Archivo de la categoría: Uncategorized

Reubicación

Sinopsis

Dhanu es miembro de un grupo de exploradores, liderado por Abril, que tienen como misión viajar al pasado. Tienen encomendado el objetivo de rescatar a unas personas que viven confinadas en un centro de reubicación. Estos centros son ciudades enteras destinadas a dar asilo centralizado a los inmigrantes y refugiados que entran en masa a Europa. La iniciativa que motiva la creación de estos inmensos centros es el autoabastecimiento de sus habitantes. Aunque la idea inicial era hacer frente, de la manera más humanitaria posible, a la crisis migratoria que se había encrudecido, lo cierto es que con el tiempo se convirtieron en enormes prisiones donde se veían vulnerados los derechos humanos de las personas que ahí vivían.

Bajo la tutela de Abril, Dhanu y sus compañeros tendrán que sacar de uno de estos centros de reubicación a un grupo heterogéneo de habitantes con el fin de traerlos consigo de vuelta a su tiempo. Dhanu es la encargada de establecer las coordenadas del desplazamiento espacio-temporal que situará al grupo de viajeros en el centro de reubicación en el momento adecuado. Sin embargo, un pequeño error de cálculo parece poner en peligro la enigmática operación.

Reubicación.jpg

Portada provisional

 

Editorial Tandaia

Desde su origen, en 2014, Tandaia ha tenido perfectamente claro su objetivo; dar una oportunidad a quienes, derrochando calidad, otras editoriales se la niegan. Siguiendo esta línea, en apenas un par de años contamos con cuatro colecciones de Ficción dirigidas a distintos géneros —desde la novela histórica hasta la literatura juvenil, pasando por el noir o el alt-lit— y una de no ficción.

Campaña para publicar Reubicación

Para poder publicar esta novela, a través de la editorial Tandaia, se ha organizado una campaña de crowdfunding.  Si eres un seguidor de Cuando el hoy comienza a ser ayer y quieres participar en esta campaña de preventa que tiene como objetivo publicar la la novela Reubicación, por favor, entra en el siguiente enlace:

Pincha aquí

Una vez publicada la obra te llegará antes de que salga a la venta. Tiene un coste de 16€ y los gastos de envío son gratis dentro de España. Para cualquier otro lugar del mundo los gastos de envío son de 3€.

Gracias por tu colaboración

R.III

 

Anuncios

Orteguita, otra vez.

“[…] después de todos los malos consejos que no tenían nada que ver con la vida”

Afterlife, Arcade Fire

Nihil est ab omni parte beatum

[no todo es perfecto]

Horacio, Odes 2.16

“Tienes que triunfar en la vida”. “¡Sé feliz!”. “Ama el empleo que tienes y no tendrás que trabajar un sólo día de tu vida”. “¡Hazlo!”.  “Lo mejor está por venir”. “Cree en ti y todo será posible”.  Te han dicho tantas tonterías que hasta te las has llegado a creer. Como todos, te consuelas. Porque en eso no estás solo, Orteguita. Esta sociedad nos ha contado que somos los protagonistas de “nuestra” vida, lo que quiere decir, “de la vida” en general; todos los demás son actores secundarios que van y vienen. También nos han metido en la cabeza que “debemos” vivir con plenitud y, peor aún, que sólo está en nuestras manos el poder hacerlo. Y tú no niegas que los humanos tenemos cierto margen de libertad, por eso te gusta tanto esa frase de Sartre: “somos aquello que hacemos con lo que han hecho de nosotros”. Pero lo primero que han hecho con nosotros es convencernos de que hemos venido a esta vida para ser felices, piensas. Y, hasta donde recuerdas, tú nunca has firmado eso, Orteguita.

Por eso es que hoy, como suele pasarte con los días lluviosos, ya estás repasando los “¿logros?” y los fracasos. Haces tu lista, Orteguita, y la jodida balanza te hace escribir. ¿Te quieres convencer de que por lo menos eso nadie te lo ha arrebatado? En el fondo a ti también te encanta sentirte el actor principal, cuando no dejas de ser una marioneta más. ¿Dónde quedaron esas grandes esperanzas?  La realidad, que es tozuda, te ha ido imponiendo el yugo de la mediocridad. ¿Y si aceptaras de una vez esa cita con la conformidad? ¿No serías más feliz con tus vinos, tus novelas, la gente que te rodea, tus viajes? ¿No sería más fácil todo si dejaras de añorar lo que no fue; lo que no será? ¿Y acaso puedes describir lo que quieres, Orteguita?  ¿No será otra de tus ideas etéreas? La dichosa entelequia de una vida virtuosa.

 Siempre has tenido este sentimiento. Hay momentos —no sólo cuando llueve, ¿verdad Orteguita?— en los que te sientes pequeñito. ¿Es la incertidumbre por lo que pasará en el futuro? ¿Es la cruel evidencia de todo lo que no has alcanzado?  Por lo menos antes tenías el consuelo de la juventud. Antes contabas con el amparo de esa “sonrisa de muchacho soñoliento —seguro gustar-”, pero que, como dice Jaime Gil de Biedma, ahora tan solo “es un resto penoso/ un intento patético” que ya no convence a nadie.

Y es que hasta escribir estas líneas, Orteguita, ¿no te das cuenta? Rechazas las estúpidas recetas de la autoayuda, pero te confeccionas una estrategia para sentirte mejor mientras vas escribiendo. ¿Eso es lo que quieres? ¿Una palmadita en la espalda? ¿Alguna palabra alentadora? ¡Ay, Orteguita! Si sigues pensando tanto en la vida, en la plenitud, en la felicidad… vas a perder el tren ¿o ya lo has perdido? Igual que todos, Orteguita, ¿ya ves como no puedes dejar de sentirte protagonista de esta historia? ¿O piensas que los demás han encontrado esa plenitud? Mira, no seas ingenuo ya, cierra este texto, y mejor ponte a trabajar.

Y el cielo sigue gris.

R.III

IMG-20180810-WA0061

 

***

**

 

*

 

Si te ha gustado esta entrada, visita Hormigas en el universo

O si quieres saber sobre los temores de Orteguita, puedes visitar Tus miedos

 

 

*

 

**

 

***

©R.III

 


Cuidar entre líneas

Cuidar entre líneas tiene como principal objetivo conmemorar las veinte ediciones del Certamen de Relatos Breves San Juan de Dios. Se trata de un concurso que va dirigido a profesionales y estudiantes de enfermería y fisioterapia con interés en dejar plasmada las diversas experiencias del cuidar. El certamen busca estimular la creación literaria poniendo de manifiesto los aspectos humanos que desempeñan en su trabajo habitual estos profesionales de la salud. Esta actividad está organizada por el Centro Universitario Ciencias de la Salud San Rafael-Nebrija, perteneciente a la Fundación San Juan de Dios y adscrito a la Universidad Antonio de Nebrija.

            No se trata del único libro publicado con textos del Certamen de Relatos Breves San Juan de Dios. El primer compendio de cuentos apareció en 2010  bajo el título de Cuidar en la fragilidad recogiendo las mejores narraciones recibidas en las primeras dos etapas del Certamen. Más adelante se hablará en profundidad sobre las distintas fases que ha vivido este concurso literario en el capítulo destinado a la historia de este proyecto y que ha tenido como protagonista desde su origen al actual Presidente del Certamen, Julio Vielva.

            Los escritos que aquí se incluyen son los pertenecientes a la tercera etapa del certamen que comienza con la creación del Centro Universitario San Rafael-Nebrija. Comprende, por tanto, de los relatos ganadores desde la edición XIV (2012) hasta la actual, número XX (2018). Las narraciones no se presentan de forma cronológica, sino que han sido agrupadas a partir de temas diferenciados, pero que giran en torno al mundo del cuidado que brindan los profesionales de enfermería y fisioterapia.  El primero de ellos presenta el Cuidado a través del arte, ya que cuando se habla de una atención holista lo que se persigue es abordar, a través del cuidado, las distintas dimensiones de la persona (biológica, psicológica, espiritual, social…). La lectura de una historia, el uso terapéutico de la música o el impacto emocional de una representación teatral pueden ser más trascendentales para el paciente que cualquier medicamento.

El segundo apartado se titula Cuidar sin fronteras, porque la atención debe brindarse en igualdad de oportunidades (que no de igual manera). Para conseguirlo parece esencial el cultivo del valor de la hospitalidad tan necesario en estos tiempos aciagos y que siempre ha sido un signo distintivo de la Orden de San Juan de Dios. A su vez, para poder brindar un cuidado holista es fundamental prestar atención a las diferencias culturales. En este apartado se encuentran historias que hablan de la cooperación de algunos profesionales de la salud en diferentes partes del mundo, en otras palabras, llevar el cuidado más allá de las fronteras o, dentro de estas, asegurar que pueda llegar a todos por igual, sin importar su procedencia.

El tercer epígrafe se llama Cuidar la esperanza. César Vallejo decía en su poema Los heraldos negros “que hay golpes en la vida, tan fuertes” que el hombre “¡pobre! vuelve sus ojos” como intentando encontrar un halo de esperanza. La muerte, la enfermedad, el dolor pueden sacudir todo lo vivido. En este apartado los relatos muestran el papel de los profesionales de la salud para colaborar en el proceso de resiliencia de sus pacientes. Cuando la vida parece haber perdido su sentido es de suma utilidad el apoyo, la empatía, la compasión, entre otros aspectos para ayudar a vislumbrar nuevos caminos por recorrer, es decir, un nuevo sentido que devuelva la esperanza.

El cuarto epígrafe trata sobre El cuidado del otro a partir de muchas de las dimensiones que fundamentan la relación del profesional de la salud con sus pacientes. Competencias que humanizan la atención sanitaria y que deben ser adquiridas y trasferidas a la práctica por los profesionales de enfermería y fisioterapia. De ahí que el último apartado verse sobre ese proceso de aprendizaje a través de relatos que comentan ese momento de sensibilización en el que la profesión deja de ser sólo un aspecto técnico, para convertirse en un cuidado que requiere un abordaje holístico. A ese apartado se le tituló en concordancia: Aprender a cuidar.

Esperamos que Cuidar entre líneas permita al lector adentrarse en el universo poliédrico de la salud, la enfermedad, la muerte, la esperanza, el duelo y muchos otros conceptos relacionados con el cuidado. Agradecemos a todos los autores de los relatos aquí presentados su ayuda por sensibilizar y mostrar la importancia de la humanización de la atención sanitaria. También a todos los participantes de las distintas ediciones del Certamen de Relatos Breves San Juan de Dios, así como a los colaboradores (miembros del jurado, autoridades y personal del Centro Universitario San Rafael-Nebrija) que dan vida a esta iniciativa.

R.III

 

 

1223344456_155265229431_500

 

Este libro se puede descargar si haces clic en esta enlace: https://www.fundacionsjd.org/es/publicaciones/21/cuidar-entre-lineas

 

 

 


La humanización de la salud sólo se consigue con las humanidades

Cuando estoy frente a alumnos de ciencias de la salud me gusta hacerles las siguientes preguntas. ¿Qué tipo de profesional prefieres? ¿Un médico grosero, antipático, que te trate mal, pero que acierte en el diagnóstico de tu enfermedad y te salve la vida o un médico amable y empático, pero que pueda errar en la causa y tratamiento de tu patología? La inmensa mayoría contesta sin mucha duda que prefieren el primer tipo de médico; qué importa que el profesional de la salud no se muestre empático, lo que se espera de ellos es que te salven la vida. Los filósofos Antonio Casado y Cristian Saborido definieron el concepto de cultura bioética que consiste en ese grupo de expectativas y presunciones sobre el trabajo diario en el ámbito de la salud. Es decir, la idea que tenemos los legos (personas que no pertenecemos al sector sanitario) sobre el día a día de los profesionales de la salud. La mayoría de los alumnos con los que trato este tema también podrían entrar en este grupo, pues todavía no saben exactamente lo que será su futura vida profesional.

Gran parte de esta cultura bioética la generamos a partir de las noticias que escuchamos en los medios de comunicación, los libros que leemos y, sobre todo, de los productos audiovisuales que consumimos. En este último punto hay cuanto menos dos series de televisión que han tenido un impacto en nuestra cultura bioética: House y The Good Doctor. Ambas han influido en generar una serie de ideas equivocadas sobre la atención médica. Tanto el Dr. House, como el Dr. Murphy son dos médicos que podrían considerarse genios y que siempre aciertan en el diagnóstico de las extrañas enfermedades que presentan sus pacientes. Atinan, según estas series, ahí donde otros profesionales fallan. Sin embargo, en el caso del Dr. House estamos hablando de un médico insensible, carente de empatía, que considera que el paciente siempre miente y que llega incluso a ridiculizarles con su particular humor negro. El Dr. Murphy no es que sea un cretino como House, pero al tener asperger (un trastorno del espectro autista) no cuenta con las competencias relacionales que le permita mostrar su empatía hacia el paciente, comunicar de manera sensible los diagnósticos o hacer sentir la confianza al paciente en su labor asistencial. Estos personajes ejemplificarían al primer tipo de profesionales en la pregunta que planteo a los estudiantes de ciencias de la salud.

Ambos personajes pertenecen al mundo de la ficción. Son un producto comercial inexistente en la vida en real. Las series no muestran lo que pasa en realidad en un hospital. Basta pensar cuántas enfermeras aparecen en estas series o cuántos servicios asistenciales existen en el mundo donde un médico sea capaz de saltarse los protocolos de actuación sin consecuencias negativas para él o que cuente a su vez con un equipo de doctores a su completa disposición como pasa con House. El día a día de los profesionales de la salud (los de verdad) dista mucho de lo que se ve en estas series. Además, existe un peligro cuando nos dejamos influir por estos contenidos audiovisuales y consideramos que así es la atención sanitaria. Dentro de estos prejuicios se encuentra el considerar que el objetivo del personal sanitario estriba en curar enfermedades. Para empezar la mayor parte de las patologías no se curan, se controlan. Albert Llovel, médico, escritor y enfermo, decía: “Yo ya acepto que no me van a curar, pero me costaría aceptar que no me van a cuidar”. El cuidado de los pacientes parece ser un aspecto mucho más relevante que el curarles, pero de ello nunca se habla. Para poder cuidar con calidad hay que ser un profesional de la salud empático, compasivo, que irradie confianza… Otro gran peligro que se desprende de la cultura bioética es la deshumanización de la atención sanitaria al ver en el paciente una patología, en lugar de considerarle una persona cuya dignidad está por encima de su condición socioeconómica o cultural. En palabras de Edmund Pellegrino: “para curar a otra persona debemos comprender cómo la enfermedad lesiona su humanidad”.

En la actualidad se está haciendo un enorme esfuerzo por humanizar de nuevo la salud. Sin embargo, para ello es fundamental llevar el conocimiento de las humanidades a la formación de los estudiantes de ciencias de la salud. Mostrar que no todo se trata de saber poner una vía, administrar un fármaco o diagnosticar una patología, es decir, de una formación técnica. Es cierto que en los actuales programas universitarios existe una atención relativa a asignaturas como psicología, antropología de la salud, comunicación sanitario-paciente e, incluso, la bioética ha ido entrando en los planes de estudio. No obstante, hay una marginación de disciplinas como la literatura, la historia y la filosofía (enfocadas a la salud) que podrían dotar de humanidad a estas profesiones. Un aspecto que recuerda aquella frase de José Letamendi: “el médico que sólo sabe de medicina, ni de medicina sabe”.

El profesional de la salud siempre ha sido una figura admirada. Esto se debe a que existen un personal sanitario que con sus cuidados, amabilidad, empatía y compasión consiguen permanecer en el recuerdo de sus pacientes. No debemos olvidar que cuando uno acude a ellos lo hace en un estado de fragilidad. La enfermedad le recuerda al hombre su vulnerabilidad, por eso es que en esos momentos agradecemos la compañía no de un buen profesional de la salud, sino de un profesional de la salud bueno.

 

R.III

 

salud y humanidades

 

Este texto apareció en la revista Nuestra Revista, n. 28 de enero de 2019.

 

***

 

**

 

*

 

Si te ha gustado esta entrada visita una reflexión sobre Comunicación, ética y salud.

 

*

 

**

 

***

©R.III

 


El cielo de los olvidados

Diálogos inconmensurables o el cielo de los olvidados es un relato que aparece en el libro Un gran salto para Gorsky. Trata sobre el encuentro que tiene un islamista y un ateo en una especie de “cielo”, una vez muertos los dos en un atentado pertrechado por el primero. Un texto sobre la fe, la ética y las diferencias culturales.

Este cuento ha aparecido publicado recientemente en la revista colombiana Cronopio. Si lo quieres leer puedes pinchar en el siguiente enlace:

Diálogos inconmensurables o el cielo de los olvidados

R.III

cronopio


Ni apocalíptico, ni integrado

No quiero parecer un apocalíptico del tema de las nuevas tecnologías, pero desde luego no me voy a someter bajo el concepto de integrado (por usar los términos de Umberto Eco), así sin más. Por lo menos, no sin antes contar algo que me hizo reflexionar las pasadas Navidades. Festejé dos veces la entrada de año. La primera fue a las cinco de la tarde, hora de México, cuando en España se brindaba por la llegada del 2018. En la casa de Madrid se montó una buena juerga a la que pude asistir en tiempo real y en “manos libres” gracias al whats app. La segunda entrada del año la experimenté en persona, en horario mexicano, con una fiesta un poco más modesta. Sin embargo, no es sobre la relatividad del espacio-tiempo de lo que quiero hablar, ¿o sí?

Es indudable que el uso del teléfono móvil ha cambiado nuestra conducta social, pero a veces no somos del todo conscientes cuánto. De hecho, en ocasiones es necesario que te des de bruces con esa fotografía esperpéntica que brinda una reunión familiar donde el silencio cobra completo protagonismo. Imagínense una abuela, padres, tíos, primos (y otros términos de la nomenclatura de parentescos) reunidos en una habitación, pero todos ensimismados con su dispositivo móvil. Pues así fue mi Noche Vieja. Vale que el silencio se intercalaba con algunas conversaciones ocasionales, pero en ese lugar existían dos interacciones simultáneas: una personal y otra(s) a distancia. Memes, felicitaciones, comentarios sobre las vivencias “reales” y sendos mensajes inundaban el whats app, el messanger u otras aplicaciones de los teléfonos. ¿Sólo pasó en mi familia? No lo creo ¿Quién no vivió, aunque fuera en algún momento a lo largo de la noche, la escena de arriba en su cena de Navidad o en la entrada de Año Nuevo?

¿Por qué este afán de estar en un sitio y en otro a la vez? Quizá, porque ahora lo podemos hacer.

Como digo al comienzo de esta reflexión, aquí no voy a decir que nos estamos deshumanizando o que nuestras relaciones se han hecho más frías y de peor calidad. No obstante, está claro que nuestra idea sobre la presencialidad ha cambiado. No nos conformamos con las experiencias directas, sino que, presas de un súbito aburrimiento moderno, necesitamos estar en contacto con otras realidades ajenas a nuestro contexto referencial. Queremos escuchar lo que nos cuenta nuestro interlocutor (el personal), pero si me vibra el móvil, una fuerza (a veces incontrolable) me invitará a mirar mi teléfono para ver qué me dice ese otro interlocutor virtual. Aunque haya gente que lo considere una falta de educación, el uso de los dispositivos móviles está cada vez más aceptado (¿debería decir normalizado?) en nuestro día a día. Nadie se sorprendería de que la persona con la que mantenemos una charla eche una ojeada a su teléfono de vez en cuando. Puede ser molesto si la persona no sigue la conversación, pero mientras esto no suceda, ¿qué de extraño habría en esa conducta?

Nos molesta que nuestros alumnos miren sus teléfonos en clase e incluso sus ordenadores. Consideramos que están metidos en alguna página web, chateando con alguien o viendo sabráDiosqué, en lugar de atendernos o estar tomando apuntes. Y lo más seguro es que no nos equivoquemos; seguro que sí están chateando (o cosas peores).  No es raro que yo mismo o cualquiera de mis colegas atienda a sus mensajes mientras estamos en la conferencia de algún compañero (¿eso lo escribí o lo pensé?). No nos mintamos, la mayoría nos hemos dejado seducir por esa gran posibilidad de estar en dos o más sitios a la vez.

El otro día comencé a ver esa serie que llevaban años recomendándome: Black Mirror. El segundo capítulo de la primera temporada plantea un mundo en el que prevalece una interacción virtual (por medio de avatares) sobre una real que es más bien horrible. Las relaciones interpersonales son pocas o nulas y las personas trabajan “pedaleando” todo el día para poder mejorar su avatares. No digo más para no ser un spoiler. La vi con R.IV, mi hijo (catorce años), quien consideraba que este mundo distópico era una exageración; que ninguna sociedad querría vivir así. Curioso comentario de un adolescente al que recogí a la mañana siguiente en un parque, rodeado de otros chicos (sus amigos) con los que no mantenía una conversación, puesto que cada uno se divertía controlado el avatar en un juego desde su teléfono móvil. Aunque, por otro lado, ese juego les permite interactuar, paradójicamente, con individuos en otras partes del planeta en tiempo real. ¿Qué tan lejos estamos de la sociedad que propone Black Mirror? ¿Quién está leyendo estas líneas mientras mantiene otro tipo de interacción (real o virtual)?

R.III

 

***

 

**

 

*

 

*

 

Si te ha gustado esta entrada vista El reino de los sordos

También puede gustarte Literatura anónima y la nueva era de la información

 

*

 

*

 

**

 

***

 

©R.III


Las malas noticias llegan en la madrugada

No es una ley, pero cuando suena el teléfono en la noche (después de la 1 a.m.) se puede presagiar una desdicha. Recuerdo cuando mi padre, médico de profesión, recibía llamadas a esas horas. Era habitual que se tratara de alguno de sus pacientes en estado grave o, incluso, al filo de la muerte. Tengo la opaca remembranza de él vistiéndose, cogiendo el maletín que contenía su instrumental y salir de casa a mitad de la noche. Debe ser más bien una invención de mi mente, porque yo a esas horas debería estar durmiendo apaciblemente. Aun así, es cierto que fueron muchas las veces que se vio obligado a salir para atender alguna emergencia. Esas llamadas tal vez suponían una dolorosa agonía, la preocupación por el estado de un familiar enfermo, la impaciencia de una espera que parecía infinita o incluso la antesala de un duelo. Pero esas malas noticias se amortiguaban desde mi perspectiva infantil bajo el  velo (egoísta) de la desgracia ajena y anónima.

      Esto no siempre fue así. También tengo muy presente una noche que sonó el teléfono y mi madre contestó. Al principio aparentaba responder algunas preguntas y después su semblante mudó. Al cabo de pocos segundos comenzaron a brotar lágrimas y, tras colgar el auricular, el llanto se pronlogó por un espacio que no sabría calcular. Fue mi primer encuentro con la muerte (o mínimo, el primero que recuerdo). En esa llamada se le comunicaba que su padre, mi abuelo, había fallecido en un accidente automovilístico.

      Algunos años más tarde sucedió algo parecido. Otra llamada avisaba del estado crítico de mi abuela. Mi madre decidida a viajar esa misma noche hasta la ciudad donde ella vivía, no pudo ganar terreno al inexorable destino. Una segunda llamada, recibida poco después, comunicaba su muerte.

    Cuántas historias trágicas no se encuentran del otro lado de la línea telefónica. Llamadas que avisan de accidentes, robos, muerte o cualquier otro tipo de percance. No hay persona exenta a este tipo de desventuras. Cada cual podría relatar alguna ingrata experiencia o amarga noche nacida por un simple aviso de pesadumbre.

     Cuando se rompe el silencio de una noche serena por el sonido del teléfono es muy probable que sea el anuncio de una mala noticia: un amigo en la cárcel, la muerte de un familiar, una funesta consecuencia de algún desastre natural, un choque, un atropello… ¿Por qué nunca suena a esa hora para decirnos alguna buena noticia? La boda de un conocido, el contrato de un trabajo, el regreso de un ser querido o la confirmación de una cita esperada. ¿Por qué las buenas nuevas son siempre a la luz del día?

      Ayer sonó el teléfono a las tres de la madrugada y el nerviosismo se apoderó de mí. Inmediatamente llegué hasta el artefacto, que no paraba de sonar, y titubeé en atender la llamada…

…Sigo preguntándome si debí atenderla.

 

R.III

***

Basado en el primer artículo que escribí en mi vida. Un texto que hice para Expresión el periódico universitario que más tarde dirigí en la Universidad del Valle de México, campus Lomas Verdes.

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

 

***

 

**

 

*

 

*

Si les ha gustado esta entrada, no dejen de visitar Fue un 4 de julio.

 

*

*

 

**

 

***


A %d blogueros les gusta esto: