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Sobre la hospitalidad

Decir que la sociedad actual está en un periodo de crisis no necesita mucha justificación. Se extiende con rapidez esa ideología que enaltece los nacionalismos, señala al extranjero, culpa al inmigrante, atenta contra el refugiado y promueve el levantamiento de muros o vallas con la idea de reforzar las fronteras. Los discursos de xenofobia se hacen más crudos y el velo de vergüenza que antes les ocultaba parece que ha desaparecido. Es como si ya no fuera motivo de bochorno las peroratas que promovían la desigualdad. Se acepta que la injusticia social es parte de un orden natural del mundo, así como lo es la idea de pertenencia y defensa de la tierra. La época entusiasta después de las dos guerras mundiales del siglo XX, que se sostenía en los derechos humanos, en definitiva ha perdido ímpetu.

El planeta está cada vez más polarizado, sin embargo esto no fue siempre así. Porque, aunque parece cosa del pasado, el valor de la hospitalidad llegó a brillar con esplendor. Así es, hubo una lejana época en la que los forasteros bienaventurados o aquellos, que tras la vicisitud de algún terrible incidente, eran bien recibidos en aquellas tierras a las que arribaban. Para echar un vistazo a este período hay que remontarse unos dos mil ochocientos años atrás y rememorar una de las aventuras más conocidas de la literatura universal. Tal vez, después de revisarla se pueda ver en la Antigua Grecia, y el mundo conocido hasta entonces, un sitio magnánimo a la hora de recibir a los extranjeros. Se trata, claro, de los cantos de Homero en La Odisea.

A lo largo de esta obra se puede apreciar la cortesía que tenían los naturales de una región cuando alguna persona llegaba a su hogar. Al extranjero no se le pedían cuentas de su procedencia y ni siquiera de su nombre. Primero se buscaba que descansara, comiera y bebiera hasta quedar satisfecho. Ya una vez complacido se podía charlar con él para averiguar quién era, de dónde venía y cuáles eran las razones por las que había llegado a esa tierra. En La Odisea existen muchos ejemplos del acogimiento de la época hacia los viajeros avenidos a las tierras patrias que se expresan a través de fórmulas con ligeras variaciones. Uno de ellos es cuando Telémaco, hijo de Odiseo, intenta acoger a Atenea quien se hace pasar por Mentes, caudillo de los zafios. Cuando Telémaco se encuentra con él, sin titubear, le dice lo siguiente: “Bienvenido, forastero, serás agasajado en mi casa. Luego que hayas probado el banquete, dirás qué precisas”.

Cabe especificar que los recibimientos no sólo se hacían entre la nobleza griega. No se tenía que llegar siempre a un palacio, ni tenían que llevarse ropas finas y llamativas para ser bien acogido. Odiseo llega a Ítaca disfrazado, gracias al poder de Atenea, de un viejo mendigo y es acogido por su siervo, el porquero Eumeo, sin éste saber que era a su amo a quien recibía. Eumeo es pobre y lo único que puede ofrecerle a Odiseo es la carne de los cerdos que cuida para su dueño y de los que tiene control; pero aún así no duda en ningún momento en darle la bienvenida: “Pero sígueme, vayamos a mi cabaña, anciano, para que también tú sacies el apetito de comer y beber y me digas de dónde eres y cuántas penas has tenido que sufrir”. Una vez que su huésped se encuentra saciado es cuando Eumeo se atreve a preguntarle su procedencia. Al igual que con los recibimientos, esta indagación se hace a través de fórmulas que durante todo el canto se repiten: “Vamos, cuéntame ahora, anciano, tus propias desgracias y dime con verdad para que yo lo sepa: ¿quién y de dónde eres entre los hombres? ¿Dónde se encuentra tu ciudad y tus hombres? ¿Cómo te han traído hasta Ítaca los marineros y quiénes se preciaban de ser? Porque no creo que hayas llegado hasta aquí a pie”.

Estos modelos de recibimiento son habituales en los cerca de quince mil versos que tiene el canto de Homero. Pero ¿por qué eran tan hospitalarios? Si buscamos la explicación en la literatura, la esencia de su cobijo se debe a tres razones principales. La primera es que muchos son los aventureros que solían recibir un exquisito acogimiento como huéspedes y, al volver a su casa, sentían un compromiso (de honor) en devolver estas atenciones. Un ejemplo es cuando Néstor increpa a Eteoneo, porque éste último duda si es menester dar un buen acogimiento al forastero (Telémaco) que acaba de llegar a su tierra (Macedonia): “Antes no eras tan simple, Eteoneo, hijo de Boeto, mas ahora dices sandeces como un niño. También nosotros llegamos aquí los dos, después de comer por mor de la hospitalidad de otros hombres”.

