Historia

Cuando el Hoy Comienza a Ser Ayer/ Presentación Oficial

Algún día, de algún mes del 2001

 

El día de hoy empieza un proyecto que espero pueda tener la continuidad que pretendo al escribir estas líneas. “Hoy” (coincidiendo con Fox) aparece en sus correos electrónicos por primera vez la columna llamada: “Cuando el Hoy Comienza a ser Ayer”. Nombre inventado porque dicha columna les llegará periódicamente, pero que probablemente por cuestiones de presión temporal será escrita justamente en ese hoy que comienza a ser ayer (muy noche), para que todos ustedes puedan leerla desde tempranito de lunes a viernes. Cabe mencionar que la idea original nace de Emilio Castillo (amigo de la universidad) que lleva ya dos semanas con su columna cibernética llamada “Mentidero de Falacias”. A él le agradezco la motivación.

 

Este proyecto es con la finalidad primaria de mejorar mi manera de escribir, que falta me hace, y crear ese hábito que debe tener todo pretendiente a escritor, que es justamente la comunicación escrita. A su vez hay una razón secundaria que, al igual, es importantísima; aportar un poco de los principios, las ideas, conocimientos y valores que tengo a aquellos valientes que se animen a leer diariamente lo que hoy principio.

 

Demos paso a la primera disquisición de “Cuando el Hoy Comienza a Ser Ayer”.

 

Parecía necesario partir con un tema que dará varios puntos esenciales para analizar durante unas cuantas semanas o tal vez más: La próxima llegada del Ejército Zapatista a la Ciudad de México. Pero por lo mismo, se decidió, que bien podría esperar un día más su estudio. Así que por ser el inicio de la columna es mejor tratar  algo relacionado con la misma escritura;  particularmente con la Literatura. Tema por demás gustoso e interesante, pero a su vez ignorado y relegado a ciertos estudiosos, cuando debería ser algo cotidiano en los humanos.

 

Mario Vargas Llosa en el número de noviembre de Letras Libres, habla acerca de la envergadura de la lectura de  textos literarios (novelas, poesía, cuentos y fábulas) y que la rapidez en la que se vive actualmente ha ido perdiendo. Ya tiene tiempo que se llegó a la terrorífica estadística de que el pueblo mexicano lee medio libro al año (claro que la encuesta no cuenta “El Libro Vaquero”). A su vez, menciona Vargas Llosa, los mismos conocimientos técnicos sobre las distintas ramas del conocimiento entran en competencia con la literatura.  Para tener un conocimiento especializado de las distintas carreras existentes en estos días hay que devorar una cantidad inmensa de libros técnicos (o de plano si se es flojo, tan sólo leer algunos capítulos de los mismos). ¿Pero dónde quedan aquellas historias clásicas escritas por Miguel de Cervantes, Dante Alighieri,  Homero, Marguerite Yourcenar, Allan Poe, Ágata Chiristie, Goethe, Charles Dikens, Salgari, etc.? ¿O simplemente aquellas no clásicas pero imprescindibles de García Márquez, Julio Cortázar, Pearl´s Buck, Carlos Fuentes, Paco Ignacio Taibo II, Patrick Sudkind, Humberto Eco, José Agustín, Fernando del Paso, Juan Rulfo, Julio Revueltas, el mismo Vargas Llosa, entre muchos, muchos más? (la persona observadora se dará cuenta sobre todo de mi falta de clásicos). Definitivamente hay muchísimo material narrativo y poético (Adolfo Bécquer, Pablo Neruda, Ramón López Velarde, Luis G. Urbina, Rubén Darío, Quevedo, Sor Juana, Sabines, los melosos de Manuel Acuña y Amado Nervo, Mario Benedetti, otra vez Cortazar, Calderon de la Barca, entre otros), pero no hay hábito de lectura. La literatura nos unifica como humanos, porque al adentrarnos en los escritos se puede saber que hay otras culturas; que existen diferencias, pero también muchas coincidencias; romances, tragedias, aventuras, encuentros, pérdidas, amor y odio. No hay pretexto para dejar a un lado esas experiencias regaladas por los Grandes.

