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Estado febril y lluvioso

Cuando estoy enfermo, con fiebre, me entran ganas de llorar. No es que me sienta triste o que me duela algo, pero una sensación me aprieta el pecho y el llanto fluye parsimoniosamente por mis mejillas. Me siento como un niño pequeño que quiere esconder la cara en las faldas protectoras de su madre. Lloro quedito, sin más estrépito que el tiritar producido por el escalofrío de la fiebre y, cuando lo hago, procuro estar solo. Jugar a ser padre, a tener un buen empleo, a crear un proyecto común con mi mujer, a ser un hombre maduro y dueño de su vida, súbitamente se ve interrumpido por una gripe y una sensación irremediable de vulnerabilidad.

Hace muchos años que los virus no me atacaban con tanta vehemencia. También hace mucho que no lloraba. No soy una persona de lágrima fácil, aunque a veces me sorprendo leyendo una frase que me conmueve o viendo la escena de una película, escuchando la canción adecuada o cuando me veo golpeado por la verdadera belleza; es entonces cuando una de esas gotas salobres baja hasta la comisura de mis labios. Ana dice que si no fuera por estos momentos llegaría a sospechar que soy un poco psicópata[1]. Como quiera que sea, no estoy seguro de que este escueto lloriqueo pueda pasar por ese deshago al que las personas llaman “llorar”.

Es verdad que suelo guardarme ciertos pensamientos y sentimientos para mí. Soy una persona dicharachera y cualquiera podría confundirse y creer que soy muy abierto, pero en realidad me cuesta trabajo permitir el acceso a mis verdaderas preocupaciones, a  mis deseos o a mis miedos. Y no lo hago apropósito, simplemente no encuentro el momento oportuno, no le doy importancia o no localizo el registro adecuando para comunicarlo. Además siempre se pueden encontrar temas más interesantes de los que hablar y, desde luego, de los que escribir. Quizá esta también sea una de las razones por las que no es fácil que rompa a llorar. El consuelo de alguien vendría al momento, pero también el requerimiento por saber el origen de ese pesar, pues buscar una causa es inherente a la naturaleza del ser humano.

No tengo nada más que decir al respecto. El paracetamol me empieza a hacer efecto, he dejado de sentir frío y comienzo a sudar, las mantas me parecen más reconfortantes y el llanto comienza a menguar. A este paso, quizá mañana pueda seguir jugando con el papel que me ha tocado interpretar. Por lo menos creo que hoy sí que me he conseguido desahogar.

R.III
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[1] Aunque se asocie a la idea de un “asesino”, en realidad el psicópata tiene el problema de no tener la capacidad de la empatía; no cuenta con remordimientos y muchos de sus sentimientos los tiene que fingir, pues en realidad es incapaz de conmoverse.


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