Otro festejo más

No me van ciertos convencionalismos y en esto se pueden incluir los festejos “obligados”. Sin ir más lejos, en los quince años que llevo en Madrid sólo he festejado mi cumpleaños una vez. Hablo aquí de festejo, que tiene una connotación social, más que de celebración que bien puede darse desde la intimidad (con alguien cercano o, incluso, uno solo) que sí suelo poner en práctica. No es que no me gusten las fiestas. Basta preguntar a mi círculo cercano de amigos para comprobar que para mí cualquier pretexto es bueno para dar salida a lo que Nietzsche llamó las fiestas dionisiacas (aquellas que nos ayudan a escapar de nuestra cotidianidad). Es decir, a la primera oportunidad que tengo me gusta improvisar pequeñas (y algunas no tan pequeñas) reuniones con los amigos, sin que haya un motivo determinado.

Pero volviendo a lo de festejar mi cumpleaños, lo cierto es que rara vez lo hago. Siempre he justificado esta actitud diciendo que al cumplir años en agosto es muy complicado hacer coincidir a mis amigos y familiares. No miento cuando lo digo, pero lo cierto es que tampoco me interesa mucho. Claro que quiero tener a amigos y familiares reunidos un día para disfrutar todos juntos de buena comida, bebida y música. Pero no veo la necesidad de que el motivo sea festejar mi cumpleaños. Para mí los cumpleaños son días que por mera convención social queremos dotar de un brillo especial y así, una vez al año, poder sentirnos importantes; que seamos el centro de nuestro pequeñísimo universo. Más nos valdría festejar el no-cumpleaños que se propone en Alicia en el país de las maravillas.

Lo que aplico a mi cumpleaños me pasa con todo lo que socialmente “debería” ser motivo de festejo. Nunca me verán celebrar el día de San Valentín, si pudiera me saltaría la Navidad y el Año nuevo, Ana y yo no tenemos una fecha de unión como para celebrar un aniversario, etc. Para mí todos esos son imposiciones sociales. Yo celebraré cuando me dé la gana el amor o la amistad, la fortuna de estar unido a la persona que quiero o el comienzo de mi año (que para mí siempre es en septiembre). No necesito que nadie venga a recordarme que hoy es el día en que tengo que hacerlo (y mucho menos que tenga que ir corriendo a comprar un regalo para estar a la altura).

¿Y por qué cuento esto hoy? Pues porque es el día del padre aquí en España (que no coincide con el de México) y yo ni me había dado cuenta. También coincide con que R.IV hoy no está conmigo y la verdad no siento ni una pizca de pena. ¿Por qué? Pues porque el día del padre no significa nada para mí: me pasa lo mismo que con el día de mi cumpleaños o el de San Valentín. Yo celebro todos los días el que R.IV esté en el mundo. Y a la par que lo festejo, me llevan los mil demonios cuando hace algo que no está bien, o me llaman del colegio por alguna gamberrada o sale mal en alguna(s) asignatura. Por otro lado, R.IV es capaz de llevarme al paroxismo de la alegría cuando viene con las buenas nuevas de haber aprobado todas sus notas o cuando termina uno de esos dibujos que yo sería incapaz de hacer o escribe una carta o alguna composición dejando en el papel no sólo corrección y buen estilo, sino reflexiones y sentimientos que sólo atañen a la persona noble.

También me pasa que sufro de insomnio cuando por las noches no para de toser, aunque al otro día él ni se haya dado cuenta de todo lo que tosía. He tenido que pasar horas en hospitales, la mayoría de veces por tonterías, pero otras con el alma en un vilo. He sentido paralizado el corazón muchas veces: nadie sabe lo que es la paternidad hasta que algo tan nimio como perder de vista un minuto a tu hijo en medio de la muchedumbre es capaz de poner todo tu mundo en suspenso; el tiempo se dilata o se detiene hasta que lo vuelves a ver y corres para cogerle la mano. Pero todo lo malo se compensa con esa sonrisa. Su alegría pone orden a todo tu mundo.

¿Para qué queremos sentirnos importantes este día? A mí me basta sentir sus manos alrededor del cuello, que me dé un beso en la mejilla y me confiese que me quiere. Y eso lo hace día sí y día no. Sí, soy un padre afortunado, por eso me da igual la estampita que quieren que nos coloquemos esta jornada. No necesito ningún regalo R.IV. Tengo todo lo que quiero en esta vida y en parte es porque te tengo a ti.

