Archivo de la categoría: Artículo

Ni apocalíptico, ni integrado

No quiero parecer un apocalíptico del tema de las nuevas tecnologías, pero desde luego no me voy a someter bajo el concepto de integrado (por usar los términos de Umberto Eco), así sin más. Por lo menos, no sin antes contar algo que me hizo reflexionar las pasadas Navidades. Festejé dos veces la entrada de año. La primera fue a las cinco de la tarde, hora de México, cuando en España se brindaba por la llegada del 2018. En la casa de Madrid se montó una buena juerga a la que pude asistir en tiempo real y en “manos libres” gracias al whats app. La segunda entrada del año la experimenté en persona, en horario mexicano, con una fiesta un poco más modesta. Sin embargo, no es sobre la relatividad del espacio-tiempo de lo que quiero hablar, ¿o sí?

Es indudable que el uso del teléfono móvil ha cambiado nuestra conducta social, pero a veces no somos del todo conscientes cuánto. De hecho, en ocasiones es necesario que te des de bruces con esa fotografía esperpéntica que brinda una reunión familiar donde el silencio cobra completo protagonismo. Imagínense una abuela, padres, tíos, primos (y otros términos de la nomenclatura de parentescos) reunidos en una habitación, pero todos ensimismados con su dispositivo móvil. Pues así fue mi Noche Vieja. Vale que el silencio se intercalaba con algunas conversaciones ocasionales, pero en ese lugar existían dos interacciones simultáneas: una personal y otra(s) a distancia. Memes, felicitaciones, comentarios sobre las vivencias “reales” y sendos mensajes inundaban el whats app, el messanger u otras aplicaciones de los teléfonos. ¿Sólo pasó en mi familia? No lo creo ¿Quién no vivió, aunque fuera en algún momento a lo largo de la noche, la escena de arriba en su cena de Navidad o en la entrada de Año Nuevo?

¿Por qué este afán de estar en un sitio y en otro a la vez? Quizá, porque ahora lo podemos hacer.

Como digo al comienzo de esta reflexión, aquí no voy a decir que nos estamos deshumanizando o que nuestras relaciones se han hecho más frías y de peor calidad. No obstante, está claro que nuestra idea sobre la presencialidad ha cambiado. No nos conformamos con las experiencias directas, sino que, presas de un súbito aburrimiento moderno, necesitamos estar en contacto con otras realidades ajenas a nuestro contexto referencial. Queremos escuchar lo que nos cuenta nuestro interlocutor (el personal), pero si me vibra el móvil, una fuerza (a veces incontrolable) me invitará a mirar mi teléfono para ver qué me dice ese otro interlocutor virtual. Aunque haya gente que lo considere una falta de educación, el uso de los dispositivos móviles está cada vez más aceptado (¿debería decir normalizado?) en nuestro día a día. Nadie se sorprendería de que la persona con la que mantenemos una charla eche una ojeada a su teléfono de vez en cuando. Puede ser molesto si la persona no sigue la conversación, pero mientras esto no suceda, ¿qué de extraño habría en esa conducta?

Nos molesta que nuestros alumnos miren sus teléfonos en clase e incluso sus ordenadores. Consideramos que están metidos en alguna página web, chateando con alguien o viendo sabráDiosqué, en lugar de atendernos o estar tomando apuntes. Y lo más seguro es que no nos equivoquemos; seguro que sí están chateando (o cosas peores).  No es raro que yo mismo o cualquiera de mis colegas atienda a sus mensajes mientras estamos en la conferencia de algún compañero (¿eso lo escribí o lo pensé?). No nos mintamos, la mayoría nos hemos dejado seducir por esa gran posibilidad de estar en dos o más sitios a la vez.

El otro día comencé a ver esa serie que llevaban años recomendándome: Black Mirror. El segundo capítulo de la primera temporada plantea un mundo en el que prevalece una interacción virtual (por medio de avatares) sobre una real que es más bien horrible. Las relaciones interpersonales son pocas o nulas y las personas trabajan “pedaleando” todo el día para poder mejorar su avatares. No digo más para no ser un spoiler. La vi con R.IV, mi hijo (catorce años), quien consideraba que este mundo distópico era una exageración; que ninguna sociedad querría vivir así. Curioso comentario de un adolescente al que recogí a la mañana siguiente en un parque, rodeado de otros chicos (sus amigos) con los que no mantenía una conversación, puesto que cada uno se divertía controlado el avatar en un juego desde su teléfono móvil. Aunque, por otro lado, ese juego les permite interactuar, paradójicamente, con individuos en otras partes del planeta en tiempo real. ¿Qué tan lejos estamos de la sociedad que propone Black Mirror? ¿Quién está leyendo estas líneas mientras mantiene otro tipo de interacción (real o virtual)?

