Archivo de la categoría: Relatos

El cielo de los olvidados

Diálogos inconmensurables o el cielo de los olvidados es un relato que aparece en el libro Un gran salto para Gorsky. Trata sobre el encuentro que tiene un islamista y un ateo en una especie de “cielo”, una vez muertos los dos en un atentado pertrechado por el primero. Un texto sobre la fe, la ética y las diferencias culturales.

Este cuento ha aparecido publicado recientemente en la revista colombiana Cronopio. Si lo quieres leer puedes pinchar en el siguiente enlace:

Diálogos inconmensurables o el cielo de los olvidados

R.III

cronopio

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Galería de retazos

Querido lector,

Quiero aprovechar esta ocasión para presentarle esta pequeña galería de retazos; una colección de imágenes con reflexiones aparecidas en Cuando el hoy comienza a ser ayer,  fragmentos de poemarios o cuentos de compendios inéditos. No se corte, si alguna le gusta, llévesela sin dudarlo. Basta pinchar sobre aquella que le guste, presionar sobre el botón derecho de su ratón y dar al “guardar como”.

Espero que estas imágenes, de las que habrá más, puedan volar y llegar a más personas. No habría nada que me causara más placer.

 

Gracias,

R.III

 

El silencio del retorno

El silencio del Retorno

La psicópata

La psicópata

Creador de mundos

Creador de mundos

(Un gran salto para Gorsky)

El ostracismo de los reyes magos

El ostracismo de los Reyes Magos

(publicado también en Revista Tarántula)

 

Pedazos del ser

Pedazos del ser

Reflexiones sobre el Universo

Reflexiones sobre el universo

 

Tu Imagen

Tu imagen

P.s.- No nos engañemos; no soy diseñador y eso se nota. Cualquier amable lector que sepa un poco más de esta disciplina y que quiera ofrecerse a darle más vida, o digamos, una mejor vida estética a estos retazos su ayuda sería muy apreciada.

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©R.III

 

 

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Metafísica para comer

«B. ¿Es necedad amar? R. No es gran prudencia
B. Metafísico estáis. R. Es que no como.»
(Miguel de Cervantes, Diálogo entre Babieca y Rocinante).

—¡Y cuando nazca tu hijo, qué! ¿le vas a dar de comer metafísica?

El agudo e hiriente reproche ronda mi recuerdo, No es extraño, hace pocos minutos que terminaste la discusión, Lo sé, pero lo que intento decir es que son palabras que han sonado con mucho ímpetu en ese rincón olvidado del cuerpo donde ahora retumba su eco perenne, Nunca había tenido tanta fuerza la palabra metafísica para ti, Efectivamente, incluso si mi mujer hubiera generalizado su punzante sarcasmo y en vez de haber soltado metafísica hubiera dicho filosofía no habría tenido el efecto nocivo que se ha creado en mi espíritu, La denuncia hacia tu ignominiosa situación no sólo debería haberte hundido en absoluto mutismo, sino que incluso debería haberte apagado el pensamiento, Pero mírame charlando en silenciosa reflexión con mi persona, Lo peor es que empiezas a trabajar en tu cabecita la idea de poder vivir de metafísica, O de filosofía si nosotros sí nos atrevemos a generalizar, No es una insensatez, finalmente ya muchas veces con anterioridad te has alimentado de conceptos, aunque es cierto que nunca quedaste satisfecho, Te imaginas un banquete en el que comieras como aperitivo el «cogito ergo sum» de Descartes, para pasar a un segundo plato que incluiría la «sustancia individual» de Leibniz aderezado con la escéptica «cuestión de hecho» de Hume, y de plato fuerte, para dar gusto hasta al comensal más refinado, podrían servirse las «categorías» de Kant. Se colocarían en el centro para que todos pudieran probar un pedacito de cada una, Sería toda una cena de gala, pero ahora imagina que se trata de una comida informal que tienes que preparar con prisa para volver al trabajo diario, Pues en ese caso se podría descongelar en el microondas al primer Wittgenstein, pero como es muy picoso y hasta duro de roer, no hay que abusar de este platillo porque puede causar indigestión,

[Sigue en el enlace de abajo]

Metafísica para comer

Relato del libro Un gran salto para Gorsky publicado en el no 48 de la Revista Literaria Cronopio. Si te gusta el relato, puedes descargar gratis el libro Un gran salto para Gorsky pinchando sobre su nombre o en el enlace permanente a la derecha de Cuando el hoy comienza a ser ayer.

