Sobre las enfermedades mentales

No cabe duda que las enfermedades mentales nos asustan. Nadie querría que su hijo estuviera enfermo, pero desde luego parece preferible una enfermedad crónica como la diabetes, frente a una patología mental como puede ser la bipolaridad o la esquizofrenia, crónicas también. Así como las enfermedades físicas tienen su causa en el desajuste de los procesos fisiológicos (por ejemplo, en el caso de la diabetes debido a un fallo en el páncreas), las enfermedades mentales se deben a un desequilibrio de sustancias químicas que gobiernan el cerebro. Los dos tipos de patologías se pueden controlar con medicamentos. Sin embargo, las segundas nos resultan desagradables, peligrosas e, incluso en algunos casos, motivo de desdoro.

Existe un estigma social del que las enfermedades mentales no se pueden desprender. A nadie le importaría compartir la mesa con un amigo que te dice: “lo siento, no puedo tomar postre, porque soy diabético” o que antes de comer se tomara una pastilla para controlar el azúcar. Tampoco nos inmutaríamos frente al que debe tomar una dieta baja en sal por ser hipertenso o el que no puede comer grasas por tener alto el colesterol. Ahora pensemos en qué pasaría si el mismo amigo dijera justo antes de comenzar la comida: “¡Uff! Se me olvidaba, me tengo que tomar el litio para controlar la bipolaridad” o “antes de comer me voy a tomar el Prozac de la tarde”. Seguro que nuestra perspectiva hacia su circunstancia cobraría otro cariz. Quizá nos dejaríamos de sentir cómodos, como con las enfermedades físicas; ya no hablemos si el que se sienta a la mesa, en lugar de ser un bipolar o depresivo, es un esquizofrénico.

Sé de primera mano la existencia de personas que le cuesta trabajo reconocer que un familiar cercano sufre alguna de estas enfermedades. Prefieren ocultarlo, mirar a otro lado, pensar que se trata de un problema de actitud o algo que es pasajero y puntual (por muy repetitivas que sean sus conductas patológicas). Cualquier cosa antes de tener que afrontar que se está frente a una enfermedad mental. ¿Cómo ayudar al paciente entonces?

Estas patologías, bien diagnosticadas, se pueden controlar bastante bien. En el caso de la bipolaridad (enfermedad que me interesa en especial), por ejemplo, los episodios de depresión y de manía suelen ser más espaciados y menos agudos. Y pasa lo contrario cuando la enfermedad no es tratada: las depresiones y los periodos de exaltación suelen ser más intensos, más frecuentes y más duraderos.

Para tratarlos, al igual que pasa con enfermedades como la diabetes o la hipertensión, el paciente tendrá que seguir una serie de buenos hábitos si quiere mejorar. En el caso de las patologías mentales es fundamental seguir el tratamiento psiquiátrico, y es recomendable asistir a una psicoterapia. Poniendo de su parte el paciente y con la ayuda de los profesionales de la salud y los familiares o personas de apoyo es posible llevar una vida normal. Sin embargo, el primer paso es identificar las conductas patológicas, buscar un diagnóstico y afrontar que se tiene dicha enfermedad.

El problema se complica con los trastornos de la personalidad. Aquí no estamos hablando de enfermedades tratables. A una persona obsesiva compulsiva no se le puede medicar, porque no se trata de un desajuste químico-físico de su cerebro, sino de un rasgo de personalidad. Se le puede ayudar, pero cambiar su comportamiento es más complejo. La diferencia entre los trastornos de la personalidad y las enfermedades mentales también encuentran una distinción a nivel jurídico. Por esa razón, una persona que asesina a otra debido a un trastorno psicopático (o sea de personalidad) es llevado a la cárcel, mientras que el que mata a su madre porque creía que era un demonio cuando estaba en un episodio esquizoide se le interna en un hospital psiquiátrico. Hay enfermedades mentales que son relativamente parecidas a trastornos de la personalidad. Tal es el caso de la bipolaridad y el trastorno de personalidad límite (border line), en el que un sujeto cambia de forma radical de un estado de euforia/alegría a otro de violencia/tristeza.

La cosa se complica cuando conocemos que estas dos situaciones no son excluyentes. Es decir, alguien puede tener un trastorno de personalidad o que su personalidad tienda hacia ese trastorno y además contar con una enfermedad mental. En los dos casos, aunque yo me inclino a hacerlo más en los segundos, se debe sentir cierta compasión por los que sufren estos trastornos/enfermedades que no les permiten llevar una vida normal. Digo que me inclino más a sentir esta protección o voluntad de cuidado con las personas que sufren enfermedades mentales, porque no pueden controlarlo. La realidad que ellos ven y viven está distorsionada. En el trastorno de personalidad límite (o en la psicopatía)  no hay una distorsión cognitiva. A veces se comportan como personas eufóricas, con episodios de felicidad excesiva (e incluso explosiva), pasando rápidamente a la violencia, al llanto, etc.