Otra de las razones es que era un gran honor recibir a extranjeros; una obra que sería considerada por los dioses: “Todos los huéspedes y mendigos proceden de Zeus, y para ellos una dádiva pequeña es querida”. El cristianismo también llegó a adoptar esta tradición y de ahí que el valor de la hospitalidad cobrara especial importancia durante la Edad Media. De ahí proviene el término “hospital” y “hospicio” y en esta época se construyeron los primeros hospitales que dieron cuidado a pobres y enfermos.

Por último, dentro de la mitología griega los dioses suelen bajar del Olimpo disfrazados de hombres, guerreros, mendigos o niños. Una persona no sabía cuando acogía a un hombre común o a un dios. Era su responsabilidad no ofender ni a uno ni a otro. Pero no sería extraño que se cuidaran especialmente de no tratar mal a una deidad.

En la actualidad las cosas son muy diferentes: se presencia una estigmatización del inmigrante y del refugiado culpabilizándole de problemas socio-económicos estructurales (cuando el fenómeno es justo el inverso). Las sociedades contemporáneas, por otro lado, olvidan rápido que generaciones pasadas fueron también inmigrantes o refugiados. Se asume que esas guerras y desgracias pasan en otros confines del mundo, sin pensar que tan sólo el siglo pasado mostró la inclemencia que episodios bélicos en este mismo confín. Se ve en los refugiados a personas ajenas, cuando cualquiera podría estar en una situación similar dados los azarosos designios políticos, económicos y bélicos que pueden hacer cambiar la suerte de los pueblos en breves periodos de tiempo.

Quizá sólo se trata de la pérdida del honor que alguna vez ostentaron los antiguos griegos. Por lo menos, gracias a Homero, quedaron inmortalizadas las buenas costumbres. Habrá que confiar en la evolución ética de la humanidad que quizá pueda recuperar estas buenas prácticas. En fin, que no muera la esperanza de volver a ver en el forastero al honorable aventurero que puede enseñar cosas que se desconocían o a recordar aquellas que no estaban ya presentes. Ahora más que nunca el valor de la hospitalidad debería inundar el corazón de las personas y así volver a ver el día de acoger, para ser acogido.

R.III

Las ideas principales de esta entrada aparecen en un artículo que publiqué en Literarias. Escritores de Asturias hace unos años.

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©R.III


Mis diez libros

En mi última entrada mencioné que iba a tratar sobre algunas acciones o hábitos que nos pueden ayudar mejorar nuestra sociedad. Sin embrago, voy a retractarme y colar esto antes.

El otro día acordé con una amiga que nos íbamos a pasar una lista con la recomendación de diez libros. Pensando en ellos, me di cuenta de que nunca he hecho una sugerencia de este tipo a través del blog. De hecho, fuera de alguna reseña puntual, nunca he comentado mis gustos literarios, aunque, paradójicamente, la literatura sea uno de los pilares en los que el blog se sustenta. También es cierto que hacer una selección de diez libros es, además de atrevido, complejo; es acotar en un puñado, cientos de deliciosas experiencias, donde ineludiblemente muchas exquisiteces quedarán fuera. En mayo de 2012 Sergio Vila-Sanjuán entrevistó a Mario Vargas Llosa en la Biblioteca Nacional de Madrid. Al final le preguntó cuáles sería los tres libros que se llevaría a una isla desierta. Bromeando él contesto que algo que no se hubiera leído como La muerte de Virgilio,  de Hermann Broch, “porque nunca he podido pasar de la cuarta página y en una isla desierta tendría que hacerlo”.

Intentar evadir estas preguntas es natural y este es el dilema en el que me encuentro. Así que más que mencionar los mejores diez libros que he leído, me he de conformar con hacer un listado con aquellos que han sido trascendentales en este camino que he emprendido por el mundo de las letras y que, por una u otra razón, se han convertido en mis “preferidos” (pese a que haya leído algunos otros mejor escritos).

