Las malas noticias llegan en la madrugada

No es una ley, pero cuando suena el teléfono en la noche (después de la 1 a.m.) se puede presagiar una desdicha. Recuerdo cuando mi padre, médico de profesión, recibía llamadas a esas horas. Era habitual que se tratara de alguno de sus pacientes en estado grave o, incluso, al filo de la muerte. Tengo la opaca remembranza de él vistiéndose, cogiendo el maletín que contenía su instrumental y salir de casa a mitad de la noche. Debe ser más bien una invención de mi mente, porque yo a esas horas debería estar durmiendo apaciblemente. Aun así, es cierto que fueron muchas las veces que se vio obligado a salir para atender alguna emergencia. Esas llamadas tal vez suponían una dolorosa agonía, la preocupación por el estado de un familiar enfermo, la impaciencia de una espera que parecía infinita o incluso la antesala de un duelo. Pero esas malas noticias se amortiguaban desde mi perspectiva infantil bajo el  velo (egoísta) de la desgracia ajena y anónima.

      Esto no siempre fue así. También tengo muy presente una noche que sonó el teléfono y mi madre contestó. Al principio aparentaba responder algunas preguntas y después su semblante mudó. Al cabo de pocos segundos comenzaron a brotar lágrimas y, tras colgar el auricular, el llanto se pronlogó por un espacio que no sabría calcular. Fue mi primer encuentro con la muerte (o mínimo, el primero que recuerdo). En esa llamada se le comunicaba que su padre, mi abuelo, había fallecido en un accidente automovilístico.

      Algunos años más tarde sucedió algo parecido. Otra llamada avisaba del estado crítico de mi abuela. Mi madre decidida a viajar esa misma noche hasta la ciudad donde ella vivía, no pudo ganar terreno al inexorable destino. Una segunda llamada, recibida poco después, comunicaba su muerte.

    Cuántas historias trágicas no se encuentran del otro lado de la línea telefónica. Llamadas que avisan de accidentes, robos, muerte o cualquier otro tipo de percance. No hay persona exenta a este tipo de desventuras. Cada cual podría relatar alguna ingrata experiencia o amarga noche nacida por un simple aviso de pesadumbre.

     Cuando se rompe el silencio de una noche serena por el sonido del teléfono es muy probable que sea el anuncio de una mala noticia: un amigo en la cárcel, la muerte de un familiar, una funesta consecuencia de algún desastre natural, un choque, un atropello… ¿Por qué nunca suena a esa hora para decirnos alguna buena noticia? La boda de un conocido, el contrato de un trabajo, el regreso de un ser querido o la confirmación de una cita esperada. ¿Por qué las buenas nuevas son siempre a la luz del día?

      Ayer sonó el teléfono a las tres de la madrugada y el nerviosismo se apoderó de mí. Inmediatamente llegué hasta el artefacto, que no paraba de sonar, y titubeé en atender la llamada…

…Sigo preguntándome si debí atenderla.

 

R.III

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Basado en el primer artículo que escribí en mi vida. Un texto que hice para Expresión el periódico universitario que más tarde dirigí en la Universidad del Valle de México, campus Lomas Verdes.

 

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Si les ha gustado esta entrada, no dejen de visitar Fue un 4 de julio.

 

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José Luis González Recio

Una de las experiencias más agridulces de mi vida sucedió a hace un par de meses. Por primera vez participé con una comunicación en un congreso de Filosofía. Se trató del evento organizado por la Red Española de Filosofía que este año se celebró en la Universidad de Zaragoza. Iba un poco nervioso, no lo voy a negar. Siempre que hago algo la primera vez suelo ir intranquilo, pero esta sensación se esfumó en cuanto llegué a la Facultad de Filosofía y me encontré en la escalinata de acceso a varios de mis amigos: Txetxu Ausín, Marcos de Miguel, Anibal Monasterio, entre otros. Al verlos me sobrevino una alegría explosiva. Nos abrazamos, comenzamos una agradable charla, en fin, el encuentro filosófico parecía prometedor. Sin embargo, un recuerdo cruzó por la mente de Txetxu; una mala noticia que nos quería contar en persona a Marcos y a mí. Cambió su semblante y para nuestra consternación nos contó que José Luis González Recio había muerto pocas semanas atrás. El tiempo se paralizó por un momento. A la alegría, que todavía hacía recorrer la adrenalina por mi cuerpo, le siguió el estupor y finalmente una tristeza tan expansiva como lo fue el júbilo vivido unos instantes atrás.

