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Las águilas de Zeus

 Discurso de clausura de los cursos de verano del Centro de Estudios Hispánicos de la Universidad Antonio de Nebrija, 27 de julio 2017

Me he dado cuenta de que una de las cosas que más me gusta hacer en la vida después de escribir, y de algunas otras actividades de carácter hedonista, es dar clases de literatura. Algunos de mis amigos cercanos aseguran que este gusto se debe al hecho de que me encanta hablar y ser escuchado (de hecho, ellos dicen textualmente que me gusta oírme a mí mismo) y mucho más si el tema está relacionado con la literatura. Claro, cuando uno da clases puede explayarse sobre cualquier tema y los alumnos no tienen más remedio que escuchar.

Ahora me doy cuenta de que los discursos de clausura también sirven muy bien para este fin.

Aunque esta hipótesis podría ser correcta, lo cierto es que existen otras razones de mayor peso. Primero porque la literatura es uno de los grandes bienes del ser humano. Los alumnos que han pasado por mis clases saben que defiendo la idea de que la literatura es la disciplina más importante (por encima de la física, la medicina, la psicología, cualquier ingeniería; por encima de todo). Para poder defender mi postura necesitaría más de los diez minutos que tengo para poder dar este discurso así que sólo puedo mencionar que la Literatura nos habla sobre las cosas importantes de la vida y que de otra manera sería difícil conocer por, según cuenta Wittgenstein, su carácter inefable. En otras palabras, rebasa los límites del lenguaje y por ende rebasa los límites del conocimiento. Me refiero a temas como el amor, la justicia, la amistad, la verdad, etc.

Esta es una razón, pero la más importante es que dar clases de literatura me permite estar rodeado de ustedes… los alumnos que año tras año vienen al Centro de Estudios Hispánicos de la Universidad Nebrija. Los alumnos que vienen a mis clases de literatura son, sin más, una gozada. Muy en especial aquellos que vienen en verano. Se trata de un perfil de alumnos entusiasta, creativos, inteligentes, qué digo inteligentes, brillantes y siempre sonrientes. No sé a qué se debe, quizá a que tan sólo vienen por un mes o dos… no lo sé. Lo certero es que cuando están aquí se quieren comer el mundo. Y eso me llena de energía, porque me acuerdo de mi propia juventud. Tanto que no puedo dejar de recordar la película Noviembre de Achero Mañas que termina con la lapidaria frase: “Antes luchaba por cambiar el mundo, ahora lucho porque el mundo no me cambie a mí”. Pues cuando estoy con ustedes, queridos alumnos, siento que sigo siendo capaz de cambiar el mundo, un deseo que espero ustedes también sientan.

Por eso me gusta que vengan a estudiar a España, porque lo que pueden aprender aquí les va a ayudar en este propósito. Y no se trata sólo de aprender otra lengua. Se trata de poder conocer otro país, no como turistas, sino viviendo en él y salir así de la zona de confort. Esto les ayudará a entender otras culturas (no sólo la española) y el entendimiento entre culturas es muy necesario en estos días aciagos.

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Delfos fue una de las principales ciudades de la Grecia Clásica. En épocas antiguas era el lugar del oráculo de Delfos, dentro de un templo dedicado al dios Apolo. Según cuenta el mito, Zeus envió dos águilas direcciones opuestas a la misma velocidad. Como consideraban que el universo era esféricos, era evidente que estas dos águilas se encontraran en algún punto. Ese sitio sería el centro de la tierra y ahí es donde debería estar el oráculo. Delfis significa matriz. La idea es pensar en la matriz como el centro del mundo.

China en chino se dice Zhongguo, pidos disculpas a los alumnos chinos presentes, mi chino está un poco oxidado. El primer carácter zhōng (中) significa “centro”, “medio” y guó (國) significa “Estado”, “país. Literalmente sería nación del centro

Finalmente Cuzco, por otro lado, es el nombre de una ciudad Inca situada en Perú. La tradición afirma que significa centro, ombligo, cinturón en quechua antiguo.

¿A dónde quiero llegar?

Pues a que todos estos ejemplos muestran que aunque sean culturas muy distintas y de tiempos diferentes, ya sean íncas, antiguos griegos o chinos; todos han considerado que su tierra era el centro del mundo. En otras palabras: “El universal cultural, por excelencia, es pensar que la plaza del pueblo de uno es el centro del planeta”. Y no es raro que pensemos esto, de igual manera, el universal psicológico es pensar que cada uno de nosotros somos las personas más importantes. Para que no suene tan fuerte, podemos decir que pensamos que somos los protagonistas de nuestra vida y es complicado no hacerlo.

Sin embargo, con el tiempo conocemos otras personas y vemos que ellos también son protagonistas de su vida y recibimos una cucharada de humildad. De la misma manera, viajar nos hacer ver que el mundo es más grande de lo que pensábamos y que ese centro no existe. Sobre todo cuando podemos tener una estancia internacional de estudios o de trabajo. Ahí nos damos cuenta de que hay otras formas de vivir la vida y que son tan válidas como la nuestra, aunque a veces nos parezcan extrañas. Convivimos con personas de otras culturas y terminamos entendiéndonos con ellos.