¿Cómo distinguir unos de otros? Acudiendo a un profesional. Pero, sobre todo, teniendo la voluntad de ayudar a esa persona cercana que ya no puede ayudarse a sí misma. Espero que con el tiempo el estigma que tienen estas enfermedades se reduzca. De esta forma las podremos detectar  con mayor efectividad y prontitud, así como cuidar mejor de los sujetos  que las padecen y, por tanto, no abandonarlos o excluirlos.

 R.III

 

Post scriptum: espero tratar en otra entrada varios temas. En especial el hecho de que proveer cuidados a personas con bipolaridad o trastorno límite de personalidad, no exenta (e incluso es fundamental hacerlo) el ponerles límites para que no se hagan daño a ellos mismos o a las personas que les rodean.

 

 

Espiral descendiente

***

**

*

*

Si te ha gustado esta entrada, no dejes de leer el Poder de las palabras

También puedes saber mi opinión Sobre el amor o aquello que llamamos amor.

*

*

**

***

© R.III


Galería de retazos

Querido lector,

Quiero aprovechar esta ocasión para presentarle esta pequeña galería de retazos; una colección de imágenes con reflexiones aparecidas en Cuando el hoy comienza a ser ayer,  fragmentos de poemarios o cuentos de compendios inéditos. No se corte, si alguna le gusta, llévesela sin dudarlo. Basta pinchar sobre aquella que le guste, presionar sobre el botón derecho de su ratón y dar al “guardar como”.

Espero que estas imágenes, de las que habrá más, puedan volar y llegar a más personas. No habría nada que me causara más placer.

 

Gracias,

R.III

 

El silencio del retorno

El silencio del Retorno

La psicópata

La psicópata

Creador de mundos

Creador de mundos

(Un gran salto para Gorsky)

El ostracismo de los reyes magos

El ostracismo de los Reyes Magos

(publicado también en Revista Tarántula)

 

Pedazos del ser

Pedazos del ser

Reflexiones sobre el Universo

Reflexiones sobre el universo

 

Tu Imagen

Tu imagen

P.s.- No nos engañemos; no soy diseñador y eso se nota. Cualquier amable lector que sepa un poco más de esta disciplina y que quiera ofrecerse a darle más vida, o digamos, una mejor vida estética a estos retazos su ayuda sería muy apreciada.

***

**

*

Si te ha gustado esta entrada, quizá pueda interesarte Decisiones.

También puedes seguir el contenido de este blog por facebook, pinchando en el banner de la derecha.

*

**

**

©R.III

 

 

++++++++++++++


Decisiones

“Que la vida iba en serio

uno lo empieza a

comprender más tarde […]”

Jaime Gil de Biedma, No volveré a ser joven (fragmento)

 

Me gustan las tareas mecánicas, porque te permiten pensar. Por eso nunca me ha molestado que, en el reparto de las tareas de casa, me toque lavar los platos o aspirar el polvo. Incluso, en aquella época en la que tuve un jardín, pese lo arduo que resultaba a veces, disfrutaba cortando el césped. Durante un par de horas, a veces tres (dependiendo lo crecido que estuviera) echaba a volar mi imaginación y encontraba momentos liberadores. Se trata de conseguir un rato a solas con mis pensamientos y, ya de paso, despachar alguna de esas ineludibles faenas de la vida cotidiana.

En este sentido, conducir en carretera me resulta igual de placentero. Algunos de los problemas (o llamémosles inconvenientes, para no sobredimensionarlos)  con los que me he encontrado en los últimos años les he dado solución, o cuanto menos me he permitido verlos desde otra perspectiva, a lo largo de algún trayecto. Ir conduciendo, mientras escucho música, con un paisaje agradable y con los demás miembros del coche dormidos siempre ha sido inspirador. Y fue al volante, con rumbo a un apreciado destino, cuando se me ocurrió tomar esta decisión.

Llevo ya muchos años escribiendo y eso me ha permitido contar ya con algunos libros preparados, pero hasta la fecha no he conseguido que alguien apueste por ellos; no lo suficiente como para querer publicarlos. He invertido mucho tiempo poniéndome en contacto con editoriales, agentes literarios, etc., pero lo mejor que he obtenido han sido unas gentiles negativas. Dos editores han mostrado interés y, de palabra, me han asegurado que publicarían El anecdotario de un Breaking up, pero lo cierto es que después de un gran intercambio de correos, la empresa nunca se ha llevado a cabo. Supongo que en el fondo nunca estuvieron convencidos.

