Cerrado por vacaciones II

Para los que trabajamos en el mundo académico los años no comienzan el uno de enero, empiezan en septiembre. Y la transición de un año a otro no dura doce campanadas acompañadas de uvas, sino que se aglutina en un espacio temporal llamado “vacaciones”. Por esta razón, yo estoy ahora cerrando mi año y haciendo mis propósitos para el que viene, al que no puedo evitar poner dos cifras: 2015/2016. Así he medido el tiempo desde que tengo uso de razón; ya fuera por ser estudiante y ahora por ser profesor.

Esto viene a colación porque no se me puede ocurrir mejor cierre del curso que el de esta semana. Este verano he tenido la suerte de compartir aula con una profesora y amiga a la que quiero mucho desde hace muchos años: Amparo Ángel. Toda una institución en el centro universitario con el que colaboro. Cuatro asignaturas de literatura en plan intensivo (todos los días tres horitas); que para los que me conocen y saben de mis pasiones y amoríos, ya se imaginarán que he disfrutado a lo grande. En especial porque en verano los alumnos extranjeros que vienen a este tipo de cursos suelen tener mucho nivel (tanto intelectual, como lingüístico). Una de las últimas clases que dimos  fue la de Narrativa Contemporánea. En ella trabajamos un libro de Luisgé Martín llamado Los Oscuros. Un libro de relatos ahora muy difícil de conseguir, que fue la ópera prima de este autor (quien se ha convertido en una de mis referencias literarias). La compilación de cuentos es una joyita, por lo que es altamente recomendable.

Pero como iba diciendo, no puedo imaginar mejor cierre que el dar fin a esta asignatura con la visita del mismísimo Luisgé a clase. Lo ha hecho con absoluta libertad y valentía, pues no se ha cortado en transmitir su idea sobre ciertos aspectos que muchos compartimos, pero que quizá no nos atreveríamos a admitir. Desde que llegó y se sentó en una de las mesas del aula, los temas fueron fluyendo con soltura: el libro en cuestión, el período en que lo escribió, su idea sobre la literatura, el amor, lo sórdido. Entre los temas que quiero rescatar hoy, aunque no se pueda decir que es especialmente auténtico, es su reflexión sobre el amor o el enamoramiento (aspecto fundamental para la confección de Los oscuros). Este enamoramiento, según Luisgé, sólo se vive con verdadera intensidad cuando se es joven e inexperto. Un período cuando uno exagera el sentimiento y por consiguiente lo sufre. Esta etapa es de completo desasosiego, porque cuando uno lo tiene y es correspondido, sabe que en cualquier momento puede desaparecer y esa idea nos aterroriza, por otro lado, cuando no se es correspondido, la desazón se convierte en una angustia terrible. Con los años esa idea de las relaciones personales va disminuyendo, la vamos banalizando; casi como una autoprotección, porque un desasosiego de estas dimensiones, y de forma perenne, nos enloquecería. Por esta razón, en la madurez el amor ya no es esa fiesta de colores y emociones, pero no por eso deja de ser algo que valoramos con todas nuestras fuerzas. La buena convivencia, la estabilidad, la realización propia y de la persona amada, el proyecto de vida, etc. se imponen a las mariposas en el estómago.

Pero a veces creemos que nuestra vida, más bien convencional y hasta conservadora, no merece la pena. Creemos que esa rutina, parecida al tedio, es justo aquello que no queríamos para nosotros. La estabilidad, los niños, un buen trabajo y una serie de adquisiciones materiales, parecen no estar a la altura de las mariposas en el estómago. ¿Qué hacer? La misma ciudad, otra novela de Luisgé, nos brinda ciertas pistas. Porque si realmente renunciáramos a toda esa estabilidad y cambiáramos de vida. Si consiguiéramos el amor (o amores), el reconocimiento, la fama, la aventura… y dejáramos detrás todo eso que creemos nos retiene de la felicidad, quizá averiguaríamos que tampoco eso nos brinda la dicha, por muchas mariposas que sintamos. Dejo aquí la reflexión que quizá otro día profundice.

Por el momento me alegro y hasta pienso que es bonito saber que a veces podemos sentir esas mentadas mariposas con la literatura y con charlas sobre este tipo de temas. Pero entre tanto cierro por vacaciones y espero que el próximo año abra tan estupendamente como hoy culmina éste.

 

R.III

 

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Buda recostado

 

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Vacaciones

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Oporto blanco

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Aventuras bibliotecarias

¡Cuántas veces no me ha pasado! Suele ser un error recurrente. Sacar algún libro de la biblioteca y que se te pase la fecha de entrega. Esto equivale a un día de sanción; o sea no poder solicitar préstamos por cada día de retraso. El problema se multiplica si en lugar de haber pedido sólo un libro, te has llevado dos, diez, quince… cosa no poco habitual para un estudiante de doctorado. En ese caso la sanción crece de forma proporcional (aunque desproporcionada) a los libros que entregas tarde. No es raro, por tanto, que uno pase una semana, un mes e incluso más sin poder acceder a esos añorados textos.

¿Qué hacer? Gran cuestión, sobre todo cuando tus adelantos dependen de aquellos manuales a los que debes acceder para terminar esa tesis. En uno de esos momentos de desesperación recuerdo haber acudido a un mi amigo; llamémosle José Ángel (mejor que estas historias contengan nombres falsos). Pues bien, este amigo me dejó su carnet para ir a la biblioteca de la facultad de medicina. Él no tenía tiempo de recogerlos para mí, así que tuve que ir solo. Solicité en la recepción de la biblioteca, a una gentil sexagenaria, que me dejara los tratados que necesitaba. Ella me los trajo y me pidió el carnet. Después de hacer las comprobaciones reglamentarias me pregunta, no sin cierta sospecha (o eso quise ver yo en su pregunta):

—¿Eres José Ángel?

—Claro, quién voy a ser si no —contesté.

—¡Ah! Ok —se pone a teclear en el ordenador a paso de tortuga, mientras yo comenzaba a sudar—. Es que estoy viendo tu dirección. ¿Eres de Albacete, verdad?

—Sí, claro, es mi domicilio familiar —nótese la seguridad pese a que mi apariencia indígena poco tiene que ver con los oriundos albacetenses.

—¡Hombre, chico! —el sudor aumentaba— Es que si estás viviendo en Madrid es mejor que me des tu dirección de aquí. Así si necesitamos notificarte algo, te enteras antes.

—¡Ah! claro, claro —contesté, mientras pensaba si sería capaz de recordar la dirección de José Ángel, cosa que por imposible, no vi otra opción que dar la mía —¿Quiere que le diga mi dirección?

—Yo creo que es lo suyo, hijo —nótese ahora que esa última puntualización venía con un ligero tono sarcástico.

—De acuerdo, pues es…—por los nervios se me borró completamente el nombre de la vía donde se localizaba mi, en ese entonces,  muy reciente morada— a ver cómo era el nombre de mi calle…

—¡Pero cómo! ¿no te sabes tu dirección? —más sarcasmo, si cabe [y más sudor también].

—Claro que me la sé, pero es que se me olvidó. Acabo de mudarme, ¿sabe?

—No te preocupes, haz memoria que no tengo prisa.

Yo dale, y dale a la memoria, pero nada salía de mi cabecita. Me bailaban los nombres. Recordaba el lugar donde viví tantos años cuando estuve casado, pero dar esa dirección me parecía ya un poco violento. La localización de mi nuevo hogar se había esfumado. Tanto titubee y tardé que la buena mujer me dice:

—Vale, no pasa nada. Ya me la dices otro día. —Yo suspiré aliviado— Anda dime de nuevo la de tu casa de Albacete que ya lo borré.

No me fastidie, pensé.

—Mire, creo que tiene razón, es mejor que pongamos la de Madrid —dije—. Déjeme hacer memoria un minuto más.

No sé si fue la buenaventura divina o la adrenalina, que ya de por sí había hecho que mis glándulas sudoríparas me bañaran la camisa, el caso es que de pronto vislumbré el nombre de mi calle.

—Calle de la Cañada, 51, 1ºB. —No mentí, lo recordé.

—Muy bien  —nuevamente el tecleo parsimonioso— Ya está cambiada tu nueva dirección.

—Genial. Muchas gracias —contesté y me di la vuelta para salir.

—Espera chico… —otra vez la buena mujer me solicitaba atención con una mirada entre divertida y sospechosa —que te dejas los libros.

—¡Cierto! gracias, gracias.

Salí de la biblioteca antes de que fuera capaz de volver a llamarme. Fui directo donde mi amigo José Ángel a comunicarle su nuevo domicilio. Después me largué con el par de libros bajo el brazo pensando que es fundamental apuntarse las fechas de entrega para evitar estos tragos.

R.III

Biblioteca de Celso, Éfeso, Turquía

Biblioteca de Celso, Éfesos, Turquía. 

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A problemas filosóficos, decisiones salomónicas

A mi boda asistieron un par de amigos que antes fueron profesores míos de filosofía. No es de extrañar que su regalo de bodas tuviera ese pequeño guiño a esta rama del conocimiento: el Diccionario de Filosofía de Ferrater Mora. Cuatro tomos con una prolija dotación de entradas enciclopédica sobre casi todo lo que se debe saber de conceptos, filósofos y teorías de esta disciplina. Gracias a ella, años antes de que wikipedia nos resolviera la vida intelectual a todos, pude conocer aquellos autores, ideas o doctrinas que surgían en mis clases de doctorado y que eran novedosos para mí.

Pocos años después me separé y cuando pretendí llevarme mi querida enciclopedia me encontré frente a la cerrazón de mi exmujer quien consideraba que, al ser un regalo de bodas, el diccionario pertenecía a los dos. No hubo forma de hacerla entrar en razón por más que ella no fuera siquiera abrirlos. Así que partí con dos tomos el de la E-J, por eso de que mi clase sobre teorías de la vida se hablaba de la emergencia; y el de la Q–Z, por estar escribiendo un ensayo sobre la certeza en Wittgenstein. Por lo menos me dejó escoger.

Los años fueron pasando mientras nos intentábamos acoplar al nuevo estado de cosas. Pero nuevos conceptos o personajes del mundo de la filosofía aparecían en mi vida. Si necesitaba saber, por ejemplo, de Alcmeón de Crotona, tenía que ir a la casa de mi ex por el tomo A-D y dejar en su lugar uno de los otros. Si quería adentrarme en las distintas facetas del mecanicismo iba con tomo bajo el brazo y lo cambiaba por el K-P. La vida así, con todas sus incomodidades, es llevadera, pero lo cierto es que la punzada del coraje recorría mi alma si resultaba que después de dejar el E-J aparecía entre mis apuntes un tal Haeckel. Peor si llegando a casa queriendo saber todo de Ludwig von Bertanlaffy, resultaba que estaba en el tomo A-D y no en el Q-Z como pensaba por ese maldito von.

Así tuve que vivir cerca de tres años.