Juan Antonio Valor fue mi profesor de Filosofía de la Naturaleza. Gracias a él pude comprender la relación estrechísima que existe entre la ciencia y la filosofía. Ha sido uno de mis grandes maestros en el camino hacia esta disciplina y fue él quien me sugirió matricularme en un programa de doctorado llamado “Entre ciencia y filosofía”. Dentro de las opciones docentes que existían en estos estudios había una amplia variedad de asignaturas; todas atractivísimas. Sin embargo, de entre todas, brillaba la de Filosofía de la Biología. De hecho, pese al trabajo que me costó hacer una selección de cursos, desde el primer momento supe que esa asignatura la iba a tomar. Ahí fue donde conocí a quien podría llamar mi mentor: José Luis González Recio. Él me mostró la relación que existe entre la filosofía y las teorías de la vida (lo que desde el siglo XIX conocemos llanamente como biología). Gracias a esta asignatura pude por fin relacionar las dos disciplinas que más asombro y respeto me causan: la filosofía y la medicina.

Su clase era apasionante. De guion teníamos el libro que el mismo José Luis publicó en 2004: Teorías de la vida.  Se trata de un repaso de la filosofía de la biología en Occidente desde la Antigua Grecia, hasta las teorías de la evolución del siglo XIX. La clase consistió, en la primera parte, en un seminario en el que los pocos alumnos que estábamos matriculados exponíamos un tema y él apuntaba, matizaba y agregaba sabias aportaciones a nuestras presentaciones. Hacia el final del curso nos habló de ese tema, en aquel momento tan desconocido para mí, sobre el antireduccionismo biológico. Para su clase escribí un ensayo en el que trataba, muy superficialmente (o ahora eso me parece), el paso de la teleología a la teleonomía. Quiero suponer que gustó a José Luis, porque al terminar la asignatura me hizo una invitación que no pude rechazar. Me dijo que si realmente estaba interesado en adentrarme en la filosofía de la medicina él podría dirigirme la tesis. Así comenzó una andadura que duraría casi una década.

Me sugirió el primer tema que trabajé con él para obtener el Diploma de Estudios Avanzados (DEA): La influencia de Alfred North Whitehead en la fisiología holista que se fraguó en la primera mitad del siglo XX en la Universidad de Harvard.  Para mi sorpresa José Luis era un director que te dejaba trabajar a tu ritmo, sólo hacia el final comenzaba a revisar tu texto con lupa. Eso lo comprendí mejor cuando ya trabajaba en la tesis sobre los aspectos teóricos y filosóficos de uno de esos fisiólogos holistas de Harvard: Walter B. Cannon (el creador del concepto de homeostasis). Cuando terminaba un capítulo se lo enviaba con temor a que me dijera que el contenido tendría enemil errores. No obstante, él sólo me corregía algunos aspectos formales. Cuando yo le preguntaba por el contenido él, con esa mirada y esa media sonrisa tan suyas, me decía: “¡Ah! El contenido bien”. Acto seguido, muy esquemáticamente, me pautaba los siguientes pasos a seguir en el próximo capítulo. Me insistía en qué centrarme y en qué no. Luego me dejaba trabajar de nuevo a mi aire, para repetir la operación en la siguiente entrega. Así llegamos al final y ahí fue donde comenzaron a surgir muchas puntualizaciones y correcciones desde su parte. No todo fue miel sobre hojuelas,  pero el resultado mereció la pena. Casi todos los miembros de mi tribunal acordaron en que la tesis estaba muy bien escrita. Ellos lo achacaron a mi dedicación a las letras, pero se equivocaron. Si les gustó se debe al delicioso estilo de José Luis que hizo algunas contribuciones formales que elevaron la calidad de mi texto.

