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Las águilas de Zeus

 Discurso de clausura de los cursos de verano del Centro de Estudios Hispánicos de la Universidad Antonio de Nebrija, 27 de julio 2017

Me he dado cuenta de que una de las cosas que más me gusta hacer en la vida después de escribir, y de algunas otras actividades de carácter hedonista, es dar clases de literatura. Algunos de mis amigos cercanos aseguran que este gusto se debe al hecho de que me encanta hablar y ser escuchado (de hecho, ellos dicen textualmente que me gusta oírme a mí mismo) y mucho más si el tema está relacionado con la literatura. Claro, cuando uno da clases puede explayarse sobre cualquier tema y los alumnos no tienen más remedio que escuchar.

Ahora me doy cuenta de que los discursos de clausura también sirven muy bien para este fin.

Aunque esta hipótesis podría ser correcta, lo cierto es que existen otras razones de mayor peso. Primero porque la literatura es uno de los grandes bienes del ser humano. Los alumnos que han pasado por mis clases saben que defiendo la idea de que la literatura es la disciplina más importante (por encima de la física, la medicina, la psicología, cualquier ingeniería; por encima de todo). Para poder defender mi postura necesitaría más de los diez minutos que tengo para poder dar este discurso así que sólo puedo mencionar que la Literatura nos habla sobre las cosas importantes de la vida y que de otra manera sería difícil conocer por, según cuenta Wittgenstein, su carácter inefable. En otras palabras, rebasa los límites del lenguaje y por ende rebasa los límites del conocimiento. Me refiero a temas como el amor, la justicia, la amistad, la verdad, etc.

Esta es una razón, pero la más importante es que dar clases de literatura me permite estar rodeado de ustedes… los alumnos que año tras año vienen al Centro de Estudios Hispánicos de la Universidad Nebrija. Los alumnos que vienen a mis clases de literatura son, sin más, una gozada. Muy en especial aquellos que vienen en verano. Se trata de un perfil de alumnos entusiasta, creativos, inteligentes, qué digo inteligentes, brillantes y siempre sonrientes. No sé a qué se debe, quizá a que tan sólo vienen por un mes o dos… no lo sé. Lo certero es que cuando están aquí se quieren comer el mundo. Y eso me llena de energía, porque me acuerdo de mi propia juventud. Tanto que no puedo dejar de recordar la película Noviembre de Achero Mañas que termina con la lapidaria frase: “Antes luchaba por cambiar el mundo, ahora lucho porque el mundo no me cambie a mí”. Pues cuando estoy con ustedes, queridos alumnos, siento que sigo siendo capaz de cambiar el mundo, un deseo que espero ustedes también sientan.

Por eso me gusta que vengan a estudiar a España, porque lo que pueden aprender aquí les va a ayudar en este propósito. Y no se trata sólo de aprender otra lengua. Se trata de poder conocer otro país, no como turistas, sino viviendo en él y salir así de la zona de confort. Esto les ayudará a entender otras culturas (no sólo la española) y el entendimiento entre culturas es muy necesario en estos días aciagos.

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Delfos fue una de las principales ciudades de la Grecia Clásica. En épocas antiguas era el lugar del oráculo de Delfos, dentro de un templo dedicado al dios Apolo. Según cuenta el mito, Zeus envió dos águilas direcciones opuestas a la misma velocidad. Como consideraban que el universo era esféricos, era evidente que estas dos águilas se encontraran en algún punto. Ese sitio sería el centro de la tierra y ahí es donde debería estar el oráculo. Delfis significa matriz. La idea es pensar en la matriz como el centro del mundo.

China en chino se dice Zhongguo, pidos disculpas a los alumnos chinos presentes, mi chino está un poco oxidado. El primer carácter zhōng (中) significa “centro”, “medio” y guó (國) significa “Estado”, “país. Literalmente sería nación del centro

Finalmente Cuzco, por otro lado, es el nombre de una ciudad Inca situada en Perú. La tradición afirma que significa centro, ombligo, cinturón en quechua antiguo.

¿A dónde quiero llegar?

Pues a que todos estos ejemplos muestran que aunque sean culturas muy distintas y de tiempos diferentes, ya sean íncas, antiguos griegos o chinos; todos han considerado que su tierra era el centro del mundo. En otras palabras: “El universal cultural, por excelencia, es pensar que la plaza del pueblo de uno es el centro del planeta”. Y no es raro que pensemos esto, de igual manera, el universal psicológico es pensar que cada uno de nosotros somos las personas más importantes. Para que no suene tan fuerte, podemos decir que pensamos que somos los protagonistas de nuestra vida y es complicado no hacerlo.

Sin embargo, con el tiempo conocemos otras personas y vemos que ellos también son protagonistas de su vida y recibimos una cucharada de humildad. De la misma manera, viajar nos hacer ver que el mundo es más grande de lo que pensábamos y que ese centro no existe. Sobre todo cuando podemos tener una estancia internacional de estudios o de trabajo. Ahí nos damos cuenta de que hay otras formas de vivir la vida y que son tan válidas como la nuestra, aunque a veces nos parezcan extrañas. Convivimos con personas de otras culturas y terminamos entendiéndonos con ellos.

Me recuerda el fragmento de poema que escribí hace unos años a R.IV que se llama

Aforismos a Ramón IV

Confío en que comprendas lo absurdo de las banderas

la necedad del ser humano

al imponer límites geográficos, raciales

e incluso familiares

 

confío en que rehúyas de los himnos de toda índole

y que construyas tu identidad con criterios amplios

 

que tus raíces nutran el árbol de tu vida

pero sin aprisionarlo

que permitan que su tronco crezca con solidez

hacia cualquier horizonte al que se incline

[sigue…]

Ustedes se llevan esa enseñanza. Aunque a lo mejor no lo saben todavía, ustedes ya son más tolerantes, más flexibles, más empáticos y más humildes. Estos rasgos les permitirán cambiar el mundo o por lo menos intentarlo. Es de verdad un gran placer haber coincidido con algunos de ustedes, aprender de ustedes y cargarme de esta energía tan positiva que gano cada vez que doy clases de literatura.

 

R.III

 

 

 

 

Agradezco las fotos a la ágil mano de Zaida del Rio, y a los estudiantes Gaudi y Lenadro que llevaban teléfonos de alta gama para cristalizar estos recuerdos.

 

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Cuando la verdad dejó de ser un valor

 

Llevo unas semanas queriendo escribir sobre los anuncios protagonizados por Fernando Alonso y Marc Márquez, en la última campaña de una empresa de telefonía móvil. Sin embargo, lo que me ayudó a decidirme a hacerlo fue una conversación con mi hijo (R.IV) que más adelante contaré. Creo que es importante pararse a pensar de vez en cuando sobre la importancia que tienen algunos valores en nuestro día a día. Hoy me centraré en la verdad y la honestidad y, con ello, espero poder ejemplificar a qué nos referimos cuando se habla de crisis de valores o eso de que los valores se están perdiendo en nuestra sociedad contemporánea. Empecemos con los dos spots publicitarios.

En el primero se ve una conversación en la que un tipo le dice a Fernando que lo mejor sería decirle la verdad a su madre; que ver una de las carreras de Alonso tiene prioridad sobre el festejo de su cumpleaños. Le explica a Fernando que su madre comprenderá las razones de peso como “que ese circuito te va muy bien”, o que “dan lluvia”. Cualquier madre comprendería lo importante que será ver esa posible gran carrera: “además mi madre puede celebrar su cumpleaños el sábado”. Fernando Alonso, que le escucha con mucha paciencia, termina por aconsejar: “Olvídalo, miéntele”. Y con ello parece decirle “no te compliques la vida, ahórrate las explicaciones, pon un pretexto importante para faltar a su cumpleaños y ve mi carrera”.

Una situación parecida ocurre en el anuncio de Marc Márquez, pero en esta ocasión otro personaje, a pie de una barbacoa y con el toque de una vieja amistad, entabla conversación con Marc. El desconocido tiene el compromiso de celebrar el santo de su padre. La fórmula es la misma que en el otro spot: “va a ser un carrerón”, “es una pista rapidísima”, “con curvas para hacer tus derrapes”, bla, bla. “¿Qué padre no entendería eso?”, parece decir el chico. “Además, los santos no se celebran”, termina afirmando. ¿Y qué contesta Márquez? “Olvídalo, invéntate algo”. Nuevamente el mensaje es “con la verdad no vas a conseguir nada”.

El otro día R.IV me contaba que había ido a comer con una amiga a un sitio de hamburguesas. La señorita que les atendió confundió el cambio y les devolvió más dinero del que debía y ambos se lo callaron. La anécdota no terminaba ahí, pero no pude esperar para reprenderle. “Si te diste cuenta del error, ¿por qué no le devolviste el cambio que te había dado de más?”. Hasta ese momento él no se había dado cuenta de su error, porque su expresión, antes pletórica de felicidad, cambió automáticamente. Ya era demasiado tarde, porque ahí no terminó la reprimenda: “lo que más me asombra es que me lo estás contando con una especie de orgullo que no termino de entender. ¡Qué listo te debes de sentir! Igual de listo como se siente Bárcenas u otro de esos políticos de los que me ves quejarme cada vez que aparecen en televisión. Pues que sepas que no veo diferencia entre tú y ellos cuando haces algo así”. Su semblante, ahora de seriedad, mutó en tristeza.

¿Fui duro? Quizá, pero si no somos los padres los que inculcamos el valor de la honestidad quién va a venir a enseñarlo. Una vez que le dejé en el colegio, porque venía contándomelo cuando lo llevaba de camino, me puse a pensar: ¿cuántos padres le habrían reprendido? Estoy convencido de que muchos habrían actuado de forma similar a mí, pero también creo que muchos le habrían reído la hazaña. Algunos, tal vez, sin reírsela, simplemente no se hubieran dado cuenta de la falta de ética que hay detrás de esa acción. No descubro una realidad oculta cuando digo que vivimos en una cultura que premia la mentira. Ya he hablado de este tema en la entrada Orgullosos de nuestro español. El ser deshonestos está a la orden del día. La corrupción es motivo de enfado y es habitual criticar a los políticos, banqueros y empresarios que incurren ello, pero en la primera oportunidad muchos se quedarían con el cambio equivocado que les devuelve el pobre empleado al que, además, se le tacha de “pringado”. Pongo este ejemplo, pero pasa lo mismo cuando uno se ahorra el IVA aceptando pagar en negro alguna chapuza, cuando se enchufa a un amigo en un trabajo aun sabiendo que no es apto para el puesto, el copiar en un examen, plagiar un trabajo o tantos otros ejemplos de la vida diaria. Y claro, el que lo hace se siente bien listo saliéndose con la suya. La vergüenza brilla por su ausencia en esas situaciones. ¿Por qué? Porque cuando se cuentan estas batallitas la gente aplaude, en lugar de sacar los colores.