Ver tu nombre en un libro es el sueño de todo escritor inédito, sin embargo, en mi caso nunca he tenido prisa en publicar. Siempre he guardado la ingenua esperanza de que tarde o temprano lo conseguiría; por ello no he sucumbido a la autoedición y tampoco he querido tirar de contactos (lo cual me parece poner en un compromiso a queridos amigos a quienes quiero conservar como tal). Por fortuna todavía no cuento con esa imperiosa necesidad de ver mi nombre grabado en alguna portada, pero sí que estoy muy cansado de seguir invirtiendo tiempo a la caza y captura de una editorial que me resulte conveniente (porque también es cierto que no aceptaría cualquier tipo de contrato). Así que he tomado una decisión importante que quizá sentencie mi futuro como escritor.

He pensado que voy a comenzar a compartir los textos que tenía reservados para una editorial, a través de mi blog o quizá por otro medio gratuito. Prefiero que salgan a la luz a que mueran en un cajón. Y sobre todo, eso me va a permitir seguir escribiendo, pues en lugar de dedicar tiempo tras la pista de un mecenas, creo que podré invertirlo en lo creativo y en el trabajar aquellos textos que necesitan ese empujón para poder darlos por terminados. Sé que no me voy a ganar la vida como escritor, pero con poder mantener esta afición me puedo dar por bien servido. Y si los azares del destino me apartan de las letras, cuanto menos me quedarán esas tareas mecánicas que me permitan reflexionar.

En sintonía con lo dicho, aquí va un pequeñísimo adelanto de un poemario sobre el amor efímero que pronto verá la luz.

ǁAmor efímeroǁ

Busco conservar(te)
cierro los ojos
y atrapo tu mirada
a cada repetición la imagen muta
busco tu permanencia

¿sólo hay vacío?
¿un hueco en mi interior?
la inefable certeza de lo efímero

***

Las emociones no desaparecen
las alojamos escondidas
en nuestro cuerpo

Te engañas en todo
creías [decías] que mi mirada
te devolvía tan sólo
el reflejo de tu deseo

¿cómo lo consigues?
tus ojos como llamas
tus incisivas palabras
mi deseo y mi culpa

deja que lo efímero triunfe por una vez

***

Escapaste a lo efímero
te felicito, amiga

lo inacabado
la promesa del deseo
nuestra [no] historia
jamás sucumbirá

no tiene los días contados
ni fecha de caducidad

vivirá ajena a la monotonía
sorteando el rastrojo
de lo perecedero

pero esta punzada de vacío
este sin vivir que no mata
dime, amiga
¿permanecerá?

 

***

esa calle
esa canción
esa foto
se hacen añicos
y se empoza más
el charco de tu ausencia

R.III

***

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

 

***

 

**

 

+

 

*

Si quieres leer un libro de relatos de Ramón Ortega (tres) pincha en el enlace Un gran salto para Gorsky. Lo puedes descargar en formato PDF de forma gratuita.

 

Si te ha gustado esta entrada prueba con Contrastes.

 

Si quieres puedes dejar algún comentario al final.

 

*

 

**

 

***

 

 

****

©R.III


Mi mundo de ayer

No es una regla de oro, pero las inquietudes literarias suelen acuñarse a una temprana edad. Por lo general vienen acompañadas de muchas lecturas, aunque más importante aún es el hecho de que están ligadas a una serie de amistades que también cultivan ese amor por las letras. No me imagino haber emprendido la trayectoria de la literatura —ya sea como profesor de esta disciplina, ya como amago de escritor— si no me hubieran encaminado por esta senda algunos de mis reseñables amigos. Pienso en este detalle a colación de la lectura que estoy haciendo de El mundo de ayer, de Stefan Zweig. Una preciosa autobiografía que escribió este autor austriaco justo antes de quitarse la vida (junto con su esposa) en 1942[1]. No creo que exista un mejor legado para hacer a este mundo que dejar un texto de estas dimensiones. Un libro que debería ser obligatorio en los colegios para enseñar grandes valores: la tolerancia, el esfuerzo, la búsqueda de la belleza, la defensa de la paz, la amistad incondicional… Todavía no termino de leerlo y ya sé que va a ser uno de mis libros favoritos.

Volviendo al tema de esta columna quería rescatar algunas de las líneas que Zweig escribe sobre su iniciación literaria. Para empezar, recuerda en su libro, con mal sabor de boca, el tipo de enseñanza que recibió en su niñez. Clases aburridas en las que el profesor era una figura atemorizadora y el saber una obligación tediosa. Por fortuna, conforme fue creciendo también fue obteniendo un poco más de libertad. A ello se aunó la suerte de encontrarse con un grupo de amigos del instituto que tenían las mismas inclinaciones que él; un gusto desenfrenado por la lectura:

“[…] Y sobre todo, leíamos, leíamos todo lo que nos caía en las manos. Sacábamos libros de todas las bibliotecas públicas y unos a otros, nos dejábamos prestados los hallazgos que conseguíamos encontrar. Pero la mejor academia, el lugar donde mejor se informaba uno de todas las novedades era el café.”

Lo vivido por Zweig no es exclusivo de su época. Una cafetería es el lugar de encuentro por excelencia para el joven (y no tan joven) literato. Un sitio propenso para las tertulias con los amigos o la lectura individual. Quien dedique su vida a la escritura, casi podría asegurarlo, afirmará que ha invertido muchas horas de su vida reuniéndose con colegas en estos lugares para comentar aquellas obras que le han apasionado, para trabajar algún texto suyo o de alguno de sus compañeros, o tan sólo para deleitarse con el libro de turno. Es el entorno donde comienzan a gestarse los andares del escritor. Zweig nos abre una ventana para mostrarnos cómo era en su tiempo el café:

“Para comprenderlo hay que saber que el café vienés es una institución muy especial, incomparable con ninguna otra a lo largo y ancho del mundo. Se trata, de hecho, de una especie de club democrático, abierto a todo aquel que quiera tomarse una taza de café a un buen precio y donde, pagando esta pequeña contribución, cualquier cliente puede permanecer horas, charlando, escribiendo, jugando a cartas […] y, sobre todo, consumir una cantidad ilimitada de periódicos y revistas”.

Este café vienés permitía al público un acceso a periódicos de todo el imperio alemán y de otras nacionalidades. Sin olvidar la disposición, según Zweig, de las revistas literarias más importantes del mundo:

“Pasábamos ahí horas enteras cada día y no había nada que se nos escapase, pues gracias a la comunión de intereses, seguíamos de cerca el orbis pictus de los acontecimientos culturales no con dos, sino con veinte o cuarenta ojos; lo que a uno se le pasaba por alto lo retenía el otro, y como la arrogancia infantil y una ambición casi deportiva nos impulsábamos a superarnos en el conocimiento de las últimas novedades […]”

Conocieron así a Nietzsche o a Kierkegaard, cuando apenas se comenzaba a hablar de ellos. También leyeron a Rainer Maria Rilke (que más tarde se convertiría en amigo de Zweig) o a Balzac, entre muchos otros. Puedo imaginarme de forma nítida a ese grupo de jóvenes charlando con pasíón sobre estos personajes. Y si lo puedo hacer es porque lo he vivido. Sé que puede resultar ingenuo (incluso patético), pero a lo largo de este capítulo de El mundo de ayer no podía dejar de verme reflejado en las vivencias del grupo de amigos de Zweig; salvando las grandes distancias que separan al genio del profano.

Hay que cambiar el contexto romántico de la Viena de finales del siglo XIX, por las contaminadas inmediaciones de la Ciudad de México a finales del XX. También habría de sustituir esos cafés refinados de la capital austriaca, por la popular cadena de cafeterías Samborns. Sin embargo, yo también tuve la suerte de conocer a un grupo de amigos que me incentivaron a abrir la mente. El entorno de Zweig era distinto al nuestro, pero las inquietudes y las ansias de mejorarnos unos a otros eran muy similares, si no es que idénticas. Las charlas versaban de Freud, Nietzsche, Fromm, Wittgenstein, Marx, pero también de Hesse, Hamsun, Saramago, Vargas Llosa, Benedetti. Pasábamos de un tema a otro en una vorágine inexorable de citas, apuntes, comentarios. Unos chavitos que tenían la pueril idea de dominar el saber, que intentaban resolver el mundo desde la pequeñísima ojeada que habían echado a un puñado de autores. Todavía recuerdo cuando Emilio, uno de estos amigos, se refirió a nosotros como “intelectuales”. Me hizo gracia, y todavía me lo sigue haciendo, pero supongo que eso éramos. Porque un intelectual no es otra cosa que una persona que ama el saber y desde entonces ya lo amábamos; como amamos a la literatura, al arte o a una mujer.

Así también comenzamos a escribir. Intentábamos plasmar nosotros lo que veíamos en esos grandes autores que nos fascinaba. Perseguíamos un estilo auténtico y conseguíamos textos llenos de artificios, pero que en ese momento nos parecían originales. Nos leíamos esas intentonas literarias y las comentábamos. Muchas de ellas las publicábamos en el periódico universitario, pero éramos nosotros nuestros mayores críticos. No dejábamos pasar los errores cometidos de nuestros compañeros y ellos no pasaban inadvertidos los nuestros. Algo parecido a lo que comenta Zweig: “Mientras los buenos de nuestros profesores inocentemente seguían marcando con tinta roja las comas que nos faltaban en las redacciones escolares, nosotros nos dedicábamos a ejercer otro tipo de crítica.” Se refiere a una mucho más severa y meticulosa, donde se jugaba algo más que una nota; el honor. Es decir, la admiración o la ignominia durante aquella tarde de café.

Echo de menos aquellas largas jornadas de intensa charla. Al igual que la Viena que describe Zweig, en el Samborns con pagar un único café se podía permanecer horas. La vida era más sencilla y nuestros sueños eran grandes. Ahora la vida es compleja y mis ambiciones modestas: la lectura de un buen libro, un poema, escribir algunas líneas de vez en vez y echar la vista atrás con la melancolía que causa la impronta de haber vivido buenos tiempos.