 

Una vez Emilio (otra vez) me dijo que habría que leer (sobre todo como universitarios) un libro por semana, sólo como un paso para leer uno diario. Tal vez es dramatizar el asunto. Habrá quien lo haga. Pero lo que es seguro es que la lectura frecuente alimenta la mente y el alma, ofrece sapiencia y hasta entretiene. Claro que hay novelas para todos y hay que valorar estrictamente lo que se lee. Carl Sagan en su serie “Cosmos” menciona,  que si un humano promedio pudiera leer un libro semanal desde que fuera capaz de hacerlo (seis años) hasta su muerte (70 años promedio) leería unos pocos de miles en toda la vida; una décima de uno por ciento del contenido de las mayores bibliotecas de la época.  De ahí la importancia de escoger bien lo que se ha de leer.

 

Ahora, para todos aquellos que quieren terminar escribiendo, tienen el doble de compromiso que las demás personas. Uno no se hace escritor de la noche a la mañana, primero hay que tener ese gusto por la literatura, estudiarla y claro divulgarla. Hay que aprender de aquellos, que antes, han utilizado formas variadas  de expresión escrita, han creado diferentes estilos, que han conmovido con su manera de transmitir mundos, personajes y circunstancias. Para tener un estilo propio hay que comprender el de otros escritores, que a su vez aprendieron de alguien más.

 

“Basta echarle un vistazo a un libro para oír la voz de otra persona que quizá murió hace miles de años. El autor habla dentro de nosotros a través de los milenios, de forma clara y silenciosa, dentro de nuestra cabeza, directo a nosotros.”

Carl Sagan, “Cosmos”, Ed. Planeta.

 

 Después en 2002 sobrevino una primera interrupción, pero finalmente Cuando el hoy comienza a ser ayer salió adelante…

 

Cuando el Hoy Comienza a ser Ayer / El camino se hace al andar

 Algún día, de algún mes de 2004 (quizás… )

Voy a volver a escribir, me lo pide el cuerpo (en especial mis manos que se están atrofiando) y mi espíritu (con espíritu me refiero a la mente o a aquello inmaterial que nos distingue de otros, lo que nos hace individuales; y es todo mi espíritu lo que me pide escribir). Lo decidí hace diez minutos entre una reunión de trabajo y la corrección de una tabla que refleja una inmensa base de datos. Y aunque me he decantado por escribir, la decisión me costó bastante trabajo. “Tu vida ya no está para escribir”, me decía mi angelito, “tienes un hijo, un trabajo, una carrera que terminar y hasta a tu madre en casa, en pocas palabras tienes muchas cosas encima excepto una: ¡Tiempo!” Afortunadamente mi diablito, el que siempre me habla quedito detrás de la oreja, me sedujo: “no tienes por qué escribir a diario, con que des ese paso, con que inicies el sendero, con que cambies un poco de dirección, con que esquives el precipicio, con que dejes la desidia, con que mates la abulia, con que desembales tu confianza” con todo eso me animaba mi diablito y continuaba: “con que levantes los cimientos, con que enciendas el motor, con que salgas a la lluvia, con que alces la mirada, con que recojas esa toalla, con que apagues la cordura, finalmente con esa decisión; ese levante, ese impulso, esa moción, será suficiente para que vuelvas a intentar ser, quien siempre intentaste ser”. ¿Lo lograré? Me pregunté mientras ya lo estaba intentando, (justo en esta coma donde me encuentro).

 

            Antonio Gramsci decía que hay que ser “pesimista en lo ideal y optimista en la acción”. ´Peros´ a todo en la vida se le puede poner, sin embargo la historia, la literatura, la filosofía, la ciencia y muchas más disciplinas siempre agradecerán a aquellos que dejaron los `peros´ en casa y salieron a trabajar; a cambiar el mundo.  Y aunque, de forma pesimista, sigamos empecinados en reconocer que este mundo es una calamidad, igualmente hay que defender que esos hombres son los imprescindibles. Y esos hombres están por todos lados y no sólo en los libros de historia. Están en el campo alfabetizando o en la jungla con pasamontañas y machetes, están en desiertos en campañas de distribución alimenticia o en estepas aliviando enfermedades. Y todos ellos saben que su mundo corre por rumbos equivocados, pero no se detienen a lamentarse, puesto que quedan todavía muchos enfermos o niños con hambre en las filas, todavía existen gobiernos facinerosos y millones de personas analfabetas.

