Orgullosos de nuestro español

España y los países hispanoamericanos pueden sentirse orgullosos de su lengua. El español es estudiado por más de 20 millones de alumnos, es hablado por unos 500 millones de personas y es valorado en muchos países por su prolijidad y belleza; además sigue creciendo su uso tanto en revistas, como en internet y se ha llegado a estimar que dentro de tres o cuatro generaciones el 10% de la población mundial se entenderá en español. Sin embargo, los países hispanohablantes no sólo estamos unidos por el idioma, también nos liga un espíritu de picaresca y sinvergüencería. Es una generalidad, pues es cierto que también existen hombres honrados y con una moral intachable, pero no nos engañemos, en estos países abundan los corruptos y aprovechados. No sólo se trata de “una casta”; término tan en boga, y no sin razón, en España. Los dirigentes y políticos en general han perdido todo resquicio de honorabilidad y se han ganado a pulso el apelativo de ladrones en todas sus variantes: chorizos, saqueadores, estafadores, etc. Pero hay que tener los ojos bien vendados para pensar que estos abanderados del comportamiento poco escrupuloso son los únicos elementos de la sociedad que ostentan el estandarte de lo truhan. Si se hiciera una analogía, ellos son los síntomas de una enfermedad que nos carcome a todos desde la infancia y que ha construido nuestra realidad tal y como la conocemos.

El otro día transmitieron en un canal de televisión de España un reportaje sobre “la corrupción” en Dinamarca. Se les preguntaba al azar a los daneses en la calle, cuál era el último escándalo en el que se había visto envuelto alguno de sus políticos. La mayoría de ellos después de meditar su respuesta terminaban por expresar un franco “no sé”; una contestación muy sintomática de su esquema moral. Simplemente no eran capaces de recordar el último acto de delincuencia en el que alguno de sus políticos había estado metido. También es cierto que su honestidad les llevaba a admitir frente a las cámaras que, pese este tropezón memorístico, era casi seguro que estos procesos delictivos sí existían en este país nórdico. Ahora pregunto a los amables lectores de esta editorial, muy probablemente hispanohablantes: ¿cuál ha sido el último escándalo de corrupción que recuerdan? Seguro que ahora mismo en su memoria se agolpa una cantidad innumerable de casos; pero ni siquiera haría falta acudir a la mnemotecnia, bastaría echar una ojeada al periódico de hoy para descubrir un nuevo procedimiento. ¡Qué remedio, así son nuestros políticos, así son los de Dinamarca! Otra vez la picaresca nos traiciona. No señores, no echemos balones fuera, así somos la mayoría de las personas que vivimos en estos países.

A veces olvidamos que cuando nos ofrecen un precio por un producto, pero al pedir una factura nos dan otro (por eso del IVA) y nos quedamos con el primero, estamos siendo tan corruptos como esos políticos que criticamos (también si lo ofrecemos, claro está). Cuando copiamos en un examen, somos igual de estafadores que ellos. Si intentamos sobornar o permitimos que nos sobornen (no importa el cargo, cuantía o excusa), al hacerlo estamos cayendo en la misma indecencia que ellos. Si nos damos cuenta de que nos devuelven más cambio en una tienda y aún así nos quedamos con él, somos tan ladrones como ellos. Si no pagamos los impuestos y lo justificamos con el viejo argumento de que es preferible quedárnoslo nosotros a que se lo queden ellos, no nos engañemos, somos igual de sinvergüenzas.

Que el que escribe estas palabras está libre de pecado. Mucho me temo que no. Ya me hubieran lapidado tiempo atrás (y seguro que algunos ahora están deseando hacerlo, porque las verdades duelen). Si buscamos una razón a esta degradación quizá la encontremos en que he sido educado en una cultura en la que si no te aprovechas eres tonto; si no eres tú el que abusa, alguien abusará de ti; y si haces las cosas correctamente, esperando lo mismo de los demás, eres un ingenuo. No es de extrañar que una de las acepciones de “pícaro” sea la de astuto y taimado. Así educamos a nuestros hijos. Los queremos proteger de nosotros mismos; de nuestra moral y lo justificamos diciendo ¡que espabilen! Nos encantan los atajos, conseguir el éxito con poco esfuerzo, en pocas palabras, dar el pelotazo. Sí, oímos esa retahíla del esfuerzo, la decencia, la integridad y demás, pero lo hacemos como un sonsonete inocuo que no comulga con lo que vivimos en nuestra vida diaria.

Las comparaciones son odiosas, pero si escarbamos en esas sociedades que nos impresionan por su escasa corrupción, también veremos que son personas que educan a sus hijos en valores sólidos que vertebran sus sociedades. Principios sencillos, pero bien interiorizados: ser honestos, trabajadores y tener una conciencia social (lo que uno gana debe colaborar con el bienestar de la sociedad). Una cultura que cuenta con estos valores, es una sociedad que asume el hecho de tener que pagar casi la mitad de su salario anual en impuestos. Una sociedad así, no cae en la penosa lista de acciones arriba mencionada, y en este sentido, obviamente, jamás permitiría que sus políticos lo hicieran.

Dentro de esta catarsis existe un atisbo de luz. El saber que nuestra picaresca puede sustituirse por esos sencillos principios con los que deberíamos conducirnos. Que cada uno de nosotros podemos comenzar a ser honestos, asumir una vida de esfuerzo y tener una conciencia social. Ser el motor del cambio y no esperar a que los demás lo sean. Cada vez escucho a más personas que están de acuerdo con estas líneas y que quieren generar este cambio cultural. Que ya no tolerarán al típico amigo que se jacta por alguna bribonería. En estos casos hay que encararlos, y aunque no vayan a cambiar, por lo menos sacarles los colores. Mostrarles que ya no es motivo de orgullo el cinismo y la impudicia y que su falta nos afecta a todos.

Quizá haya quien piense, después de tantas líneas, que .soy un ingenuo .y que nada va a cambiar. Pero con suerte en unas décadas podamos sentirnos orgullosos de nuestra moral, como ahora lo hacemos de nuestro querido español.

R.III

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La mordida es la manera popular de llamar a los pequeños (y en apariencia inevitables) sobornos en México

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Este texto aparece en el editorial de la Revista Palabras Diversas, No. 51.

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Comunicación, ética y educación

Es popularmente conocido que los médicos  llevan a cabo el pronunciamiento del Juramento Hipocrático como un antiguo rito de iniciación para adentrarse en su profesión. Consiste en un compromiso que expresa unas reglas éticas que el médico debería seguir al ejercer su oficio. El juramento original es un brevísimo código deontológico que expresa ciertas obligaciones como son: evitar el daño o perjuicio al paciente a través del tratamiento; nunca dar un fármaco letal o abortivo; atender al paciente sin incurrir en prácticas corruptas, con ellos o sus familiares (especialmente las sexuales); y guardar discreción de la información que oyese de los pacientes o sus familiares durante su consulta.  Fue así como formó parte inherente de la práctica médica, y a más de 2000 años de su probable creación (s. V ó IV a. C.), el juramento fue reformulado en la Declaración de Ginebra de 1948 y más tarde por el Dr. Louis Lasagna en 1964.

Lo cierto es que este código que rigió la moralidad en la práctica médica por más de dos milenios, no habla en absoluto del derecho que tiene el paciente de saber la información sobre el diagnóstico de su enfermedad y de los posibles tratamientos. Tampoco menciona si es el médico quien tiene la obligación de brindar al paciente este conocimiento y, mucho menos, si debería otorgar al paciente la libertad de aceptar, rechazar o elegir entre los posibles métodos de curación que podrían aliviar su malestar. No es de extrañar que durante siglos y siglos fuesen los doctores quienes tomaran las decisiones sobre la terapéutica a seguir de forma unidireccional. De hecho, no es hasta las décadas de 1950-1960 cuando se empieza a valorar la autonomía del paciente.