 

R.III

 

 

 

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Consejos para (no) ligar

Mi pasión por la poesía es proporcional a mi incapacidad para ligar. De hecho, esta pasión surge como punto de apoyo de todas las aventuras eróticas que he emprendido. Desde muy joven interioricé la creencia (claramente infundada, ¿pero cuántas creencias no lo son?) de que a las mujeres les gusta la poesía, los poetas o cuanto menos los escritores. Así que me di a la tarea de adentrarme en las lecturas de este género y con el tiempo, y un poco más de osadía, incursionar en la creación poética (y patética).

Conforme fui creciendo pude comprobar que la poesía se volvía una especie de ancla sin la que no me hubiera podido agenciar los favores de mis (pocas) amantes. Seamos sinceros, para que yo conquistara a alguien no me iba a ser de mucha ayuda mi aspecto físico, ni qué decir de mi “talento” con el baile (con esos dos pies izquierdos) o de la supuesta facilidad de palabra que poseo (carente de inventiva frente al sexo femenino; sobre todo del que me resulta atractivo). Tanto es así, que he de confesar, no sin vergüenza, que nunca en mis 37 años de existencia he ligado en un bar o discoteca. No sé lo que significa eso de conocer a alguien en medio de la noche y terminar en su cama.

Por esta razón, para mí el enamoramiento está predestinado a la lenta tarea de la conquista poética. Se trata de ganarse el alma de la amada a través de una variada colección de versos. Es cierto que el tedio de esta labor siempre termina disuadiendo a alguna, pero unas pocas terminaron dejándose llevar. He de agradecer a unos cuantos poetas que siempre han estado presentes en mis hazañas amorosas. Aquí les rindo un pequeñísimo homenaje a Bendetti, Sabines y Neruda.

 

 

Mario Benedetti

 

Cómo confesarle a una mujer tus intenciones de manera sutil; cómo expresar un sentimiento que no dé lugar a la temible evasiva. La respuesta la da el poeta uruguayo con su poema Hagamos un trato. Un poema que sugiere, pero que no delata; porque qué quiere decir exactamente “contar conmigo” o “querer contar con usted”. Expresiones que lo pueden significar todo y nada a la vez. Se puede tratar de una petición de amor o de una simple garantía de lealtad entre amigos. De esta manera, se convierte en un arma para poder tantear a la persona añorada:

Compañera
usted sabe
puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo

[…]

pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted

es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.

 

Jaime Sabines

 

¡Qué hubiera sido de mí sin esos dos versos que han conseguido suspiros en todas mis pretendientes! Porque yo creo no ha habido una sola mujer con la que haya tenido alguna historia que no los haya escuchado. Este poema hay que usarlo cuando uno ya sabe que existe un interés por parte de la otra persona. Se trata de unas líneas que expresan que por encima de lo azaroso del tiempo, la historia de amor (“nuestra historia”) puede funcionar.

 

Debí haberte conocido diez años antes o diez años después

pero te encontré a tiempo 

 

 

 

Pablo Neruda

 

Su libro 20 poemas de amor y una canción desesperada es una fuente exquisita de versos para enamorar: “Me gusta cuando callas porque estás como ausente // y me oyes desde lejos y mi voz no te toca //parece que los ojos se te hubieran volado // y parece que un beso te cerrara la boca”. Pero a mí Neruda me ayudó a asirme, un exiguo momento más, a la inexorable partida del amor efímero. Hablo en especial de mi primera novia (JIM), cuando ya todo se veía perdido, yo reemprendía esfuerzos y recuerdo haberle hecho llegar una carta con esos versos desgarradores del poema 20. No me importaba que se quedara conmigo por lástima, pero no quería perderla.

 

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,  
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo. 

 

Claro que la perdí, pero vinieron otras mujeres y nuevas poesías. No echaré a perder el encanto de esta entrada con las bajezas que salieron de mi puño y letra. Pero la poesía siempre me acompañó en el lance amoroso. ¿Que por qué cuento esto? ¿Que es tirar piedras sobre mi propio tejado? ¿O que, al hacerlo, me quedo sin armas para próximas andanzas amorosas? Nada de eso. En estos años he aprendido que las mujeres que han terminado conmigo no me querían por la poesía. Aguantaron estoicamente el parsimonioso flirteo, pero en realidad esperaban algo más sencillo. Que les mirara a los ojos y les besara. ¿Hay una receta más sencilla en el amor? Ahora sé que no.

Pero yo era cobarde y temía el rechazo. Quería estar seguro de que ellas me querrían y creía que con la poesía lo conseguiría. Ahora con la perspectiva de los años me hace gracia. Cuántas de ellas se conformaron en silencio a que la despedida nocturna la diera Sabines o Neruda en lugar de ser yo mismo. Cuántas no hubieran lanzado el libro que llevaba entre las manos al río más próximo para yacer en el verdadero amor; aquel en el que sobran las palabras poéticas.

Y si no pregúntenselo a mi mujer. Ya no me atrevo a ir corriendo a ella a declamarle la última poesía que he escrito. En esta casa ya no hay lugar para un verso más. Los agoté todos a lo largo de nuestro romance, pero qué diablos, estamos juntos y eso es lo importante.

R.III

 

 

 

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Para reírte un poco: Aventuras bibliotecarias.

 

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Sobre la hospitalidad

Decir que la sociedad actual está en un periodo de crisis no necesita mucha justificación. Se extiende con rapidez esa ideología que enaltece los nacionalismos, señala al extranjero, culpa al inmigrante, atenta contra el refugiado y promueve el levantamiento de muros o vallas con la idea de reforzar las fronteras. Los discursos de xenofobia se hacen más crudos y el velo de vergüenza que antes les ocultaba parece que ha desaparecido. Es como si ya no fuera motivo de bochorno las peroratas que promovían la desigualdad. Se acepta que la injusticia social es parte de un orden natural del mundo, así como lo es la idea de pertenencia y defensa de la tierra. La época entusiasta después de las dos guerras mundiales del siglo XX, que se sostenía en los derechos humanos, en definitiva ha perdido ímpetu.

El planeta está cada vez más polarizado, sin embargo esto no fue siempre así. Porque, aunque parece cosa del pasado, el valor de la hospitalidad llegó a brillar con esplendor. Así es, hubo una lejana época en la que los forasteros bienaventurados o aquellos, que tras la vicisitud de algún terrible incidente, eran bien recibidos en aquellas tierras a las que arribaban. Para echar un vistazo a este período hay que remontarse unos dos mil ochocientos años atrás y rememorar una de las aventuras más conocidas de la literatura universal. Tal vez, después de revisarla se pueda ver en la Antigua Grecia, y el mundo conocido hasta entonces, un sitio magnánimo a la hora de recibir a los extranjeros. Se trata, claro, de los cantos de Homero en La Odisea.

A lo largo de esta obra se puede apreciar la cortesía que tenían los naturales de una región cuando alguna persona llegaba a su hogar. Al extranjero no se le pedían cuentas de su procedencia y ni siquiera de su nombre. Primero se buscaba que descansara, comiera y bebiera hasta quedar satisfecho. Ya una vez complacido se podía charlar con él para averiguar quién era, de dónde venía y cuáles eran las razones por las que había llegado a esa tierra. En La Odisea existen muchos ejemplos del acogimiento de la época hacia los viajeros avenidos a las tierras patrias que se expresan a través de fórmulas con ligeras variaciones. Uno de ellos es cuando Telémaco, hijo de Odiseo, intenta acoger a Atenea quien se hace pasar por Mentes, caudillo de los zafios. Cuando Telémaco se encuentra con él, sin titubear, le dice lo siguiente: “Bienvenido, forastero, serás agasajado en mi casa. Luego que hayas probado el banquete, dirás qué precisas”.

Cabe especificar que los recibimientos no sólo se hacían entre la nobleza griega. No se tenía que llegar siempre a un palacio, ni tenían que llevarse ropas finas y llamativas para ser bien acogido. Odiseo llega a Ítaca disfrazado, gracias al poder de Atenea, de un viejo mendigo y es acogido por su siervo, el porquero Eumeo, sin éste saber que era a su amo a quien recibía. Eumeo es pobre y lo único que puede ofrecerle a Odiseo es la carne de los cerdos que cuida para su dueño y de los que tiene control; pero aún así no duda en ningún momento en darle la bienvenida: “Pero sígueme, vayamos a mi cabaña, anciano, para que también tú sacies el apetito de comer y beber y me digas de dónde eres y cuántas penas has tenido que sufrir”. Una vez que su huésped se encuentra saciado es cuando Eumeo se atreve a preguntarle su procedencia. Al igual que con los recibimientos, esta indagación se hace a través de fórmulas que durante todo el canto se repiten: “Vamos, cuéntame ahora, anciano, tus propias desgracias y dime con verdad para que yo lo sepa: ¿quién y de dónde eres entre los hombres? ¿Dónde se encuentra tu ciudad y tus hombres? ¿Cómo te han traído hasta Ítaca los marineros y quiénes se preciaban de ser? Porque no creo que hayas llegado hasta aquí a pie”.

Estos modelos de recibimiento son habituales en los cerca de quince mil versos que tiene el canto de Homero. Pero ¿por qué eran tan hospitalarios? Si buscamos la explicación en la literatura, la esencia de su cobijo se debe a tres razones principales. La primera es que muchos son los aventureros que solían recibir un exquisito acogimiento como huéspedes y, al volver a su casa, sentían un compromiso (de honor) en devolver estas atenciones. Un ejemplo es cuando Néstor increpa a Eteoneo, porque éste último duda si es menester dar un buen acogimiento al forastero (Telémaco) que acaba de llegar a su tierra (Macedonia): “Antes no eras tan simple, Eteoneo, hijo de Boeto, mas ahora dices sandeces como un niño. También nosotros llegamos aquí los dos, después de comer por mor de la hospitalidad de otros hombres”.

Otra de las razones es que era un gran honor recibir a extranjeros; una obra que sería considerada por los dioses: “Todos los huéspedes y mendigos proceden de Zeus, y para ellos una dádiva pequeña es querida”. El cristianismo también llegó a adoptar esta tradición y de ahí que el valor de la hospitalidad cobrara especial importancia durante la Edad Media. De ahí proviene el término “hospital” y “hospicio” y en esta época se construyeron los primeros hospitales que dieron cuidado a pobres y enfermos.

Por último, dentro de la mitología griega los dioses suelen bajar del Olimpo disfrazados de hombres, guerreros, mendigos o niños. Una persona no sabía cuando acogía a un hombre común o a un dios. Era su responsabilidad no ofender ni a uno ni a otro. Pero no sería extraño que se cuidaran especialmente de no tratar mal a una deidad.

En la actualidad las cosas son muy diferentes: se presencia una estigmatización del inmigrante y del refugiado culpabilizándole de problemas socio-económicos estructurales (cuando el fenómeno es justo el inverso). Las sociedades contemporáneas, por otro lado, olvidan rápido que generaciones pasadas fueron también inmigrantes o refugiados. Se asume que esas guerras y desgracias pasan en otros confines del mundo, sin pensar que tan sólo el siglo pasado mostró la inclemencia que episodios bélicos en este mismo confín. Se ve en los refugiados a personas ajenas, cuando cualquiera podría estar en una situación similar dados los azarosos designios políticos, económicos y bélicos que pueden hacer cambiar la suerte de los pueblos en breves periodos de tiempo.

Quizá sólo se trata de la pérdida del honor que alguna vez ostentaron los antiguos griegos. Por lo menos, gracias a Homero, quedaron inmortalizadas las buenas costumbres. Habrá que confiar en la evolución ética de la humanidad que quizá pueda recuperar estas buenas prácticas. En fin, que no muera la esperanza de volver a ver en el forastero al honorable aventurero que puede enseñar cosas que se desconocían o a recordar aquellas que no estaban ya presentes. Ahora más que nunca el valor de la hospitalidad debería inundar el corazón de las personas y así volver a ver el día de acoger, para ser acogido.

R.III

Las ideas principales de esta entrada aparecen en un artículo que publiqué en Literarias. Escritores de Asturias hace unos años.

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar El mundo es un barco: la triste historia de Aylan

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El fin del mundo como lo conocemos

 

La victoria de Trump confirma lo polarizado que está nuestro mundo en la actualidad. Por un lado, tenemos a individuos que crean o apoyan discursos xenófobos y extremistas. Personas que están dispuestas a seguir levantando muros para evitar la entrada de inmigrantes o refugiados en sus poblaciones. Voces que consideran que uno de los grandes problemas con los que cuentan se debe justo a la llegada y aceptación de estos extranjeros.  Muchos incluso creen, aunque les cueste más trabajo admitirlo a viva voz, que la limpieza étnica favorecería sus vidas. Este discurso se sostiene bajo una clara idea de desigualdad, pues aquello que es propio tiene valor, mientras que lo foráneo, lo diferente, “el otro” y todo lo que esté fuera del grupo carece de él. Y por supuesto que también cabe el rechazo a la homosexualidad, al rol equitativo de la mujer, a otras religiones, etc.

En el otro extremo del polo encontramos historias como la del barco Astral que pertenecía a Livio Lo Monaco, un magnate fabricante de colchones, y que ahora es usado por la ONG Proactiva Open Arms para rescatar inmigrantes y refugiados en el Mediterráneo. Lo Monaco decidió donar su lujoso yate para salvar las vidas de miles de personas que se lanzan al mar con la esperanza de entrar en Europa. Los militantes de Proactiva Open Arms, por su parte, emplean (y arriesgan) sus vidas en el mar para ayudar de manera directa a que esos inmigrantes no sucumban en su osado intento. Simplemente consideran que no se les puede abandonar a su suerte. Sin embargo, no son los únicos que dedican sus vidas, ya sean en el terreno de batalla o a la distancia, para paliar muchos de los problemas que acosan el globo: pobreza, hambre, guerras, etc. Ya sea como activistas, manifestantes o colaboradores hay muchos interesados en cumplir esa vieja utopía conocida como justicia social.

Estos dos polos conviven en nuestra sociedad contemporánea. Cada vez más personas se unen a uno de ellos, aunque todavía muchos prefieren seguir adelante sin pertenecer a ninguno de forma abierta. Lo más preocupante es que hay algo que une a estas dos posturas extremas. Ambas partes consideran que el sistema que están viviendo falla de forma sustancial. Las razones para este pensamiento son muy diferentes, pero la conclusión es la misma: bajo este sistema político, económico y social no es posible seguir. Los políticos mienten, son corruptos y buscan su beneficio propio antes que el de sus ciudadanos. La economía está repartida de tal manera que sólo unos pocos se ven realmente beneficiados. La sociedad vive insatisfecha, pero sobre todo amordazada; atada de pies y manos y sólo puede conformarse con las decisiones de esos pocos que parecen controlarlo todo. Sí, los dos polos quieren lo mismo: la erradicación de ese sistema. Los manifestantes y activistas son tan antisistema como los votantes de Trump, Marine Le Pen, Geert Wilders, Boris Johnson y muchos otros.

Es casi seguro que al lector esta similitud le escueza. Por eso conviene reiterar que las razones que llevan a uno u otro polo a querer un cambio radical del sistema no son las mismas. Unos luchan por un mundo más igualitario en el que las fronteras y las diferencias entre los seres humanos vayan reduciéndose y den paso a la paz, la solidaridad y [de nuevo esa utopía] la justicia social. Los otros piensan en un beneficio más inmediato y ponderable: poder tener un trabajo, propiedades y hacer realidad ese sueño americano[1] (que, por otro lado, pertenece a todos los que viven bajo el neoliberalismo) y que, por el momento, ven lejos de alcanzar. En especial porque muchos de ellos lo vislumbran desde la cola del paro, con deudas y con unos servicios sociales precarios.

No se trata de ser pesimista, pero no es difícil anticipar que ha comenzado el fin de esta era. No es descabellada la idea de estar frente al fin de un periodo de paz que algunas generaciones del mundo occidental han tenido la suerte de disfrutar. La única escapatoria es que todos los que creen en el sistema político, económico, social actual trabajen por convencer a los dos polos de que es la mejor alternativa. Que convenzan a la gente de sus beneficios; pero ya no sólo con palabras, sino con hechos. Sin embargo, para ello habría que volver a confiar en esa calaña de políticos y empresarios que manejan los hilos del mentado sistemita. Esperar que por una vez en la vida hagan algo por sus ciudadanos y no por sus propios intereses. ¿Cómo se puede ser optimista bajo esta perspectiva?

R.III

 

[1] Algo que nada tiene que ver con el fenómeno de la inmigración, aunque ese discurso haya sido ampliamente asimilado.

 

 

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Si te ha gustado esta entrada puede ver: Poco más de siete años

O también una reflexión sobre inmigración en: El mundo es un barco.

 

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15 años en Madrid

Este octubre cumplí quince años viviendo en Madrid. Tengo 37; así que ése de entonces (que ya no es el mismo) llegó con tan sólo 22 añitos. Por tanto, aunque viví en México mi infancia, adolescencia y temprana juventud -que se suponen son muy importantes en la vida de toda persona-, creo que lo que me ha marcado de verdad vino después. Me refiero a esa etapa que llamamos “madurez” y que he alcanzado en España.

Y vaya que tuve que madurar, no estoy exagerando: a los dos años de vivir aquí ya estaba casado, un año más tarde tenía un hijo, poco menos de un lustro después me había separado. Durante estos quince años he tenido que trabajar repartiendo publicidad, de camarero, como dependiente de una tienda, de teleoperador, he sido becario de altos directivos en una empresa de electricidad, tocando puertas como comercial, supervisando contenidos en una ONG, de traductor, como responsable de alumnos extranjeros, a cargo de la gestión académica de un centro universitario, dando clases de inglés, literatura, escritura creativa, competencias profesionales, comunicación en ciencias de la salud y, más recientemente, de antropología de la salud. Tengo la esperanza de dar algún día clases de bioética, de ética “a secas” o de alguna materia de filosofía.

Entre medias he terminado dos carreras, una tesis doctoral, he conocido a mi actual pareja, he vivido en siete casas distintas con sus respectivas mudanzas, he leído un par de centenares de novelas, varias decenas de libros de filosofía y un porrón de artículos de los temas más eclécticos. Los seguidores de este blog saben algo de lo que escribo, pero hay mucho material inédito. El otro día calculaba que debo tener más de mil textos escritos (pero es que estoy contando mucha, mucha basura) y tres libros que parece que a nadie le interesan. Nunca sabré qué significa eso de especializarse en algo, porque he combatido en muchos frentes. Me gustaría decir que es porque disfruto con los distintos saberes, pero debo reconocer que es más porque la vida me ha ido imponiendo a cada paso objetivos de lo más variado. Me he reído mucho y también llorado. He intentado tomar las riendas de mi vida, pero muchas veces me he sentido perdido; queriendo volver a ser un niño a quien todo le es resuelto. He podido viajar por varios países y por muchos lugares de España, aunque siempre tengo la sensación de conocer muy poco mundo. He tenido la suerte de vivir unos de los años más difíciles de mi vida con un compañero de piso que pone en duda eso de que la mejor forma de vivir es con la persona a la que amas. He cosechado buenas amistades (algunas duraderas pese a la distancia) y conocido a mucha gente de lo más variopinto. No me he terminado el vino de este país, porque la producción en España es inabarcable. En cualquier caso es seguro que son muchas más las botellas que los libros leídos y los textos escritos “juntos”.

Algunas veces no puedo evitar pensar que al llegar a España creía de corazón que algún día podría cambiar el mundo y hoy tan sólo espero que el mundo no me cambie a mí (por parafrasear una de las frases finales de la película Noviembre). Quizá no alcance esos éxitos que alguna vez me planteé, pero me encuentro en paz. Y ya que mi vida está ligada a la literatura es justo medir estos quince años en letras. En este tiempo he escrito sobre el amor efímero y, sin embargo, he encontrado a la persona con quien quiero vivir toda mi vida. He tratado el tema de las injusticias del mundo, mientras que tengo la inmerecida suerte de escribir con la calefacción puesta desde mi propio despacho. He reflexionado sobre el ocaso de la amistad, cuando estoy rodeado de personas a las que quiero y admiro. Me he reído de muchas de las desventuras que me han hecho llorar. He filosofado sobre nuestra realidad, el lenguaje, el feminismo, la ética y hasta del universo, cuando apenas puedo poner orden a mi propia vida. He hecho catarsis de muchos temas que me han afligido en estos años, pero a la par he podido ver crecer a un hijo del que estoy orgulloso y de quien tanto aprendo.

Sí, me ha dado tiempo para mucho en mi estancia en Madrid. Tengo un trabajo que me permite seguir escribiendo, un Madrid que se abre a todo el mundo y cuyas calles seguiré recorriendo, tengo amigos, bares, unos kilos de más, ese niño maravilloso (definitivamente mi mejor obra), una pareja estable, una linda perrita y unos cuantos seguidores de este blog.¿Se puede pedir más?

Quizá seguir los pasos de Dylan y cuando la Academia Sueca me busque para darme el Nobel no contestar el teléfono. ¿Podría haber más satisfacción en la vida?

R.III

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El incomparable R.IV posando para Un gran salto para Gorsky

Post scríptum: Para hacer más redondo el acontecimiento acabo de descubrir que esta es la entrada número 200 de Cuando el hoy comienza a ser ayer. Gracias por acompañarme durante este viaje personal.

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¿Quieres conocer algunas de las entradas que aquí se mencionan? Te paso los enlaces:

El ocaso de la amistad

El mundo es un barco: la triste historia de Aylan. 

Reflexiones sobre el universo

El camino de Orteguita

Sobre el amor o eso que llamamos amor.

Reflexiones sobre el feminismo

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¿Quién rescató a quién?

Me gusta caminar y fijarme en la gente y los alrededores. Debido a este hábito ya me conozco a muchas de las personas que viven en mi barrio, aunque ellos quizá no hayan reparado en mí. Llevo ya varios meses viendo a una pareja que me gusta mucho, porque me transmiten una especie de estado “zen”. Ambos son jóvenes, pero no podría precisar más; tan sólo encasillarlos bajo el concepto de veinteañeros. No sé si tienen oficio ni beneficio, pero siempre que los encuentro en la calle andan con mucha parsimonia; pasean más que caminar. Van hablando con jovialidad de temas que quiero imaginar trascendentes, pero llevándolos a terrenos banales (como se debe hacer). Sonríen, se abrazan y, en pocas palabras, se les ve felices.

La parejita llamó mi atención, pero la razón no es debido a lo mencionado. Lo que atrapó mi interés fue que atrás de ellos viene siempre un perrito. Camina sin necesidad de correa a unos pocos pasos detrás de sus amos, pese a detenerse de vez en cuando a olfatear o dejar su rastro. Se ve que confían en esta disciplina, pues la pareja suele andar enfrascada en su diálogo; avanzan de la mano o abrazados sin siquiera echar un vistazo al perrito para asegurarse de que los sigue. Si entran a una tienda (donde suelo coincidir con ellos es en una de chinos) el perro sin recibir orden alguna (ni siquiera una mirada por parte de alguno de ellos) se queda a los pies de la puerta. Se sienta a esperar a que salgan sus amos y, cuando lo hacen, comienza a seguirlos de nuevo.

Me parece que son la imagen perfecta de la ataraxia. Cuando los veo pasar siento que el horizonte hacia donde avanzan está despejado y luminoso. Y cuando doy la vuelta sobre mis pasos me da la impresión de que el cielo se nubla y que sólo puedo esperar tormentas y oscuridad. Como se podrá imaginar el lector, a veces los veo y siento un poco de envidia. Pero ya sabemos que el amor es efímero (el que lo siga dudando que eche un vistazo a este artículo sobre el amor). Así que cuando los veo paseando de tan buen rollo, sólo siento alegría y un poco de compasión: pobres, lo que les queda por vivir. Lo fácil que es la vida cuando se es joven…

La envidia la siento por el perro. ¡Cómo diablos han sabido educarlo tan bien! Si alguien nos ve caminar con la Oli (nuestra perrita) podrían apreciar que no hay nada de zen, ni de armonía –y no me atrevo a volver a incluir la palabra ataraxia- en nuestro andar. Nada más lejos a la realidad. Cuando salimos a caminar, la Oli va tirando de nosotros olfateando árboles, personas y traseros de perros. Nosotros somos quienes la seguimos, si no debería decir, que somos literalmente remolcados por ella. Dejarla sin correa está fuera de toda cuestión, al menos que quisiéramos provocar una catástrofe vial. Por tanto, por más interesante que pueda ser nuestra conversación, ésta se ve constantemente interrumpida por los tirones caprichosos de Oli. También puede pasar que salte a ladrarle “con ferocidad” a algún perro pequeño que pase a su lado (con los grandes no se atreve, mira tú). El caso es que andar con ella es ir por caminos azarosos: ya sea porque ha encontrado algo apetecible que olfatear (no todo nos parecería apetecible a los humanos) o porque los otros caninos dan mucho juego. Así no hay quien pueda seguir el hilo de algún argumento; a las dos frases se pierden las ideas, se olvida el tema central o se convierte todo en un soliloquio pues la otra persona ya está a cien metros de distancia intentando frenar las inopinadas voliciones de la Oli.

Si nos paramos a comprar algo, uno tiene que esperar afuera con la perrita. Y si vas solo con ella, hay que atarla en corto al primer árbol que se encuentre, entrar como el rayo y esperar que durante nuestra ausencia nada se haya salido de madre.

Ya me ha pasado cruzarme con la linda pareja mientras salgo a “pasear” con la Oli. Los veo caminando despreocupados, con parsimonia, como si tuvieran todo el tiempo del mundo para disfrutar de la vida. De pronto un tirón me trae de nuevo a mi realidad y descubro que Oli ya se está comiendo algo que no tiene pinta de ser alimento o está olfateando una paloma muerta. Así es el mundo, algunas personas parecen estar uncidas por la divinidad y otros pertenecemos al sórdido mundo profano.

Encontrarse un cojín destrozado al volver al hogar, que te despierten a las 8,00 de la mañana un domingo o tener que haber comprado tres mandos para la televisión porque todos han sido parcialmente devorados no tiene comparación con las alegrías que brinda la condenada perra. Hay que ser justos: llegar a casa y que te esté esperando con un entusiasmo que no cesa con los años. Verla tumbada en su camita mientras tu estás viendo una película con palomitas (un poco como cuando después de estar todo el día en el parque cuando R.IV tenía cinco años y en la noche entrabas en su habitación y lo veías dormidito). El que se te caiga algo mientras cocinas o comes y ya no te preocupes por tener que levantarlo. Eso amigos… no lo cambio por ninguna veinteañera zen con un perro súper educado, aunque sea el mismísimo Lassie.

Y ya lo dejo, que la Oli ya no me deja escribir más, tengo que sacarla que algo le apremia y no deja de reclamar mi atención arañándome.

R.III

 

 

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Si te ha gustado esta entrada échate unas risas leyendo: Aventuras bibliotecarias

 

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Florida 18

Casi toda la gente que me conoce en persona sabe sobre mi pasión por el vino. Es muy probable que todos ellos hayan escuchado por qué considero que el vino es una bebida sagrada. No me lo saco de la manga, de hecho es parte de nuestra cultura popular. Se sabe que en las Bodas de Caná Jesús escogió transformar el agua en vino sobre cientos de otras posibilidades para poder seguir con el convivio. Era Jesús, pudo haber optado por cerveza, limonada o agua de horchata, incluso pudo haberse planteado patentar la Coca-cola. Y no se trata de limitaciones, pues la capacidad del milagro la tenía ya incorporada en su ADN y tampoco se trata de modas. Lo que pasó en dicha celebración es el resultado de una preferencia por aquello que debe trascender.

Antes Dionisos (para los Griegos) y más tarde Baco (para los romanos) —como dioses del vino— ya habían exaltado las virtudes trascendentales de este brebaje. ¡Qué buenas fiestas aquellas! Basta echar un vistazo al Banquete de Platón para darse cuenta de lo bien que se lo montaron estos griegos (y de lo mojigatos que nos hemos vuelto en estos tiempos). Si es que nací en una época equivocada, no cabe duda. Ahora de forma un poco más recatada, seguimos manteniendo ciertas fiestas en las que uno puede sacar algunos de nuestros instintos más básicos. Y gracias a ello las personas somos capaces de ir tirando con los convencionalismos de la cotidianidad. Sólo así se puede sobrellevar el malestar de la cultura del que nos habló Freud. En cualquier caso, ya sea de forma profana o sagrada, el vino debe estar presente siempre que se quiera disfrutar de una buena charla, una agradable compañía y de la vida en general.

Tanto hablo de las virtudes del vino que a Marco, el dueño del Florida 18, uno de los restaurantes-bares que hay por la zona en la que vivo, se le metió la idea de que soy un experto catador. A ver, es cierto que en esto del vino ya tengo práctica y eso a veces lo hace a uno exquisito. Antes me tomaba un valdepeñas como podría ser “Los Molinos” y me parecía la calidad embotellada. Ahora, sin despreciar aquel vino que tantas noches me hizo compañía, he de admitir que trato de embucharme sólo “crianzas”. Que sean riojas, riberas, somontanos o toros  me da igual, siempre que sean aceptables. Y ahí sí que ya nos metemos en una conversación de matices que no podría (y que no me interesa) explicar. Aun así que disfrute el vino no me hace un experto, pero por alguna razón, y a esto quería llegar, Marco me da a probar todos los vinos que le ofrecen sus proveedores y si me gustan los pone en la carta.

Para mí se ha convertido en un excelente trato. De vez en vez me detiene en la calle —¡Ah! porque no creáis que espera a que esté tomando algo en su bar— y me dice: “Me ha llegado este Ribera. Vente a probarlo”. Así que entro, me pone un poco en una copa, yo le pido que me ponga del que ya tiene en la carta y comparo. Así ha (hemos) ido probando distintos vinos a lo largo de la historia de su bar. El que se ha mantenido incólume desde el comienzo es un Rioja llamado Arnegui que, con independencia de mi opinión, está muy bueno. Con los Riberas hemos batallado un poco más y con algunos blancos también. Quizá se deba a que Marco me los ha dado a probar cuando ya llevo metidos unos cuantos vinos previos entre pecho y espalda. Ya para ese entonces me sabe bien hasta el aguarrás.

Hasta ahí todo bien. Su bar se ha convertido en uno de los lugares de encuentro que frecuento con amigos, familia, etc.  El problema, si es que podemos usar este término aquí, es que a Marco le encanta cocinar y se ha dado cuenta de que la comida me gusta casi igual que lo que me gusta el vino. Así que cada vez que coincidimos en su bar, viene a la mesa y nos dice: “he preparado unas gachas” —cabe mencionar que Marco es manchego y los platos tienden a contar con una alta reserva calórica— o “mirad que buenas que han quedado estas migas”. El caso es que nos informa que aquello que ha preparado fuera del menú y nos lo planta directamente en la mesa. Hay que admitir que todo lo que prepara está buenísimo, aunque justo en estas invitaciones radica “el problema”. Estos kilos de más que llevo a cuestas están directamente relacionados con el Florida 18. Su local es cada vez más una tentación pecaminosa.

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Ya se puede imaginar el lector lo que significa esta explosiva combinación para el bohemio escritorucho que redacta estas líneas: buen vino, buena comida ¡y algunas veces gratis! Menudo chollo. Y no soy sólo yo quien goza de esta calórica oferta. Y ya no hablo de mi mujer, sino de Oli, mi perrita. Marco adora a Oli y cada vez que la llevo conmigo comienza a sacarle comida: jamón, pollo, ternera y muchas otras tentaciones. Claro está que Oli también ama a Marco. Así que ahí tienen a la Oli moviendo el rabo toda contenta para que Marco le dé un aperitivo más y a mí sonriendo para ver si me cae otra copa de vino. Muy buena gente este Marco, nadie puede negarlo.  Espero siga al frente de este bar que tantas alegrías me ha brindado, pese a que la salud de mis coronarias esté en riesgo o como se dice vulgarmente, “pese a lo que pese”.

 

R.III

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©R.III

 

 

 


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