¿Son los médicos profesionales de excelencia?

Poco tiempo después de haber escrito una reflexión sobre el triángulo comunicación, ética y educación dentro de las ciencias de la salud, viví una experiencia personal que ejemplifica de forma clara esta relación. Una persona cercana, de unos 76 años, entró de urgencia a un hospital porque le dolía el estómago. Era cinco de enero, días de los Reyes Magos, y la sala de urgencias se encontraba, como suele ser habitual, abarrotada. Cuando llegamos a verla, además del dolor abdominal, comprobamos que se encontraba desorientada y que no podía hablar con fluidez. Pasó esa noche en urgencias y lo único que los médicos nos hicieron saber es que le había subido la temperatura, pero que por los resultados del TAC (tomografía axial computada) no parecía ser nada neurológico. Al día siguiente, en la visita de la tarde (sólo se permiten dos al día) el médico nos informó que era probable que los síntomas se debieran a una colangitis (una obstrucción de las vías biliares) y que el número de leucocitos había aumentado de forma considerable por lo que se trataba de una sepsis (o septicemia, una complicación muy grave de la infección).

Nosotros, naturalmente, no teníamos ni idea de lo que era una sepsis, una colangitis y mucho menos de sus consecuencias. Lo único que nos explicaron parcamente es que se trataba de una infección importante, pero que ya le estaban administrando antibióticos. Además, nos informaron que no podían subirla a planta ese día y que tenía que permanecer en Urgencias. Nada más. Nosotros pensamos que era una alegría que más o menos tuvieran localizado el origen de su malestar y que seguro que con el antibiótico, al siguiente día, la encontraríamos con una notable mejoría. Si insistimos en que la subieran a planta era porque pensábamos que en Urgencias iba a estar incómoda. Lo cierto es que estábamos muy lejos de la realidad.

 Al día siguiente, cuando nos dejan volver a hablar con los médicos de urgencias (o sea, a la hora de visita habitual: 12:00 de la mañana) nos informaron que había tenido fallo renal (no le funcionan los riñones), que tenía una pancreatitis, que su sistema respiratorio estaba también afectado y que la tenían que subir de Urgencia a la Unidad de Cuidados Intensivos. El médico que nos atendió en la UCI dijo que la situación era tan grave que era probable que no sobreviviera (en parte debido a una entrada tardía en la UCI). Nos dijo que debía hacerse un TAC de la zona abdominal y otros estudios para confirmar la colangitis y que de confirmarse se tendría que llevar a cabo un procedimiento para remover la obstrucción. También nos comentó que estas intervenciones en el mal estado que presentaba la paciente eran extremadamente delicadas y que podría morir durante dichos procedimientos. No obstante, concluyó que no quedaba más remedio que hacerlo si queríamos tener alguna esperanza. Nos pasó unos consentimientos informados[1] para firmarlos y poder llevar todo a cabo. Obviamente los firmamos.

¿Cómo se llegó a este punto? Además de una evidente falta de recursos de la sanidad pública, la razón principal fue un problema de comunicación que incide directamente en la ética médica. Para poder comprobar que se trataba de una colangitis era necesario un TAC y otros estudios, que claramente no estaban en posibilidad de hacerlos el día de Reyes (al ser un día festivo en España). Sin ese diagnóstico no se podía proceder a la intervención para desbloquear las vías biliares (cuya descomprensión temprana es fundamental para evitar que la infección continúe). Pero de nada de esto se nos informó en Urgencias. Todo lo supimos tiempo después ya en la UCI. Por tanto, se impidió la práctica del principio de autonomía[2] que debería tener el paciente (o sus familiares) para tomar una decisión con relación al estado de salud del enfermo. De haber sabido que nos encontrábamos frente a la imposibilidad de confirmar un diagnóstico ese día y que de tratarse de una colangitis la intervención para desbloquear las vías biliares debería realizarse con celeridad, es probable que hubiéramos deliberado de forma distinta. Quizá podríamos haber optado por ir de urgencia a un hospital privado o aceptar la permanencia en dicho hospital público, pero con el conocimiento de que la situación era de extrema gravedad. Lo que es seguro es que no hubiésemos vuelto a casa pensando que al día siguiente los antibióticos comenzarían a hacer efecto y que iba a encontrarse mucho mejor (como de hecho hicimos).

Pocos fueron los médicos con los que nos entrevistamos que mostraron tener destrezas comunicativas. De hecho, fue gracias a nuestras propias habilidades de comunicación que pudimos extraer información clara y comprensible durante todo el procedimiento. Tuvimos que echar mano de una inteligencia emocional y, en lugar de demandarles un derecho a esta información, bajamos la cabeza para que nos dieran a conocer lo que pasaba. Fuimos empáticos cuando ellos nos veían con altivez. Jugamos a mostramos comprensibles con sus esfuerzos y el tiempo que nos dedicaban para informarnos, cuando veíamos que su faceta paternalista afloraba.

¿Por qué hemos tenido que ser los familiares los que asumimos la responsabilidad de echar mano de dichas destrezas de comunicación y no el profesional de la salud? Porque desafortunadamente los que sufren las consecuencias de la carencia comunicativas  de estos profesionales son los pacientes e indirectamente los familiares que desean su pronta recuperación. Esta falta de información incide directamente en la autonomía que se requiere para tomar decisiones. Por tanto, es conveniente que también la sociedad sea consciente y demande a sus profesionales de la salud una información clara del posible diagnósticos, de su gravedad y de la opción o distintas opciones de tratamientos. Sólo así se comenzará a poner atención en estos aspectos y a formar de manera más completa a los próximos profesionales de la salud. Enseñarles a ser empáticos, a adecuar su lenguaje técnico para que el paciente lo comprenda, a reflexionar sobre el derecho a la información del paciente y sus familiares y a otros muchos, muchos elementos en los que todavía hay mucho por mejorar. Parecer ser la única opción para confeccionar esa figura de profesional de excelencia a la que este colectivo debería aspirar.

R.III

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[1] No hay que olvidar que un consentimiento informado es un documento legal. No por ello termina de satisfacer la dimensión ética de la práctica médica.

[2] El principio de autonomía es la libertad del paciente de tomar una decisión sobre su cuerpo. O sea, que el paciente decide si permite una intervención, tratamiento, estancia hospitalaria, etc. en el que se encuentra involucrado. Cuando el paciente no es capaz de ejercer esta autonomía, son sus familiares los que toman estas decisiones. El principio de autonomía se contrapone al paternalismo médico, que es la posición en la que el médico es quien toma las decisiones sobre el tratamiento del enfermo, sin consultarlo con él (en principio, por el bien del mismo paciente). Para saber más comunicación, ética y educación.

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Poco más de siete años

Conozco a Dany desde que llegué al barrio hace poco más de siete años. Siempre en la misma esquina, siempre sucio, borracho y exhumando el hedor de la vida de la calle.  No sé nada de su vida, ni las razones que lo llevaron a la indigencia. Sólo mediamos algunas palabras; saludos amistosos.  Sobre todo en las mañanas cuando saco a pasear a Oli y nos encontramos en el mismo punto de siempre. “Buenos días, Dany”. “Buenos días, amigo […]” y luego, ya a la distancia me sigue gritando “adiós, guapo, adiós”. No creo que sepa mi nombre y ni falta hace. Alguna vez me ha pedido objetos (casi nunca dinero) que necesita: una mochila, unas gafas, incluso una vez me pidió, para mi sorpresa, un pendiente. Otras veces, sin pedirlo, yo le he ofrecido algo (casi nunca dinero). Por ejemplo una noche de invierno al verlo dormido sin más protección que una caja, le bajé una manta.

Hay quien pensaría que este tipo de personas son una lacra social. Los que piensan así no comprenden cómo alguien puede llegar a abandonarse a sí mismo de tal manera. No ven bien la idea de pasar todo el día bebiendo hasta quedar inconscientes o, ya ciegos por el alcohol, volverse individuos violentos. Esto le pasa a Dany. Casi siempre está en su esquina tranquilo, bebiendo con una lata frente a él, para quien se apiade le deje una moneda. Sin embargo, hay momentos en los que increpa a los que se acercan, va golpeado los aparadores de las tiendas o busca algún enfrentamiento. Conmigo siempre se ha comportado de forma pacífica, incluso en esos momentos críticos de “exaltación”. Muchos, sin embargo, no tienen una muy buena opinión de él.

Dany no es el único indigente de mi calle. De hecho, en el barrio hay una decena bien establecida y alguno que otro esporádico. Casi todos los que ya están bien instaurados (gracias a la costumbre, que es más poderosa que cualquier padrón municipal) son los típicos borrachines. Se sientan en sus bancos con un brick de vino blanco y pasan la mañana, la tarde y la noche bebiendo. No obstante, desde que comenzó la crisis hay un tipo de homeless distinto. Estos “nuevos” mendigos no van borrachos, ni llevan la ropa mugrienta. Hay quien incluso lleva una maleta de viaje, que arrastran de una esquina a otra. Al igual que los primeros, también van pidiendo dinero. Sin embargo, en su mirada todavía hay un brillo de vergüenza que ya no se percibe en los instaurados.

