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Ramón Ortega III https://unviajepersonal.wordpress.com/acerca-de-mi/

In God we trust(ed)

Llevo mucho tiempo sin alimentar el blog, sin embargo, la noticia de niños separados de sus familias por el hecho de ser inmigrantes sin papeles, me obliga a salir de este letargo. Se trata de un nuevo criterio del fiscal general estadounidense que impone desde el pasado abril “tolerancia cero” a las llegadas de personas “ilegales” al país. La idea es equiparar a cualquier extranjero indocumentado con delincuentes y así poder procesarlos judicialmente (aunque no tengan antecedentes penales). Como los niños no pueden ir a la cárcel, sobreviene de forma expedita dicha fractura familiar.

La noticia se hace viral debido a una grabación que muestra el llanto de algunos de estos niños alejados de sus familiares. En el audio se puede escuchar las súplicas de los menores y el desamparo que están viviendo. Las presiones internacionales y nacionales (no sólo demócratas, también republicanos) han llevado a Donald Trump, este pasado miércoles (20 de junio), a tener que dar marcha atrás con esta política inhumana, aunque yo sigo sin salir de mi estupefacción. Cómo no hacerlo, cuando se estima en dos mil niños los que han sido separados de sus padres en lo que lleva en vigor esta política.

Considero que ya no sólo los estadounidenses deberían asumir la responsabilidad de apartar a este dirigente del poder, sino que los ciudadanos de otros países deberíamos comenzar a tomar cartas en el asunto. Por un lado, los habitantes de este país norteamericano deberían sentir vergüenza de que Trump les represente, pues va en contra de todos los valores que se supone consolidan a su nación. No puede ser que un país que pone en sus billetes “in God we trust” o que considera la libertad como uno de sus pilares fundacionales, permita este tipo de atropellos. Pero tampoco podemos quedarnos de brazos cruzados los que presenciamos desde otros países este tipo de medidas. ¿Acaso no hemos aprendido nada de la historia? Ya no sólo los discursos de Trump son equiparables de los de Hitler (porque hay que comenzar a llamar las cosas por su nombre), sino que ahora también son sus acciones y las de sus colaboradores las que nos recuerdan el Nacional Socialismo. ¿Que estoy exagerando? El que lo piense ya va siendo hora de que se quite la venda de los ojos. ¿A qué tenemos que esperar? ¿Guetos en los que se aparte a los inmigrantes? ¿Campos de concentración?

La gente que me conoce sabe que he decidido no pisar Estados Unidos desde que está Trump en el poder. Muchos me dicen que no debería ponerme así, porque finalmente también hay muchos americanos que están en contra de él. Pues sigo esperando a que esa gente se movilice de verdad y saque a este sujeto de la Casa Blanca. Mientras tanto, a mí no se me ha perdido nada en ese país que ahora mismo me huele a decadencia.

R.III

 

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Si te interesa saber mi postura sobre la inmigración puedes leer El mundo es un barco.

 

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El cielo de los olvidados

Diálogos inconmensurables o el cielo de los olvidados es un relato que aparece en el libro Un gran salto para Gorsky. Trata sobre el encuentro que tiene un islamista y un ateo en una especie de “cielo”, una vez muertos los dos en un atentado pertrechado por el primero. Un texto sobre la fe, la ética y las diferencias culturales.

Este cuento ha aparecido publicado recientemente en la revista colombiana Cronopio. Si lo quieres leer puedes pinchar en el siguiente enlace:

Diálogos inconmensurables o el cielo de los olvidados

R.III

cronopio


La música ilumina tu mundo III

Conocí tarde a la banda Arcade Fire; por allá del 2006, a un par de años del lanzamiento de su primer disco Funeral. Sin embargo, desde el primer momento quedé cautivado por su música.  Me convertí en un seguidor impaciente de sus siguientes álbumes: Neon Bible (2007), The Suburbs (2010), Reflektor (2013), Everything Now (2017). Esta agrupación canadiense iluminó mi mundo y algunos de mis días más oscuros hasta ganarse el título de mi banda favorita. Los contemplé a la distancia, pues siempre me encantó ver sus conciertos en Youtube. Tienen una energía en vivo que me eriza la piel y por eso todo este tiempo he añorado ir a alguno de sus conciertos. Es cierto, llegué a dudar de poder vivir esa experiencia, pero ayer la adrenalina recorrió mi espina dorsal mientras cantaba Afterlife desde mi asiento en el WiZink Center (el Palacio de Deportes de Madrid).

