El fin del mundo como lo conocemos

 

La victoria de Trump confirma lo polarizado que está nuestro mundo en la actualidad. Por un lado, tenemos a individuos que crean o apoyan discursos xenófobos y extremistas. Personas que están dispuestas a seguir levantando muros para evitar la entrada de inmigrantes o refugiados en sus poblaciones. Voces que consideran que uno de los grandes problemas con los que cuentan se debe justo a la llegada y aceptación de estos extranjeros.  Muchos incluso creen, aunque les cueste más trabajo admitirlo a viva voz, que la limpieza étnica favorecería sus vidas. Este discurso se sostiene bajo una clara idea de desigualdad, pues aquello que es propio tiene valor, mientras que lo foráneo, lo diferente, “el otro” y todo lo que esté fuera del grupo carece de él. Y por supuesto que también cabe el rechazo a la homosexualidad, al rol equitativo de la mujer, a otras religiones, etc.

En el otro extremo del polo encontramos historias como la del barco Astral que pertenecía a Livio Lo Monaco, un magnate fabricante de colchones, y que ahora es usado por la ONG Proactiva Open Arms para rescatar inmigrantes y refugiados en el Mediterráneo. Lo Monaco decidió donar su lujoso yate para salvar las vidas de miles de personas que se lanzan al mar con la esperanza de entrar en Europa. Los militantes de Proactiva Open Arms, por su parte, emplean (y arriesgan) sus vidas en el mar para ayudar de manera directa a que esos inmigrantes no sucumban en su osado intento. Simplemente consideran que no se les puede abandonar a su suerte. Sin embargo, no son los únicos que dedican sus vidas, ya sean en el terreno de batalla o a la distancia, para paliar muchos de los problemas que acosan el globo: pobreza, hambre, guerras, etc. Ya sea como activistas, manifestantes o colaboradores hay muchos interesados en cumplir esa vieja utopía conocida como justicia social.

Estos dos polos conviven en nuestra sociedad contemporánea. Cada vez más personas se unen a uno de ellos, aunque todavía muchos prefieren seguir adelante sin pertenecer a ninguno de forma abierta. Lo más preocupante es que hay algo que une a estas dos posturas extremas. Ambas partes consideran que el sistema que están viviendo falla de forma sustancial. Las razones para este pensamiento son muy diferentes, pero la conclusión es la misma: bajo este sistema político, económico y social no es posible seguir. Los políticos mienten, son corruptos y buscan su beneficio propio antes que el de sus ciudadanos. La economía está repartida de tal manera que sólo unos pocos se ven realmente beneficiados. La sociedad vive insatisfecha, pero sobre todo amordazada; atada de pies y manos y sólo puede conformarse con las decisiones de esos pocos que parecen controlarlo todo. Sí, los dos polos quieren lo mismo: la erradicación de ese sistema. Los manifestantes y activistas son tan antisistema como los votantes de Trump, Marine Le Pen, Geert Wilders, Boris Johnson y muchos otros.

Es casi seguro que al lector esta similitud le escueza. Por eso conviene reiterar que las razones que llevan a uno u otro polo a querer un cambio radical del sistema no son las mismas. Unos luchan por un mundo más igualitario en el que las fronteras y las diferencias entre los seres humanos vayan reduciéndose y den paso a la paz, la solidaridad y [de nuevo esa utopía] la justicia social. Los otros piensan en un beneficio más inmediato y ponderable: poder tener un trabajo, propiedades y hacer realidad ese sueño americano[1] (que, por otro lado, pertenece a todos los que viven bajo el neoliberalismo) y que, por el momento, ven lejos de alcanzar. En especial porque muchos de ellos lo vislumbran desde la cola del paro, con deudas y con unos servicios sociales precarios.

No se trata de ser pesimista, pero no es difícil anticipar que ha comenzado el fin de esta era. No es descabellada la idea de estar frente al fin de un periodo de paz que algunas generaciones del mundo occidental han tenido la suerte de disfrutar. La única escapatoria es que todos los que creen en el sistema político, económico, social actual trabajen por convencer a los dos polos de que es la mejor alternativa. Que convenzan a la gente de sus beneficios; pero ya no sólo con palabras, sino con hechos. Sin embargo, para ello habría que volver a confiar en esa calaña de políticos y empresarios que manejan los hilos del mentado sistemita. Esperar que por una vez en la vida hagan algo por sus ciudadanos y no por sus propios intereses. ¿Cómo se puede ser optimista bajo esta perspectiva?

R.III

 

[1] Algo que nada tiene que ver con el fenómeno de la inmigración, aunque ese discurso haya sido ampliamente asimilado.

 

 

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Si te ha gustado esta entrada puede ver: Poco más de siete años

O también una reflexión sobre inmigración en: El mundo es un barco.

 

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15 años en Madrid

Este octubre cumplí quince años viviendo en Madrid. Tengo 37; así que ése de entonces (que ya no es el mismo) llegó con tan sólo 22 añitos. Por tanto, aunque viví en México mi infancia, adolescencia y temprana juventud -que se suponen son muy importantes en la vida de toda persona-, creo que lo que me ha marcado de verdad vino después. Me refiero a esa etapa que llamamos “madurez” y que he alcanzado en España.

Y vaya que tuve que madurar, no estoy exagerando: a los dos años de vivir aquí ya estaba casado, un año más tarde tenía un hijo, poco menos de un lustro después me había separado. Durante estos quince años he tenido que trabajar repartiendo publicidad, de camarero, como dependiente de una tienda, de teleoperador, he sido becario de altos directivos en una empresa de electricidad, tocando puertas como comercial, supervisando contenidos en una ONG, de traductor, como responsable de alumnos extranjeros, a cargo de la gestión académica de un centro universitario, dando clases de inglés, literatura, escritura creativa, competencias profesionales, comunicación en ciencias de la salud y, más recientemente, de antropología de la salud. Tengo la esperanza de dar algún día clases de bioética, de ética “a secas” o de alguna materia de filosofía.

Entre medias he terminado dos carreras, una tesis doctoral, he conocido a mi actual pareja, he vivido en siete casas distintas con sus respectivas mudanzas, he leído un par de centenares de novelas, varias decenas de libros de filosofía y un porrón de artículos de los temas más eclécticos. Los seguidores de este blog saben algo de lo que escribo, pero hay mucho material inédito. El otro día calculaba que debo tener más de mil textos escritos (pero es que estoy contando mucha, mucha basura) y tres libros que parece que a nadie le interesan. Nunca sabré qué significa eso de especializarse en algo, porque he combatido en muchos frentes. Me gustaría decir que es porque disfruto con los distintos saberes, pero debo reconocer que es más porque la vida me ha ido imponiendo a cada paso objetivos de lo más variado. Me he reído mucho y también llorado. He intentado tomar las riendas de mi vida, pero muchas veces me he sentido perdido; queriendo volver a ser un niño a quien todo le es resuelto. He podido viajar por varios países y por muchos lugares de España, aunque siempre tengo la sensación de conocer muy poco mundo. He tenido la suerte de vivir unos de los años más difíciles de mi vida con un compañero de piso que pone en duda eso de que la mejor forma de vivir es con la persona a la que amas. He cosechado buenas amistades (algunas duraderas pese a la distancia) y conocido a mucha gente de lo más variopinto. No me he terminado el vino de este país, porque la producción en España es inabarcable. En cualquier caso es seguro que son muchas más las botellas que los libros leídos y los textos escritos “juntos”.

Algunas veces no puedo evitar pensar que al llegar a España creía de corazón que algún día podría cambiar el mundo y hoy tan sólo espero que el mundo no me cambie a mí (por parafrasear una de las frases finales de la película Noviembre). Quizá no alcance esos éxitos que alguna vez me planteé, pero me encuentro en paz. Y ya que mi vida está ligada a la literatura es justo medir estos quince años en letras. En este tiempo he escrito sobre el amor efímero y, sin embargo, he encontrado a la persona con quien quiero vivir toda mi vida. He tratado el tema de las injusticias del mundo, mientras que tengo la inmerecida suerte de escribir con la calefacción puesta desde mi propio despacho. He reflexionado sobre el ocaso de la amistad, cuando estoy rodeado de personas a las que quiero y admiro. Me he reído de muchas de las desventuras que me han hecho llorar. He filosofado sobre nuestra realidad, el lenguaje, el feminismo, la ética y hasta del universo, cuando apenas puedo poner orden a mi propia vida. He hecho catarsis de muchos temas que me han afligido en estos años, pero a la par he podido ver crecer a un hijo del que estoy orgulloso y de quien tanto aprendo.

Sí, me ha dado tiempo para mucho en mi estancia en Madrid. Tengo un trabajo que me permite seguir escribiendo, un Madrid que se abre a todo el mundo y cuyas calles seguiré recorriendo, tengo amigos, bares, unos kilos de más, ese niño maravilloso (definitivamente mi mejor obra), una pareja estable, una linda perrita y unos cuantos seguidores de este blog.¿Se puede pedir más?

Quizá seguir los pasos de Dylan y cuando la Academia Sueca me busque para darme el Nobel no contestar el teléfono. ¿Podría haber más satisfacción en la vida?

R.III

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El incomparable R.IV posando para Un gran salto para Gorsky

Post scríptum: Para hacer más redondo el acontecimiento acabo de descubrir que esta es la entrada número 200 de Cuando el hoy comienza a ser ayer. Gracias por acompañarme durante este viaje personal.

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¿Quieres conocer algunas de las entradas que aquí se mencionan? Te paso los enlaces:

El ocaso de la amistad

El mundo es un barco: la triste historia de Aylan. 

Reflexiones sobre el universo

El camino de Orteguita

Sobre el amor o eso que llamamos amor.

Reflexiones sobre el feminismo

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¿Quién rescató a quién?

Me gusta caminar y fijarme en la gente y los alrededores. Debido a este hábito ya me conozco a muchas de las personas que viven en mi barrio, aunque ellos quizá no hayan reparado en mí. Llevo ya varios meses viendo a una pareja que me gusta mucho, porque me transmiten una especie de estado “zen”. Ambos son jóvenes, pero no podría precisar más; tan sólo encasillarlos bajo el concepto de veinteañeros. No sé si tienen oficio ni beneficio, pero siempre que los encuentro en la calle andan con mucha parsimonia; pasean más que caminar. Van hablando con jovialidad de temas que quiero imaginar trascendentes, pero llevándolos a terrenos banales (como se debe hacer). Sonríen, se abrazan y, en pocas palabras, se les ve felices.

La parejita llamó mi atención, pero la razón no es debido a lo mencionado. Lo que atrapó mi interés fue que atrás de ellos viene siempre un perrito. Camina sin necesidad de correa a unos pocos pasos detrás de sus amos, pese a detenerse de vez en cuando a olfatear o dejar su rastro. Se ve que confían en esta disciplina, pues la pareja suele andar enfrascada en su diálogo; avanzan de la mano o abrazados sin siquiera echar un vistazo al perrito para asegurarse de que los sigue. Si entran a una tienda (donde suelo coincidir con ellos es en una de chinos) el perro sin recibir orden alguna (ni siquiera una mirada por parte de alguno de ellos) se queda a los pies de la puerta. Se sienta a esperar a que salgan sus amos y, cuando lo hacen, comienza a seguirlos de nuevo.

Me parece que son la imagen perfecta de la ataraxia. Cuando los veo pasar siento que el horizonte hacia donde avanzan está despejado y luminoso. Y cuando doy la vuelta sobre mis pasos me da la impresión de que el cielo se nubla y que sólo puedo esperar tormentas y oscuridad. Como se podrá imaginar el lector, a veces los veo y siento un poco de envidia. Pero ya sabemos que el amor es efímero (el que lo siga dudando que eche un vistazo a este artículo sobre el amor). Así que cuando los veo paseando de tan buen rollo, sólo siento alegría y un poco de compasión: pobres, lo que les queda por vivir. Lo fácil que es la vida cuando se es joven…

La envidia la siento por el perro. ¡Cómo diablos han sabido educarlo tan bien! Si alguien nos ve caminar con la Oli (nuestra perrita) podrían apreciar que no hay nada de zen, ni de armonía –y no me atrevo a volver a incluir la palabra ataraxia- en nuestro andar. Nada más lejos a la realidad. Cuando salimos a caminar, la Oli va tirando de nosotros olfateando árboles, personas y traseros de perros. Nosotros somos quienes la seguimos, si no debería decir, que somos literalmente remolcados por ella. Dejarla sin correa está fuera de toda cuestión, al menos que quisiéramos provocar una catástrofe vial. Por tanto, por más interesante que pueda ser nuestra conversación, ésta se ve constantemente interrumpida por los tirones caprichosos de Oli. También puede pasar que salte a ladrarle “con ferocidad” a algún perro pequeño que pase a su lado (con los grandes no se atreve, mira tú). El caso es que andar con ella es ir por caminos azarosos: ya sea porque ha encontrado algo apetecible que olfatear (no todo nos parecería apetecible a los humanos) o porque los otros caninos dan mucho juego. Así no hay quien pueda seguir el hilo de algún argumento; a las dos frases se pierden las ideas, se olvida el tema central o se convierte todo en un soliloquio pues la otra persona ya está a cien metros de distancia intentando frenar las inopinadas voliciones de la Oli.