 

            Yo tengo mis ´peros´: falta de creatividad y una escritura oxidada. No encuentro sinónimos y  las faltas de ortografía me llenan la página del word de no sé cuántas rayas rojas. El tiempo es escaso y mi organización pésima. Se me olvidó la motivación en México y aquí abundan los reproches. Y a cada palabra le sobreviene un espacio vacío que cada vez cuesta más trabajo llenar.

 

                                                                                               ¡Y qué!

   

    Estoy de nuevo en la lucha y ya no temo decepcionar a los lectores de esta próxima aventura literaria como temo decepcionarme a mí mismo. ¡Y qué! Si al final me encuentro con el fracaso en una esquina, habrá valido la pena este intento. A estas alturas no sé por qué no puedo dejar de pensar en la terrible situación en la que se encontró Miguel Hidalgo un 28 de septiembre de 1810 al pretender entrar en la Alhóndiga de Granaditas. Ya había perdido, por lo menos a 60 de sus escasos (para esas alturas del movimiento) hombres a causa del fuego de los realistas, y fue cuando escuchó el rumor de que un hombre sabía como prender fuego a la inmensa puerta. Un tal Juan José Martínez alias el Pípila que pasó a la historia, con su loza a la espalda y una antorcha en la mano. No es que compare mi nueva tentativa literaria con ese acto heroico, sin embargo, Hidalgo aceptó correr el riesgo de perder un hombre más en una jugada imposible y finalmente la inmensa puerta ardió y se logró una gran victoria del movimiento independentista mexicano.

 

Así mismo Cuando el Hoy comienza a ser Ayer renace de las cenizas y huirá de nuevas fogatas, hogueras y chimeneas. Con estas líneas comienzo mucho más de lo que para los antiguos y nuevos lectores de esta columna pueda parecer. No sólo inició una segunda etapa de crónicas, reseñas, comentarios, opiniones, cuentos o poemas, inicio un proceso de renovación. Con cada palabra me voy a ir quitando una a una las piedras que han aplastado mi confianza  durante estos tres años.  Con cada columna intentaré ser más el “yo” que me gusta, que el “yo” que me impongo. Por eso es que este esfuerzo va a ser muy placentero y sólo espero que para todos ustedes también lo sea.

 

 

Quiero dar un especial agradecimiento a Emilio Castillo, quien fue el iniciador de este movimiento cibercultural hace ya unos cuatro o cinco años con su columna “Mentidero de Falacias”. Otro especial agradecimiento a Oscar por ser, aunque él no lo sepa y yo no se lo piense admitir nunca, el pábulo de mis ansias de escribir más y mejor, sobre todo en esta etapa oscura. Pero sobre todo agradezco su excelente amistad y el haberme salvado de hundirme por completo en ese año que pienso borrar de mi memoria.  Finalmente a mi padre, la persona que más admiro y que siempre encuentra las palabras justas para infundirme ánimo. Y ya no pienso agradecer más porque esto se está poniendo muy solemne, y aunque ese es el tono que siento, no es el que quiero transmitir; así que olviden estas últimas líneas y esperen  ansiosos una nueva columna más (ya en tono formal) de Cuando el Hoy Comienza a Ser Ayer.

 

 

En lo alto de un cerro dominando todo Guanajuato desde 1939, existe el monumento de un indígena con una inmensa piedra amarrada a sus espaldas y una antorcha en la mano. A sus pies se puede leer una leyenda que no hay que olvidar: “¡Aún hay otras alhóndigas por incendiar!”

 R.III

 

 

 

Continuará…

 

(porque claro, hubo alguno que otro parón)


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