La razón por la que se han visto orillados a la calle puede ser muy variada y, a fines prácticos, fútil de atención. Lo cierto es que la posibilidad de una inserción social se les escapa día a día; el volver a ser parte activa de esta sociedad se convierte en una entelequia. Vivir en la calle los va transformando y, aunque lo deseen, su condición los va alejando a cada minuto de las personas que alguna vez fueron. Despreciados por algunos, amparados por otros, su día a día pasa bajo la inclemencias del tiempo, el hambre y una imperiosa necesidad de evadir sus sentidos. Desde nuestra cómoda posición sería muy sencillo juzgar, reflexionar, señalar o censurar. Yo, el día de hoy, prefiero abstenerme.

Un día, mi hijo, R.IV me preguntó, refiriéndose a Dany, cuánto tiempo podía una persona vivir en la calle. Lo veía demacrado, sucio, maloliente, casi enfermizo. Desde su mente de siete años (ya hace un tiempo de aquella pregunta) la vida en ese estado le parecía imposible. Yo le dije que el cuerpo humano aguanta mucho más de lo que creemos. Año tras año, R.IV ha ido confirmando esa teoría. Hasta el día de hoy que podemos lanzar una hipótesis inductiva: en ese estado se puede vivir poco más de 7 años. Al probre Dany ya no le volveré a encontrar en “su” esquina, pero quedará su recuerdo. Uno de esos seres que completaba el barrio se ha esfumado.

En memoria de Dany.

R.III

Dany

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Diario de verano

Llevo muchos años pensando que es de Karl Marx aquella frase de que el hombre es el único animal capaz de cambiar su realidad. Lo cierto es que en aquellas lecturas parciales que hice del Capital o del Manifiesto Comunista nunca conseguí encontrar esta cita. Quizá pertenece a otro libro de la extensa obra del pensador alemán, aunque es probable que más bien sea apócrifa. La respuesta debe encontrarse, más bien, en que un día le escuché a mi padre decir que esa máxima era de Marx; y la verdad es que me gusta pensar que es así. Tal vez me esté confundiendo y en realidad me habló de otro filósofo. Puede ser que la verdadera autoría de esta frase sea de mi padre, lo que me gusta todavía más. El caso es que hoy me siento con ganas de cambiar mi realidad.

Estoy cansado, muy cansado. A veces este país y su contexto pueden resultar agotadores. A lo mejor no es el país, sino sólo mi circunstancia la que me tiene exhausto. La piedra esa que llevo en el zapato desde hace unos años, ya no me permite caminar más. O reformulándolo, ya no quiero seguir andando con esa pinche piedra inoportuna. Entonces pienso que debería dejar de soñar con que las cosas van a llegar a ser de otra manera y poner de mi parte para conseguir el cambio. Plantearme otros objetivos y salir a buscarlos. Sin embargo, muchas veces siento que la vida ha ido conduciéndome por donde le ha venido en gana y que yo sólo he aprendido a soportar sus embates. Me he vuelto un profesional de la resolución de problemas, a costa de no dejar de estar sumergido en ellos. Trabajo, dinero, la piedra, y esa constante búsqueda del balance entre la felicidad de R.IV y el que no se me salga de madre[1]. Además, al echar la vista atrás ya no es posible rechazar la imbatible realidad de que la juventud, de forma irremediable, dio paso a la madurez. En otras palabras, y como diría mi amigo Leo “uno ya va teniendo más pasado que futuro”. La cuestión es que, pese a ello, se ha vuelto una fastidiosa carga el reiterar que muchas veces la vida me sigue conduciendo por sus azarosos senderos.

Siempre vi en mis padres a personas seguras. También pasaron altibajos laborales, salariales y de otra índole, pero veía en ellos un aplomo que no termino de encontrar en mí ahora que he alcanzado su edad.  Sé que he ido cumpliendo mis objetivos poco a poco. Terminé la tesis doctoral; ya casi todo mundo piensa en mí como profesor (y cada vez menos como gestor académico); sin ganarme la vida con ello, no he dejado mi vocación de escritor; he incorporado el ámbito de la investigación a mi abanico de actividades; y se puede decir con certeza que en el aspecto sentimental la vida me ha tratado con indulgencia (quiero y me siento querido).  No obstante, no termino de ver ese control que suponía debería poseer como una ventaja de contrapeso a dejar de contar con esa “sonrisa de muchacho soñoliento/ —seguro de gustar—[…]”  de la que habla Jaime Gil de Biedma. Intentar aferrarme a esa época de ideales, anhelos y sueños se ha convertido en uno de los principales obstáculos para salir de este atolladero.

Dijo Sartre que “somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”. Pues con esto que la vida y su contexto han hecho de mí, estoy muy dispuesto a entrar en una nueva etapa de vida. [Me apropio de la analogía de Paul Auster] Ya va siendo hora de escribir un punto final en mi diario de primavera. Hace años que debí comenzar con el de verano, por muy incompleto que sienta que dejo el de primavera. ¿Por qué no? Puede que en él también queden plasmadas aventuras memorables.

Mientras tanto habrá que seguir andando, Orteguita… y escribiendo… mientras el día sigue gris.

R.III

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[1] Y sin saber contestar todavía a esas preguntas que hace Nietzsche en voz de Zaratustra: “Arrojaré esta pregunta a tu alma como una sonda para conocer su profundidad […] ¿Eres tú un hombre que tenga el derecho a engendrar a un hijo? ¿Eres tú el triunfador, el vencedor de ti mismo, el soberano de tus sentidos y el dueño de tus virtudes? ¿O bien, es tu deseo el grito del animal y de la indecencia? ¿O el temor a la soledad? ¿O la discordia contigo mismo?

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Orgullosos de nuestro español

España y los países hispanoamericanos pueden sentirse orgullosos de su lengua. El español es estudiado por más de 20 millones de alumnos, es hablado por unos 500 millones de personas y es valorado en muchos países por su prolijidad y belleza; además sigue creciendo su uso tanto en revistas, como en internet y se ha llegado a estimar que dentro de tres o cuatro generaciones el 10% de la población mundial se entenderá en español. Sin embargo, los países hispanohablantes no sólo estamos unidos por el idioma, también nos liga un espíritu de picaresca y sinvergüencería. Es una generalidad, pues es cierto que también existen hombres honrados y con una moral intachable, pero no nos engañemos, en estos países abundan los corruptos y aprovechados. No sólo se trata de “una casta”; término tan en boga, y no sin razón, en España. Los dirigentes y políticos en general han perdido todo resquicio de honorabilidad y se han ganado a pulso el apelativo de ladrones en todas sus variantes: chorizos, saqueadores, estafadores, etc. Pero hay que tener los ojos bien vendados para pensar que estos abanderados del comportamiento poco escrupuloso son los únicos elementos de la sociedad que ostentan el estandarte de lo truhan. Si se hiciera una analogía, ellos son los síntomas de una enfermedad que nos carcome a todos desde la infancia y que ha construido nuestra realidad tal y como la conocemos.

El otro día transmitieron en un canal de televisión de España un reportaje sobre “la corrupción” en Dinamarca. Se les preguntaba al azar a los daneses en la calle, cuál era el último escándalo en el que se había visto envuelto alguno de sus políticos. La mayoría de ellos después de meditar su respuesta terminaban por expresar un franco “no sé”; una contestación muy sintomática de su esquema moral. Simplemente no eran capaces de recordar el último acto de delincuencia en el que alguno de sus políticos había estado metido. También es cierto que su honestidad les llevaba a admitir frente a las cámaras que, pese este tropezón memorístico, era casi seguro que estos procesos delictivos sí existían en este país nórdico. Ahora pregunto a los amables lectores de esta editorial, muy probablemente hispanohablantes: ¿cuál ha sido el último escándalo de corrupción que recuerdan? Seguro que ahora mismo en su memoria se agolpa una cantidad innumerable de casos; pero ni siquiera haría falta acudir a la mnemotecnia, bastaría echar una ojeada al periódico de hoy para descubrir un nuevo procedimiento. ¡Qué remedio, así son nuestros políticos, así son los de Dinamarca! Otra vez la picaresca nos traiciona. No señores, no echemos balones fuera, así somos la mayoría de las personas que vivimos en estos países.

A veces olvidamos que cuando nos ofrecen un precio por un producto, pero al pedir una factura nos dan otro (por eso del IVA) y nos quedamos con el primero, estamos siendo tan corruptos como esos políticos que criticamos (también si lo ofrecemos, claro está). Cuando copiamos en un examen, somos igual de estafadores que ellos. Si intentamos sobornar o permitimos que nos sobornen (no importa el cargo, cuantía o excusa), al hacerlo estamos cayendo en la misma indecencia que ellos. Si nos damos cuenta de que nos devuelven más cambio en una tienda y aún así nos quedamos con él, somos tan ladrones como ellos. Si no pagamos los impuestos y lo justificamos con el viejo argumento de que es preferible quedárnoslo nosotros a que se lo queden ellos, no nos engañemos, somos igual de sinvergüenzas.