Me recuerda el fragmento de poema que escribí hace unos años a R.IV que se llama

Aforismos a Ramón IV

Confío en que comprendas lo absurdo de las banderas

la necedad del ser humano

al imponer límites geográficos, raciales

e incluso familiares

 

confío en que rehúyas de los himnos de toda índole

y que construyas tu identidad con criterios amplios

 

que tus raíces nutran el árbol de tu vida

pero sin aprisionarlo

que permitan que su tronco crezca con solidez

hacia cualquier horizonte al que se incline

[sigue…]

Ustedes se llevan esa enseñanza. Aunque a lo mejor no lo saben todavía, ustedes ya son más tolerantes, más flexibles, más empáticos y más humildes. Estos rasgos les permitirán cambiar el mundo o por lo menos intentarlo. Es de verdad un gran placer haber coincidido con algunos de ustedes, aprender de ustedes y cargarme de esta energía tan positiva que gano cada vez que doy clases de literatura.

 

R.III

 

 

 

 

Agradezco las fotos a la ágil mano de Zaida del Rio, y a los estudiantes Gaudi y Lenadro que llevaban teléfonos de alta gama para cristalizar estos recuerdos.

 

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de leer El poder de las palabras

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Cuando la verdad dejó de ser un valor

 

Llevo unas semanas queriendo escribir sobre los anuncios protagonizados por Fernando Alonso y Marc Márquez, en la última campaña de una empresa de telefonía móvil. Sin embargo, lo que me ayudó a decidirme a hacerlo fue una conversación con mi hijo (R.IV) que más adelante contaré. Creo que es importante pararse a pensar de vez en cuando sobre la importancia que tienen algunos valores en nuestro día a día. Hoy me centraré en la verdad y la honestidad y, con ello, espero poder ejemplificar a qué nos referimos cuando se habla de crisis de valores o eso de que los valores se están perdiendo en nuestra sociedad contemporánea. Empecemos con los dos spots publicitarios.

En el primero se ve una conversación en la que un tipo le dice a Fernando que lo mejor sería decirle la verdad a su madre; que ver una de las carreras de Alonso tiene prioridad sobre el festejo de su cumpleaños. Le explica a Fernando que su madre comprenderá las razones de peso como “que ese circuito te va muy bien”, o que “dan lluvia”. Cualquier madre comprendería lo importante que será ver esa posible gran carrera: “además mi madre puede celebrar su cumpleaños el sábado”. Fernando Alonso, que le escucha con mucha paciencia, termina por aconsejar: “Olvídalo, miéntele”. Y con ello parece decirle “no te compliques la vida, ahórrate las explicaciones, pon un pretexto importante para faltar a su cumpleaños y ve mi carrera”.

Una situación parecida ocurre en el anuncio de Marc Márquez, pero en esta ocasión otro personaje, a pie de una barbacoa y con el toque de una vieja amistad, entabla conversación con Marc. El desconocido tiene el compromiso de celebrar el santo de su padre. La fórmula es la misma que en el otro spot: “va a ser un carrerón”, “es una pista rapidísima”, “con curvas para hacer tus derrapes”, bla, bla. “¿Qué padre no entendería eso?”, parece decir el chico. “Además, los santos no se celebran”, termina afirmando. ¿Y qué contesta Márquez? “Olvídalo, invéntate algo”. Nuevamente el mensaje es “con la verdad no vas a conseguir nada”.

El otro día R.IV me contaba que había ido a comer con una amiga a un sitio de hamburguesas. La señorita que les atendió confundió el cambio y les devolvió más dinero del que debía y ambos se lo callaron. La anécdota no terminaba ahí, pero no pude esperar para reprenderle. “Si te diste cuenta del error, ¿por qué no le devolviste el cambio que te había dado de más?”. Hasta ese momento él no se había dado cuenta de su error, porque su expresión, antes pletórica de felicidad, cambió automáticamente. Ya era demasiado tarde, porque ahí no terminó la reprimenda: “lo que más me asombra es que me lo estás contando con una especie de orgullo que no termino de entender. ¡Qué listo te debes de sentir! Igual de listo como se siente Bárcenas u otro de esos políticos de los que me ves quejarme cada vez que aparecen en televisión. Pues que sepas que no veo diferencia entre tú y ellos cuando haces algo así”. Su semblante, ahora de seriedad, mutó en tristeza.

