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¿Cómo poner orden a nuestro mundo?

Voy en el metro y entra un señor vestido con un chándal y unos paquetes de pañuelos en la mano. Comienza esas frases a las que nos estamos acostumbrando; “tengo unos niños, no tengo trabajo…”. A pesar de no tener la pinta del típico indigente, y quizá por eso, sus palabras hacen eco en mi conciencia. Meto la mano en el bolsillo para buscar alguna moneda que darle (sin la intención de reclamar los pañuelos que ofrece). En el pantalón sólo encuentro dos redondeces de un euro cada una. Las mismas dos que llevo desde hace algunos días y que he intentado no gastar al menos que sea inevitable. Meto la mano más a fondo para ver si encuentro alguna otra más pequeña; una ayuda al alcance de mis posibilidades, pero no tengo éxito. Aprieto el puño y siento la presión de esos dos euros hasta hacerme un poco de daño. Después aflojo la mano y siento como se pierden en ese abismo que cobra, por un instante, mi bolsillo. Miro cómo otra mujer saca de su bolso una dádiva y siento que un peso se me quita de encima. Por lo menos aquél hombre que me conmueve se llevará alguna recompensa.

 

Es el cumpleaños de mi hijo. Ayer pedí que pasara la noche conmigo, pero hoy lo he entregado, cual un paquete valiosísimo, a su madre en el andén del metro Plaza de España, hace apenas unos minutos. Ha sido una entrega escéptica, rápida e indolora (o eso quiero pensar). Podía haber comido con ambos –y los padres de ella-, pero una punzada en ese lugar ilocalizable de mi cuerpo no me lo permitió. La misma punzada que me apretaba con fuerza cuando subí al vagón y que quise aminorar con una «buena» acción, cuando aquel pobre infortunado llamaba mi atención. Lo cierto es que hoy mis finanzas no me permiten tampoco encontrar consuelo en estas obras. Bajo del metro con el deseo de caminar hasta que mis pies se desgarren de cansancio, pero éstos, más sabios que mis sentimientos, me llevan al sitio donde la razón habita. A mi casa.

 

Soy un romántico o un idealista. Creo que es posible cambiar el mundo para mejorarlo; por lo menos me siento con el ánimo de colaborar en ello. Pero, a veces, me vuelvo a mí mismo y me pregunto cómo podría conseguirlo, si no soy siquiera capaz de organizar mi propio universo. No puedo encontrar un trabajo en el que pueda desarrollar mis verdaderas capacidades (y que me paguen decentemente por ello), no tengo tiempo para atender con calidad a mi hijo, ni a mi novia, ni a mi tesis doctoral, ni a este blog. Con todos me comporto como si fuese un juego cuyas reglas alguien me impone. Además me siento infiel y traicionero, porque a cada uno lo descuido, por turnos, al estarme ocupando de los demás. Parece como si no tuviera las riendas de esta vida, como si fuse una hoja que a capricho del viento se deja llevar de un lado a otro. ¿Y si no tengo la valentía de cambiar esto, cómo voy a cambiar el mundo? ¿En qué momento? ¿Con unos cuántos céntimos?

 

Y entonces pienso en estos héroes anónimos. Personas que no sé qué vida peculiar se han confeccionado, para poder ser parte activa del cambio. Gente que está en la calle en manifestaciones, en campañas de vacunación, en campamentos de ayuda en África y Latinoamérica, alfabetizando niños en una jungla, o creando asociaciones para resolver algún problema concreto. Existe mucho movimiento, pues hay muchas cosas que corregir. ¿Serán personas solitarias?  ¿dónde encuentran su impulso? Mientras no haya respuestas, sólo puedo sentir admiración. Entre tanto echo mano nuevamente a mi bolsillo para sacar esos euros y colocarlos cual trofeos en la estantería. Por hoy lo dejo; quizá mañana encuentre la clave para poner orden a esta senda. Quizá ya sea una victoria expresar un desasosiego, que tanto me está costando rectificar.

R.III


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