Lucía

De Raymond Carver aprendí el repudio hacia los finales redondos dentro de la narrativa. ¿Qué es eso de vivieron felices para siempre? ¡Pamplinas! Denle a la princesa un lustro con su amado y lo volverá a ver convertido en rana.  Carver, con mucha probabilidad (nunca lo he estudiado; es tan sólo una intuición), debió pensar que la realidad en su totalidad es efímera.  Bajo esa premisa es imposible plantear un final cerrado. Por eso todos sus relatos son sólo fotografías de la cotidianidad en un continuum de vida. Una vez narrada la semblanza retratada, se sabe que la vida de esos personajes continuará de una forma velada para el espectador.

Yo procuro seguir esa máxima también en mi escritura. De hecho, me interesa mucho que sea el lector el que siga construyendo una historia a la que yo sólo le he dado un soplo de vida. Mi intención es que cuando el lector termine la obra, de forma automática y sin poder remediarlo, empiece a construir en su imaginación posibles alternativas a seguir desde aquel punto que yo propuse como final. Esas ficciones concebidas por los lectores son parte del proceso creativo; quizá la parte fundamental.

Cuando escribí Lucía (perteneciente a la compilación Un gran salto para Gorsky) tenía la intención de escribir un relato de terror al estilo del Romanticismo. No había leído a Hoffmann para entonces, pero ahora que conozco la obra del autor prusiano, he de confesar que no iba muy descaminado. Se trataba de un cuento de fantasmas, en la que era fundamental que hubiera un lazo de amor entre, Leonardo, el personaje principal y Lucía. También quería que ese lazo quedara enmascarado a partir de unos misteriosos acontecimientos, de tal forma que el lector sintiera, ante todo, incertidumbre. Incluso metí un personaje que funciona como distractor (un guiño a Fuentes) y toda la narración se cubre de misterio. Aunque sabía hacia dónde dirigir el contenido y la finalidad de los giros de acontecimientos que planteo, no quise desvelar de forma evidente mis intenciones. El resultado es un texto abierto a múltiples interpretaciones con la esperanza de que la persona que se haya acercado a él tomara el testigo y prolongara la narración en su mente.

Creo que una de las mayores satisfacciones que he tenido como escritor, sin mencionar los amables comentarios que hacen los lectores de mis escritos, es ver cómo una de mis historias evoluciona cuando se trabaja en otros registros. Los productores de Terror y Nada Más le han dado una nueva y potente vida a Lucía a través de una ficción sonora. El gran trabajo de Miguel Ángel Pulido, en la dirección, montaje, postproducción y poniendo la voz a Leonardo, ha conseguido ese halo de misterio engrosando la fuerza del relato. También la voz de Antonio Reverte, que actúa como Richard, y la musicalización complementan y enriquecen la producción.

Aquí paso un enlace a la ficción sonora. En el ordenador se puede escuchar directamente desde la web, pero para el móvil hay que bajar la aplicación de ivoox. Espero que lo disfruten.

Picha aquí para escucharlo.

R.III

 

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COVID-19: una cucharada de humildad

“Ya los oye usted: después de la peste haré esto, después de la peste haré esto otro… se envenenan la existencia en vez de estar tranquilos. […] Son desgraciados porque no se despreocupan. Yo sé lo que digo”.

Albert Camus, La peste

 

Aunque seguro que hubo personas muy “inteligentes y visionarias” (curioso que cada vez aparecen más), lo cierto es que yo fui uno de los que minimizaron el impacto del Coronavirus. Y no estoy hablando de diciembre, este pensamiento se mantuvo hasta hace tan sólo un par de semanas (incluso menos).  Nunca pensé que fuera necesario el aislamiento social que estamos viviendo, que la tasa de contagiados y de fallecidos por el virus creciera tan dramáticamente y que nuestro sistema sanitario y, sobre todo, los profesionales de la salud se vieran tan saturados y expuestos por la falta de medios.

Al igual que muchas otras personas con las que compartí opiniones por redes sociales y conversaciones informales supuse que todo era una exageración. Me creí, sin contar con mucha evidencia, que había ocultos intereses políticos y económicos detrás de la alarma, que el virus se mantendría lejos y que no tendría casi impacto en España, que se trataba de una enfermedad poco letal, y también creí en la interpretación de esas estadísticas de decían que el COVID-19 mataba menos personas que, por ejemplo, una gripe común. En fin, en pocas palabras, viví confiado de que ese virus no nos iba a hacer daño. Pero no fui el único y por eso me ha gustado la honestidad con la que el periodista Carlos Miguélez se expresa en su última columna y en la que me estoy inspirando.

Y claro que el COVID-19 nos va a hacer daño, no sólo por las personas que están enfermando y falleciendo, sino por el impacto económico que esta crisis va a suponer. Pero no vengo a hablar aquí de estos temas, sino de mostrar la falta de humildad que nos caracteriza. Hemos visto este virus con el desprecio de un problema que a nosotros no nos podía afectar. Igual que vemos las guerras que pasan en lejanos países, el hambre que acosa a millones de personas o la violencia que se salda con vidas en cifras dramáticas en otros lugares del mundo. Y ahora nos ha tocado a nosotros y nos deja ver nuestra vulnerabilidad. Nosotros que hablábamos de esos conflictos acontecidos en lejanos recónditos del globo desde la comodidad de nuestras universidades, cafeterías, bares, ahora nos enfrentamos a un problema que nos obliga a cambiar radicalmente nuestra forma de vida.

Por eso es importante, ahora más que nunca, cuidar la salud mental. Van a ser días complicados, porque nuestra sociedad no está acostumbrada al confinamiento. Cada día nos anuncia una novedad, porque no existen precedentes similares al contexto que vivimos. Habrá que adaptarse al cambio constante e inopinado. Va a ser difícil, porque esta situación supone la pérdida del control al que nos habíamos acostumbrado. Día tras día los acontecimientos nos demostrarán que todavía no afianzamos ese control. Por eso, hay que tratar de cuidarnos mentalmente, para sobrellevar lo mejor posible esta situación. Y, con suerte, pronto todo llegará a su fin y podremos volver a una actividad normal.

Al contrario de lo que pasa en La peste de Albert Camus, me alegra presenciar más solidaridad, buen ánimo y respeto a la ley de lo que podría esperarse. También es cierto que esto sólo acaba de empezar, habrá que esperar a ver si esa positividad se mantiene o si comienzan a aflorar esa oscuridad que caracteriza a la especie humana.

Sobre todo, espero que cuando esto pase, hayamos aprendido un poco de humildad. Que seamos más compasivos con aquellas personas que viven en su día a día estados de vulnerabilidad como el que estamos viviendo (incluso peores). Que tendamos la mano por responsabilidad ética a aquellos que huyen de conflictos mil veces más complejos, terribles e injustos de lo que nosotros estamos padeciendo hoy. En pocas palabras que aprendamos, además de humildad, la compasión, la empatía y la hospitalidad que nos merecemos unos a otros como parte de esa gran familia a la que llamamos humanidad.

 

R.III

 

Espero que pronto podamos volver a disfrutar de la primavera

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El día que ya no hizo falta quemar libros

Es de sobra conocido que los libros a veces suponen una amenaza. Muchos regímenes han procurado la quema de aquellas obras consideradas contrarias a su ideología: la quema de códices mayas a manos del sacerdote Diego de Landa, la de libros en la Coruña en 1936 por parte de los falangistas o la de los textos judíos quemados por el régimen Nazi son tan solo unos ejemplos. Estas hogueras intelectuales han quedado retratadas también en la literatura; baste recordar el clásico Fahrenheit 451 de Ray Bradbury o El nombre de la rosa de Umberto Eco. El fuego como elemento curativo, redentor, disuasorio y opresor. Es decir, una llama que elimina la plaga de la idiosincrasia disidente, que redime al enemigo sometido desde su pedestal autoritario, que advierte a próximos creadores y que impone su poder como nueva realidad.

Desde nuestro presente resulta paradójico tomarse tantas molestias.  Lo único que había que hacer era brindar a la gente otras fuentes de entretenimiento: móviles, internet, videojuegos. No hacía falta mucho más para que las personas se olvidaran de los libros.