España no tiene muchos héroes; personas a las que podamos ver con orgullo hacia arriba. Pero bueno, se cuenta con personas sobresalientes en el mundo del deporte y del espectáculo (también en otros sectores, como la educación, el arte, las ciencias, pero esos viven en la sombra). Dos de ellos, sin duda, son Fernando Alonso y Marc Márquez. Habrá mucha gente que les siga con devoción. Podemos admirarles, porque en aquello a lo que se dedican, son de los mejores a nivel internacional. ¿Por qué se prestan para un anuncio en el que se pone el valor de la honestidad a la altura del betún? Esta vez no tengo respuestas, sólo preguntas. La mentira y la corrupción nos rodea en la vida cotidiana, ¿pero tenemos que oírlo también de esas pocas personas que tenemos en un pedestal? ¿Soy el único que se da cuenta? ¿Estoy siendo muy moralista? ¿Me he vuelto un carca? ¿No hacerlo tan sólo sería producto de una doble moral?

Quiero pensar que las reprimendas pueden ser semillas. Quizá en un futuro podamos cosechar de nuevo el valor de la honestidad, que ahora es un producto que se anuncia con el letrero de “agotado”.

R.III

 

Sólo la foto de “indignarse no es suficiente” es mía

 

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Y la de Orgullos de nuestro español

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Sobre la hospitalidad

Decir que la sociedad actual está en un periodo de crisis no necesita mucha justificación. Se extiende con rapidez esa ideología que enaltece los nacionalismos, señala al extranjero, culpa al inmigrante, atenta contra el refugiado y promueve el levantamiento de muros o vallas con la idea de reforzar las fronteras. Los discursos de xenofobia se hacen más crudos y el velo de vergüenza que antes les ocultaba parece que ha desaparecido. Es como si ya no fuera motivo de bochorno las peroratas que promovían la desigualdad. Se acepta que la injusticia social es parte de un orden natural del mundo, así como lo es la idea de pertenencia y defensa de la tierra. La época entusiasta después de las dos guerras mundiales del siglo XX, que se sostenía en los derechos humanos, en definitiva ha perdido ímpetu.

El planeta está cada vez más polarizado, sin embargo esto no fue siempre así. Porque, aunque parece cosa del pasado, el valor de la hospitalidad llegó a brillar con esplendor. Así es, hubo una lejana época en la que los forasteros bienaventurados o aquellos, que tras la vicisitud de algún terrible incidente, eran bien recibidos en aquellas tierras a las que arribaban. Para echar un vistazo a este período hay que remontarse unos dos mil ochocientos años atrás y rememorar una de las aventuras más conocidas de la literatura universal. Tal vez, después de revisarla se pueda ver en la Antigua Grecia, y el mundo conocido hasta entonces, un sitio magnánimo a la hora de recibir a los extranjeros. Se trata, claro, de los cantos de Homero en La Odisea.

A lo largo de esta obra se puede apreciar la cortesía que tenían los naturales de una región cuando alguna persona llegaba a su hogar. Al extranjero no se le pedían cuentas de su procedencia y ni siquiera de su nombre. Primero se buscaba que descansara, comiera y bebiera hasta quedar satisfecho. Ya una vez complacido se podía charlar con él para averiguar quién era, de dónde venía y cuáles eran las razones por las que había llegado a esa tierra. En La Odisea existen muchos ejemplos del acogimiento de la época hacia los viajeros avenidos a las tierras patrias que se expresan a través de fórmulas con ligeras variaciones. Uno de ellos es cuando Telémaco, hijo de Odiseo, intenta acoger a Atenea quien se hace pasar por Mentes, caudillo de los zafios. Cuando Telémaco se encuentra con él, sin titubear, le dice lo siguiente: “Bienvenido, forastero, serás agasajado en mi casa. Luego que hayas probado el banquete, dirás qué precisas”.

Cabe especificar que los recibimientos no sólo se hacían entre la nobleza griega. No se tenía que llegar siempre a un palacio, ni tenían que llevarse ropas finas y llamativas para ser bien acogido. Odiseo llega a Ítaca disfrazado, gracias al poder de Atenea, de un viejo mendigo y es acogido por su siervo, el porquero Eumeo, sin éste saber que era a su amo a quien recibía. Eumeo es pobre y lo único que puede ofrecerle a Odiseo es la carne de los cerdos que cuida para su dueño y de los que tiene control; pero aún así no duda en ningún momento en darle la bienvenida: “Pero sígueme, vayamos a mi cabaña, anciano, para que también tú sacies el apetito de comer y beber y me digas de dónde eres y cuántas penas has tenido que sufrir”. Una vez que su huésped se encuentra saciado es cuando Eumeo se atreve a preguntarle su procedencia. Al igual que con los recibimientos, esta indagación se hace a través de fórmulas que durante todo el canto se repiten: “Vamos, cuéntame ahora, anciano, tus propias desgracias y dime con verdad para que yo lo sepa: ¿quién y de dónde eres entre los hombres? ¿Dónde se encuentra tu ciudad y tus hombres? ¿Cómo te han traído hasta Ítaca los marineros y quiénes se preciaban de ser? Porque no creo que hayas llegado hasta aquí a pie”.

Estos modelos de recibimiento son habituales en los cerca de quince mil versos que tiene el canto de Homero. Pero ¿por qué eran tan hospitalarios? Si buscamos la explicación en la literatura, la esencia de su cobijo se debe a tres razones principales. La primera es que muchos son los aventureros que solían recibir un exquisito acogimiento como huéspedes y, al volver a su casa, sentían un compromiso (de honor) en devolver estas atenciones. Un ejemplo es cuando Néstor increpa a Eteoneo, porque éste último duda si es menester dar un buen acogimiento al forastero (Telémaco) que acaba de llegar a su tierra (Macedonia): “Antes no eras tan simple, Eteoneo, hijo de Boeto, mas ahora dices sandeces como un niño. También nosotros llegamos aquí los dos, después de comer por mor de la hospitalidad de otros hombres”.

Otra de las razones es que era un gran honor recibir a extranjeros; una obra que sería considerada por los dioses: “Todos los huéspedes y mendigos proceden de Zeus, y para ellos una dádiva pequeña es querida”. El cristianismo también llegó a adoptar esta tradición y de ahí que el valor de la hospitalidad cobrara especial importancia durante la Edad Media. De ahí proviene el término “hospital” y “hospicio” y en esta época se construyeron los primeros hospitales que dieron cuidado a pobres y enfermos.

Por último, dentro de la mitología griega los dioses suelen bajar del Olimpo disfrazados de hombres, guerreros, mendigos o niños. Una persona no sabía cuando acogía a un hombre común o a un dios. Era su responsabilidad no ofender ni a uno ni a otro. Pero no sería extraño que se cuidaran especialmente de no tratar mal a una deidad.

En la actualidad las cosas son muy diferentes: se presencia una estigmatización del inmigrante y del refugiado culpabilizándole de problemas socio-económicos estructurales (cuando el fenómeno es justo el inverso). Las sociedades contemporáneas, por otro lado, olvidan rápido que generaciones pasadas fueron también inmigrantes o refugiados. Se asume que esas guerras y desgracias pasan en otros confines del mundo, sin pensar que tan sólo el siglo pasado mostró la inclemencia que episodios bélicos en este mismo confín. Se ve en los refugiados a personas ajenas, cuando cualquiera podría estar en una situación similar dados los azarosos designios políticos, económicos y bélicos que pueden hacer cambiar la suerte de los pueblos en breves periodos de tiempo.

Quizá sólo se trata de la pérdida del honor que alguna vez ostentaron los antiguos griegos. Por lo menos, gracias a Homero, quedaron inmortalizadas las buenas costumbres. Habrá que confiar en la evolución ética de la humanidad que quizá pueda recuperar estas buenas prácticas. En fin, que no muera la esperanza de volver a ver en el forastero al honorable aventurero que puede enseñar cosas que se desconocían o a recordar aquellas que no estaban ya presentes. Ahora más que nunca el valor de la hospitalidad debería inundar el corazón de las personas y así volver a ver el día de acoger, para ser acogido.

R.III

Las ideas principales de esta entrada aparecen en un artículo que publiqué en Literarias. Escritores de Asturias hace unos años.

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar El mundo es un barco: la triste historia de Aylan

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El fin del mundo como lo conocemos

 

La victoria de Trump confirma lo polarizado que está nuestro mundo en la actualidad. Por un lado, tenemos a individuos que crean o apoyan discursos xenófobos y extremistas. Personas que están dispuestas a seguir levantando muros para evitar la entrada de inmigrantes o refugiados en sus poblaciones. Voces que consideran que uno de los grandes problemas con los que cuentan se debe justo a la llegada y aceptación de estos extranjeros.  Muchos incluso creen, aunque les cueste más trabajo admitirlo a viva voz, que la limpieza étnica favorecería sus vidas. Este discurso se sostiene bajo una clara idea de desigualdad, pues aquello que es propio tiene valor, mientras que lo foráneo, lo diferente, “el otro” y todo lo que esté fuera del grupo carece de él. Y por supuesto que también cabe el rechazo a la homosexualidad, al rol equitativo de la mujer, a otras religiones, etc.

En el otro extremo del polo encontramos historias como la del barco Astral que pertenecía a Livio Lo Monaco, un magnate fabricante de colchones, y que ahora es usado por la ONG Proactiva Open Arms para rescatar inmigrantes y refugiados en el Mediterráneo. Lo Monaco decidió donar su lujoso yate para salvar las vidas de miles de personas que se lanzan al mar con la esperanza de entrar en Europa. Los militantes de Proactiva Open Arms, por su parte, emplean (y arriesgan) sus vidas en el mar para ayudar de manera directa a que esos inmigrantes no sucumban en su osado intento. Simplemente consideran que no se les puede abandonar a su suerte. Sin embargo, no son los únicos que dedican sus vidas, ya sean en el terreno de batalla o a la distancia, para paliar muchos de los problemas que acosan el globo: pobreza, hambre, guerras, etc. Ya sea como activistas, manifestantes o colaboradores hay muchos interesados en cumplir esa vieja utopía conocida como justicia social.

Estos dos polos conviven en nuestra sociedad contemporánea. Cada vez más personas se unen a uno de ellos, aunque todavía muchos prefieren seguir adelante sin pertenecer a ninguno de forma abierta. Lo más preocupante es que hay algo que une a estas dos posturas extremas. Ambas partes consideran que el sistema que están viviendo falla de forma sustancial. Las razones para este pensamiento son muy diferentes, pero la conclusión es la misma: bajo este sistema político, económico y social no es posible seguir. Los políticos mienten, son corruptos y buscan su beneficio propio antes que el de sus ciudadanos. La economía está repartida de tal manera que sólo unos pocos se ven realmente beneficiados. La sociedad vive insatisfecha, pero sobre todo amordazada; atada de pies y manos y sólo puede conformarse con las decisiones de esos pocos que parecen controlarlo todo. Sí, los dos polos quieren lo mismo: la erradicación de ese sistema. Los manifestantes y activistas son tan antisistema como los votantes de Trump, Marine Le Pen, Geert Wilders, Boris Johnson y muchos otros.

Es casi seguro que al lector esta similitud le escueza. Por eso conviene reiterar que las razones que llevan a uno u otro polo a querer un cambio radical del sistema no son las mismas. Unos luchan por un mundo más igualitario en el que las fronteras y las diferencias entre los seres humanos vayan reduciéndose y den paso a la paz, la solidaridad y [de nuevo esa utopía] la justicia social. Los otros piensan en un beneficio más inmediato y ponderable: poder tener un trabajo, propiedades y hacer realidad ese sueño americano[1] (que, por otro lado, pertenece a todos los que viven bajo el neoliberalismo) y que, por el momento, ven lejos de alcanzar. En especial porque muchos de ellos lo vislumbran desde la cola del paro, con deudas y con unos servicios sociales precarios.

No se trata de ser pesimista, pero no es difícil anticipar que ha comenzado el fin de esta era. No es descabellada la idea de estar frente al fin de un periodo de paz que algunas generaciones del mundo occidental han tenido la suerte de disfrutar. La única escapatoria es que todos los que creen en el sistema político, económico, social actual trabajen por convencer a los dos polos de que es la mejor alternativa. Que convenzan a la gente de sus beneficios; pero ya no sólo con palabras, sino con hechos. Sin embargo, para ello habría que volver a confiar en esa calaña de políticos y empresarios que manejan los hilos del mentado sistemita. Esperar que por una vez en la vida hagan algo por sus ciudadanos y no por sus propios intereses. ¿Cómo se puede ser optimista bajo esta perspectiva?

R.III

 

[1] Algo que nada tiene que ver con el fenómeno de la inmigración, aunque ese discurso haya sido ampliamente asimilado.

 

 

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Si te ha gustado esta entrada puede ver: Poco más de siete años

O también una reflexión sobre inmigración en: El mundo es un barco.

 

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¿Quién rescató a quién?

Me gusta caminar y fijarme en la gente y los alrededores. Debido a este hábito ya me conozco a muchas de las personas que viven en mi barrio, aunque ellos quizá no hayan reparado en mí. Llevo ya varios meses viendo a una pareja que me gusta mucho, porque me transmiten una especie de estado “zen”. Ambos son jóvenes, pero no podría precisar más; tan sólo encasillarlos bajo el concepto de veinteañeros. No sé si tienen oficio ni beneficio, pero siempre que los encuentro en la calle andan con mucha parsimonia; pasean más que caminar. Van hablando con jovialidad de temas que quiero imaginar trascendentes, pero llevándolos a terrenos banales (como se debe hacer). Sonríen, se abrazan y, en pocas palabras, se les ve felices.

La parejita llamó mi atención, pero la razón no es debido a lo mencionado. Lo que atrapó mi interés fue que atrás de ellos viene siempre un perrito. Camina sin necesidad de correa a unos pocos pasos detrás de sus amos, pese a detenerse de vez en cuando a olfatear o dejar su rastro. Se ve que confían en esta disciplina, pues la pareja suele andar enfrascada en su diálogo; avanzan de la mano o abrazados sin siquiera echar un vistazo al perrito para asegurarse de que los sigue. Si entran a una tienda (donde suelo coincidir con ellos es en una de chinos) el perro sin recibir orden alguna (ni siquiera una mirada por parte de alguno de ellos) se queda a los pies de la puerta. Se sienta a esperar a que salgan sus amos y, cuando lo hacen, comienza a seguirlos de nuevo.

Me parece que son la imagen perfecta de la ataraxia. Cuando los veo pasar siento que el horizonte hacia donde avanzan está despejado y luminoso. Y cuando doy la vuelta sobre mis pasos me da la impresión de que el cielo se nubla y que sólo puedo esperar tormentas y oscuridad. Como se podrá imaginar el lector, a veces los veo y siento un poco de envidia. Pero ya sabemos que el amor es efímero (el que lo siga dudando que eche un vistazo a este artículo sobre el amor). Así que cuando los veo paseando de tan buen rollo, sólo siento alegría y un poco de compasión: pobres, lo que les queda por vivir. Lo fácil que es la vida cuando se es joven…

La envidia la siento por el perro. ¡Cómo diablos han sabido educarlo tan bien! Si alguien nos ve caminar con la Oli (nuestra perrita) podrían apreciar que no hay nada de zen, ni de armonía –y no me atrevo a volver a incluir la palabra ataraxia- en nuestro andar. Nada más lejos a la realidad. Cuando salimos a caminar, la Oli va tirando de nosotros olfateando árboles, personas y traseros de perros. Nosotros somos quienes la seguimos, si no debería decir, que somos literalmente remolcados por ella. Dejarla sin correa está fuera de toda cuestión, al menos que quisiéramos provocar una catástrofe vial. Por tanto, por más interesante que pueda ser nuestra conversación, ésta se ve constantemente interrumpida por los tirones caprichosos de Oli. También puede pasar que salte a ladrarle “con ferocidad” a algún perro pequeño que pase a su lado (con los grandes no se atreve, mira tú). El caso es que andar con ella es ir por caminos azarosos: ya sea porque ha encontrado algo apetecible que olfatear (no todo nos parecería apetecible a los humanos) o porque los otros caninos dan mucho juego. Así no hay quien pueda seguir el hilo de algún argumento; a las dos frases se pierden las ideas, se olvida el tema central o se convierte todo en un soliloquio pues la otra persona ya está a cien metros de distancia intentando frenar las inopinadas voliciones de la Oli.

Si nos paramos a comprar algo, uno tiene que esperar afuera con la perrita. Y si vas solo con ella, hay que atarla en corto al primer árbol que se encuentre, entrar como el rayo y esperar que durante nuestra ausencia nada se haya salido de madre.

Ya me ha pasado cruzarme con la linda pareja mientras salgo a “pasear” con la Oli. Los veo caminando despreocupados, con parsimonia, como si tuvieran todo el tiempo del mundo para disfrutar de la vida. De pronto un tirón me trae de nuevo a mi realidad y descubro que Oli ya se está comiendo algo que no tiene pinta de ser alimento o está olfateando una paloma muerta. Así es el mundo, algunas personas parecen estar uncidas por la divinidad y otros pertenecemos al sórdido mundo profano.

Encontrarse un cojín destrozado al volver al hogar, que te despierten a las 8,00 de la mañana un domingo o tener que haber comprado tres mandos para la televisión porque todos han sido parcialmente devorados no tiene comparación con las alegrías que brinda la condenada perra. Hay que ser justos: llegar a casa y que te esté esperando con un entusiasmo que no cesa con los años. Verla tumbada en su camita mientras tu estás viendo una película con palomitas (un poco como cuando después de estar todo el día en el parque cuando R.IV tenía cinco años y en la noche entrabas en su habitación y lo veías dormidito). El que se te caiga algo mientras cocinas o comes y ya no te preocupes por tener que levantarlo. Eso amigos… no lo cambio por ninguna veinteañera zen con un perro súper educado, aunque sea el mismísimo Lassie.

Y ya lo dejo, que la Oli ya no me deja escribir más, tengo que sacarla que algo le apremia y no deja de reclamar mi atención arañándome.

R.III

 

 

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Si te ha gustado esta entrada échate unas risas leyendo: Aventuras bibliotecarias

 

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La vida de la calle

Este invierno está siendo tan suave que el día que llueve o hace un poco más de frío parece noticia. Uno de esos días lluviosos pensé, cuando iba rumbo a la universidad, lo afortunado que se es cuando uno trabaja bajo techo. Y fue inevitable pensar en aquellos días cuando las inclemencias del día marcaban mi jornada laboral. Fue ya hace más de diez años, pero todavía recuerdo con claridad aquel año en el que fui “buzonero” (es decir, repartidor de publicidad).

Cada día en la noche recibía un mensaje por el teléfono móvil diciendo la estación de metro o de tren en la tendríamos que esperar a nuestro jefe, al día siguiente a las 8,30 de la mañana. Podía ser Chamartín, Vallecas, Conde de Casal, Estrecho, Puerta de Toledo, daba igual, pero éstas eran todo un lujo. El problema era cuando la cita era en Orcasitas, Puerta de Arganda, Alcalá de Henares o cualquier otra estación del extra (extra) radio de la ciudad. No importaba que llegar al dichoso sitio supusiera levantarse una hora antes, ni que no tuvieras el abono correspondiente de la zona y, ese día, parte de tu jornal se viera reducido por el coste del transporte. La puntualidad era importante y llegar tarde podría suponer perder la mitad del sueldo del día o ponerte a la cola de los trabajos.

¿Derechos laborales?, se pregunta alguien. Todos los que trabajábamos en este asunto formábamos parte de ese grupo denominado, no sin falta de ingenio, bajo el apelativo de “sin papeles”. Inmigrantes indocumentados, vamos; y por buscar otra semejanza podría decirse que la mayoría proveníamos de Latinoamérica. En cuanto llegaba nuestro jefe en su furgoneta, nos hacía subir en ella para llevarnos a las distintas zonas de trabajo. Nos bajábamos en parejas y contábamos, como principal instrumento de oficio, un carrito con el que transportábamos los pesados paquetes de folletos a repartir. El jefe indicaba cuál era la zona que debía trabajarse y daba la habitual moralina de que a quien descubriera tirando el papel perdería el trabajo y el dinero de su paga acumulada hasta ese momento. Tampoco se olvidaba de esa deliciosa frase de: “Si os detiene la policía a mi no me conocéis, ¡eh!”. Nosotros nos reíamos imaginándonos en la situación. ¿Qué le íbamos a contar a la policía? “Mire señor agente, yo estaba dando un paseo y vi este carrito lleno de publicidad y pensé: por qué no repartirlo por los hogares de la zona”.

La verdad es que ninguno de nosotros tuvo nunca problemas con la policía. Era más latoso lidiar con los vecinos. Porque seamos sinceros, a nadie nos gusta que nos llenen los buzones de nuestros hogares con esa basura publicitaria. Lo que la gente ya no suele reflexionar es que los chavales que la reparten les importa un pimiento la marca que llevan a lo hogares y que, para ellos, sólo es una manera de ganarse la vida. De existir un culpable se debería pensar en las empresas que se anuncian en esos papelitos (sin mucha consciencia medioambiental, por cierto). Pero como no mucha gente suele pensar en eso, no era infrecuente que cuando un vecino pesado te veían llenando los buzones del portal, empezara con la tabarra de: “otra vez con esta basura”. “¿pero quién te ha dejado entrar?”, “ya estamos otra vez con los papelitos”… y alguno incluso sacaba, ya de paso, alguna lindura xenofóbica (a mí no me pasó, para suerte del increpador): “sudaca de m… ya estás otra vez con los pu… papelitos”. Así estaba el patio, aunque también los había más amables y comprensivos. Recuerdo que alguno incluso me ofreció quedarse con todo un paquete y subirlo a su casa “ya lo tiro yo en unos días”, me dijo con complicidad (quizá también fue buzonero).

Es curioso que pese a lo sencillo del trabajo (ir tocando timbres en los portales, conseguir entrar, meter la publicidad en los buzones y seguir así hasta cubrir la zona que tocaba) todos los repartidores contábamos con un título de licenciado. Había publicitas, periodistas, gente de comunicación, etc. Todos sin papeles, eso sí. Lo que es sinónimo de no poder trabajar en otro tipo de oficio. Viéndolo de esta manera, eso hacía más entretenido nuestro día a día. Por ejemplo, había un argentino con el que podía charlar de literatura mientras esperábamos al jefe en la esquina indicada para que nos volviera a llenar el carrito. Quién pensaría que esos dos chicos con un carrito a cuestas, o un buen taco de papelitos en el antebrazo, pudieran venir conversando sobre Chejov, James Joyce, Homero, Vargas Llosa, etc.

No todo estaba mal, además de las charlas, buscábamos maneras de entretenernos. La primera era colarnos en los sitios que no permitían buzoneo y hacer nuestro trabajo en tiempo récord. Es decir, meter en los buzones tantos papelitos como fuera posible, antes de que saliera el portero a echarte la bronca. Otro buen pasatiempo era librarse del papel. No lo hacíamos sólo para quitarnos trabajo, sino para entretenernos. La forma más sencilla era robar una bolsa de las papeleras que hay en las zonas de los buzones (puestas estratégicas para que los vecinos menos cívicos fuesen tan amables de depositar ahí la publicidad en lugar de arrojarla al suelo). Las mejores bolsas eran las negras opacas, pues en ellas introducías un taco grande de papel y lo metías en el primer contenedor de papel que te encontraras (eso sí, nótese la mentalidad de reciclaje). Por mucho que se asomase nuestro jefe en él no sería capaz de distinguir el interior de aquella inalcanzable bolsa.

Había muchas otras formas de deshacerse del papel, pero incluso existían las lucrativas. Por la zona de Conde de Casal, había un sitio que compraba papel. Así que bastaba que esa fuese tu zona del día, para atreverte a desviarte un poco de tu ruta y hacer el truque. La verdad es que si uno sacaba para un café ya podía darse por satisfecho, pero el gozo de aminorar el peso de tu carrito hacía que mereciese la pena.

Aunque eso no era tan divertido, también uno terminaba volviéndose un experto para salir de los portales. Porque no todos tiene una pomo en la puerta, sino que se abren con un interruptor. Y vaya picardía que tienen los señores de los interruptores, porque hay veces que están tan escondidos que te llevaba un rato salir de la prisión.

Pero volviendo al clima, una de las cosas más duras de este trabajo era el trabajar bajo las inclemencias del tiempo. Había días que caían verdaderos aguaceros, pero nuestro jefe no se compadecía. Quizá él pensaba que sí lo hacía cuando nos dejaba unos chubasqueros medio rotos con los que quedabas igual de calado al final del día, pero retrasando un poco el proceso. O cuando el frío era tanto que cuando te pegabas en los dedos metiendo la publicidad en un buzón te acordabas de la madre de tu jefe, o del último vecino o portero con quien te habías enfrentado. El verano no era mejor, porque por mucha gorra que te pusieras, a medio día el calor parecía querer estamparte en el suelo. Un amigo dice que hay dos tipos de empleos: los que te duchas antes del trabajo y los que te duchas después. Hoy me siento afortunado de haberme conseguido un empleo de la primera clase.

R.III

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Sobre las enfermedades mentales

No cabe duda que las enfermedades mentales nos asustan. Nadie querría que su hijo estuviera enfermo, pero desde luego parece preferible una enfermedad crónica como la diabetes, frente a una patología mental como puede ser la bipolaridad o la esquizofrenia, crónicas también. Así como las enfermedades físicas tienen su causa en el desajuste de los procesos fisiológicos (por ejemplo, en el caso de la diabetes debido a un fallo en el páncreas), las enfermedades mentales se deben a un desequilibrio de sustancias químicas que gobiernan el cerebro. Los dos tipos de patologías se pueden controlar con medicamentos. Sin embargo, las segundas nos resultan desagradables, peligrosas e, incluso en algunos casos, motivo de desdoro.

Existe un estigma social del que las enfermedades mentales no se pueden desprender. A nadie le importaría compartir la mesa con un amigo que te dice: “lo siento, no puedo tomar postre, porque soy diabético” o que antes de comer se tomara una pastilla para controlar el azúcar. Tampoco nos inmutaríamos frente al que debe tomar una dieta baja en sal por ser hipertenso o el que no puede comer grasas por tener alto el colesterol. Ahora pensemos en qué pasaría si el mismo amigo dijera justo antes de comenzar la comida: “¡Uff! Se me olvidaba, me tengo que tomar el litio para controlar la bipolaridad” o “antes de comer me voy a tomar el Prozac de la tarde”. Seguro que nuestra perspectiva hacia su circunstancia cobraría otro cariz. Quizá nos dejaríamos de sentir cómodos, como con las enfermedades físicas; ya no hablemos si el que se sienta a la mesa, en lugar de ser un bipolar o depresivo, es un esquizofrénico.

Sé de primera mano la existencia de personas que le cuesta trabajo reconocer que un familiar cercano sufre alguna de estas enfermedades. Prefieren ocultarlo, mirar a otro lado, pensar que se trata de un problema de actitud o algo que es pasajero y puntual (por muy repetitivas que sean sus conductas patológicas). Cualquier cosa antes de tener que afrontar que se está frente a una enfermedad mental. ¿Cómo ayudar al paciente entonces?

Estas patologías, bien diagnosticadas, se pueden controlar bastante bien. En el caso de la bipolaridad (enfermedad que me interesa en especial), por ejemplo, los episodios de depresión y de manía suelen ser más espaciados y menos agudos. Y pasa lo contrario cuando la enfermedad no es tratada: las depresiones y los periodos de exaltación suelen ser más intensos, más frecuentes y más duraderos.

Para tratarlos, al igual que pasa con enfermedades como la diabetes o la hipertensión, el paciente tendrá que seguir una serie de buenos hábitos si quiere mejorar. En el caso de las patologías mentales es fundamental seguir el tratamiento psiquiátrico, y es recomendable asistir a una psicoterapia. Poniendo de su parte el paciente y con la ayuda de los profesionales de la salud y los familiares o personas de apoyo es posible llevar una vida normal. Sin embargo, el primer paso es identificar las conductas patológicas, buscar un diagnóstico y afrontar que se tiene dicha enfermedad.

El problema se complica con los trastornos de la personalidad. Aquí no estamos hablando de enfermedades tratables. A una persona obsesiva compulsiva no se le puede medicar, porque no se trata de un desajuste químico-físico de su cerebro, sino de un rasgo de personalidad. Se le puede ayudar, pero cambiar su comportamiento es más complejo. La diferencia entre los trastornos de la personalidad y las enfermedades mentales también encuentran una distinción a nivel jurídico. Por esa razón, una persona que asesina a otra debido a un trastorno psicopático (o sea de personalidad) es llevado a la cárcel, mientras que el que mata a su madre porque creía que era un demonio cuando estaba en un episodio esquizoide se le interna en un hospital psiquiátrico. Hay enfermedades mentales que son relativamente parecidas a trastornos de la personalidad. Tal es el caso de la bipolaridad y el trastorno de personalidad límite (border line), en el que un sujeto cambia de forma radical de un estado de euforia/alegría a otro de violencia/tristeza.

La cosa se complica cuando conocemos que estas dos situaciones no son excluyentes. Es decir, alguien puede tener un trastorno de personalidad o que su personalidad tienda hacia ese trastorno y además contar con una enfermedad mental. En los dos casos, aunque yo me inclino a hacerlo más en los segundos, se debe sentir cierta compasión por los que sufren estos trastornos/enfermedades que no les permiten llevar una vida normal. Digo que me inclino más a sentir esta protección o voluntad de cuidado con las personas que sufren enfermedades mentales, porque no pueden controlarlo. La realidad que ellos ven y viven está distorsionada. En el trastorno de personalidad límite (o en la psicopatía)  no hay una distorsión cognitiva. A veces se comportan como personas eufóricas, con episodios de felicidad excesiva (e incluso explosiva), pasando rápidamente a la violencia, al llanto, etc.

¿Cómo distinguir unos de otros? Acudiendo a un profesional. Pero, sobre todo, teniendo la voluntad de ayudar a esa persona cercana que ya no puede ayudarse a sí misma. Espero que con el tiempo el estigma que tienen estas enfermedades se reduzca. De esta forma las podremos detectar  con mayor efectividad y prontitud, así como cuidar mejor de los sujetos  que las padecen y, por tanto, no abandonarlos o excluirlos.

 R.III

 

Post scriptum: espero tratar en otra entrada varios temas. En especial el hecho de que proveer cuidados a personas con bipolaridad o trastorno límite de personalidad, no exenta (e incluso es fundamental hacerlo) el ponerles límites para que no se hagan daño a ellos mismos o a las personas que les rodean.

 

 

Espiral descendiente

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