Si nos paramos a comprar algo, uno tiene que esperar afuera con la perrita. Y si vas solo con ella, hay que atarla en corto al primer árbol que se encuentre, entrar como el rayo y esperar que durante nuestra ausencia nada se haya salido de madre.

Ya me ha pasado cruzarme con la linda pareja mientras salgo a “pasear” con la Oli. Los veo caminando despreocupados, con parsimonia, como si tuvieran todo el tiempo del mundo para disfrutar de la vida. De pronto un tirón me trae de nuevo a mi realidad y descubro que Oli ya se está comiendo algo que no tiene pinta de ser alimento o está olfateando una paloma muerta. Así es el mundo, algunas personas parecen estar uncidas por la divinidad y otros pertenecemos al sórdido mundo profano.

Encontrarse un cojín destrozado al volver al hogar, que te despierten a las 8,00 de la mañana un domingo o tener que haber comprado tres mandos para la televisión porque todos han sido parcialmente devorados no tiene comparación con las alegrías que brinda la condenada perra. Hay que ser justos: llegar a casa y que te esté esperando con un entusiasmo que no cesa con los años. Verla tumbada en su camita mientras tu estás viendo una película con palomitas (un poco como cuando después de estar todo el día en el parque cuando R.IV tenía cinco años y en la noche entrabas en su habitación y lo veías dormidito). El que se te caiga algo mientras cocinas o comes y ya no te preocupes por tener que levantarlo. Eso amigos… no lo cambio por ninguna veinteañera zen con un perro súper educado, aunque sea el mismísimo Lassie.

Y ya lo dejo, que la Oli ya no me deja escribir más, tengo que sacarla que algo le apremia y no deja de reclamar mi atención arañándome.

R.III

 

 

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Si te ha gustado esta entrada échate unas risas leyendo: Aventuras bibliotecarias

 

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Florida 18

Casi toda la gente que me conoce en persona sabe sobre mi pasión por el vino. Es muy probable que todos ellos hayan escuchado por qué considero que el vino es una bebida sagrada. No me lo saco de la manga, de hecho es parte de nuestra cultura popular. Se sabe que en las Bodas de Caná Jesús escogió transformar el agua en vino sobre cientos de otras posibilidades para poder seguir con el convivio. Era Jesús, pudo haber optado por cerveza, limonada o agua de horchata, incluso pudo haberse planteado patentar la Coca-cola. Y no se trata de limitaciones, pues la capacidad del milagro la tenía ya incorporada en su ADN y tampoco se trata de modas. Lo que pasó en dicha celebración es el resultado de una preferencia por aquello que debe trascender.

Antes Dionisos (para los Griegos) y más tarde Baco (para los romanos) —como dioses del vino— ya habían exaltado las virtudes trascendentales de este brebaje. ¡Qué buenas fiestas aquellas! Basta echar un vistazo al Banquete de Platón para darse cuenta de lo bien que se lo montaron estos griegos (y de lo mojigatos que nos hemos vuelto en estos tiempos). Si es que nací en una época equivocada, no cabe duda. Ahora de forma un poco más recatada, seguimos manteniendo ciertas fiestas en las que uno puede sacar algunos de nuestros instintos más básicos. Y gracias a ello las personas somos capaces de ir tirando con los convencionalismos de la cotidianidad. Sólo así se puede sobrellevar el malestar de la cultura del que nos habló Freud. En cualquier caso, ya sea de forma profana o sagrada, el vino debe estar presente siempre que se quiera disfrutar de una buena charla, una agradable compañía y de la vida en general.

Tanto hablo de las virtudes del vino que a Marco, el dueño del Florida 18, uno de los restaurantes-bares que hay por la zona en la que vivo, se le metió la idea de que soy un experto catador. A ver, es cierto que en esto del vino ya tengo práctica y eso a veces lo hace a uno exquisito. Antes me tomaba un valdepeñas como podría ser “Los Molinos” y me parecía la calidad embotellada. Ahora, sin despreciar aquel vino que tantas noches me hizo compañía, he de admitir que trato de embucharme sólo “crianzas”. Que sean riojas, riberas, somontanos o toros  me da igual, siempre que sean aceptables. Y ahí sí que ya nos metemos en una conversación de matices que no podría (y que no me interesa) explicar. Aun así que disfrute el vino no me hace un experto, pero por alguna razón, y a esto quería llegar, Marco me da a probar todos los vinos que le ofrecen sus proveedores y si me gustan los pone en la carta.

Para mí se ha convertido en un excelente trato. De vez en vez me detiene en la calle —¡Ah! porque no creáis que espera a que esté tomando algo en su bar— y me dice: “Me ha llegado este Ribera. Vente a probarlo”. Así que entro, me pone un poco en una copa, yo le pido que me ponga del que ya tiene en la carta y comparo. Así ha (hemos) ido probando distintos vinos a lo largo de la historia de su bar. El que se ha mantenido incólume desde el comienzo es un Rioja llamado Arnegui que, con independencia de mi opinión, está muy bueno. Con los Riberas hemos batallado un poco más y con algunos blancos también. Quizá se deba a que Marco me los ha dado a probar cuando ya llevo metidos unos cuantos vinos previos entre pecho y espalda. Ya para ese entonces me sabe bien hasta el aguarrás.