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Salté, bailé y me dejé la voz cantando esas letras que tan bien conocía. Casi lloré con Neighborhood #1 (Tunnels) o con Sprawl II (Mountains Beyond Mountains).  Me enamoré de la violinista Sara Neufeld y consolidé mi amor hacia la bonita de Regine Chassagne con su despampanante traje rojo; me dejé hipnotizar por la peculiar voz de Win Butler; pero sin duda del integrante que más disfruté fue de Jeremy Gara. No es sólo que Gara lo dé todo golpeando la batería, es su alegría, el buen rollo, su eterna sonrisa, la verdadera entrega por algo que ama: la música. Mi corazón latía frenético viendo a los sudorosos canadienses entregándose al público; bajando al escenario (que envidia aquellos de abajo), divirtiéndose con nosotros.

Gracias Arcade Fire, no podré olvidar esto con facilidad. Siempre les rendiré culto.

 

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Gracias también, Laura.

 

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Si te ha gustado esta entrada, visita La música ilumina tu mundo II

 

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La libertad y el placer de no hacer nada

No tengo muchos recuerdos de mi infancia. Hay una especie de neblina en torno a mis compañeros de primaria y sólo me acuerdo algunos de la secundaria, no sé quiénes fueron mis maestras en esos primeros años de estudio, qué travesuras hacía o a qué jugaba. Es como un agujero negro de mi pasado. ¿Será que mi infancia no fue feliz? Nada parece indicar eso, fui el primogénito de una familia de clase media. Seguro que vi satisfechos mis caprichos y tuve la atención y cariño de la familia cercana. ¿Podría ser, entonces, algún trauma infantil? Tal vez, pero lo bueno es que también el trauma quedó en algún rincón oscuro de mi memoria.

En cambio, tengo muy presente los años de preparatoria. De hecho, siempre miro con esa melancolía que supone la felicidad de tiempos pasados a esa época que antecede a la universidad.

Aunque las personas que me conocen no me reconozcan así, yo en aquel entonces era una persona tímida e insegura. No pretendía sobresalir, de hecho, procuraba no llamar la atención. Nunca fui presa de bullying, pero me atemorizaban los “matones” de la clase y trataba de pasarles desapercibido. No puedo decir que haya hecho nada reseñable durante esta época. Mi vida fue tan normal que podría tacharse de aburrida. ¿Entonces por qué significa para mí una época tan importante y alegre? Creo que la razón radica en que por primera vez sentí los efectos de la libertad. Por supuesto, era una libertad aparente, por ejemplo, tenía que volver a casa dentro de los límites marcados por mis padres y contaba con ciertas obligaciones en el hogar. No es que mis notas fueran brillantes, pero cumplía con unos mínimos que implicaban una asistencia regular a clase. En otras palabras, nunca abusé de esa libertad. No fui un chico rebelde.

Aun así, para mí el hecho de que la preparatoria no tuviera un control de puertas me pareció un cambio sustancial en mi vida. Podía entrar y salir de ella a mi antojo. Si lo deseaba asistía a una determinada asignatura y si no simplemente me “volaba” la clase. Y vaya que tuve ocasión de hacerlo. Había mañanas en las que decidía ir con mis amigos al supermercado de enfrente, comprar comida y sentarnos en algún parque a desayunar. Otras veces, nos reuníamos a lado del puesto de hamburguesas del huevas (el hamburguesero) y, si llevábamos dinero, intentábamos ganar el reto que el señor del curioso apelativo iba aumentando conforme se iba superando el desafío (6, 7, 8… hamburguesas). Algunas veces nos íbamos a casa de un colega a jugar Nintendo, ver películas o a tomar algunos tragos que nos patrocinaba, sin saberlo, el padre este amigo que no bebía, pero que acumulaba botellas que le daban como regalo. Es curioso, pero nunca he vuelto degustar las marcas sofisticadas (y caras) que bebí en aquel entonces. Creo que para cuando entramos a la universidad habíamos rendido cuentas de casi todo el almacén de este señor. Pero volviendo al disfrute de la libertad, había veces que nos quedábamos en el mismo patio de la escuela escuchando los discos que traía Pasapera, otro amigo; con él afiné mis gustos musicales. Cuando me eché novia (cosa nada sencilla) disfruté de la libertad de las puertas abiertas día sí y día también. Sigo preguntándome cómo aprobé cálculo diferencial e integral.

No es que viviera hitos catalogables como los más felices de mi existencia. Insisto que no hay nada digno de contar, pero la vida me parecía fácil. Me sentía una persona con suerte y lo era. Tenía amigos, una chica, responsabilidades llevaderas y mucho tiempo para dedicarlo al ocio.  Me quejaba a veces de ese sentimiento lejano que llamaba aburrimiento y que hace tiempo que no sufro. Pero todavía siento el sol en mi rostro en una de esas mañanas en las que opté por no entrar a inglés o a cálculo o a ética. Y cuando lo pienso me parece raro que vivimos en un mundo en el que uno no puede dedicar su vida simplemente a ser feliz y a dejarse acariciar por los rayos del gran astro. Lo que los italianos saben nombrar con mucho tino: dolce far niente (el placer de no hacer nada). Nos queda el consuelo de que alguna vez disfrutamos de ese privilegio que hoy el día a día nos arrebata.