José Luis fue mi profesor y director de tesis, pero con el tiempo se convirtió también en un amigo. Llegué a conocer algunos temas de su vida personal y el conoció otros de la mía. Algunas de sus tutorías terminaron convirtiéndose en amenas charlas, no sólo de filosofía; de hecho, casi nunca eran de filosofía. Conversábamos de música (le encantaba Bach), de sus hijos, del mío, de mi divorcio o de nuestros proyectos. Hablábamos de la vida bajo esa gentil mirada llena de bondad. Vino a cenar a casa algunas ocasiones y yo lo seguí frecuentando, una vez terminada la tesis, en la Complutense para ir a comer a la facultad de Derecho. Ya no lo veía tan a menudo como me hubiera gustado, pero claro, yo esperaba tener José Luis para rato. Por eso, es que aquel día comprendí las palabras de Miguel Hernández; como un golpe helado me enteré que temprano había madrugado la madrugada para mi maestro.

Esta semana se llevó a cabo un acto conmemorativo a la figura de José Luis González Recio en la Facultad de Filosofía (su segunda casa). Fue un evento entrañable con sus compañeros, amigos, estudiantes e hijos. Creo que ha sido un buen tributo a su persona.

Los que te conocimos no nos pudimos despedir de ti en persona, José Luis, pero yo con esta entrada te digo que siempre serás mi profesor, mi mentor, mi amigo.

R.III

 

José Luis González Recio

 

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Tus miedos

Vas de camino al trabajo, Orteguita, y de pronto te das cuenta, como si fuera fruto de una súbita reflexión, de que tienes miedos; como cualquier persona, piensas. Sí, pero muchos de ellos son absurdos e inexplicables; como los de cualquier persona, insistes dubitativo. Subes por las escaleras de la salida del metro Santiago Bernabéu y ves los puestos que se ponen cuando va a haber partido de fútbol. Entonces descubres que te dan miedo los partidos y todavía más la gente que va a esos partidos. No puedes justificar este temor y sabes que es injusto pensar así, porque no todos los que acuden a estos eventos son los energúmenos que te figuras. Sin embargo, cuando los ves increpar al equipo contrario, a los otros hinchas o al árbitro, ves en sus ojos la capacidad de matar. ¿A que sí, Orteguita?

También te da miedo la policía. Eres incapaz de ver en un agente a una persona apacible o bondadosa. Por eso siempre te ha sorprendido que alguien quisiera ese trabajo. Crees que en el fondo debe existir algún problema psicológico (quizá un trauma de la niñez) en el hecho de que un individuo quiera llevar una placa, una porra y una pistola. Sí, admites que no estás siendo ecuánime, pero así son los miedos, Orteguita, irracionales y a veces injustos. Aunque nunca hayas cometido ningún delito cuando ves a un policía no puedes evitar querer salir huyendo o el impulso de levantar las manos y entregarte.

De un tiempo a esta fecha te dan miedo las banderas. Es posible que no seas el único, Orteguita. En cualquier caso, aquí te pasa algo similar al temor que sientes hacia los hinchas del fútbol. Sabes que la gente también es capaz de matar por ese símbolo. No puedes evitar creer que la emoción del patriotismo en todas sus manifestaciones entraña peligro.

No lo ocultes; admite que te da miedo, aunque has tenido la suerte de que no te haya pasado, que tus alumnos se amotinen. ¡Cuántas veces no has imaginado que de un momento a otro la clase se va a salir de control! En tu imaginación los has visto como una jauría de chacales que comienza a gritar, a tirar sillas y a romper cristales, para después venir tras de ti. Pero más temor te produce el hecho que un sólo alumno te falte al respeto o se encare contigo. No sabrías cómo actuar, Orteguita.

En menor medida, pero no menos importante, es tu miedo a los centros comerciales cuando tienes que ir a comprar algo. Porque puedes ir sin problemas a comer o acompañando a alguien que quiere dilapidar sus ahorros. En cambio, cuando eres tú quien necesita alguna prenda nueva u otro tipo de producto, te generan mucha inquietud estas grandes superficies. No sabes por dónde empezar. Te agobias enseguida. Sientes la ansiedad del niño que ha perdido de vista a sus padres entre la muchedumbre y el sosiego sólo vuelve cuando sales de ahí. Una nimiedad, Orteguita, pero peor es tu fobia hacia los calambres. Eres incapaz de tocar algo de metal sin el temor de esa fastidiosa descarga eléctrica.

