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Mis diez libros

En mi última entrada mencioné que iba a tratar sobre algunas acciones o hábitos que nos pueden ayudar mejorar nuestra sociedad. Sin embrago, voy a retractarme y colar esto antes.

El otro día acordé con una amiga que nos íbamos a pasar una lista con la recomendación de diez libros. Pensando en ellos, me di cuenta de que nunca he hecho una sugerencia de este tipo a través del blog. De hecho, fuera de alguna reseña puntual, nunca he comentado mis gustos literarios, aunque, paradójicamente, la literatura sea uno de los pilares en los que el blog se sustenta. También es cierto que hacer una selección de diez libros es, además de atrevido, complejo; es acotar en un puñado, cientos de deliciosas experiencias, donde ineludiblemente muchas exquisiteces quedarán fuera. En mayo de 2012 Sergio Vila-Sanjuán entrevistó a Mario Vargas Llosa en la Biblioteca Nacional de Madrid. Al final le preguntó cuáles sería los tres libros que se llevaría a una isla desierta. Bromeando él contesto que algo que no se hubiera leído como La muerte de Virgilio,  de Hermann Broch, “porque nunca he podido pasar de la cuarta página y en una isla desierta tendría que hacerlo”.

Intentar evadir estas preguntas es natural y este es el dilema en el que me encuentro. Así que más que mencionar los mejores diez libros que he leído, me he de conformar con hacer un listado con aquellos que han sido trascendentales en este camino que he emprendido por el mundo de las letras y que, por una u otra razón, se han convertido en mis “preferidos” (pese a que haya leído algunos otros mejor escritos).

Hay dos novelas a los que les debo mi pasión por la lectura. Cuando era pequeño mi padre me hacía leer a Emilio Salgari (teníamos una gran colección de sus libros), pero he de reconocer que las aventuras de aquellos piratas nunca llamó mi atención, de hecho llegué a detestarlos. Y sin embargo, los libros que él hojeaba sentado en el salón de casa no me dejaba leerlos aludiendo que eran de mayores. Yo lo veía desternillarse con ellos y mientras yo me aburría soberanamente con los de Salgari, envidiaba el buen rato que mi padre pasaba (de hecho, llegué a sospechar que fingía regocijo como una conspiración para fomentar mi hábito de leer). Así que un día le quité uno e intenté averiguar qué diferencia había entre los que podía leer y los que no. Efectivamente eran de mayores; mucho sexo y palabrotas, por lo que yo también reí e imaginé muchas «situaciones». La experiencia fue completamente distinta y satisfactoria, pero sobre todo me ayudó a comprender lo que se escondía en la literatura. He de decir que de los dos escritores que mencionaré a continuación lo recomiendo todo, pero estos fueron los primeros libros de leí de ellos y aquí les hago un pequeño tributo.

1. Dos horas de sol de José Agustín

2. Días de combate de Paco Ignacio Taiblo II

Ya José Saramago era famoso desde que ganó el Nobel de Literatura en 1998, pero siento que aumentó su popularidad desde que falleció en 2010. Yo lo descubrí por dos razones: mi padre (nuevamente) y por lo del galardón. Recuerdo que algunos domingos mi papá nos llevaba a desayunar a Sanborns (una cafetería mexicana) y antes o después de pasar por el restaurante, paseaba un rato por los pasillos de la librería para finalmente comprar algún libro. Si mi memoria no me falla, tenía la costumbre de comprar las novela de aquellos autores reconocidos con el Nobel. Así llegó a mis manos la excelentísima novela que amplió mis horizontes literarios y me hizo fiel seguidor del escritor portugués:

3. El evangelio según Jesucristo de José Saramago.

Pasó el tiempo y yo seguí leyendo autores contemporáneos y en ellos me consolidé como lector. Pero me di cuenta de que tenía una carencia en mi haber de autores clásicos, así que decidí dejar la literatura contemporánea y probar suerte con ese género que ha conseguido mantenerse incólume en las librerías a través de los años. Aunque resulte extraño, fue tanto mi placer que dejé de salir con mis amigos los fines de semana, porque quería levantarme en las mañanas temprano para continuar embebido en esas historias todo el día. Tres son los clásicos que más me marcaron durante esa época (y hago trampa, porque el primero de los tres en realidad son dos libros, pero los uno por ser parte de un pack sobresaliente de hace poco menos de tres mil años).

4. La Iliada y la Odisea de Homero.

5. La divina comedia de Dante Alighieri (y eso que sólo me leí el infierno y el purgatorio, porque el cielo me pareció un tostón).

6. Guerra y Paz de León Tostoi

Cuando llegué a España di con dos escritores de los que nunca había oído hablar y que pronto se convirtieron en mis favoritos. Uno de ellos realmente es un maestro de las letras y la creatividad, pero debo admitir que han pasado por mis manos mejores escritores. No obstante, ambos autores hicieron de mi primera estancia en España un escenario de fantasía y trajeron alegría incluso en aquellos momentos más duros de mi inserción al mundo real.

7. El palacio de la luna de Paul Auster.

8. Océano mar de Alessandro Baricco.

Mi amigo y escritor Ángel Ramón Pastor me hizo una recomendación que nunca podré superar. Su libro me cambió la vida; me hizo encontrar un destino literario. No creo poder devolverle nunca el favor con una sugerencia similar.

9. Viaje al fin de la noche de Louis-Ferdinand Céline.

Tengo que terminar esta lista con otro clásico que leí recientemente (hace un par de años), aunque otro amigo Oscar Pérez Corona me llevase insistiendo años en que me adentrara en él. Pero los libros para convertirse en esos grandes acompañantes, tienen que llegar a tiempo. Y así llegó el que quizá sea el mejor libro que haya leído hasta ahora (sé que me arrepentiré muy pronto de la dimensión categórica que estoy dando a esta entrada del blog):

10. Los miserables de Víctor Hugo.

Obviamente me estoy dejando cientos de miles de páginas de clásicos y contemporáneos. Esta lista podría aumentarla a 100 y aún así al releerla encontraría el hueco de una gran ausencia. Pero el objetivo era diez y esto es lo que he hecho.

                                                                   R.III

Post Scriptum: Los otros dos libros que Llosa se llevaría a la isla desierta demás de la Muerte de Virgilio son –vaya coincidencia-: “El Quijote o Guerra y Paz y La Odisea”.

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Hablemos mal del fútbol

Hoy escribo esta entrada en el blog para hacer catarsis. Por eso me salto esa auto-imposición de no escribir por aquí hasta terminar la tesis doctoral. Sin embargo, no puedo dejar de expresar mi creciente antipatía hacia el fútbol, y sí, también hacia muchos de sus seguidores.

Para los pocos lectores que sigan conmigo, he de empezar con la simpática concordancia que encuentro entre el análisis que hace Mario Vargas Llosa en su polémico libro La civilización del espectáculo en referencia al deporte en cuestión y mi propias perspectiva (hay otros aspectos dentro del libro muy cuestionables) . El escritor peruano comienza mencionando la diferencia que existe entre los deportes de corte clásico, especialmente los juegos típicos de la Antigua Grecia, que además de cultivar el cuerpo, alimentaban el espíritu y los actuales que se han convertido en un mero espectáculo embrutecedor:

“Entre los deportes, ninguno descuella tanto como el fútbol, fenómeno de masas, que al igual que los conciertos de música moderna, congrega muchedumbres y las enardece más que ninguna otra movilización ciudadana: mítines políticos, procesiones religiosas o convocatorias cívicas” (2012, p40.).

Una situación especialmente dolorosa cuando todo un país se encuentra al borde de la quiebra, donde cada vez se presencian más tragedias anónimas y donde el estado de bienestar comienza a ser una sombra alargadísima por lo lejos que está del objeto del que se proyecta. Se vive una época en que las personas deberían salir a las calles para protestar por la falta de transparencia de sus dirigentes, por la necesidad de buscar responsables de la bancarrota de los bancos, por la pérdida de esas garantías sociales apenas consolidadas y por la ausencia de una explicación sobre el rumbo que va a seguir esta nación. Y, en cambio, lo único que se percibe es una abulia constante, una desinformación mediática y apenas unos colectivos luchando por sus derechos. Pero de pronto juega España contra “x” país y las calles se llenan de camisetas rojas. Hordas de gente salen a la calle para apoyar su equipo. El país se destruye, pero da igual mientras se pueda ganar la Eurocopa. Con qué orgullo se cuelga cada ciudadano la victoria de sus deportistas y con qué indiferencia se ven las desdichas de sus propios conciudadanos.

Quizá esta crisis también colabore en el éxito que tiene este deporte como una de los mayores fenómenos de convocatoria de nuestra época. Como si la única vía de escape frente a la depresión del momento fuera el disfrute de un partido de fútbol. Pero esta situación a su vez es pábulo de los nacionalismos, de una violencia de lo más primigenia y del enajenamiento peligroso que puede llevar a los seguidores a perder su consciencia individual y dar salida a sus más innobles pasiones. Incluso alguno de mis amigos que tiene un carácter de lo más amigable, lo he visto transformado en Mr. Hyde al verse privado del disfrute de algún juego o por la pérdida de su equipo. Vargas Llosa ve en este deporte una forma en que el ser humano cubre su ansia de volver a ese estado primitivo:

“[…] en nuestros días, los grandes partidos de fútbol sirven sobre todo, como los circos romanos, de pretexto para desahogo a lo irracional, de regresión del individuo a su condición de parte de la tribu, de pieza gregaria en la que, amparado en el anonimato cálido de la tribuna, el espectador da rienda suelta a sus instintos agresivos de rechazo al otro, de conquista y aniquilación simbólica (y a veces hasta real) del adversario.” (ibíd.)

Lo que más me sorprende es que, al igual que la religión, el practicante o creyente del dios Fútbol busca nuevos allegados. He perdido la cuenta de cuantas veces, amigos y familiares, me han invitados a ver un partido. O bien me han querido explicar lo “fantástico”, lo “estratégico”, lo “profundo“–y alguno incluso lo “intelectual”- que subyace en este espectáculo. Varios me han tachado de intransigente por no querer unirme a las filas de esta nueva fe o por no querer llevar a mi hijo a algún partido. Los más moderados, considerarían una exageración pensar en este deporte como una religión y tan sólo lo equiparan con “un estilo de vida”. Pues lamento informarles que es un estilo en el que me encuentro fuera de juego.

Siento lo de Holanda Marc.


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