R.III

Dedicado a Oscar y a Emilio.

 

 

[1] Debió llevarle años escribir este libro, pero esperó a terminarlo antes de quitarse la vida.

 

 

WP_20150809_14_50_28_Pro

El tiempo corta las alas al amor. Lambert Sustris (Museo del tiempo Besanzón, Francia)

***

**

*

*

Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar: El ostracismo de los reyes magos.

O también puedes visitar algunas Reflexiones sobre el universo.

No dejes de añadir a Ramón Ortega (tres) como amigo en el facebook pinchando en el enlace de la derecha.

*

*

**

***


Neigborhood # 1 (tunnels)

Una de mis canciones preferidas es la de Neigborhood # 1 (tunnels) de Arcade Fire. Una muestra de la dimensión épica que caracteriza a la banda. Perteneciente a su primer álbum, cuando apenas unos pocos conocíamos esta agrupación, esta pieza ya dejaba constancia de toda la fuerza narrativa y musical que podían brindar. Llevo tiempo queriendo compartir lo que pienso de su letra, pero últimamente tengo la sensación que no encuentro en mi entorno gente con la que pueda charlar sobre música (ya no se diga de poesía). ¡Ah! aquellos viejos tiempos de juventud, cuando todo era tan sencillo y parecía que en cada rincón se escondían personas con espíritus abiertos y gustos comunes a los de uno. Por esta razón, hoy compartiré estas líneas con aquél amable lector que haya dado con este Cuando el hoy comienza a ser ayer y quizá después me sienta un poco más aliviado.

Neigborhood # 1 (tunnels)

And if the snow buries my,
my neighbourhood.

[y si la nieve cubriera

mi barrio]

No se cataloga de épica sólo por capricho conceptual, sino porque esta canción habla de la lucha del hombre contra las inclemencias (ya sean del tiempo, sentimentales o de supervivencia en general). Así empieza la canción, contándonos con tan sólo dos frases que una ventisca termina por cubrir de nieve todo un barrio[1]. ¿Qué pasaría si un fenómeno natural de estas dimensiones terminara por sepultar la ciudad en la que vivimos? Hay que ponerse en situación. Pero no nos dejemos engañar, a la frase antecede un “sí” y ese “si” nos indica que todo lo que aquí nos van a contar no es más que un cuento. Algo irreal. Una lucha que llevaría a cabo si hiciera falta, pero que en realidad no parece probable tener librar.

And if my parents are crying
then I’ll dig a tunnel
from my window to yours,
yeah a tunnel from my window to yours.

[y si mis padres lloran

entonces cavaré un túnel

de mi ventana a la tuya

sí, un túnel de mi ventana a la tuya]

Con la pasividad no se consigue resolver los problemas. Así que mientras los padres de nuestro personaje se dejan vencer por la desesperanza, él decide no sólo buscar una salida, sino crearla. No es una conducta azarosa. Ya desde estas primeras líneas sabemos que la motivación de sus esfuerzos se encuentra esperándolo al otro lado del túnel. Una mujer (o debería decir “la mujer”) a quien canta esta canción y que le espera en su habitación mirando a la ventana.

You climb out the chimney
and meet me in the middle,
the middle of the town.

[Trepa por la chimenea

y encuéntrame en la mitad

en la mitad el pueblo]

Ya vemos que no se trata ella de un agente pasivo como los padres del nuestro personaje. Nada de eso. Ella es capaz de subir por la chimenea, abandonar también la posible pasividad de sus propios padres y encontrarse con él en algún lugar del pueblo.

And since there’s no one else around,
we let our hair grow long
and forget all we used to know,
then our skin gets thicker
from living out in the snow.

[Y ya que no hay nadie más

dejaremos que nuestro pelo crezca largo

y olvidaremos todo lo que solíamos saber

y luego nuestra piel engrosará

por vivir ahí afuera en la nieve]

Esta parte es genial, porque sin haber siquiera terminado la primera estrofa y en breves líneas nos sintetizan todo una historia de vida. Nuestros héroes consiguieron encontrarse. No sólo eso, fueron los únicos supervivientes a la ventisca. Tuvieron que aprender a sobrevivir en ese paraje ahora cubierto de nieve. Años tuvieron que pasar, para que todo lo que fueron quedara en el olvido. Años para que su piel se acostumbrara a la intemperie.

Me salto el coro cuya interpretación me sigue resultando enigmática y que, además, trataré al final.

Then we tried to name our babies,
but we forgot all the names that,
the names we used to know.

[Entonces tratamos de nombrar a nuestros bebés,

pero hemos olvidado todos los nombre que,

los nombres que sabíamos]

Ahí están ellos después de años en la más vasta soledad. Años antes de decidirse a tener hijos. Tantos que al tenernos no son capaces de recordar aquellos nombres comunes. ¿Recordarían los suyos? ¿Harían falta si no existiera nadie más en la faz de la tierra?