Que el que escribe estas palabras está libre de pecado. Mucho me temo que no. Ya me hubieran lapidado tiempo atrás (y seguro que algunos ahora están deseando hacerlo, porque las verdades duelen). Si buscamos una razón a esta degradación quizá la encontremos en que he sido educado en una cultura en la que si no te aprovechas eres tonto; si no eres tú el que abusa, alguien abusará de ti; y si haces las cosas correctamente, esperando lo mismo de los demás, eres un ingenuo. No es de extrañar que una de las acepciones de “pícaro” sea la de astuto y taimado. Así educamos a nuestros hijos. Los queremos proteger de nosotros mismos; de nuestra moral y lo justificamos diciendo ¡que espabilen! Nos encantan los atajos, conseguir el éxito con poco esfuerzo, en pocas palabras, dar el pelotazo. Sí, oímos esa retahíla del esfuerzo, la decencia, la integridad y demás, pero lo hacemos como un sonsonete inocuo que no comulga con lo que vivimos en nuestra vida diaria.

Las comparaciones son odiosas, pero si escarbamos en esas sociedades que nos impresionan por su escasa corrupción, también veremos que son personas que educan a sus hijos en valores sólidos que vertebran sus sociedades. Principios sencillos, pero bien interiorizados: ser honestos, trabajadores y tener una conciencia social (lo que uno gana debe colaborar con el bienestar de la sociedad). Una cultura que cuenta con estos valores, es una sociedad que asume el hecho de tener que pagar casi la mitad de su salario anual en impuestos. Una sociedad así, no cae en la penosa lista de acciones arriba mencionada, y en este sentido, obviamente, jamás permitiría que sus políticos lo hicieran.

Dentro de esta catarsis existe un atisbo de luz. El saber que nuestra picaresca puede sustituirse por esos sencillos principios con los que deberíamos conducirnos. Que cada uno de nosotros podemos comenzar a ser honestos, asumir una vida de esfuerzo y tener una conciencia social. Ser el motor del cambio y no esperar a que los demás lo sean. Cada vez escucho a más personas que están de acuerdo con estas líneas y que quieren generar este cambio cultural. Que ya no tolerarán al típico amigo que se jacta por alguna bribonería. En estos casos hay que encararlos, y aunque no vayan a cambiar, por lo menos sacarles los colores. Mostrarles que ya no es motivo de orgullo el cinismo y la impudicia y que su falta nos afecta a todos.

Quizá haya quien piense, después de tantas líneas, que .soy un ingenuo .y que nada va a cambiar. Pero con suerte en unas décadas podamos sentirnos orgullosos de nuestra moral, como ahora lo hacemos de nuestro querido español.

R.III

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La mordida es la manera popular de llamar a los pequeños (y en apariencia inevitables) sobornos en México

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Este texto aparece en el editorial de la Revista Palabras Diversas, No. 51.

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Comunicación, ética y educación

Es popularmente conocido que los médicos  llevan a cabo el pronunciamiento del Juramento Hipocrático como un antiguo rito de iniciación para adentrarse en su profesión. Consiste en un compromiso que expresa unas reglas éticas que el médico debería seguir al ejercer su oficio. El juramento original es un brevísimo código deontológico que expresa ciertas obligaciones como son: evitar el daño o perjuicio al paciente a través del tratamiento; nunca dar un fármaco letal o abortivo; atender al paciente sin incurrir en prácticas corruptas, con ellos o sus familiares (especialmente las sexuales); y guardar discreción de la información que oyese de los pacientes o sus familiares durante su consulta.  Fue así como formó parte inherente de la práctica médica, y a más de 2000 años de su probable creación (s. V ó IV a. C.), el juramento fue reformulado en la Declaración de Ginebra de 1948 y más tarde por el Dr. Louis Lasagna en 1964.

Lo cierto es que este código que rigió la moralidad en la práctica médica por más de dos milenios, no habla en absoluto del derecho que tiene el paciente de saber la información sobre el diagnóstico de su enfermedad y de los posibles tratamientos. Tampoco menciona si es el médico quien tiene la obligación de brindar al paciente este conocimiento y, mucho menos, si debería otorgar al paciente la libertad de aceptar, rechazar o elegir entre los posibles métodos de curación que podrían aliviar su malestar. No es de extrañar que durante siglos y siglos fuesen los doctores quienes tomaran las decisiones sobre la terapéutica a seguir de forma unidireccional. De hecho, no es hasta las décadas de 1950-1960 cuando se empieza a valorar la autonomía del paciente.

El paternalismo médico es el término que se ha utilizado para ilustrar el papel que ejercía el médico en la toma (inapelable) de la decisión sobre los métodos terapéuticos. Se le llama paternalismo porque se entiende que existe una beneficencia (un padre actúa en la defensa de los mejores intereses de sus hijos) y una legitimidad (un padre tiene el derecho de ejercer decisiones en nombre de sus hijos, independientemente de que dicha decisión pueda ir en contra de la voluntad de los menores). Por tanto, el médico paternalista es el profesional que limita la autonomía del paciente, bien sea porque considera que las decisiones que él toma tienen la finalidad de beneficiar al paciente (aliviar su malestar o enfermedad), o porque cree que tiene toda la legitimidad que le brindan sus años de estudios para tomar la batuta en las decisiones (y que el paciente no es capaz de asumir).

Hoy en día el paternalismo médico está denostado. Incluso ha dejado el terreno ético, para aterrizar en el terreno legal. Un doctor ahora tiene el deber de informar al paciente sobre la enfermedad, el tratamiento que le sugiere seguir, otros tratamientos alternativos (si existen), etc. Con esta información el paciente tiene el derecho de decidir qué hacer con respecto a su salud; esto quiere decir que se ha consolidado su autonomía. O eso queremos creer. El hecho de que en cada intervención médica te den a firmar un documento conocido como consentimiento informado, en el que se expone una larga lista de tecnicismos y posibles peligros, ¿realmente está otorgando al paciente el libre ejercicio de su autonomía? Más bien parece ser un documento legal que quitará responsabilidad al centro hospitalario, al doctor y demás personal sanitario, si algo no sale como se esperaba.

Por esta razón, el consentimiento informado no es suficiente, desde el punto de vista ético, para que el paciente pueda ejercer su autonomía. Aquí entra una dimensión que también ha sido puesta en práctica desde los inicios históricos de las relaciones de ayuda[1], pero que no es hasta hace relativamente poco que se ha comenzado a estudiar y sistematizar (también hacia los 50-60): La comunicación entre paciente y profesional de la salud. ¿Si el profesional de la salud no cuenta con una destreza comunicativa cómo puede ser capaz de informar de forma efectiva al paciente? ¿Si no existe una comunicación efectiva, cómo puede hablarse de autonomía del paciente?

Existen muchas dimensiones pero, para ejemplificar brevemente esta relación entre ética y comunicación, hablaré sólo sobre la adecuación del lenguaje. Si un profesional de la salud usa demasiados tecnicismos a la hora de explicar a un paciente su enfermedad, éste no comprenderá la gravedad/levedad de lo que le sucede, quizá tampoco entienda en qué consiste el tratamiento que el profesional le sugiere y mucho menos sus alternativas. Al encontrarse en una posición débil, es probable que opte por hacer lo que el profesional le indique, sin apenas cuestionarlo. En otras palabras, no está haciendo uso de su autonomía y el médico está siendo paternalista (pese a que él justifique que en su actuación le he explicado al paciente su malestar y las opciones que tenía). En el otro extremo se encuentra el profesional que, con el afán de que su paciente pueda comprenderle, le explica todo de manera simplista. De esta manera le ayuda a entender de forma muy general la causa de su malestar, pero no llega a informarle de particularidades fundamentales como puede ser la duración del tratamiento, la posible actuación “invasiva” de una determinada terapéutica, posibles consecuencias a mediano y largo plazo, etc. Esta simplificación excesiva también puede poner en riesgo la autonomía del paciente, pues éste puede llegar a optar por un tratamiento complejo y de consecuencias serias, por creer que era algo más sencillo, o simplemente no tomarse en serio un régimen, una medicación, etc. Diapositiva1

 La semana pasada tuve la oportunidad de asistir al seminario debate Conflictos éticos en psiquiatría y psicoterapia. Entre los ponentes, que contaron cosas sumamente interesantes, se encontraba el Dr. Fernando Santander, quien habló sobre ciertas dimensiones éticas de la psicoterapia. Me gustaría rescatar de su intervención lo que él llamó el contrato terapéutico que debería existir entre un paciente y su psicoterapeuta, pero que creo bien podría aplicarse a toda relación de ayuda. En dicho contrato hay que ofrecer una orientación teórica sobre la psicoterapia específica a seguir, explicar los hechos que acreditan al profesional (formación, psicoterapia en la que está especializado, etc.), explicar el diagnóstico, definir los objetivos, el método, las metas y limitaciones de la terapia, informar sobre la duración, modos del tratamiento, los derechos del paciente y, en general, todo aquello que facilite una relación franca, leal y transparente.

Todos los presentes éramos especialistas (o en camino de serlo) en temas relacionados con las ciencias de la salud y su relación con aspectos éticos o, más explícitamente, con la bioética. Sin embargo, esta información me parece tan útil que me preocupó el hecho de escucharlo en en un foro especializado, cuando ya debería estar enseñándose en las aulas a estudiantes de medicina, enfermería, fisioterapia y otras profesiones afines a las relaciones de ayuda. Por esta razón, un tercer vértice del triángulo de excelencia del profesional de la salud, se encuentra en brindar una sólida educación sobre este tipo de destrezas transversales (como es la comunicación), así como de un aspecto humanístico que incluya la dimensión ética. La relación de ayuda está incompleta sin estos eslabones y de nosotros depende que estos elementos se incorporen cada vez más en la atención sociosanitaria.

R.III

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[1] Prefiero usar la generalización de relación de ayuda, para que no parezca que estos temas sólo pertenecen al ámbito médico-paciente. También corresponden al personal de enfermería, a fisioterapeutas, psicólogos y en general toda relación en la que una persona tiene un malestar (enfermedad, herida, angustia…) y una persona que cuenta con los conocimientos para ayudarle a superarlo.

 

 

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El Krausismo y Francisco Giner de los Ríos

Hoy hace 175 años nació Francisco Giner de los Ríos. Por esta razón, he querido escribir un poco sobre este personaje y especialmente de ciertos antecedentes que, incluso en España, se desconocen sobre su vida. Giner de los Ríos, junto con otros personajes, es un miembro de la escuela llamada Krausismo. Uno de mis profesores de filosofía me dijo que en España nunca existieron grandes filósofos o filosofías. Comentaba que uno de los pocos nombres reseñables es el de Ortega y Gasset, pero que antes de él, sólo podría acudirse al krausismo como uno de los movimientos filosóficos de relativa trascendencia de este país ibérico. Pero, ¿qué es el krausismo y qué tiene que ver con Giner de los Ríos?

Remontémonos a mediados del siglo XIX, donde aparece otra figura interesante: Julián Sanz del Río. En 1840 se licencia de la carrera de Derecho en la Universidad de Madrid; «gratis, por pobre y sobresaliente», dice la certificación. Y poco más tarde se convierte en catedrático de Historia de la filosofía en dicha universidad. En 1843 fue enviado a Alemania por Pedro Gómez de la Serna, en ese momento ministro de la Gobernación, con el encargo de estudiar durante dos años las doctrinas que habían hecho de ese país una potencia en todos los terrenos, pero sobre todo en el científico y el universitario. Es así como Julián Sanz del Río comienza un periplo por las gélidas tierras del norte de Europa. El siglo XIX es la cuna histórica de grandes nombres de la filosofía alemana; se puede hablar de Hegel, Fichte e incluso de Schopenhauer. Entre este abanico de posibilidades, Julián vino a poner atención en la figura de un tal Karl Christian Friedrich Krause; un filósofo menor, pero también perteneciente a la corriente idealista (como Hegel, Schelling o Fichte).

Aunque Krause no llega a considerarse panteísta, sí que promueve la idea de un panteísmo que afirma la realidad del mundo como un mundo-en-Dios. En este sentido lo más importante del pensamiento de este filósofo es la idea de unidad del Espíritu y la Naturaleza de la Humanidad. De alguna forma, los distintos períodos de la humanidad son estadios por los que las personas han ido escalando en dirección a la Humanidad Racional vinculada a Dios. Pero el punto que más interesa a Sanz del Río es que Krause niega la teoría absolutista del Estado y acentúa la importancia de las asociaciones llamadas de finalidad universal (como la familia, la nación, etc.) frente a las asociaciones limitadas que son la Iglesia y el Estado. Cuando trae estas ideas a España se consolida la llamada escuela krausista. Y son las ideas e influencia del Krausismo las que marcarán para siempre, tanto el pensamiento, como la obra de Giner de los Ríos.

Las ideas krausistas fueron muy bien recibidas en el terreno de la Filosofía del derecho, pero muy especialmente en el de la educación. Frente a una postura estatal que, en 1875, prohibía la libertad de cátedra (por una ordenanza del Ministro de Fomento de aquel entonces Marqués de Orovio), se levantaron algunas voces. Entre ellas la más importante fue la de Ginés de los Ríos con la fundación de la Institución Libre de Enseñanza un año después de la ordenanza. Frente a la idea de una educación dogmática, religiosa, memorística, Ginés de los Ríos plantea poner en práctica unas líneas pedagógicas que definen la Institución: formación de hombres útiles a la sociedad, pero sobre todo hombres capaces de concebir un ideal; coeducación y reconocimiento explícito de la mujer en pie de igualdad con el hombre; racionalismo, libertad de cátedra y de investigación, libertad de textos y supresión de los exámenes memorísticos.

Más adelante y vinculada a esta institución, surgirá la Residencia de Estudiantes, que recibió a las figuras más sobresalientes de la literatura, el arte y la ciencia de principios del siglo XX. Pero no fue el único centro relacionado con la ILE, también se puede mencionar el Museo Pedagógico Nacional, las Colonias Escolares, la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, futuro germen del CSIC. De esta manera, la institución queda ligada a figuras trascendentales de la intelectualidad como son: Manuel Azaña, Julián Besteiro, José Ortega y Gasset, Federico García Lorca, Salvador Dalí, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Luis Buñuel, Miguel de Unamuno, Fernando de los Ríos o Bosch Gimpera.

Lo curioso es que el germen de este sobresalir pedagógico, del que queda rastro en nuestra época (pese a que el Franquismo lo amordazó por muchas décadas) comienza con ese viaje a Alemania de Julián Sanz del Río. Y su admiración por ese filósofo menor apellidado Krause.

R.III

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El cuento más triste del mundo

 

Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo,

está contento; no está solo. Le riñen, lo insultan; pero, al menos, oye voces humanas.

Antón Chéjov, La tristeza

 

La tristeza de Antón Chéjov es uno de esos textos que pueden calificarse como prototipo del relato redondo; no le sobra, ni le falta nada. Todos los elementos se conjuntan para hacer de una desafortunada situación, la historia más triste del mundo. La atmósfera es de por sí gris: una ciudad rusa, el invierno en plenitud,  una sociedad decadente y proletaria, el trabajo de un cochero —lo que conlleva un trabajo bajo las inclemencias del clima-, y sobre todo, la perenne soledad de la que no se puede huir aunque se incluyan varios personajes. A estos elementos se les une el argumento contrito de un hombre que ha perdido a su hijo. Chéjov consolida los aspectos más negativos de la sociedad rusa de principios del siglo XX, para mostrarnos en particular la amargura que vive un hombre. Un único y solitario individuo que ha perdido a un hijo y que no puede apaciguar su dolor con el catártico consuelo de una simple conversación.

El relato en tercera persona comienza presentando la atmósfera donde se desencadena la acción. Las escasas líneas que describen el clima, la luz de las farolas, la penumbra y la nieve son indispensables. La historia que cuenta Chéjov, con todas las piezas de su argumento, no sería tan triste si hubiera sucedido en el Caribe, pero acertadamente (para consolidarse como uno de los cuentos más importantes del siglo XX) todo sucede en la lánguida Rusia. Por tanto, el escenario y el argumento son indisociables para conseguir el efecto melancólico de este relato.

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Adelante, en el siguiente párrafo el autor describe a su personaje “Yona”. No dice nada de su físico, no cuenta lo que piensa, no nos dice lo que siente. Chéjov sólo nos informa la quietud en la que se encuentra sumido, esperando en su coche, bajo el blanco manto que lo cubre petrificándolo; de esta forma el autor lo congela textual y figuradamente. La imagen que crea en el lector, cual fotografía, consigue anticiparnos mucha de la información que más tarde la acción sólo nos confirmará.  Aún así, con estos dos escasísimos párrafos ya ha desencadenado el ambiente propicio para que un hecho —no poco terrible, como es la muerte de un hijo— surta un efecto desgarrador en la lectura.

La manera en la que Chéjov cuenta el infortunio de Yona, su personaje, es a través de los diálogos, o más bien del intento de ellos. Yona busca ser escuchado, pero nadie le pone atención en las tres veces que declara abiertamente, con diferentes interlocutores, que su hijo ha muerto. ¿Quién puede soportar tanto dolor sin compartirlo un poco, sin apoyar un poco del peso que carga, en las manos de otro? He ahí todo el contenido. Y pese a tan fatídico relato, una luz se asoma como consuelo al final de la historia. Una luz tenue y escasa. Tan pequeña, que a ninguno de los lectores que acudan a este cuento desde la comodidad de su sofá, consolaría. Pero al triste Yona sí; y eso nos basta para complacernos.

 R.III

Para los que no hayan leído este fantástico relato les recomiendo hacerlo pinchando en el siguiente enlace de estupendísima web http://www.ddooss.org: Tristeza

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