Lo que adolece el adolescente

 

Cuando tenía doce años mi padre me llevaba a la secundaria en el coche. Paraba un momento en la puerta del colegio para que bajara no sin cierta celeridad. Fue hacia finales de ese año cuando hice unas de las pocas cosas de las que me arrepiento de mi pasado. Un día antes de bajar del coche le dije que, si no le importaba, prefería no volver a besarle como gesto de despedida antes de apearme del automóvil: “me da vergüenza hacerlo aquí, justo frente a la escuela”. Ahora sé que fue una bobada de adolescente que se cree “mayor” y “maduro” para seguir haciendo cosas de “niños”, pero así lo hice.

No recuerdo lo que él contestó, pero sé que desde ese día no volví a darle besos de despedida mientras me siguió llevando al cole a lo largo de los primeros años de secundaria. Tampoco lo volví a hacer al saludarnos o al despedirnos en otras ocasiones, ya fuese dentro o fuera de casa. Había afecto y cercanía, pero tengo la remembranza (o más bien su carencia) de no volver a repetir ese guiño afectuoso hasta muchos años después. Más adelante mi padre se fue a vivir a Puerto Vallarta y yo ya no volví a compartir un mismo techo con él, a excepción de las vacaciones.

A partir de ahí, en todos los encuentros que hasta la fecha seguimos teniendo trato de ser cariñoso, darle besos sin ningún tipo de pudor y lo abrazo a cada instante. Parece como si intentara recuperar todo lo que no le di cuando adolecía de insensatez. A veces me atormento pensando en lo que sintió él, cuando bajé del coche aquel día en el que le pedí que no volviéramos a besarnos al despedirnos.

Ahora mi hijo tiene justo doce años. Todavía se me cuelga al cuello y me besa sin un atisbo de vergüenza. Me dice “te quiero” y en general se muestra efusivo. Día a día espero que de un momento a otro me detenga justo antes de rozar su mejilla con mis labios y me diga “papá, preferiría que no me besaras en público”. Quizá no hará falta que diga nada y el sólo hecho de anteponer su mano a mi intención sea suficiente para que comprenda que ese día ha llegado.

Pero todavía tengo la esperanza de que el espíritu de mi hijo me supere. Que su cariño no comprenda de adolescencias, ni de “madurez”. Que no adolezca esa falta de sensatez que su padre padeció y que, con ello, me devuelva aquello que perdí una mañana de colegio.

 

R.III

 

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RIII, R.IV y R.II

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©R.III


La vida de la calle

Este invierno está siendo tan suave que el día que llueve o hace un poco más de frío parece noticia. Uno de esos días lluviosos pensé, cuando iba rumbo a la universidad, lo afortunado que se es cuando uno trabaja bajo techo. Y fue inevitable pensar en aquellos días cuando las inclemencias del día marcaban mi jornada laboral. Fue ya hace más de diez años, pero todavía recuerdo con claridad aquel año en el que fui “buzonero” (es decir, repartidor de publicidad).

Cada día en la noche recibía un mensaje por el teléfono móvil diciendo la estación de metro o de tren en la tendríamos que esperar a nuestro jefe, al día siguiente a las 8,30 de la mañana. Podía ser Chamartín, Vallecas, Conde de Casal, Estrecho, Puerta de Toledo, daba igual, pero éstas eran todo un lujo. El problema era cuando la cita era en Orcasitas, Puerta de Arganda, Alcalá de Henares o cualquier otra estación del extra (extra) radio de la ciudad. No importaba que llegar al dichoso sitio supusiera levantarse una hora antes, ni que no tuvieras el abono correspondiente de la zona y, ese día, parte de tu jornal se viera reducido por el coste del transporte. La puntualidad era importante y llegar tarde podría suponer perder la mitad del sueldo del día o ponerte a la cola de los trabajos.

¿Derechos laborales?, se pregunta alguien. Todos los que trabajábamos en este asunto formábamos parte de ese grupo denominado, no sin falta de ingenio, bajo el apelativo de “sin papeles”. Inmigrantes indocumentados, vamos; y por buscar otra semejanza podría decirse que la mayoría proveníamos de Latinoamérica. En cuanto llegaba nuestro jefe en su furgoneta, nos hacía subir en ella para llevarnos a las distintas zonas de trabajo. Nos bajábamos en parejas y contábamos, como principal instrumento de oficio, un carrito con el que transportábamos los pesados paquetes de folletos a repartir. El jefe indicaba cuál era la zona que debía trabajarse y daba la habitual moralina de que a quien descubriera tirando el papel perdería el trabajo y el dinero de su paga acumulada hasta ese momento. Tampoco se olvidaba de esa deliciosa frase de: “Si os detiene la policía a mi no me conocéis, ¡eh!”. Nosotros nos reíamos imaginándonos en la situación. ¿Qué le íbamos a contar a la policía? “Mire señor agente, yo estaba dando un paseo y vi este carrito lleno de publicidad y pensé: por qué no repartirlo por los hogares de la zona”.

