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Carlos Candiani y los inhóspitos caminos del ser

 

Uno de los aspectos que más me gusta de escribir es que, paulatinamente, he ido agregando a mi lista de amistades, personas que están en sintonía con mis gustos y objetivos. Gente que no sólo lee y disfruta de la buena literatura, sino que también está relacionada con el mundo de las letras o del arte. Algunos de ellos ya escritores consolidados,  otros, al igual que yo, buscando el camino que tal vez nos lleve a un estilo propio; intentando alcanzar eso que Goytisolo supo sintetizar en la siguiente frase: “la misión de un escritor es devolver la lengua en un estado distinto al que tenía al momento de recibirla”*.

 

¡Qué buenas conversaciones he tenido gracias a ellos! Veladas inigualables, enriquecidas por la belleza lingüística. Encuentros cercanos que en mi recuerdo han dejado un sabor a vino tinto. También discusiones acaloradas despedazando la literatura danbrownesca (y similares) o rindiendo pleitesía y ditirambos a esos grandes que no me atrevería a enumerar en este artículo. Poesía, música,  política (por qué no), anécdotas, remembranzas y risa. La risa desaforada de sentirnos en nuestra salsa, de tomarnos lo serio a broma o de inmortalizar lo banal. 

 Pero otro placer más soterrado, pero no por eso menos importante, es el que encuentro cuando compartimos  nuestros textos. Trabajar una idea, darle forma, corregir y ser corregido; encontrar el punto donde el saber se hace productivo.  Nada de talleres, todo con las reglas inexplicables de la libertad. Entre la hilaridad y el desvarío se trabajan y construyen proyectos que esperamos alcancen buen fin… a saber.

 Tener un texto de primera mano es una responsabilidad y un privilegio. No sabemos qué va a ser de esas líneas, de esos versos. Uno descubre talento y espera que otros pronto lo hagan, pero ese es el camino incierto de todo escritor. Anónimos nacimos y anónimos andamos, el tiempo dirá, que no la vida, qué tan anónimos moriremos. Pero mientras sigamos disfrutando de tan agradables encuentros, qué más da.

Hoy hago tributo a Carlos Candiani, amigo, escritor y poeta (sí, soy tan vanidoso que el primer apelativo que empleo es el de “amigo” ¿qué pasa?).  He tenido la suerte de que el azar nos uniera por la mistad de nuestros hermanos. Vientos fortuitos lo han traído de nuestro México natal a Madrid. Con él me he sentado a conversar de literatura y también a trabajar. He leído su poesía, sus relatos y casi lo convenzo de que me adelante parte de esa novela en la que trabaja, pero nada más no lo he conseguido. Prudente y sabio es Candiani. Prudente porque no es fácil que te enseñe sus textos hasta que no los considere perfectos y sabio porque en cada línea de sus versos se respira experiencia de vida.

Toda palabra que suelte ahora es menor comparada con estas de Cadiani que les muestro a continuación en formato de vídeo. El primero se llama Vacío y fue realizado por el cineasta mexicano Héctor Macín en 2010 para la presentación del poemario en audio «Nubes que son hojas» en la Casa de Cultura de Tamaulipas en la Ciudad de México y musicalizado por Edgar Aguillón. El segundo  se titula Ser Humano con música del cantautor mexicano Samuel Barrios, con imágenes tomadas de la página de fotografía de National Geographic. Ambos poemas pertenecen al poemario  «Nubes que son hojas» de Carlos Candiani y son recitados por el maestro Luis Olvera.

R.III

Vacío de Carlos Candiani

 

Ser humano de Carlos Candiani

*  No estoy seguro de que la frase sea textual.


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