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La economía del Bien Común

salvadosSiempre que veo Salvados me pongo de mal humor y por lo que he hablado con amigos, sé que no soy el único al que le pasa. Este programa tiene la cualidad de exaltar los nervios de los ciudadanos, pues les muestra la realidad de la sociedad en la que viven. Una sociedad mediocre, corrupta y, en general, en declive de sus valores éticos. Las entrevistas que hace Jordi Évole a políticos, periodistas, empresarios y representantes de organizaciones varias, en conjunto a una investigación periodística que revela una serie de datos de los temas que trata en sus programas, confecciona una bomba que estalla en ese sitio donde se aloja la indignación del espectador. Las denuncias que hace sobre los malos políticos y sus nefastas medidas, sobre el enriquecimiento atroz de empresarios y banqueros o sobre lo desprotegido de grupos sociales que viven marginados por su condición, no pueden deja

r indiferente a los telespectadores. En mi caso, por lo menos, cuando lo veo se me hace un nudo en la garganta y me duele el estómago de la irritación que me causa presenciar tanta corruptela.

Pero curiosamente, hace unas semanas, echaron la repetición de un programa (de junio el original) que yo no había visto y que, a diferencia de otros, me dejó con un muy buen rollo. Jordi lo tituló “Reiniciando España”. En él nos muestra cómo hay personas en este país que han decidido salir de la dinámica decadente de esta sociedad y que han puesto en práctica una serie de acciones, con la intención de contribuir positivamente al crecimiento social. Desde bancos cuyas inversiones son transparentes y encaminadas a acciones humanitarias, hasta empresas originadas para dar empleo a personas en riesgo de exclusión (y que son rentables). Pero sobre todo divulgó los principios de la política económica del Bien Común.

La economía del Bien Común fue propuesta por el economista austriaco Christian Felber y consiste en una alternativa al voraz capitalismo, pero sin tener que renunciar por completo a él a través de sistemas antagonistas como ha sido el comunismo. De hecho, la propuesta es ciertamente muy sencilla y de rápida aplicación si las personas tuvieran la voluntad de ponerlo en marcha. Se basa en la idea de que cualquier actividad económica debería servir para el “bien común” de su sociedad. Por tanto debería intentar perseguir una serie de valores que se consideran correctos o aptos para la consecución de dicho bien común, por ejemplo la honestidad, responsabilidad, solidaridad, confianza, generosidad, compasión, entre otros.

¿Cómo hacerlo? Primero, favoreciendo de alguna forma a aquellas empresas que apliquen estos valores en sus normativas, de tal manera que protejamos su permanencia en el sistema económico, mientras que sancionemos a aquellas otras empresas que no pongan en práctica estos valores. Una vez iniciada esta dinámica de compensaciones y sanciones, se orillaría a que todas las empresas se integraran en el sistema del bien común, consiguiendo que desaparezcan las “malas” (hoy en día «normales») prácticas empresariales.

¿Y dónde podemos apreciar estos valores en una empresa? Aunque estoy simplificando mucho las ideas de Felber, creo que las medidas pueden deducirse por sentido común. Aquellas empresas que contaminen menos el medio ambiente, que hagan un uso responsable de los beneficios, que tengan un equilibrio proporcionado de los sueldos de todos sus empleados (el empleado que más gana en la compañía, no debe tener un salario mayor a 20 veces del sueldo más bajo en dicha empresa)[1], que promuevan una mayor igualdad entre sus empleados (mismas oportunidades entre hombres, mujeres, personas con capacidades diferentes, etc.), que colaboren activamente en acciones sociales, entre otras cosas, serán las que más se acercan a los valores mencionados. Por tanto, aquellos consorcios que apliquen en sus políticas este tipo de medidas serán premiadas con una serie de puntos. Estos puntos, tendrán una serie de niveles, que se reflejarán en ventajas fiscales u otros beneficios como el reconocimiento social de estas acciones (lo que podría generar mayores ventas).

¿Cómo puede reconocer estos niveles el consumidor? La idea de Felber consiste en dar a cada nivel un color, que podría exhibirse en los productos que están en la venta al público. De tal manera que las personas puedan identificar fácilmente aquellos productos cuyas empresas colaboran más al bien común de la sociedad, de aquellas otras que no lo hacen (o que están en camino hacia ello, pero que todavía no lo hacen del todo, etc.). Finalmente el consumidor responsable, comprará sólo aquellos productos que cumplan mejor este baremo. Finalmente, el concepto tan usado en la economía capitalista de “competencia”, iría cambiando por el de “cooperación”. Si conseguimos que la economía coopere con la sociedad en la que convive, daríamos un impulso a ésta beneficiándonos todos de ello; o sea obteniendo un bien común.

Esta política no es una utopía. Sólo bastaría organizar auditores honestos que evaluaran a las empresas y les asignaran un nivel. Una vez hecho esto, se podría asignar un tiempo para una nueva evaluación y a partir de ese momento comenzar la dinámica de compensaciones y sanciones. Por otra parte, los consumidores tendríamos la responsabilidad de fijarnos en el baremo que se exhibe en los productos. Lo ideal sería consumir sólo aquellos productos cuyas empresas están tomando medidas encaminadas al bien común y despreciar aquellos que no. Con un poco de voluntad política y ciudadana se podría poner en marcha este sistema ético de producción económica. Con el tiempo, sin dejar el sistema capitalista, la sociedad sería más igualitaria. ¿A qué esperamos?

R.III


[1] Según la teoría de Felber sobre este punto, el empleado peor pagado, imaginemos que gana el salario mínimo interprofesional de España (645 euros), ocasionaría que el directivo más importante ganara 12,900 euros al mes. Me sigue pareciendo un súper sueldo; lo que me lleva a pensar ¿cuánto más ganan ahora los directivos en la actualidad?


Un paso más hacia el 2013

Este año me ha resultado especialmente difícil escribir una felicitación-reflexión por la entrada del 2013. Tengo la sensación de que el 2012 ha sido muy duro, y no lo digo precisamente por mí (que en realidad me han pasado muchas cosas positivas). Ni siquiera tiene que ver con las personas que me rodean, pues podría decir que también se encuentran bien. Sin embargo, siento que en el aire se respira un ambiente depresivo. No cabe duda que la crisis, que ya lleva un largo período haciendo estragos, últimamente ha comenzado a afectar a las personas no sólo de una forma material, sino también espiritual. El pesimismo, la pesadumbre y el malestar social se ciernen sobre las personas como las sombras alargadas que produce el ocaso. El sentimiento de inseguridad crece entre las personas y los miedos hacen mella en la población (miedo a perder el empleo, a no encontrarlo, a tener problemas de salud, a que se avecine un aciago infortunio).

Este espíritu cabizbajo es contagioso y nos invade incluso a los que, como he dicho, no nos ha ido tan mal y no tendríamos nada por lo que quejarnos. A veces es muy fácil encontrar el lado negativo, incluso en estas fechas de renovación. Hoy, por ejemplo, me levanté pensando en ese ritual que practicaba cada año*. Una vieja costumbre de configurar doce propósitos, como doce son las campanadas y doce las uvas que se comen a su son. Recuerdo que en ese entonces los propósitos que me proponían eran grandes metas que constituían un deseo de ir mejorando cada día. Los objetivos que me he propuesto para este año son muy humildes: un poco de ejercicio, dieta… esas cosas convencionales a los que muchos acuden en tan memorable fecha. Y no es que no resulten dignos de realización, pero distan un tanto de aquellos ideales del tipo “publicar un libro” o “aumentar mi media de lectura a 60 libros al año”. Por esta razón, siento que soy presa del mismo sentimiento contrito del que he hablado y me preocupa que esa sana ambición se haya perdido para siempre. Me siento como aquella frase que aparece en la película Noviembre que dice “notros queríamos cambiar el mundo […] ahora lucho porque el mundo no me cambie a mí”.

Pero un día torcido no es una derrota definitiva. Cuando echo la vista atrás veo que esos propósitos que formulé hace años, poco a poco, se han ido cumpliendo casi por completo. Todavía quedan muchos retos adelante a los que merece la pena encarar y situaciones que me saquen de mi zona de confort (único modo de seguir aprendiendo y creciendo). Y aunque resulte paradójico, la negatividad en la que la gente se está hundiendo a veces es necesaria para asumir aquellos errores que se han cometido y tratar de enmendarlos. Los contrastes son indispensables para comprender, disfrutar y reconocer las épocas de provecho y bonanza. Seguir los buenos ejemplos también ayuda. Siempre viene bien darse cuenta de que existen personas que han decidido seguir adelante y todavía están dispuestos a cambiar el mundo. La siguiente entrada de este blog mostrará unos ejemplos dignos de mención.

Pero aunque suene trillado, lo primero que hay que hacer es empezar por uno mismo. No podemos desear una sociedad mejor, si no intentamos antes, ser mejores individualmente. No, si seguimos tomando atajos, en lugar de pasar por el arduo camino de la rectitud. No, si antes no volvemos a ser humildes, sinceros, honestos, justos, responsables y solidarios. No, si no dejamos de competir y comenzamos a colaborar. Pero claro, los valores que nos ayudarán a salir adelante, también son los más difíciles de llevar a cabo. No es un camino sencillo, pero cada gesto, cada paso que nos acerque a ellos merece la pena darlo. El 2013 no será un año sencillo, pero qué más da, hay que afrontarlo con entusiasmo. Con suerte consigamos ser un poco mejores y, sólo así, los éxitos obtenidos, aunque sean modestos, nos sabrán la mar de bien.

R.III

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* En ese entonces no publicaba en un blog, pero he conseguido rescatar el enlace del blog de un amigo que escribía una réplica a cada entrada que yo escribía.


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