Todos los años pregunto a mis alumnos universitarios cuántos libros leen al año. Comienzo pidiendo que levanten la mano los que leen más de cincuenta. Más que manos alzadas me encuentro con risas, murmullos, incredulidad, “¡nadie lee tanto!”, alguno espeta. Si preguntara por series de Netflix seguro que no habría tanta sorpresa. Bajo la cifra y pregunto que quién lee de cuarenta a cincuenta. Todavía nadie. Hace unos años ya veía manos levantadas cuando entrábamos en la cifra de treinta a cuarenta. Unas pocas, pero por lo menos se alzaban bajo el asombro de sus compañeros. Pero en los últimos años ya no sucede y cuando pasa es quizá una mano la que tímidamente sube, pues no quiere sobresalir. De veinte a treinta tampoco consigue mejores resultados y es hasta que comienzo a preguntar de diez a veinte o de cinco a diez cuando ya hay más personas que se animan subir sus brazos. Siempre hay alguno que con ostentación levanta la voz para admitir que no lee ninguno. Yo suelo decir que no es motivo de orgullo, pero no creo generar el efecto vergonzante que persigo.

No puedo evitar sugerir que como universitarios deberían leer por lo menos cincuenta libros al año. No es para tanto, supone tan sólo leer un poquito más de cuatro libros al mes. ¡Todavía más sencillo! Sólo se trata de un libro a la semana. Lo sé, el pretexto es el tiempo. Seguro que, si hay algún lector mirando esto, también achacará su falta de lectura a esa carencia de tiempo. Es verdad, a mí mismo me pasa factura todas esas horas que uno le debe a la cotidianidad: trabajo, pareja, compra, quehaceres, ocio (más bien bares que lectura), estudios, amigos, etc. Pues, aunque parezca mentira, en la universidad es cuando más tiempo se tiene para emplearlo en esta actividad. Esa fue la época cuando en lugar de leer cincuenta, podía llegar a leer ochenta.  Y no era el único: espero que estén mirando estas líneas Oscar (el chore), Emilio, Merino, Montiel, Héctor, Pirot… Seguro que asienten a estas palabras, pues también ellos alcanzaban o sobrepasaban esa cifra; quizá lo sigan haciendo. Hay pocas cosas tan gratificantes y lo que a uno le gusta, siempre se le encuentra el momento.

Por eso hay que ir siempre con una novela corta o un poemario en la mochila. El metro, el autobús, las salas de espera, las colas del banco. Cualquier instante es una oportunidad para sumergirse en una buena historia o dejarse seducir por una agradable lírica. Ningún recorrido o espera se hace larga. Pero tampoco se siente el suceder de los minutos, me dirán, cuando uno va ensimismado en las conversaciones de whatsapp, al recibir y reenviar memes, revisando cuántos likes has recibido por la última foto o derribando una columna entera de frutas de ese estúpido, pero absorbente jueguito….

Así que no, los libros ya no son una amenaza. Los regímenes facinerosos, por fin, pueden dormir tranquilos.

 

R.III

 

 

 

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Inflexión

En la vida hay puntos de inflexión. Algunas ocasiones son esas sorpresas del destino, pero la mayoría de las veces se debe a nuestras malas decisiones. Haber cogido el coche ebrio, gastar más dinero del que ingresas, no haber sabido poner límites a tus hijos, haber dejado de estudiar. Cada uno sabrá enumerar los fallos de su vida que le han llevado a ese escollo; a ese callejón sin salida. Dice Agota Kristof en Clause y Lucas: “cada uno de nosotros comete en su vida un error mortal, cuando nos damos cuenta lo irreparable ya se ha producido”. Esa bienaventuranza que creías que los dioses habían preparado para ti se te cae de las manos, se rompe y eres incapaz de rearmar los pedacitos.