Hasta ahí todo bien. Su bar se ha convertido en uno de los lugares de encuentro que frecuento con amigos, familia, etc.  El problema, si es que podemos usar este término aquí, es que a Marco le encanta cocinar y se ha dado cuenta de que la comida me gusta casi igual que lo que me gusta el vino. Así que cada vez que coincidimos en su bar, viene a la mesa y nos dice: “he preparado unas gachas” —cabe mencionar que Marco es manchego y los platos tienden a contar con una alta reserva calórica— o “mirad que buenas que han quedado estas migas”. El caso es que nos informa que aquello que ha preparado fuera del menú y nos lo planta directamente en la mesa. Hay que admitir que todo lo que prepara está buenísimo, aunque justo en estas invitaciones radica “el problema”. Estos kilos de más que llevo a cuestas están directamente relacionados con el Florida 18. Su local es cada vez más una tentación pecaminosa.

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Ya se puede imaginar el lector lo que significa esta explosiva combinación para el bohemio escritorucho que redacta estas líneas: buen vino, buena comida ¡y algunas veces gratis! Menudo chollo. Y no soy sólo yo quien goza de esta calórica oferta. Y ya no hablo de mi mujer, sino de Oli, mi perrita. Marco adora a Oli y cada vez que la llevo conmigo comienza a sacarle comida: jamón, pollo, ternera y muchas otras tentaciones. Claro está que Oli también ama a Marco. Así que ahí tienen a la Oli moviendo el rabo toda contenta para que Marco le dé un aperitivo más y a mí sonriendo para ver si me cae otra copa de vino. Muy buena gente este Marco, nadie puede negarlo.  Espero siga al frente de este bar que tantas alegrías me ha brindado, pese a que la salud de mis coronarias esté en riesgo o como se dice vulgarmente, “pese a lo que pese”.

 

R.III

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar Contrastes

 

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México 2016: algunas anécdotas

(Parte 2)

Tengo mucha familia en México (en especial por parte de madre) y una cantidad no menor de amigos. Sin embargo, cuando voy en el avión de Madrid a Ciudad de México termino pensando en los distintos platos que quiero comer, más que en la organización de las visitas que debo hacer para poder verlos a todos. Es decir, voy haciendo un itinerario sobre lo que voy a desayunar tal día, comer tal otro y cenar el siguiente. Así voy todo el vuelo poniendo orden a cada una de las tres comidas (si no es que cuatro) que haré por cada día de mi estancia. Me interesan mis amigos y familiares, pero creo que cualquier mexicano comprenderá el lugar que ocupa la comida en nuestra cosmovisión.

En el viaje que hice esta ocasión me lancé, como primera hazaña culinaria, sobre unas gorditas de chicarrón prensado. Gorditas típicas de mercado, bien bañaditas en aceite; capaces de pasar la prueba del papel estraza (si el papel donde viene envuelto el alimento queda transparente, seguro que está bueno). También me deleité con los tamales de mi abuela, tacos al pastor, tacos de arrachera, chilaquiles, pozole, huevos divorciados (y rancheros, y a la mexicana, y revueltos con frijolitos), cochinita pibil (auténtica de Yucatán), gorditas de harina, asado norteño, cazuelitas hechas por mi abuela (bolas de masa de maíz guisadas en sopa de frijoles), carnitas, guajolotas, camarones a la diabla y más platos que ya se han escapado a mi memoria. Lo extraño es que nadie me crea ahora que antes de llegar a México tenía un abdomen plano y marcado.

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Preparación de Tamales Oaxaqueños

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Me gusta mucho México, pero lo mejor que tiene este país es su gente. Por desgracia siempre hay quien ensombrece este aspecto positivo de la nación. Mi paso por Tulum fue muy placentero, pero tuvo su toque de amargura debido a uno de estas innobles personas que, además de faltar a la ética, desprestigian más (si cabe) la imagen que se tiene de este país. En la gasolinera del kilómetro 307 de la carretera principal de Tulum tuve la desgracia de perder 450 pesos gracias a una vil estratagema de uno de los trabajadores que surten la gasolina.

El coche que alquilamos era un Volkswagen que usaba diésel, no gasolina. Aunque suelen consumir menos este tipo de vehículos, me sorprendió que pese a llevar unos 250 kilómetros de camino (incluso más)  el indicador electrónico del tanque siguiera mostrando todas las rayitas como si éste estuviera lleno. Pensé que cabría la posibilidad de que el medidor no funcionara correctamente, lo cual nos podía poner en un predicamento. Imaginemos que en realidad el tanque estuviera a punto de quedarse vacío y, por no darnos cuenta, nos quedásemos tirados en la mitad de cualquier carretera. Así que para salir de dudas decidí entrar a la susodicha gasolinera para llenarlo. En caso de repostar poca gasolina sabría que el indicador funcionaba bien, en caso contrario tendría que suponer que estaba roto.

Toda mi atención estaba puesta en la máquina surtidora que cuando terminó de llenar el tanque indicaba 180 pesos. Rápidamente me puse a hacer cuentas mentales para sopesar si eso era mucho o poco. Como el lector ya se imaginará, al haber estudiado letras y no ciencias, las conversiones entre pesos, euros y litros no se me dan especialmente bien; así que mi atención hacia el exterior estaba un tanto mermada. El caso es que saqué lo que pensé era un billete de 500 pesos y se lo extendí al empleado. Este lo recibió y me señaló la bomba con la misma mano con que recibió el dinero diciendo que había puesto 180$. Esta información ya la sabía, aunque instintivamente volví la mirada hacia la máquina surtidora. Cuando giré la vista al empleado/mago éste ya tenía en la mano un billete de 50$ y con risa incluida me dijo: “le falta dinero”. Yo que estaba a la par haciendo mis cábalas con los números pensé que podía haberme confundido, aunque en mi cartera ya no estaba ese billete. Eso me extrañó mucho, pero insisto en que por estar distraído, pensé que podía haberme imaginado que tenía esa cantidad de dinero en la cartera, cuando en realidad tenía menos. Así que completé la suma que me faltaba y volvimos al hotel, mientras yo ya me iba reprochando por el posible timo.

Al hacer cuentas de lo gastado hasta el momento (que pese a lo dicho de ser de letras llevaba unas cuentas muy precisas) nos dimos cuenta de que justo nos faltaban unos 500$.  Aunque me dio mucho coraje, e incluso sopesamos la idea de volver a hablar con el tipo ese, decidimos no hacernos mala sangre y tratar de disfrutar el resto del viaje. Así que como decía Horacio: Nihil est ab omni parte beatum [no todo es perfecto]

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Mis cuentas (Nótesen los 500$ con la palabra “tongo”).

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Desde casi el comienzo de la salida de Cancún rumbo a Tulum se anunciaba un restaurante llamado Oscar y Lalo. Cada diez kilómetros, más o menos, aparecía el cartel indicando la proximidad del lugar: 130 km, 120, 100… Por otro lado, mi mujer suele centrar mucho su atención en la búsqueda “del lugar perfecto” para cenar. Como es habitual hace sus listas en función de los comentarios de otros usuarios de las páginas web que consulta. Me enumeró varias sugerencias entre ellas las del Óscar y Lalo. Yo me había dado cuenta que nuestro hotel quedaba unos cinco kilómetros después de la este restaurante. Preguntamos en el hotel para salir de dudas que no era un puticlub y nos lo recomendaron ampliamente. Fue una de las mejores cenas que tuvimos en todas nuestras vacaciones. Un lugar precioso, una atención impecable y una cocina estupenda.

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En México todavía es muy común ver perros sin hogar vagabundeando por la calle. Muchos de ellos tienen sarna, heridas y desnutrición. Desde que tenemos a Oli, una perrita que adoptamos en un albergue, nos hemos sensibilizado mucho con la protección de estos animales (y de cualquier otro). No obstante, no podíamos ir recogiendo a todos los perritos que veíamos; de hecho no podíamos quedarnos con uno solo.

Ahora sé que si uno quiere puede crear un círculo de protección para ellos. No soy una persona supersticiosa, pero cuando me lo contaron pensé que no me costaba nada intentar proyectar mi energía positiva o buenos pensamientos con ese afán protector. La cosa es un tanto compleja de explicar, pues tiene que ver con los elementos (aire, fuego, corazón), pero desde que lo escuché decidí que cada vez que vea un perro en la calle pensaré en ese círculo de protección, esperando que sea efectivo. Con suerte aquellos hermanos inferiores a los que haga presa de este hechizo no sufrirán daño alguno.

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Antes de Homún se encuentra un pueblo también famoso por sus cenotes llamado Cuzamá. Kilómetros antes de la llegada a estas localidades en cada tope (reductor de velocidad) hay jóvenes y señores intentando parar a los conductores para ofrecerles una excursión por los cenotes. Tienen todo muy bien preparado: un cuaderno con imágenes, una explicación sugerente y hasta un vehículo para llevar a cabo el paseo (una moto que tiene una caja con asientos y ruedas a manera de carrito). Nosotros decidimos no parar hasta llegar a Homún como recomendaba la página web donde nos enteramos de estos cenotes. A la entrada había apelotonados un buen número de jovenzuelos dispuestos a ofrecerte estas visitas. Pactamos el precio (250$) con el primero que se nos acercó, estacionamos el coche y nos montamos en el carrito.

Cruzamos el pueblo a una velocidad moderada debido a los múltiples topes. Hacia el final del poblado, Miguel, como se llamaba nuestro guía, paró frente a una tienda y dijo que si queríamos comprar agua u otra bebida ese era el momento. Así hicimos y continuamos por una carretera a paso veloz hasta un desvío de terracería. En cuanto abordamos este estrecho camino, el carrito comenzó a dar tantos tumbos que Ana pidió que fuera más despacio. Poco a poco nos fuimos adentrando en un paisaje selvático y solitario. Para nuestra tranquilidad nos encontrábamos con otros carritos que traían gente de vuelta, con traje de baño o incluso la ropa mojada; todo parecía indicar que no nos iban a descuartizar, sino que efectivamente llegaríamos en algún momento a los cenotes.

El primero que visitamos es el que más me impactó; era el más alejado de todos y además de llevar poco tiempo abierto (tan sólo seis meses). Había que bajar por una escalinata de hierro que estaba a los pies de un agujero en el suelo, del que provenían las raíces de un gran árbol. Por lo que nos contó, Miguel, así es como se descubren los cenotes. Esos árboles suelen estar en lugares donde abunda el agua, por eso sus raíces se extienden inmensas hacia las profundidades. Una vez abajo, el cenote contaba con partes de hasta veinte metros de profundidad a las que uno se podía tirar sin temor a chocar con el suelo (incluso había una cuerda para lanzarse de más altura): incluso en las partes menos profundas era difícil hacer pie. El agua, a diferencia del mar, es fresca y se agradecía mucho dado el calor que hacía en el exterior.

Visitamos otros tres cenotes más y en todas las ocasiones nuestro guía nos recomendaba dejar las cosas en el carrito. Dijo que era seguro, pero yo que tenía la cartera, las llaves del coche, etc., prefería llevar mis pantalones cortos a todo lado conmigo, pese que eso implicaba poder disfrutar menos de los chapuzones, pues al igual tenía que dejarlos abajo en los cenotes mientras me metía a nadar. Cuando volvíamos por el pedroso camino ya veníamos en traje de baño, como aquellos otros turistas. Yo todavía con mis pantalones cortos sobre mi lecho. Veníamos hablando con Miguel y eso me distrajo por unos segundos. En un momento me sentí muy ligero y me di cuenta de que mis pantalones habían desaparecido. Le pedí que parara y regresé a trote buscando el sitio donde se me habían caído. A unos cientos de metros los encontré. De haber hecho caso a Miguel y hubiese dejado los pantalones dentro de la mochila que iba bien colocada en el carrito, no hubiera tenido que perder tiempo buscándolos en ese camino pedregoso, bajo un sol inclemente.

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De camino a Chiquilá se soltó un aguacero impresionante. Había momento en los que no se veía a más de cien metros en la autopista. Para nuestra fortuna el aguacero disminuyó al poco de salir de la autopista y nos incorporamos en la carretera que estaba en proceso de reparación. Los coches que por ahí circulamos parecíamos borrachos, porque para evitar meternos en la variedad (en tamaños y profundidad) de agujeros que por ahí había, invadíamos los carriles en sentido contrario.

Cuando llegamos a Chiquillá brillaba el sol y me pareció que había pocos charcos para la cantidad de lluvia que había caído. Eso me hizo sospechar lo que después de dos horas, ya instalados en el hotel de Holbox, hizo acto de aparición. Una tromba de agua que duró toda la tarde y la noche. En la mañana ya era sólo una llovizna, pero cayó suficiente agua para semi inundar el pequeño poblado. También descubrimos que Chaac (dios de la lluvia Maya) no quería que nadáramos con los tiburones ballena y cuando un dios impone sus deseos es mejor obedecerlo.

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En Holbox casi no hay coches y es que no hay calles asfaltadas. Todas las calles son de arena, la misma que la de las playas. Lo que se les ocurrió a los habitantes de esta isla es usar carritos de golf para ir de un lado a otro. Los taxis, también, son todos carritos de golf. El problema de estas calles es que cuando Chaac manda tormentas como la que vivimos, se inunda todo pues no hay drenaje. Tanta agua había que incluso prohibieron el alquiler de estos vehículos a los turistas, pues se corría el riesgo de quedar atascados en una de los inmensos charcos.

Tuvimos que recorrer la isla a pie. Y aunque parece pequeña, lo cierto es que a pie no se puede conocer por completo. Además los charcos tampoco son fáciles de cruzar. En algunas de las zonas más alejadas del pueblo, la vida salvaje ya se deja sentir a cada paso. Hay calles en medio de la selva y de ahí salen cientos de miles de pequeños cangrejos. También pudimos ver iguanas, aves, grillos de más de quince centímetros de tamaño (capaces de volar de la península a la isla, apoyándose en el desarrollo evolutivo de sus alas y gracias a sacarle provecho al viento). Yo tenía claro, por tanto, que no iba a meter mis pies en esos charcos. Así que aunque no pudimos llegar a una de las orillas de la isla, por lo menos rodeamos cuanto pudimos, disfrutando de las vistas, la arena blanca y la soledad.

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De camino a uno de los extremos de la isla

 

Es un pueblo precioso, pero cuando llueve…

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Cual si fuera Venecia, las calles de Holbox estaban inundadas y los taxis no querían acercarse a ciertas zonas. Tuvimos que ir caminando hasta el puerto, tratando de esquivar lo mejor posible las pequeñas lagunas que se habían formado en las calles. Además, la tormenta ocasionó una pequeña avería en uno de los barcos que cruzan a los turistas de Holbox a Chiquilá y viceversa, por lo que en lugar de salir cada media hora, los barcos salían cada hora. Para nuestra mala suerte, cuando llegamos acababa de partir uno de ellos.

En el puerto nos esperaban unos amigos de Monterrey que conocimos en el hotel donde nos hospedamos. Dijeron que si queríamos podíamos alquilar entre todos un barquito para llegar a Chiquilá (se trata de los mismos que hacen las excursiones; pues ya ese día estaban abiertos los puertos).

Saltando sobre las olas, fuimos sorteando un mar un tanto movido. Llegamos empapados, pero llegamos. A cada salto del barquito se nos detenía a todos un poco el corazón, aunque intentábamos disimularlo contando anécdotas graciosas. Esta experiencia me confirmó la teoría de que aquellos momentos que más miedo dan o esos disgustos que se viven en los viajes, terminan siendo parte de las mejores anécdotas. Los recuerdos más importantes, incluso aquellos de los que nos podemos reír ahora que ya estamos a salvo en casa, suelen componerse de este tipo de aventuras y no de los momentos apacibles. En conclusión, viajar es lo mejor del mundo.

R.III

 

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©R.III


Viaje a México 2016: el Caribe

(Parte 1)

 

Hay gente que destina gran parte de su capital en tener un coche deportivo, una gran televisión de plasma, ropa de marca… En mi caso siempre he pensado que el dinero mejor invertido es el que se gasta en viajar. Muchos de los sitios a los que ido me han marcado y aunque el país que visité este verano ya se ha convertido en un destino recurrente, no por ello deja de ser uno de los lugares que más honda huella me han dejado. No es para menos, después de casi cuatro años, he podido volver a mi tierra querida: México. Todavía siento esa mezcla entre felicidad y melancolía que se va potenciando conforme escribo estas líneas. Además, siento que esta ocasión el viaje ha tenido un componente extraño; después de vivir quince años en Madrid puedo decir que me he convertido en un turista en el país donde nací.

El viaje comenzó en Toronto donde, mi mujer y yo, tuvimos que hacer escala por unas ocho horas. Esto nos permitió conocer el sky train, es decir, el metro que nos llevó del aeropuerto a la ciudad, además de poder dar un breve paseo por el centro y hacernos una pequeña idea de los monumentos y lugares de mayor interés de la ciudad. No pudimos subir a la CN Tower (Canadian National Tower) porque había una cola como de mil personas y nos dio mucha pereza invertir lo que calculamos más de una hora de espera para poder pasar. En cualquier caso vimos su magnitud y pudimos comprender por qué es uno de los mayores atractivos de Toronto. Caminamos por las inmediaciones del puerto y otras calles aledañas al centro. Hacía muchísimo calor (húmedo) así que nos refugiamos en un restaurante llamado Amsterdam BrewHouse donde disfrutamos de las hermosas vistas al puerto, mientras degustamos unos ricos platos. Lo más reseñable fue la ración de crujientes crab cakes (pasteles de cangrejo) que nunca había probado y me encantaron. Después de esta breve visita por la ciudad canadiense continuamos con nuestro viaje rumbo a la Ciudad de México.

CN Tower

La colosal capital mexicana nos recibió a las 12,00 de la noche. Ahí nos esperaban mis tíos y primos. La única ventaja de llegar a esa desacompasada hora fue que no había tráfico y pudimos llegar a casa de mi abuela en tan sólo veinte minutos; un trayecto que con tráfico puede llevar una hora o más. En esta entrara sólo narraré los puntos más relevantes del viaje que hicimos por el Caribe Mexicano. Ya habrá tiempo más adelante para completar esta bitácora de viaje con anécdotas curiosas y  las experiencias con la familia y amigos.

Llegamos a Cancún en donde teníamos que recoger un coche que alquilamos previamente por internet. El local de alquiler no estaba en el mismo aeropuerto, pero nos dijeron que ahí nos esperaría un agente. Hay que reconocer que la infraestructura del turismo mexicano está por encima de la de muchos países. ¡Qué organizado lo tienen todo! ¡Cuántas facilidades para los millones de turistas que se acercan cada año por esta zona del país! No es de extrañar que al salir de la terminal no nos costara ni un minuto encontrar a la persona que nos esperaba y que éste solicitara un pequeño microbús para llevarnos a la agencia de alquileres.

Aunque el servicio fue muy atento, no todo salió perfecto. El primer coche que nos dieron, que por cierto tenía muy buena pinta (un Volkswagen Gol Sedán), no tardó mucho en mostrar sus desperfectos; una nimiedad como se podrá ver: a punto estaba de salir a carretera cuando casi me quedo con la palanca de velocidades en la mano. Malamente la recoloqué y volvimos, por eso de que soy muy quisquilloso con lo que alquilo, para que nos dieran otro. El cambio no se hizo esperar y salimos con otro coche, aunque para nuestra fortuna el mismo modelo y hasta color. Es cierto que este estaba un poco más golpeado y que carecía de la matrícula de enfrente; pero la palanca de velocidades parecía funcionar bien, así que salimos satisfechos. Además nos aseguraron que lo de la matrícula no sería ningún problema (y la verdad que no lo fue).

En esta zona de Quintana Roo no se complicaron para nada las carreteras. La principal es una inmensa recta que hasta el conductor más novel podría sobrellevar sin problemas. Bueno no podemos olvidar que se trata de México y los retornos que parten del carril de alta velocidad (el izquierdo) no dejan de contar con su grado de intrepidez. En cualquier caso llegamos con facilidad y prontitud a nuestro primer destino que estaba a unos 130 kilómetros de Cancún: Tulum. Lo dicho arriba, esta zona la tienen muy bien cuidada para comodidad de los turistas y todas las salidas están bien indicadas. Gracia a esto, aunque nuestro hotel estaba un poco apartado de la ciudad, pudimos llegar a él sin perdernos demasiado.

El Blue Sky Tulum es un precioso hotel con tan sólo nueve habitaciones. Ya desde la nuestra pudimos disfrutar de las maravillosas vistas. Cuenta con una pequeña piscina que estaba a escasos tres metros de la puerta de nuestra terraza; casi parecía nuestra piscina privada. Un espacio refrescante muy a juego con lo que a pocos metros de distancia se imponía con su magnitud: el mar, el mar, el mar. Y a manera más de adorno que por utilidad, había una especie de muelle o embarcadero de madera que rescataré de mi memoria cada vez que la cotidianidad se quiera apoderar de mi ánimo.

Nuestro hotel

Es cierto que debido a las piedras de esta playa y la poca profundidad del mar (aspecto general en esta zona del Caribe mexicano) era difícil poder meterse; ya no digamos darse un chapuzón. Sin embargo, estábamos muy cerca en coche de la zona de playas de Tulum que son una delicia: arena blanca y suave, agua cristalina de color azul verdoso y un mar apacible.

Aunque no lo recomendaría, una de nuestras excursiones fue un paseo en barco para poder ver las tortugas y los arrecifes de la zona. La experiencia con las tortugas fue muy buena; las tuve a tan sólo centímetros de distancia, muy al alcance de mi mano, aunque respeté la indicación de no tocarlas. No obstante, los arrecifes no tienen ya casi color o variedad de peces. No querría echar la culpa a la dignísima explotación hotelera del lugar, ni al sano turismo que visita estos lugares y que con mucha probabilidad goza de una admirable mentalidad medio ambiental. Alguna otra loable razón habrá de que los supuestos mejores arrecifes de coral ,después de Australia, luzcan tan grises.

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La casa del Chamán en Tulum tomada desde el barquito

También muy cerca de estas playas se encuentra el centro arqueológico de Tulum. Yo lo visité cuando era un niño y todavía mantenía en mi recuerdo la increíble cantidad de iguanas que había por doquier. Aunque su número se ha visto reducido de forma dramática (por razones que tampoco deberíamos achacar al número excesivo de turistas), me alegré de poder ver todavía algunos de estos reptiles que posan impasibles frente a los miles de individuos que visitan esta antigua ciudad prehispánica.

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Parque arqueológico de Tulum

Pasamos tres noches en Tulum y casi podría asegurar que una de las mejores experiencias de todo el viaje fue la de nadar en el Cenote Manatí o Casa Cenote, a tan sólo cincuenta metros de nuestro hotel. Aguas cristalinas color verde esmeralda, un trayecto de unos 800 metros y mucha vida marina (se supone que se han encontrado incluso manatís, de ahí su nombre). Es un cenote perfecto para snorkel e incluso hacer unas primeras inmersiones de buceo. Cuenta con algunas zonas de hasta seis metros de profundidad. Llegamos relativamente temprano y conforme nos fuimos adentrando pudimos disfrutar de esta maravilla prácticamente solos. Ha sido una gran experiencia.

Cenote

Cenote Manatí (imagen obtenida de la web Game of Drone)

Después de Tulum nos dirigimos a Mérida sin dejar de pasar antes por Chichén Itzá. La verdad es que una de las ventajas de llevar coche es que las excursiones reducen su coste de forma considerable. Lo que podría habernos costado 100 euros por persona, nos salió en unos 50 por los dos, con guía incluido. Recomiendo visitar este centro arqueológico acompañado de guía, porque no es lo mismo dar vueltas sin orden ni concierto entre las ruinas, a que un experimentado lugareño te vaya contando sobre la historia que esconden estos monumentos. No es caro hacerse con uno. Nosotros esperamos a juntar un grupo de seis personas y nos salió a 100 pesos (5 euros) por cabeza. Como valor agregado, nuestro guía nos recomendó parar en Pisté y comer en el buffet Sac-Beh. ¡Todo lo que pudieras comer por 100 pesos! ¡La mejor cochinita pibil que he comido nunca! Con tortillas recién hechas y hasta con un pequeño espectáculo de danza regional. Sólo de recordarlo salivo, con perdón del lector.

Parque arqueológico de Chichén Itzá

Mérida sin lugar a dudas ha sido uno de los lugares que más me gustó de este viaje. Una ciudad colonial fundada en 1542 por los Francisco de Montejo (padre e hijo). Cuenta con una oferta cultural vastísima. Falta salir un día por la tarde-noche para encontrarse en cada plaza algún músico amenizando, juegos de luces en edificios clásicos, espectáculos, teatros ambulantes, exposiciones de escultura. La gente sale a poblar estas calles para darles vida. Los cafés y restaurantes se llenan. Mérida es sin duda una ciudad segura y cómoda para explorar. Imprescindible conocer el Palacio Presidencial donde se exponen los murales de Fernando Castro Pacheco: potente galería de retazos históricos de Mérida.

En los extremos la Catedral de Mérida. Arriba en medio un mural de Castro Pacheco y abajo en medio el Monumento a la Patria

Nos hospedamos en el Hotel Caribe que se encuentra a una manzana de la Catedral. Cabe mencionar que las fotos de su página web engañan un poco (el sitio está un poco más viejo de lo que aparenta y la piscina recuerda la compra de una hamburguesa en el Mc Donals; la imagen y la realidad no suelen concordar). Sin embargo, es un buen sitio para hospedarse por poco dinero, no deja de ser acogedor, el personal es muy amable y, por encima de todo, las camas eran realmente grandes y cómodas.

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Hotel Caribe

No sólo disfrutamos de la ciudad de Mérida, sino que pudimos explorar sus inmediaciones. Fuimos a ver los cenotes por la zona de Homún, pudiendo visitar en el mismo día hasta cuatro de estas curiosidades geológicas (ver la siguiente entrada para conocer más detalles). También pudimos ir a la playa más cercana que es la de Puerto Progreso. Una playa mucho más interesante de las que habíamos visitado, pues en esta había menos extranjeros y más turismo local (lo cual también favorecía que los precios de bebidas y alimentos fueran más bajos).

Algunos de los cenotes de Homún

Después de tres noches partimos en coche rumbo a Chiquilá que es el puerto dentro de la península más cercano a la isla de Holbox. De ahí se puede ir a la insula en uno de los barcos que salen cada media hora. Holbox tiene muchos atractivos, pero el más importante es la posibilidad de nadar con los tiburones ballena entre los meses de junio y agosto. Para nuestro infortunio, a dos horas de llegar a Holbox comenzó una intensa tormenta que cerró los puertos a embarcaciones pequeñas (las que hacen las excursiones) durante toda nuestra estancia, por lo que nos fue imposible llevar a cabo esta actividad.

Aún así, el tiempo mejoró un poco y pudimos disfrutar de los otros encantos del lugar. Playas inmensas de arena blanca y casi solitarias. No se ha consolidado -todavía- una infraestructura hotelera, así que los pequeños hoteles suelen ser muy acogedores. Cabe mencionar que son caros incluso para los europeos (en especial si se piensa en la calidad precio). Por ejemplo, la decoración; por muy bonito que fuera una ducha de concha univalva, eso de tener que quitarse la arena de la playa con un hilo finito de agua como que no. Creo que ha sido una buena experiencia, pero si llego a volver será sólo para poder nadar con tiburones ballena. No me considero profeta, pero algo me dice que no pasará mucho antes de que el encanto de Holbox se pierda dado el incremento del turismo.

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Nuestro hotel el Holbox

La vuelta a Cancún fue sencilla. Ya lo comenté, aquí los ingenieros de caminos no se complicaron mucho; todas las carreteras son rectas infinitas. Es cierto que en Cancún había mucho tráfico y que la ciudad me resultó más grande de lo que esperaba, pero si pude encontrar la estación de autobús de Izmir en Turquía, con los indescifrables carteles en turco, no iba a perderme en mi propio país (pese a ser un tanto extranjero ya). El coche estaba en perfectas condiciones y en menos de media hora ya nos dejaban en otra furgoneta en el aeropuerto. Se acabó parte del viaje, falta profundizar en algunas experiencias vividas y contar la parte familiar. Por ahora aquí lo dejo. La próxima entrada estará destinada a algunas anécdotas de este trayecto.

R.III

Playas paradisíacas y puesta de sol en Holbox

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Holbox después de una tormenta

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Lo que adolece el adolescente

 

Cuando tenía doce años mi padre me llevaba a la secundaria en el coche. Paraba un momento en la puerta del colegio para que bajara no sin cierta celeridad. Fue hacia finales de ese año cuando hice unas de las pocas cosas de las que me arrepiento de mi pasado. Un día antes de bajar del coche le dije que, si no le importaba, prefería no volver a besarle como gesto de despedida antes de apearme del automóvil: “me da vergüenza hacerlo aquí, justo frente a la escuela”. Ahora sé que fue una bobada de adolescente que se cree “mayor” y “maduro” para seguir haciendo cosas de “niños”, pero así lo hice.

No recuerdo lo que él contestó, pero sé que desde ese día no volví a darle besos de despedida mientras me siguió llevando al cole a lo largo de los primeros años de secundaria. Tampoco lo volví a hacer al saludarnos o al despedirnos en otras ocasiones, ya fuese dentro o fuera de casa. Había afecto y cercanía, pero tengo la remembranza (o más bien su carencia) de no volver a repetir ese guiño afectuoso hasta muchos años después. Más adelante mi padre se fue a vivir a Puerto Vallarta y yo ya no volví a compartir un mismo techo con él, a excepción de las vacaciones.

A partir de ahí, en todos los encuentros que hasta la fecha seguimos teniendo trato de ser cariñoso, darle besos sin ningún tipo de pudor y lo abrazo a cada instante. Parece como si intentara recuperar todo lo que no le di cuando adolecía de insensatez. A veces me atormento pensando en lo que sintió él, cuando bajé del coche aquel día en el que le pedí que no volviéramos a besarnos al despedirnos.

Ahora mi hijo tiene justo doce años. Todavía se me cuelga al cuello y me besa sin un atisbo de vergüenza. Me dice “te quiero” y en general se muestra efusivo. Día a día espero que de un momento a otro me detenga justo antes de rozar su mejilla con mis labios y me diga “papá, preferiría que no me besaras en público”. Quizá no hará falta que diga nada y el sólo hecho de anteponer su mano a mi intención sea suficiente para que comprenda que ese día ha llegado.

Pero todavía tengo la esperanza de que el espíritu de mi hijo me supere. Que su cariño no comprenda de adolescencias, ni de “madurez”. Que no adolezca esa falta de sensatez que su padre padeció y que, con ello, me devuelva aquello que perdí una mañana de colegio.

 

R.III

 

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RIII, R.IV y R.II

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©R.III


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