 

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar 15 años en Madrid

 

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Sobre el horror

Vicente Serrano, uno de mis profesores de filosofía, dijo en la presentación de un libro que coordinó (La filosofía, el terror y lo siniestro) que el terror tiene un componente ético que radica en saber que éste (el terror mismo) no tiene límites. Los seres humanos nos hemos mostrado a lo largo de la historia que somos capaces de rebasar las fronteras del horror. No importa lo impactante que sea el suceso bélico, lo sanguinario de un asesinato, la más dolorosa tortura… todo parece indicar que siempre habrá una guerra más cruel, muertes más encarnizadas o penas más sádicas.

Uno de los más terribles acontecimientos de los anales de la humanidad ha sido sin duda la creación de los campos de exterminio nazis, siendo Auschwitz el epítome de ellos. El holocausto judío nos ha mostrado el brutal aspecto de la barbarie, pero no por ello podemos decir que hemos tocado fondo. No es posible decir que esta página de la historia no se volverá a repetir (si no es que ya se fragua su repetición en algún rincón del mundo).  Tampoco podemos asegurar que no acaecerán fatalidades aún mayores. Por eso es que exposiciones como Auschwitz  (en el Centro de Arte Canal de Madrid)  nos ayudan a reflexionar sobre ese oscuro pasado.

Aquí simplemente dejo dos de las poesías con las que se cierra la exposición.

R.III

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar Mi mundo teratológico.

 

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Ni apocalíptico, ni integrado

No quiero parecer un apocalíptico del tema de las nuevas tecnologías, pero desde luego no me voy a someter bajo el concepto de integrado (por usar los términos de Umberto Eco), así sin más. Por lo menos, no sin antes contar algo que me hizo reflexionar las pasadas Navidades. Festejé dos veces la entrada de año. La primera fue a las cinco de la tarde, hora de México, cuando en España se brindaba por la llegada del 2018. En la casa de Madrid se montó una buena juerga a la que pude asistir en tiempo real y en “manos libres” gracias al whats app. La segunda entrada del año la experimenté en persona, en horario mexicano, con una fiesta un poco más modesta. Sin embargo, no es sobre la relatividad del espacio-tiempo de lo que quiero hablar, ¿o sí?

Es indudable que el uso del teléfono móvil ha cambiado nuestra conducta social, pero a veces no somos del todo conscientes cuánto. De hecho, en ocasiones es necesario que te des de bruces con esa fotografía esperpéntica que brinda una reunión familiar donde el silencio cobra completo protagonismo. Imagínense una abuela, padres, tíos, primos (y otros términos de la nomenclatura de parentescos) reunidos en una habitación, pero todos ensimismados con su dispositivo móvil. Pues así fue mi Noche Vieja. Vale que el silencio se intercalaba con algunas conversaciones ocasionales, pero en ese lugar existían dos interacciones simultáneas: una personal y otra(s) a distancia. Memes, felicitaciones, comentarios sobre las vivencias “reales” y sendos mensajes inundaban el whats app, el messanger u otras aplicaciones de los teléfonos. ¿Sólo pasó en mi familia? No lo creo ¿Quién no vivió, aunque fuera en algún momento a lo largo de la noche, la escena de arriba en su cena de Navidad o en la entrada de Año Nuevo?

¿Por qué este afán de estar en un sitio y en otro a la vez? Quizá, porque ahora lo podemos hacer.

Como digo al comienzo de esta reflexión, aquí no voy a decir que nos estamos deshumanizando o que nuestras relaciones se han hecho más frías y de peor calidad. No obstante, está claro que nuestra idea sobre la presencialidad ha cambiado. No nos conformamos con las experiencias directas, sino que, presas de un súbito aburrimiento moderno, necesitamos estar en contacto con otras realidades ajenas a nuestro contexto referencial. Queremos escuchar lo que nos cuenta nuestro interlocutor (el personal), pero si me vibra el móvil, una fuerza (a veces incontrolable) me invitará a mirar mi teléfono para ver qué me dice ese otro interlocutor virtual. Aunque haya gente que lo considere una falta de educación, el uso de los dispositivos móviles está cada vez más aceptado (¿debería decir normalizado?) en nuestro día a día. Nadie se sorprendería de que la persona con la que mantenemos una charla eche una ojeada a su teléfono de vez en cuando. Puede ser molesto si la persona no sigue la conversación, pero mientras esto no suceda, ¿qué de extraño habría en esa conducta?

Nos molesta que nuestros alumnos miren sus teléfonos en clase e incluso sus ordenadores. Consideramos que están metidos en alguna página web, chateando con alguien o viendo sabráDiosqué, en lugar de atendernos o estar tomando apuntes. Y lo más seguro es que no nos equivoquemos; seguro que sí están chateando (o cosas peores).  No es raro que yo mismo o cualquiera de mis colegas atienda a sus mensajes mientras estamos en la conferencia de algún compañero (¿eso lo escribí o lo pensé?). No nos mintamos, la mayoría nos hemos dejado seducir por esa gran posibilidad de estar en dos o más sitios a la vez.

El otro día comencé a ver esa serie que llevaban años recomendándome: Black Mirror. El segundo capítulo de la primera temporada plantea un mundo en el que prevalece una interacción virtual (por medio de avatares) sobre una real que es más bien horrible. Las relaciones interpersonales son pocas o nulas y las personas trabajan “pedaleando” todo el día para poder mejorar su avatares. No digo más para no ser un spoiler. La vi con R.IV, mi hijo (catorce años), quien consideraba que este mundo distópico era una exageración; que ninguna sociedad querría vivir así. Curioso comentario de un adolescente al que recogí a la mañana siguiente en un parque, rodeado de otros chicos (sus amigos) con los que no mantenía una conversación, puesto que cada uno se divertía controlado el avatar en un juego desde su teléfono móvil. Aunque, por otro lado, ese juego les permite interactuar, paradójicamente, con individuos en otras partes del planeta en tiempo real. ¿Qué tan lejos estamos de la sociedad que propone Black Mirror? ¿Quién está leyendo estas líneas mientras mantiene otro tipo de interacción (real o virtual)?

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Las malas noticias llegan en la madrugada

No es una ley, pero cuando suena el teléfono en la noche (después de la 1 a.m.) se puede presagiar una desdicha. Recuerdo cuando mi padre, médico de profesión, recibía llamadas a esas horas. Era habitual que se tratara de alguno de sus pacientes en estado grave o, incluso, al filo de la muerte. Tengo la opaca remembranza de él vistiéndose, cogiendo el maletín que contenía su instrumental y salir de casa a mitad de la noche. Debe ser más bien una invención de mi mente, porque yo a esas horas debería estar durmiendo apaciblemente. Aun así, es cierto que fueron muchas las veces que se vio obligado a salir para atender alguna emergencia. Esas llamadas tal vez suponían una dolorosa agonía, la preocupación por el estado de un familiar enfermo, la impaciencia de una espera que parecía infinita o incluso la antesala de un duelo. Pero esas malas noticias se amortiguaban desde mi perspectiva infantil bajo el  velo (egoísta) de la desgracia ajena y anónima.

      Esto no siempre fue así. También tengo muy presente una noche que sonó el teléfono y mi madre contestó. Al principio aparentaba responder algunas preguntas y después su semblante mudó. Al cabo de pocos segundos comenzaron a brotar lágrimas y, tras colgar el auricular, el llanto se pronlogó por un espacio que no sabría calcular. Fue mi primer encuentro con la muerte (o mínimo, el primero que recuerdo). En esa llamada se le comunicaba que su padre, mi abuelo, había fallecido en un accidente automovilístico.

      Algunos años más tarde sucedió algo parecido. Otra llamada avisaba del estado crítico de mi abuela. Mi madre decidida a viajar esa misma noche hasta la ciudad donde ella vivía, no pudo ganar terreno al inexorable destino. Una segunda llamada, recibida poco después, comunicaba su muerte.

    Cuántas historias trágicas no se encuentran del otro lado de la línea telefónica. Llamadas que avisan de accidentes, robos, muerte o cualquier otro tipo de percance. No hay persona exenta a este tipo de desventuras. Cada cual podría relatar alguna ingrata experiencia o amarga noche nacida por un simple aviso de pesadumbre.

     Cuando se rompe el silencio de una noche serena por el sonido del teléfono es muy probable que sea el anuncio de una mala noticia: un amigo en la cárcel, la muerte de un familiar, una funesta consecuencia de algún desastre natural, un choque, un atropello… ¿Por qué nunca suena a esa hora para decirnos alguna buena noticia? La boda de un conocido, el contrato de un trabajo, el regreso de un ser querido o la confirmación de una cita esperada. ¿Por qué las buenas nuevas son siempre a la luz del día?

      Ayer sonó el teléfono a las tres de la madrugada y el nerviosismo se apoderó de mí. Inmediatamente llegué hasta el artefacto, que no paraba de sonar, y titubeé en atender la llamada…

…Sigo preguntándome si debí atenderla.

 

R.III

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Basado en el primer artículo que escribí en mi vida. Un texto que hice para Expresión el periódico universitario que más tarde dirigí en la Universidad del Valle de México, campus Lomas Verdes.

 

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