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In God we trust(ed)

Llevo mucho tiempo sin alimentar el blog, sin embargo, la noticia de niños separados de sus familias por el hecho de ser inmigrantes sin papeles, me obliga a salir de este letargo. Se trata de un nuevo criterio del fiscal general estadounidense que impone desde el pasado abril “tolerancia cero” a las llegadas de personas “ilegales” al país. La idea es equiparar a cualquier extranjero indocumentado con delincuentes y así poder procesarlos judicialmente (aunque no tengan antecedentes penales). Como los niños no pueden ir a la cárcel, sobreviene de forma expedita dicha fractura familiar.

La noticia se hace viral debido a una grabación que muestra el llanto de algunos de estos niños alejados de sus familiares. En el audio se puede escuchar las súplicas de los menores y el desamparo que están viviendo. Las presiones internacionales y nacionales (no sólo demócratas, también republicanos) han llevado a Donald Trump, este pasado miércoles (20 de junio), a tener que dar marcha atrás con esta política inhumana, aunque yo sigo sin salir de mi estupefacción. Cómo no hacerlo, cuando se estima en dos mil niños los que han sido separados de sus padres en lo que lleva en vigor esta política.

Considero que ya no sólo los estadounidenses deberían asumir la responsabilidad de apartar a este dirigente del poder, sino que los ciudadanos de otros países deberíamos comenzar a tomar cartas en el asunto. Por un lado, los habitantes de este país norteamericano deberían sentir vergüenza de que Trump les represente, pues va en contra de todos los valores que se supone consolidan a su nación. No puede ser que un país que pone en sus billetes “in God we trust” o que considera la libertad como uno de sus pilares fundacionales, permita este tipo de atropellos. Pero tampoco podemos quedarnos de brazos cruzados los que presenciamos desde otros países este tipo de medidas. ¿Acaso no hemos aprendido nada de la historia? Ya no sólo los discursos de Trump son equiparables de los de Hitler (porque hay que comenzar a llamar las cosas por su nombre), sino que ahora también son sus acciones y las de sus colaboradores las que nos recuerdan el Nacional Socialismo. ¿Que estoy exagerando? El que lo piense ya va siendo hora de que se quite la venda de los ojos. ¿A qué tenemos que esperar? ¿Guetos en los que se aparte a los inmigrantes? ¿Campos de concentración?

La gente que me conoce sabe que he decidido no pisar Estados Unidos desde que está Trump en el poder. Muchos me dicen que no debería ponerme así, porque finalmente también hay muchos americanos que están en contra de él. Pues sigo esperando a que esa gente se movilice de verdad y saque a este sujeto de la Casa Blanca. Mientras tanto, a mí no se me ha perdido nada en ese país que ahora mismo me huele a decadencia.

R.III

 

Trump

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Si te interesa saber mi postura sobre la inmigración puedes leer El mundo es un barco.

 

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©R.III

 

 

 

 

 

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Ni apocalíptico, ni integrado

No quiero parecer un apocalíptico del tema de las nuevas tecnologías, pero desde luego no me voy a someter bajo el concepto de integrado (por usar los términos de Umberto Eco), así sin más. Por lo menos, no sin antes contar algo que me hizo reflexionar las pasadas Navidades. Festejé dos veces la entrada de año. La primera fue a las cinco de la tarde, hora de México, cuando en España se brindaba por la llegada del 2018. En la casa de Madrid se montó una buena juerga a la que pude asistir en tiempo real y en “manos libres” gracias al whats app. La segunda entrada del año la experimenté en persona, en horario mexicano, con una fiesta un poco más modesta. Sin embargo, no es sobre la relatividad del espacio-tiempo de lo que quiero hablar, ¿o sí?

Es indudable que el uso del teléfono móvil ha cambiado nuestra conducta social, pero a veces no somos del todo conscientes cuánto. De hecho, en ocasiones es necesario que te des de bruces con esa fotografía esperpéntica que brinda una reunión familiar donde el silencio cobra completo protagonismo. Imagínense una abuela, padres, tíos, primos (y otros términos de la nomenclatura de parentescos) reunidos en una habitación, pero todos ensimismados con su dispositivo móvil. Pues así fue mi Noche Vieja. Vale que el silencio se intercalaba con algunas conversaciones ocasionales, pero en ese lugar existían dos interacciones simultáneas: una personal y otra(s) a distancia. Memes, felicitaciones, comentarios sobre las vivencias “reales” y sendos mensajes inundaban el whats app, el messanger u otras aplicaciones de los teléfonos. ¿Sólo pasó en mi familia? No lo creo ¿Quién no vivió, aunque fuera en algún momento a lo largo de la noche, la escena de arriba en su cena de Navidad o en la entrada de Año Nuevo?

¿Por qué este afán de estar en un sitio y en otro a la vez? Quizá, porque ahora lo podemos hacer.

Como digo al comienzo de esta reflexión, aquí no voy a decir que nos estamos deshumanizando o que nuestras relaciones se han hecho más frías y de peor calidad. No obstante, está claro que nuestra idea sobre la presencialidad ha cambiado. No nos conformamos con las experiencias directas, sino que, presas de un súbito aburrimiento moderno, necesitamos estar en contacto con otras realidades ajenas a nuestro contexto referencial. Queremos escuchar lo que nos cuenta nuestro interlocutor (el personal), pero si me vibra el móvil, una fuerza (a veces incontrolable) me invitará a mirar mi teléfono para ver qué me dice ese otro interlocutor virtual. Aunque haya gente que lo considere una falta de educación, el uso de los dispositivos móviles está cada vez más aceptado (¿debería decir normalizado?) en nuestro día a día. Nadie se sorprendería de que la persona con la que mantenemos una charla eche una ojeada a su teléfono de vez en cuando. Puede ser molesto si la persona no sigue la conversación, pero mientras esto no suceda, ¿qué de extraño habría en esa conducta?

Nos molesta que nuestros alumnos miren sus teléfonos en clase e incluso sus ordenadores. Consideramos que están metidos en alguna página web, chateando con alguien o viendo sabráDiosqué, en lugar de atendernos o estar tomando apuntes. Y lo más seguro es que no nos equivoquemos; seguro que sí están chateando (o cosas peores).  No es raro que yo mismo o cualquiera de mis colegas atienda a sus mensajes mientras estamos en la conferencia de algún compañero (¿eso lo escribí o lo pensé?). No nos mintamos, la mayoría nos hemos dejado seducir por esa gran posibilidad de estar en dos o más sitios a la vez.

El otro día comencé a ver esa serie que llevaban años recomendándome: Black Mirror. El segundo capítulo de la primera temporada plantea un mundo en el que prevalece una interacción virtual (por medio de avatares) sobre una real que es más bien horrible. Las relaciones interpersonales son pocas o nulas y las personas trabajan “pedaleando” todo el día para poder mejorar su avatares. No digo más para no ser un spoiler. La vi con R.IV, mi hijo (catorce años), quien consideraba que este mundo distópico era una exageración; que ninguna sociedad querría vivir así. Curioso comentario de un adolescente al que recogí a la mañana siguiente en un parque, rodeado de otros chicos (sus amigos) con los que no mantenía una conversación, puesto que cada uno se divertía controlado el avatar en un juego desde su teléfono móvil. Aunque, por otro lado, ese juego les permite interactuar, paradójicamente, con individuos en otras partes del planeta en tiempo real. ¿Qué tan lejos estamos de la sociedad que propone Black Mirror? ¿Quién está leyendo estas líneas mientras mantiene otro tipo de interacción (real o virtual)?

R.III

 

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Si te ha gustado esta entrada vista El reino de los sordos

También puede gustarte Literatura anónima y la nueva era de la información

 

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©R.III


Galería de retazos

Querido lector,

Quiero aprovechar esta ocasión para presentarle esta pequeña galería de retazos; una colección de imágenes con reflexiones aparecidas en Cuando el hoy comienza a ser ayer,  fragmentos de poemarios o cuentos de compendios inéditos. No se corte, si alguna le gusta, llévesela sin dudarlo. Basta pinchar sobre aquella que le guste, presionar sobre el botón derecho de su ratón y dar al “guardar como”.

Espero que estas imágenes, de las que habrá más, puedan volar y llegar a más personas. No habría nada que me causara más placer.

 

Gracias,

R.III

 

El silencio del retorno

El silencio del Retorno

La psicópata

La psicópata

Creador de mundos

Creador de mundos

(Un gran salto para Gorsky)

El ostracismo de los reyes magos

El ostracismo de los Reyes Magos

(publicado también en Revista Tarántula)

 

Pedazos del ser

Pedazos del ser

Reflexiones sobre el Universo

Reflexiones sobre el universo

 

Tu Imagen

Tu imagen

P.s.- No nos engañemos; no soy diseñador y eso se nota. Cualquier amable lector que sepa un poco más de esta disciplina y que quiera ofrecerse a darle más vida, o digamos, una mejor vida estética a estos retazos su ayuda sería muy apreciada.

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Decisiones

“Que la vida iba en serio

uno lo empieza a

comprender más tarde […]”

Jaime Gil de Biedma, No volveré a ser joven (fragmento)

 

Me gustan las tareas mecánicas, porque te permiten pensar. Por eso nunca me ha molestado que, en el reparto de las tareas de casa, me toque lavar los platos o aspirar el polvo. Incluso, en aquella época en la que tuve un jardín, pese lo arduo que resultaba a veces, disfrutaba cortando el césped. Durante un par de horas, a veces tres (dependiendo lo crecido que estuviera) echaba a volar mi imaginación y encontraba momentos liberadores. Se trata de conseguir un rato a solas con mis pensamientos y, ya de paso, despachar alguna de esas ineludibles faenas de la vida cotidiana.

En este sentido, conducir en carretera me resulta igual de placentero. Algunos de los problemas (o llamémosles inconvenientes, para no sobredimensionarlos)  con los que me he encontrado en los últimos años les he dado solución, o cuanto menos me he permitido verlos desde otra perspectiva, a lo largo de algún trayecto. Ir conduciendo, mientras escucho música, con un paisaje agradable y con los demás miembros del coche dormidos siempre ha sido inspirador. Y fue al volante, con rumbo a un apreciado destino, cuando se me ocurrió tomar esta decisión.

Llevo ya muchos años escribiendo y eso me ha permitido contar ya con algunos libros preparados, pero hasta la fecha no he conseguido que alguien apueste por ellos; no lo suficiente como para querer publicarlos. He invertido mucho tiempo poniéndome en contacto con editoriales, agentes literarios, etc., pero lo mejor que he obtenido han sido unas gentiles negativas. Dos editores han mostrado interés y, de palabra, me han asegurado que publicarían El anecdotario de un Breaking up, pero lo cierto es que después de un gran intercambio de correos, la empresa nunca se ha llevado a cabo. Supongo que en el fondo nunca estuvieron convencidos.

Ver tu nombre en un libro es el sueño de todo escritor inédito, sin embargo, en mi caso nunca he tenido prisa en publicar. Siempre he guardado la ingenua esperanza de que tarde o temprano lo conseguiría; por ello no he sucumbido a la autoedición y tampoco he querido tirar de contactos (lo cual me parece poner en un compromiso a queridos amigos a quienes quiero conservar como tal). Por fortuna todavía no cuento con esa imperiosa necesidad de ver mi nombre grabado en alguna portada, pero sí que estoy muy cansado de seguir invirtiendo tiempo a la caza y captura de una editorial que me resulte conveniente (porque también es cierto que no aceptaría cualquier tipo de contrato). Así que he tomado una decisión importante que quizá sentencie mi futuro como escritor.

He pensado que voy a comenzar a compartir los textos que tenía reservados para una editorial, a través de mi blog o quizá por otro medio gratuito. Prefiero que salgan a la luz a que mueran en un cajón. Y sobre todo, eso me va a permitir seguir escribiendo, pues en lugar de dedicar tiempo tras la pista de un mecenas, creo que podré invertirlo en lo creativo y en el trabajar aquellos textos que necesitan ese empujón para poder darlos por terminados. Sé que no me voy a ganar la vida como escritor, pero con poder mantener esta afición me puedo dar por bien servido. Y si los azares del destino me apartan de las letras, cuanto menos me quedarán esas tareas mecánicas que me permitan reflexionar.

En sintonía con lo dicho, aquí va un pequeñísimo adelanto de un poemario sobre el amor efímero que pronto verá la luz.

ǁAmor efímeroǁ

Busco conservar(te)
cierro los ojos
y atrapo tu mirada
a cada repetición la imagen muta
busco tu permanencia

¿sólo hay vacío?
¿un hueco en mi interior?
la inefable certeza de lo efímero

***

Las emociones no desaparecen
las alojamos escondidas
en nuestro cuerpo

Te engañas en todo
creías [decías] que mi mirada
te devolvía tan sólo
el reflejo de tu deseo

¿cómo lo consigues?
tus ojos como llamas
tus incisivas palabras
mi deseo y mi culpa

deja que lo efímero triunfe por una vez

***

Escapaste a lo efímero
te felicito, amiga

lo inacabado
la promesa del deseo
nuestra [no] historia
jamás sucumbirá

no tiene los días contados
ni fecha de caducidad

vivirá ajena a la monotonía
sorteando el rastrojo
de lo perecedero

pero esta punzada de vacío
este sin vivir que no mata
dime, amiga
¿permanecerá?

 

***

esa calle
esa canción
esa foto
se hacen añicos
y se empoza más
el charco de tu ausencia

R.III

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Si quieres leer un libro de relatos de Ramón Ortega (tres) pincha en el enlace Un gran salto para Gorsky. Lo puedes descargar en formato PDF de forma gratuita.

 

Si te ha gustado esta entrada prueba con Contrastes.

 

Si quieres puedes dejar algún comentario al final.

 

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©R.III


Ideas de magnanimidad y la búsqueda de la plenitud

Uno de los principales problemas que tiene el hombre para poder alcanzar la felicidad es el conjunto de ideas de magnanimidad que le ha impuesto la sociedad. Me refiero a esa serie de conceptos arraigados en la cultura de occidente sobre aspectos cotidianos como las relaciones amorosas, la amistad, los objetivos personales, el empleo del tiempo, etc. Uso el término de “magnanimidad”, porque dicho concepto hace referencia a la perfección, lo verdadero, lo eterno y otras cualidades que por su elevado estatus sólo pueden considerarse magnánimas. Estas ideas han hecho mucho daño, porque desde pequeños se nos ha impuesto una serie de “estándares de calidad” para una serie de sucesos que se van presentando a lo largo de la vida de toda persona.

Un ejemplo puede ser encontrado en las relaciones de pareja. Generación tras generación, la sociedad ha estipulado que las relaciones íntimas satisfactorias son aquellas que consiguen la permanencia. En este caso no estoy haciendo referencia a ese otro espectro cultural que encasilla a las uniones bajo términos como noviazgo, matrimonio, estar arrejuntados u otros. En realidad el concepto de magnanimidad va más allá de cuestiones conservadoras o liberales que consideran una relación como sólida por el hecho de estar adscrita a un concepto religioso, civil o individual. En realidad lo que es común a todas es la concepción general e indisociable de temporalidad. Si una relación de pareja llega a su fin, es comúnmente visto como un fracaso. Ese enlace no triunfó, porque no era el correcto. En cambio aquella relación que perdura es vista como una unión exitosa. No importa que se haya disfrutado de momentos de plena felicidad durante varios años, si sobreviene la ruptura todo el vínculo es concebido como un fracaso. Es cierto que existe un factor emocional que no permite, hasta que el tiempo cierra las heridas, apreciar todos los buenos momentos que se han tenido durante el período de alianza. Sin embargo, la relación continua siendo apreciada como un todo y la ruptura sigue otorgándole una etiqueta negativa. La idea de magnanimidad nos impide comprender que esa etapa y cada una de ellas en la relación, se pueden medir como éxitos o fracasos independientes a la duración de la misma.

Cuando uno está disfrutando del amor y la felicidad en una relación íntima, en ese momento ya se está gozando de un lazo exitoso. Es muy probable que si a esas personas se les preguntara, ellos aceptarían esta realidad. Pero si unos años más tardes terminan por cualquier tipo de razón ¿entonces todo lo anteriormente vivido carece de valor? ¿Tenemos que aceptar que esa relación fue un fracaso?

Estas ideas de magnanimidad imponen un peso muy fuerte en los aspectos cotidianos. Porque nos hablan de una permanencia, de una eternidad, de un hasta que la muerte los separe; que el mundo se empeña en refutar. La realidad que vivimos comúnmente parece mostrar día a día que no existen tales objetos eternos; que no son posibles los eventos duraderos. No es atrevido decir que todo es efímero o cuanto menos cambiante. Sin embargo, nos hemos autoimpuesto metas elevadas. El éxito personal muchas veces está basado en esas ideas de magnanimidad y no es de extrañar que muchas personas caigan en depresión, pues es sumamente difícil alcanzar esos objetivos. Tenemos miedo a morir sin haber vivido todo lo que estaba a nuestro alcance. No queremos perder el tiempo y nos vemos, en consecuencia, envueltos en una carrera descontrolada que conduce más al estrés que a la felicidad. Y así continuamos inmersos en una serie de valores que no se corresponden con el mundo posmoderno que habitamos. Si comenzáramos a aceptar que incluso esas nociones de amor, felicidad, disfrute del tiempo, etc. están llenos de armonía, aunque venga en dosis específicas, quizá sería más sencillo darnos cuenta de lo cerca que estamos de la plenitud todos los días.

R.III

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Un producto de la magnanimidad: La mezquita azul

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Otro producto de la magnanimidad: Santa Sofía.


Ironías del cuerpo humano

En la última entrada hablé sobre la supuesta perfección de cuerpo humano y mencioné a Walter Bradford Cannon, investigador médico que acuñó el término homeostasis para definir aquellos procesos que ocurren en el cuerpo humano para mantenerlo estable. Por motivos de espacio no quise mencionar una curiosidad en la vida de este fisiólogo. Cannon vivió acosado por más de cuarenta años por una dermatitis pruriginosa y exfoliativa y terminó falleciendo de una leucemia linfocítica crónica. Este investigador fue uno de los primeros fisiólogos en utilizar los rayos X como método de investigación (a tan sólo un año de su descubrimiento por Wilhelm Conrad Röntgen  (1845-1923). De hecho gracias a sus primeros experimentos pudo descubrir interesantes mecanismos del movimiento digestivo, lo que lo llevó a recibir la medalla Julius Friedenwald de la Asociación Gastroenterológica Americana (galardón que todavía se entrega hasta nuestros días, pero que inició con el mencionado nombramiento de Cannon). Desafortunadamente, en ese entonces, no se tomaban las debidas precauciones para el uso de estos rayos, lo que probablemente llevó a Cannon a contraer la dermatitis.

Esta enfermedad que lo acosó durante cuarenta años lo hizo padecer de un picor insoportable. Y hacia la última década de su vida sufrió intensamente por el prurito en las manos, brazos y piernas. El fisiólogo que escribió el libro la Sabiduría del cuerpo, irónicamente descubrió en su propia carne la carencia de orden que a veces queremos encontrar en nuestro sofisticado organismo.

R.III

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Lugar destinado para escribir la tesis doctoral sobre Walter Bradford Cannon.


La inspiración poética

“Nada de lo que recibe el toque del arte es trivial”

Edith Wharton

He tomado la determinación de abrirme un poquito más con mis alumnos de Escritura Creativa. Es a ellos, o por ellos, que he decidido contar la forma en la que escribo poesía; pero si es que ya sólo decir que escribo poesía me desgarra de lo mucho que me abro, porque decir que esa serie de versos puede llegar a tener ese apelativo es mucho atrevimiento. Empiezo mal, lo sé, pero eso tiene lo de “abrirse”, que uno no estructura y esboza; no hace del discurso una estrategia, sólo deja fluir aquello que pretende mostrar. Esa es la idea que pretendo para las siguientes líneas, así que no os fijéis mucho en la forma; id al fondo.

El caso es que ayer tuvimos una clase de poesía y/o lenguaje poético a la que invité a mi amigo Carlos Candiani. ¿A quién más podría invitar? Yo no me iba a meter en ese berenjenal que significa enseñar lo que es la poesía. A él en cambio le encantó la idea. Es un atrevido, un loco, por eso es mi amigo, supongo. Además tiene toda la competencia para hacerlo, ya que considero que, de sus escritos, los mejores son sus poemas. En la charla habló de lo que es la poesía para poetas reconocidos (Juan Gelmán, José Emilio Pacheco, Mario Benedetti, entre muchos otros), planteó una serie de reflexiones en torno al tema, e hizo una selección de poesías que consideró iban a ser lo suficientemente cercanos para ellos; algo que les sedujera. Creo que lo consiguió, puesto que, por lo menos en apariencia (aunque ellos son expertos en aparentar), estaban entretenidos. Sin embargo, ese día en la tarde me puse a pensar que nunca nos habló de cómo hacía él para escribir poesía. Quizá en el fondo no quería revelarnos su secreto, no sé. Y yo, que no escribo poesía, pero que estoy dispuesto a abrirme el día de hoy, estoy a punto de contar mi estrategia de trabajo (si es que se le puede llamar así a eso que hago cuando escribo aquello a lo que no me atrevo a llamar poesía; ¡vaya lío!).

Ok. Allá voy.

De pronto –siempre es de pronto- una frase me ronda la cabeza. Esta oración generalmente es pábulo de una conversación que presencio indiscreto, de un paisaje, de la música que voy escuchando, de la sonrisa de una chica guapa, de la sonrisa de una chica no tan guapa, de una frase inteligente del libro de turno, de la sonrisa de una mujer que algunos dirían que es fea –y que yo simplemente la veo menos guapa- o de un suceso que me ha acontecido recientemente. No voy a ponerme pedante, la verdad es que la conjunción de palabras que forma el enunciado que aparece en mi cabeza casi siempre resulta motivada más de lo último que de los otros factores, pero lo sorpresivo es incondicional. Por eso opino que una parte fundamental de escribir, incluso por encima de la lectura, es la de vivir. Hay que experimentar intensamente los sucesos de la vida; salir a buscarlos si hace falta, pues esto ayudará a atrapar esas frases que aparecen de pronto.

Cuando surge y tengo la suerte de contar con un boli y un papel –procuro no salir sin estos elementos, pero a veces tengo la desdicha de perderme frases inteligentísimas, ya sean mías o de alguno de esos que voy leyendo, por tan inopinado descuido- cuando surge, repito, y llevo las herramientas, procedo a su registro inmediato; así, sin florituras ni aditivos, tal como aparece. En ese momento sé que es el germen de una poesía, porque no puedo precisar muy bien a qué se debe, pero desde que brota tengo la seguridad que lo será; incluso cuando el producto final, por provenir de mí, no lo pueda considerar poesía (y ya no voy a insistir más en ello).

Pasemos al ejemplo:

Ayer te dejé con esa mirada

Cuando emergió de las profundidades de mis pensamientos no había más. Sólo esta frase en mi cabeza que suele ser más caos que orden. También estaba en mi pensamiento su mano sujetándome, pero esa idea no tenía frase. El verso ya perfilado iba destinado a su mirada. No sabía si comenzaría con ella o si iría al final, pero sabía que iba a ser parte del poema. Muchas veces no puedo siquiera anticipar si va a ser el verso más significativo, pero da origen a la estructura que ahí mismo –con su aparición- he comenzado a construir. Para entonces es un poema que todavía no tiene existencia, pues aún no se compone de la materia de la que se conforman los poemas, pero siempre suelo estar confiado de que cuando encuentro “la frase” lo demás será sencillo. Con otros tipos de literatura no me pasa igual. Por ejemplo cuando escribo un relato o una entrada para el blog lo único que necesito es una idea abstracta. Gracias a la práctica de años, lo que hago es trabajar esa idea y darle forma, pero no hace falta creatividad (o no mucha); es más oficio. Con la poesía es necesario que la inspiración llegue; es fundamental que se tenga a las musas de lado de uno. Después, no sé muy bien cómo explicarlo, pero una frase lleva a la otra.

ayer te dejé

como desde hace años

No quiere decir que no haya trabajo en el asunto. Una vez que llega ese verso (a veces es incluso una estrofa completa) lo que sigue es jugar con la melodía, el ritmo, la cadencia y otros aspectos formales que permiten descubrir esos otros versos que ayudarán en conjunto a consolidar la poesía. Y entonces comienza otra vez la labor de artesano: leer, borrar, agregar, cambiar. Se buscan sinónimos, caminos alternativos, palabras que vigoricen las imágenes que queremos dibujar en la mente del lector. Por tanto, hay que atender a la cita Edith Wharton del comienzo; en la poesía –que es arte- nada puede ser trivial. Sólo así puede comenzar esa concatenación de ideas que poco a poco esculpe aquello que el espíritu te ha pedido transformar en palabras:

y esas manos diminutas

donde fluye el tiempo

La poesía es sentimiento y hay que dejarlo aflorar, pero también es filosofía, es conocimiento, es sabiduría… y ante todo es libertad. El poema debe permitir al autor desahogarse, hacer catarsis, expulsar sus demonios o aflorarlos. Cuando termina, con suerte, puede llegar a sentirse mejor. Y a veces, cuando realmente se ha culminado con éxito, alguien puede llegar, leer esa poesía y descubrir en ella esas pasiones que le desbordan, y que otro pudo cristalizar en palabras.

Agradezco al grupo de Escritura Creativa 2012/2013 del curso avanzado de guión: Aitor, Juan, Miguel Ángel, Amanda, Sara, Isabel, Adrián, Alan, Ana, Borja, Vanessa (y hasta a Sergio) por ser tan buen grupo. ¡Talento y trabajo!

 R.III

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Ayer te dejé con esa mirada

yer te dejé con esa mirada
con tu mano otra vez en mi abrigo
deteniéndome
con la pregunta
cuya respuesta conoces
por costumbre
¿qué día vuelves, papá?

ayer te dejé
como desde hace años
bajo esa mirada nueva
de semanas
quizá meses
y hoy
sin atinar a saber lo que te ocurre
porque tú tampoco lo sabes
careces de palabras precisas
los niños sienten cosas que
todavía no saben nombrar
y la expresión es el sumo conocimiento

tu mirada me habla
yo la rehúyo
pues me tengo que marchar
y mientras me quito el peso
de tu mano
algo de mí se pierde
en tu sentir

quiero ser parte de tu vida
lo soy
pero sólo de tu vida
no de tu alrededor
tú no estás solo
para tu fortuna
para la mía que es la tuya
para mi desgracia también

¿qué influencia tendré en ti
si no soy quien te lleva agua
cuando tienes fiebre?
¿cómo hablarte de la bondad
de las letras
de la vida?
con un puñado de horas
con la media vida que suponen
esos “fines de semana alternos”

vivo una mentira que me creo a medias
“la calidad vencerá al tiempo”
aunque el tiempo es el lugar
que se esfuma
a través de tus manos crecientes
en tu percepción del mundo
en la realidad
que te das cuenta
no puedes cambiar
de una consciencia dolorosa
que te divide en dos

ayer te dejé otra vez
y esas manos diminutas
donde fluye el tiempo
manos que me sujetan
para atrapar mi pupila con esa mirada tuya
para apresar mis labios
con esa pregunta tuya
con tu enigma
que hoy me hace llorar

R.III


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