Por lo menos, Orteguita, no le tienes miedo a la muerte, ni al ridículo, ni a equivocarte. Tampoco temes a la soledad, al destierro social o a perder tus [pocos] bienes materiales. No te asustan los espacios cerrados ni los abiertos, las alturas o subir a un avión. Además, te encantan las películas de terror sobre todo cuando estás solo en casa. Por eso consideras que tus miedos son un despropósito, una ridiculez, casi un esperpento, pero cuando estás frente a ellos te sientes pequeñito y vulnerable. Por esta razón, hoy, que has pensado en ello, has comenzado a sentir miedo a tus miedos mientras el cielo sigue gris y los hinchas han tomado las calles.

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de leer El camino de Orteguita.

 

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2 de octubre

Hoy comparto desde esta entrada un pequeño relato sobre el movimiento del 68 en México que aparece en Un gran salto para Gorsky.

 

“A la memoria de los fallecidos a causa de un
gobierno facineroso”
“También por los que sobrevivieron y nos hubieron
de contar tan tristes historias”

(Pincha en el enlace de abajo para descargarlo)

Camino Silencioso. Un gran salto para Gorsky

 

Portada completa

 

 

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España

Me gustaría poder persuadirles de que los ideales que defienden no existen. Querría que se dieran cuenta de que todo es una construcción social. Que esas emociones se sostienen en ideas inventadas y que si nos afectan o mueven hacia la acción, tan sólo se debe a que las conocemos desde que tenemos uso de consciencia. Los conceptos de nación, independencia, bandera, patria, territorio… son irreales. También lo son, hay que reconocerlo, las nociones de democracia, estado de derecho, libertad… De no ser así, ¿cómo se puede explicar que dos bandos encontrados amparen su defensa en las mismas nociones? ¡Cuántos miles de años no ha vivido la humanidad sin la existencia de ninguna de esas ideas! Nada hay de natural en ello; todo es una gran invención.

No encuentro razones convincentes para conseguir que relativicen su mundo; que adviertan lo pequeño que es. Cómo explicar que la vida se les está yendo luchando, separando y odiando, en lugar de cooperando y amando. Cómo mostrar que con estas líneas no estoy favoreciendo a un bando o a otro. ¡Pobres hombres que no tenemos nada más que creencias; ficciones!

Quisiera poder convencerles, pero esa labor es imposible y en el fondo fútil. El pensador agudo sabrá que este discurso es tan sólo otra construcción social; otra ficción con tanto o con nulo valor como aquella contra la que lucha. Además, para mi infortunio se trata de una idea pequeñita, aislada y carente de atención. Hoy las miradas se centran en la vehemente realidad de la polarización. Me gustaría poder persuadirles, pero en lugar de ello me voy a pasear al campo.

 

R.III

 

 

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar la entrada Hormigas en el universo

 

 

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Arcade Fire: Everything Now

La semana pasada Arcade Fire lanzó su último disco Everything Now. Ya me tenían completamente enganchado desde los adelantos que fueron presentando en videoclips. Los amigos que me conocen estarán pensando: “hasta la más horrorosa canción de Arcade Fire te dejaría extasiado” y quizá no se equivocan. Tengo una relación emocional con esta banda y no dudo ni un minuto al decir que es mi grupo favorito; pero si esto es así, es porque la música que hacen es alucinante. Como decía, ya desde la canción que pone título al disco, Everything Now, primer avance del disco, se anticipaba ese tono épico al que nos tienen acostumbrados, aunque se trate de una historia en apariencia sencilla (no es la primera vez que Arcade Fire consigue este efecto, baste pensar en Neigborhhod #1 (Tunnels), No cars go o Srprawl II). La segunda canción que exhibieron fue Creature Confort y ahí me di cuenta de que el futuro disco no iba a tener desperdicio. No me equivoqué este álbum es algo serio.

No uso esta expresión de forma gratuita. Everything Now trata temas serios de actualidad y lo hace con toda la fuerza que poseen los problemas que vivimos día tras días en estas sociedades (pos)modernas que nos ha tocado vivir.  Temas relacionados con patologías mentales (ansiedad, anorexia, tentativas de suicidio…); el existencialismo de vivir una vida que parece no ser lo que las historias de Disney nos prometieron; el amor como un ideal inalcanzable (y a veces patético); la inexorable pregunta sobre el porqué del nacer para morir; y el aparente desamparo de ese “buen Dios”. La narrativa que se esconde detrás de estas canciones se cuenta con toda la crudeza. Que nadie espere finales felices en estos fragmentos de vida contados al puritito estilo de Raymond Carver. La cristalización de una vida cualquiera, como la de cientos de miles almas anónimas que están a nuestro alrededor. De hecho, sé que algunos se verán reflejados en estas historias y no me extrañaría que alguien tomara esas decisiones que no tienen marcha atrás después de escuchar este disco. Así que, por favor, si estoy borracho no me dejen solo con Everything Now; aunque sería un final precioso.

Some girls hate themselves
Hide under the covers with sleeping pills and
Some girls cut themselves
Stand in the mirror and wait for the feedback
Some boys get too much, too much love, too much touch
Some boys starve themselves
Stand in the mirror and wait for the feedback

(Fragmento de Creature Comfort)

Lo vuelvo a decir: este es un disco serio en el que Arcade Fire sigue experimentando nuevos registros musicales. La energía que transmiten los distintos ritmos se asemejan a la ciclotimia: momentos de subidón, seguidos de pendientes depresivas. Baste mencionar Infinite_Content, en el que una misma letra es presentada con dos melodías antagónicas. El resultado nos hace experimentar esa “felicidad” producto de la euforia para, acto seguido, mostrarnos aquella que tiene que ver con una verdadera paz espiritual. Pero lo que realmente descoloca son sus letras en las que se mezcla una dosis de surrealismo condimentada con la rabiosa simpleza (y hasta sordidez) que conllevan las vidas comunes y corrientes de las que nos hablan.

Be my Wendy, I’ll be your Peter Pan
Come on baby, take my hand
We can walk if we don’t feel like flying
We can live, I don’t feel like dying
Be my Wendy, I’ll be your Peter Pan
Come on baby, you’ve got no plans
Boy and girls got all the answers
Man and women keep growing their carncers

(fragmento de Peter Pan)

Sí, me parece un disco serio y aunque después de escucharlo lleguemos a la conclusión de que “quizá no merezcamos el amor”, siempre encontraremos consuelo en la música que sigue haciendo Arcade Fire.

Keep you waiting, hour after hour
Every night, in your lonely tower
Looking down, at all of the wreckage
When we met, you never expected
And you said, maybe we don’t deserve love

(Fragmento We don’t deserve love)

 

¡Cómo me gusta esta banda!

 

R.III

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar: La música ilumina tu mundo

 

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Las águilas de Zeus

 Discurso de clausura de los cursos de verano del Centro de Estudios Hispánicos de la Universidad Antonio de Nebrija, 27 de julio 2017

Me he dado cuenta de que una de las cosas que más me gusta hacer en la vida después de escribir, y de algunas otras actividades de carácter hedonista, es dar clases de literatura. Algunos de mis amigos cercanos aseguran que este gusto se debe al hecho de que me encanta hablar y ser escuchado (de hecho, ellos dicen textualmente que me gusta oírme a mí mismo) y mucho más si el tema está relacionado con la literatura. Claro, cuando uno da clases puede explayarse sobre cualquier tema y los alumnos no tienen más remedio que escuchar.

Ahora me doy cuenta de que los discursos de clausura también sirven muy bien para este fin.

Aunque esta hipótesis podría ser correcta, lo cierto es que existen otras razones de mayor peso. Primero porque la literatura es uno de los grandes bienes del ser humano. Los alumnos que han pasado por mis clases saben que defiendo la idea de que la literatura es la disciplina más importante (por encima de la física, la medicina, la psicología, cualquier ingeniería; por encima de todo). Para poder defender mi postura necesitaría más de los diez minutos que tengo para poder dar este discurso así que sólo puedo mencionar que la Literatura nos habla sobre las cosas importantes de la vida y que de otra manera sería difícil conocer por, según cuenta Wittgenstein, su carácter inefable. En otras palabras, rebasa los límites del lenguaje y por ende rebasa los límites del conocimiento. Me refiero a temas como el amor, la justicia, la amistad, la verdad, etc.

Esta es una razón, pero la más importante es que dar clases de literatura me permite estar rodeado de ustedes… los alumnos que año tras año vienen al Centro de Estudios Hispánicos de la Universidad Nebrija. Los alumnos que vienen a mis clases de literatura son, sin más, una gozada. Muy en especial aquellos que vienen en verano. Se trata de un perfil de alumnos entusiasta, creativos, inteligentes, qué digo inteligentes, brillantes y siempre sonrientes. No sé a qué se debe, quizá a que tan sólo vienen por un mes o dos… no lo sé. Lo certero es que cuando están aquí se quieren comer el mundo. Y eso me llena de energía, porque me acuerdo de mi propia juventud. Tanto que no puedo dejar de recordar la película Noviembre de Achero Mañas que termina con la lapidaria frase: “Antes luchaba por cambiar el mundo, ahora lucho porque el mundo no me cambie a mí”. Pues cuando estoy con ustedes, queridos alumnos, siento que sigo siendo capaz de cambiar el mundo, un deseo que espero ustedes también sientan.

Por eso me gusta que vengan a estudiar a España, porque lo que pueden aprender aquí les va a ayudar en este propósito. Y no se trata sólo de aprender otra lengua. Se trata de poder conocer otro país, no como turistas, sino viviendo en él y salir así de la zona de confort. Esto les ayudará a entender otras culturas (no sólo la española) y el entendimiento entre culturas es muy necesario en estos días aciagos.

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Delfos fue una de las principales ciudades de la Grecia Clásica. En épocas antiguas era el lugar del oráculo de Delfos, dentro de un templo dedicado al dios Apolo. Según cuenta el mito, Zeus envió dos águilas direcciones opuestas a la misma velocidad. Como consideraban que el universo era esféricos, era evidente que estas dos águilas se encontraran en algún punto. Ese sitio sería el centro de la tierra y ahí es donde debería estar el oráculo. Delfis significa matriz. La idea es pensar en la matriz como el centro del mundo.

China en chino se dice Zhongguo, pidos disculpas a los alumnos chinos presentes, mi chino está un poco oxidado. El primer carácter zhōng (中) significa “centro”, “medio” y guó (國) significa “Estado”, “país. Literalmente sería nación del centro

Finalmente Cuzco, por otro lado, es el nombre de una ciudad Inca situada en Perú. La tradición afirma que significa centro, ombligo, cinturón en quechua antiguo.

¿A dónde quiero llegar?

Pues a que todos estos ejemplos muestran que aunque sean culturas muy distintas y de tiempos diferentes, ya sean íncas, antiguos griegos o chinos; todos han considerado que su tierra era el centro del mundo. En otras palabras: “El universal cultural, por excelencia, es pensar que la plaza del pueblo de uno es el centro del planeta”. Y no es raro que pensemos esto, de igual manera, el universal psicológico es pensar que cada uno de nosotros somos las personas más importantes. Para que no suene tan fuerte, podemos decir que pensamos que somos los protagonistas de nuestra vida y es complicado no hacerlo.

Sin embargo, con el tiempo conocemos otras personas y vemos que ellos también son protagonistas de su vida y recibimos una cucharada de humildad. De la misma manera, viajar nos hacer ver que el mundo es más grande de lo que pensábamos y que ese centro no existe. Sobre todo cuando podemos tener una estancia internacional de estudios o de trabajo. Ahí nos damos cuenta de que hay otras formas de vivir la vida y que son tan válidas como la nuestra, aunque a veces nos parezcan extrañas. Convivimos con personas de otras culturas y terminamos entendiéndonos con ellos.

Me recuerda el fragmento de poema que escribí hace unos años a R.IV que se llama

Aforismos a Ramón IV

Confío en que comprendas lo absurdo de las banderas

la necedad del ser humano

al imponer límites geográficos, raciales

e incluso familiares

 

confío en que rehúyas de los himnos de toda índole

y que construyas tu identidad con criterios amplios

 

que tus raíces nutran el árbol de tu vida

pero sin aprisionarlo

que permitan que su tronco crezca con solidez

hacia cualquier horizonte al que se incline

[sigue…]

Ustedes se llevan esa enseñanza. Aunque a lo mejor no lo saben todavía, ustedes ya son más tolerantes, más flexibles, más empáticos y más humildes. Estos rasgos les permitirán cambiar el mundo o por lo menos intentarlo. Es de verdad un gran placer haber coincidido con algunos de ustedes, aprender de ustedes y cargarme de esta energía tan positiva que gano cada vez que doy clases de literatura.

 

R.III

 

 

 

 

Agradezco las fotos a la ágil mano de Zaida del Rio, y a los estudiantes Gaudi y Lenadro que llevaban teléfonos de alta gama para cristalizar estos recuerdos.

 

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de leer El poder de las palabras

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