La verdad es que ninguno de nosotros tuvo nunca problemas con la policía. Era más latoso lidiar con los vecinos. Porque seamos sinceros, a nadie nos gusta que nos llenen los buzones de nuestros hogares con esa basura publicitaria. Lo que la gente ya no suele reflexionar es que los chavales que la reparten les importa un pimiento la marca que llevan a lo hogares y que, para ellos, sólo es una manera de ganarse la vida. De existir un culpable se debería pensar en las empresas que se anuncian en esos papelitos (sin mucha consciencia medioambiental, por cierto). Pero como no mucha gente suele pensar en eso, no era infrecuente que cuando un vecino pesado te veían llenando los buzones del portal, empezara con la tabarra de: “otra vez con esta basura”. “¿pero quién te ha dejado entrar?”, “ya estamos otra vez con los papelitos”… y alguno incluso sacaba, ya de paso, alguna lindura xenofóbica (a mí no me pasó, para suerte del increpador): “sudaca de m… ya estás otra vez con los pu… papelitos”. Así estaba el patio, aunque también los había más amables y comprensivos. Recuerdo que alguno incluso me ofreció quedarse con todo un paquete y subirlo a su casa “ya lo tiro yo en unos días”, me dijo con complicidad (quizá también fue buzonero).

Es curioso que pese a lo sencillo del trabajo (ir tocando timbres en los portales, conseguir entrar, meter la publicidad en los buzones y seguir así hasta cubrir la zona que tocaba) todos los repartidores contábamos con un título de licenciado. Había publicitas, periodistas, gente de comunicación, etc. Todos sin papeles, eso sí. Lo que es sinónimo de no poder trabajar en otro tipo de oficio. Viéndolo de esta manera, eso hacía más entretenido nuestro día a día. Por ejemplo, había un argentino con el que podía charlar de literatura mientras esperábamos al jefe en la esquina indicada para que nos volviera a llenar el carrito. Quién pensaría que esos dos chicos con un carrito a cuestas, o un buen taco de papelitos en el antebrazo, pudieran venir conversando sobre Chejov, James Joyce, Homero, Vargas Llosa, etc.

No todo estaba mal, además de las charlas, buscábamos maneras de entretenernos. La primera era colarnos en los sitios que no permitían buzoneo y hacer nuestro trabajo en tiempo récord. Es decir, meter en los buzones tantos papelitos como fuera posible, antes de que saliera el portero a echarte la bronca. Otro buen pasatiempo era librarse del papel. No lo hacíamos sólo para quitarnos trabajo, sino para entretenernos. La forma más sencilla era robar una bolsa de las papeleras que hay en las zonas de los buzones (puestas estratégicas para que los vecinos menos cívicos fuesen tan amables de depositar ahí la publicidad en lugar de arrojarla al suelo). Las mejores bolsas eran las negras opacas, pues en ellas introducías un taco grande de papel y lo metías en el primer contenedor de papel que te encontraras (eso sí, nótese la mentalidad de reciclaje). Por mucho que se asomase nuestro jefe en él no sería capaz de distinguir el interior de aquella inalcanzable bolsa.

Había muchas otras formas de deshacerse del papel, pero incluso existían las lucrativas. Por la zona de Conde de Casal, había un sitio que compraba papel. Así que bastaba que esa fuese tu zona del día, para atreverte a desviarte un poco de tu ruta y hacer el truque. La verdad es que si uno sacaba para un café ya podía darse por satisfecho, pero el gozo de aminorar el peso de tu carrito hacía que mereciese la pena.

Aunque eso no era tan divertido, también uno terminaba volviéndose un experto para salir de los portales. Porque no todos tiene una pomo en la puerta, sino que se abren con un interruptor. Y vaya picardía que tienen los señores de los interruptores, porque hay veces que están tan escondidos que te llevaba un rato salir de la prisión.