Como pasa en los sueños, uno quisiera despertar y sentirse reconfortado. Haberse liberado, aunque sea en el subconsciente, de todas esas porquerías que te depara el día a día. Así que te vas a la cama e intentas dormir. Sin embargo, al otro día el sueño no ha sido reparador. La realidad y tus equivocaciones siguen ahí atosigándote. Miras al futuro con un atisbo de indiferencia, miras al pasado con pesar. Una punzada que no es de dolor se te instala en un costado del cuerpo; Víctor Roura diría que es el vacío. Una sensación como la de Alicia en el País de las maravillas de hallarse perdido se apodera de tu espíritu. Estás en un bosque oscuro y llorar no te ayuda a encontrar el sendero que te saque de ahí.

Pero es que en la vida no hay un solo camino; no hay un único modo de encontrar la salida. Por eso es que en los momentos de mayor desasosiego uno tiene que tener mayor disposición. Abrir mejor los ojos y los oídos. Porque como dice el proverbio: la oportunidad suele tocar a la puerta muy quedito. Hay que ser creativo para fabricarte esa oportunidad y valiente para cruzar el umbral cuando lo encuentras. Como le decía el gato a Alicia, lo bueno de no saber a dónde ir, es que cualquier vía puede ser la adecuada. Estás en ese punto de inflexión, así que deja de echarte las manos a la cabeza y comienza a caminar.

Quizá, después de todo, sí que ha sido un mal sueño. ¡Despierta!

R.III

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Leyenda

Dicen que para conseguir ser un héroe es necesario dedicar el cuerpo y alma a crear una leyenda. ¿Y tú, Orteguita? Apenas puedes con eso que se llama vida. Tú que consideras que poco tiempo te queda al cabo del día como para ponerte a pensar en tu recorrido. Tú, Orteguita, que tan sólo te dejas llevar por la ola de acontecimientos que algunas veces te derriba y que otras consigues sortear para ganar impulso, aunque no sepas muy bien cómo aprovecharlo para llegar al sitio a donde quieres ir. Y es que los héroes no parecen mortificarse como haces tú con el tiempo que dedicas al trabajo, a la familia, a los amigos y, en general, a la búsqueda de la felicidad; sin tener muy claro qué significa eso y cómo se puede conseguir. Así es difícil construirse esa leyenda que le agencia a uno el título de héroe.

¿Pero realmente quieres ser un héroe, Orteguita? ¿Todavía tienes esos absurdos sueños de grandeza? No te engañes, a ti lo que se te da bien son las anécdotas, las cosas pequeñas; lo efímero. Deja las leyendas para otros y tú sigue dando diminutos pasos en el reducido escenario en el que te han dejado actuar. Ve y siéntate en esa terraza a leer y tomar un albariño, abraza a ese niño que ahora es más alto que tú, piérdete en una librería y escoge un libro (sólo uno) para llevar a casa, tómate un tinto con los Candiani, con Pirot, con Omar, con José Antonio, con Jaime, con Dani, con el Isma o con todos a la vez. Déjate de leyendas estúpidas y sal a caminar por las calles de Madrid con la música en tus oídos. Déjate querer por tus perritos cuando estés en el sofá viendo una serie o una película. Haz lo que se te da bien, Orteguita, ponte a preparar una de esas clases que tanto te gusta impartir; a veces tienes suerte y los chicos te miran con verdadero interés, participan y te preguntan. Déjate de existencialismos y ponte a escribir, aunque sea para alimentar tu blog. Sal a pasear con tus perros a la Casa de Campo, silencia el móvil, duerme todas las siestas que puedas, sigue viajando, conoce más gente, visita museos.

Tu vida no es una leyenda, Orteguita, y tú no serás un héroe. Sin embargo, algún día podrás decir que has vivido y que estás listo para que caiga el telón. Pero para eso todavía queda tiempo: habrá nuevos avatares, dichas, sonrisas y lágrimas… retazos de una vida ordinaria, pero también digna de vivir.

R.III

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Victor Hugo (la leyenda) y R.III (la anécdota).