¿Fui duro? Quizá, pero si no somos los padres los que inculcamos el valor de la honestidad quién va a venir a enseñarlo. Una vez que le dejé en el colegio, porque venía contándomelo cuando lo llevaba de camino, me puse a pensar: ¿cuántos padres le habrían reprendido? Estoy convencido de que muchos habrían actuado de forma similar a mí, pero también creo que muchos le habrían reído la hazaña. Algunos, tal vez, sin reírsela, simplemente no se hubieran dado cuenta de la falta de ética que hay detrás de esa acción. No descubro una realidad oculta cuando digo que vivimos en una cultura que premia la mentira. Ya he hablado de este tema en la entrada Orgullosos de nuestro español. El ser deshonestos está a la orden del día. La corrupción es motivo de enfado y es habitual criticar a los políticos, banqueros y empresarios que incurren ello, pero en la primera oportunidad muchos se quedarían con el cambio equivocado que les devuelve el pobre empleado al que, además, se le tacha de “pringado”. Pongo este ejemplo, pero pasa lo mismo cuando uno se ahorra el IVA aceptando pagar en negro alguna chapuza, cuando se enchufa a un amigo en un trabajo aun sabiendo que no es apto para el puesto, el copiar en un examen, plagiar un trabajo o tantos otros ejemplos de la vida diaria. Y claro, el que lo hace se siente bien listo saliéndose con la suya. La vergüenza brilla por su ausencia en esas situaciones. ¿Por qué? Porque cuando se cuentan estas batallitas la gente aplaude, en lugar de sacar los colores.

España no tiene muchos héroes; personas a las que podamos ver con orgullo hacia arriba. Pero bueno, se cuenta con personas sobresalientes en el mundo del deporte y del espectáculo (también en otros sectores, como la educación, el arte, las ciencias, pero esos viven en la sombra). Dos de ellos, sin duda, son Fernando Alonso y Marc Márquez. Habrá mucha gente que les siga con devoción. Podemos admirarles, porque en aquello a lo que se dedican, son de los mejores a nivel internacional. ¿Por qué se prestan para un anuncio en el que se pone el valor de la honestidad a la altura del betún? Esta vez no tengo respuestas, sólo preguntas. La mentira y la corrupción nos rodea en la vida cotidiana, ¿pero tenemos que oírlo también de esas pocas personas que tenemos en un pedestal? ¿Soy el único que se da cuenta? ¿Estoy siendo muy moralista? ¿Me he vuelto un carca? ¿No hacerlo tan sólo sería producto de una doble moral?

Quiero pensar que las reprimendas pueden ser semillas. Quizá en un futuro podamos cosechar de nuevo el valor de la honestidad, que ahora es un producto que se anuncia con el letrero de “agotado”.

R.III

 

Sólo la foto de “indignarse no es suficiente” es mía

 

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar: ¡Indignados del mundo!

Y la de Orgullos de nuestro español

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Algunos consejos de Schopenhauer

Arthur Schopenhauer no fue un alma jovial. Su agrio carácter y misantropía le hizo acreedor de muchas enemistades. Incluso llegó a distanciarse de su propia madre, Johanna Henriette Trosenier, una reputada escritora de Weimar sin la cual Schopenhauer no hubiera conseguido editar sus libros. Más adelante cuando dejó la profesión de comerciante a la que su padre le había obligado y haber hecho unos cuantos cursos de medicina, se acerca al mundo de la filosofía. Al terminar la carrera y doctorarse comienza su primera gran obra: El mundo como voluntad y representación. Dedica cuatro años a su escritura y gracias a las amistades de su madre (con quien por entonces todavía se entendía) consigue su publicación, aunque no encuentra el éxito que esperaba. En ella habla de la voluntad como el móvil de todo ser viviente. La voluntad en cuanto tal es querer y deseo y esto empuja a ser y a preservar este ser (aun a costa de pasar por encima de otros seres, porque la voluntad es egoísta).

Hacia sus 31 años (1819) consigue una plaza como docente en la Universidad de Berlín. En esta universidad también enseña su más terrible enemigo (así lo veía el mismo Schopenhauer)  en el mundo de la filosofía. Ni más ni menos que el mismísimo Hegel. Y para demostrar esta animadversión consigue que sus cursos coincidan en horario con los que imparte Hegel. Su abierta competición no obtuvo los resultados que esperaba y sólo algún alumno perdido asistió a sus clases, mientras que Hegel ya llenaba anfiteatros.

Shopenhauer no llegó a tener el reconocimiento que esperaba, pues él consideraba que su obra filosófica era una revolución sólo comparable con la de Aristóteles o Kant. Pero una vez publicada  Parerga y paralipómena, con 66 años, su renombre creció y llegó a influenciar a grandes celebridades; por citar una referencia española, se puede hablar de Pío Baroja. El árbol de la ciencia lleva el pensamiento schopehaueriano a la ficción.

Lo cierto es que por encima de su pesimismo, su odio hacia la humanidad y su amarga personalidad se encuentra un gran pensador. Hay que admitir que detrás del personaje, se encuentra un puñado de frases que son como golpes que sacuden el alma. Verdades incuestionables… aquí va una muestra:

“Sólo existe un error innato y éste es que creamos que estamos aquí para ser felices” (El mundo como voluntad y representación).

“Sólo los santos y los ascetas pueden ser los aquietadores de la voluntad por antonomasia” (El mundo como…)

“Los goces más elevados, variados y duraderos son los espirituales, aun cuando en la juventud podamos habernos engañado tanto respecto a ellos.” (Aforismos sobre el arte de saber vivir).

“Un buen carácter, apacible y moderado, puede estar satisfecho en circunstancias pocos favorables, mientras que uno codicioso, envidioso y malvado, no lo estará incluso hallándose rodeado de riquezas.” (Aforismos…).

“Hemos de dejar entrar la jovialidad por la puerta ancha cuando se presenta; pues nunca llega en mala hora.” (Aforismos…).

“La eminencia de espíritu conduce a la insociabilidad.” (Aforismos…).

“[…] quien concede mucho valor a las opiniones de los seres humanos, los hace dignos de un honor que les queda demasiado grande.” (Aforismos…).

“Sin embargo, la especie más baja de orgullo es la vanidad nacional. En efecto, ésta denota en quien la sufre la carencia de cualidades individuales de las que pudiese sentirse orgulloso, puesto que de ser así no recurriría a aferrarse a otras que tiene que compartir con millones de individuos.” (Aforismos…).

“Uno gana siempre cuando sacrifica placeres a fin de evitarse sufrimientos” (Aforismos…).

“Es realmente la mayor de las locuras querer transformar este escenario de lamentaciones [el mundo] en un lugar de recreo […]” (Aforismos…).

“Para no acabar siendo realmente desdichado, el medio más seguro es que no se pretenda ser muy dichoso.” (Aforismos…).

“A fin de gustar en una sociedad como la nuestra, habremos de ser completamente nulos e idiotas […]” (Aforismos…).

“La mayoría de las sociedades están hechas, pues, para que quien las cambie por la soledad haga, desde luego, un buen negocio” (Aforismos…).

“Sabido es que los males aparentan ser más llevaderos cuando se soportan en compañía: la gente parece contar entre estos males al aburrimiento; de ahí la necesidad de reunirse para aburrirse en sociedad” (Aforismos…).

“Si en los hombres, tal y como son en su mayoría, pesara más lo bueno que lo malo, sería aconsejable confiar más en su justicia, equidad, bondad, fidelidad, amor o compasión que en su temor; pero como sucede al contrario, también lo contrario es lo más aconsejable” (Aforismos…).

“La distancia y la ausencia prolongada perjudican cualquier amistad, aunque cueste confesarlo.” (Aforismos…).

“Se advertirá igualmente que para hacer valer la razón frente a los necios y los imbéciles sólo hay un camino: no hablar con ellos.” (Aforismos…).

“Los amigos se dicen sinceros, pero los enemigos lo son mucho más” (Aforismos…).

“Ningún dinero perdemos con tanta ventaja como el que nos timan, pues con él, al menos, compramos nuestra prudencia futura” (Aforismos…).

“Los actos malvados se expían quizá en el otro mundo, las tonterías se pagan ya en éste.” (Aforismos…).

“<<ni ama ni odia>> constituye una parte de toda la prudencia mundana. <<No decir nada y no creer nada>> la otra”

“Dejar entrever la cólera u odio en gestos o palabras es inútil, es peligroso, es necio, es ridículo, es vulgar. Uno no debe jamás mostrar la cólera o el odio sino con los actos […] Sólo los animales de sanfre fría son venenosos”.

Para terminar mi aforismo preferido y que, creo, puede resumir la filosofía práctica de Schopenhauer:

“Perdonar y olvidar significa tirar por la ventana experiencias compradas a buen precio.” (Aforismos).

¿A que es la alegría de la huerta?

R.III

 

 

 

 

 

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Otro festejo más

No me van ciertos convencionalismos y en esto se pueden incluir los festejos “obligados”. Sin ir más lejos, en los quince años que llevo en Madrid sólo he festejado mi cumpleaños una vez. Hablo aquí de festejo, que tiene una connotación social, más que de celebración que bien puede darse desde la intimidad (con alguien cercano o, incluso, uno solo) que sí suelo poner en práctica. No es que no me gusten las fiestas. Basta preguntar a mi círculo cercano de amigos para comprobar que para mí cualquier pretexto es bueno para dar salida a lo que Nietzsche llamó las fiestas dionisiacas (aquellas que nos ayudan a escapar de nuestra cotidianidad). Es decir, a la primera oportunidad que tengo me gusta improvisar pequeñas (y algunas no tan pequeñas) reuniones con los amigos, sin que haya un motivo determinado.

Pero volviendo a lo de festejar mi cumpleaños, lo cierto es que rara vez lo hago. Siempre he justificado esta actitud diciendo que al cumplir años en agosto es muy complicado hacer coincidir a mis amigos y familiares. No miento cuando lo digo, pero lo cierto es que tampoco me interesa mucho. Claro que quiero tener a amigos y familiares reunidos un día para disfrutar todos juntos de buena comida, bebida y música. Pero no veo la necesidad de que el motivo sea festejar mi cumpleaños. Para mí los cumpleaños son días que por mera convención social queremos dotar de un brillo especial y así, una vez al año, poder sentirnos importantes; que seamos el centro de nuestro pequeñísimo universo. Más nos valdría festejar el no-cumpleaños que se propone en Alicia en el país de las maravillas.

Lo que aplico a mi cumpleaños me pasa con todo lo que socialmente “debería” ser motivo de festejo. Nunca me verán celebrar el día de San Valentín, si pudiera me saltaría la Navidad y el Año nuevo, Ana y yo no tenemos una fecha de unión como para celebrar un aniversario, etc. Para mí todos esos son imposiciones sociales. Yo celebraré cuando me dé la gana el amor o la amistad, la fortuna de estar unido a la persona que quiero o el comienzo de mi año (que para mí siempre es en septiembre). No necesito que nadie venga a recordarme que hoy es el día en que tengo que hacerlo (y mucho menos que tenga que ir corriendo a comprar un regalo para estar a la altura).

¿Y por qué cuento esto hoy? Pues porque es el día del padre aquí en España (que no coincide con el de México) y yo ni me había dado cuenta. También coincide con que R.IV hoy no está conmigo y la verdad no siento ni una pizca de pena. ¿Por qué? Pues porque el día del padre no significa nada para mí: me pasa lo mismo que con el día de mi cumpleaños o el de San Valentín. Yo celebro todos los días el que R.IV esté en el mundo. Y a la par que lo festejo, me llevan los mil demonios cuando hace algo que no está bien, o me llaman del colegio por alguna gamberrada o sale mal en alguna(s) asignatura. Por otro lado, R.IV es capaz de llevarme al paroxismo de la alegría cuando viene con las buenas nuevas de haber aprobado todas sus notas o cuando termina uno de esos dibujos que yo sería incapaz de hacer o escribe una carta o alguna composición dejando en el papel no sólo corrección y buen estilo, sino reflexiones y sentimientos que sólo atañen a la persona noble.

También me pasa que sufro de insomnio cuando por las noches no para de toser, aunque al otro día él ni se haya dado cuenta de todo lo que tosía. He tenido que pasar horas en hospitales, la mayoría de veces por tonterías, pero otras con el alma en un vilo. He sentido paralizado el corazón muchas veces: nadie sabe lo que es la paternidad hasta que algo tan nimio como perder de vista un minuto a tu hijo en medio de la muchedumbre es capaz de poner todo tu mundo en suspenso; el tiempo se dilata o se detiene hasta que lo vuelves a ver y corres para cogerle la mano. Pero todo lo malo se compensa con esa sonrisa. Su alegría pone orden a todo tu mundo.

¿Para qué queremos sentirnos importantes este día? A mí me basta sentir sus manos alrededor del cuello, que me dé un beso en la mejilla y me confiese que me quiere. Y eso lo hace día sí y día no. Sí, soy un padre afortunado, por eso me da igual la estampita que quieren que nos coloquemos esta jornada. No necesito ningún regalo R.IV. Tengo todo lo que quiero en esta vida y en parte es porque te tengo a ti.

 

R.III

 

 

 

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Consejos para (no) ligar

Mi pasión por la poesía es proporcional a mi incapacidad para ligar. De hecho, esta pasión surge como punto de apoyo de todas las aventuras eróticas que he emprendido. Desde muy joven interioricé la creencia (claramente infundada, ¿pero cuántas creencias no lo son?) de que a las mujeres les gusta la poesía, los poetas o cuanto menos los escritores. Así que me di a la tarea de adentrarme en las lecturas de este género y con el tiempo, y un poco más de osadía, incursionar en la creación poética (y patética).

Conforme fui creciendo pude comprobar que la poesía se volvía una especie de ancla sin la que no me hubiera podido agenciar los favores de mis (pocas) amantes. Seamos sinceros, para que yo conquistara a alguien no me iba a ser de mucha ayuda mi aspecto físico, ni qué decir de mi “talento” con el baile (con esos dos pies izquierdos) o de la supuesta facilidad de palabra que poseo (carente de inventiva frente al sexo femenino; sobre todo del que me resulta atractivo). Tanto es así, que he de confesar, no sin vergüenza, que nunca en mis 37 años de existencia he ligado en un bar o discoteca. No sé lo que significa eso de conocer a alguien en medio de la noche y terminar en su cama.

Por esta razón, para mí el enamoramiento está predestinado a la lenta tarea de la conquista poética. Se trata de ganarse el alma de la amada a través de una variada colección de versos. Es cierto que el tedio de esta labor siempre termina disuadiendo a alguna, pero unas pocas terminaron dejándose llevar. He de agradecer a unos cuantos poetas que siempre han estado presentes en mis hazañas amorosas. Aquí les rindo un pequeñísimo homenaje a Bendetti, Sabines y Neruda.

 

 

Mario Benedetti

 

Cómo confesarle a una mujer tus intenciones de manera sutil; cómo expresar un sentimiento que no dé lugar a la temible evasiva. La respuesta la da el poeta uruguayo con su poema Hagamos un trato. Un poema que sugiere, pero que no delata; porque qué quiere decir exactamente “contar conmigo” o “querer contar con usted”. Expresiones que lo pueden significar todo y nada a la vez. Se puede tratar de una petición de amor o de una simple garantía de lealtad entre amigos. De esta manera, se convierte en un arma para poder tantear a la persona añorada:

Compañera
usted sabe
puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo

[…]

pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted

es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.

 

Jaime Sabines

 

¡Qué hubiera sido de mí sin esos dos versos que han conseguido suspiros en todas mis pretendientes! Porque yo creo no ha habido una sola mujer con la que haya tenido alguna historia que no los haya escuchado. Este poema hay que usarlo cuando uno ya sabe que existe un interés por parte de la otra persona. Se trata de unas líneas que expresan que por encima de lo azaroso del tiempo, la historia de amor (“nuestra historia”) puede funcionar.

 

Debí haberte conocido diez años antes o diez años después

pero te encontré a tiempo 

 

 

 

Pablo Neruda

 

Su libro 20 poemas de amor y una canción desesperada es una fuente exquisita de versos para enamorar: “Me gusta cuando callas porque estás como ausente // y me oyes desde lejos y mi voz no te toca //parece que los ojos se te hubieran volado // y parece que un beso te cerrara la boca”. Pero a mí Neruda me ayudó a asirme, un exiguo momento más, a la inexorable partida del amor efímero. Hablo en especial de mi primera novia (JIM), cuando ya todo se veía perdido, yo reemprendía esfuerzos y recuerdo haberle hecho llegar una carta con esos versos desgarradores del poema 20. No me importaba que se quedara conmigo por lástima, pero no quería perderla.

 

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,  
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo. 

 

Claro que la perdí, pero vinieron otras mujeres y nuevas poesías. No echaré a perder el encanto de esta entrada con las bajezas que salieron de mi puño y letra. Pero la poesía siempre me acompañó en el lance amoroso. ¿Que por qué cuento esto? ¿Que es tirar piedras sobre mi propio tejado? ¿O que, al hacerlo, me quedo sin armas para próximas andanzas amorosas? Nada de eso. En estos años he aprendido que las mujeres que han terminado conmigo no me querían por la poesía. Aguantaron estoicamente el parsimonioso flirteo, pero en realidad esperaban algo más sencillo. Que les mirara a los ojos y les besara. ¿Hay una receta más sencilla en el amor? Ahora sé que no.

Pero yo era cobarde y temía el rechazo. Quería estar seguro de que ellas me querrían y creía que con la poesía lo conseguiría. Ahora con la perspectiva de los años me hace gracia. Cuántas de ellas se conformaron en silencio a que la despedida nocturna la diera Sabines o Neruda en lugar de ser yo mismo. Cuántas no hubieran lanzado el libro que llevaba entre las manos al río más próximo para yacer en el verdadero amor; aquel en el que sobran las palabras poéticas.

Y si no pregúntenselo a mi mujer. Ya no me atrevo a ir corriendo a ella a declamarle la última poesía que he escrito. En esta casa ya no hay lugar para un verso más. Los agoté todos a lo largo de nuestro romance, pero qué diablos, estamos juntos y eso es lo importante.

R.III

 

 

 

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Para reírte un poco: Aventuras bibliotecarias.

 

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Sobre la hospitalidad

Decir que la sociedad actual está en un periodo de crisis no necesita mucha justificación. Se extiende con rapidez esa ideología que enaltece los nacionalismos, señala al extranjero, culpa al inmigrante, atenta contra el refugiado y promueve el levantamiento de muros o vallas con la idea de reforzar las fronteras. Los discursos de xenofobia se hacen más crudos y el velo de vergüenza que antes les ocultaba parece que ha desaparecido. Es como si ya no fuera motivo de bochorno las peroratas que promovían la desigualdad. Se acepta que la injusticia social es parte de un orden natural del mundo, así como lo es la idea de pertenencia y defensa de la tierra. La época entusiasta después de las dos guerras mundiales del siglo XX, que se sostenía en los derechos humanos, en definitiva ha perdido ímpetu.

El planeta está cada vez más polarizado, sin embargo esto no fue siempre así. Porque, aunque parece cosa del pasado, el valor de la hospitalidad llegó a brillar con esplendor. Así es, hubo una lejana época en la que los forasteros bienaventurados o aquellos, que tras la vicisitud de algún terrible incidente, eran bien recibidos en aquellas tierras a las que arribaban. Para echar un vistazo a este período hay que remontarse unos dos mil ochocientos años atrás y rememorar una de las aventuras más conocidas de la literatura universal. Tal vez, después de revisarla se pueda ver en la Antigua Grecia, y el mundo conocido hasta entonces, un sitio magnánimo a la hora de recibir a los extranjeros. Se trata, claro, de los cantos de Homero en La Odisea.

A lo largo de esta obra se puede apreciar la cortesía que tenían los naturales de una región cuando alguna persona llegaba a su hogar. Al extranjero no se le pedían cuentas de su procedencia y ni siquiera de su nombre. Primero se buscaba que descansara, comiera y bebiera hasta quedar satisfecho. Ya una vez complacido se podía charlar con él para averiguar quién era, de dónde venía y cuáles eran las razones por las que había llegado a esa tierra. En La Odisea existen muchos ejemplos del acogimiento de la época hacia los viajeros avenidos a las tierras patrias que se expresan a través de fórmulas con ligeras variaciones. Uno de ellos es cuando Telémaco, hijo de Odiseo, intenta acoger a Atenea quien se hace pasar por Mentes, caudillo de los zafios. Cuando Telémaco se encuentra con él, sin titubear, le dice lo siguiente: “Bienvenido, forastero, serás agasajado en mi casa. Luego que hayas probado el banquete, dirás qué precisas”.

Cabe especificar que los recibimientos no sólo se hacían entre la nobleza griega. No se tenía que llegar siempre a un palacio, ni tenían que llevarse ropas finas y llamativas para ser bien acogido. Odiseo llega a Ítaca disfrazado, gracias al poder de Atenea, de un viejo mendigo y es acogido por su siervo, el porquero Eumeo, sin éste saber que era a su amo a quien recibía. Eumeo es pobre y lo único que puede ofrecerle a Odiseo es la carne de los cerdos que cuida para su dueño y de los que tiene control; pero aún así no duda en ningún momento en darle la bienvenida: “Pero sígueme, vayamos a mi cabaña, anciano, para que también tú sacies el apetito de comer y beber y me digas de dónde eres y cuántas penas has tenido que sufrir”. Una vez que su huésped se encuentra saciado es cuando Eumeo se atreve a preguntarle su procedencia. Al igual que con los recibimientos, esta indagación se hace a través de fórmulas que durante todo el canto se repiten: “Vamos, cuéntame ahora, anciano, tus propias desgracias y dime con verdad para que yo lo sepa: ¿quién y de dónde eres entre los hombres? ¿Dónde se encuentra tu ciudad y tus hombres? ¿Cómo te han traído hasta Ítaca los marineros y quiénes se preciaban de ser? Porque no creo que hayas llegado hasta aquí a pie”.

Estos modelos de recibimiento son habituales en los cerca de quince mil versos que tiene el canto de Homero. Pero ¿por qué eran tan hospitalarios? Si buscamos la explicación en la literatura, la esencia de su cobijo se debe a tres razones principales. La primera es que muchos son los aventureros que solían recibir un exquisito acogimiento como huéspedes y, al volver a su casa, sentían un compromiso (de honor) en devolver estas atenciones. Un ejemplo es cuando Néstor increpa a Eteoneo, porque éste último duda si es menester dar un buen acogimiento al forastero (Telémaco) que acaba de llegar a su tierra (Macedonia): “Antes no eras tan simple, Eteoneo, hijo de Boeto, mas ahora dices sandeces como un niño. También nosotros llegamos aquí los dos, después de comer por mor de la hospitalidad de otros hombres”.

Otra de las razones es que era un gran honor recibir a extranjeros; una obra que sería considerada por los dioses: “Todos los huéspedes y mendigos proceden de Zeus, y para ellos una dádiva pequeña es querida”. El cristianismo también llegó a adoptar esta tradición y de ahí que el valor de la hospitalidad cobrara especial importancia durante la Edad Media. De ahí proviene el término “hospital” y “hospicio” y en esta época se construyeron los primeros hospitales que dieron cuidado a pobres y enfermos.

Por último, dentro de la mitología griega los dioses suelen bajar del Olimpo disfrazados de hombres, guerreros, mendigos o niños. Una persona no sabía cuando acogía a un hombre común o a un dios. Era su responsabilidad no ofender ni a uno ni a otro. Pero no sería extraño que se cuidaran especialmente de no tratar mal a una deidad.

En la actualidad las cosas son muy diferentes: se presencia una estigmatización del inmigrante y del refugiado culpabilizándole de problemas socio-económicos estructurales (cuando el fenómeno es justo el inverso). Las sociedades contemporáneas, por otro lado, olvidan rápido que generaciones pasadas fueron también inmigrantes o refugiados. Se asume que esas guerras y desgracias pasan en otros confines del mundo, sin pensar que tan sólo el siglo pasado mostró la inclemencia que episodios bélicos en este mismo confín. Se ve en los refugiados a personas ajenas, cuando cualquiera podría estar en una situación similar dados los azarosos designios políticos, económicos y bélicos que pueden hacer cambiar la suerte de los pueblos en breves periodos de tiempo.

Quizá sólo se trata de la pérdida del honor que alguna vez ostentaron los antiguos griegos. Por lo menos, gracias a Homero, quedaron inmortalizadas las buenas costumbres. Habrá que confiar en la evolución ética de la humanidad que quizá pueda recuperar estas buenas prácticas. En fin, que no muera la esperanza de volver a ver en el forastero al honorable aventurero que puede enseñar cosas que se desconocían o a recordar aquellas que no estaban ya presentes. Ahora más que nunca el valor de la hospitalidad debería inundar el corazón de las personas y así volver a ver el día de acoger, para ser acogido.

R.III

Las ideas principales de esta entrada aparecen en un artículo que publiqué en Literarias. Escritores de Asturias hace unos años.

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar El mundo es un barco: la triste historia de Aylan

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El fin del mundo como lo conocemos

 

La victoria de Trump confirma lo polarizado que está nuestro mundo en la actualidad. Por un lado, tenemos a individuos que crean o apoyan discursos xenófobos y extremistas. Personas que están dispuestas a seguir levantando muros para evitar la entrada de inmigrantes o refugiados en sus poblaciones. Voces que consideran que uno de los grandes problemas con los que cuentan se debe justo a la llegada y aceptación de estos extranjeros.  Muchos incluso creen, aunque les cueste más trabajo admitirlo a viva voz, que la limpieza étnica favorecería sus vidas. Este discurso se sostiene bajo una clara idea de desigualdad, pues aquello que es propio tiene valor, mientras que lo foráneo, lo diferente, “el otro” y todo lo que esté fuera del grupo carece de él. Y por supuesto que también cabe el rechazo a la homosexualidad, al rol equitativo de la mujer, a otras religiones, etc.

En el otro extremo del polo encontramos historias como la del barco Astral que pertenecía a Livio Lo Monaco, un magnate fabricante de colchones, y que ahora es usado por la ONG Proactiva Open Arms para rescatar inmigrantes y refugiados en el Mediterráneo. Lo Monaco decidió donar su lujoso yate para salvar las vidas de miles de personas que se lanzan al mar con la esperanza de entrar en Europa. Los militantes de Proactiva Open Arms, por su parte, emplean (y arriesgan) sus vidas en el mar para ayudar de manera directa a que esos inmigrantes no sucumban en su osado intento. Simplemente consideran que no se les puede abandonar a su suerte. Sin embargo, no son los únicos que dedican sus vidas, ya sean en el terreno de batalla o a la distancia, para paliar muchos de los problemas que acosan el globo: pobreza, hambre, guerras, etc. Ya sea como activistas, manifestantes o colaboradores hay muchos interesados en cumplir esa vieja utopía conocida como justicia social.

Estos dos polos conviven en nuestra sociedad contemporánea. Cada vez más personas se unen a uno de ellos, aunque todavía muchos prefieren seguir adelante sin pertenecer a ninguno de forma abierta. Lo más preocupante es que hay algo que une a estas dos posturas extremas. Ambas partes consideran que el sistema que están viviendo falla de forma sustancial. Las razones para este pensamiento son muy diferentes, pero la conclusión es la misma: bajo este sistema político, económico y social no es posible seguir. Los políticos mienten, son corruptos y buscan su beneficio propio antes que el de sus ciudadanos. La economía está repartida de tal manera que sólo unos pocos se ven realmente beneficiados. La sociedad vive insatisfecha, pero sobre todo amordazada; atada de pies y manos y sólo puede conformarse con las decisiones de esos pocos que parecen controlarlo todo. Sí, los dos polos quieren lo mismo: la erradicación de ese sistema. Los manifestantes y activistas son tan antisistema como los votantes de Trump, Marine Le Pen, Geert Wilders, Boris Johnson y muchos otros.

Es casi seguro que al lector esta similitud le escueza. Por eso conviene reiterar que las razones que llevan a uno u otro polo a querer un cambio radical del sistema no son las mismas. Unos luchan por un mundo más igualitario en el que las fronteras y las diferencias entre los seres humanos vayan reduciéndose y den paso a la paz, la solidaridad y [de nuevo esa utopía] la justicia social. Los otros piensan en un beneficio más inmediato y ponderable: poder tener un trabajo, propiedades y hacer realidad ese sueño americano[1] (que, por otro lado, pertenece a todos los que viven bajo el neoliberalismo) y que, por el momento, ven lejos de alcanzar. En especial porque muchos de ellos lo vislumbran desde la cola del paro, con deudas y con unos servicios sociales precarios.

No se trata de ser pesimista, pero no es difícil anticipar que ha comenzado el fin de esta era. No es descabellada la idea de estar frente al fin de un periodo de paz que algunas generaciones del mundo occidental han tenido la suerte de disfrutar. La única escapatoria es que todos los que creen en el sistema político, económico, social actual trabajen por convencer a los dos polos de que es la mejor alternativa. Que convenzan a la gente de sus beneficios; pero ya no sólo con palabras, sino con hechos. Sin embargo, para ello habría que volver a confiar en esa calaña de políticos y empresarios que manejan los hilos del mentado sistemita. Esperar que por una vez en la vida hagan algo por sus ciudadanos y no por sus propios intereses. ¿Cómo se puede ser optimista bajo esta perspectiva?

R.III

 

[1] Algo que nada tiene que ver con el fenómeno de la inmigración, aunque ese discurso haya sido ampliamente asimilado.

 

 

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Si te ha gustado esta entrada puede ver: Poco más de siete años

O también una reflexión sobre inmigración en: El mundo es un barco.

 

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