R.III

 

***

 

**

 

*

 

*

 

Si te ha gustado esta entrada vista El reino de los sordos

También puede gustarte Literatura anónima y la nueva era de la información

 

*

 

*

 

**

 

***

 

©R.III

Anuncios

Las malas noticias llegan en la madrugada

No es una ley, pero cuando suena el teléfono en la noche (después de la 1 a.m.) se puede presagiar una desdicha. Recuerdo cuando mi padre, médico de profesión, recibía llamadas a esas horas. Era habitual que se tratara de alguno de sus pacientes en estado grave o, incluso, al filo de la muerte. Tengo la opaca remembranza de él vistiéndose, cogiendo el maletín que contenía su instrumental y salir de casa a mitad de la noche. Debe ser más bien una invención de mi mente, porque yo a esas horas debería estar durmiendo apaciblemente. Aun así, es cierto que fueron muchas las veces que se vio obligado a salir para atender alguna emergencia. Esas llamadas tal vez suponían una dolorosa agonía, la preocupación por el estado de un familiar enfermo, la impaciencia de una espera que parecía infinita o incluso la antesala de un duelo. Pero esas malas noticias se amortiguaban desde mi perspectiva infantil bajo el  velo (egoísta) de la desgracia ajena y anónima.

      Esto no siempre fue así. También tengo muy presente una noche que sonó el teléfono y mi madre contestó. Al principio aparentaba responder algunas preguntas y después su semblante mudó. Al cabo de pocos segundos comenzaron a brotar lágrimas y, tras colgar el auricular, el llanto se pronlogó por un espacio que no sabría calcular. Fue mi primer encuentro con la muerte (o mínimo, el primero que recuerdo). En esa llamada se le comunicaba que su padre, mi abuelo, había fallecido en un accidente automovilístico.

      Algunos años más tarde sucedió algo parecido. Otra llamada avisaba del estado crítico de mi abuela. Mi madre decidida a viajar esa misma noche hasta la ciudad donde ella vivía, no pudo ganar terreno al inexorable destino. Una segunda llamada, recibida poco después, comunicaba su muerte.

    Cuántas historias trágicas no se encuentran del otro lado de la línea telefónica. Llamadas que avisan de accidentes, robos, muerte o cualquier otro tipo de percance. No hay persona exenta a este tipo de desventuras. Cada cual podría relatar alguna ingrata experiencia o amarga noche nacida por un simple aviso de pesadumbre.

     Cuando se rompe el silencio de una noche serena por el sonido del teléfono es muy probable que sea el anuncio de una mala noticia: un amigo en la cárcel, la muerte de un familiar, una funesta consecuencia de algún desastre natural, un choque, un atropello… ¿Por qué nunca suena a esa hora para decirnos alguna buena noticia? La boda de un conocido, el contrato de un trabajo, el regreso de un ser querido o la confirmación de una cita esperada. ¿Por qué las buenas nuevas son siempre a la luz del día?

      Ayer sonó el teléfono a las tres de la madrugada y el nerviosismo se apoderó de mí. Inmediatamente llegué hasta el artefacto, que no paraba de sonar, y titubeé en atender la llamada…

…Sigo preguntándome si debí atenderla.

 

R.III

***

Basado en el primer artículo que escribí en mi vida. Un texto que hice para Expresión el periódico universitario que más tarde dirigí en la Universidad del Valle de México, campus Lomas Verdes.

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

 

***

 

**

 

*

 

*

Si les ha gustado esta entrada, no dejen de visitar Fue un 4 de julio.

 

*

*

 

**

 

***


Las águilas de Zeus

 Discurso de clausura de los cursos de verano del Centro de Estudios Hispánicos de la Universidad Antonio de Nebrija, 27 de julio 2017

Me he dado cuenta de que una de las cosas que más me gusta hacer en la vida después de escribir, y de algunas otras actividades de carácter hedonista, es dar clases de literatura. Algunos de mis amigos cercanos aseguran que este gusto se debe al hecho de que me encanta hablar y ser escuchado (de hecho, ellos dicen textualmente que me gusta oírme a mí mismo) y mucho más si el tema está relacionado con la literatura. Claro, cuando uno da clases puede explayarse sobre cualquier tema y los alumnos no tienen más remedio que escuchar.

Ahora me doy cuenta de que los discursos de clausura también sirven muy bien para este fin.

Aunque esta hipótesis podría ser correcta, lo cierto es que existen otras razones de mayor peso. Primero porque la literatura es uno de los grandes bienes del ser humano. Los alumnos que han pasado por mis clases saben que defiendo la idea de que la literatura es la disciplina más importante (por encima de la física, la medicina, la psicología, cualquier ingeniería; por encima de todo). Para poder defender mi postura necesitaría más de los diez minutos que tengo para poder dar este discurso así que sólo puedo mencionar que la Literatura nos habla sobre las cosas importantes de la vida y que de otra manera sería difícil conocer por, según cuenta Wittgenstein, su carácter inefable. En otras palabras, rebasa los límites del lenguaje y por ende rebasa los límites del conocimiento. Me refiero a temas como el amor, la justicia, la amistad, la verdad, etc.

Esta es una razón, pero la más importante es que dar clases de literatura me permite estar rodeado de ustedes… los alumnos que año tras año vienen al Centro de Estudios Hispánicos de la Universidad Nebrija. Los alumnos que vienen a mis clases de literatura son, sin más, una gozada. Muy en especial aquellos que vienen en verano. Se trata de un perfil de alumnos entusiasta, creativos, inteligentes, qué digo inteligentes, brillantes y siempre sonrientes. No sé a qué se debe, quizá a que tan sólo vienen por un mes o dos… no lo sé. Lo certero es que cuando están aquí se quieren comer el mundo. Y eso me llena de energía, porque me acuerdo de mi propia juventud. Tanto que no puedo dejar de recordar la película Noviembre de Achero Mañas que termina con la lapidaria frase: “Antes luchaba por cambiar el mundo, ahora lucho porque el mundo no me cambie a mí”. Pues cuando estoy con ustedes, queridos alumnos, siento que sigo siendo capaz de cambiar el mundo, un deseo que espero ustedes también sientan.

Por eso me gusta que vengan a estudiar a España, porque lo que pueden aprender aquí les va a ayudar en este propósito. Y no se trata sólo de aprender otra lengua. Se trata de poder conocer otro país, no como turistas, sino viviendo en él y salir así de la zona de confort. Esto les ayudará a entender otras culturas (no sólo la española) y el entendimiento entre culturas es muy necesario en estos días aciagos.

***

Delfos fue una de las principales ciudades de la Grecia Clásica. En épocas antiguas era el lugar del oráculo de Delfos, dentro de un templo dedicado al dios Apolo. Según cuenta el mito, Zeus envió dos águilas direcciones opuestas a la misma velocidad. Como consideraban que el universo era esféricos, era evidente que estas dos águilas se encontraran en algún punto. Ese sitio sería el centro de la tierra y ahí es donde debería estar el oráculo. Delfis significa matriz. La idea es pensar en la matriz como el centro del mundo.

China en chino se dice Zhongguo, pidos disculpas a los alumnos chinos presentes, mi chino está un poco oxidado. El primer carácter zhōng (中) significa “centro”, “medio” y guó (國) significa “Estado”, “país. Literalmente sería nación del centro

Finalmente Cuzco, por otro lado, es el nombre de una ciudad Inca situada en Perú. La tradición afirma que significa centro, ombligo, cinturón en quechua antiguo.

¿A dónde quiero llegar?

Pues a que todos estos ejemplos muestran que aunque sean culturas muy distintas y de tiempos diferentes, ya sean íncas, antiguos griegos o chinos; todos han considerado que su tierra era el centro del mundo. En otras palabras: “El universal cultural, por excelencia, es pensar que la plaza del pueblo de uno es el centro del planeta”. Y no es raro que pensemos esto, de igual manera, el universal psicológico es pensar que cada uno de nosotros somos las personas más importantes. Para que no suene tan fuerte, podemos decir que pensamos que somos los protagonistas de nuestra vida y es complicado no hacerlo.

Sin embargo, con el tiempo conocemos otras personas y vemos que ellos también son protagonistas de su vida y recibimos una cucharada de humildad. De la misma manera, viajar nos hacer ver que el mundo es más grande de lo que pensábamos y que ese centro no existe. Sobre todo cuando podemos tener una estancia internacional de estudios o de trabajo. Ahí nos damos cuenta de que hay otras formas de vivir la vida y que son tan válidas como la nuestra, aunque a veces nos parezcan extrañas. Convivimos con personas de otras culturas y terminamos entendiéndonos con ellos.

Me recuerda el fragmento de poema que escribí hace unos años a R.IV que se llama

Aforismos a Ramón IV

Confío en que comprendas lo absurdo de las banderas

la necedad del ser humano

al imponer límites geográficos, raciales

e incluso familiares

 

confío en que rehúyas de los himnos de toda índole

y que construyas tu identidad con criterios amplios

 

que tus raíces nutran el árbol de tu vida

pero sin aprisionarlo

que permitan que su tronco crezca con solidez

hacia cualquier horizonte al que se incline

[sigue…]

Ustedes se llevan esa enseñanza. Aunque a lo mejor no lo saben todavía, ustedes ya son más tolerantes, más flexibles, más empáticos y más humildes. Estos rasgos les permitirán cambiar el mundo o por lo menos intentarlo. Es de verdad un gran placer haber coincidido con algunos de ustedes, aprender de ustedes y cargarme de esta energía tan positiva que gano cada vez que doy clases de literatura.