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Hospitalidad: la importancia de ‘cuidar’ para ‘curar’

Hay tres momentos en la vida de las personas en que uno es consciente de su vulnerabilidad: 1) cuando se es niño; basta recordar que si algo nos asustaba huíamos a escondernos debajo de los faldones de nuestra madre; 2) en la vejez, cuando uno sabe que cruzar el semáforo que está en rojo para los coches parece insuficiente para cruzar la calle a tiempo o cuando ese dolor de huesos hace que el levantarse de la cama, en el pasado un acto cotidiano, suponga ahora todo un desafío; y 3) cuando sobreviene la enfermedad y nos damos cuenta que la salud perdida era la mayor dicha de la que puede disfrutar el hombre. He dicho a propósito lo de ser conscientes, porque lo cierto es que el hombre es un ser vulnerable y expuesto a los designios del azar. Factores externos como las inclemencias del clima, accidentes o desastres naturales nos amenazan, pero también nos acechan factores internos como pueden ser algunas enfermedades que están ahí como a la espera de activarse o cuando somos presas de nuestros estados emocionales. Y, sin embargo, mientras no hagan acto de aparición vivimos confiados de nuestra suerte.

La enfermedad, volviendo al tema, nos hace ver nuestra fragilidad y cuando acontece buscamos amparo en los profesionales de la salud con la esperanza de que nos devuelvan el bien perdido. La ética del cuidado cobra especial importancia cuando, en palabras de Emmanuel Levinas, se recibe la llamada del otro, es decir, cuando cualquier ser humano, cercano o lejano, cualquier individuo que sufre, que padece un mal y precisa ayuda nos llama. Lo pongo en cursiva, porque no se trata necesariamente de una llamada explícita; cuando una persona ve a otra en un estado de vulnerabilidad y sabe que es capaz de ayudarle, esa llamada debe ser atendida por responsabilidad y ética. Dicho en otras palabras, si nuestro comportamiento es en verdad ético, no podemos ignorar esa llamada y deberíamos estar dispuestos a atenderla. Un profesional de la salud se ha formado con la intención de ayudar a las personas cuando la enfermedad sobreviene (y para intentar prevenir este acontecimiento), así que es normal que se encuentren frente a ese otro cuya salud fracturada le llama.

El problema es que esa ayuda se debe prestar atendiendo a diversas dimensiones que muchas veces los meros conocimientos técnicos no permiten abordar de manera adecuada. Cuando una persona está en estado de vulnerabilidad debido a la enfermedad necesita además de fármacos, técnicas terapéuticas o pruebas diagnósticas, que le miren a los ojos, que le consuelen con cercanía y tacto, que se le trate como una persona y no como una patología o un número de habitación, que sea apreciado su rostro, en suma, que sea cuidado. Porque curar a veces es posible, pero la mayoría de las veces nuestra actual ciencia médica sólo puede paliar, controlar o mantener a raya la enfermedad, y es ahí cuando asoma que lo más importante en referencia al ámbito sanitario sea el cuidar. Para curar dice Francesc Torralba es necesario cuidar, porque cuidar tiene también efectos curativos.

Por tanto, cuando un sanitario quiere ejercer su profesión con ética debe cuidar al paciente. Tiene que atender la llamada de ese otro vulnerable y descubrir su rostro. Como explica Torralba en su Ética del cuidar: “[…] la idea última que argumenta Emmanuel Levinas cuando alude al sentido y la significación del «rostro» es la de un compromiso ético anterior a toda etnia, cultura, identidad, ideología, etc.”. Descubrir el rostro es comprender que cualquiera que sea ese otro, ese individuo que se tiene enfrente solicitando ayuda, merece ser tratado con humanidad y dignidad. Para ello es fundamental la empatía, porque no sólo se trata de curar, sino de cuidar. Para tratar a esa persona con dignidad hay que saber que ese individuo tiene una dimensión subjetiva (siente un dolor que uno no puede sentir, tiene unos pensamientos que no están en nuestra cabeza, puede sentir emociones, como el miedo, que nosotros no comprendemos, porque no estamos en su situación), también tiene una dimensión espiritual (creencias, valores, ideales, un sentido que le mueve a vivir…) y, por supuesto, tiene su corporalidad que es la que se ha desequilibrado. Ese paciente, por tanto, puede necesitar en cierto momentos más unas palabras de consuelo que un medicamento. Y no es que el segundo no sea fundamental, pero el profesional empático tiene que proveer también ese cuidado de manera holista, es decir, atendiendo a todas esas dimensiones mencionadas.

Sí, la enfermedad nos hace ser conscientes de nuestra vulnerabilidad y es una responsabilidad ética del profesional de la salud cuidar al otro en ese estado de fragilidad. ¿Pero se puede ser más vulnerable todavía cuando sobreviene alguna patología? Los contexto humanos son diversos y por esta razón, esta llamada que hace el otro (el vulnerable) se incrementa cuando se trata de un paciente inmigrante. A esa persona se le suele unir el hecho de estar lejos de su hogar (cualquiera que sea la circunstancia), quizá se encuentra solo, quizá su situación es precaria, quizá su pasado ha sido tormentoso (tal vez su presente lo es). Su llamada es más profunda y por responsabilidad no podemos soslayarla. A ello se le une que sus dimensiones son más complejas y su comprensión requiere de una apertura mental y una empatía cultural que nos haga ver que esa persona cuenta con valores, creencias y actitudes diferentes a las nuestras. Una verdadera ética del cuidado implica tomar en cuenta las dimensiones culturales y supondría la adquisición de unas competencias por parte del sanitario para poder atenderlas.

Como se ha visto el acto del cuidar nada tiene de sencillo. Requiere una atención holista y un espíritu de hospitalidad, es decir, de acoger al enfermo sin importar su procedencia. Ese valor de la hospitalidad, que a veces parece perdido en nuestras sociedades contemporáneas, va muy unido al mundo sanitario. No por otra cosa la palabra hospital tiene la misma raíz. Cultivar la hospitalidad ayudará a ser mejores profesionales de la salud, es decir, a cuidar mejor de aquellos que vienen enfermos, heridos, frágiles.

R.III

Entrada publicada en Espacio-Mex el 9 de octubre de 2019 y en la Revista Nuestra Nebrija.

 

 

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Reubicación

Ayer llegó a casa la primera remesa de los libros impresos de mi primera novela Reubicación editado por la Editorial Tandaia. A todos los que ayudaron a conseguir sacar adelante este proyecto participando en la campaña de preventa supongo que les irá llegando dentro de poco los libros a las direcciones que indicaron. He de decir que, aunque estaba esperando con ansia a que este envío tocara a mi puerta, lo cierto es que me ha pillado de sorpresa (la mensajería de los libros está organizada por la Editorial Tandaia directamente).

Sin embargo, la mayor de mis sorpresas fue que no han aparecido los agradecimientos completos que pedí que incorporaran (sólo aparecen algunos de los nombres de las personas que adquirieron su ejemplar en preventa). Así que me permito en esta pequeña entrada de mi blog agradecerles a todos los que conozco su participación:

Agradecimientos a Fernanda Rodríguez, Omar España, Marc Bessems, Erik Dronen, Ignacio Huitrón, Óscar Pirot, Paola de la Sierra, Ana Navea, José Antonio Tamayo, José Antonio Román, Patricia Guerra, Eva López, Carlos Carpintero, Laura Visiers, José Ríos, Matías Costa, Maaike Breemers, Sonia Bonochea, Claudia de la Mata, Matías Costa, Esther de la Hera, Dani, Esteve, Talía, Isaac, Vicky, Jaime, Piñeyro, Wicho, Kike, Lourdes, José Luis, Luigi, Tana, Gloria (mi madre), Ramón II, Ramón IV y Ana.

También a aquellos que adquirieron su ejemplar y que no me lo han hecho saber.

Gracias de todo corazón. Espero que disfruten de Reubicación (o la sufran) mientras que se sumerjan en sus páginas.

R.III

Post scriptum: Algo que me encantaría, y así de paso saber que han recibido el libro, es que lo compartan en las redes con el hashtag #Reubicación y así vamos generando ruido para que a otros posibles lectores les llegue esta distopía.

Post scriptum2: pronto a la venta en librerías.

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Despedidas

Siempre he pensado que mi comunicación oral es mala; mi fuerte, si le puedo llamar de esa manera, está en la escritura. Sin embargo, no me había dado cuenta de lo grave que era mi problema hasta que me lo han hecho ver con diversos ejemplos. Y es que algunos de los últimos sucesos que me han acontecido se deben a no saber transmitir lo que quiero con claridad. Me interesa contar aquí la despedida precipitada que tuve con mi padre.

Hemos pasado quince días en Galicia que me dejan un sabor salobre por desasosiegos que aquí no vienen al caso. Lo cierto es que alquilamos una casita por quince días y ayer entregamos las llaves a los dueños antes de salir. Toda persona que haya viajado en familia, e incluso digo más, todo aquel que sea padre o madre de esa familia sabrá de lo que hablo. Una hora antes de que llegaran los dueños, había que recogerlo todo, terminar de meter las últimas prendas de ropa en la maleta, poner ese equipaje en el maletero, sacarlo de nuevo todo para conseguir acomodar las cosas de los perros, coordinar que tu hijo vaya a tirar la basura y que acabe su desayuno, tomar algo también uno mientras limpias un poco para dejarlo todo lo más presentable posible, guardar la comida aprovechable para llevarla con nosotros, lavar los dientes, ir al maletero y sacarlo todo para conseguir que entre ahora también la comida, las toallas y nuestras mochilas con el resto de equipaje, pedir media hora más a los caseros para que nos dé tiempo, hacer más basura, pedir que vayan a tirarla, dar de comer a los perros y, por ende, volver a acomodar el desbarajuste que eso ocasiona en el maletero… Cinco minutos antes de que llegaran los propietarios de nuestro hospedaje todo parecía listo. Entregamos la casa y nos agradecimos mutuamente una estancia satisfactoria.

Pero entonces nos dimos cuenta que ese era el momento en que nos despediríamos de mi padre y Pat, su mujer. Ellos continuaban el viaje y nosotros volvíamos a casa. Llevábamos casi dos años sin vernos y esa despedida merecía algo más que un apresurado abrazo antes de partir. Pero él me dijo, si quieres sacamos los coches y paramos un poco para despedirnos bien. Me pareció adecuado, pues era mejor no compartir la intimidad de una sentida despedida con los caseros, por más amables que hayan sido. Así que le dije: “muy bien, si quieres adelante paramos y nos despedimos”. Pero, ¡Qué diablos quiere decir adelante! Para mí era justo a unos metros de la puerta de la casa, pero para mi padre parece que no era así.

Sacamos los coches y veo que mi padre emprende camino. Además, a una velocidad que me hizo acelerar un poco para seguirle de cerca. No pasa nada, me dije, seguro va a parar pronto así que le seguí. De forma inopinada una llamada de los dueños de la casa: “Os habéis dejado una mochila en la puerta”. Comencé a echarla las luces, toqué el claxon y mi padre ni caso y así nos íbamos alejando de la casa a la que debíamos volver y él sin parar. Abriendo un paréntesis: no podíamos llamarles, porque al estar en ellos en el extranjero no estaban usando sus teléfonos, así que no había otra forma de comunicación, cierro el paréntesis. Decidí que lo mejor era volver con la esperanza de que realmente mi padre se fuera a detener “ahí, adelante” y que nos diera tiempo de ir a la casa, recoger la mochila y volver a encontrarles esperándonos. Salimos del pueblo y no estaban en ningún sitio. Más adelante, me dije. Con esa esperanza conduje 250 km, con la única creencia de que con lo despacio que mi padre conduce les podría dar alcance. Apresuré un poco el paso, con los ojos abiertos, atento a cada coche gris y desesperado cuando la cercanía me sacaba de mi desacierto. Cuando salimos de Galicia y ya no había posibilidad de encontrarnos, pues su parada era la Ribera Sacra, no pude hacer menos que llorar un poco en la primera gasolinera en la que paramos y ahora sólo puedo expresar esta despedida por escrito. ¡Buen viaje y muchas gracias por todo!

… ¡ah! y apuntarme en mis deberes de este año, ser más claro hablando.

