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El día que ya no hizo falta quemar libros

Es de sobra conocido que los libros a veces suponen una amenaza. Muchos regímenes han procurado la quema de aquellas obras consideradas contrarias a su ideología: la quema de códices mayas a manos del sacerdote Diego de Landa, la de libros en la Coruña en 1936 por parte de los falangistas o la de los textos judíos quemados por el régimen Nazi son tan solo unos ejemplos. Estas hogueras intelectuales han quedado retratadas también en la literatura; baste recordar el clásico Fahrenheit 451 de Ray Bradbury o El nombre de la rosa de Umberto Eco. El fuego como elemento curativo, redentor, disuasorio y opresor. Es decir, una llama que elimina la plaga de la idiosincrasia disidente, que redime al enemigo sometido desde su pedestal autoritario, que advierte a próximos creadores y que impone su poder como nueva realidad.

Desde nuestro presente resulta paradójico tomarse tantas molestias.  Lo único que había que hacer era brindar a la gente otras fuentes de entretenimiento: móviles, internet, videojuegos. No hacía falta mucho más para que las personas se olvidaran de los libros.

Todos los años pregunto a mis alumnos universitarios cuántos libros leen al año. Comienzo pidiendo que levanten la mano los que leen más de cincuenta. Más que manos alzadas me encuentro con risas, murmullos, incredulidad, “¡nadie lee tanto!”, alguno espeta. Si preguntara por series de Netflix seguro que no habría tanta sorpresa. Bajo la cifra y pregunto que quién lee de cuarenta a cincuenta. Todavía nadie. Hace unos años ya veía manos levantadas cuando entrábamos en la cifra de treinta a cuarenta. Unas pocas, pero por lo menos se alzaban bajo el asombro de sus compañeros. Pero en los últimos años ya no sucede y cuando pasa es quizá una mano la que tímidamente sube, pues no quiere sobresalir. De veinte a treinta tampoco consigue mejores resultados y es hasta que comienzo a preguntar de diez a veinte o de cinco a diez cuando ya hay más personas que se animan subir sus brazos. Siempre hay alguno que con ostentación levanta la voz para admitir que no lee ninguno. Yo suelo decir que no es motivo de orgullo, pero no creo generar el efecto vergonzante que persigo.

No puedo evitar sugerir que como universitarios deberían leer por lo menos cincuenta libros al año. No es para tanto, supone tan sólo leer un poquito más de cuatro libros al mes. ¡Todavía más sencillo! Sólo se trata de un libro a la semana. Lo sé, el pretexto es el tiempo. Seguro que, si hay algún lector mirando esto, también achacará su falta de lectura a esa carencia de tiempo. Es verdad, a mí mismo me pasa factura todas esas horas que uno le debe a la cotidianidad: trabajo, pareja, compra, quehaceres, ocio (más bien bares que lectura), estudios, amigos, etc. Pues, aunque parezca mentira, en la universidad es cuando más tiempo se tiene para emplearlo en esta actividad. Esa fue la época cuando en lugar de leer cincuenta, podía llegar a leer ochenta.  Y no era el único: espero que estén mirando estas líneas Oscar (el chore), Emilio, Merino, Montiel, Héctor, Pirot… Seguro que asienten a estas palabras, pues también ellos alcanzaban o sobrepasaban esa cifra; quizá lo sigan haciendo. Hay pocas cosas tan gratificantes y lo que a uno le gusta, siempre se le encuentra el momento.

Por eso hay que ir siempre con una novela corta o un poemario en la mochila. El metro, el autobús, las salas de espera, las colas del banco. Cualquier instante es una oportunidad para sumergirse en una buena historia o dejarse seducir por una agradable lírica. Ningún recorrido o espera se hace larga. Pero tampoco se siente el suceder de los minutos, me dirán, cuando uno va ensimismado en las conversaciones de whatsapp, al recibir y reenviar memes, revisando cuántos likes has recibido por la última foto o derribando una columna entera de frutas de ese estúpido, pero absorbente jueguito….

Así que no, los libros ya no son una amenaza. Los regímenes facinerosos, por fin, pueden dormir tranquilos.

 

R.III

 

 

 

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si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar: A problemas filosóficos, decisiones salomónicas.

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Hospitalidad: la importancia de ‘cuidar’ para ‘curar’

Hay tres momentos en la vida de las personas en que uno es consciente de su vulnerabilidad: 1) cuando se es niño; basta recordar que si algo nos asustaba huíamos a escondernos debajo de los faldones de nuestra madre; 2) en la vejez, cuando uno sabe que cruzar el semáforo que está en rojo para los coches parece insuficiente para cruzar la calle a tiempo o cuando ese dolor de huesos hace que el levantarse de la cama, en el pasado un acto cotidiano, suponga ahora todo un desafío; y 3) cuando sobreviene la enfermedad y nos damos cuenta que la salud perdida era la mayor dicha de la que puede disfrutar el hombre. He dicho a propósito lo de ser conscientes, porque lo cierto es que el hombre es un ser vulnerable y expuesto a los designios del azar. Factores externos como las inclemencias del clima, accidentes o desastres naturales nos amenazan, pero también nos acechan factores internos como pueden ser algunas enfermedades que están ahí como a la espera de activarse o cuando somos presas de nuestros estados emocionales. Y, sin embargo, mientras no hagan acto de aparición vivimos confiados de nuestra suerte.

La enfermedad, volviendo al tema, nos hace ver nuestra fragilidad y cuando acontece buscamos amparo en los profesionales de la salud con la esperanza de que nos devuelvan el bien perdido. La ética del cuidado cobra especial importancia cuando, en palabras de Emmanuel Levinas, se recibe la llamada del otro, es decir, cuando cualquier ser humano, cercano o lejano, cualquier individuo que sufre, que padece un mal y precisa ayuda nos llama. Lo pongo en cursiva, porque no se trata necesariamente de una llamada explícita; cuando una persona ve a otra en un estado de vulnerabilidad y sabe que es capaz de ayudarle, esa llamada debe ser atendida por responsabilidad y ética. Dicho en otras palabras, si nuestro comportamiento es en verdad ético, no podemos ignorar esa llamada y deberíamos estar dispuestos a atenderla. Un profesional de la salud se ha formado con la intención de ayudar a las personas cuando la enfermedad sobreviene (y para intentar prevenir este acontecimiento), así que es normal que se encuentren frente a ese otro cuya salud fracturada le llama.

El problema es que esa ayuda se debe prestar atendiendo a diversas dimensiones que muchas veces los meros conocimientos técnicos no permiten abordar de manera adecuada. Cuando una persona está en estado de vulnerabilidad debido a la enfermedad necesita además de fármacos, técnicas terapéuticas o pruebas diagnósticas, que le miren a los ojos, que le consuelen con cercanía y tacto, que se le trate como una persona y no como una patología o un número de habitación, que sea apreciado su rostro, en suma, que sea cuidado. Porque curar a veces es posible, pero la mayoría de las veces nuestra actual ciencia médica sólo puede paliar, controlar o mantener a raya la enfermedad, y es ahí cuando asoma que lo más importante en referencia al ámbito sanitario sea el cuidar. Para curar dice Francesc Torralba es necesario cuidar, porque cuidar tiene también efectos curativos.

Por tanto, cuando un sanitario quiere ejercer su profesión con ética debe cuidar al paciente. Tiene que atender la llamada de ese otro vulnerable y descubrir su rostro. Como explica Torralba en su Ética del cuidar: “[…] la idea última que argumenta Emmanuel Levinas cuando alude al sentido y la significación del «rostro» es la de un compromiso ético anterior a toda etnia, cultura, identidad, ideología, etc.”. Descubrir el rostro es comprender que cualquiera que sea ese otro, ese individuo que se tiene enfrente solicitando ayuda, merece ser tratado con humanidad y dignidad. Para ello es fundamental la empatía, porque no sólo se trata de curar, sino de cuidar. Para tratar a esa persona con dignidad hay que saber que ese individuo tiene una dimensión subjetiva (siente un dolor que uno no puede sentir, tiene unos pensamientos que no están en nuestra cabeza, puede sentir emociones, como el miedo, que nosotros no comprendemos, porque no estamos en su situación), también tiene una dimensión espiritual (creencias, valores, ideales, un sentido que le mueve a vivir…) y, por supuesto, tiene su corporalidad que es la que se ha desequilibrado. Ese paciente, por tanto, puede necesitar en cierto momentos más unas palabras de consuelo que un medicamento. Y no es que el segundo no sea fundamental, pero el profesional empático tiene que proveer también ese cuidado de manera holista, es decir, atendiendo a todas esas dimensiones mencionadas.

Sí, la enfermedad nos hace ser conscientes de nuestra vulnerabilidad y es una responsabilidad ética del profesional de la salud cuidar al otro en ese estado de fragilidad. ¿Pero se puede ser más vulnerable todavía cuando sobreviene alguna patología? Los contexto humanos son diversos y por esta razón, esta llamada que hace el otro (el vulnerable) se incrementa cuando se trata de un paciente inmigrante. A esa persona se le suele unir el hecho de estar lejos de su hogar (cualquiera que sea la circunstancia), quizá se encuentra solo, quizá su situación es precaria, quizá su pasado ha sido tormentoso (tal vez su presente lo es). Su llamada es más profunda y por responsabilidad no podemos soslayarla. A ello se le une que sus dimensiones son más complejas y su comprensión requiere de una apertura mental y una empatía cultural que nos haga ver que esa persona cuenta con valores, creencias y actitudes diferentes a las nuestras. Una verdadera ética del cuidado implica tomar en cuenta las dimensiones culturales y supondría la adquisición de unas competencias por parte del sanitario para poder atenderlas.

Como se ha visto el acto del cuidar nada tiene de sencillo. Requiere una atención holista y un espíritu de hospitalidad, es decir, de acoger al enfermo sin importar su procedencia. Ese valor de la hospitalidad, que a veces parece perdido en nuestras sociedades contemporáneas, va muy unido al mundo sanitario. No por otra cosa la palabra hospital tiene la misma raíz. Cultivar la hospitalidad ayudará a ser mejores profesionales de la salud, es decir, a cuidar mejor de aquellos que vienen enfermos, heridos, frágiles.

R.III

Entrada publicada en Espacio-Mex el 9 de octubre de 2019 y en la Revista Nuestra Nebrija.

 

 

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de leer: la humanización de la salud sólo se consigue con humanidades.

 

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Reubicación

Ayer llegó a casa la primera remesa de los libros impresos de mi primera novela Reubicación editado por la Editorial Tandaia. A todos los que ayudaron a conseguir sacar adelante este proyecto participando en la campaña de preventa supongo que les irá llegando dentro de poco los libros a las direcciones que indicaron. He de decir que, aunque estaba esperando con ansia a que este envío tocara a mi puerta, lo cierto es que me ha pillado de sorpresa (la mensajería de los libros está organizada por la Editorial Tandaia directamente).

Sin embargo, la mayor de mis sorpresas fue que no han aparecido los agradecimientos completos que pedí que incorporaran (sólo aparecen algunos de los nombres de las personas que adquirieron su ejemplar en preventa). Así que me permito en esta pequeña entrada de mi blog agradecerles a todos los que conozco su participación:

Agradecimientos a Fernanda Rodríguez, Omar España, Marc Bessems, Erik Dronen, Ignacio Huitrón, Óscar Pirot, Paola de la Sierra, Ana Navea, José Antonio Tamayo, José Antonio Román, Patricia Guerra, Eva López, Carlos Carpintero, Laura Visiers, José Ríos, Matías Costa, Maaike Breemers, Sonia Bonochea, Claudia de la Mata, Matías Costa, Esther de la Hera, Dani, Esteve, Talía, Isaac, Vicky, Jaime, Piñeyro, Wicho, Kike, Lourdes, José Luis, Luigi, Tana, Gloria (mi madre), Ramón II, Ramón IV y Ana.

También a aquellos que adquirieron su ejemplar y que no me lo han hecho saber.

Gracias de todo corazón. Espero que disfruten de Reubicación (o la sufran) mientras que se sumerjan en sus páginas.

R.III

Post scriptum: Algo que me encantaría, y así de paso saber que han recibido el libro, es que lo compartan en las redes con el hashtag #Reubicación y así vamos generando ruido para que a otros posibles lectores les llegue esta distopía.

Post scriptum2: pronto a la venta en librerías.

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Si te gusta esta entrada puedes ver Cuidar entre líneas

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Despedidas

Siempre he pensado que mi comunicación oral es mala; mi fuerte, si le puedo llamar de esa manera, está en la escritura. Sin embargo, no me había dado cuenta de lo grave que era mi problema hasta que me lo han hecho ver con diversos ejemplos. Y es que algunos de los últimos sucesos que me han acontecido se deben a no saber transmitir lo que quiero con claridad. Me interesa contar aquí la despedida precipitada que tuve con mi padre.

Hemos pasado quince días en Galicia que me dejan un sabor salobre por desasosiegos que aquí no vienen al caso. Lo cierto es que alquilamos una casita por quince días y ayer entregamos las llaves a los dueños antes de salir. Toda persona que haya viajado en familia, e incluso digo más, todo aquel que sea padre o madre de esa familia sabrá de lo que hablo. Una hora antes de que llegaran los dueños, había que recogerlo todo, terminar de meter las últimas prendas de ropa en la maleta, poner ese equipaje en el maletero, sacarlo de nuevo todo para conseguir acomodar las cosas de los perros, coordinar que tu hijo vaya a tirar la basura y que acabe su desayuno, tomar algo también uno mientras limpias un poco para dejarlo todo lo más presentable posible, guardar la comida aprovechable para llevarla con nosotros, lavar los dientes, ir al maletero y sacarlo todo para conseguir que entre ahora también la comida, las toallas y nuestras mochilas con el resto de equipaje, pedir media hora más a los caseros para que nos dé tiempo, hacer más basura, pedir que vayan a tirarla, dar de comer a los perros y, por ende, volver a acomodar el desbarajuste que eso ocasiona en el maletero… Cinco minutos antes de que llegaran los propietarios de nuestro hospedaje todo parecía listo. Entregamos la casa y nos agradecimos mutuamente una estancia satisfactoria.

Pero entonces nos dimos cuenta que ese era el momento en que nos despediríamos de mi padre y Pat, su mujer. Ellos continuaban el viaje y nosotros volvíamos a casa. Llevábamos casi dos años sin vernos y esa despedida merecía algo más que un apresurado abrazo antes de partir. Pero él me dijo, si quieres sacamos los coches y paramos un poco para despedirnos bien. Me pareció adecuado, pues era mejor no compartir la intimidad de una sentida despedida con los caseros, por más amables que hayan sido. Así que le dije: “muy bien, si quieres adelante paramos y nos despedimos”. Pero, ¡Qué diablos quiere decir adelante! Para mí era justo a unos metros de la puerta de la casa, pero para mi padre parece que no era así.

Sacamos los coches y veo que mi padre emprende camino. Además, a una velocidad que me hizo acelerar un poco para seguirle de cerca. No pasa nada, me dije, seguro va a parar pronto así que le seguí. De forma inopinada una llamada de los dueños de la casa: “Os habéis dejado una mochila en la puerta”. Comencé a echarla las luces, toqué el claxon y mi padre ni caso y así nos íbamos alejando de la casa a la que debíamos volver y él sin parar. Abriendo un paréntesis: no podíamos llamarles, porque al estar en ellos en el extranjero no estaban usando sus teléfonos, así que no había otra forma de comunicación, cierro el paréntesis. Decidí que lo mejor era volver con la esperanza de que realmente mi padre se fuera a detener “ahí, adelante” y que nos diera tiempo de ir a la casa, recoger la mochila y volver a encontrarles esperándonos. Salimos del pueblo y no estaban en ningún sitio. Más adelante, me dije. Con esa esperanza conduje 250 km, con la única creencia de que con lo despacio que mi padre conduce les podría dar alcance. Apresuré un poco el paso, con los ojos abiertos, atento a cada coche gris y desesperado cuando la cercanía me sacaba de mi desacierto. Cuando salimos de Galicia y ya no había posibilidad de encontrarnos, pues su parada era la Ribera Sacra, no pude hacer menos que llorar un poco en la primera gasolinera en la que paramos y ahora sólo puedo expresar esta despedida por escrito. ¡Buen viaje y muchas gracias por todo!

… ¡ah! y apuntarme en mis deberes de este año, ser más claro hablando.

R.III



Reubicación

Sinopsis

Dhanu es miembro de un grupo de exploradores, liderado por Abril, que tienen como misión viajar al pasado. Tienen encomendado el objetivo de rescatar a unas personas que viven confinadas en un centro de reubicación. Estos centros son ciudades enteras destinadas a dar asilo centralizado a los inmigrantes y refugiados que entran en masa a Europa. La iniciativa que motiva la creación de estos inmensos centros es el autoabastecimiento de sus habitantes. Aunque la idea inicial era hacer frente, de la manera más humanitaria posible, a la crisis migratoria que se había encrudecido, lo cierto es que con el tiempo se convirtieron en enormes prisiones donde se veían vulnerados los derechos humanos de las personas que ahí vivían.

Bajo la tutela de Abril, Dhanu y sus compañeros tendrán que sacar de uno de estos centros de reubicación a un grupo heterogéneo de habitantes con el fin de traerlos consigo de vuelta a su tiempo. Dhanu es la encargada de establecer las coordenadas del desplazamiento espacio-temporal que situará al grupo de viajeros en el centro de reubicación en el momento adecuado. Sin embargo, un pequeño error de cálculo parece poner en peligro la enigmática operación.

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Portada provisional

 

Editorial Tandaia

Desde su origen, en 2014, Tandaia ha tenido perfectamente claro su objetivo; dar una oportunidad a quienes, derrochando calidad, otras editoriales se la niegan. Siguiendo esta línea, en apenas un par de años contamos con cuatro colecciones de Ficción dirigidas a distintos géneros —desde la novela histórica hasta la literatura juvenil, pasando por el noir o el alt-lit— y una de no ficción.

Campaña para publicar Reubicación

Para poder publicar esta novela, a través de la editorial Tandaia, se ha organizado una campaña de crowdfunding.  Si eres un seguidor de Cuando el hoy comienza a ser ayer y quieres participar en esta campaña de preventa que tiene como objetivo publicar la la novela Reubicación, por favor, entra en el siguiente enlace:

Pincha aquí

Una vez publicada la obra te llegará antes de que salga a la venta. Tiene un coste de 16€ y los gastos de envío son gratis dentro de España. Para cualquier otro lugar del mundo los gastos de envío son de 3€.

Gracias por tu colaboración

R.III

 


Orteguita, otra vez.

“[…] después de todos los malos consejos que no tenían nada que ver con la vida”

Afterlife, Arcade Fire

Nihil est ab omni parte beatum

[no todo es perfecto]

Horacio, Odes 2.16

“Tienes que triunfar en la vida”. “¡Sé feliz!”. “Ama el empleo que tienes y no tendrás que trabajar un sólo día de tu vida”. “¡Hazlo!”.  “Lo mejor está por venir”. “Cree en ti y todo será posible”.  Te han dicho tantas tonterías que hasta te las has llegado a creer. Como todos, te consuelas. Porque en eso no estás solo, Orteguita. Esta sociedad nos ha contado que somos los protagonistas de “nuestra” vida, lo que quiere decir, “de la vida” en general; todos los demás son actores secundarios que van y vienen. También nos han metido en la cabeza que “debemos” vivir con plenitud y, peor aún, que sólo está en nuestras manos el poder hacerlo. Y tú no niegas que los humanos tenemos cierto margen de libertad, por eso te gusta tanto esa frase de Sartre: “somos aquello que hacemos con lo que han hecho de nosotros”. Pero lo primero que han hecho con nosotros es convencernos de que hemos venido a esta vida para ser felices, piensas. Y, hasta donde recuerdas, tú nunca has firmado eso, Orteguita.

Por eso es que hoy, como suele pasarte con los días lluviosos, ya estás repasando los “¿logros?” y los fracasos. Haces tu lista, Orteguita, y la jodida balanza te hace escribir. ¿Te quieres convencer de que por lo menos eso nadie te lo ha arrebatado? En el fondo a ti también te encanta sentirte el actor principal, cuando no dejas de ser una marioneta más. ¿Dónde quedaron esas grandes esperanzas?  La realidad, que es tozuda, te ha ido imponiendo el yugo de la mediocridad. ¿Y si aceptaras de una vez esa cita con la conformidad? ¿No serías más feliz con tus vinos, tus novelas, la gente que te rodea, tus viajes? ¿No sería más fácil todo si dejaras de añorar lo que no fue; lo que no será? ¿Y acaso puedes describir lo que quieres, Orteguita?  ¿No será otra de tus ideas etéreas? La dichosa entelequia de una vida virtuosa.

 Siempre has tenido este sentimiento. Hay momentos —no sólo cuando llueve, ¿verdad Orteguita?— en los que te sientes pequeñito. ¿Es la incertidumbre por lo que pasará en el futuro? ¿Es la cruel evidencia de todo lo que no has alcanzado?  Por lo menos antes tenías el consuelo de la juventud. Antes contabas con el amparo de esa “sonrisa de muchacho soñoliento —seguro gustar-”, pero que, como dice Jaime Gil de Biedma, ahora tan solo “es un resto penoso/ un intento patético” que ya no convence a nadie.

Y es que hasta escribir estas líneas, Orteguita, ¿no te das cuenta? Rechazas las estúpidas recetas de la autoayuda, pero te confeccionas una estrategia para sentirte mejor mientras vas escribiendo. ¿Eso es lo que quieres? ¿Una palmadita en la espalda? ¿Alguna palabra alentadora? ¡Ay, Orteguita! Si sigues pensando tanto en la vida, en la plenitud, en la felicidad… vas a perder el tren ¿o ya lo has perdido? Igual que todos, Orteguita, ¿ya ves como no puedes dejar de sentirte protagonista de esta historia? ¿O piensas que los demás han encontrado esa plenitud? Mira, no seas ingenuo ya, cierra este texto, y mejor ponte a trabajar.

Y el cielo sigue gris.

R.III

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Si te ha gustado esta entrada, visita Hormigas en el universo

O si quieres saber sobre los temores de Orteguita, puedes visitar Tus miedos

 

 

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Cuidar entre líneas

Cuidar entre líneas tiene como principal objetivo conmemorar las veinte ediciones del Certamen de Relatos Breves San Juan de Dios. Se trata de un concurso que va dirigido a profesionales y estudiantes de enfermería y fisioterapia con interés en dejar plasmada las diversas experiencias del cuidar. El certamen busca estimular la creación literaria poniendo de manifiesto los aspectos humanos que desempeñan en su trabajo habitual estos profesionales de la salud. Esta actividad está organizada por el Centro Universitario Ciencias de la Salud San Rafael-Nebrija, perteneciente a la Fundación San Juan de Dios y adscrito a la Universidad Antonio de Nebrija.

            No se trata del único libro publicado con textos del Certamen de Relatos Breves San Juan de Dios. El primer compendio de cuentos apareció en 2010  bajo el título de Cuidar en la fragilidad recogiendo las mejores narraciones recibidas en las primeras dos etapas del Certamen. Más adelante se hablará en profundidad sobre las distintas fases que ha vivido este concurso literario en el capítulo destinado a la historia de este proyecto y que ha tenido como protagonista desde su origen al actual Presidente del Certamen, Julio Vielva.

            Los escritos que aquí se incluyen son los pertenecientes a la tercera etapa del certamen que comienza con la creación del Centro Universitario San Rafael-Nebrija. Comprende, por tanto, de los relatos ganadores desde la edición XIV (2012) hasta la actual, número XX (2018). Las narraciones no se presentan de forma cronológica, sino que han sido agrupadas a partir de temas diferenciados, pero que giran en torno al mundo del cuidado que brindan los profesionales de enfermería y fisioterapia.  El primero de ellos presenta el Cuidado a través del arte, ya que cuando se habla de una atención holista lo que se persigue es abordar, a través del cuidado, las distintas dimensiones de la persona (biológica, psicológica, espiritual, social…). La lectura de una historia, el uso terapéutico de la música o el impacto emocional de una representación teatral pueden ser más trascendentales para el paciente que cualquier medicamento.

El segundo apartado se titula Cuidar sin fronteras, porque la atención debe brindarse en igualdad de oportunidades (que no de igual manera). Para conseguirlo parece esencial el cultivo del valor de la hospitalidad tan necesario en estos tiempos aciagos y que siempre ha sido un signo distintivo de la Orden de San Juan de Dios. A su vez, para poder brindar un cuidado holista es fundamental prestar atención a las diferencias culturales. En este apartado se encuentran historias que hablan de la cooperación de algunos profesionales de la salud en diferentes partes del mundo, en otras palabras, llevar el cuidado más allá de las fronteras o, dentro de estas, asegurar que pueda llegar a todos por igual, sin importar su procedencia.

El tercer epígrafe se llama Cuidar la esperanza. César Vallejo decía en su poema Los heraldos negros “que hay golpes en la vida, tan fuertes” que el hombre “¡pobre! vuelve sus ojos” como intentando encontrar un halo de esperanza. La muerte, la enfermedad, el dolor pueden sacudir todo lo vivido. En este apartado los relatos muestran el papel de los profesionales de la salud para colaborar en el proceso de resiliencia de sus pacientes. Cuando la vida parece haber perdido su sentido es de suma utilidad el apoyo, la empatía, la compasión, entre otros aspectos para ayudar a vislumbrar nuevos caminos por recorrer, es decir, un nuevo sentido que devuelva la esperanza.

El cuarto epígrafe trata sobre El cuidado del otro a partir de muchas de las dimensiones que fundamentan la relación del profesional de la salud con sus pacientes. Competencias que humanizan la atención sanitaria y que deben ser adquiridas y trasferidas a la práctica por los profesionales de enfermería y fisioterapia. De ahí que el último apartado verse sobre ese proceso de aprendizaje a través de relatos que comentan ese momento de sensibilización en el que la profesión deja de ser sólo un aspecto técnico, para convertirse en un cuidado que requiere un abordaje holístico. A ese apartado se le tituló en concordancia: Aprender a cuidar.

Esperamos que Cuidar entre líneas permita al lector adentrarse en el universo poliédrico de la salud, la enfermedad, la muerte, la esperanza, el duelo y muchos otros conceptos relacionados con el cuidado. Agradecemos a todos los autores de los relatos aquí presentados su ayuda por sensibilizar y mostrar la importancia de la humanización de la atención sanitaria. También a todos los participantes de las distintas ediciones del Certamen de Relatos Breves San Juan de Dios, así como a los colaboradores (miembros del jurado, autoridades y personal del Centro Universitario San Rafael-Nebrija) que dan vida a esta iniciativa.

R.III

 

 

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Este libro se puede descargar si haces clic en esta enlace: https://www.fundacionsjd.org/es/publicaciones/21/cuidar-entre-lineas

 

 

 


La humanización de la salud sólo se consigue con las humanidades

Cuando estoy frente a alumnos de ciencias de la salud me gusta hacerles las siguientes preguntas. ¿Qué tipo de profesional prefieres? ¿Un médico grosero, antipático, que te trate mal, pero que acierte en el diagnóstico de tu enfermedad y te salve la vida o un médico amable y empático, pero que pueda errar en la causa y tratamiento de tu patología? La inmensa mayoría contesta sin mucha duda que prefieren el primer tipo de médico; qué importa que el profesional de la salud no se muestre empático, lo que se espera de ellos es que te salven la vida. Los filósofos Antonio Casado y Cristian Saborido definieron el concepto de cultura bioética que consiste en ese grupo de expectativas y presunciones sobre el trabajo diario en el ámbito de la salud. Es decir, la idea que tenemos los legos (personas que no pertenecemos al sector sanitario) sobre el día a día de los profesionales de la salud. La mayoría de los alumnos con los que trato este tema también podrían entrar en este grupo, pues todavía no saben exactamente lo que será su futura vida profesional.

Gran parte de esta cultura bioética la generamos a partir de las noticias que escuchamos en los medios de comunicación, los libros que leemos y, sobre todo, de los productos audiovisuales que consumimos. En este último punto hay cuanto menos dos series de televisión que han tenido un impacto en nuestra cultura bioética: House y The Good Doctor. Ambas han influido en generar una serie de ideas equivocadas sobre la atención médica. Tanto el Dr. House, como el Dr. Murphy son dos médicos que podrían considerarse genios y que siempre aciertan en el diagnóstico de las extrañas enfermedades que presentan sus pacientes. Atinan, según estas series, ahí donde otros profesionales fallan. Sin embargo, en el caso del Dr. House estamos hablando de un médico insensible, carente de empatía, que considera que el paciente siempre miente y que llega incluso a ridiculizarles con su particular humor negro. El Dr. Murphy no es que sea un cretino como House, pero al tener asperger (un trastorno del espectro autista) no cuenta con las competencias relacionales que le permita mostrar su empatía hacia el paciente, comunicar de manera sensible los diagnósticos o hacer sentir la confianza al paciente en su labor asistencial. Estos personajes ejemplificarían al primer tipo de profesionales en la pregunta que planteo a los estudiantes de ciencias de la salud.

Ambos personajes pertenecen al mundo de la ficción. Son un producto comercial inexistente en la vida en real. Las series no muestran lo que pasa en realidad en un hospital. Basta pensar cuántas enfermeras aparecen en estas series o cuántos servicios asistenciales existen en el mundo donde un médico sea capaz de saltarse los protocolos de actuación sin consecuencias negativas para él o que cuente a su vez con un equipo de doctores a su completa disposición como pasa con House. El día a día de los profesionales de la salud (los de verdad) dista mucho de lo que se ve en estas series. Además, existe un peligro cuando nos dejamos influir por estos contenidos audiovisuales y consideramos que así es la atención sanitaria. Dentro de estos prejuicios se encuentra el considerar que el objetivo del personal sanitario estriba en curar enfermedades. Para empezar la mayor parte de las patologías no se curan, se controlan. Albert Llovel, médico, escritor y enfermo, decía: “Yo ya acepto que no me van a curar, pero me costaría aceptar que no me van a cuidar”. El cuidado de los pacientes parece ser un aspecto mucho más relevante que el curarles, pero de ello nunca se habla. Para poder cuidar con calidad hay que ser un profesional de la salud empático, compasivo, que irradie confianza… Otro gran peligro que se desprende de la cultura bioética es la deshumanización de la atención sanitaria al ver en el paciente una patología, en lugar de considerarle una persona cuya dignidad está por encima de su condición socioeconómica o cultural. En palabras de Edmund Pellegrino: “para curar a otra persona debemos comprender cómo la enfermedad lesiona su humanidad”.

En la actualidad se está haciendo un enorme esfuerzo por humanizar de nuevo la salud. Sin embargo, para ello es fundamental llevar el conocimiento de las humanidades a la formación de los estudiantes de ciencias de la salud. Mostrar que no todo se trata de saber poner una vía, administrar un fármaco o diagnosticar una patología, es decir, de una formación técnica. Es cierto que en los actuales programas universitarios existe una atención relativa a asignaturas como psicología, antropología de la salud, comunicación sanitario-paciente e, incluso, la bioética ha ido entrando en los planes de estudio. No obstante, hay una marginación de disciplinas como la literatura, la historia y la filosofía (enfocadas a la salud) que podrían dotar de humanidad a estas profesiones. Un aspecto que recuerda aquella frase de José Letamendi: “el médico que sólo sabe de medicina, ni de medicina sabe”.

El profesional de la salud siempre ha sido una figura admirada. Esto se debe a que existen un personal sanitario que con sus cuidados, amabilidad, empatía y compasión consiguen permanecer en el recuerdo de sus pacientes. No debemos olvidar que cuando uno acude a ellos lo hace en un estado de fragilidad. La enfermedad le recuerda al hombre su vulnerabilidad, por eso es que en esos momentos agradecemos la compañía no de un buen profesional de la salud, sino de un profesional de la salud bueno.

 

R.III

 

salud y humanidades

 

Este texto apareció en la revista Nuestra Revista, n. 28 de enero de 2019.

 

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Si te ha gustado esta entrada visita una reflexión sobre Comunicación, ética y salud.

 

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El cielo de los olvidados

Diálogos inconmensurables o el cielo de los olvidados es un relato que aparece en el libro Un gran salto para Gorsky. Trata sobre el encuentro que tiene un islamista y un ateo en una especie de “cielo”, una vez muertos los dos en un atentado pertrechado por el primero. Un texto sobre la fe, la ética y las diferencias culturales.

