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Historias de mayores

Discurso de clausura de los cursos de verano del Centro de Estudios Hispánicos de la Universidad Nebrija.

26 de julio de 2018

 

Tenía pensado hablar sobre mi crisis de los cuarenta. Pero me ha parecido inapropiado por dos razones. La primera es que ahora mismo tengo 38 a punto de cumplir los 39; si ahora estoy así, ya se pueden imaginar lo que me espera. Además, una profesora amiga mía me dijo: guárdate el comodín para hablar de ese tema el próximo año (quizá le haga caso). La segunda razón para evitar el tema es que no sería una reflexión digna de tratar frente a un público tan joven; como dice Jame Gil de Biedma:

“que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde”.

Así que ya habrá tiempo para estas reflexiones, chicos.

En realidad, yo de lo que quería hablar era sobre lo que despierta en mí estos sentimientos. Y como casi todo en mi vida, creo que se debe a mi relación con la literatura. Este año en el Centro de Estudios Hispánicos estrenamos la asignatura de Panorama de la literatura Hispanoamericana. Tuve la suerte de poder diseñar el plan de estudios de este curso e impartirlo en primavera. No miento si les cuento que a lo largo del curso me invadió muchas veces la nostalgia. Mientras rememoraba y preparaba las clases sobre esos clásicos: Pablo Neruda, Rubén Darío, Horacio Quiroga, César Vallejo y más recientes: Carlos Fuentes, Octavio Paz, Borges, Oliverio Girondo, Bryce Echenique, Márquez, Mario Benedetti y tantos más… Como decía cuando preparaba las clases no podía dejar de verme a mí mismo en las situaciones en las que leía esos libros: me veía leyendo Conversación en la Catedral de Vargas Llosa sentado en el autobús que me llevaba a la universidad, o tirado en un parque entretenidísimo con Dos crímenes de Ibargüengoitia, en el salón de mi casa antes de que mis padres me llamaran para cenar enganchadísimo con Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez, en la biblioteca de la universidad comprendiendo más sobre mi propia cultura a través El Laberinto de la Soledad de Octavio Paz  o tratando de conquistar a mis primeras novias (no es que haya tenido muchas; les aseguro que la poesía no es la mejor manera de ligar) con los veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda o Hagamos un trato de Benedetti.

Algo muy parecido me pasó cuando, ya viviendo en España, impartía la clase de Panorama de la Literatura Española. Muchos de eso clásicos los había leído de joven y de manera obligada, así que releerlos, ya como profesor, se convirtió en una tarea muy satisfactoria. También tengo muchas lecturas unidas al recuerdo de algún lugar. Por ejemplo, las aventuras El Lazarillo de Tormes las leí en el Parque el Retiro, El sí de las niñas de Leandro Fernández de Moratín lo leí sentado en un banco en el Paseo del Prado muy cerca de los museos Prado y Thyssen Bornemisza o, por ejemplo, las novelas de El orden alfabético de Juan José Millás y Corazón tan Blanco de Javier Marías me recuerdan a los jardines del Campo del Moro y, por tanto, al poder apreciar las vistas del Palacio Real. Otras tantas obras las leí en el metro o en el autobús: el repaso de los poetas españoles, por ejemplo, lo tengo ineludiblemente ligado a las escaleras mecánicas de Metropolitano rumbo a la Dehesa de la Villa, donde está el campus de la Nebrija en el que se encontraba antes el CEHI.

Así es, la literatura siempre ha estado ligada a lugares y a personas. En cuanto a esto último, debo mencionar a mi padre que fue el que hizo todo lo que estuvo en sus manos para que me aficionara a la lectura. Y miren que le costó, porque yo empecé a leer (a aficionarme a la lectura) bien tarde: hacia los 15 años ni más, ni menos. Pero es que me ponía a leer a Emilio Salgari y no me entraba por más empeño que ponía las historias de aventuras que tenían lugar en Malasia, la selva india o el mar de las Antillas. Me parecían un rollazo. En cambio, yo le veía desternillarse de la risa en el salón leyendo “sus novelas” y cuando le pedía que me dejara leer esas obras que tanto le hacía reír, me decía “no, esas son para mayores”. Así que un día a escondidas cogí una de las obras que leía y me la llevé a un parque: Dos horas de sol de José Agustín, todavía me acuerdo. Descubrí que efectivamente era de mayores: había palabrotas, drogas, sexo y rocanrol (me encantó leerlo), pero más importante, descubrí a una compañera de viaje que hasta la fecha no me abandona: la literatura. También por eso José Agustín es uno de mis escritores preferidos, aunque no es ni de cerca uno de los mejores que haya leído.

La literatura y la poesía, ¡qué grandes compañeros! Pero a veces se encuentran solos, porque la gentes les está olvidando. Lo que me recuerda el poema de Juan Gelmán:

Sobre la poesía

habría un par de cosas que decir/

que nadie lee mucho/

que esos nadie son pocos/

que todo el mundo está con el asunto de la crisis mundial/ y

 

con el asunto de comer cada día/se trata

de un asunto importante/recuerdo

cuando murió de hambre el tío juan/

decía que ni se acordaba de comer y que no había problema/

 

pero el problema fue después/

no había plata para el cajón/

y cuando finalmente pasó el camión municipal a llevárselo

el tío juan parecía un pajarito/

los de la municipalidad lo miraron con desprecio o desdén/

murmuraban

que siempre los están molestando/

que ellos eran hombres y enterraban hombres/y no

pajaritos como el tío juan/especialmente

porque el tío estuvo cantando pío-pío todo el viaje

hasta el crematorio municipal/

y a ellos les pareció un irrespeto y estaban muy ofendidos/

y cuando le daban un palmetazo para que se callara la boca/

el pío-pío volaba por la cabina del camión y ellos sentían que

les hacía pío-pío en la cabeza/el

tío juan era así/le gustaba cantar/

y no veía por qué la muerte era motivo para no cantar/

entró al horno cantando pío-pío/salieron sus cenizas y piaron un rato/

y los compañeros municipales se miraron los zapatos grises de vergüenza/pero

volviendo a la poesía/

los poetas ahora la pasan bastante mal/

nadie los lee mucho/esos nadie son pocos/

el oficio perdió prestigio/para un poeta es cada día más difícil

conseguir el amor de una muchacha/

ser candidato a presidente/que algún almacenero le fíe/

que un guerrero haga hazañas para que él las cante/

que un rey le pague cada verso con tres monedas de oro/

 

y nadie sabe si eso ocurre porque se terminaron

las muchachas/los almaceneros/los guerreros/los reyes/

o simplemente los poetas/

o pasaron las dos cosas y es inútil

romperse la cabeza pensando en la cuestión/

 

lo lindo es saber que uno puede cantar pío-pío

en las más raras circunstancias/

tío juan después de muerto/yo ahora

para que me quierás/

¿Qué hacer? Como escritor sólo puede intentar hacer lo que dice Goytisolo: devolver la lengua en un estado distinto al que tenía al momento de recibirla. Cosa nada fácil, por cierto. Como profesor, trato de transmitir esta pasión a mis alumnos de literatura. He de confesar que para lograrlo a veces echo mano de historias de mayores. Incluso algunas un poco picantes. Lo siento por la directora aquí presente, pero espero que piense en ello como una estrategia pedagógica, además, siempre son clásicos de la literatura. Y por eso, como ya se está convirtiendo en costumbre, tengo que agradecer al Centro de Estudios Hispánicos que me permita mantener mi pasión que es la literatura. Creo que no mucha gente puede estar tan satisfecho con su trabajo, como yo lo estoy con el mío. También agradezco el poder compartir aula con chicos tan entusiastas como son los alumnos extranjeros que vienen todos los años. Estoy encantado con los grupos que he impartido este verano: cuánto entusiasmo han puesto en su participación todos los días pese a comenzar a las ocho treinta.  ¡Qué grandes son!

Así que después de esta pequeña reflexión puedo decir que ya no me importa estar a la puerta de la puerta de los cuarenta. Así es como se debe vivir la vida “golpe a golpe, verso a verso” como diría mi querido Machado. O como decía Alejandra Pizarnik, poeta discípula de Borges, “”ya comprendo la verdad, ahora a buscar la vida”.

Hoy estoy feliz y estoy deseando compartir esta tarde con los presentes, pero allí abajo, para poder despedirnos bien.

 

R.III

 

 

 

 

 

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Si te ha gustado esta entrada puedes leer el discurso del año anterior. Las águilas de Zeus

 

 

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©R.III

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Diario de verano

Llevo muchos años pensando que es de Karl Marx aquella frase de que el hombre es el único animal capaz de cambiar su realidad. Lo cierto es que en aquellas lecturas parciales que hice del Capital o del Manifiesto Comunista nunca conseguí encontrar esta cita. Quizá pertenece a otro libro de la extensa obra del pensador alemán, aunque es probable que más bien sea apócrifa. La respuesta debe encontrarse, más bien, en que un día le escuché a mi padre decir que esa máxima era de Marx; y la verdad es que me gusta pensar que es así. Tal vez me esté confundiendo y en realidad me habló de otro filósofo. Puede ser que la verdadera autoría de esta frase sea de mi padre, lo que me gusta todavía más. El caso es que hoy me siento con ganas de cambiar mi realidad.

Estoy cansado, muy cansado. A veces este país y su contexto pueden resultar agotadores. A lo mejor no es el país, sino sólo mi circunstancia la que me tiene exhausto. La piedra esa que llevo en el zapato desde hace unos años, ya no me permite caminar más. O reformulándolo, ya no quiero seguir andando con esa pinche piedra inoportuna. Entonces pienso que debería dejar de soñar con que las cosas van a llegar a ser de otra manera y poner de mi parte para conseguir el cambio. Plantearme otros objetivos y salir a buscarlos. Sin embargo, muchas veces siento que la vida ha ido conduciéndome por donde le ha venido en gana y que yo sólo he aprendido a soportar sus embates. Me he vuelto un profesional de la resolución de problemas, a costa de no dejar de estar sumergido en ellos. Trabajo, dinero, la piedra, y esa constante búsqueda del balance entre la felicidad de R.IV y el que no se me salga de madre[1]. Además, al echar la vista atrás ya no es posible rechazar la imbatible realidad de que la juventud, de forma irremediable, dio paso a la madurez. En otras palabras, y como diría mi amigo Leo “uno ya va teniendo más pasado que futuro”. La cuestión es que, pese a ello, se ha vuelto una fastidiosa carga el reiterar que muchas veces la vida me sigue conduciendo por sus azarosos senderos.

Siempre vi en mis padres a personas seguras. También pasaron altibajos laborales, salariales y de otra índole, pero veía en ellos un aplomo que no termino de encontrar en mí ahora que he alcanzado su edad.  Sé que he ido cumpliendo mis objetivos poco a poco. Terminé la tesis doctoral; ya casi todo mundo piensa en mí como profesor (y cada vez menos como gestor académico); sin ganarme la vida con ello, no he dejado mi vocación de escritor; he incorporado el ámbito de la investigación a mi abanico de actividades; y se puede decir con certeza que en el aspecto sentimental la vida me ha tratado con indulgencia (quiero y me siento querido).  No obstante, no termino de ver ese control que suponía debería poseer como una ventaja de contrapeso a dejar de contar con esa “sonrisa de muchacho soñoliento/ —seguro de gustar—[…]”  de la que habla Jaime Gil de Biedma. Intentar aferrarme a esa época de ideales, anhelos y sueños se ha convertido en uno de los principales obstáculos para salir de este atolladero.

Dijo Sartre que “somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”. Pues con esto que la vida y su contexto han hecho de mí, estoy muy dispuesto a entrar en una nueva etapa de vida. [Me apropio de la analogía de Paul Auster] Ya va siendo hora de escribir un punto final en mi diario de primavera. Hace años que debí comenzar con el de verano, por muy incompleto que sienta que dejo el de primavera. ¿Por qué no? Puede que en él también queden plasmadas aventuras memorables.

Mientras tanto habrá que seguir andando, Orteguita… y escribiendo… mientras el día sigue gris.

R.III

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[1] Y sin saber contestar todavía a esas preguntas que hace Nietzsche en voz de Zaratustra: “Arrojaré esta pregunta a tu alma como una sonda para conocer su profundidad […] ¿Eres tú un hombre que tenga el derecho a engendrar a un hijo? ¿Eres tú el triunfador, el vencedor de ti mismo, el soberano de tus sentidos y el dueño de tus virtudes? ¿O bien, es tu deseo el grito del animal y de la indecencia? ¿O el temor a la soledad? ¿O la discordia contigo mismo?

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