R.III



Plegaria a Ganesha

Te pido a ti simpático dios de cabeza de elefante que poses tu mirada en mí. Aunque viva lejos de tus dominios escucha esta plegaria y no la desatiendas. Ejecuta la labor para la que has sido creado en este exótico creyente que desde esta esquina te implora. Libra mi camino de cualquier obstáculo, pues me vendrían bien unos meses de tranquilidad. Si miras mi historial te darás cuenta de que no termino de salir de un problema, para meterme en el siguiente. De atolladeros tú eres el más sabio y consigues abrir camino a tus fieles súbditos con esa destreza que te caracteriza.

¡Ay, Ganesha! ¿Cómo consigues librarnos de los obstáculos, cuando tú mismo no viste el lío en el que te metías? Cuando Parvati te pidió que vigilaras su intimidad impidiendo que nadie la observara mientras se daba un baño. ¿No pensaste que Shiva no iba a pararse a reflexionar que mantenías tu mirada fija en la lejanía teniendo tus ojos tan cerca de su mujer? ¿Cómo no anticipaste que ese favor te costaría la cabeza? Ahora sobre tus hombros se yergue la testa de la primera criatura que pasó cuando Parvati reprochó al gran Shiva su impaciencia. Gracias al cielo te devolvió a la vida infinita que ahora plugo.

Adorable dios de cuatro brazos escucha mi plegaria y recibirás mi adoración. Obra ese milagro que aleja las dificultades de quien te evoca. Haz honor a tu nombre y elévate por encima de otros dioses del panteón hinduista. Unos meses, no pido más, Ganesha.  Tu súbdito, el más exótico, te estará mil veces agradecido.

R.III

 

Ganesha

Mi rincón preferido de la librería

 

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Política electoral en tuits

Nos hemos acostumbrado a leer cosas breves. No importa lo complejo del mensaje, por favor, no nos pasemos de 280 caracteres y mucho mejor si lo hacemos en 140 (no prometo tanto). Así que aquí unas cuantas reflexiones sobre política electoral en formato tuit:

 

  • VOX: partido que encarna la paradoja de la tolerancia de Popper: si somos ilimitadamente tolerantes seremos destruidos por los intolerantes. Es decir, si dejamos entrar a ese lobo vestido de cordero democrático, empezará por comerse esos derechos que dábamos por sentados.

 

  • El votante de Ciudadanos debe ser consciente de que sólo perpetuará el gobierno del PP con su voto. Lo ha dicho Rivera, quien formará gobierno con Casado y, por ende, de forma indirecta, con Abascal.

 

  • El PP… ¿en serio tengo que explicar algo en un tuit? Bueno, me valen 18 caracteres: corrupción impune.

 

  • Se puede ser progresista respetando la Constitución Española. De hecho, como está mostrando Podemos, si siguiéramos los artículos de la Constitución tenderíamos a una política inclusiva y respetuosa con derechos fundamentales (sanidad, vivienda, etc.).

 

 

  • ¿Alguna medida positiva específica de VOX? Su política sólo busca chivos expiatorios (los que traicionan España, inmigrantes, musulmanes, feminismos…) para hacer creer a sus votantes que estos colectivos son el origen de sus problemas. Y lo peor de todo es que les funciona.

 

  • El PSOE puede ser un voto útil para tener un gobierno progresista. Pero no olvidemos que también tienen las manos manchadas por la corrupción. ¿No deberíamos darle la oportunidad a quién no las tiene?

 

  • ¿Desde cuándo es malo dialogar? Los que no quieren hablar de política plurinacional ¿cómo quieren resolver el problema? ¿A palos?

 

  • Los que defienden una bajada de impuestos nunca han tenido que usar el sistema nacional de salud con un problema grave. ¿Quieres una educación accesible y de calidad, mantener ese sistema de salud? Bajar los impuestos (en especial las rentas altas) no es una buena salida.

 

  • ¿Qué se puede esperar de alguien que te envía las papeletas envueltas en plástico?

 

  • Creo en la igualdad de oportunidades, creo en la justicia social, creo en la diversidad y creo que unid@s Podemos conseguirlo.

 

R.III

 

P.s.- no son buenos, pero no quería quedarme con las ganas de escribir esto antes de la jornada de reflexión.

Sin título


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