But sometimes, we remember our bedrooms,
and our parent’s bedrooms,
and the bedrooms of our friends.
Then we think of our parents,
well whatever happened to them?

[Pero algunas veces, recordamos nuestras habitaciones

y las habitaciones de nuestros padres

y las habitaciones de nuestros amigos

entonces pensamos en nuestros padres

y del qué habrá sido de ellos]

Esta parte también me conmueve. Aunque es la historia de dos luchadores, también se muestra su lado humano. Ellos prefirieron luchar por vivir, por permanecer juntos, pero en el fondo siguen siendo esos dos jovencitos, quizá niños, que vivían con sus padres; que los querían y los necesitaban. Entre la nieve se sienten felices de seguir juntos y vivos, pero echan de menos su pasado.

Viene el coro de nuevo con un agregado (y aquí quizá necesito ayuda en la traducción):

You change all the lead
sleepin’ in my head to gold,
as the day grows dim,
I hear you sing a golden hymn,
the song I’ve been trying to sing.

[Cambias toda tu dirección¿?

mientras duermes en mi cabeza hasta brillar

mientras que el día termina

te escucho cantar tu himno dorado

la canción que trataba de cantar.]

Purify the colours, purify my mind.
Purify the colours, purify my mind,
and spread the ashes of the colours
Over this heart of mine!

[Purifica los colores, purifica mi mente

purifica los colores, purifica mi mente

y esparce las cenizas de los colores

sobre mi corazón.]

No puedo asegurarlo, porque esta parte de la canción me resulta oscura. Creo que al final de la jornada ella muere. Sigue con él, pero ya no como persona, sino como una canción. Una tonada que le acompaña aunque ya en los años apenas la recuerda. Una pieza musical con la que está dispuesto a despedirse de este mundo también.

Es una canción tan cinematográfica que desde la primera vez que la escuché pude ver a cada uno de los personajes de forma nítida en mi mente. Aunque he de confesar que nunca he sido capaz, aunque he querido, de ponerme a mí como uno de los protagonistas en ese mundo imaginado. Creo que se debe a que no sabría vivir una vida épica; a veces me siento como los padres que lloraban con pasividad la llegada de la ventisca. En cambio me resultaba sencillo poner a mi propio hijo saliendo de la ventana en busca de su amada. Realmente espero que tenga las herramientas para sobrevivir en esa vastedad.

 

R.III

 

[1] La obsesión de la banda hacia los suburbios es interesante; una mezcla de amor y odio hacia esos espacios habitacionales en los que se puede configurar una vida (amigos, familia, etc.) y la niñez crea un arraigo a un espacio geográfico más bien anodino. Un sitio donde no hay en realidad nada reseñable.

 

 

Diapositiva1

Imagen extraído del vídeo Neigborhood # 1 (tunnels) de Arcade Fire

 

 

****

 

 

**

 

 

*

 

Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar La música ilumina tu mundo 

 

E incluso La música ilumina tu mundo II


Sobre el amor… o a eso que llamamos amor

 

“Uno simplemente se cansaba de mantener apartado el amor y lo dejaba venir porque por algún lado tenía que ir. Entonces, normalmente, venían muchos problemas”

Charles Bukowski, Mujeres.

“Sí; enamorarse es un talento maravilloso que algunas criaturas poseen, como el don de hacer versos, como el espíritu de sacrificio, como la inspiración melódica, como la valentía personal, como el saber mandar.”

Ortega y Gasset, Sobre el amor

Es muy probable que muchas de las cosas que vaya a mencionar a continuación ya hayan sido dichas por otros pensadores. Han sido muchos los que lo han intentado y alguno pudo anticiparse a lo que ahora menciono. La verdad es que me importa bien poco. Mi única pretensión es intentar poner en orden una serie de ideas que tengo con respecto a ese objeto tan aterrador como placentero al que el mundo ha decido dar el nombre de amor. Y cuando hablo aquí de amor, quiero hablar del amor de pareja, no el que se siente por un hijo o por un amigo.

He de comenzar diciendo que el amor no existe, y si existe lo hace en igual medida en que las personas creen que Dios existe. Tanto el sentimiento de magnanimidad que tiene cierta gente hacia un dios, como el de amor que proyectamos hacia una persona, requieren de un acto de fe. Se nutren de la creencia de que ese sentimiento que vive en sus corazones es verdadero. Lo cierto es que tanto el hecho religioso, como el amoroso pertenecen al terreno de lo subjetivo. Cuando queremos expresar lo que sentimos nos encontramos con una barrera lingüística; una incapacidad expresiva. El amor —al igual que la fe, la justicia, la verdad— es un concepto metafísico. ¿Alguien ha visto el amor? ¿A qué sabe? ¿Cuál es su textura? No, el amor no pertenece al mundo físico, sino al que está más allá del terreno tangible y, por tanto, es inefable. En otras palabras, rebasa nuestros límites del lenguaje. Y ahí donde el lenguaje abre sus fronteras, impone también unos límites insalvables al conocimiento. ¿Cómo saber que eso a lo que todo mundo llama “amor” es lo que estoy sintiendo? En esta materia nunca habrá certezas, sólo incertidumbre, dudas y, si cabe, esperanza (¿no es acaso esto lo que probablemente debe vivir la gente con referencia a Dios?).