El paternalismo médico es el término que se ha utilizado para ilustrar el papel que ejercía el médico en la toma (inapelable) de la decisión sobre los métodos terapéuticos. Se le llama paternalismo porque se entiende que existe una beneficencia (un padre actúa en la defensa de los mejores intereses de sus hijos) y una legitimidad (un padre tiene el derecho de ejercer decisiones en nombre de sus hijos, independientemente de que dicha decisión pueda ir en contra de la voluntad de los menores). Por tanto, el médico paternalista es el profesional que limita la autonomía del paciente, bien sea porque considera que las decisiones que él toma tienen la finalidad de beneficiar al paciente (aliviar su malestar o enfermedad), o porque cree que tiene toda la legitimidad que le brindan sus años de estudios para tomar la batuta en las decisiones (y que el paciente no es capaz de asumir).

Hoy en día el paternalismo médico está denostado. Incluso ha dejado el terreno ético, para aterrizar en el terreno legal. Un doctor ahora tiene el deber de informar al paciente sobre la enfermedad, el tratamiento que le sugiere seguir, otros tratamientos alternativos (si existen), etc. Con esta información el paciente tiene el derecho de decidir qué hacer con respecto a su salud; esto quiere decir que se ha consolidado su autonomía. O eso queremos creer. El hecho de que en cada intervención médica te den a firmar un documento conocido como consentimiento informado, en el que se expone una larga lista de tecnicismos y posibles peligros, ¿realmente está otorgando al paciente el libre ejercicio de su autonomía? Más bien parece ser un documento legal que quitará responsabilidad al centro hospitalario, al doctor y demás personal sanitario, si algo no sale como se esperaba.

Por esta razón, el consentimiento informado no es suficiente, desde el punto de vista ético, para que el paciente pueda ejercer su autonomía. Aquí entra una dimensión que también ha sido puesta en práctica desde los inicios históricos de las relaciones de ayuda[1], pero que no es hasta hace relativamente poco que se ha comenzado a estudiar y sistematizar (también hacia los 50-60): La comunicación entre paciente y profesional de la salud. ¿Si el profesional de la salud no cuenta con una destreza comunicativa cómo puede ser capaz de informar de forma efectiva al paciente? ¿Si no existe una comunicación efectiva, cómo puede hablarse de autonomía del paciente?

Existen muchas dimensiones pero, para ejemplificar brevemente esta relación entre ética y comunicación, hablaré sólo sobre la adecuación del lenguaje. Si un profesional de la salud usa demasiados tecnicismos a la hora de explicar a un paciente su enfermedad, éste no comprenderá la gravedad/levedad de lo que le sucede, quizá tampoco entienda en qué consiste el tratamiento que el profesional le sugiere y mucho menos sus alternativas. Al encontrarse en una posición débil, es probable que opte por hacer lo que el profesional le indique, sin apenas cuestionarlo. En otras palabras, no está haciendo uso de su autonomía y el médico está siendo paternalista (pese a que él justifique que en su actuación le he explicado al paciente su malestar y las opciones que tenía). En el otro extremo se encuentra el profesional que, con el afán de que su paciente pueda comprenderle, le explica todo de manera simplista. De esta manera le ayuda a entender de forma muy general la causa de su malestar, pero no llega a informarle de particularidades fundamentales como puede ser la duración del tratamiento, la posible actuación “invasiva” de una determinada terapéutica, posibles consecuencias a mediano y largo plazo, etc. Esta simplificación excesiva también puede poner en riesgo la autonomía del paciente, pues éste puede llegar a optar por un tratamiento complejo y de consecuencias serias, por creer que era algo más sencillo, o simplemente no tomarse en serio un régimen, una medicación, etc. Diapositiva1

 La semana pasada tuve la oportunidad de asistir al seminario debate Conflictos éticos en psiquiatría y psicoterapia. Entre los ponentes, que contaron cosas sumamente interesantes, se encontraba el Dr. Fernando Santander, quien habló sobre ciertas dimensiones éticas de la psicoterapia. Me gustaría rescatar de su intervención lo que él llamó el contrato terapéutico que debería existir entre un paciente y su psicoterapeuta, pero que creo bien podría aplicarse a toda relación de ayuda. En dicho contrato hay que ofrecer una orientación teórica sobre la psicoterapia específica a seguir, explicar los hechos que acreditan al profesional (formación, psicoterapia en la que está especializado, etc.), explicar el diagnóstico, definir los objetivos, el método, las metas y limitaciones de la terapia, informar sobre la duración, modos del tratamiento, los derechos del paciente y, en general, todo aquello que facilite una relación franca, leal y transparente.

Todos los presentes éramos especialistas (o en camino de serlo) en temas relacionados con las ciencias de la salud y su relación con aspectos éticos o, más explícitamente, con la bioética. Sin embargo, esta información me parece tan útil que me preocupó el hecho de escucharlo en en un foro especializado, cuando ya debería estar enseñándose en las aulas a estudiantes de medicina, enfermería, fisioterapia y otras profesiones afines a las relaciones de ayuda. Por esta razón, un tercer vértice del triángulo de excelencia del profesional de la salud, se encuentra en brindar una sólida educación sobre este tipo de destrezas transversales (como es la comunicación), así como de un aspecto humanístico que incluya la dimensión ética. La relación de ayuda está incompleta sin estos eslabones y de nosotros depende que estos elementos se incorporen cada vez más en la atención sociosanitaria.

R.III

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[1] Prefiero usar la generalización de relación de ayuda, para que no parezca que estos temas sólo pertenecen al ámbito médico-paciente. También corresponden al personal de enfermería, a fisioterapeutas, psicólogos y en general toda relación en la que una persona tiene un malestar (enfermedad, herida, angustia…) y una persona que cuenta con los conocimientos para ayudarle a superarlo.

 

 

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Si te ha gustado esta entrada, no dejes de visitar http://unviajepersonal.com/ otro blog de Ramón Ortega (tres).

 

Pincha sobre el enlace, si quieres saber más sobre Los médicos que no se levaban las manos.

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El Krausismo y Francisco Giner de los Ríos

Hoy hace 175 años nació Francisco Giner de los Ríos. Por esta razón, he querido escribir un poco sobre este personaje y especialmente de ciertos antecedentes que, incluso en España, se desconocen sobre su vida. Giner de los Ríos, junto con otros personajes, es un miembro de la escuela llamada Krausismo. Uno de mis profesores de filosofía me dijo que en España nunca existieron grandes filósofos o filosofías. Comentaba que uno de los pocos nombres reseñables es el de Ortega y Gasset, pero que antes de él, sólo podría acudirse al krausismo como uno de los movimientos filosóficos de relativa trascendencia de este país ibérico. Pero, ¿qué es el krausismo y qué tiene que ver con Giner de los Ríos?

Remontémonos a mediados del siglo XIX, donde aparece otra figura interesante: Julián Sanz del Río. En 1840 se licencia de la carrera de Derecho en la Universidad de Madrid; «gratis, por pobre y sobresaliente», dice la certificación. Y poco más tarde se convierte en catedrático de Historia de la filosofía en dicha universidad. En 1843 fue enviado a Alemania por Pedro Gómez de la Serna, en ese momento ministro de la Gobernación, con el encargo de estudiar durante dos años las doctrinas que habían hecho de ese país una potencia en todos los terrenos, pero sobre todo en el científico y el universitario. Es así como Julián Sanz del Río comienza un periplo por las gélidas tierras del norte de Europa. El siglo XIX es la cuna histórica de grandes nombres de la filosofía alemana; se puede hablar de Hegel, Fichte e incluso de Schopenhauer. Entre este abanico de posibilidades, Julián vino a poner atención en la figura de un tal Karl Christian Friedrich Krause; un filósofo menor, pero también perteneciente a la corriente idealista (como Hegel, Schelling o Fichte).

Aunque Krause no llega a considerarse panteísta, sí que promueve la idea de un panteísmo que afirma la realidad del mundo como un mundo-en-Dios. En este sentido lo más importante del pensamiento de este filósofo es la idea de unidad del Espíritu y la Naturaleza de la Humanidad. De alguna forma, los distintos períodos de la humanidad son estadios por los que las personas han ido escalando en dirección a la Humanidad Racional vinculada a Dios. Pero el punto que más interesa a Sanz del Río es que Krause niega la teoría absolutista del Estado y acentúa la importancia de las asociaciones llamadas de finalidad universal (como la familia, la nación, etc.) frente a las asociaciones limitadas que son la Iglesia y el Estado. Cuando trae estas ideas a España se consolida la llamada escuela krausista. Y son las ideas e influencia del Krausismo las que marcarán para siempre, tanto el pensamiento, como la obra de Giner de los Ríos.