Hay dos novelas a los que les debo mi pasión por la lectura. Cuando era pequeño mi padre me hacía leer a Emilio Salgari (teníamos una gran colección de sus libros), pero he de reconocer que las aventuras de aquellos piratas nunca llamó mi atención, de hecho llegué a detestarlos. Y sin embargo, los libros que él hojeaba sentado en el salón de casa no me dejaba leerlos aludiendo que eran de mayores. Yo lo veía desternillarse con ellos y mientras yo me aburría soberanamente con los de Salgari, envidiaba el buen rato que mi padre pasaba (de hecho, llegué a sospechar que fingía regocijo como una conspiración para fomentar mi hábito de leer). Así que un día le quité uno e intenté averiguar qué diferencia había entre los que podía leer y los que no. Efectivamente eran de mayores; mucho sexo y palabrotas, por lo que yo también reí e imaginé muchas “situaciones”. La experiencia fue completamente distinta y satisfactoria, pero sobre todo me ayudó a comprender lo que se escondía en la literatura. He de decir que de los dos escritores que mencionaré a continuación lo recomiendo todo, pero estos fueron los primeros libros de leí de ellos y aquí les hago un pequeño tributo.

1. Dos horas de sol de José Agustín

2. Días de combate de Paco Ignacio Taiblo II

Ya José Saramago era famoso desde que ganó el Nobel de Literatura en 1998, pero siento que aumentó su popularidad desde que falleció en 2010. Yo lo descubrí por dos razones: mi padre (nuevamente) y por lo del galardón. Recuerdo que algunos domingos mi papá nos llevaba a desayunar a Sanborns (una cafetería mexicana) y antes o después de pasar por el restaurante, paseaba un rato por los pasillos de la librería para finalmente comprar algún libro. Si mi memoria no me falla, tenía la costumbre de comprar las novela de aquellos autores reconocidos con el Nobel. Así llegó a mis manos la excelentísima novela que amplió mis horizontes literarios y me hizo fiel seguidor del escritor portugués:

3. El evangelio según Jesucristo de José Saramago.

Pasó el tiempo y yo seguí leyendo autores contemporáneos y en ellos me consolidé como lector. Pero me di cuenta de que tenía una carencia en mi haber de autores clásicos, así que decidí dejar la literatura contemporánea y probar suerte con ese género que ha conseguido mantenerse incólume en las librerías a través de los años. Aunque resulte extraño, fue tanto mi placer que dejé de salir con mis amigos los fines de semana, porque quería levantarme en las mañanas temprano para continuar embebido en esas historias todo el día. Tres son los clásicos que más me marcaron durante esa época (y hago trampa, porque el primero de los tres en realidad son dos libros, pero los uno por ser parte de un pack sobresaliente de hace poco menos de tres mil años).

4. La Iliada y la Odisea de Homero.

5. La divina comedia de Dante Alighieri (y eso que sólo me leí el infierno y el purgatorio, porque el cielo me pareció un tostón).

6. Guerra y Paz de León Tostoi

Cuando llegué a España di con dos escritores de los que nunca había oído hablar y que pronto se convirtieron en mis favoritos. Uno de ellos realmente es un maestro de las letras y la creatividad, pero debo admitir que han pasado por mis manos mejores escritores. No obstante, ambos autores hicieron de mi primera estancia en España un escenario de fantasía y trajeron alegría incluso en aquellos momentos más duros de mi inserción al mundo real.

7. El palacio de la luna de Paul Auster.

8. Océano mar de Alessandro Baricco.

Mi amigo y escritor Ángel Ramón Pastor me hizo una recomendación que nunca podré superar. Su libro me cambió la vida; me hizo encontrar un destino literario. No creo poder devolverle nunca el favor con una sugerencia similar.

9. Viaje al fin de la noche de Louis-Ferdinand Céline.

Tengo que terminar esta lista con otro clásico que leí recientemente (hace un par de años), aunque otro amigo Oscar Pérez Corona me llevase insistiendo años en que me adentrara en él. Pero los libros para convertirse en esos grandes acompañantes, tienen que llegar a tiempo. Y así llegó el que quizá sea el mejor libro que haya leído hasta ahora (sé que me arrepentiré muy pronto de la dimensión categórica que estoy dando a esta entrada del blog):

10. Los miserables de Víctor Hugo.

Obviamente me estoy dejando cientos de miles de páginas de clásicos y contemporáneos. Esta lista podría aumentarla a 100 y aún así al releerla encontraría el hueco de una gran ausencia. Pero el objetivo era diez y esto es lo que he hecho.

                                                                   R.III

Post Scriptum: Los otros dos libros que Llosa se llevaría a la isla desierta demás de la Muerte de Virgilio son –vaya coincidencia-: “El Quijote o Guerra y Paz y La Odisea”.

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