Pero volviendo al clima, una de las cosas más duras de este trabajo era el trabajar bajo las inclemencias del tiempo. Había días que caían verdaderos aguaceros, pero nuestro jefe no se compadecía. Quizá él pensaba que sí lo hacía cuando nos dejaba unos chubasqueros medio rotos con los que quedabas igual de calado al final del día, pero retrasando un poco el proceso. O cuando el frío era tanto que cuando te pegabas en los dedos metiendo la publicidad en un buzón te acordabas de la madre de tu jefe, o del último vecino o portero con quien te habías enfrentado. El verano no era mejor, porque por mucha gorra que te pusieras, a medio día el calor parecía querer estamparte en el suelo. Un amigo dice que hay dos tipos de empleos: los que te duchas antes del trabajo y los que te duchas después. Hoy me siento afortunado de haberme conseguido un empleo de la primera clase.

R.III

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No dejes de leer Un gran salto para Gorsky, un libro de relatos de Ramón Orteg (tres)

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Sobre las enfermedades mentales

No cabe duda que las enfermedades mentales nos asustan. Nadie querría que su hijo estuviera enfermo, pero desde luego parece preferible una enfermedad crónica como la diabetes, frente a una patología mental como puede ser la bipolaridad o la esquizofrenia, crónicas también. Así como las enfermedades físicas tienen su causa en el desajuste de los procesos fisiológicos (por ejemplo, en el caso de la diabetes debido a un fallo en el páncreas), las enfermedades mentales se deben a un desequilibrio de sustancias químicas que gobiernan el cerebro. Los dos tipos de patologías se pueden controlar con medicamentos. Sin embargo, las segundas nos resultan desagradables, peligrosas e, incluso en algunos casos, motivo de desdoro.

Existe un estigma social del que las enfermedades mentales no se pueden desprender. A nadie le importaría compartir la mesa con un amigo que te dice: “lo siento, no puedo tomar postre, porque soy diabético” o que antes de comer se tomara una pastilla para controlar el azúcar. Tampoco nos inmutaríamos frente al que debe tomar una dieta baja en sal por ser hipertenso o el que no puede comer grasas por tener alto el colesterol. Ahora pensemos en qué pasaría si el mismo amigo dijera justo antes de comenzar la comida: “¡Uff! Se me olvidaba, me tengo que tomar el litio para controlar la bipolaridad” o “antes de comer me voy a tomar el Prozac de la tarde”. Seguro que nuestra perspectiva hacia su circunstancia cobraría otro cariz. Quizá nos dejaríamos de sentir cómodos, como con las enfermedades físicas; ya no hablemos si el que se sienta a la mesa, en lugar de ser un bipolar o depresivo, es un esquizofrénico.

Sé de primera mano la existencia de personas que le cuesta trabajo reconocer que un familiar cercano sufre alguna de estas enfermedades. Prefieren ocultarlo, mirar a otro lado, pensar que se trata de un problema de actitud o algo que es pasajero y puntual (por muy repetitivas que sean sus conductas patológicas). Cualquier cosa antes de tener que afrontar que se está frente a una enfermedad mental. ¿Cómo ayudar al paciente entonces?

Estas patologías, bien diagnosticadas, se pueden controlar bastante bien. En el caso de la bipolaridad (enfermedad que me interesa en especial), por ejemplo, los episodios de depresión y de manía suelen ser más espaciados y menos agudos. Y pasa lo contrario cuando la enfermedad no es tratada: las depresiones y los periodos de exaltación suelen ser más intensos, más frecuentes y más duraderos.

Para tratarlos, al igual que pasa con enfermedades como la diabetes o la hipertensión, el paciente tendrá que seguir una serie de buenos hábitos si quiere mejorar. En el caso de las patologías mentales es fundamental seguir el tratamiento psiquiátrico, y es recomendable asistir a una psicoterapia. Poniendo de su parte el paciente y con la ayuda de los profesionales de la salud y los familiares o personas de apoyo es posible llevar una vida normal. Sin embargo, el primer paso es identificar las conductas patológicas, buscar un diagnóstico y afrontar que se tiene dicha enfermedad.

El problema se complica con los trastornos de la personalidad. Aquí no estamos hablando de enfermedades tratables. A una persona obsesiva compulsiva no se le puede medicar, porque no se trata de un desajuste químico-físico de su cerebro, sino de un rasgo de personalidad. Se le puede ayudar, pero cambiar su comportamiento es más complejo. La diferencia entre los trastornos de la personalidad y las enfermedades mentales también encuentran una distinción a nivel jurídico. Por esa razón, una persona que asesina a otra debido a un trastorno psicopático (o sea de personalidad) es llevado a la cárcel, mientras que el que mata a su madre porque creía que era un demonio cuando estaba en un episodio esquizoide se le interna en un hospital psiquiátrico. Hay enfermedades mentales que son relativamente parecidas a trastornos de la personalidad. Tal es el caso de la bipolaridad y el trastorno de personalidad límite (border line), en el que un sujeto cambia de forma radical de un estado de euforia/alegría a otro de violencia/tristeza.

La cosa se complica cuando conocemos que estas dos situaciones no son excluyentes. Es decir, alguien puede tener un trastorno de personalidad o que su personalidad tienda hacia ese trastorno y además contar con una enfermedad mental. En los dos casos, aunque yo me inclino a hacerlo más en los segundos, se debe sentir cierta compasión por los que sufren estos trastornos/enfermedades que no les permiten llevar una vida normal. Digo que me inclino más a sentir esta protección o voluntad de cuidado con las personas que sufren enfermedades mentales, porque no pueden controlarlo. La realidad que ellos ven y viven está distorsionada. En el trastorno de personalidad límite (o en la psicopatía)  no hay una distorsión cognitiva. A veces se comportan como personas eufóricas, con episodios de felicidad excesiva (e incluso explosiva), pasando rápidamente a la violencia, al llanto, etc.

¿Cómo distinguir unos de otros? Acudiendo a un profesional. Pero, sobre todo, teniendo la voluntad de ayudar a esa persona cercana que ya no puede ayudarse a sí misma. Espero que con el tiempo el estigma que tienen estas enfermedades se reduzca. De esta forma las podremos detectar  con mayor efectividad y prontitud, así como cuidar mejor de los sujetos  que las padecen y, por tanto, no abandonarlos o excluirlos.

 R.III

 

Post scriptum: espero tratar en otra entrada varios temas. En especial el hecho de que proveer cuidados a personas con bipolaridad o trastorno límite de personalidad, no exenta (e incluso es fundamental hacerlo) el ponerles límites para que no se hagan daño a ellos mismos o a las personas que les rodean.

 

 

Espiral descendiente

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También puedes saber mi opinión Sobre el amor o aquello que llamamos amor.

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© R.III


Galería de retazos

Querido lector,

Quiero aprovechar esta ocasión para presentarle esta pequeña galería de retazos; una colección de imágenes con reflexiones aparecidas en Cuando el hoy comienza a ser ayer,  fragmentos de poemarios o cuentos de compendios inéditos. No se corte, si alguna le gusta, llévesela sin dudarlo. Basta pinchar sobre aquella que le guste, presionar sobre el botón derecho de su ratón y dar al “guardar como”.

Espero que estas imágenes, de las que habrá más, puedan volar y llegar a más personas. No habría nada que me causara más placer.

 

Gracias,

R.III

 

El silencio del retorno

El silencio del Retorno

La psicópata

La psicópata

Creador de mundos

Creador de mundos

(Un gran salto para Gorsky)

El ostracismo de los reyes magos

El ostracismo de los Reyes Magos

(publicado también en Revista Tarántula)

 

Pedazos del ser

Pedazos del ser

Reflexiones sobre el Universo

Reflexiones sobre el universo

 

Tu Imagen

Tu imagen

P.s.- No nos engañemos; no soy diseñador y eso se nota. Cualquier amable lector que sepa un poco más de esta disciplina y que quiera ofrecerse a darle más vida, o digamos, una mejor vida estética a estos retazos su ayuda sería muy apreciada.

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©R.III

 

 

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Decisiones

“Que la vida iba en serio

uno lo empieza a

comprender más tarde […]”

Jaime Gil de Biedma, No volveré a ser joven (fragmento)

 

Me gustan las tareas mecánicas, porque te permiten pensar. Por eso nunca me ha molestado que, en el reparto de las tareas de casa, me toque lavar los platos o aspirar el polvo. Incluso, en aquella época en la que tuve un jardín, pese lo arduo que resultaba a veces, disfrutaba cortando el césped. Durante un par de horas, a veces tres (dependiendo lo crecido que estuviera) echaba a volar mi imaginación y encontraba momentos liberadores. Se trata de conseguir un rato a solas con mis pensamientos y, ya de paso, despachar alguna de esas ineludibles faenas de la vida cotidiana.

En este sentido, conducir en carretera me resulta igual de placentero. Algunos de los problemas (o llamémosles inconvenientes, para no sobredimensionarlos)  con los que me he encontrado en los últimos años les he dado solución, o cuanto menos me he permitido verlos desde otra perspectiva, a lo largo de algún trayecto. Ir conduciendo, mientras escucho música, con un paisaje agradable y con los demás miembros del coche dormidos siempre ha sido inspirador. Y fue al volante, con rumbo a un apreciado destino, cuando se me ocurrió tomar esta decisión.

Llevo ya muchos años escribiendo y eso me ha permitido contar ya con algunos libros preparados, pero hasta la fecha no he conseguido que alguien apueste por ellos; no lo suficiente como para querer publicarlos. He invertido mucho tiempo poniéndome en contacto con editoriales, agentes literarios, etc., pero lo mejor que he obtenido han sido unas gentiles negativas. Dos editores han mostrado interés y, de palabra, me han asegurado que publicarían El anecdotario de un Breaking up, pero lo cierto es que después de un gran intercambio de correos, la empresa nunca se ha llevado a cabo. Supongo que en el fondo nunca estuvieron convencidos.

Ver tu nombre en un libro es el sueño de todo escritor inédito, sin embargo, en mi caso nunca he tenido prisa en publicar. Siempre he guardado la ingenua esperanza de que tarde o temprano lo conseguiría; por ello no he sucumbido a la autoedición y tampoco he querido tirar de contactos (lo cual me parece poner en un compromiso a queridos amigos a quienes quiero conservar como tal). Por fortuna todavía no cuento con esa imperiosa necesidad de ver mi nombre grabado en alguna portada, pero sí que estoy muy cansado de seguir invirtiendo tiempo a la caza y captura de una editorial que me resulte conveniente (porque también es cierto que no aceptaría cualquier tipo de contrato). Así que he tomado una decisión importante que quizá sentencie mi futuro como escritor.

He pensado que voy a comenzar a compartir los textos que tenía reservados para una editorial, a través de mi blog o quizá por otro medio gratuito. Prefiero que salgan a la luz a que mueran en un cajón. Y sobre todo, eso me va a permitir seguir escribiendo, pues en lugar de dedicar tiempo tras la pista de un mecenas, creo que podré invertirlo en lo creativo y en el trabajar aquellos textos que necesitan ese empujón para poder darlos por terminados. Sé que no me voy a ganar la vida como escritor, pero con poder mantener esta afición me puedo dar por bien servido. Y si los azares del destino me apartan de las letras, cuanto menos me quedarán esas tareas mecánicas que me permitan reflexionar.

En sintonía con lo dicho, aquí va un pequeñísimo adelanto de un poemario sobre el amor efímero que pronto verá la luz.

ǁAmor efímeroǁ

Busco conservar(te)
cierro los ojos
y atrapo tu mirada
a cada repetición la imagen muta
busco tu permanencia

¿sólo hay vacío?
¿un hueco en mi interior?
la inefable certeza de lo efímero

***

Las emociones no desaparecen
las alojamos escondidas
en nuestro cuerpo

Te engañas en todo
creías [decías] que mi mirada
te devolvía tan sólo
el reflejo de tu deseo

¿cómo lo consigues?
tus ojos como llamas
tus incisivas palabras
mi deseo y mi culpa

deja que lo efímero triunfe por una vez

***

Escapaste a lo efímero
te felicito, amiga

lo inacabado
la promesa del deseo
nuestra [no] historia
jamás sucumbirá

no tiene los días contados
ni fecha de caducidad

vivirá ajena a la monotonía
sorteando el rastrojo
de lo perecedero

pero esta punzada de vacío
este sin vivir que no mata
dime, amiga
¿permanecerá?

 

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esa calle
esa canción
esa foto
se hacen añicos
y se empoza más
el charco de tu ausencia

R.III

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Si te ha gustado esta entrada prueba con Contrastes.

 

Si quieres puedes dejar algún comentario al final.

 

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©R.III


Mi mundo de ayer

No es una regla de oro, pero las inquietudes literarias suelen acuñarse a una temprana edad. Por lo general vienen acompañadas de muchas lecturas, aunque más importante aún es el hecho de que están ligadas a una serie de amistades que también cultivan ese amor por las letras. No me imagino haber emprendido la trayectoria de la literatura —ya sea como profesor de esta disciplina, ya como amago de escritor— si no me hubieran encaminado por esta senda algunos de mis reseñables amigos. Pienso en este detalle a colación de la lectura que estoy haciendo de El mundo de ayer, de Stefan Zweig. Una preciosa autobiografía que escribió este autor austriaco justo antes de quitarse la vida (junto con su esposa) en 1942[1]. No creo que exista un mejor legado para hacer a este mundo que dejar un texto de estas dimensiones. Un libro que debería ser obligatorio en los colegios para enseñar grandes valores: la tolerancia, el esfuerzo, la búsqueda de la belleza, la defensa de la paz, la amistad incondicional… Todavía no termino de leerlo y ya sé que va a ser uno de mis libros favoritos.

Volviendo al tema de esta columna quería rescatar algunas de las líneas que Zweig escribe sobre su iniciación literaria. Para empezar, recuerda en su libro, con mal sabor de boca, el tipo de enseñanza que recibió en su niñez. Clases aburridas en las que el profesor era una figura atemorizadora y el saber una obligación tediosa. Por fortuna, conforme fue creciendo también fue obteniendo un poco más de libertad. A ello se aunó la suerte de encontrarse con un grupo de amigos del instituto que tenían las mismas inclinaciones que él; un gusto desenfrenado por la lectura:

“[…] Y sobre todo, leíamos, leíamos todo lo que nos caía en las manos. Sacábamos libros de todas las bibliotecas públicas y unos a otros, nos dejábamos prestados los hallazgos que conseguíamos encontrar. Pero la mejor academia, el lugar donde mejor se informaba uno de todas las novedades era el café.”

Lo vivido por Zweig no es exclusivo de su época. Una cafetería es el lugar de encuentro por excelencia para el joven (y no tan joven) literato. Un sitio propenso para las tertulias con los amigos o la lectura individual. Quien dedique su vida a la escritura, casi podría asegurarlo, afirmará que ha invertido muchas horas de su vida reuniéndose con colegas en estos lugares para comentar aquellas obras que le han apasionado, para trabajar algún texto suyo o de alguno de sus compañeros, o tan sólo para deleitarse con el libro de turno. Es el entorno donde comienzan a gestarse los andares del escritor. Zweig nos abre una ventana para mostrarnos cómo era en su tiempo el café:

“Para comprenderlo hay que saber que el café vienés es una institución muy especial, incomparable con ninguna otra a lo largo y ancho del mundo. Se trata, de hecho, de una especie de club democrático, abierto a todo aquel que quiera tomarse una taza de café a un buen precio y donde, pagando esta pequeña contribución, cualquier cliente puede permanecer horas, charlando, escribiendo, jugando a cartas […] y, sobre todo, consumir una cantidad ilimitada de periódicos y revistas”.

Este café vienés permitía al público un acceso a periódicos de todo el imperio alemán y de otras nacionalidades. Sin olvidar la disposición, según Zweig, de las revistas literarias más importantes del mundo:

“Pasábamos ahí horas enteras cada día y no había nada que se nos escapase, pues gracias a la comunión de intereses, seguíamos de cerca el orbis pictus de los acontecimientos culturales no con dos, sino con veinte o cuarenta ojos; lo que a uno se le pasaba por alto lo retenía el otro, y como la arrogancia infantil y una ambición casi deportiva nos impulsábamos a superarnos en el conocimiento de las últimas novedades […]”

Conocieron así a Nietzsche o a Kierkegaard, cuando apenas se comenzaba a hablar de ellos. También leyeron a Rainer Maria Rilke (que más tarde se convertiría en amigo de Zweig) o a Balzac, entre muchos otros. Puedo imaginarme de forma nítida a ese grupo de jóvenes charlando con pasíón sobre estos personajes. Y si lo puedo hacer es porque lo he vivido. Sé que puede resultar ingenuo (incluso patético), pero a lo largo de este capítulo de El mundo de ayer no podía dejar de verme reflejado en las vivencias del grupo de amigos de Zweig; salvando las grandes distancias que separan al genio del profano.

Hay que cambiar el contexto romántico de la Viena de finales del siglo XIX, por las contaminadas inmediaciones de la Ciudad de México a finales del XX. También habría de sustituir esos cafés refinados de la capital austriaca, por la popular cadena de cafeterías Samborns. Sin embargo, yo también tuve la suerte de conocer a un grupo de amigos que me incentivaron a abrir la mente. El entorno de Zweig era distinto al nuestro, pero las inquietudes y las ansias de mejorarnos unos a otros eran muy similares, si no es que idénticas. Las charlas versaban de Freud, Nietzsche, Fromm, Wittgenstein, Marx, pero también de Hesse, Hamsun, Saramago, Vargas Llosa, Benedetti. Pasábamos de un tema a otro en una vorágine inexorable de citas, apuntes, comentarios. Unos chavitos que tenían la pueril idea de dominar el saber, que intentaban resolver el mundo desde la pequeñísima ojeada que habían echado a un puñado de autores. Todavía recuerdo cuando Emilio, uno de estos amigos, se refirió a nosotros como “intelectuales”. Me hizo gracia, y todavía me lo sigue haciendo, pero supongo que eso éramos. Porque un intelectual no es otra cosa que una persona que ama el saber y desde entonces ya lo amábamos; como amamos a la literatura, al arte o a una mujer.

Así también comenzamos a escribir. Intentábamos plasmar nosotros lo que veíamos en esos grandes autores que nos fascinaba. Perseguíamos un estilo auténtico y conseguíamos textos llenos de artificios, pero que en ese momento nos parecían originales. Nos leíamos esas intentonas literarias y las comentábamos. Muchas de ellas las publicábamos en el periódico universitario, pero éramos nosotros nuestros mayores críticos. No dejábamos pasar los errores cometidos de nuestros compañeros y ellos no pasaban inadvertidos los nuestros. Algo parecido a lo que comenta Zweig: “Mientras los buenos de nuestros profesores inocentemente seguían marcando con tinta roja las comas que nos faltaban en las redacciones escolares, nosotros nos dedicábamos a ejercer otro tipo de crítica.” Se refiere a una mucho más severa y meticulosa, donde se jugaba algo más que una nota; el honor. Es decir, la admiración o la ignominia durante aquella tarde de café.

Echo de menos aquellas largas jornadas de intensa charla. Al igual que la Viena que describe Zweig, en el Samborns con pagar un único café se podía permanecer horas. La vida era más sencilla y nuestros sueños eran grandes. Ahora la vida es compleja y mis ambiciones modestas: la lectura de un buen libro, un poema, escribir algunas líneas de vez en vez y echar la vista atrás con la melancolía que causa la impronta de haber vivido buenos tiempos.

R.III

Dedicado a Oscar y a Emilio.

 

 

[1] Debió llevarle años escribir este libro, pero esperó a terminarlo antes de quitarse la vida.

 

 

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El tiempo corta las alas al amor. Lambert Sustris (Museo del tiempo Besanzón, Francia)

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O también puedes visitar algunas Reflexiones sobre el universo.

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Neigborhood # 1 (tunnels)

Una de mis canciones preferidas es la de Neigborhood # 1 (tunnels) de Arcade Fire. Una muestra de la dimensión épica que caracteriza a la banda. Perteneciente a su primer álbum, cuando apenas unos pocos conocíamos esta agrupación, esta pieza ya dejaba constancia de toda la fuerza narrativa y musical que podían brindar. Llevo tiempo queriendo compartir lo que pienso de su letra, pero últimamente tengo la sensación que no encuentro en mi entorno gente con la que pueda charlar sobre música (ya no se diga de poesía). ¡Ah! aquellos viejos tiempos de juventud, cuando todo era tan sencillo y parecía que en cada rincón se escondían personas con espíritus abiertos y gustos comunes a los de uno. Por esta razón, hoy compartiré estas líneas con aquél amable lector que haya dado con este Cuando el hoy comienza a ser ayer y quizá después me sienta un poco más aliviado.

Neigborhood # 1 (tunnels)

And if the snow buries my,
my neighbourhood.

[y si la nieve cubriera

mi barrio]

No se cataloga de épica sólo por capricho conceptual, sino porque esta canción habla de la lucha del hombre contra las inclemencias (ya sean del tiempo, sentimentales o de supervivencia en general). Así empieza la canción, contándonos con tan sólo dos frases que una ventisca termina por cubrir de nieve todo un barrio[1]. ¿Qué pasaría si un fenómeno natural de estas dimensiones terminara por sepultar la ciudad en la que vivimos? Hay que ponerse en situación. Pero no nos dejemos engañar, a la frase antecede un “sí” y ese “si” nos indica que todo lo que aquí nos van a contar no es más que un cuento. Algo irreal. Una lucha que llevaría a cabo si hiciera falta, pero que en realidad no parece probable tener librar.

And if my parents are crying
then I’ll dig a tunnel
from my window to yours,
yeah a tunnel from my window to yours.

[y si mis padres lloran

entonces cavaré un túnel

de mi ventana a la tuya

sí, un túnel de mi ventana a la tuya]

Con la pasividad no se consigue resolver los problemas. Así que mientras los padres de nuestro personaje se dejan vencer por la desesperanza, él decide no sólo buscar una salida, sino crearla. No es una conducta azarosa. Ya desde estas primeras líneas sabemos que la motivación de sus esfuerzos se encuentra esperándolo al otro lado del túnel. Una mujer (o debería decir “la mujer”) a quien canta esta canción y que le espera en su habitación mirando a la ventana.

You climb out the chimney
and meet me in the middle,
the middle of the town.

[Trepa por la chimenea

y encuéntrame en la mitad

en la mitad el pueblo]

Ya vemos que no se trata ella de un agente pasivo como los padres del nuestro personaje. Nada de eso. Ella es capaz de subir por la chimenea, abandonar también la posible pasividad de sus propios padres y encontrarse con él en algún lugar del pueblo.

And since there’s no one else around,
we let our hair grow long
and forget all we used to know,
then our skin gets thicker
from living out in the snow.

[Y ya que no hay nadie más

dejaremos que nuestro pelo crezca largo

y olvidaremos todo lo que solíamos saber

y luego nuestra piel engrosará

por vivir ahí afuera en la nieve]

Esta parte es genial, porque sin haber siquiera terminado la primera estrofa y en breves líneas nos sintetizan todo una historia de vida. Nuestros héroes consiguieron encontrarse. No sólo eso, fueron los únicos supervivientes a la ventisca. Tuvieron que aprender a sobrevivir en ese paraje ahora cubierto de nieve. Años tuvieron que pasar, para que todo lo que fueron quedara en el olvido. Años para que su piel se acostumbrara a la intemperie.

Me salto el coro cuya interpretación me sigue resultando enigmática y que, además, trataré al final.

Then we tried to name our babies,
but we forgot all the names that,
the names we used to know.

[Entonces tratamos de nombrar a nuestros bebés,

pero hemos olvidado todos los nombre que,

los nombres que sabíamos]

Ahí están ellos después de años en la más vasta soledad. Años antes de decidirse a tener hijos. Tantos que al tenernos no son capaces de recordar aquellos nombres comunes. ¿Recordarían los suyos? ¿Harían falta si no existiera nadie más en la faz de la tierra?

But sometimes, we remember our bedrooms,
and our parent’s bedrooms,
and the bedrooms of our friends.
Then we think of our parents,
well whatever happened to them?

[Pero algunas veces, recordamos nuestras habitaciones

y las habitaciones de nuestros padres

y las habitaciones de nuestros amigos

entonces pensamos en nuestros padres

y del qué habrá sido de ellos]

Esta parte también me conmueve. Aunque es la historia de dos luchadores, también se muestra su lado humano. Ellos prefirieron luchar por vivir, por permanecer juntos, pero en el fondo siguen siendo esos dos jovencitos, quizá niños, que vivían con sus padres; que los querían y los necesitaban. Entre la nieve se sienten felices de seguir juntos y vivos, pero echan de menos su pasado.

Viene el coro de nuevo con un agregado (y aquí quizá necesito ayuda en la traducción):

You change all the lead
sleepin’ in my head to gold,
as the day grows dim,
I hear you sing a golden hymn,
the song I’ve been trying to sing.

[Cambias toda tu dirección¿?

mientras duermes en mi cabeza hasta brillar

mientras que el día termina

te escucho cantar tu himno dorado

la canción que trataba de cantar.]

Purify the colours, purify my mind.
Purify the colours, purify my mind,
and spread the ashes of the colours
Over this heart of mine!

[Purifica los colores, purifica mi mente

purifica los colores, purifica mi mente

y esparce las cenizas de los colores

sobre mi corazón.]

No puedo asegurarlo, porque esta parte de la canción me resulta oscura. Creo que al final de la jornada ella muere. Sigue con él, pero ya no como persona, sino como una canción. Una tonada que le acompaña aunque ya en los años apenas la recuerda. Una pieza musical con la que está dispuesto a despedirse de este mundo también.

Es una canción tan cinematográfica que desde la primera vez que la escuché pude ver a cada uno de los personajes de forma nítida en mi mente. Aunque he de confesar que nunca he sido capaz, aunque he querido, de ponerme a mí como uno de los protagonistas en ese mundo imaginado. Creo que se debe a que no sabría vivir una vida épica; a veces me siento como los padres que lloraban con pasividad la llegada de la ventisca. En cambio me resultaba sencillo poner a mi propio hijo saliendo de la ventana en busca de su amada. Realmente espero que tenga las herramientas para sobrevivir en esa vastedad.

 

R.III

 

[1] La obsesión de la banda hacia los suburbios es interesante; una mezcla de amor y odio hacia esos espacios habitacionales en los que se puede configurar una vida (amigos, familia, etc.) y la niñez crea un arraigo a un espacio geográfico más bien anodino. Un sitio donde no hay en realidad nada reseñable.

 

 

Diapositiva1

Imagen extraído del vídeo Neigborhood # 1 (tunnels) de Arcade Fire

 

 

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