Un día mientras recogía a R.IV en casa de su madre me quedé viendo un cuadro y un recuerdo veloz como el rayo solucionó mi problema filosófico (nunca mejor dicho). El mentado cuadro fue otro regalo de bodas, en esta ocasión de un amigo cercano a ella. Así que no dejé pasar la oportunidad y le dije: “Bueno, ya has tenido este cuadro tres años en tu casa, creo que ya me toca llevármelo tres años a mí”. Ella extrañada me increpó y me preguntó de qué diablos le estaba hablando. Así que le contesté que al ser un regalo de bodas, tendríamos que dividirlo y dado que mi decisión salomónica no era tan radical, en lugar de tener que cortar el cuadro en dos, con que dividiéramos su disfrute en períodos temporales idénticos sería suficiente. Claro, ella me dijo que ese cuadro, aunque nos lo regalaron en la boda, en realidad era un regalo para ella. —¡Cuánto esperé que llegara ese momento!— Así que yo simplemente espeté. “Al igual pasa con el regalo del Diccionario de Ferrater Mora”.

Aquel día salí con un niño de la mano y esta vez dos tomos bajo el brazo. Desde entonces ya no existe Salomón que los vuelva a separar.

R.III

Diccionario de Filosofía Ferrater Mora

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Si te ha gustado esta entrada, puedes leer un relato de Ramón Ortega (Tres): Metafísica para comer

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Con tres heridas

La verdadera poesía consigue sintetizar, a veces con suma simpleza, los grandes aspectos de la naturaleza humana y no humana. Se puede ser grandilocuente, prolijo y complejo; para gustos nada está dicho. Sin embargo, muchos de los poetas más sobresalientes de la historia de la literatura han conseguido cristalizar conceptos elevados en palabras sencillas.

Hoy me conmovieron —como tantas ocasiones lo han hecho ya en otras épocas de mi vida— unas líneas  de Miguel Hernández; no es infrecuente que la poesía te golpee con su belleza, no importa cuántas veces la hayas leído previamente. Sucede incluso cuando creías que su esplendor ya comenzaba a parecerte indiferente. Hoy, además del cúmulo de emociones que se agolparon en mi interior (exteriorizándose, si a caso, con alguna lágrima que nadie vio), me llevaron a esta reflexión que aquí expongo.

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.

Prácticamente las tres estrofas se repiten alternando su orden. Tres conceptos escuchados con relativa cotidianidad por todos. Aunque si parafraseáramos a Wittgenstein diríamos que pertenecen al terreno de lo que debemos callar; conceptos que están fuera de nuestros límites del lenguaje y, por ende, de nuestro entendimiento. Aún así nos resultan palabras comunes en nuestro día a día: vida, muerte y amor. Nada ampuloso. Ningún sinónimo trabajosamente localizado para mostrar el bagaje lingüístico del autor. Y, sin embargo, su expresión y colocación pueden resumir con maestría la tragicomedia de la vida del ser humano. La desventura de haber nacido y ser conscientes de ello. Nacer y vivir significa también tener que sufrir esas tres heridas.

Schopenhauer diría que el peor error de los seres humanos es pensar que hemos venido a esta vida para ser felices. Si a esto agregamos lo que dijo Sartre de que hemos sido arrojados a este mundo sin que nadie nos hubiera preguntado, no queda más remedio que admitir que la vida en sí misma ya es una herida. ¡Cuánta filosofía en las letras de Miguel Hernández! Porque esa primera herida proviene a su vez de las otras dos. No nos queda más remedio que someternos y aceptar que parte de todo lo precioso (para no sonar tan pesimista) que pueda contener nuestra existencia, siempre terminará ensombrecido por esos tres avatares.

Pobre Miguel Hernández, que sufrió como nadie las tres heridas referenciadas. Tres sacudidas que canta para sus hijos y para los hijos de sus hijos hasta llegar a nosotros que podemos tararearlas a las generaciones venideras. Canta dolorosamente porque mientras lo hace él ya conoce lo que la mayoría ignoramos; por eso el poema termina incluyéndolo en el dolor que estas heridas le causan.  Él lo escribe, porque lo vive. No hay que olvidar que aunque estos golpes llegan siempre, no ensombrecen nuestra cotidianidad hasta que de súbito hacen acto de aparición. Tarde ya para Miguel Hernández que las vivió y sufrió hasta su último aliento.

¿Y nosotros? Vivamos intensamente antes de ser alcanzados por alguno de esos dardos que “abren zanjas oscuras / en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte”, como diría César Vallejo. Aunque peque de ingenuo, quizá alguna de esas flechas emponzoñadas de vida no llegue a tocarte.

R.III

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Si te ha gustado esta entrada prueba con La inspiración poética.

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Cómo tratar un libro

Siempre he pensado que los libros son una herramienta de trabajo. Sí, me parecen importantes también por todas esas cosas que los intelectuales difunden con sus chácharas. Sin embargo, no puedo pensar en ellos como un objeto cuasi sagrado. Tengo amigos —algunos justamente de estos intelectuales de los que hablo— que tienen sus librerías repletas de textos impolutos. A mí me da que ni se los han leído. En cambio, si uno echa un vistazo a los libros de mis estanterías (que son pocos, porque muchas veces acudo a préstamos bibliotecarios para usar y devolver sin mayor apuro) se podrá apreciar que todos tienen hojas dobladas, rayones intencionados (y accidentales) y otras impurezas. Cada vez que leo una obra disfruto de su contenido, claro está, pero en realidad trabajo con ella. Marco frases inteligentes y aquellas palabras que desconozco, apunto alguna idea que me viene a la mente tras su lectura, dejo indicado aquellos puntos a los que sé que debo volver en un futuro, y otras actividades que no merece la pena reseñar.

El primer libro que me acercó a la filosofía fue la Introducción a esta disciplina que escribió Leopoldo Zea. El manual llegó a mis manos gracias a la recomendación de un profesor y ahora amigo, Mario López. No es que me lo prestara, no, en ese entonces no había tanta confianza y ahora que la hay nunca cometeríamos ese error. Para mi fortuna existía un ejemplar en la biblioteca de aquella universidad mexicana de cuyo nombre no quiero acordarme. He de decir para los más moralistas con esto del manejo hierático de los libros que lo que sigue no les va a gustar. Lo cierto, es que ese texto lo rayé casi en cada página, pues en cada una de ellas descubrí muchísima información interesante (que más tarde copié en hojitas que todavía conservo), doblé las esquinas de sus páginas y lo llevé conmigo a todo lugar, sin mucha consideración en su cuidado. Esa obra se hizo mía con el paso de los meses. Abusé de esas páginas con lápices, bolígrafos de color azul, negro e incluso rojo. Lo poseí de manera prosaica y su contenido me sedujo con verdadera inocencia. A ese libro sólo yo había accedido. La marca del préstamo así lo indicaba. Nadie nunca había acudido en su busca; permaneció en un silencio de mordaza en su estantería hasta que yo lo encontré.

Después conseguí ocultar en ese sitio recóndito del cuerpo—donde ya no molestan ni las personas, ni los objetos que no queremos mencionar— el recuerdo de dicha Universidad; y con ello también sus edificios, aulas, ordenadores y, por supuesto, sus libros. Sin embargo, una década más tarde tuve que acudir a ella para hacer una gestión. Al pasar por la renovada biblioteca, una fuerza me atrajo con inusitada vehemencia. Me llevó hasta una pantalla donde pude acceder al catálogo y localizar mi libro. No me extrañó que el pobre volviera al mutismo del olvido; la marca de préstamo en su etiqueta se remontaba a la que me habían sellado a mí años atrás. Cuando lo abrí todos los recuerdos se agolparon de nuevo en mi garganta —porque ni las personas, ni los objetos se esfuman por guardarlas llanamente en ese rincón del cuerpo—. Casi sentí que las páginas me sonreían. No es de extrañar, querían que alguien nuevamente las explorara con el deseo animal con que ya hace años yo lo había hecho.

No sé cuánto tiempo dediqué de nuevo a los cuidadosos conocimientos que Leopoldo Zea organizó para un puñado de apasionados. Quizá fue una hora, tal vez dos, pero aquel abandonado libro volvió a su prisión de silencio. Mi libro, sus rayajos así lo atestiguan, no pudo venir conmigo.

He de admitir que para mí sólo es una herramienta laboral más. Aunque sea un instrumento que me gusta inventarme como necesario. Quizá sea la melancolía la que dota a este objeto de un halo especial. El caso es que hace tiempo fragüé un plan al que llamaré el secuestro, o mejor, el rescate de ése mi primer acercamiento a la filosofía. Pero aquí sólo estamos hablando de útiles de trabajo, no de aquellas aventuras que marcan hitos en la vida.

R.III

 

 

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Y para saber un poco más de filosofía y ciencia: Los médicos que no se lavaban las manos

 

 

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El online self

El online self, o lo que sería algo así como mi yo virtual, es todo lo que somos y hacemos en internet. Desde lo que aparece en google cuando escribimos nuestro nombre, hasta lo que publicamos conscientemente en nuestras redes sociales. Todos y cada uno de nuestros tuits, comentarios de facebook o fotografías del instagram. Todo cuenta, aunque le restemos importancia. Pese a pensar (y a veces nos pavonemos de ello) que estamos siendo muy originales, muy contestatarios o muy graciosos. Todo lo publicado por nosotros en internet configura ese yo virtual. Y ese yo a veces nos pasa malas jugadas, como le ha sucedido al recién estrenado responsable de cultura de la alcaldía de Madrid Guillermo Zapata. En el 2011 publicó unos desafortunados chistes en twitter sobre judíos, víctimas del terrorismo y otros. Chascarrillos que cualquiera de nosotros consideraría que no tienen trascendencia, pese a lo políticamente incorrectos que sean. No por la temática u ofensa de los chistes, sino porque podrían pensarse poco significativos cuando provienen de alguien que no es una figura pública. No obstante, pueden costar muy caro cuando se trata de un sujeto que ocupa un lugar de atención en la sociedad (ya sea político, periodista, artista o parecido). Zapata, a diferencia del otro tipo de políticos al que estamos acostumbrados en España, ha decidido dimitir y con mucha dignidad pedir disculpas. Que le durara tan sólo dos días un puesto que quizá pudo haber desempeñado muy bien, ya es bastante castigo.

¿Qué escribimos en nuestros muros? ¿Qué comentarios hacemos todos los días, sin apenas pensarlo dos veces? ¿Cuál es la imagen que hay de nosotros en internet? ¿Cómo hemos confeccionado nuestro yo virtual? ¿Nos puede llegar a causar problemas? Creo que el caso Zapata nos podría hacer reflexionar un poco sobre la imagen que queremos dar de nosotros en el ciberespacio. A mis alumnos les suelo decir que hoy en día casi todos los contratantes miran lo que aparece de los candidatos en internet. ¿Queremos que nuestros posibles jefes vean la foto de nuestra última borrachera? Lo cierto es que yo también suelo ver lo que aparece en la red de mis posibles contratantes, por esto de que la cosa sea justa, pero esa es otra historia. Nadie, o casi nadie en nuestras nuevas sociedades desarrolladas, está exento de contar con ese yo virtual. Me encanta la cara que se les pone a los estudiantes cuando aparecen sus fotos (que previamente he conseguido apenas navegar un poco) en una de las diapositivas de la presentación que les pongo cuando les hablo de estos temas. Fotos que no me cuesta más de diez minutos conseguir. Quedan sorprendidos de tal desfachatez. Lo cierto, es que sin tener que ser imágenes públicas estamos más expuestos de lo que creemos. A veces, aunque lo creamos, no le damos importancia… hasta que no te pasa lo que a Zapata, amigo.

Yo tenía otro facebook. Al igual que muchos, colgaba las fotos del bar con mis amigos, muchos selfies haciendo el tonto y muchos mensaje chistosos, por no decir estúpidos. Sin embargo, un buen día decidí dejar de usar el facebook para exhibir mi vida y utilizarlo para exhibir mi trabajo. No cabe duda que las redes sociales son una excelente forma de divulgar textos, fotografías, reflexiones y otro tipo de arte y pensamiento. No es baladí que esté tan cotizado lo del community manager en las empresas. Ahora el caso Zapata me ha hecho pensar ¿Qué tan borrado está ese online self que creí haber aniquilado? ¿Es posible que alguien, digamos un experto en informática, sea capaz de resucitarlo? ¿Qué pasa con nuestro online self cuando morimos? ¿Quién nos borra? ¡Caray! Cuántas preguntas acompañan a esta nueva forma de vida que tantas horas de esparcimiento nos da.

Mientras tanto… ¡Hala! A compartir este texto o cuanto menos a darme un like, ¿no?

R.III

Dibujo

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Si te ha gustado esta entrada, no dejes de leer unas Reflexiones sobre los concursos literarios.

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¿Son los médicos profesionales de excelencia?

Poco tiempo después de haber escrito una reflexión sobre el triángulo comunicación, ética y educación dentro de las ciencias de la salud, viví una experiencia personal que ejemplifica de forma clara esta relación. Una persona cercana, de unos 76 años, entró de urgencia a un hospital porque le dolía el estómago. Era cinco de enero, días de los Reyes Magos, y la sala de urgencias se encontraba, como suele ser habitual, abarrotada. Cuando llegamos a verla, además del dolor abdominal, comprobamos que se encontraba desorientada y que no podía hablar con fluidez. Pasó esa noche en urgencias y lo único que los médicos nos hicieron saber es que le había subido la temperatura, pero que por los resultados del TAC (tomografía axial computada) no parecía ser nada neurológico. Al día siguiente, en la visita de la tarde (sólo se permiten dos al día) el médico nos informó que era probable que los síntomas se debieran a una colangitis (una obstrucción de las vías biliares) y que el número de leucocitos había aumentado de forma considerable por lo que se trataba de una sepsis (o septicemia, una complicación muy grave de la infección).

Nosotros, naturalmente, no teníamos ni idea de lo que era una sepsis, una colangitis y mucho menos de sus consecuencias. Lo único que nos explicaron parcamente es que se trataba de una infección importante, pero que ya le estaban administrando antibióticos. Además, nos informaron que no podían subirla a planta ese día y que tenía que permanecer en Urgencias. Nada más. Nosotros pensamos que era una alegría que más o menos tuvieran localizado el origen de su malestar y que seguro que con el antibiótico, al siguiente día, la encontraríamos con una notable mejoría. Si insistimos en que la subieran a planta era porque pensábamos que en Urgencias iba a estar incómoda. Lo cierto es que estábamos muy lejos de la realidad.

 Al día siguiente, cuando nos dejan volver a hablar con los médicos de urgencias (o sea, a la hora de visita habitual: 12:00 de la mañana) nos informaron que había tenido fallo renal (no le funcionan los riñones), que tenía una pancreatitis, que su sistema respiratorio estaba también afectado y que la tenían que subir de Urgencia a la Unidad de Cuidados Intensivos. El médico que nos atendió en la UCI dijo que la situación era tan grave que era probable que no sobreviviera (en parte debido a una entrada tardía en la UCI). Nos dijo que debía hacerse un TAC de la zona abdominal y otros estudios para confirmar la colangitis y que de confirmarse se tendría que llevar a cabo un procedimiento para remover la obstrucción. También nos comentó que estas intervenciones en el mal estado que presentaba la paciente eran extremadamente delicadas y que podría morir durante dichos procedimientos. No obstante, concluyó que no quedaba más remedio que hacerlo si queríamos tener alguna esperanza. Nos pasó unos consentimientos informados[1] para firmarlos y poder llevar todo a cabo. Obviamente los firmamos.

¿Cómo se llegó a este punto? Además de una evidente falta de recursos de la sanidad pública, la razón principal fue un problema de comunicación que incide directamente en la ética médica. Para poder comprobar que se trataba de una colangitis era necesario un TAC y otros estudios, que claramente no estaban en posibilidad de hacerlos el día de Reyes (al ser un día festivo en España). Sin ese diagnóstico no se podía proceder a la intervención para desbloquear las vías biliares (cuya descomprensión temprana es fundamental para evitar que la infección continúe). Pero de nada de esto se nos informó en Urgencias. Todo lo supimos tiempo después ya en la UCI. Por tanto, se impidió la práctica del principio de autonomía[2] que debería tener el paciente (o sus familiares) para tomar una decisión con relación al estado de salud del enfermo. De haber sabido que nos encontrábamos frente a la imposibilidad de confirmar un diagnóstico ese día y que de tratarse de una colangitis la intervención para desbloquear las vías biliares debería realizarse con celeridad, es probable que hubiéramos deliberado de forma distinta. Quizá podríamos haber optado por ir de urgencia a un hospital privado o aceptar la permanencia en dicho hospital público, pero con el conocimiento de que la situación era de extrema gravedad. Lo que es seguro es que no hubiésemos vuelto a casa pensando que al día siguiente los antibióticos comenzarían a hacer efecto y que iba a encontrarse mucho mejor (como de hecho hicimos).

Pocos fueron los médicos con los que nos entrevistamos que mostraron tener destrezas comunicativas. De hecho, fue gracias a nuestras propias habilidades de comunicación que pudimos extraer información clara y comprensible durante todo el procedimiento. Tuvimos que echar mano de una inteligencia emocional y, en lugar de demandarles un derecho a esta información, bajamos la cabeza para que nos dieran a conocer lo que pasaba. Fuimos empáticos cuando ellos nos veían con altivez. Jugamos a mostramos comprensibles con sus esfuerzos y el tiempo que nos dedicaban para informarnos, cuando veíamos que su faceta paternalista afloraba.

¿Por qué hemos tenido que ser los familiares los que asumimos la responsabilidad de echar mano de dichas destrezas de comunicación y no el profesional de la salud? Porque desafortunadamente los que sufren las consecuencias de la carencia comunicativas  de estos profesionales son los pacientes e indirectamente los familiares que desean su pronta recuperación. Esta falta de información incide directamente en la autonomía que se requiere para tomar decisiones. Por tanto, es conveniente que también la sociedad sea consciente y demande a sus profesionales de la salud una información clara del posible diagnósticos, de su gravedad y de la opción o distintas opciones de tratamientos. Sólo así se comenzará a poner atención en estos aspectos y a formar de manera más completa a los próximos profesionales de la salud. Enseñarles a ser empáticos, a adecuar su lenguaje técnico para que el paciente lo comprenda, a reflexionar sobre el derecho a la información del paciente y sus familiares y a otros muchos, muchos elementos en los que todavía hay mucho por mejorar. Parecer ser la única opción para confeccionar esa figura de profesional de excelencia a la que este colectivo debería aspirar.

R.III

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[1] No hay que olvidar que un consentimiento informado es un documento legal. No por ello termina de satisfacer la dimensión ética de la práctica médica.

[2] El principio de autonomía es la libertad del paciente de tomar una decisión sobre su cuerpo. O sea, que el paciente decide si permite una intervención, tratamiento, estancia hospitalaria, etc. en el que se encuentra involucrado. Cuando el paciente no es capaz de ejercer esta autonomía, son sus familiares los que toman estas decisiones. El principio de autonomía se contrapone al paternalismo médico, que es la posición en la que el médico es quien toma las decisiones sobre el tratamiento del enfermo, sin consultarlo con él (en principio, por el bien del mismo paciente). Para saber más comunicación, ética y educación.

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