Este cuento ha aparecido publicado recientemente en la revista colombiana Cronopio. Si lo quieres leer puedes pinchar en el siguiente enlace:

Diálogos inconmensurables o el cielo de los olvidados

R.III

cronopio


Ni apocalíptico, ni integrado

No quiero parecer un apocalíptico del tema de las nuevas tecnologías, pero desde luego no me voy a someter bajo el concepto de integrado (por usar los términos de Umberto Eco), así sin más. Por lo menos, no sin antes contar algo que me hizo reflexionar las pasadas Navidades. Festejé dos veces la entrada de año. La primera fue a las cinco de la tarde, hora de México, cuando en España se brindaba por la llegada del 2018. En la casa de Madrid se montó una buena juerga a la que pude asistir en tiempo real y en “manos libres” gracias al whats app. La segunda entrada del año la experimenté en persona, en horario mexicano, con una fiesta un poco más modesta. Sin embargo, no es sobre la relatividad del espacio-tiempo de lo que quiero hablar, ¿o sí?

Es indudable que el uso del teléfono móvil ha cambiado nuestra conducta social, pero a veces no somos del todo conscientes cuánto. De hecho, en ocasiones es necesario que te des de bruces con esa fotografía esperpéntica que brinda una reunión familiar donde el silencio cobra completo protagonismo. Imagínense una abuela, padres, tíos, primos (y otros términos de la nomenclatura de parentescos) reunidos en una habitación, pero todos ensimismados con su dispositivo móvil. Pues así fue mi Noche Vieja. Vale que el silencio se intercalaba con algunas conversaciones ocasionales, pero en ese lugar existían dos interacciones simultáneas: una personal y otra(s) a distancia. Memes, felicitaciones, comentarios sobre las vivencias “reales” y sendos mensajes inundaban el whats app, el messanger u otras aplicaciones de los teléfonos. ¿Sólo pasó en mi familia? No lo creo ¿Quién no vivió, aunque fuera en algún momento a lo largo de la noche, la escena de arriba en su cena de Navidad o en la entrada de Año Nuevo?

¿Por qué este afán de estar en un sitio y en otro a la vez? Quizá, porque ahora lo podemos hacer.

Como digo al comienzo de esta reflexión, aquí no voy a decir que nos estamos deshumanizando o que nuestras relaciones se han hecho más frías y de peor calidad. No obstante, está claro que nuestra idea sobre la presencialidad ha cambiado. No nos conformamos con las experiencias directas, sino que, presas de un súbito aburrimiento moderno, necesitamos estar en contacto con otras realidades ajenas a nuestro contexto referencial. Queremos escuchar lo que nos cuenta nuestro interlocutor (el personal), pero si me vibra el móvil, una fuerza (a veces incontrolable) me invitará a mirar mi teléfono para ver qué me dice ese otro interlocutor virtual. Aunque haya gente que lo considere una falta de educación, el uso de los dispositivos móviles está cada vez más aceptado (¿debería decir normalizado?) en nuestro día a día. Nadie se sorprendería de que la persona con la que mantenemos una charla eche una ojeada a su teléfono de vez en cuando. Puede ser molesto si la persona no sigue la conversación, pero mientras esto no suceda, ¿qué de extraño habría en esa conducta?

Nos molesta que nuestros alumnos miren sus teléfonos en clase e incluso sus ordenadores. Consideramos que están metidos en alguna página web, chateando con alguien o viendo sabráDiosqué, en lugar de atendernos o estar tomando apuntes. Y lo más seguro es que no nos equivoquemos; seguro que sí están chateando (o cosas peores).  No es raro que yo mismo o cualquiera de mis colegas atienda a sus mensajes mientras estamos en la conferencia de algún compañero (¿eso lo escribí o lo pensé?). No nos mintamos, la mayoría nos hemos dejado seducir por esa gran posibilidad de estar en dos o más sitios a la vez.

El otro día comencé a ver esa serie que llevaban años recomendándome: Black Mirror. El segundo capítulo de la primera temporada plantea un mundo en el que prevalece una interacción virtual (por medio de avatares) sobre una real que es más bien horrible. Las relaciones interpersonales son pocas o nulas y las personas trabajan “pedaleando” todo el día para poder mejorar su avatares. No digo más para no ser un spoiler. La vi con R.IV, mi hijo (catorce años), quien consideraba que este mundo distópico era una exageración; que ninguna sociedad querría vivir así. Curioso comentario de un adolescente al que recogí a la mañana siguiente en un parque, rodeado de otros chicos (sus amigos) con los que no mantenía una conversación, puesto que cada uno se divertía controlado el avatar en un juego desde su teléfono móvil. Aunque, por otro lado, ese juego les permite interactuar, paradójicamente, con individuos en otras partes del planeta en tiempo real. ¿Qué tan lejos estamos de la sociedad que propone Black Mirror? ¿Quién está leyendo estas líneas mientras mantiene otro tipo de interacción (real o virtual)?

R.III

 

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©R.III


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