 

R.III

 

 

 

 

Agradezco las fotos a la ágil mano de Zaida del Rio, y a los estudiantes Gaudi y Lenadro que llevaban teléfonos de alta gama para cristalizar estos recuerdos.

 

*

 

**

 

***

 

 

Si te ha gustado esta entrada no dejes de leer El poder de las palabras

***

 

**

 

*

 

*

©R.III

 

 


Cuando la verdad dejó de ser un valor

 

Llevo unas semanas queriendo escribir sobre los anuncios protagonizados por Fernando Alonso y Marc Márquez, en la última campaña de una empresa de telefonía móvil. Sin embargo, lo que me ayudó a decidirme a hacerlo fue una conversación con mi hijo (R.IV) que más adelante contaré. Creo que es importante pararse a pensar de vez en cuando sobre la importancia que tienen algunos valores en nuestro día a día. Hoy me centraré en la verdad y la honestidad y, con ello, espero poder ejemplificar a qué nos referimos cuando se habla de crisis de valores o eso de que los valores se están perdiendo en nuestra sociedad contemporánea. Empecemos con los dos spots publicitarios.

En el primero se ve una conversación en la que un tipo le dice a Fernando que lo mejor sería decirle la verdad a su madre; que ver una de las carreras de Alonso tiene prioridad sobre el festejo de su cumpleaños. Le explica a Fernando que su madre comprenderá las razones de peso como “que ese circuito te va muy bien”, o que “dan lluvia”. Cualquier madre comprendería lo importante que será ver esa posible gran carrera: “además mi madre puede celebrar su cumpleaños el sábado”. Fernando Alonso, que le escucha con mucha paciencia, termina por aconsejar: “Olvídalo, miéntele”. Y con ello parece decirle “no te compliques la vida, ahórrate las explicaciones, pon un pretexto importante para faltar a su cumpleaños y ve mi carrera”.

Una situación parecida ocurre en el anuncio de Marc Márquez, pero en esta ocasión otro personaje, a pie de una barbacoa y con el toque de una vieja amistad, entabla conversación con Marc. El desconocido tiene el compromiso de celebrar el santo de su padre. La fórmula es la misma que en el otro spot: “va a ser un carrerón”, “es una pista rapidísima”, “con curvas para hacer tus derrapes”, bla, bla. “¿Qué padre no entendería eso?”, parece decir el chico. “Además, los santos no se celebran”, termina afirmando. ¿Y qué contesta Márquez? “Olvídalo, invéntate algo”. Nuevamente el mensaje es “con la verdad no vas a conseguir nada”.

El otro día R.IV me contaba que había ido a comer con una amiga a un sitio de hamburguesas. La señorita que les atendió confundió el cambio y les devolvió más dinero del que debía y ambos se lo callaron. La anécdota no terminaba ahí, pero no pude esperar para reprenderle. “Si te diste cuenta del error, ¿por qué no le devolviste el cambio que te había dado de más?”. Hasta ese momento él no se había dado cuenta de su error, porque su expresión, antes pletórica de felicidad, cambió automáticamente. Ya era demasiado tarde, porque ahí no terminó la reprimenda: “lo que más me asombra es que me lo estás contando con una especie de orgullo que no termino de entender. ¡Qué listo te debes de sentir! Igual de listo como se siente Bárcenas u otro de esos políticos de los que me ves quejarme cada vez que aparecen en televisión. Pues que sepas que no veo diferencia entre tú y ellos cuando haces algo así”. Su semblante, ahora de seriedad, mutó en tristeza.

¿Fui duro? Quizá, pero si no somos los padres los que inculcamos el valor de la honestidad quién va a venir a enseñarlo. Una vez que le dejé en el colegio, porque venía contándomelo cuando lo llevaba de camino, me puse a pensar: ¿cuántos padres le habrían reprendido? Estoy convencido de que muchos habrían actuado de forma similar a mí, pero también creo que muchos le habrían reído la hazaña. Algunos, tal vez, sin reírsela, simplemente no se hubieran dado cuenta de la falta de ética que hay detrás de esa acción. No descubro una realidad oculta cuando digo que vivimos en una cultura que premia la mentira. Ya he hablado de este tema en la entrada Orgullosos de nuestro español. El ser deshonestos está a la orden del día. La corrupción es motivo de enfado y es habitual criticar a los políticos, banqueros y empresarios que incurren ello, pero en la primera oportunidad muchos se quedarían con el cambio equivocado que les devuelve el pobre empleado al que, además, se le tacha de “pringado”. Pongo este ejemplo, pero pasa lo mismo cuando uno se ahorra el IVA aceptando pagar en negro alguna chapuza, cuando se enchufa a un amigo en un trabajo aun sabiendo que no es apto para el puesto, el copiar en un examen, plagiar un trabajo o tantos otros ejemplos de la vida diaria. Y claro, el que lo hace se siente bien listo saliéndose con la suya. La vergüenza brilla por su ausencia en esas situaciones. ¿Por qué? Porque cuando se cuentan estas batallitas la gente aplaude, en lugar de sacar los colores.

España no tiene muchos héroes; personas a las que podamos ver con orgullo hacia arriba. Pero bueno, se cuenta con personas sobresalientes en el mundo del deporte y del espectáculo (también en otros sectores, como la educación, el arte, las ciencias, pero esos viven en la sombra). Dos de ellos, sin duda, son Fernando Alonso y Marc Márquez. Habrá mucha gente que les siga con devoción. Podemos admirarles, porque en aquello a lo que se dedican, son de los mejores a nivel internacional. ¿Por qué se prestan para un anuncio en el que se pone el valor de la honestidad a la altura del betún? Esta vez no tengo respuestas, sólo preguntas. La mentira y la corrupción nos rodea en la vida cotidiana, ¿pero tenemos que oírlo también de esas pocas personas que tenemos en un pedestal? ¿Soy el único que se da cuenta? ¿Estoy siendo muy moralista? ¿Me he vuelto un carca? ¿No hacerlo tan sólo sería producto de una doble moral?

Quiero pensar que las reprimendas pueden ser semillas. Quizá en un futuro podamos cosechar de nuevo el valor de la honestidad, que ahora es un producto que se anuncia con el letrero de “agotado”.

R.III

 

Sólo la foto de “indignarse no es suficiente” es mía

 

****

 

***

 

**

 

*

 

*

 

Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar: ¡Indignados del mundo!

Y la de Orgullos de nuestro español

*

 

*

 

**

 

***

 

****

©R.III

 


Sobre la hospitalidad

Decir que la sociedad actual está en un periodo de crisis no necesita mucha justificación. Se extiende con rapidez esa ideología que enaltece los nacionalismos, señala al extranjero, culpa al inmigrante, atenta contra el refugiado y promueve el levantamiento de muros o vallas con la idea de reforzar las fronteras. Los discursos de xenofobia se hacen más crudos y el velo de vergüenza que antes les ocultaba parece que ha desaparecido. Es como si ya no fuera motivo de bochorno las peroratas que promovían la desigualdad. Se acepta que la injusticia social es parte de un orden natural del mundo, así como lo es la idea de pertenencia y defensa de la tierra. La época entusiasta después de las dos guerras mundiales del siglo XX, que se sostenía en los derechos humanos, en definitiva ha perdido ímpetu.

El planeta está cada vez más polarizado, sin embargo esto no fue siempre así. Porque, aunque parece cosa del pasado, el valor de la hospitalidad llegó a brillar con esplendor. Así es, hubo una lejana época en la que los forasteros bienaventurados o aquellos, que tras la vicisitud de algún terrible incidente, eran bien recibidos en aquellas tierras a las que arribaban. Para echar un vistazo a este período hay que remontarse unos dos mil ochocientos años atrás y rememorar una de las aventuras más conocidas de la literatura universal. Tal vez, después de revisarla se pueda ver en la Antigua Grecia, y el mundo conocido hasta entonces, un sitio magnánimo a la hora de recibir a los extranjeros. Se trata, claro, de los cantos de Homero en La Odisea.

A lo largo de esta obra se puede apreciar la cortesía que tenían los naturales de una región cuando alguna persona llegaba a su hogar. Al extranjero no se le pedían cuentas de su procedencia y ni siquiera de su nombre. Primero se buscaba que descansara, comiera y bebiera hasta quedar satisfecho. Ya una vez complacido se podía charlar con él para averiguar quién era, de dónde venía y cuáles eran las razones por las que había llegado a esa tierra. En La Odisea existen muchos ejemplos del acogimiento de la época hacia los viajeros avenidos a las tierras patrias que se expresan a través de fórmulas con ligeras variaciones. Uno de ellos es cuando Telémaco, hijo de Odiseo, intenta acoger a Atenea quien se hace pasar por Mentes, caudillo de los zafios. Cuando Telémaco se encuentra con él, sin titubear, le dice lo siguiente: “Bienvenido, forastero, serás agasajado en mi casa. Luego que hayas probado el banquete, dirás qué precisas”.

Cabe especificar que los recibimientos no sólo se hacían entre la nobleza griega. No se tenía que llegar siempre a un palacio, ni tenían que llevarse ropas finas y llamativas para ser bien acogido. Odiseo llega a Ítaca disfrazado, gracias al poder de Atenea, de un viejo mendigo y es acogido por su siervo, el porquero Eumeo, sin éste saber que era a su amo a quien recibía. Eumeo es pobre y lo único que puede ofrecerle a Odiseo es la carne de los cerdos que cuida para su dueño y de los que tiene control; pero aún así no duda en ningún momento en darle la bienvenida: “Pero sígueme, vayamos a mi cabaña, anciano, para que también tú sacies el apetito de comer y beber y me digas de dónde eres y cuántas penas has tenido que sufrir”. Una vez que su huésped se encuentra saciado es cuando Eumeo se atreve a preguntarle su procedencia. Al igual que con los recibimientos, esta indagación se hace a través de fórmulas que durante todo el canto se repiten: “Vamos, cuéntame ahora, anciano, tus propias desgracias y dime con verdad para que yo lo sepa: ¿quién y de dónde eres entre los hombres? ¿Dónde se encuentra tu ciudad y tus hombres? ¿Cómo te han traído hasta Ítaca los marineros y quiénes se preciaban de ser? Porque no creo que hayas llegado hasta aquí a pie”.

Estos modelos de recibimiento son habituales en los cerca de quince mil versos que tiene el canto de Homero. Pero ¿por qué eran tan hospitalarios? Si buscamos la explicación en la literatura, la esencia de su cobijo se debe a tres razones principales. La primera es que muchos son los aventureros que solían recibir un exquisito acogimiento como huéspedes y, al volver a su casa, sentían un compromiso (de honor) en devolver estas atenciones. Un ejemplo es cuando Néstor increpa a Eteoneo, porque éste último duda si es menester dar un buen acogimiento al forastero (Telémaco) que acaba de llegar a su tierra (Macedonia): “Antes no eras tan simple, Eteoneo, hijo de Boeto, mas ahora dices sandeces como un niño. También nosotros llegamos aquí los dos, después de comer por mor de la hospitalidad de otros hombres”.

Otra de las razones es que era un gran honor recibir a extranjeros; una obra que sería considerada por los dioses: “Todos los huéspedes y mendigos proceden de Zeus, y para ellos una dádiva pequeña es querida”. El cristianismo también llegó a adoptar esta tradición y de ahí que el valor de la hospitalidad cobrara especial importancia durante la Edad Media. De ahí proviene el término “hospital” y “hospicio” y en esta época se construyeron los primeros hospitales que dieron cuidado a pobres y enfermos.

Por último, dentro de la mitología griega los dioses suelen bajar del Olimpo disfrazados de hombres, guerreros, mendigos o niños. Una persona no sabía cuando acogía a un hombre común o a un dios. Era su responsabilidad no ofender ni a uno ni a otro. Pero no sería extraño que se cuidaran especialmente de no tratar mal a una deidad.

En la actualidad las cosas son muy diferentes: se presencia una estigmatización del inmigrante y del refugiado culpabilizándole de problemas socio-económicos estructurales (cuando el fenómeno es justo el inverso). Las sociedades contemporáneas, por otro lado, olvidan rápido que generaciones pasadas fueron también inmigrantes o refugiados. Se asume que esas guerras y desgracias pasan en otros confines del mundo, sin pensar que tan sólo el siglo pasado mostró la inclemencia que episodios bélicos en este mismo confín. Se ve en los refugiados a personas ajenas, cuando cualquiera podría estar en una situación similar dados los azarosos designios políticos, económicos y bélicos que pueden hacer cambiar la suerte de los pueblos en breves periodos de tiempo.

Quizá sólo se trata de la pérdida del honor que alguna vez ostentaron los antiguos griegos. Por lo menos, gracias a Homero, quedaron inmortalizadas las buenas costumbres. Habrá que confiar en la evolución ética de la humanidad que quizá pueda recuperar estas buenas prácticas. En fin, que no muera la esperanza de volver a ver en el forastero al honorable aventurero que puede enseñar cosas que se desconocían o a recordar aquellas que no estaban ya presentes. Ahora más que nunca el valor de la hospitalidad debería inundar el corazón de las personas y así volver a ver el día de acoger, para ser acogido.

R.III

Las ideas principales de esta entrada aparecen en un artículo que publiqué en Literarias. Escritores de Asturias hace unos años.

P4182342.JPG

****

***

**

*

Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar El mundo es un barco: la triste historia de Aylan

*

**

***

****

©R.III


El fin del mundo como lo conocemos

 

La victoria de Trump confirma lo polarizado que está nuestro mundo en la actualidad. Por un lado, tenemos a individuos que crean o apoyan discursos xenófobos y extremistas. Personas que están dispuestas a seguir levantando muros para evitar la entrada de inmigrantes o refugiados en sus poblaciones. Voces que consideran que uno de los grandes problemas con los que cuentan se debe justo a la llegada y aceptación de estos extranjeros.  Muchos incluso creen, aunque les cueste más trabajo admitirlo a viva voz, que la limpieza étnica favorecería sus vidas. Este discurso se sostiene bajo una clara idea de desigualdad, pues aquello que es propio tiene valor, mientras que lo foráneo, lo diferente, “el otro” y todo lo que esté fuera del grupo carece de él. Y por supuesto que también cabe el rechazo a la homosexualidad, al rol equitativo de la mujer, a otras religiones, etc.

En el otro extremo del polo encontramos historias como la del barco Astral que pertenecía a Livio Lo Monaco, un magnate fabricante de colchones, y que ahora es usado por la ONG Proactiva Open Arms para rescatar inmigrantes y refugiados en el Mediterráneo. Lo Monaco decidió donar su lujoso yate para salvar las vidas de miles de personas que se lanzan al mar con la esperanza de entrar en Europa. Los militantes de Proactiva Open Arms, por su parte, emplean (y arriesgan) sus vidas en el mar para ayudar de manera directa a que esos inmigrantes no sucumban en su osado intento. Simplemente consideran que no se les puede abandonar a su suerte. Sin embargo, no son los únicos que dedican sus vidas, ya sean en el terreno de batalla o a la distancia, para paliar muchos de los problemas que acosan el globo: pobreza, hambre, guerras, etc. Ya sea como activistas, manifestantes o colaboradores hay muchos interesados en cumplir esa vieja utopía conocida como justicia social.

Estos dos polos conviven en nuestra sociedad contemporánea. Cada vez más personas se unen a uno de ellos, aunque todavía muchos prefieren seguir adelante sin pertenecer a ninguno de forma abierta. Lo más preocupante es que hay algo que une a estas dos posturas extremas. Ambas partes consideran que el sistema que están viviendo falla de forma sustancial. Las razones para este pensamiento son muy diferentes, pero la conclusión es la misma: bajo este sistema político, económico y social no es posible seguir. Los políticos mienten, son corruptos y buscan su beneficio propio antes que el de sus ciudadanos. La economía está repartida de tal manera que sólo unos pocos se ven realmente beneficiados. La sociedad vive insatisfecha, pero sobre todo amordazada; atada de pies y manos y sólo puede conformarse con las decisiones de esos pocos que parecen controlarlo todo. Sí, los dos polos quieren lo mismo: la erradicación de ese sistema. Los manifestantes y activistas son tan antisistema como los votantes de Trump, Marine Le Pen, Geert Wilders, Boris Johnson y muchos otros.

Es casi seguro que al lector esta similitud le escueza. Por eso conviene reiterar que las razones que llevan a uno u otro polo a querer un cambio radical del sistema no son las mismas. Unos luchan por un mundo más igualitario en el que las fronteras y las diferencias entre los seres humanos vayan reduciéndose y den paso a la paz, la solidaridad y [de nuevo esa utopía] la justicia social. Los otros piensan en un beneficio más inmediato y ponderable: poder tener un trabajo, propiedades y hacer realidad ese sueño americano[1] (que, por otro lado, pertenece a todos los que viven bajo el neoliberalismo) y que, por el momento, ven lejos de alcanzar. En especial porque muchos de ellos lo vislumbran desde la cola del paro, con deudas y con unos servicios sociales precarios.

No se trata de ser pesimista, pero no es difícil anticipar que ha comenzado el fin de esta era. No es descabellada la idea de estar frente al fin de un periodo de paz que algunas generaciones del mundo occidental han tenido la suerte de disfrutar. La única escapatoria es que todos los que creen en el sistema político, económico, social actual trabajen por convencer a los dos polos de que es la mejor alternativa. Que convenzan a la gente de sus beneficios; pero ya no sólo con palabras, sino con hechos. Sin embargo, para ello habría que volver a confiar en esa calaña de políticos y empresarios que manejan los hilos del mentado sistemita. Esperar que por una vez en la vida hagan algo por sus ciudadanos y no por sus propios intereses. ¿Cómo se puede ser optimista bajo esta perspectiva?

R.III

 

[1] Algo que nada tiene que ver con el fenómeno de la inmigración, aunque ese discurso haya sido ampliamente asimilado.

 

 

****

 

***

 

**

 

*

 

Si te ha gustado esta entrada puede ver: Poco más de siete años

O también una reflexión sobre inmigración en: El mundo es un barco.

 

*

 

**

 

***

 

****

©R.III

 

 

 


¿Quién rescató a quién?

Me gusta caminar y fijarme en la gente y los alrededores. Debido a este hábito ya me conozco a muchas de las personas que viven en mi barrio, aunque ellos quizá no hayan reparado en mí. Llevo ya varios meses viendo a una pareja que me gusta mucho, porque me transmiten una especie de estado “zen”. Ambos son jóvenes, pero no podría precisar más; tan sólo encasillarlos bajo el concepto de veinteañeros. No sé si tienen oficio ni beneficio, pero siempre que los encuentro en la calle andan con mucha parsimonia; pasean más que caminar. Van hablando con jovialidad de temas que quiero imaginar trascendentes, pero llevándolos a terrenos banales (como se debe hacer). Sonríen, se abrazan y, en pocas palabras, se les ve felices.

La parejita llamó mi atención, pero la razón no es debido a lo mencionado. Lo que atrapó mi interés fue que atrás de ellos viene siempre un perrito. Camina sin necesidad de correa a unos pocos pasos detrás de sus amos, pese a detenerse de vez en cuando a olfatear o dejar su rastro. Se ve que confían en esta disciplina, pues la pareja suele andar enfrascada en su diálogo; avanzan de la mano o abrazados sin siquiera echar un vistazo al perrito para asegurarse de que los sigue. Si entran a una tienda (donde suelo coincidir con ellos es en una de chinos) el perro sin recibir orden alguna (ni siquiera una mirada por parte de alguno de ellos) se queda a los pies de la puerta. Se sienta a esperar a que salgan sus amos y, cuando lo hacen, comienza a seguirlos de nuevo.

Me parece que son la imagen perfecta de la ataraxia. Cuando los veo pasar siento que el horizonte hacia donde avanzan está despejado y luminoso. Y cuando doy la vuelta sobre mis pasos me da la impresión de que el cielo se nubla y que sólo puedo esperar tormentas y oscuridad. Como se podrá imaginar el lector, a veces los veo y siento un poco de envidia. Pero ya sabemos que el amor es efímero (el que lo siga dudando que eche un vistazo a este artículo sobre el amor). Así que cuando los veo paseando de tan buen rollo, sólo siento alegría y un poco de compasión: pobres, lo que les queda por vivir. Lo fácil que es la vida cuando se es joven…

La envidia la siento por el perro. ¡Cómo diablos han sabido educarlo tan bien! Si alguien nos ve caminar con la Oli (nuestra perrita) podrían apreciar que no hay nada de zen, ni de armonía –y no me atrevo a volver a incluir la palabra ataraxia- en nuestro andar. Nada más lejos a la realidad. Cuando salimos a caminar, la Oli va tirando de nosotros olfateando árboles, personas y traseros de perros. Nosotros somos quienes la seguimos, si no debería decir, que somos literalmente remolcados por ella. Dejarla sin correa está fuera de toda cuestión, al menos que quisiéramos provocar una catástrofe vial. Por tanto, por más interesante que pueda ser nuestra conversación, ésta se ve constantemente interrumpida por los tirones caprichosos de Oli. También puede pasar que salte a ladrarle “con ferocidad” a algún perro pequeño que pase a su lado (con los grandes no se atreve, mira tú). El caso es que andar con ella es ir por caminos azarosos: ya sea porque ha encontrado algo apetecible que olfatear (no todo nos parecería apetecible a los humanos) o porque los otros caninos dan mucho juego. Así no hay quien pueda seguir el hilo de algún argumento; a las dos frases se pierden las ideas, se olvida el tema central o se convierte todo en un soliloquio pues la otra persona ya está a cien metros de distancia intentando frenar las inopinadas voliciones de la Oli.

Si nos paramos a comprar algo, uno tiene que esperar afuera con la perrita. Y si vas solo con ella, hay que atarla en corto al primer árbol que se encuentre, entrar como el rayo y esperar que durante nuestra ausencia nada se haya salido de madre.

Ya me ha pasado cruzarme con la linda pareja mientras salgo a “pasear” con la Oli. Los veo caminando despreocupados, con parsimonia, como si tuvieran todo el tiempo del mundo para disfrutar de la vida. De pronto un tirón me trae de nuevo a mi realidad y descubro que Oli ya se está comiendo algo que no tiene pinta de ser alimento o está olfateando una paloma muerta. Así es el mundo, algunas personas parecen estar uncidas por la divinidad y otros pertenecemos al sórdido mundo profano.

Encontrarse un cojín destrozado al volver al hogar, que te despierten a las 8,00 de la mañana un domingo o tener que haber comprado tres mandos para la televisión porque todos han sido parcialmente devorados no tiene comparación con las alegrías que brinda la condenada perra. Hay que ser justos: llegar a casa y que te esté esperando con un entusiasmo que no cesa con los años. Verla tumbada en su camita mientras tu estás viendo una película con palomitas (un poco como cuando después de estar todo el día en el parque cuando R.IV tenía cinco años y en la noche entrabas en su habitación y lo veías dormidito). El que se te caiga algo mientras cocinas o comes y ya no te preocupes por tener que levantarlo. Eso amigos… no lo cambio por ninguna veinteañera zen con un perro súper educado, aunque sea el mismísimo Lassie.

Y ya lo dejo, que la Oli ya no me deja escribir más, tengo que sacarla que algo le apremia y no deja de reclamar mi atención arañándome.

R.III

 

 

wp_20161004_21_36_11_pro

***

 

**

 

*

 

*

 

Si te ha gustado esta entrada échate unas risas leyendo: Aventuras bibliotecarias

 

*

 

*

 

**

 

***

©R.III

 


A %d blogueros les gusta esto: