Consejos para (no) ligar

Mi pasión por la poesía es proporcional a mi incapacidad para ligar. De hecho, esta pasión surge como punto de apoyo de todas las aventuras eróticas que he emprendido. Desde muy joven interioricé la creencia (claramente infundada, ¿pero cuántas creencias no lo son?) de que a las mujeres les gusta la poesía, los poetas o cuanto menos los escritores. Así que me di a la tarea de adentrarme en las lecturas de este género y con el tiempo, y un poco más de osadía, incursionar en la creación poética (y patética).

Conforme fui creciendo pude comprobar que la poesía se volvía una especie de ancla sin la que no me hubiera podido agenciar los favores de mis (pocas) amantes. Seamos sinceros, para que yo conquistara a alguien no me iba a ser de mucha ayuda mi aspecto físico, ni qué decir de mi “talento” con el baile (con esos dos pies izquierdos) o de la supuesta facilidad de palabra que poseo (carente de inventiva frente al sexo femenino; sobre todo del que me resulta atractivo). Tanto es así, que he de confesar, no sin vergüenza, que nunca en mis 37 años de existencia he ligado en un bar o discoteca. No sé lo que significa eso de conocer a alguien en medio de la noche y terminar en su cama.

Por esta razón, para mí el enamoramiento está predestinado a la lenta tarea de la conquista poética. Se trata de ganarse el alma de la amada a través de una variada colección de versos. Es cierto que el tedio de esta labor siempre termina disuadiendo a alguna, pero unas pocas terminaron dejándose llevar. He de agradecer a unos cuantos poetas que siempre han estado presentes en mis hazañas amorosas. Aquí les rindo un pequeñísimo homenaje a Bendetti, Sabines y Neruda.

 

 

Mario Benedetti

 

Cómo confesarle a una mujer tus intenciones de manera sutil; cómo expresar un sentimiento que no dé lugar a la temible evasiva. La respuesta la da el poeta uruguayo con su poema Hagamos un trato. Un poema que sugiere, pero que no delata; porque qué quiere decir exactamente “contar conmigo” o “querer contar con usted”. Expresiones que lo pueden significar todo y nada a la vez. Se puede tratar de una petición de amor o de una simple garantía de lealtad entre amigos. De esta manera, se convierte en un arma para poder tantear a la persona añorada:

Compañera
usted sabe
puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo

[…]

pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted

es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.

 

Jaime Sabines

 

¡Qué hubiera sido de mí sin esos dos versos que han conseguido suspiros en todas mis pretendientes! Porque yo creo no ha habido una sola mujer con la que haya tenido alguna historia que no los haya escuchado. Este poema hay que usarlo cuando uno ya sabe que existe un interés por parte de la otra persona. Se trata de unas líneas que expresan que por encima de lo azaroso del tiempo, la historia de amor (“nuestra historia”) puede funcionar.

 

Debí haberte conocido diez años antes o diez años después

pero te encontré a tiempo 

 

 

 

Pablo Neruda

 

Su libro 20 poemas de amor y una canción desesperada es una fuente exquisita de versos para enamorar: “Me gusta cuando callas porque estás como ausente // y me oyes desde lejos y mi voz no te toca //parece que los ojos se te hubieran volado // y parece que un beso te cerrara la boca”. Pero a mí Neruda me ayudó a asirme, un exiguo momento más, a la inexorable partida del amor efímero. Hablo en especial de mi primera novia (JIM), cuando ya todo se veía perdido, yo reemprendía esfuerzos y recuerdo haberle hecho llegar una carta con esos versos desgarradores del poema 20. No me importaba que se quedara conmigo por lástima, pero no quería perderla.

 

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,  
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo. 

 

Claro que la perdí, pero vinieron otras mujeres y nuevas poesías. No echaré a perder el encanto de esta entrada con las bajezas que salieron de mi puño y letra. Pero la poesía siempre me acompañó en el lance amoroso. ¿Que por qué cuento esto? ¿Que es tirar piedras sobre mi propio tejado? ¿O que, al hacerlo, me quedo sin armas para próximas andanzas amorosas? Nada de eso. En estos años he aprendido que las mujeres que han terminado conmigo no me querían por la poesía. Aguantaron estoicamente el parsimonioso flirteo, pero en realidad esperaban algo más sencillo. Que les mirara a los ojos y les besara. ¿Hay una receta más sencilla en el amor? Ahora sé que no.

Pero yo era cobarde y temía el rechazo. Quería estar seguro de que ellas me querrían y creía que con la poesía lo conseguiría. Ahora con la perspectiva de los años me hace gracia. Cuántas de ellas se conformaron en silencio a que la despedida nocturna la diera Sabines o Neruda en lugar de ser yo mismo. Cuántas no hubieran lanzado el libro que llevaba entre las manos al río más próximo para yacer en el verdadero amor; aquel en el que sobran las palabras poéticas.

Y si no pregúntenselo a mi mujer. Ya no me atrevo a ir corriendo a ella a declamarle la última poesía que he escrito. En esta casa ya no hay lugar para un verso más. Los agoté todos a lo largo de nuestro romance, pero qué diablos, estamos juntos y eso es lo importante.

R.III

 

 

 

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar Inspiración poética

Para reírte un poco: Aventuras bibliotecarias.

 

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Sobre la hospitalidad

Decir que la sociedad actual está en un periodo de crisis no necesita mucha justificación. Se extiende con rapidez esa ideología que enaltece los nacionalismos, señala al extranjero, culpa al inmigrante, atenta contra el refugiado y promueve el levantamiento de muros o vallas con la idea de reforzar las fronteras. Los discursos de xenofobia se hacen más crudos y el velo de vergüenza que antes les ocultaba parece que ha desaparecido. Es como si ya no fuera motivo de bochorno las peroratas que promovían la desigualdad. Se acepta que la injusticia social es parte de un orden natural del mundo, así como lo es la idea de pertenencia y defensa de la tierra. La época entusiasta después de las dos guerras mundiales del siglo XX, que se sostenía en los derechos humanos, en definitiva ha perdido ímpetu.

El planeta está cada vez más polarizado, sin embargo esto no fue siempre así. Porque, aunque parece cosa del pasado, el valor de la hospitalidad llegó a brillar con esplendor. Así es, hubo una lejana época en la que los forasteros bienaventurados o aquellos, que tras la vicisitud de algún terrible incidente, eran bien recibidos en aquellas tierras a las que arribaban. Para echar un vistazo a este período hay que remontarse unos dos mil ochocientos años atrás y rememorar una de las aventuras más conocidas de la literatura universal. Tal vez, después de revisarla se pueda ver en la Antigua Grecia, y el mundo conocido hasta entonces, un sitio magnánimo a la hora de recibir a los extranjeros. Se trata, claro, de los cantos de Homero en La Odisea.

A lo largo de esta obra se puede apreciar la cortesía que tenían los naturales de una región cuando alguna persona llegaba a su hogar. Al extranjero no se le pedían cuentas de su procedencia y ni siquiera de su nombre. Primero se buscaba que descansara, comiera y bebiera hasta quedar satisfecho. Ya una vez complacido se podía charlar con él para averiguar quién era, de dónde venía y cuáles eran las razones por las que había llegado a esa tierra. En La Odisea existen muchos ejemplos del acogimiento de la época hacia los viajeros avenidos a las tierras patrias que se expresan a través de fórmulas con ligeras variaciones. Uno de ellos es cuando Telémaco, hijo de Odiseo, intenta acoger a Atenea quien se hace pasar por Mentes, caudillo de los zafios. Cuando Telémaco se encuentra con él, sin titubear, le dice lo siguiente: “Bienvenido, forastero, serás agasajado en mi casa. Luego que hayas probado el banquete, dirás qué precisas”.

Cabe especificar que los recibimientos no sólo se hacían entre la nobleza griega. No se tenía que llegar siempre a un palacio, ni tenían que llevarse ropas finas y llamativas para ser bien acogido. Odiseo llega a Ítaca disfrazado, gracias al poder de Atenea, de un viejo mendigo y es acogido por su siervo, el porquero Eumeo, sin éste saber que era a su amo a quien recibía. Eumeo es pobre y lo único que puede ofrecerle a Odiseo es la carne de los cerdos que cuida para su dueño y de los que tiene control; pero aún así no duda en ningún momento en darle la bienvenida: “Pero sígueme, vayamos a mi cabaña, anciano, para que también tú sacies el apetito de comer y beber y me digas de dónde eres y cuántas penas has tenido que sufrir”. Una vez que su huésped se encuentra saciado es cuando Eumeo se atreve a preguntarle su procedencia. Al igual que con los recibimientos, esta indagación se hace a través de fórmulas que durante todo el canto se repiten: “Vamos, cuéntame ahora, anciano, tus propias desgracias y dime con verdad para que yo lo sepa: ¿quién y de dónde eres entre los hombres? ¿Dónde se encuentra tu ciudad y tus hombres? ¿Cómo te han traído hasta Ítaca los marineros y quiénes se preciaban de ser? Porque no creo que hayas llegado hasta aquí a pie”.

Estos modelos de recibimiento son habituales en los cerca de quince mil versos que tiene el canto de Homero. Pero ¿por qué eran tan hospitalarios? Si buscamos la explicación en la literatura, la esencia de su cobijo se debe a tres razones principales. La primera es que muchos son los aventureros que solían recibir un exquisito acogimiento como huéspedes y, al volver a su casa, sentían un compromiso (de honor) en devolver estas atenciones. Un ejemplo es cuando Néstor increpa a Eteoneo, porque éste último duda si es menester dar un buen acogimiento al forastero (Telémaco) que acaba de llegar a su tierra (Macedonia): “Antes no eras tan simple, Eteoneo, hijo de Boeto, mas ahora dices sandeces como un niño. También nosotros llegamos aquí los dos, después de comer por mor de la hospitalidad de otros hombres”.

Otra de las razones es que era un gran honor recibir a extranjeros; una obra que sería considerada por los dioses: “Todos los huéspedes y mendigos proceden de Zeus, y para ellos una dádiva pequeña es querida”. El cristianismo también llegó a adoptar esta tradición y de ahí que el valor de la hospitalidad cobrara especial importancia durante la Edad Media. De ahí proviene el término “hospital” y “hospicio” y en esta época se construyeron los primeros hospitales que dieron cuidado a pobres y enfermos.

Por último, dentro de la mitología griega los dioses suelen bajar del Olimpo disfrazados de hombres, guerreros, mendigos o niños. Una persona no sabía cuando acogía a un hombre común o a un dios. Era su responsabilidad no ofender ni a uno ni a otro. Pero no sería extraño que se cuidaran especialmente de no tratar mal a una deidad.

En la actualidad las cosas son muy diferentes: se presencia una estigmatización del inmigrante y del refugiado culpabilizándole de problemas socio-económicos estructurales (cuando el fenómeno es justo el inverso). Las sociedades contemporáneas, por otro lado, olvidan rápido que generaciones pasadas fueron también inmigrantes o refugiados. Se asume que esas guerras y desgracias pasan en otros confines del mundo, sin pensar que tan sólo el siglo pasado mostró la inclemencia que episodios bélicos en este mismo confín. Se ve en los refugiados a personas ajenas, cuando cualquiera podría estar en una situación similar dados los azarosos designios políticos, económicos y bélicos que pueden hacer cambiar la suerte de los pueblos en breves periodos de tiempo.

Quizá sólo se trata de la pérdida del honor que alguna vez ostentaron los antiguos griegos. Por lo menos, gracias a Homero, quedaron inmortalizadas las buenas costumbres. Habrá que confiar en la evolución ética de la humanidad que quizá pueda recuperar estas buenas prácticas. En fin, que no muera la esperanza de volver a ver en el forastero al honorable aventurero que puede enseñar cosas que se desconocían o a recordar aquellas que no estaban ya presentes. Ahora más que nunca el valor de la hospitalidad debería inundar el corazón de las personas y así volver a ver el día de acoger, para ser acogido.

R.III

Las ideas principales de esta entrada aparecen en un artículo que publiqué en Literarias. Escritores de Asturias hace unos años.

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar El mundo es un barco: la triste historia de Aylan

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El fin del mundo como lo conocemos

 

La victoria de Trump confirma lo polarizado que está nuestro mundo en la actualidad. Por un lado, tenemos a individuos que crean o apoyan discursos xenófobos y extremistas. Personas que están dispuestas a seguir levantando muros para evitar la entrada de inmigrantes o refugiados en sus poblaciones. Voces que consideran que uno de los grandes problemas con los que cuentan se debe justo a la llegada y aceptación de estos extranjeros.  Muchos incluso creen, aunque les cueste más trabajo admitirlo a viva voz, que la limpieza étnica favorecería sus vidas. Este discurso se sostiene bajo una clara idea de desigualdad, pues aquello que es propio tiene valor, mientras que lo foráneo, lo diferente, “el otro” y todo lo que esté fuera del grupo carece de él. Y por supuesto que también cabe el rechazo a la homosexualidad, al rol equitativo de la mujer, a otras religiones, etc.

En el otro extremo del polo encontramos historias como la del barco Astral que pertenecía a Livio Lo Monaco, un magnate fabricante de colchones, y que ahora es usado por la ONG Proactiva Open Arms para rescatar inmigrantes y refugiados en el Mediterráneo. Lo Monaco decidió donar su lujoso yate para salvar las vidas de miles de personas que se lanzan al mar con la esperanza de entrar en Europa. Los militantes de Proactiva Open Arms, por su parte, emplean (y arriesgan) sus vidas en el mar para ayudar de manera directa a que esos inmigrantes no sucumban en su osado intento. Simplemente consideran que no se les puede abandonar a su suerte. Sin embargo, no son los únicos que dedican sus vidas, ya sean en el terreno de batalla o a la distancia, para paliar muchos de los problemas que acosan el globo: pobreza, hambre, guerras, etc. Ya sea como activistas, manifestantes o colaboradores hay muchos interesados en cumplir esa vieja utopía conocida como justicia social.

Estos dos polos conviven en nuestra sociedad contemporánea. Cada vez más personas se unen a uno de ellos, aunque todavía muchos prefieren seguir adelante sin pertenecer a ninguno de forma abierta. Lo más preocupante es que hay algo que une a estas dos posturas extremas. Ambas partes consideran que el sistema que están viviendo falla de forma sustancial. Las razones para este pensamiento son muy diferentes, pero la conclusión es la misma: bajo este sistema político, económico y social no es posible seguir. Los políticos mienten, son corruptos y buscan su beneficio propio antes que el de sus ciudadanos. La economía está repartida de tal manera que sólo unos pocos se ven realmente beneficiados. La sociedad vive insatisfecha, pero sobre todo amordazada; atada de pies y manos y sólo puede conformarse con las decisiones de esos pocos que parecen controlarlo todo. Sí, los dos polos quieren lo mismo: la erradicación de ese sistema. Los manifestantes y activistas son tan antisistema como los votantes de Trump, Marine Le Pen, Geert Wilders, Boris Johnson y muchos otros.

Es casi seguro que al lector esta similitud le escueza. Por eso conviene reiterar que las razones que llevan a uno u otro polo a querer un cambio radical del sistema no son las mismas. Unos luchan por un mundo más igualitario en el que las fronteras y las diferencias entre los seres humanos vayan reduciéndose y den paso a la paz, la solidaridad y [de nuevo esa utopía] la justicia social. Los otros piensan en un beneficio más inmediato y ponderable: poder tener un trabajo, propiedades y hacer realidad ese sueño americano[1] (que, por otro lado, pertenece a todos los que viven bajo el neoliberalismo) y que, por el momento, ven lejos de alcanzar. En especial porque muchos de ellos lo vislumbran desde la cola del paro, con deudas y con unos servicios sociales precarios.

No se trata de ser pesimista, pero no es difícil anticipar que ha comenzado el fin de esta era. No es descabellada la idea de estar frente al fin de un periodo de paz que algunas generaciones del mundo occidental han tenido la suerte de disfrutar. La única escapatoria es que todos los que creen en el sistema político, económico, social actual trabajen por convencer a los dos polos de que es la mejor alternativa. Que convenzan a la gente de sus beneficios; pero ya no sólo con palabras, sino con hechos. Sin embargo, para ello habría que volver a confiar en esa calaña de políticos y empresarios que manejan los hilos del mentado sistemita. Esperar que por una vez en la vida hagan algo por sus ciudadanos y no por sus propios intereses. ¿Cómo se puede ser optimista bajo esta perspectiva?

R.III

 

[1] Algo que nada tiene que ver con el fenómeno de la inmigración, aunque ese discurso haya sido ampliamente asimilado.

 

 

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Si te ha gustado esta entrada puede ver: Poco más de siete años

O también una reflexión sobre inmigración en: El mundo es un barco.

 

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15 años en Madrid

Este octubre cumplí quince años viviendo en Madrid. Tengo 37; así que ése de entonces (que ya no es el mismo) llegó con tan sólo 22 añitos. Por tanto, aunque viví en México mi infancia, adolescencia y temprana juventud -que se suponen son muy importantes en la vida de toda persona-, creo que lo que me ha marcado de verdad vino después. Me refiero a esa etapa que llamamos “madurez” y que he alcanzado en España.

Y vaya que tuve que madurar, no estoy exagerando: a los dos años de vivir aquí ya estaba casado, un año más tarde tenía un hijo, poco menos de un lustro después me había separado. Durante estos quince años he tenido que trabajar repartiendo publicidad, de camarero, como dependiente de una tienda, de teleoperador, he sido becario de altos directivos en una empresa de electricidad, tocando puertas como comercial, supervisando contenidos en una ONG, de traductor, como responsable de alumnos extranjeros, a cargo de la gestión académica de un centro universitario, dando clases de inglés, literatura, escritura creativa, competencias profesionales, comunicación en ciencias de la salud y, más recientemente, de antropología de la salud. Tengo la esperanza de dar algún día clases de bioética, de ética “a secas” o de alguna materia de filosofía.

Entre medias he terminado dos carreras, una tesis doctoral, he conocido a mi actual pareja, he vivido en siete casas distintas con sus respectivas mudanzas, he leído un par de centenares de novelas, varias decenas de libros de filosofía y un porrón de artículos de los temas más eclécticos. Los seguidores de este blog saben algo de lo que escribo, pero hay mucho material inédito. El otro día calculaba que debo tener más de mil textos escritos (pero es que estoy contando mucha, mucha basura) y tres libros que parece que a nadie le interesan. Nunca sabré qué significa eso de especializarse en algo, porque he combatido en muchos frentes. Me gustaría decir que es porque disfruto con los distintos saberes, pero debo reconocer que es más porque la vida me ha ido imponiendo a cada paso objetivos de lo más variado. Me he reído mucho y también llorado. He intentado tomar las riendas de mi vida, pero muchas veces me he sentido perdido; queriendo volver a ser un niño a quien todo le es resuelto. He podido viajar por varios países y por muchos lugares de España, aunque siempre tengo la sensación de conocer muy poco mundo. He tenido la suerte de vivir unos de los años más difíciles de mi vida con un compañero de piso que pone en duda eso de que la mejor forma de vivir es con la persona a la que amas. He cosechado buenas amistades (algunas duraderas pese a la distancia) y conocido a mucha gente de lo más variopinto. No me he terminado el vino de este país, porque la producción en España es inabarcable. En cualquier caso es seguro que son muchas más las botellas que los libros leídos y los textos escritos “juntos”.

Algunas veces no puedo evitar pensar que al llegar a España creía de corazón que algún día podría cambiar el mundo y hoy tan sólo espero que el mundo no me cambie a mí (por parafrasear una de las frases finales de la película Noviembre). Quizá no alcance esos éxitos que alguna vez me planteé, pero me encuentro en paz. Y ya que mi vida está ligada a la literatura es justo medir estos quince años en letras. En este tiempo he escrito sobre el amor efímero y, sin embargo, he encontrado a la persona con quien quiero vivir toda mi vida. He tratado el tema de las injusticias del mundo, mientras que tengo la inmerecida suerte de escribir con la calefacción puesta desde mi propio despacho. He reflexionado sobre el ocaso de la amistad, cuando estoy rodeado de personas a las que quiero y admiro. Me he reído de muchas de las desventuras que me han hecho llorar. He filosofado sobre nuestra realidad, el lenguaje, el feminismo, la ética y hasta del universo, cuando apenas puedo poner orden a mi propia vida. He hecho catarsis de muchos temas que me han afligido en estos años, pero a la par he podido ver crecer a un hijo del que estoy orgulloso y de quien tanto aprendo.

Sí, me ha dado tiempo para mucho en mi estancia en Madrid. Tengo un trabajo que me permite seguir escribiendo, un Madrid que se abre a todo el mundo y cuyas calles seguiré recorriendo, tengo amigos, bares, unos kilos de más, ese niño maravilloso (definitivamente mi mejor obra), una pareja estable, una linda perrita y unos cuantos seguidores de este blog.¿Se puede pedir más?

Quizá seguir los pasos de Dylan y cuando la Academia Sueca me busque para darme el Nobel no contestar el teléfono. ¿Podría haber más satisfacción en la vida?

R.III

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El incomparable R.IV posando para Un gran salto para Gorsky

Post scríptum: Para hacer más redondo el acontecimiento acabo de descubrir que esta es la entrada número 200 de Cuando el hoy comienza a ser ayer. Gracias por acompañarme durante este viaje personal.

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¿Quieres conocer algunas de las entradas que aquí se mencionan? Te paso los enlaces:

El ocaso de la amistad

El mundo es un barco: la triste historia de Aylan. 

Reflexiones sobre el universo

El camino de Orteguita

Sobre el amor o eso que llamamos amor.

Reflexiones sobre el feminismo

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¿Quién rescató a quién?

Me gusta caminar y fijarme en la gente y los alrededores. Debido a este hábito ya me conozco a muchas de las personas que viven en mi barrio, aunque ellos quizá no hayan reparado en mí. Llevo ya varios meses viendo a una pareja que me gusta mucho, porque me transmiten una especie de estado “zen”. Ambos son jóvenes, pero no podría precisar más; tan sólo encasillarlos bajo el concepto de veinteañeros. No sé si tienen oficio ni beneficio, pero siempre que los encuentro en la calle andan con mucha parsimonia; pasean más que caminar. Van hablando con jovialidad de temas que quiero imaginar trascendentes, pero llevándolos a terrenos banales (como se debe hacer). Sonríen, se abrazan y, en pocas palabras, se les ve felices.

La parejita llamó mi atención, pero la razón no es debido a lo mencionado. Lo que atrapó mi interés fue que atrás de ellos viene siempre un perrito. Camina sin necesidad de correa a unos pocos pasos detrás de sus amos, pese a detenerse de vez en cuando a olfatear o dejar su rastro. Se ve que confían en esta disciplina, pues la pareja suele andar enfrascada en su diálogo; avanzan de la mano o abrazados sin siquiera echar un vistazo al perrito para asegurarse de que los sigue. Si entran a una tienda (donde suelo coincidir con ellos es en una de chinos) el perro sin recibir orden alguna (ni siquiera una mirada por parte de alguno de ellos) se queda a los pies de la puerta. Se sienta a esperar a que salgan sus amos y, cuando lo hacen, comienza a seguirlos de nuevo.

Me parece que son la imagen perfecta de la ataraxia. Cuando los veo pasar siento que el horizonte hacia donde avanzan está despejado y luminoso. Y cuando doy la vuelta sobre mis pasos me da la impresión de que el cielo se nubla y que sólo puedo esperar tormentas y oscuridad. Como se podrá imaginar el lector, a veces los veo y siento un poco de envidia. Pero ya sabemos que el amor es efímero (el que lo siga dudando que eche un vistazo a este artículo sobre el amor). Así que cuando los veo paseando de tan buen rollo, sólo siento alegría y un poco de compasión: pobres, lo que les queda por vivir. Lo fácil que es la vida cuando se es joven…

La envidia la siento por el perro. ¡Cómo diablos han sabido educarlo tan bien! Si alguien nos ve caminar con la Oli (nuestra perrita) podrían apreciar que no hay nada de zen, ni de armonía –y no me atrevo a volver a incluir la palabra ataraxia- en nuestro andar. Nada más lejos a la realidad. Cuando salimos a caminar, la Oli va tirando de nosotros olfateando árboles, personas y traseros de perros. Nosotros somos quienes la seguimos, si no debería decir, que somos literalmente remolcados por ella. Dejarla sin correa está fuera de toda cuestión, al menos que quisiéramos provocar una catástrofe vial. Por tanto, por más interesante que pueda ser nuestra conversación, ésta se ve constantemente interrumpida por los tirones caprichosos de Oli. También puede pasar que salte a ladrarle “con ferocidad” a algún perro pequeño que pase a su lado (con los grandes no se atreve, mira tú). El caso es que andar con ella es ir por caminos azarosos: ya sea porque ha encontrado algo apetecible que olfatear (no todo nos parecería apetecible a los humanos) o porque los otros caninos dan mucho juego. Así no hay quien pueda seguir el hilo de algún argumento; a las dos frases se pierden las ideas, se olvida el tema central o se convierte todo en un soliloquio pues la otra persona ya está a cien metros de distancia intentando frenar las inopinadas voliciones de la Oli.

Si nos paramos a comprar algo, uno tiene que esperar afuera con la perrita. Y si vas solo con ella, hay que atarla en corto al primer árbol que se encuentre, entrar como el rayo y esperar que durante nuestra ausencia nada se haya salido de madre.

Ya me ha pasado cruzarme con la linda pareja mientras salgo a “pasear” con la Oli. Los veo caminando despreocupados, con parsimonia, como si tuvieran todo el tiempo del mundo para disfrutar de la vida. De pronto un tirón me trae de nuevo a mi realidad y descubro que Oli ya se está comiendo algo que no tiene pinta de ser alimento o está olfateando una paloma muerta. Así es el mundo, algunas personas parecen estar uncidas por la divinidad y otros pertenecemos al sórdido mundo profano.

Encontrarse un cojín destrozado al volver al hogar, que te despierten a las 8,00 de la mañana un domingo o tener que haber comprado tres mandos para la televisión porque todos han sido parcialmente devorados no tiene comparación con las alegrías que brinda la condenada perra. Hay que ser justos: llegar a casa y que te esté esperando con un entusiasmo que no cesa con los años. Verla tumbada en su camita mientras tu estás viendo una película con palomitas (un poco como cuando después de estar todo el día en el parque cuando R.IV tenía cinco años y en la noche entrabas en su habitación y lo veías dormidito). El que se te caiga algo mientras cocinas o comes y ya no te preocupes por tener que levantarlo. Eso amigos… no lo cambio por ninguna veinteañera zen con un perro súper educado, aunque sea el mismísimo Lassie.

Y ya lo dejo, que la Oli ya no me deja escribir más, tengo que sacarla que algo le apremia y no deja de reclamar mi atención arañándome.

R.III

 

 

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Si te ha gustado esta entrada échate unas risas leyendo: Aventuras bibliotecarias

 

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Florida 18

Casi toda la gente que me conoce en persona sabe sobre mi pasión por el vino. Es muy probable que todos ellos hayan escuchado por qué considero que el vino es una bebida sagrada. No me lo saco de la manga, de hecho es parte de nuestra cultura popular. Se sabe que en las Bodas de Caná Jesús escogió transformar el agua en vino sobre cientos de otras posibilidades para poder seguir con el convivio. Era Jesús, pudo haber optado por cerveza, limonada o agua de horchata, incluso pudo haberse planteado patentar la Coca-cola. Y no se trata de limitaciones, pues la capacidad del milagro la tenía ya incorporada en su ADN y tampoco se trata de modas. Lo que pasó en dicha celebración es el resultado de una preferencia por aquello que debe trascender.

Antes Dionisos (para los Griegos) y más tarde Baco (para los romanos) —como dioses del vino— ya habían exaltado las virtudes trascendentales de este brebaje. ¡Qué buenas fiestas aquellas! Basta echar un vistazo al Banquete de Platón para darse cuenta de lo bien que se lo montaron estos griegos (y de lo mojigatos que nos hemos vuelto en estos tiempos). Si es que nací en una época equivocada, no cabe duda. Ahora de forma un poco más recatada, seguimos manteniendo ciertas fiestas en las que uno puede sacar algunos de nuestros instintos más básicos. Y gracias a ello las personas somos capaces de ir tirando con los convencionalismos de la cotidianidad. Sólo así se puede sobrellevar el malestar de la cultura del que nos habló Freud. En cualquier caso, ya sea de forma profana o sagrada, el vino debe estar presente siempre que se quiera disfrutar de una buena charla, una agradable compañía y de la vida en general.

Tanto hablo de las virtudes del vino que a Marco, el dueño del Florida 18, uno de los restaurantes-bares que hay por la zona en la que vivo, se le metió la idea de que soy un experto catador. A ver, es cierto que en esto del vino ya tengo práctica y eso a veces lo hace a uno exquisito. Antes me tomaba un valdepeñas como podría ser “Los Molinos” y me parecía la calidad embotellada. Ahora, sin despreciar aquel vino que tantas noches me hizo compañía, he de admitir que trato de embucharme sólo “crianzas”. Que sean riojas, riberas, somontanos o toros  me da igual, siempre que sean aceptables. Y ahí sí que ya nos metemos en una conversación de matices que no podría (y que no me interesa) explicar. Aun así que disfrute el vino no me hace un experto, pero por alguna razón, y a esto quería llegar, Marco me da a probar todos los vinos que le ofrecen sus proveedores y si me gustan los pone en la carta.

Para mí se ha convertido en un excelente trato. De vez en vez me detiene en la calle —¡Ah! porque no creáis que espera a que esté tomando algo en su bar— y me dice: “Me ha llegado este Ribera. Vente a probarlo”. Así que entro, me pone un poco en una copa, yo le pido que me ponga del que ya tiene en la carta y comparo. Así ha (hemos) ido probando distintos vinos a lo largo de la historia de su bar. El que se ha mantenido incólume desde el comienzo es un Rioja llamado Arnegui que, con independencia de mi opinión, está muy bueno. Con los Riberas hemos batallado un poco más y con algunos blancos también. Quizá se deba a que Marco me los ha dado a probar cuando ya llevo metidos unos cuantos vinos previos entre pecho y espalda. Ya para ese entonces me sabe bien hasta el aguarrás.

Hasta ahí todo bien. Su bar se ha convertido en uno de los lugares de encuentro que frecuento con amigos, familia, etc.  El problema, si es que podemos usar este término aquí, es que a Marco le encanta cocinar y se ha dado cuenta de que la comida me gusta casi igual que lo que me gusta el vino. Así que cada vez que coincidimos en su bar, viene a la mesa y nos dice: “he preparado unas gachas” —cabe mencionar que Marco es manchego y los platos tienden a contar con una alta reserva calórica— o “mirad que buenas que han quedado estas migas”. El caso es que nos informa que aquello que ha preparado fuera del menú y nos lo planta directamente en la mesa. Hay que admitir que todo lo que prepara está buenísimo, aunque justo en estas invitaciones radica “el problema”. Estos kilos de más que llevo a cuestas están directamente relacionados con el Florida 18. Su local es cada vez más una tentación pecaminosa.

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Ya se puede imaginar el lector lo que significa esta explosiva combinación para el bohemio escritorucho que redacta estas líneas: buen vino, buena comida ¡y algunas veces gratis! Menudo chollo. Y no soy sólo yo quien goza de esta calórica oferta. Y ya no hablo de mi mujer, sino de Oli, mi perrita. Marco adora a Oli y cada vez que la llevo conmigo comienza a sacarle comida: jamón, pollo, ternera y muchas otras tentaciones. Claro está que Oli también ama a Marco. Así que ahí tienen a la Oli moviendo el rabo toda contenta para que Marco le dé un aperitivo más y a mí sonriendo para ver si me cae otra copa de vino. Muy buena gente este Marco, nadie puede negarlo.  Espero siga al frente de este bar que tantas alegrías me ha brindado, pese a que la salud de mis coronarias esté en riesgo o como se dice vulgarmente, “pese a lo que pese”.

 

R.III

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar Contrastes

 

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México 2016: algunas anécdotas

(Parte 2)

Tengo mucha familia en México (en especial por parte de madre) y una cantidad no menor de amigos. Sin embargo, cuando voy en el avión de Madrid a Ciudad de México termino pensando en los distintos platos que quiero comer, más que en la organización de las visitas que debo hacer para poder verlos a todos. Es decir, voy haciendo un itinerario sobre lo que voy a desayunar tal día, comer tal otro y cenar el siguiente. Así voy todo el vuelo poniendo orden a cada una de las tres comidas (si no es que cuatro) que haré por cada día de mi estancia. Me interesan mis amigos y familiares, pero creo que cualquier mexicano comprenderá el lugar que ocupa la comida en nuestra cosmovisión.

En el viaje que hice esta ocasión me lancé, como primera hazaña culinaria, sobre unas gorditas de chicarrón prensado. Gorditas típicas de mercado, bien bañaditas en aceite; capaces de pasar la prueba del papel estraza (si el papel donde viene envuelto el alimento queda transparente, seguro que está bueno). También me deleité con los tamales de mi abuela, tacos al pastor, tacos de arrachera, chilaquiles, pozole, huevos divorciados (y rancheros, y a la mexicana, y revueltos con frijolitos), cochinita pibil (auténtica de Yucatán), gorditas de harina, asado norteño, cazuelitas hechas por mi abuela (bolas de masa de maíz guisadas en sopa de frijoles), carnitas, guajolotas, camarones a la diabla y más platos que ya se han escapado a mi memoria. Lo extraño es que nadie me crea ahora que antes de llegar a México tenía un abdomen plano y marcado.

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Preparación de Tamales Oaxaqueños

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Me gusta mucho México, pero lo mejor que tiene este país es su gente. Por desgracia siempre hay quien ensombrece este aspecto positivo de la nación. Mi paso por Tulum fue muy placentero, pero tuvo su toque de amargura debido a uno de estas innobles personas que, además de faltar a la ética, desprestigian más (si cabe) la imagen que se tiene de este país. En la gasolinera del kilómetro 307 de la carretera principal de Tulum tuve la desgracia de perder 450 pesos gracias a una vil estratagema de uno de los trabajadores que surten la gasolina.

El coche que alquilamos era un Volkswagen que usaba diésel, no gasolina. Aunque suelen consumir menos este tipo de vehículos, me sorprendió que pese a llevar unos 250 kilómetros de camino (incluso más)  el indicador electrónico del tanque siguiera mostrando todas las rayitas como si éste estuviera lleno. Pensé que cabría la posibilidad de que el medidor no funcionara correctamente, lo cual nos podía poner en un predicamento. Imaginemos que en realidad el tanque estuviera a punto de quedarse vacío y, por no darnos cuenta, nos quedásemos tirados en la mitad de cualquier carretera. Así que para salir de dudas decidí entrar a la susodicha gasolinera para llenarlo. En caso de repostar poca gasolina sabría que el indicador funcionaba bien, en caso contrario tendría que suponer que estaba roto.

Toda mi atención estaba puesta en la máquina surtidora que cuando terminó de llenar el tanque indicaba 180 pesos. Rápidamente me puse a hacer cuentas mentales para sopesar si eso era mucho o poco. Como el lector ya se imaginará, al haber estudiado letras y no ciencias, las conversiones entre pesos, euros y litros no se me dan especialmente bien; así que mi atención hacia el exterior estaba un tanto mermada. El caso es que saqué lo que pensé era un billete de 500 pesos y se lo extendí al empleado. Este lo recibió y me señaló la bomba con la misma mano con que recibió el dinero diciendo que había puesto 180$. Esta información ya la sabía, aunque instintivamente volví la mirada hacia la máquina surtidora. Cuando giré la vista al empleado/mago éste ya tenía en la mano un billete de 50$ y con risa incluida me dijo: “le falta dinero”. Yo que estaba a la par haciendo mis cábalas con los números pensé que podía haberme confundido, aunque en mi cartera ya no estaba ese billete. Eso me extrañó mucho, pero insisto en que por estar distraído, pensé que podía haberme imaginado que tenía esa cantidad de dinero en la cartera, cuando en realidad tenía menos. Así que completé la suma que me faltaba y volvimos al hotel, mientras yo ya me iba reprochando por el posible timo.

Al hacer cuentas de lo gastado hasta el momento (que pese a lo dicho de ser de letras llevaba unas cuentas muy precisas) nos dimos cuenta de que justo nos faltaban unos 500$.  Aunque me dio mucho coraje, e incluso sopesamos la idea de volver a hablar con el tipo ese, decidimos no hacernos mala sangre y tratar de disfrutar el resto del viaje. Así que como decía Horacio: Nihil est ab omni parte beatum [no todo es perfecto]

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Mis cuentas (Nótesen los 500$ con la palabra “tongo”).

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Desde casi el comienzo de la salida de Cancún rumbo a Tulum se anunciaba un restaurante llamado Oscar y Lalo. Cada diez kilómetros, más o menos, aparecía el cartel indicando la proximidad del lugar: 130 km, 120, 100… Por otro lado, mi mujer suele centrar mucho su atención en la búsqueda “del lugar perfecto” para cenar. Como es habitual hace sus listas en función de los comentarios de otros usuarios de las páginas web que consulta. Me enumeró varias sugerencias entre ellas las del Óscar y Lalo. Yo me había dado cuenta que nuestro hotel quedaba unos cinco kilómetros después de la este restaurante. Preguntamos en el hotel para salir de dudas que no era un puticlub y nos lo recomendaron ampliamente. Fue una de las mejores cenas que tuvimos en todas nuestras vacaciones. Un lugar precioso, una atención impecable y una cocina estupenda.

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En México todavía es muy común ver perros sin hogar vagabundeando por la calle. Muchos de ellos tienen sarna, heridas y desnutrición. Desde que tenemos a Oli, una perrita que adoptamos en un albergue, nos hemos sensibilizado mucho con la protección de estos animales (y de cualquier otro). No obstante, no podíamos ir recogiendo a todos los perritos que veíamos; de hecho no podíamos quedarnos con uno solo.

Ahora sé que si uno quiere puede crear un círculo de protección para ellos. No soy una persona supersticiosa, pero cuando me lo contaron pensé que no me costaba nada intentar proyectar mi energía positiva o buenos pensamientos con ese afán protector. La cosa es un tanto compleja de explicar, pues tiene que ver con los elementos (aire, fuego, corazón), pero desde que lo escuché decidí que cada vez que vea un perro en la calle pensaré en ese círculo de protección, esperando que sea efectivo. Con suerte aquellos hermanos inferiores a los que haga presa de este hechizo no sufrirán daño alguno.

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Antes de Homún se encuentra un pueblo también famoso por sus cenotes llamado Cuzamá. Kilómetros antes de la llegada a estas localidades en cada tope (reductor de velocidad) hay jóvenes y señores intentando parar a los conductores para ofrecerles una excursión por los cenotes. Tienen todo muy bien preparado: un cuaderno con imágenes, una explicación sugerente y hasta un vehículo para llevar a cabo el paseo (una moto que tiene una caja con asientos y ruedas a manera de carrito). Nosotros decidimos no parar hasta llegar a Homún como recomendaba la página web donde nos enteramos de estos cenotes. A la entrada había apelotonados un buen número de jovenzuelos dispuestos a ofrecerte estas visitas. Pactamos el precio (250$) con el primero que se nos acercó, estacionamos el coche y nos montamos en el carrito.

Cruzamos el pueblo a una velocidad moderada debido a los múltiples topes. Hacia el final del poblado, Miguel, como se llamaba nuestro guía, paró frente a una tienda y dijo que si queríamos comprar agua u otra bebida ese era el momento. Así hicimos y continuamos por una carretera a paso veloz hasta un desvío de terracería. En cuanto abordamos este estrecho camino, el carrito comenzó a dar tantos tumbos que Ana pidió que fuera más despacio. Poco a poco nos fuimos adentrando en un paisaje selvático y solitario. Para nuestra tranquilidad nos encontrábamos con otros carritos que traían gente de vuelta, con traje de baño o incluso la ropa mojada; todo parecía indicar que no nos iban a descuartizar, sino que efectivamente llegaríamos en algún momento a los cenotes.

El primero que visitamos es el que más me impactó; era el más alejado de todos y además de llevar poco tiempo abierto (tan sólo seis meses). Había que bajar por una escalinata de hierro que estaba a los pies de un agujero en el suelo, del que provenían las raíces de un gran árbol. Por lo que nos contó, Miguel, así es como se descubren los cenotes. Esos árboles suelen estar en lugares donde abunda el agua, por eso sus raíces se extienden inmensas hacia las profundidades. Una vez abajo, el cenote contaba con partes de hasta veinte metros de profundidad a las que uno se podía tirar sin temor a chocar con el suelo (incluso había una cuerda para lanzarse de más altura): incluso en las partes menos profundas era difícil hacer pie. El agua, a diferencia del mar, es fresca y se agradecía mucho dado el calor que hacía en el exterior.

Visitamos otros tres cenotes más y en todas las ocasiones nuestro guía nos recomendaba dejar las cosas en el carrito. Dijo que era seguro, pero yo que tenía la cartera, las llaves del coche, etc., prefería llevar mis pantalones cortos a todo lado conmigo, pese que eso implicaba poder disfrutar menos de los chapuzones, pues al igual tenía que dejarlos abajo en los cenotes mientras me metía a nadar. Cuando volvíamos por el pedroso camino ya veníamos en traje de baño, como aquellos otros turistas. Yo todavía con mis pantalones cortos sobre mi lecho. Veníamos hablando con Miguel y eso me distrajo por unos segundos. En un momento me sentí muy ligero y me di cuenta de que mis pantalones habían desaparecido. Le pedí que parara y regresé a trote buscando el sitio donde se me habían caído. A unos cientos de metros los encontré. De haber hecho caso a Miguel y hubiese dejado los pantalones dentro de la mochila que iba bien colocada en el carrito, no hubiera tenido que perder tiempo buscándolos en ese camino pedregoso, bajo un sol inclemente.

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De camino a Chiquilá se soltó un aguacero impresionante. Había momento en los que no se veía a más de cien metros en la autopista. Para nuestra fortuna el aguacero disminuyó al poco de salir de la autopista y nos incorporamos en la carretera que estaba en proceso de reparación. Los coches que por ahí circulamos parecíamos borrachos, porque para evitar meternos en la variedad (en tamaños y profundidad) de agujeros que por ahí había, invadíamos los carriles en sentido contrario.

Cuando llegamos a Chiquillá brillaba el sol y me pareció que había pocos charcos para la cantidad de lluvia que había caído. Eso me hizo sospechar lo que después de dos horas, ya instalados en el hotel de Holbox, hizo acto de aparición. Una tromba de agua que duró toda la tarde y la noche. En la mañana ya era sólo una llovizna, pero cayó suficiente agua para semi inundar el pequeño poblado. También descubrimos que Chaac (dios de la lluvia Maya) no quería que nadáramos con los tiburones ballena y cuando un dios impone sus deseos es mejor obedecerlo.

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En Holbox casi no hay coches y es que no hay calles asfaltadas. Todas las calles son de arena, la misma que la de las playas. Lo que se les ocurrió a los habitantes de esta isla es usar carritos de golf para ir de un lado a otro. Los taxis, también, son todos carritos de golf. El problema de estas calles es que cuando Chaac manda tormentas como la que vivimos, se inunda todo pues no hay drenaje. Tanta agua había que incluso prohibieron el alquiler de estos vehículos a los turistas, pues se corría el riesgo de quedar atascados en una de los inmensos charcos.

Tuvimos que recorrer la isla a pie. Y aunque parece pequeña, lo cierto es que a pie no se puede conocer por completo. Además los charcos tampoco son fáciles de cruzar. En algunas de las zonas más alejadas del pueblo, la vida salvaje ya se deja sentir a cada paso. Hay calles en medio de la selva y de ahí salen cientos de miles de pequeños cangrejos. También pudimos ver iguanas, aves, grillos de más de quince centímetros de tamaño (capaces de volar de la península a la isla, apoyándose en el desarrollo evolutivo de sus alas y gracias a sacarle provecho al viento). Yo tenía claro, por tanto, que no iba a meter mis pies en esos charcos. Así que aunque no pudimos llegar a una de las orillas de la isla, por lo menos rodeamos cuanto pudimos, disfrutando de las vistas, la arena blanca y la soledad.

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De camino a uno de los extremos de la isla

 

Es un pueblo precioso, pero cuando llueve…

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Cual si fuera Venecia, las calles de Holbox estaban inundadas y los taxis no querían acercarse a ciertas zonas. Tuvimos que ir caminando hasta el puerto, tratando de esquivar lo mejor posible las pequeñas lagunas que se habían formado en las calles. Además, la tormenta ocasionó una pequeña avería en uno de los barcos que cruzan a los turistas de Holbox a Chiquilá y viceversa, por lo que en lugar de salir cada media hora, los barcos salían cada hora. Para nuestra mala suerte, cuando llegamos acababa de partir uno de ellos.

En el puerto nos esperaban unos amigos de Monterrey que conocimos en el hotel donde nos hospedamos. Dijeron que si queríamos podíamos alquilar entre todos un barquito para llegar a Chiquilá (se trata de los mismos que hacen las excursiones; pues ya ese día estaban abiertos los puertos).

Saltando sobre las olas, fuimos sorteando un mar un tanto movido. Llegamos empapados, pero llegamos. A cada salto del barquito se nos detenía a todos un poco el corazón, aunque intentábamos disimularlo contando anécdotas graciosas. Esta experiencia me confirmó la teoría de que aquellos momentos que más miedo dan o esos disgustos que se viven en los viajes, terminan siendo parte de las mejores anécdotas. Los recuerdos más importantes, incluso aquellos de los que nos podemos reír ahora que ya estamos a salvo en casa, suelen componerse de este tipo de aventuras y no de los momentos apacibles. En conclusión, viajar es lo mejor del mundo.

R.III

 

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