R.III

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El ostracismo de los Reyes Magos

Los tres Reyes lo dispusieron como un plan magnífico.  La distribución de los juguetes, por primera vez no sólo iba a ser efectiva, sino que acariciaba ese concepto poco practicado por aquellos seres ungidos por la magnanimidad de Dios: iba a ser justa. La decisión era polémica, pero en esta época de crisis confiaban en que las personas comprendieran que su deber era seguir la máxima de “a grandes problemas, grandes soluciones”.

Y cuál fue el asombro de los cientos de miles de pequeños que encontraron las bases de sus árboles de Navidad, o los zapatitos que habían colocado perfectamente alineados, vacíos. Ningún regalo había sido depositado en ellos. ¿Acaso no han venido?, se preguntaban los pitusos, pero la prueba de Su llegada era evidente. Los platos con galletas o salchichón y los vasos de leche o vino, también se encontraban vacíos. Algunas migas, poco más. Los sedientos reyes, sin duda habían hecho acto de presencia. ¿Y entonces los regalos?

Los llantos fueron atronadores. Los padres no podían consolar a sus hijos; tan sólo lo consiguieron aquéllos (que no fueron pocos) que les ofrecieron, en compensación por tan grande disgusto,  ir a comprarles, de forma expedita, algún regalo que fuera de su agrado. Muchos de los avariciosos pequeños cedieron a este chantaje. Otros se empecinaron por aquellos regalos que, según ellos, estaban dotados de una magia que no se puede adquirir en un centro comercial. Pero niños y padres convenían en tachar a esos Reyes de seres desalmados (y otras cosas más duras).

Pero a esta fatídica sorpresa sobrevino una mayor. La carta. En algunos casos, después de ser hallada y leída por los padres atónitos, pedían apresurados a sus hijos que confirmaran la noticia, en otros, antes siquiera de sospechar la existencia de la nota que sus Majestades habían dejado, los hechos anunciaban la controvertida decisión real.   Lo que fue similar en casi todos los hogares, fue la imagen de los niños corriendo a sus habitaciones y volver en similar trote hacia el salón para contar, escandalizados, tan peculiar acontecimiento. Los reyes no sólo no habían traído regalos este año, sino que se habían llevado algunos de los juguetes en mejor estado (pues los rotos no eran dignos de sus Altezas) de los pequeños. El saqueo fue el mismo para todas las casas en las que año tras año los Reyes habían hecho gala de su generosidad. No se perdonó a ninguna vivienda, pero cuantificando los daños -por esto de las estadísticas-  cabe mencionar que las casas más opulentas fueron, también, las más devastadas.

En la misiva, la explicación que indignó a todas las potencias de Occidente.

Mientras tanto, en la otra parte del mundo, el milagro se había consolidado con sumo esfuerzo. Porque por más juguetes “robados” que los Reyes consiguieran, la verdad es que los niños de esos países son demasiados. Pero finalmente, juntando la provisión normal de regalos que se producían todos los años, más aquellos otros que hábilmente consiguieron en las casas de Occidente y equilibrando austeramente la repartición, se conisguió tan ambicioso objetivo. Si bien es cierto, los tres grandes Magos fallaron en su perspectiva de impacto: no pensaron que muchos de esos juguetes no iban a ser divertidos para los  chavales de tan recónditos confines. Sólo los regalos más sencillos triunfaron (e incluso algunas de las cajas que alojaban esos “objetos raros” de poca utilidad). En todo caso, los millones de rostros ilusionados habían restado importancia a este pequeño detalle. Satisfechos, los Tres, pudieron volver andando a casa.

Al otro día, los caritativos y mágicos Monarcas estaban conformes. Pobres ingenuos. ¡No sabían el problema en el que se habían metido! La indignación civil llevó a los gobiernos de las grandes potencias a tomar medidas poco diplomáticas… pero esa historia ya no es para niños

R.III

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Caminos a la fertilidad

Para Jorge Álvarez-Díaz. Espero que esa tesis se publique pronto para que sustente esto…

 

—Lo que usted nos diga doctor. Vamos a hacer lo que usted nos sugiera.