Las ideas krausistas fueron muy bien recibidas en el terreno de la Filosofía del derecho, pero muy especialmente en el de la educación. Frente a una postura estatal que, en 1875, prohibía la libertad de cátedra (por una ordenanza del Ministro de Fomento de aquel entonces Marqués de Orovio), se levantaron algunas voces. Entre ellas la más importante fue la de Ginés de los Ríos con la fundación de la Institución Libre de Enseñanza un año después de la ordenanza. Frente a la idea de una educación dogmática, religiosa, memorística, Ginés de los Ríos plantea poner en práctica unas líneas pedagógicas que definen la Institución: formación de hombres útiles a la sociedad, pero sobre todo hombres capaces de concebir un ideal; coeducación y reconocimiento explícito de la mujer en pie de igualdad con el hombre; racionalismo, libertad de cátedra y de investigación, libertad de textos y supresión de los exámenes memorísticos.

Más adelante y vinculada a esta institución, surgirá la Residencia de Estudiantes, que recibió a las figuras más sobresalientes de la literatura, el arte y la ciencia de principios del siglo XX. Pero no fue el único centro relacionado con la ILE, también se puede mencionar el Museo Pedagógico Nacional, las Colonias Escolares, la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, futuro germen del CSIC. De esta manera, la institución queda ligada a figuras trascendentales de la intelectualidad como son: Manuel Azaña, Julián Besteiro, José Ortega y Gasset, Federico García Lorca, Salvador Dalí, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Luis Buñuel, Miguel de Unamuno, Fernando de los Ríos o Bosch Gimpera.

Lo curioso es que el germen de este sobresalir pedagógico, del que queda rastro en nuestra época (pese a que el Franquismo lo amordazó por muchas décadas) comienza con ese viaje a Alemania de Julián Sanz del Río. Y su admiración por ese filósofo menor apellidado Krause.

R.III

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El cuento más triste del mundo

 

Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo,

está contento; no está solo. Le riñen, lo insultan; pero, al menos, oye voces humanas.

Antón Chéjov, La tristeza

 

La tristeza de Antón Chéjov es uno de esos textos que pueden calificarse como prototipo del relato redondo; no le sobra, ni le falta nada. Todos los elementos se conjuntan para hacer de una desafortunada situación, la historia más triste del mundo. La atmósfera es de por sí gris: una ciudad rusa, el invierno en plenitud,  una sociedad decadente y proletaria, el trabajo de un cochero —lo que conlleva un trabajo bajo las inclemencias del clima-, y sobre todo, la perenne soledad de la que no se puede huir aunque se incluyan varios personajes. A estos elementos se les une el argumento contrito de un hombre que ha perdido a su hijo. Chéjov consolida los aspectos más negativos de la sociedad rusa de principios del siglo XX, para mostrarnos en particular la amargura que vive un hombre. Un único y solitario individuo que ha perdido a un hijo y que no puede apaciguar su dolor con el catártico consuelo de una simple conversación.

El relato en tercera persona comienza presentando la atmósfera donde se desencadena la acción. Las escasas líneas que describen el clima, la luz de las farolas, la penumbra y la nieve son indispensables. La historia que cuenta Chéjov, con todas las piezas de su argumento, no sería tan triste si hubiera sucedido en el Caribe, pero acertadamente (para consolidarse como uno de los cuentos más importantes del siglo XX) todo sucede en la lánguida Rusia. Por tanto, el escenario y el argumento son indisociables para conseguir el efecto melancólico de este relato.

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Adelante, en el siguiente párrafo el autor describe a su personaje “Yona”. No dice nada de su físico, no cuenta lo que piensa, no nos dice lo que siente. Chéjov sólo nos informa la quietud en la que se encuentra sumido, esperando en su coche, bajo el blanco manto que lo cubre petrificándolo; de esta forma el autor lo congela textual y figuradamente. La imagen que crea en el lector, cual fotografía, consigue anticiparnos mucha de la información que más tarde la acción sólo nos confirmará.  Aún así, con estos dos escasísimos párrafos ya ha desencadenado el ambiente propicio para que un hecho —no poco terrible, como es la muerte de un hijo— surta un efecto desgarrador en la lectura.

La manera en la que Chéjov cuenta el infortunio de Yona, su personaje, es a través de los diálogos, o más bien del intento de ellos. Yona busca ser escuchado, pero nadie le pone atención en las tres veces que declara abiertamente, con diferentes interlocutores, que su hijo ha muerto. ¿Quién puede soportar tanto dolor sin compartirlo un poco, sin apoyar un poco del peso que carga, en las manos de otro? He ahí todo el contenido. Y pese a tan fatídico relato, una luz se asoma como consuelo al final de la historia. Una luz tenue y escasa. Tan pequeña, que a ninguno de los lectores que acudan a este cuento desde la comodidad de su sofá, consolaría. Pero al triste Yona sí; y eso nos basta para complacernos.

 R.III

Para los que no hayan leído este fantástico relato les recomiendo hacerlo pinchando en el siguiente enlace de estupendísima web http://www.ddooss.org: Tristeza

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar el blog Un viaje personal de divulgación científica, filosófica y literaria.

 

 

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Un viaje personal

El día de hoy sale a la luz mi nuevo blog llamado Un viaje personal. No dejaré Cuando el hoy comienza a ser ayer, pero mi intención es que el otro sea el escenario donde vuelque todos los artículos que tengan que ver con divulgación filosófica, científica y literaria. Este espacio seguirá siendo un espacio personal donde iré volcando aquellas reflexiones del acontecer cotidiano; mi percepción sobre la actualidad o de mi entorno, e incluso algún texto catártico de los que ya estarán acostumbrados. Sé que habrá personas que encuentren mucha similitud entre este nuevo blog y el que están leyendo ahora mismo. Es imposible remediarlo ya que es la misma persona la que va a escribir ambos —Ramón Ortega (tres) o Ramón Ortega III o R.III—y en el fondo tampoco pretendo ocultarlo. Incluso los nombres de cada blog guardan una relación estrecha (más evidente para aquellas personas que me han seguido desde años atrás).

Es cierto que poco a poco Cuando el hoy comienza a ser ayer se ha hecho de su público. Por esta razón, no se me ha ocurrido mejor manera de presentar el blog Un viaje personal que a través de este medio. Agradecería que todos aquellos que han seguido este blog, que se animen a seguir también Un viaje personal. Me intención es que el nuevo blog sea mi carta de presentación para otros medios de mayor alcance y poder colaborar con ellos, ya sea a través del mismo blog o con colaboraciones directas. Para ello siempre viene bien contar con muchos lectores; así que si les gusta lo que leen, por favor compártanlo con sus amistades.

Espero sinceramente que Un viaje personal sea de su agrado.

                                                R.III

 

 

Un viaje personal

 

Prueba a entrar en la primera entrada del blog que explica qué son las falacias y cuáles son más comunes. Pincha en Falacias para entrar.

También puedes leer El reino de los sordos.


Juan Valverde de Amusco

Llevaba tiempo queriendo sacar esta entrada, para hablar sobre la oportunidad que tuve de asistir a la defensa de la tesis doctoral de mi amigo José Miguel Hernández Mansilla. Su tesis titulada La idea de hombre en Juan Valverde de Amusco ha obtenido el sobresaliente Cum Laude, la nota máxima otorgada a una investigación. José Miguel ha sido el compañero más cercano que he tenido a lo largo de mi formación doctoral y su logro es una inspiración y una alegría muy especial.

Su investigación se centró en el anatomista renacentista Juan Valverde de Amusco. Un médico vilipendiado por su contemporáneo, el sobresaliente anatomista Andrea Vesalio, y esto es probablemente una de las razones por las que Valverde no ha obtenido el lugar en la historia que se merece. José Miguel analiza la posición en la que se encuentra este anatomista en la historia de la medicina y entre los aspectos que describe sobresale el olvido de su vida y su obra; pues muchas compilaciones históricas de médicos renacentistas directamente no hacen mención de este anatomista; y el error de juicio, pues aquellas que sí lo mencionan, tan sólo lo hacen como si este se tratara de un imitador de la obra de Vesalio, colocándolo en la posición de un anatomista menor. Por esta razón su estudio es de suma importancia, porque pone la atención en la figura de este denostado anatomista y nos acerca a sus verdaderas aportaciones.

La tesis hace un recorrido por las ciudades en las que posiblemente vivió Juan Valverde. La pequeña villa palentina de Amusco, la ciudad de Valladolid, y las metrópolis italianas de Padua, Pisa y Roma. Un fundamental protagonismo en este estudio lo tiene la idea de vocación intelectual, pues para José Miguel este anatomista inició tan singular periplo vital debido a sus ansias de formarse como médico y como anatomista. Su trasiego, por tanto, está motivado por la instrucción que probablemente recibió en los importantes centros de estudio de aquella época que estaban localizados en estas poblaciones: la Universidad de Valladolid (la segunda en número de estudiantes en el siglo XVI, precedida por la Universidad de Salamanca y seguida por la de Alcalá), la Universidad de Padua (junto con la de Boloña “eran las mejor dispuestas para la enseñanza y el aprendizaje de la medicina y la anatomía” de aquel entonces), el Ospedale di San Francesco Grande (donde practicó la clínica Giovanni Battista da Monte),  el teatro anatómico de Pisa y el de Roma, entre otros. Probablemente en cada uno de estos puntos Juan Valverde fue completando su educación hasta convertirse en el ayudante inseparable de su maestro Realdo Colombo.

Sin embargo, el tema central de este estudio se centra en la idea que Juan Valverde guardó sobre el cuerpo humano. Para ello, José Miguel se remonta a la relación que existió en el Renacimiento entre la anatomía y otras disciplinas, de las que puede destacarse la arquitectura y la ingeniería. Entre otros, menciona a Francesco di Giorgio quien “fue uno de los primeros autores en combinar arquitectura e ingeniería con la realidad corporal humana”. Di Giorgio equipara en su diseño lo que sería una perfecta ciudad con la anatomía humana. La construcción por tanto debería tener en cuenta torres de defensa (a la altura de los codos y pies de un individuo), la zona triangular que existe entre las piernas estaría destinada a los cultivos, la parte abdominal sería el mercado, a la altura del corazón se colocaría la iglesia y en la cabeza la torre más alta de la defensa.

 Juan Valverde

También analiza la idea descriptiva de Luis Lobera de Ávila y Bernandino Montaña de Monserrate quienes comparan el cuerpo con torres. Pero ¿cuál es la imagen que tiene de Valverde? Según José Miguel, Valverde vería en el cuerpo humano una construcción, al igual que otros contemporáneos. Recordemos que el mismo Vesalio hace referencia al cuerpo con el apelativo de fabrica. En el caso de Valverde, su idea de hombre también sería la de un templo. Este cuerpo, perteneciendo al propio individuo, estaría al servicio del Sumo Artífice, y destinado a cumplir cada uno de sus designios.

Gracias a esta investigación, se podrá recordar las descripciones anatómicas y fisiológicas de Juan Valverde de Amusco, así como su aportación léxica en la configuración del castellano, pues fue la Historia de la composición del cuerpo humano fue uno de los tratados que se utilizó para construir la lengua española, y finalmente, la figura tan entrañable del intelectual renacentista en cuyo afán de conocimiento hace un largo recorrido para consolidar su arte. Un trayecto que, por otro lado, José Miguel, quinientos años después, también imita intentando recopilar toda la información posible sobre este anatomista. Me hace gracia pensar qué hubiera pensado Juan Valverde de que un estudioso, cinco centurias después de su existencia, prestara tanta atención a su vida. Azares de la historiografía…

 

R.III


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