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José Luis González Recio

Una de las experiencias más agridulces de mi vida sucedió a hace un par de meses. Por primera vez participé con una comunicación en un congreso de Filosofía. Se trató del evento organizado por la Red Española de Filosofía que este año se celebró en la Universidad de Zaragoza. Iba un poco nervioso, no lo voy a negar. Siempre que hago algo la primera vez suelo ir intranquilo, pero esta sensación se esfumó en cuanto llegué a la Facultad de Filosofía y me encontré en la escalinata de acceso a varios de mis amigos: Txetxu Ausín, Marcos de Miguel, Anibal Monasterio, entre otros. Al verlos me sobrevino una alegría explosiva. Nos abrazamos, comenzamos una agradable charla, en fin, el encuentro filosófico parecía prometedor. Sin embargo, un recuerdo cruzó por la mente de Txetxu; una mala noticia que nos quería contar en persona a Marcos y a mí. Cambió su semblante y para nuestra consternación nos contó que José Luis González Recio había muerto pocas semanas atrás. El tiempo se paralizó por un momento. A la alegría, que todavía hacía recorrer la adrenalina por mi cuerpo, le siguió el estupor y finalmente una tristeza tan expansiva como lo fue el júbilo vivido unos instantes atrás.

Juan Antonio Valor fue mi profesor de Filosofía de la Naturaleza. Gracias a él pude comprender la relación estrechísima que existe entre la ciencia y la filosofía. Ha sido uno de mis grandes maestros en el camino hacia esta disciplina y fue él quien me sugirió matricularme en un programa de doctorado llamado “Entre ciencia y filosofía”. Dentro de las opciones docentes que existían en estos estudios había una amplia variedad de asignaturas; todas atractivísimas. Sin embargo, de entre todas, brillaba la de Filosofía de la Biología. De hecho, pese al trabajo que me costó hacer una selección de cursos, desde el primer momento supe que esa asignatura la iba a tomar. Ahí fue donde conocí a quien podría llamar mi mentor: José Luis González Recio. Él me mostró la relación que existe entre la filosofía y las teorías de la vida (lo que desde el siglo XIX conocemos llanamente como biología). Gracias a esta asignatura pude por fin relacionar las dos disciplinas que más asombro y respeto me causan: la filosofía y la medicina.

Su clase era apasionante. De guion teníamos el libro que el mismo José Luis publicó en 2004: Teorías de la vida.  Se trata de un repaso de la filosofía de la biología en Occidente desde la Antigua Grecia, hasta las teorías de la evolución del siglo XIX. La clase consistió, en la primera parte, en un seminario en el que los pocos alumnos que estábamos matriculados exponíamos un tema y él apuntaba, matizaba y agregaba sabias aportaciones a nuestras presentaciones. Hacia el final del curso nos habló de ese tema, en aquel momento tan desconocido para mí, sobre el antireduccionismo biológico. Para su clase escribí un ensayo en el que trataba, muy superficialmente (o ahora eso me parece), el paso de la teleología a la teleonomía. Quiero suponer que gustó a José Luis, porque al terminar la asignatura me hizo una invitación que no pude rechazar. Me dijo que si realmente estaba interesado en adentrarme en la filosofía de la medicina él podría dirigirme la tesis. Así comenzó una andadura que duraría casi una década.

Me sugirió el primer tema que trabajé con él para obtener el Diploma de Estudios Avanzados (DEA): La influencia de Alfred North Whitehead en la fisiología holista que se fraguó en la primera mitad del siglo XX en la Universidad de Harvard.  Para mi sorpresa José Luis era un director que te dejaba trabajar a tu ritmo, sólo hacia el final comenzaba a revisar tu texto con lupa. Eso lo comprendí mejor cuando ya trabajaba en la tesis sobre los aspectos teóricos y filosóficos de uno de esos fisiólogos holistas de Harvard: Walter B. Cannon (el creador del concepto de homeostasis). Cuando terminaba un capítulo se lo enviaba con temor a que me dijera que el contenido tendría enemil errores. No obstante, él sólo me corregía algunos aspectos formales. Cuando yo le preguntaba por el contenido él, con esa mirada y esa media sonrisa tan suyas, me decía: “¡Ah! El contenido bien”. Acto seguido, muy esquemáticamente, me pautaba los siguientes pasos a seguir en el próximo capítulo. Me insistía en qué centrarme y en qué no. Luego me dejaba trabajar de nuevo a mi aire, para repetir la operación en la siguiente entrega. Así llegamos al final y ahí fue donde comenzaron a surgir muchas puntualizaciones y correcciones desde su parte. No todo fue miel sobre hojuelas,  pero el resultado mereció la pena. Casi todos los miembros de mi tribunal acordaron en que la tesis estaba muy bien escrita. Ellos lo achacaron a mi dedicación a las letras, pero se equivocaron. Si les gustó se debe al delicioso estilo de José Luis que hizo algunas contribuciones formales que elevaron la calidad de mi texto.

José Luis fue mi profesor y director de tesis, pero con el tiempo se convirtió también en un amigo. Llegué a conocer algunos temas de su vida personal y el conoció otros de la mía. Algunas de sus tutorías terminaron convirtiéndose en amenas charlas, no sólo de filosofía; de hecho, casi nunca eran de filosofía. Conversábamos de música (le encantaba Bach), de sus hijos, del mío, de mi divorcio o de nuestros proyectos. Hablábamos de la vida bajo esa gentil mirada llena de bondad. Vino a cenar a casa algunas ocasiones y yo lo seguí frecuentando, una vez terminada la tesis, en la Complutense para ir a comer a la facultad de Derecho. Ya no lo veía tan a menudo como me hubiera gustado, pero claro, yo esperaba tener José Luis para rato. Por eso, es que aquel día comprendí las palabras de Miguel Hernández; como un golpe helado me enteré que temprano había madrugado la madrugada para mi maestro.

Esta semana se llevó a cabo un acto conmemorativo a la figura de José Luis González Recio en la Facultad de Filosofía (su segunda casa). Fue un evento entrañable con sus compañeros, amigos, estudiantes e hijos. Creo que ha sido un buen tributo a su persona.

Los que te conocimos no nos pudimos despedir de ti en persona, José Luis, pero yo con esta entrada te digo que siempre serás mi profesor, mi mentor, mi amigo.

R.III

 

José Luis González Recio

 

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©R.III

 

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