A problemas filosóficos, decisiones salomónicas

A mi boda asistieron un par de amigos que antes fueron profesores míos de filosofía. No es de extrañar que su regalo de bodas tuviera ese pequeño guiño a esta rama del conocimiento: el Diccionario de Filosofía de Ferrater Mora. Cuatro tomos con una prolija dotación de entradas enciclopédica sobre casi todo lo que se debe saber de conceptos, filósofos y teorías de esta disciplina. Gracias a ella, años antes de que wikipedia nos resolviera la vida intelectual a todos, pude conocer aquellos autores, ideas o doctrinas que surgían en mis clases de doctorado y que eran novedosos para mí.

Pocos años después me separé y cuando pretendí llevarme mi querida enciclopedia me encontré frente a la cerrazón de mi exmujer quien consideraba que, al ser un regalo de bodas, el diccionario pertenecía a los dos. No hubo forma de hacerla entrar en razón por más que ella no fuera siquiera abrirlos. Así que partí con dos tomos el de la E-J, por eso de que mi clase sobre teorías de la vida se hablaba de la emergencia; y el de la Q–Z, por estar escribiendo un ensayo sobre la certeza en Wittgenstein. Por lo menos me dejó escoger.

Los años fueron pasando mientras nos intentábamos acoplar al nuevo estado de cosas. Pero nuevos conceptos o personajes del mundo de la filosofía aparecían en mi vida. Si necesitaba saber, por ejemplo, de Alcmeón de Crotona, tenía que ir a la casa de mi ex por el tomo A-D y dejar en su lugar uno de los otros. Si quería adentrarme en las distintas facetas del mecanicismo iba con tomo bajo el brazo y lo cambiaba por el K-P. La vida así, con todas sus incomodidades, es llevadera, pero lo cierto es que la punzada del coraje recorría mi alma si resultaba que después de dejar el E-J aparecía entre mis apuntes un tal Haeckel. Peor si llegando a casa queriendo saber todo de Ludwig von Bertanlaffy, resultaba que estaba en el tomo A-D y no en el Q-Z como pensaba por ese maldito von.

Así tuve que vivir cerca de tres años.

Un día mientras recogía a R.IV en casa de su madre me quedé viendo un cuadro y un recuerdo veloz como el rayo solucionó mi problema filosófico (nunca mejor dicho). El mentado cuadro fue otro regalo de bodas, en esta ocasión de un amigo cercano a ella. Así que no dejé pasar la oportunidad y le dije: “Bueno, ya has tenido este cuadro tres años en tu casa, creo que ya me toca llevármelo tres años a mí”. Ella extrañada me increpó y me preguntó de qué diablos le estaba hablando. Así que le contesté que al ser un regalo de bodas, tendríamos que dividirlo y dado que mi decisión salomónica no era tan radical, en lugar de tener que cortar el cuadro en dos, con que dividiéramos su disfrute en períodos temporales idénticos sería suficiente. Claro, ella me dijo que ese cuadro, aunque nos lo regalaron en la boda, en realidad era un regalo para ella. —¡Cuánto esperé que llegara ese momento!— Así que yo simplemente espeté. “Al igual pasa con el regalo del Diccionario de Ferrater Mora”.

Aquel día salí con un niño de la mano y esta vez dos tomos bajo el brazo. Desde entonces ya no existe Salomón que los vuelva a separar.

R.III

Diccionario de Filosofía Ferrater Mora

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Si te ha gustado esta entrada, puedes leer un relato de Ramón Ortega (Tres): Metafísica para comer

También puedes leer otra entrada de este blog: Poco más de siete años

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Acerca de Ramón Ortega (tres)

Ramón Ortega III https://unviajepersonal.wordpress.com/acerca-de-mi/ Ver todas las entradas de Ramón Ortega (tres)

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