El poeta Oscar Pirot escribió en su primera antología poética (e inédita):

Nadie

Nadie lleva mi nombre entre sus labios

ni yo llevo algún otro más que el mío

nadie penetra mi carne

ni utiliza los poros

que me duelen.

Nadie pronuncia

estas palabras paralíticas

ni ocupa el mismo verso repetido.

Nadie deja su mano entre la mía

Después de estrecharla con mis huesos

Esta lejanía de mi cuerpo

sobre todas las cosas en el mundo,

este estar tan lejos de los hombres

como un barco enamorado de las olas,

esta jaula de recuerdos en mi mente

viajando hacia el pasado entre fantasmas…,

me dicen que siempre estoy solo.

[…]

El sentimiento de amor es algo muy personal y no puede medirse. Le decimos a nuestro ser amado que es la persona a quien más hemos querido. Años más adelante, una vez terminada esa relación, cuando verbalizamos de nuevo ese amor a otra persona de turno, repetimos esas mismas palabras, pensando que antes estábamos equivocados, que es a este nuevo individuo al que realmente amamos. No somos capaces siquiera de medir lo que sentimos; no sabemos la toda la potencia que existe en nosotros para proyectar ese amor. ¿Cómo pretendemos saber lo que es el amor para los otros? ¿Cómo saber que el amor es recíproco? Más adelante, en el mismo poema, Oscar Pirot dice:

Nadie juega en su boca con mi lengua,

nadie mira las estrellas con mis ojos.

[…]

Soy ante todo nadie,

tan sólo yo conmigo mismo.

Sin embargo, es innegable que existen una serie de emociones que nos afligen y nos regocijan, nos humillan y nos enardecen. En otras palabras, aquello a lo que equivocadamente llamamos amor—porque hemos dicho que no tenemos certeza como para poder encasillarlo en un concepto concreto—tiene una influencia en nuestro espíritu (si es que podemos llamar a nuestro “yo interior” también de alguna forma que no sea completamente difusa). Esto me recuerda ese antiguo proverbio que trata de brindar luz a esta problemática:

Si te gusta alguien por su físico es deseo.

Si te gusta por su inteligencia es admiración.

Si te gusta por su dinero es interés.

Si no sabes por qué te gusta, entonces sí, es amor.

Volvemos a lo mismo, tanto el deseo, como la admiración (el interés quizá es más claro), son conceptos también metafísicos. Su definición, al igual que el amor, vuelve a estar en esa cuerda floja y con cualquier embiste caen. Por eso Wittgenstein escribió que “todo aquello que puede ser dicho puede decirse con claridad; y de lo que no se puede hablar es mejor callarse”. Y aquí estoy enfrascado en esta, quizá inútil, empresa de expresar algo que por naturaleza es inefable. En cualquier caso y volviendo al tema, esas emociones y sentimientos a las que encasillamos como “amor” tienen un impacto en nosotros. A veces marcan nuestros pasos de forma definitiva, proyectan nuestros planes futuros y nos definen ante los otros y ante nosotros mismos.

Con independencia de que eso que sentimos pueda asumirse como amor u otro sentimiento que paralelamente confluye con él (dígase: deseo, pasión, interés, añoranza, etc.) dicho sentimiento influye sustancialmente en nuestras vidas. El escritor Luisgé Martín considera que cuando somos jóvenes ese sentimiento nos causa mucho desasosiego; nos duele cuando no lo tenemos y nos lleva al paroxismo cuando gozamos de él. La sombra de su pérdida nos enloquece y puede tornar cualquier horizonte azul en una niebla gris: “Incluso la idea absurda de su muerte me tranquilizaba, porque me parecía más aceptable perder a alguien de ese modo que la vergüenza de ser abandonado destempladamente” (Luisgé, La vida equivocada). Y aunque ahora la neurofisiología nos muestra que todo se trata de procesos físico-químicos de nuestro cerebro, es importante admitir que su origen sólo es activado por ciertas personas y ocasionalmente: “[…] comprendí que las emociones químicas —la segregación química de sustancias que el cuerpo crea en determinadas ocasiones- son las sustancia sobre la que se asienta d verdad el alma. […] Una euforia dulce, imperturbable. Una calma que, incongruentemente, estaba fundada sobre el vértigo” (Op. cit.).

Cuando vamos creciendo vencemos al vértigo. Aquello que consideramos es el mismo tipo de amor de siempre, sin variación ontológica a aquel soliviantado que sentimos en la juventud, se convierte en algo más armónico. Creemos que simplemente hemos sabido madurar la emoción que nos produce. Ya no nos desbaratamos por su ausencia, no queremos matar, ni morir por él. Asumimos que el verdadero amor debe trabajarse todos los días como aquel campo que tras sudor y sacrificio ofrece sus frutos. Concordia, colaboración, apoyo, dedicación y otros apelativos son los que definen esta nueva expresión de amor que parece ser la cúspide de lo añorado en la vida.

Otro ingrediente que queremos agregar a la fórmula del “amor verdadero” es la perdurabilidad. Todo amor que se jacte que serlo debe durar para siempre o por lo menos hasta que los designios dictados por la muerte rompan el enlace. Sin embargo, la realidad nos confirma que en la vida casi todo es mutable y perecedero. Ahí donde antes se luchaba por perseverar la armonía, con el tiempo parece que se trata más bien de una batalla en contra de la monótona cotidianidad. No nos gusta conformarnos con lo efímero. El amor pasajero es una bonita experiencia, pero no es suficiente para ganarse el titulo de amor. Incluso aquel amorío de muchos años, cuando llega a su fin, se le considera un fracaso. Estamos en constante búsqueda de lo permanente y por tanto dejamos pasar aquellos instantes sin apreciarlos, sin disfrutarlos. Como esa frase que se le atribuye a Ortega y Gasset: “Hay quien ha venido al mundo para enamorarse de una sola mujer y, consecuentemente, no es probable que tropiece con ella.”

Después de toda esta parafernalia ¿qué concluir? Sin querer banalizarlo, creo que es fundamental ser conscientes de que eso que llamamos amor sólo es una ilusión. Babieca lanza una pregunta cuando Rocinante le dice que mire a su amo enamorado: “¿Es necedad amar?”, le increpa Babieca y Rocinante contesta: “R: No es gran prudencia”.  Pero a diferencia de lo que piensa Rocinante, creo que en este mundo de pocas certezas, lo mejor que podemos hacer es lanzarnos de lleno a la piscina. Es mejor huir de las categorías y definiciones, pero desde luego hay que vivir al máximo aquellos sentimientos, sean lo que sean, con toda la intensidad que nos esté permitido.

 

 

R.III

 

 

sobre el amor

 

 

****

 

 

***

 

**

*

 

Este artículo fue publicado en la Revista Cultural Tarántula

Si te ha gustado este artículo, no dejes de leer: La literatura anónima y la nueva era de la información

*

 

**

 

****


El libro de Balieri

Estoy muy contento porque la próxima semana se estrena El libro de Balieri, un compendio de relatos de mi buen amigo Carlos Candiani. Cuando nos conocimos y supimos que ambos teníamos la afición de escribir, medimos nuestras fuerzas a través de un largo intercambio de textos. Un hábito que hasta la fecha continúa; de hecho, no creo que vaya haber nada de ficción que escriba que no pase por sus manos y supongo que es recíproco. Sin embargo, El libro de Balieri (de Cadiani) y el Anecdotario de un Breaking up (mío) han pasado ya por un proceso de revisión formal. Es decir, que nos intercambiamos los textos para hacernos comentarios e incluso los trabajamos a profundidad. Por esta razón, ver que su libro está a punto de ver la luz me hace sentir un orgullo especial.

El libro de Balieri es un compendio de microrrelatos con una esencia surrealista. Quizá se debe a que la mirada de Candiani se sumerge en un lago onírico con la intención de traer a la superficie a su querido personaje, configurando así una nueva realidad. Como Cadiani es también poeta, es normal que no deje de fluir la belleza desde distintos rincones del libro. Todo aquel que se deja llevar sentirá punzadas y manifestaciones de nostalgia y de alegría, de idilio y de dolor, de pasión y desencanto. Emociones todas tan intensas que no pueden deberse sólo a su contenido, sino a la capacidad narrativa de su autor.

El libro de Balieri es la ópera prima de este autor y me parece una excelente carta de presentación. Un libro que puede leerse por partes, en orden o en desorden o todo de corridito. A medida que se va avanzando, uno se da cuenta que Balieri comienza a acompañarte incluso cuando no estás sumergido en la lectura. De pronto te sorprendes a ti mismo recordando esa aventura, esas palabras que pronunció algún personaje, esa extraña situación en la que se vio envuelto nuestro protagonista. Y cuando sobrevienen esas líneas que tal vez se leyeron aquella mañana, es inevitable comprender que ese ser ya te acompaña ahí a donde vayas.

Aprovecho este medio para hacer extensa la invitación a la presentación de El libro de Balieri el próximo miércoles 21 de octubre a las 19,00 hrs. en la librería Juan Rulfo.

R.III

libro candiani presentación

****

***

**

*

Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar: La inspiración poética

*

**

***

****


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 1.168 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: