como bien analiza David Lagmanovich  en su ensayo sobre minificciones, “el ejemplo  indiscutido [es] ‘El Dinosaurio’ de Augusto Monterroso”, que con una sola frase de siete palabras (nueve si se incluye el título; parte fundamental de estas obras) consigue un texto narrativo. Aunque es el epítome en su género, no es el único ejemplo de hiperbrevedad. Además, tampoco debería ser determinante convertir la máxima de decir mucho con poco en una competencia por batir récords; fútil tarea sería sacrificar el fondo por la forma. Lo que es indudable es la atención que tanto escritores como autores están poniendo en esta forma de expresión artística.

Sin llegar a la concisión del relato hiperbreve al estilo de Monterroso, Isabel Moreno García opta por explorar estos senderos del microrrelato con su libro Pasos. De hecho, antes de atribuir a sus narraciones el término apelativo de cortedad, deberíamos hablar de ligereza o liviandad. Pues el trabajo que existe detrás de cada uno de sus cuentos, ha conseguido una fluidez de palabras ajenas a lo pretencioso, lo farragoso o lo intelectual. En cada escrito se salvaguarda la belleza, conseguida con un estilo claro y sencillo, pero no poco medido. Isabel se ayuda de un lenguaje poético para mostrarnos la vida de personajes que van y vienen a lo largo del libro en situaciones habituales, pero que cobran un nuevo brío a cada paso: “La circunstancia espoleó su imaginación hasta investir la situación con un halo de magia, como si lo cotidiano se escabullera de su indiferente aspereza”.

De esta forma elementos comunes esconden una importancia que podrían pasar desapercibidos, pero que ella rescata con oportunas metáforas. Así un columpio se convierte en un “sueño de ingravidez y vuelo” o una despedida hace mella en el espíritu al ser descrita como un suceso irreversible: “Por eso, de súbito, volvió la mirada hacia las tazas de té, que aún permanecían calientes sobre la mesa, porque esta vez sintió que le pesaba la ausencia como un destello doloroso y repentino”.

Pasos es una serie de minificciones que recopilan retazos de una vida. Se convierte así en una narración de encuentros, de anécdotas sencillas y asiladas, de conversaciones y tertulias, de emoción por lo vivido y en su conjunto se da pie a que cualquier suceso tenga cabida en ese microuniverso literario. Es una exposición personal donde el autoanálisis confluye incluso en el mundo de los sueños: “Se desplazaba entre los recuerdos que siguieron a la ilusión onírica que habitó en la noche, aunque sabía que la tarea de desciframiento podría prolongarse hasta un momento incierto”. Notas biográficas donde el tedio, la frustración y la catarsis confluyen: “Ya en el estudio, se desplomó exánime en el sillón frente a la mesa. De la reunión previa, conservaba una especie de clamor alusivo a esa extraña fidelidad que empuja a reanudar la obra”. E incluso los objetos y situaciones que pertenecen al personaje sirven de pretexto para la inventiva: “Parte de sí misma impregnaba aquel lugar que, a su vez, le dejaría una huella indeleble”.

Editado por Plaza y Valdés el libro no tiene más de cien páginas y el minimalismo de su edición predispone a esa levedad que Isabel Moreno García propone con sus textos. Los cuentos no exceden más de una página, su lectura, por ende, no llevaría más de una tarde y, sin embargo, algunos relatos invitan a detenerse, a cerrar el libro, a reflexionar y tratar de alargar esa sensación agradable que han producido. Pasos es un libro para tenerlo en la mesilla de noche y tirar de él poco a poco, reencontrarse a uno mismo a través de las palabras y saborear las historias como quien degusta de un diminuto pero excelentísimo aperitivo.

R.III

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Hormigas en el universo

Sales de tu trabajo y caminas rumbo al metro. Esta vez no traes atado a tus oídos los audífonos que te arrastran hacia caminos musicales aleatorios. A tu lado, caminando casi a la misma velocidad que tú, un hombre hablando a través de su teléfono móvil. Le cuenta a alguien en tono vehemente una historia sobre un compañero de trabajo. Se nota su enfado y busca la aceptación y apoyo de su interlocutor, quizá su mujer, quizá otro compañero. Bajas al metro y ves, apiñados en grupo, a algunos miembros del personal de seguridad que comentan acaloradamente sobre un suceso de esa mañana: un impertinente usuario se había saltado el control de acceso sin pagar y además había tenido la desfachatez de encararse con uno de ellos. Todos seguían la historia atentos; centrados en la explicación del que la relataba. Miradas y movimientos de cabeza mostraban su respaldo: ¡claro que había hecho bien en echarle! Alguno de ellos hizo un comentario que no escuchaste, pero todos rieron. Ya subido en el vagón del metro centras tu atención en tres chicos relativamente arreglados y perfumados, calculas que deben tener dieciséis años. Hablan sobre un videojuego. Comentan seriamente una estrategia para poder acceder a lo que supones es el siguiente nivel. El que explica los pasos a seguir usa sus manos para simular los movimientos del personaje del juego. Uno de los que lo escuchan hace bromas e interrumpe, pero el otro mira con suma atención. Irrumpe un acordeón por encima de las voces de los chavales  y pasas tu mirada a otro extremo del vagón. Un señor de unos 50 años toca el instrumento, no es una de esas melodías cotidianas. Esta persona ha decidido interpretar algo diferente y disfrutas la tonada. Unos segundos antes de llegar a la siguiente parada, el señor deja de tocar y pide ayuda a los pasajeros. La mayoría lo ignora, casi todos siguen encerrados en su mundo de mensajes de whats app, de música o de lectura electrónica. Unas paradas más adelante llegas a Príncipe Pío y cerca de la mitad de los pasajeros del suburbano salen en tropel. Tú entre ellos. Te da la sensación de que todos llevan prisa; unos a otros se adelantan para intentar alcanzar las escaleras eléctricas primero. Hay algunos –muchos- que suben por las escaleras normales cuando se percatan de lo que tendrán que esperar si quieren ir por las eléctricas. Hay quien viene en pareja o con amigos, pero la mayoría va solo.

Cada uno de ellos tiene una historia y un contexto. Lo sustancial, el motor que los hace moverse, su existencia entera gira en torno a esa historia. Conviven con muchas otras vidas (entran en contacto con ellas en el metro, en la oficina, en persona u on line), pero su circunstancia es la primordial. Su pequeño mundo se reduce a su empleo, a sus videojuegos, su acordeón, su familia, sus escritos de blog, y cada uno de estos elementos configura su razón de ser (aunque no se hayan parado a pensar en ello). Saben que en otros países se pasa hambre, que hay gente a quien desahucian de sus viviendas, que existen señores que pueden gastarse miles de euros en una velada, han escuchado hasta la saciedad de la delincuencia, de la violencia de género, de la consolidación de grandes emporios, de la guerra, etc. En muchos casos llegan a sentir empatía o repulsión por estos otros sucesos que acontecen allá afuera, pero no les queda más remedio que centrarse en su vida y, lo quieran o no, darle una consideración significativa.

En el organismo de un ser vivo pasa algo similar. La unidad funcional del riñón, por ejemplo, a la que se le conoce como glomérulo es la célula que permite a este órgano filtrar el plasma sanguíneo. Gracias a esta habilidad del riñón se pueden separar las sustancias que entran en el cuerpo y desechar aquellas que son dañinas a través de la orina. Si pudiéramos pensar en el glomérulo como una unidad independiente, todo el centro de su existencia consistiría en actuar de determinada manera para filtrar la sangre. Sin embargo, los glomérulos mantienen una estrecha relación con el corazón, porque gracias a la presión con la que se bombea la sangre estas células pueden filtrarla. Y no sólo eso, también tienen una relación con las células receptoras de los vasos sanguíneos que detectan la presión osmótica del plasma, lo que manda una señal al cerebro para que dicha filtración aumente o disminuya. Por tanto, si no hay suficiente líquido, la filtración glomerular disminuye y no se pierde líquido previniendo la deshidratación, y cuando detectan un aumento entonces se incrementa la filtración y se elimina más líquido evitando un edema (una hinchazón). No se puede decir que el glomérulo tenga conciencia, pero de tenerla, ésta la usaría para desempeñar su labor sin pensar en vasos sanguíneos, células cardiacas, neuronas u otros; vive para filtrar y todo lo importante gira entorno a su actividad.

Consigues salir del subterráneo preguntándote, por qué es aquí cuando te llegan estas reflexiones. Es probable que sea por encontrarte rodeado de toda esa gente que camina solitaria con sus historias acuestas. Andas rumbo a tu casa sin parar de pensar que las células forman órganos, los órganos sistemas y finalmente este cúmulo de sistemas dan pie al organismo vivo. Así como con lo glomérulos, todo en el cuerpo está estrechamente interrelacionado, aunque sus partes trabajen de forma “en apariencia” independiente. Te preguntas: “¿Qué nos hace pensar que esta cadena se detiene ahí? ¿Por qué no pensar que existe también una unión entre nuestra vida y las otras?”. Estás convencido de esta relación; de que esas personas anónimas con las que entras en contacto todos los días y también con aquellos otros que no ves y no conoces –pero que a su vez chocan con esas otras vidas de su entorno- forman cadenas de causa y efecto que repercuten en todos. Sigues caminando pensando en estos grandes temas, sabiéndote pequeñito como una hormiga, como una célula del organismo; tan trascendental o nimio eres en el universo como el polvo de estrella.

Pobres de los hombres que se toman tan en serio su papel en esta gran comedia universal –¿o será una tragedia?-. Algunos, incluso, pretenden darle un sentido totalizador; una explicación convincente. Aunque la mayoría se conforma con mantenerse en movimiento, salvaguardando su realidad y circunstancia.

Has llegado a casa…

R.III

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Con la mochila acuestas

Siempre que lo ves marchar sientes la sensación de vacío en el estómago. Lleva el macuto firmemente sujeto a su espalda, el saco de dormir en la mano. No puedes evitar mirarlo bajo tu perspectiva; todavía lo consideras tan pequeñito, pero él camina con el mismo aplomo que sus otros compañeros. En su mente ya has desaparecido; charla, se ríe, juega. Sabes que durante cinco días lo pasará muy bien, pero no puedes evitar la punzada de la preocupación.  Sin embargo, este sentimiento nada tiene que ver con un peligro verdadero, guarda más parecido con la sobreprotección: ¿comerá bien? ¿Lo harán andar demasiado? ¿y si se moja los pies? ¿se lavará bien los dientes? Buscas consuelo en la razón y te convences de que lo que perseguías metiéndolo en el grupo de scouts es que se volviera más independiente, que consiguiera socializar mejor con los otros niños, que dejara de ser el centro de atención y se diluyera entre los demás, que aprendiera a empatizar, a colaborar, a compartir, a saber perder y ganar. Querías, finalmente, arrancarlo de aquello que crees un seno, ya no sobre, sino súper-protector en el que vive cotidianamente.

Intentas llevar el asunto al terreno de la levedad.  ¿Qué más da que no coma todo lo bien durante estos cinco días? ¿o que ande mucho y no se lave los dientes? A la vuelta vendrá hecho una piltrafilla como suele hacerlo, pero pletórico y de una pieza. Querrá contarte sus mil aventuras y con los bolsillos llenos de piedras y recuerdos silvestres.  Durante la acampada no morirá por inanición, ni perderá los dientes por falta de higiene. Y si se moja los pies, cogerá un resfriado, pero con suerte aprenda que en esos casos lo que debe hacer es ponerse unos calcetines secos. Y aunque odies pensar en ello, de cada insatisfacción, de cada pena, de cada ligera y “medida” amargura con la que tropiece, su espíritu se enriquecerá por la experiencia. Si lo has metido en los scouts es porque quieres hacer de él un mejor ser humano. Porque aunque consiguieras evitarle en su niñez todos los males que se esconden en cada esquina de este mundo, lo cierto es que algún día él saldrá a vivir en ese mundo. Solo, sin tu ayuda, o la de su madre,  la de Ana, la de sus abuelos o la de todos los que lo quieren (que no son pocos), solo tendrá que saber sortear los infortunios que se le atraviesen.

Ahí va feliz con su mochila acuestas. Y tú también das la vuelta con el vacío en el estómago. Caminas convencido de que todas tus razones son acertadas. No miras atrás, pues no tendría sentido. Él ya ha comenzado su excursión. Año a año el macuto le irá quedando más pequeño, ya no se lo prepararás tú y él, desde lo alto, besará tu frente, igual que como ahora lo haces tú al despedirte.

R.III

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R.IV en su primera acampada en invierno del 2010


Palabras diversas No. 40

La importancia de la literatura: una lectura de la filosofía de Wittgenstein

Una de las reflexiones que me gusta hacer en mis primeras clases del curso con la ayuda de los alumnos es contestar a la pregunta: ¿para qué sirve la literatura? La clase es sobre este apasionante tema, así que me parece adecuado comenzar reflexionando sobre su utilidad (si es que la tiene). Así vamos dando paso a una lluvia de ideas que voy anotando en la pizarra. Respuestas de toda índole: “sirve para aprender sobre otras épocas históricas”, “nos ayuda a conocer otras culturas”, “otros idiomas”, “nos entretiene”, “nos permite evadirnos de la realidad”, etc. Una vez terminada la lista de opiniones comienza el análisis de los puntos y se llega a la conclusión que para cada uno de ellos existen alternativas mucho más eficaces, por ejemplo (y sigo el mismo orden): la historia, la antropología, la filología, la televisión –dónde va a parar- o las drogas. Algunas veces algún alumno aventajado hace la observación de que la Literatura te permite muchas veces combinar dos o más de las opciones mencionadas a la vez. No es una mala observación, sin embargo, todas las anteriores respuestas me parecen poco convincentes; más bien flojitas. Entonces, ¿para qué sirve la literatura de verdad? 


Aquí entra en escena el bueno de Ludwig Josef Johann Wittgenstein. El filósofo austriaco dice en el prólogo de su famoso (y complicadísimo) libro Tractatus Logico-Philosophicus que todas las páginas de éste se pueden resumir con la sentencia de “todo aquello que puede ser dicho puede decirse con claridad; y de lo que no se puede hablar es mejor callarse”. [...]

Si quieres leer el artículo completo puedes leerlo en la editorial de la revista Palabras Diversas número 40, pinchando en este enlace.

R.III

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Lo fácil que era la vida

“Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”

Pablo Neruda, Poema XX

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Estoy yendo a recoger [por fin] mi título a la Universidad Europea de Madrid. Como antaño, voy montado en el autobús 518. Cuando alcanzo a vislumbrar las primeras filas de chalets a la entrada de Villaviciosa de Odón siento un apretón en el pecho. Han pasado por lo menos cinco años sin venir a este lugar recóndito de la Comunidad de Madrid que fue mi hogar durante el primer año que viví en España.

Recuerdo lo fácil que era la vida; las mañanas en la cocina con mis compañeros –con mis amigos- de piso; los días de universidad; las tardes de domingo cuando acostado contemplaba, a través de la ventana, el azul claro y monótono de un cielo altísimo; el pequeño escritorio donde se apilaban los libros que todavía arrastro de casa a casa, de vida a vida; saliendo a pasear en las noches de invierno cuando la niebla humedecía y coloreaba de amarillo todo alrededor; preparando una barbacoa en el patio de casa con el sol cayendo a plomo sobre nuestras cabezas; organizando los ingredientes para hacer una cubeta de sangría; levantándome temprano un domingo para ir al Prado, al Retiro o al Parque del Moro; descubriendo el universo de Paul Auster; el de Alessandro Baricco. Recuerdo lo fácil que era la vida corriendo hacia el autobús para no perderlo; yendo a comprar una pizza para la cena a ese local que se llamaba “Lobato” y que ofrecía vino blanco mientras esperabas; remoloneando en la cama de mi buhardilla; aprendiendo a escuchar y a entender a Extremo Duro; escogiendo poesías y canciones para mi programa de radio (Inventando que sueño); leyendo libros que nadie cogía en la biblioteca prácticamente vacía de la universidad o pasando de largo cuando, en época de exámenes, perdía el encanto de su soledad; en invierno, descubriendo que hacía más frío dentro del chalet que afuera; cuando organizamos el primer viaje a Segovia, Ávila y Salamanca; cuando era un aficionado a la fotografía y creía que podría dedicarme a ello; cuando pisé París y pensé que la personas que debería estar ahí era mi padre. Recuerdo lo fácil que era la vida cuando tomaba esas clases aburridas; y las interesantes; en las múltiples noches de juerga; las que pasábamos en casa (también de juerga); cuando bajábamos en autobús a Madrid o en el coche de algún amiguete; cuando nos quedábamos en Villaviciosa e íbamos a las Brazas; la gentileza de Domingo (el dueño del bar); la antipatía de su mujer; la primera jarra de sangría; la segunda; las copas que Domingo nos invitaba, ya solos con él, y una vez cerrado el bar; explorando la noche madrileña en los alrededores de Gran Vía; dejando tu espíritu colaborando con tus amigos en la elaboración de sus cortometrajes; conociendo el cine español; conociendo el europeo; anotando los malentendidos lingüísticos para luego comentarlos con mis amigos mexicanos. Recuerdo lo fácil que era la vida pasando casi todo el día en la universidad; los pasillos donde entablaba conversación con casi cualquiera; lo hermosas que me parecían las mujeres españolas; lo difícil que era ganar su atención; lo sencillo que resultaba hacer nuevos amigos; las noches frente al televisor jugando videojuegos; las risas provocadas por ciertas sustancias; las que emanaban con naturalidad sin el uso de ellas; el querer estar abajo con ellos –los que se reían-, pero no querer perder la oportunidad de seguir acostado con ella, la que conseguía hacer subir a la buhardilla; el encontrarme a mis compañeros de clase mientras hacía la compra en el Open Core; el terminar con ellos cenando para volver a reír; la complicidad que se amparaba en la juventud, la inocencia o las ganas por comerse el mundo.

Recuerdo lo fácil que era la vida en aquellos días cuando, al igual que ahora, iba en el autobús escuchando música, con la cabeza recargada en la ventana, sorteando las mismas calles y contemplando con satisfacción el paso del tiempo.

                                                              R.III

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Estado febril y lluvioso

Cuando estoy enfermo, con fiebre, me entran ganas de llorar. No es que me sienta triste o que me duela algo, pero una sensación me aprieta el pecho y el llanto fluye parsimoniosamente por mis mejillas. Me siento como un niño pequeño que quiere esconder la cara en las faldas protectoras de su madre. Lloro quedito, sin más estrépito que el tiritar producido por el escalofrío de la fiebre y, cuando lo hago, procuro estar solo. Jugar a ser padre, a tener un buen empleo, a crear un proyecto común con mi mujer, a ser un hombre maduro y dueño de su vida, súbitamente se ve interrumpido por una gripe y una sensación irremediable de vulnerabilidad.

Hace muchos años que los virus no me atacaban con tanta vehemencia. También hace mucho que no lloraba. No soy una persona de lágrima fácil, aunque a veces me sorprendo leyendo una frase que me conmueve o viendo la escena de una película, escuchando la canción adecuada o cuando me veo golpeado por la verdadera belleza; es entonces cuando una de esas gotas salobres baja hasta la comisura de mis labios. Ana dice que si no fuera por estos momentos llegaría a sospechar que soy un poco psicópata[1]. Como quiera que sea, no estoy seguro de que este escueto lloriqueo pueda pasar por ese deshago al que las personas llaman “llorar”.

Es verdad que suelo guardarme ciertos pensamientos y sentimientos para mí. Soy una persona dicharachera y cualquiera podría confundirse y creer que soy muy abierto, pero en realidad me cuesta trabajo permitir el acceso a mis verdaderas preocupaciones, a  mis deseos o a mis miedos. Y no lo hago apropósito, simplemente no encuentro el momento oportuno, no le doy importancia o no localizo el registro adecuando para comunicarlo. Además siempre se pueden encontrar temas más interesantes de los que hablar y, desde luego, de los que escribir. Quizá esta también sea una de las razones por las que no es fácil que rompa a llorar. El consuelo de alguien vendría al momento, pero también el requerimiento por saber el origen de ese pesar, pues buscar una causa es inherente a la naturaleza del ser humano.

No tengo nada más que decir al respecto. El paracetamol me empieza a hacer efecto, he dejado de sentir frío y comienzo a sudar, las mantas me parecen más reconfortantes y el llanto comienza a menguar. A este paso, quizá mañana pueda seguir jugando con el papel que me ha tocado interpretar. Por lo menos creo que hoy sí que me he conseguido desahogar.

R.III
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[1] Aunque se asocie a la idea de un “asesino”, en realidad el psicópata tiene el problema de no tener la capacidad de la empatía; no cuenta con remordimientos y muchos de sus sentimientos los tiene que fingir, pues en realidad es incapaz de conmoverse.


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