—No…ummm… no creo que me hayan entendido bien. Lo que yo estoy solicitando es que sean ustedes los que tomen una decisión.

—Es que usted es el experto, sabe, cuando nosotros acudimos…

—Espera, cariño, vamos con calma. Primero díganos doctor Rivera ¿de cuántos estamos hablando?

—Pues veamos… recuerden que el primer intento fue fallido y se perdieron los tres que habíamos conseguido así que tuvimos que extraer más óvulos y volver a intentarlo. Afortunadamente, a partir de ahí han podido concebir tres hijos, así que estamos hablando sólo de dos.

—Ya… dos.

 

 A Teresa le encantan los niños; cuando se encuentra con alguno se dibuja un brillo en su mirada y una sonrisa en sus labios. Es automático, no importa que sea en la calle, en el metro, en el centro comercial o en un cine. Tampoco importa mucho la edad; desde bebés hasta jovencitos de diez o incluso once años. Yo a veces paso vergüenza, porque no puede evitar hacerle algún mimo –especialmente a los pequeños– cada vez que se tropieza con alguno. A veces me impaciento, pero siempre termino por resignarme; sé muy bien que no puede remediarlo. A nuestros amigos, que tienen hijos, les encanta quedar con nosotros. Dicen que Teresa es la mejor niñera que se puede tener, y gratis. Claro, ella se vuelca con los pequeños por completo mientras que los demás nos sentamos en una terraza o nos tomamos algo en un bar. Teresa siempre toma la iniciativa y se lleva a los niños al parque más cercano y juega con ellos. Cuando nos sentamos a la mesa para comer, ella se coloca siempre del lado de los críos y les ayuda con la comida y los controla. Después, durante la sobremesa, los entretiene con dibujos o con juegos que trae preparados desde casa para este momento. Ahora esto nos viene muy bien a todos nosotros, pues podemos estar tranquilos comiendo, tomando los postres, el café e incluso algún licorcillo, sin tener que vernos interrumpidos por esas pequeñas criaturas que demandan tanta atención. Si bien es cierto, al principio nuestros amigos se sentían incómodos, pues no querían que Teresa se molestara o descuidara su propia comida por tener que atender a sus hijos, pero finalmente comprendieron que para ella no es ningún engorro. Al contrario, ella está deseando quedar con nuestras amistades para poder jugar con los pequeños.

 ¿Que si me siento afortunada? Sí, creo que soy una mujer muy afortunada. Y aún así, mira que Miguel y yo lo pasamos mal al principio. Fueron muchos meses los que intentamos conseguirlo por el modo tradicional sin éxito alguno. Al principio nos pareció normal; ¿cuántas historia parecidas no escucha uno y que al final consiguen un embarazo normalito? Pero los meses pasaban y por mucho que poníamos de nuestra parte en las fechas de mayor fertilidad, no nos quedábamos. Cada mes venía la dura prueba de encontrar nuestras esperanzas frustradas. Esto también enturbió un poco mi carácter y las relaciones que practicábamos se teñían de estrés. Nunca lo admitimos, pero es así, durante ese tiempo, nuestras relaciones dejaron de ser todo lo placenteras que deberían ser. Con el tiempo nuestras amistades nos aconsejaron que acudiéramos a un especialista: “En estos tiempos y con la tecnología que existe, vuestro problema se solucionará enseguida”. Así que Miguel y yo nos planteamos probar una técnica de reproducción asistida. Sí, así es la manera correcta de llamar eso a lo que todos equivocadamente llamamos inseminación artificial. Y es que la inseminación es una técnica, pero no es la única. Bueno, no me las voy a dar de experta, porque sólo nos aprendimos aquello que el médico nos explicó. Pero me estoy adelantando; Miguel y yo nos decidimos y fuimos a una clínica especialista que nos recomendaron. Creo que eran unos primos o amigos de mi cuñado. El caso es que pedimos una cita y nos hicieron una entrevista previa a todo. Nos hicieron un historial muy completo en el que contamos con detalles todo sobre nuestros intentos previos. Una vez hecha la entrevista nos citaron para hacernos unas pruebas y ahí fue cuando nos enteramos del problema. 

 Teresa tiene dos hermanas y ella es la de en medio. Creo que es la única persona que nunca se ha quejado de ser el sándwich. Se lleva muy bien con las dos. Rocío y Paula, se llaman. Hace dos años, las dos con diferencia de un mes, se quedaron embarazadas. El premio le tocó a Paula que ha tenido mellizos. Rocío es madre de Carlota, una muñequita morena de ojos claros que se parece mucho a Teresa. Desde entonces, no hay semana que no visite a alguna de las dos. Tanto Paula como Rocío consideran que Teresa es una tía muy entregada. Al principio recelaron un poco el dejar a sus respectivos hijos solos con Teresa, pero no sé si fue el empecinamiento de ella por que le dejasen cuidar de los peques o el descubrir lo cómodo que es tener una babysitter tan a mano. Ahora es normal que, ya sea un jueves o un viernes, Teresa vaya a pasar la tarde a casa de alguna de sus hermanas y vuelva ya muy noche por hacerles el favor de cuidar a la niña de Rocío o a los pequeños monstruos (desde que saben andar eso es lo que son) de Paula. Lo que no saben es que el favor se lo hacen a ella que se queda encantada cuidando de los chicos. Ella les prepara la cena, los baña, les lee unos cuentos y no los deja hasta que se quedan dormidos. Alguna vez me contó Paula que al entrar a casa se encontraron a Teresa dormida en la mecedora (que dice que es incomodísima) en la habitación de los niños. No lo puede evitar, los niños le apasionan.

 

 —¿Qué es lo que pasa si no queremos donarlos?

—Bueno, podríamos dejarlos congelados. Aunque según lo que me han dicho, ambos están de acuerdo en que ya no van a querer tener más hijos.

—Exacto doctor, con los tres que tenemos estamos más que conformes.

—Pues la otra opción es descongelarlos y de esta manera desechar el producto.

—¿Hay alguna especie de normativa al respecto, doctor?

—Por ahora no, así que la decisión es suya.

 

Una vez descubierto el problema ya sólo era cuestión de seguir un protocolo que nos explicó el doctor. A mí me sometieron a un tratamiento que permitiera tener más óvulos para que después me los extrajeran. La idea, lo voy a contar con mis palabras, era que metieran únicamente uno de los espermatozoides de Miguel en uno de mis óvulos para que crecieran el bebé. Bueno, no le llaman bebé, dicen que es mejor no considerarlo así hasta que nazca, pero es para que me entiendan. El caso es que una vez que el óvulo y el espermatozoide se unen correctamente, el bebé, que todavía es pequeñísimo, nada más células, se devuelve al cuerpo y de ahí en adelante la naturaleza hace el resto. Pero la naturaleza no funcionó la primera vez. Me consiguieron sacar tres óvulos que todos se unieron bien con los espermatozoides de Miguel. Metieron los tres, pues como decían ellos, así había más posibilidades de éxito. Pero ni así lo conseguimos. Así que vuelta a empezar y yo a llorar y a llorar, pensando que jamás iba a poder ser mamá.

 Cómo admiro el positivismo de Teresa, es ciertamente una mujer increíble. Su energía se contagia y no me refiero solamente al momento en el que se encuentra rodeada de niños. No, ella está siempre de buen humor, incluso en las mañanas cuando tenemos que madrugar para ir cada quien a su trabajo. Esa cara de jovialidad es la que nos muestra a todos los que tenemos la suerte de gozar su cercanía. Por eso nadie puede imaginar lo que realmente le sucede. Yo mismo tardé en descubrir esa mirada melancólica que muy bien sabe disfrazar. A veces me siento culpable o más bien, impotente. Quisiera poder arrancar de ella cualquier pizca de dolor, pero lo que le pasa a Teresa, o más bien, lo que nos pasa es algo que no puedo remediar. No tengo otra opción más que esperar a que pronto consigamos hacer realidad lo que sería la mayor alegría para Teresa: poder tener un hijo nuestro. Ayer hablamos y decidimos que era momento de llamar a un profesional.

 

—¿Pero usted qué haría, doctor?

—Miren señores, yo no voy a sugerirles nada, porque la decisión es sólo suya, pero si les sirve de apoyo les voy a contar lo que pasa en la actualidad con los embriones: muchos de ellos se quedan congelados. Por poner un ejemplo, en nuestra clínica, que ya tiene veinte años trabajando en temas de reproducción asistida, existen embriones congelados desde hace más de quince años.

—¿Quiénes son los padres?

—A eso voy, ahora mismo ya no lo sabemos. La mayoría han abandonado simplemente a los embriones. Ya sea porque han cambiado de domicilio, ya sea porque no han querido volver a dar señales de vida, el hecho es que los embriones siguen en la clínica congelados y probablemente vayan a seguir así. De los padres no se sabe nada y no sé si algún día lo sabremos.

—¡Por Dios! ¿Y qué se va a hacer con ellos?

—Pues por el momento el problema es más bien técnico que legal. En nuestra clínica hemos tenido que hacer una ampliación para poder alojar más embriones, porque en la primera sala que teníamos ya no nos cabían todos. Además, como les he dicho no hay todavía una normativa en referencia con estos embriones. Pero como no tardará en haberla (eso espero) los embriones los dejamos congelados para tomar las medidas pertinentes cuando se decida qué hacer con ellos; especialmente con los que han sido abandonados. Quizá se decida desecharlos, quizá se utilicen para otros fines, el dilema todavía no ha encontrado una solución legal. Mientras tanto, ha sido una iniciativa del comité de bioética de la clínica el pensar al respecto y finalmente comenzar a sugerir la donación de los embriones a aquellas personas de las que tenemos una forma de contacto. La donación puede ser para futuras investigaciones o para ayudar directamente a parejas que como ustedes necesitan de estas técnicas.

 

Pero me animaron mucho dentro de la clínica. Si hay algo en lo que nos sentimos muy afortunados es que todo el personal de la clínica ha sido un encanto. El Dr. Rivera siempre se ha mostrado atento, nunca nos ha dejado con ninguna duda respecto al protocolo que se tenía que seguir. Siempre estuvo positivo y nos aseguró que era muy normal que el primer intento no fuese exitoso. Esto me consoló un poco. Además las otras personas, los técnicos, las enfermeras, la recepcionista, todos fueron muy amables, haciéndonos sentir cómodos en todo momento. No sé si es producto de mi imaginación, pero los recuerdo a cada uno de ellos y les veo en el semblante siempre una sonrisa. Supongo que es una buena señal que tenga esta impresión, ¿no crees? Bueno, pues te contaba que estaba destrozada porque el primer intento no lo habíamos conseguido. Y, por si fuera poco, se habían utilizado todos los embriones; eso es, “embriones” es la palabra que utilizaban. Bueno, pues todos los habíamos usado en ese primer intento, por lo que iba a ser necesario volver a extraer nuevos óvulos y comenzar de nuevo. Miguel ha sido también muy fuerte y animoso. Durante todo el tiempo que tuvimos que esperar para que me extrajeran de nuevo óvulos, no dejó que me deprimiera y finalmente volví a la carga con la esperanza de que este segundo intento lo pudiéramos conseguir. Yo estaba muy escéptica, no te voy a decir lo contrario, sobre todo tenía mucho miedo de que la situación fuera adversa y entonces perder también este intento. Lo malo es que en la clínica nos explicaron que sólo podríamos tener tres intentos, después tendríamos que esperar.

 

—¿Futuras investigaciones?

—No malinterpreten mis palabras. La investigación no tienen nada que ver con la idea hollywoodiense de investigación. Con esos embriones ni se hará clonación, ni se fabricarán monstruos. No, la idea es justo la contraria. Las investigaciones en embriones pueden ayudarnos a desarrollar mucho mejor el conocimiento de los procesos que utilizamos. De hecho ha sido gracias a la investigación previa en este terreno, que hoy en día contamos con este tipo de técnicas de reproducción asistida a las que ustedes deben agradecer tener tres hijos. Sin el apoyo de las personas que se ofrecieron a ayudar cuando estas técnicas se encontraban en los laboratorios, nunca se hubiera dado el salto a convertirlo en una realidad.

—Lo entiendo, doctor. Y de donarlo, ¿a quién?

 

La sombra pudo haber caído sobre nosotros, pero Teresa me sigue sorprendiendo. Ayer nos citaron en la clínica a la que acudimos por ayuda. Estábamos esperando los resultados de las pruebas que nos han hecho a ambos para saber cuál es el problema por el que no podemos conseguir el embarazo. Lo que nos dijeron fue que Teresa no puede producir óvulos, pero nos han animado contándonos que en la actualidad, con la donación de óvulos, es posible conseguir el embrión. Sin embargo nos han dicho que eso puede llevar su tiempo. Aunque, nos han dado otra opción que es prácticamente inmediata, pero nos han mandado a casa para meditarla y dar una respuesta mañana.

 

Cuando me volvieron a hacer la extracción de los óvulos conseguimos esta vez seis y todos pudieron ser concebidos por los espermatozoides de Miguel. El interrogante que teníamos ahora, era esperar que se desarrollara alguno dentro de mí. Volvieron a utilizar tres embriones y cuál fue nuestra sorpresa: ¡nueve meses después nacían Guzmán y Alfonso! A veces me pregunto qué hubiera pasado si se hubieran desarrollado los tres embriones que me habían metido. Me hubiera parecido a un león marino. ¡Qué risa! Durante dos años criamos a estos hermosos niños que nos devolvieron la vida, cuando tan mal la estábamos pasando. Entonces Miguel y yo sopesamos la idea de tener otro, así que volvimos a la clínica. Nos habían explicado muy bien que dejarían los tres embriones restantes congelados y que podríamos utilizarlos, al igual que hicimos con los primeros, para poder tener más hijos. ¿Por qué no intentarlo?

 

—La donación sería a alguna pareja o mujer que estuviera en vuestra misma situación. La diferencia es que el embrión ya está listo para ser introducido, con lo que no haría falta una extracción de óvulos, fecundarlos, etc. Por ahora, en el comité consideramos que las donaciones deben ser anónimas. Sí que existirá un control, pero si acceden a donar, ustedes no sabrán a qué familia han ayudado a concebir un hijo.

 

Teresa y yo lo hemos hablado y hemos accedido a la donación. Hoy por hoy, es la salida más rápida y aunque el embrión haya sido concebido por otros padres, ¡qué más nos da! Si todo sale bien, podremos tener nuestro propio hijo. No sé por qué, pero el brillo en los ojos de Teresa me hace saber que todo saldrá muy bien.

 

Bueno, ya sabes en qué terminó la historia. Ummm, en realidad no termina ahí. Al año de nacer Jorge, el Dr, Rivera nos llamó para sugerirnos algo. ¿Sabías que en el mundo debe haber miles de embriones congelados?

 


Atención al Cliente (parte II)

Lunes por la mañana, “a madrugar nuevamente por cinco largos días”, piensas. Miras el calendario y descubres que es 7 de noviembre. Recuerdas que justo un 7 de marzo entraste a trabajar en esa compañía; “Ocho meses como un proletario del siglo XXI”, piensas. Te animas un poco escuchando tu programa de radio favorito mientras desayunas. Te alistas y te diriges a tu trabajo, “a este paso voy a llegar diez minutos antes”, notas en algún momento durante tu recorrido. Sabes que no puedes llegar un segundo tarde porque eres penalizado, pero tampoco te gusta regalar el tiempo a tu empresita, así que aminoras el paso un poco.

 

Llegas al lúgubre edificio a las ocho menos un minuto, subes una escalinata, entras y checas ya de manera automática y ágil con esa tarjetita electrónica que alguna vez te pareció simpática. Subes hasta la nave donde te encuentras con una cincuentena de personas. Todas te suenan de vista, pero rara vez has tenido oportunidad de entablar conversación con ellos. Buscas un sitio vacío y cuando encuentras uno, corres a sentarte en él, “por lo menos está encendido el ordenador, así que tengo unos segundo extras antes de empezar”, piensas y marcas tu clave de acceso. Marcas también tu clave en el conmutador y suspiras un par de veces antes de darle a ese botón que te encadenará instantáneamente a tu asiento por unas horas —tu primer descanso llega a las doce-. Te colocas los cascos y ajustas el micrófono. Un suspiro más y presionas…

 

Sólo darle al botón suena esa alarmita que dice que ya tienes al cliente en la línea: “Movistar buenos días, le atiende Pedro Ramírez, extensión 7456, en qué puedo ayudarle”. Sabes que de aquí en adelante tendrás que buscar solución a cada una de las 90 llamadas que probablemente te entrarán hoy. Ves lejano el día en que disfrutabas de este empleo, cuando veías cada llamada como un reto a resolver. En ese entonces navegabas con menos agilidad en la Intranet de la empresa, te perdías en los protocolos de atención y te trababas al hablar confundiendo las normas de diálogo que debes mantener con el cliente. Varias veces metiste la pata con los usuarios y les sugerías cosas que ahora jamás te atreverías a mencionar. Pero ahora que controlas con prontitud el sistema y que te sabes algunos protocolos de memoria, ya no te parece tan atractivo este currelo. De hecho cuando te toca uno de esos clientes capullos y enojones, terminas tan harto que te maldices por no encontrar otra cosa mejor. Pero aquí estás; contestando a todo tipo de personas: unos agradables, otros que no tienen ni idea de la telefonía móvil, otros que se quieren pasar de listos… por lo menos hoy, hasta el momento, ninguno tocapelotas

 

Llega tu primer descanso; el largo, bueno el de 20 minutos para no relativizar, piensas.  Vas al baño, orinas largamente todo el líquido que tuviste que aguantar a lo largo de esas cuatro horas. Sales y vas a la cafetería, donde cada día te encuentras con gente diferente, “es lo que tiene lo de la rotación de los horarios”, te dices a ti mismo. Sacas un sándwich de la máquina expendedora y te acercas a alguien, al que te parece más familiar. Ya no sólo es imposible decir que tengas amigos en la empresa, sino que, ciertamente, es raro asegurar que tengas compañeros: En eso breves descansos, es cuando cruzas palabra con alguno y sólo lo haces para mencionar aquella anécdota del día en la atención  con algún cliente. Es irónico que en este trabajo pasas todo el tiempo hablando —de hecho llegas a casa con la garganta irritada- y aún así, no logras nunca intimar con nadie. Hoy, en especial, no estás de humor para hablar, así que decides escuchar las anécdotas que te cuenta el otro; “Raúl creo que me dijo, o Daniel… bueno qué más da”, inquieres mientras escuchas su relato.

 

Terminas tu descanso y vuelves a tu sitio. Todavía te quedan cuatro horas, un poco menos de trabajo. Los siguientes dos descansos son cinco minutos más cortos, pero bien acomodados hacen que este tiempo ya te pase mucho más rápido. Pero hoy no estás optimista y el hecho de haber pasado la parte larga del día no te pone contento. Te conectas nuevamente y la alarmita incipiente suena de nuevo. Todo se repite hasta que llega el segundo descanso y así hasta el tercero. Obviamente ya para este momento has discutido con algún inchapelotas. Uno de ésos que no entiende que tú tienes que seguir los protocolos y que por mucho que te regañe e insista en que  ya ha tenido que contar la misma historia a otros operadorcillos como tú, no le va a quedar de otra que volver a responder, para que puedas entonces intentar resolver su problema. Sabes muy bien que estas personas, para ese momento, sólo te pueden ver como esa voz quetodoloobstaculiza. Una voz a la que tienen que sortear para conseguir una solución. En ese momento ellos te odian a ti, porque no pueden odiar a esa metafísica institución que es su compañía de teléfonos. Tú eres la cara, bueno, la voz materializada a la que pueden odiar y lo hacen con todo su resentimiento. Tú, igualmente, por mucho que intentas ponerte en sus zapatos, terminas también odiando a aquellos que hacen que tu realidad diaria, sea todavía más desagradable. 

 

Llegas a casa como siempre: agotado

R.III

 


>Un lugar

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Cómo detesté esa esquina. Uno puede llegar a odiar un lugar, sólo por lo que representa. Un recodo, pero también, un límite, una censura. Todas las tardes me despedí de ella ahí: en el lugar preciso donde se abría el abismo invisible que ella sorteaba incólume y que para mí era insalvable. Ahí reí, lloré, conté miles de historias, escuché y callé, pero sobre todo besé. Besé y besé todo lo que pude. Esa esquina ha visto besos tiernos, apasionados, eróticos, desidiosos, torpes e inexpertos, audaces y azarosos.

Ciertos avatares devinieron en el día de la despedida última. Día en que ni el asfalto, ni la pared, ni la esquina nos volvieron a encontrar. Su desconcierto fue en vano; los objetos no entienden de nuestras pasiones. Finalmente se adaptaron a pasar los días sin el peso de nuestros pasos o el tacto de nuestros cuerpos apoyados. Lo hicieron sin resentimiento ni alegría. Tal vez por eso desprecio ese lugar, porque mi dolor le fue indiferente.


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