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Mi mundo teratológico

“La bondad puede engendrar belleza, pero la belleza no puede engendrar bondad”.

León Tolstói, Guerra y Paz.

La teratología es la ciencia de lo monstruoso. En realidad los zoólogos no serían tan taxativos con su definición y probablemente explicarían a esta disciplina de la biología como el estudio de aquellos organismos que son anormales. Aunque siendo sinceros, entrar en un debate por la definición de lo que puede ser considerado normal, o no, es meterse en un terreno pantanoso. Por eso me gusta dejar los eufemismos y remontarme a su etimología: theratos, monstruo, logía, estudio. De esta manera no se pierde de vista el origen de su nombre y en consecuencia el camino por el que inició este campo de investigación. Como rama científica la teratología se dedica al análisis de las malformaciones o mutaciones, ya sean inviables (abortos) o, lo que más interesante me parece, aquellas viables; seres que han visto la luz y que han causado asombro, miedo o rechazo.

No sé por qué siempre me he sentido atraído por lo raro, lo oculto, lo oscuro o lo grotesco.  Mi primer encuentro con este mundo viene de la mano de Tim Burton y algunos de los largometrajes con los que debutó: Beetlejuice (1988), Batman (1989) y Edward Scissorhands  (1990). Es evidente que Tim Burton también es una persona que se ha dejado seducir por la belleza que encierra lo monstruoso.  En estas tres películas se puede percibir cómo fue dando paso de un mundo imaginario a uno cada vez más real. La dimensión fantasmal plasmada en Beetlejuice donde los monstruos disfrutan haciendo de sus travesuras. Batman en cambio es una película oscura, quizá la más tétrica de toda la saga del legendario héroe del DC Comics (junto con la segunda que también dirige Burton). Y finalmente, el encantador y solitario Edward que quiere integrarse en un mundo que lo rechaza; nuestro mundo. No son, ni mucho menos, los únicos filmes dignos de mención de este director norteamericano en cuanto a su amor por la teratología[1], pero son estos tres los que vi cuando era todavía un niño y me dejaron una impronta de maravilla hacia lo oscuro, lo repulsivo, lo macabro.

Más adelante conocí al que fue el padre cinematográfico de todo este mundo teratológico: Tod Browning  y su impactante filme Freaks (1932) traducido al español por La parada de los monstruos. Lo hice ya bastante tarde y de rebote, gracias a un amigo del doctorado (Antonio…) que tenía un garito (que sigue en Madrid aunque con otro dueño) con el mismo nombre de la película de Browning. Esta escalofriante y conmovedora cinta trata sobre personas que por sus malformaciones físicas o psíquicas terminaron trabajando como fenómenos de circo. Se cuenta la historia de sus relaciones, sus códigos éticos, su compañerismo y de su hermanada unión (si se daña a uno, se daña a todos los demás). Sin embrago, lo más anecdótico es que no se usan efectos especiales, ni maquillaje; todos los actores contratados para este filme contaban con sus respectivas malformaciones. No es de extrañar, que pese a ser ahora una película de culto, en aquel entonces horrorizara tanto a productores como a espectadores.

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Otro largometraje, pero mucho más reciente (2006), es el de Fur: An Imaginary Portrait of Diane Arbus (se ha traducido como Retrato de una obsesión en España). La película del director Steven Shainberg es una biografía ficticia de la fotógrafa Diane Arbus, centrada sólo en una parte de su vida, pero, a través de una historia fantástica, revela aquellos elementos seductores que nos acerca a su pasión por la extraño. Esta fotógrafa decide en un punto de su vida recorrer las peligrosas calles del New York de los años sesenta, buscando personajes para retratar. Así llega al mundo sórdido que plasma en sus retratos: enanos, prostitutas, nudistas. En 1972 se quita la vida.

 Y ya que hablamos de fotografía no quiero dejar pasar la oportunidad de mencionar la obra del fotógrafo finlandés Perttu Saksa cuyas fotografías son igualmente estremecedoras y oscuras. Su última exposición con monos tailandeses enmascarados con caras de bebé, te provocan una sensación parecida a la punzada en el estómago que sientes frente a una película de terror. Y pese a lo grotesco de algunas de sus imágenes, no es posible dejar de encontrar en ellas una melancolía, un equilibrio y un indudable sazón estético, que te hace saber su potencial artístico.

Dando un giro a otro tipo de arte, entran a escena el grupo Die Antwoord (La respuesta en Afrikáans) desde Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Una banda de electro rap que escupe su crítica social con espumosa y mordaz rabia. Maestros de una música electrónica que taladra la conciencia desde el primer momento que los escuchas. O los amas o los odias, pero no te dejan indiferente. Y cuando ves sus vídeos un escalofrío recorre tu médula espinal y sacude tus sentidos. La adrenalina no tarda en tomar el control de tu cuerpo para invitarte a saltar (o, en el mejor de los casos, bailar). Todos los personajes están ungidos por ese velo de la monstruosidad (la mayoría de ellos también deben su aparición en los vídeos por alguna malformación). Excitación, ritmo, repulsión y sordidez hacen una mezcla que los coloca (al menos para mí) como la mejor teratobanda del actual universo musical.

Antes de terminar quiero abrir un paréntesis que puede encajar muy bien en este artículo sobre mi mundo teratológico. En este caso es una serie de televisión: El gran día de los feos cuyo creador es Nabil Chaban. Ésta, que es la primera serie para descargarse en el móvil en España, relata un mundo en el que los feos son condenados a muerte. Un distopía que describe una nueva sociedad en donde la fealdad ya no tiene cabida. Para conseguirlo existen inspecciones rutinarias en el que se examinan los aspectos físicos (donde se incluye el buen vestir) y aquellos que no encajan en el modelo de belleza se les captura. Los feos son exhibidos en un programa de televisión y es el público, como se hacía en los coliseos de la antigua Roma, quien decide quién vive y quién muere (algo parecido a las nominaciones de la serie televisiva Gran Hermano). Así se configura ese futuro apocalíptico, hasta que un día los feos se revelan.

 Y ahora sí, para finalizar, no podría dejar de lado la literatura. Habría muchos ejemplos terroríficos, pero quiero seguir el camino emprendido, donde la monstruosidad también va dotada de belleza. O sea, donde lo extraño se convierte en arte. Por tanto, y para no alargar mucho más este texto, voy a optar por hablar solamente del primer libro de relatos de Luisgé Martín, Los oscuros.  En él aparece la historia de Ernst Kloshe, un hombre desfigurado por los catastróficos efectos de la viruela. Una cara horrible, excepto los ojos. El hallazgo de este atisbo de hermosura en su rostro, lo llevará a la obsesión de confeccionar para sí mismo un nuevo ente; en esta ocasión bello. Como única herramienta cuenta con su cámara:

Durante el siguiente año Ernst Klosche continuó investigando los procedimientos técnicos y ensayando maneras nuevas de mejorar su obra. Llegó a alcanzar una sofisticación y un refinamiento admirables. Experimentó con proyectos cada vez más complejos: por tercera vez volvió a los burdeles y a las calles, eligió a los muchachos más hermosos y los fotografió desnudos. Luego los troceó y reconstruyó con ellos el cuerpo de un único muchacho inmortal, que seguía llevando sus ojos y lo miraba fijamente” (Martín, Luisgé, Los oscuros).

Un frankestein que se construye a sí mismo a partir de miles de imágenes. Pero esta obra no estaría completa hasta encontrar también a la mujer perfecta que pueda acompañarlo. Aunque para ello tenga también de recomponerla a partir de la fotografía de otras muchas mujeres.

Esta es tan sólo una parte de mi universo teratológico. Aunque tengo la sospecha de que este mundo me depara, todavía, muchas y grandes  monstruosidades.

R.III


[1] Nightmare Before Christmas, Mars Attacks!, Sleepy Hallow y la grandiosa y meta-teratológica película: Big Fish. (Todos los enlaces que aparecen en este artículo te llevarán a los ejemplos citados).

En mi afán de rescatar la belleza y estética de lo grotesco, también hice una serie de fotografías, de las cuales sólo he podido rescatar un puñado nada digno. A años luz de Saksa, aquí comparto algunos de estos esperpentos.

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La espera del mal

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Fantasmagorias

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Arrebato

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Fetiches

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¿Making up?

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Cambiar el mundo

Al final de la película Noviembre, de Achero Mañas, uno de los personajes dice una frase que me conmovió (parafraseo): “Antes luchábamos por cambiar el mundo, ahora lucho porque el mundo no me cambie a mí”. Aunque cuando la vi, se podría decir que yo seguía estando en la etapa de querer (y creer que podría) modificarlo; ya presentía que tarde o temprano me acercaría a ese momento en el que las presiones sociales (trabajo, familia, etc.), el tedio resultante de la cotidianidad, el exhaustivo camino de buscar sin encontrar y un creciente espíritu de resignación, me llevarían a alejarme de esa idea romántica que perseguía hacer del sitio que habito, un lugar mejor para vivir. Aunque huya mi mirada de ese camino recorrido, debo admitir que ya he llegado a ese punto: el desencuentro de lo que soy y lo que quería llegar a ser. Afortunadamente sigue existiendo ese empecinamiento por intentar ser el mismo de antes; continuar siendo recto, solidario, humano. Pero humildemente—o tal vez derrotado— he de aceptar que poco podré hacer desde mi posición por cambiar esta sociedad corrupta, enferma y hostil. No creo tampoco haber tirado la toalla; y si lo he hecho, siempre he terminado recogiéndola. Pero algo ha cambiado.

               Una de las razones por las que me gusta mucho dar clases es por el hecho de estar rodeado de personas jóvenes. En ellos se encuentra la fuerza y la esperanza. Cuando los más motivados vienen y me muestran lo que escriben, realmente están convencidos de llegar a ser grandes escritores, artistas, guionistas o filósofos. Yo también lo llegué a creer con mucha ilusión. Recuerdo que cuando vine a estudiar a España sentía tanta vitalidad y energía que creía poder comerme el mundo. En ese entonces solía decir, no sin cierta arrogancia, que ya estando en México consideraba que iba a realizar grandes obras, pero que dada la oportunidad de viajar a Europa, el horizonte de mi futuro se ampliaba, tan próspero, que no podía ya imaginar todo lo que lograría. El tiempo me ha mostrado que era un iluso; me enseñó la crudeza de los convencionalismos, de lo rutinario, de la inconstancia, pero sobre todo de la diferencia ontológica del universo onírico y del real; siendo éste último el que irremediablemente sabe imponerse sobre aquel.

                La juventud tiene ese empuje y ese es el motor de nuestra sociedad. Esa energía a veces llega a buen puerto, pero hay que ser constantes. Por eso no me gusta echar por tierra los anhelos que se agolpan en el espíritu de los alumnos cuando dirigen su pasión hacia algún proyecto. Pienso que mi infortunio no tiene por qué prolongarse también en ellos. Además, me he dado cuenta que aunque ya no tenga ese impulso para poner en marcha ambiciosas propuestas, a través de consejos, orientación y una buena provisión de ánimo, son ellos los que quizá consigan confeccionar esas “grandes” obras.

              También recuerdo—estoy reiterativo con el tema— que cuando llegué a España mucha gente fue muy generosa conmigo y me ayudó a ubicarme en esta nueva sociedad. A muchos de ellos no los he vuelto a ver y sé que no seré capaz de devolverles el favor. Sin embargo, he descubierto que ahora soy yo el que ayuda a otros que vienen, les intento proporcionar las nociones que necesitan para establecerse. Creo que ese es el orden universal. Hubo quienes pusieron las bases para que nosotros pudiéramos desarrollarnos y ahora nos toca a nosotros sentar los cimientos de aquellas generaciones venideras. Y hay que hacerlo al puro estilo de Antonio Gramsci que decía que era un pesimista teórico, pero un optimista práctico. O sea, está bien señalar los problemas de nuestro entorno, pero no se puede uno conformar con esas quejas de cafés literarios o filosóficos; rodearse de otros que piensan como uno para criticar al unísono. No, hay que devolverle a nuestro mundo una creación o producto positivo, aunque sea modesto. Y si ya no tienes energía para hacerlo tú mismo, apóyate en los jóvenes. Guíales con tu experiencia por los caminos que les ahorren los baches que ya conoces.

                Mucha gente me habla de las crisis de los treinta, de los cuarenta, de los cincuenta. Es cierto que ir alejándose de la juventud nos entristece. Sin embargo, yo cuando cumplí mi trigésimo aniversario (hace ya casi un lustro) me di cuenta que por primera vez había tomado las riendas de mi vida. Que, a pesar de que ella me seguía imponiendo sus azarosos caminos, me podía conducir por ellos con mayor resolución. Y esa sensación de seguridad me gustó. Creo que eso lo brinda la experiencia, aunque también sea la que te hace más prudente; menos atrevido. Quizá soy un conformista; ya que he visto derrumbarse mis grandes esperanzas, me incluyo en las glorias que pueden conseguir aquellos que vienen atrás. Pero me gusta pensar que todavía puedo ofrecer algo. ¡Claro! Si no lo pensara no estaría escribiendo estas líneas. No estaría volviendo a una nueva etapa de Cuando el hoy comienza a ser ayer. O tal vez sólo sea una catarsis. Pues si lo es, además de funcionar y hacerme sentir un poco mejor, creo que me ayudará a seguir luchando para que el mundo no me cambie.

R.III

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¿Ciclo o espiral descendente?

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Lo que se esconde detrás de las ventanas


El ostracismo de los Reyes Magos

Los tres Reyes lo dispusieron como un plan magnífico.  La distribución de los juguetes, por primera vez no sólo iba a ser efectiva, sino que acariciaba ese concepto poco practicado por aquellos seres ungidos por la magnanimidad de Dios: iba a ser justa. La decisión era polémica, pero en esta época de crisis confiaban en que las personas comprendieran que su deber era seguir la máxima de “a grandes problemas, grandes soluciones”.

Y cuál fue el asombro de los cientos de miles de pequeños que encontraron las bases de sus árboles de Navidad, o los zapatitos que habían colocado perfectamente alineados, vacíos. Ningún regalo había sido depositado en ellos. ¿Acaso no han venido?, se preguntaban los pitusos, pero la prueba de Su llegada era evidente. Los platos con galletas o salchichón y los vasos de leche o vino, también se encontraban vacíos. Algunas migas, poco más. Los sedientos reyes, sin duda habían hecho acto de presencia. ¿Y entonces los regalos?

Los llantos fueron atronadores. Los padres no podían consolar a sus hijos; tan sólo lo consiguieron aquéllos (que no fueron pocos) que les ofrecieron, en compensación por tan grande disgusto,  ir a comprarles, de forma expedita, algún regalo que fuera de su agrado. Muchos de los avariciosos pequeños cedieron a este chantaje. Otros se empecinaron por aquellos regalos que, según ellos, estaban dotados de una magia que no se puede adquirir en un centro comercial. Pero niños y padres convenían en tachar a esos Reyes de seres desalmados (y otras cosas más duras).

Pero a esta fatídica sorpresa sobrevino una mayor. La carta. En algunos casos, después de ser hallada y leída por los padres atónitos, pedían apresurados a sus hijos que confirmaran la noticia, en otros, antes siquiera de sospechar la existencia de la nota que sus Majestades habían dejado, los hechos anunciaban la controvertida decisión real.   Lo que fue similar en casi todos los hogares, fue la imagen de los niños corriendo a sus habitaciones y volver en similar trote hacia el salón para contar, escandalizados, tan peculiar acontecimiento. Los reyes no sólo no habían traído regalos este año, sino que se habían llevado algunos de los juguetes en mejor estado (pues los rotos no eran dignos de sus Altezas) de los pequeños. El saqueo fue el mismo para todas las casas en las que año tras año los Reyes habían hecho gala de su generosidad. No se perdonó a ninguna vivienda, pero cuantificando los daños -por esto de las estadísticas-  cabe mencionar que las casas más opulentas fueron, también, las más devastadas.

En la misiva, la explicación que indignó a todas las potencias de Occidente.

Mientras tanto, en la otra parte del mundo, el milagro se había consolidado con sumo esfuerzo. Porque por más juguetes “robados” que los Reyes consiguieran, la verdad es que los niños de esos países son demasiados. Pero finalmente, juntando la provisión normal de regalos que se producían todos los años, más aquellos otros que hábilmente consiguieron en las casas de Occidente y equilibrando austeramente la repartición, se conisguió tan ambicioso objetivo. Si bien es cierto, los tres grandes Magos fallaron en su perspectiva de impacto: no pensaron que muchos de esos juguetes no iban a ser divertidos para los  chavales de tan recónditos confines. Sólo los regalos más sencillos triunfaron (e incluso algunas de las cajas que alojaban esos “objetos raros” de poca utilidad). En todo caso, los millones de rostros ilusionados habían restado importancia a este pequeño detalle. Satisfechos, los Tres, pudieron volver andando a casa.

Al otro día, los caritativos y mágicos Monarcas estaban conformes. Pobres ingenuos. ¡No sabían el problema en el que se habían metido! La indignación civil llevó a los gobiernos de las grandes potencias a tomar medidas poco diplomáticas… pero esa historia ya no es para niños

R.III

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