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Ironías del cuerpo humano

En la última entrada hablé sobre la supuesta perfección de cuerpo humano y mencioné a Walter Bradford Cannon, investigador médico que acuñó el término homeostasis para definir aquellos procesos que ocurren en el cuerpo humano para mantenerlo estable. Por motivos de espacio no quise mencionar una curiosidad en la vida de este fisiólogo. Cannon vivió acosado por más de cuarenta años por una dermatitis pruriginosa y exfoliativa y terminó falleciendo de una leucemia linfocítica crónica. Este investigador fue uno de los primeros fisiólogos en utilizar los rayos X como método de investigación (a tan sólo un año de su descubrimiento por Wilhelm Conrad Röntgen  (1845-1923). De hecho gracias a sus primeros experimentos pudo descubrir interesantes mecanismos del movimiento digestivo, lo que lo llevó a recibir la medalla Julius Friedenwald de la Asociación Gastroenterológica Americana (galardón que todavía se entrega hasta nuestros días, pero que inició con el mencionado nombramiento de Cannon). Desafortunadamente, en ese entonces, no se tomaban las debidas precauciones para el uso de estos rayos, lo que probablemente llevó a Cannon a contraer la dermatitis.

Esta enfermedad que lo acosó durante cuarenta años lo hizo padecer de un picor insoportable. Y hacia la última década de su vida sufrió intensamente por el prurito en las manos, brazos y piernas. El fisiólogo que escribió el libro la Sabiduría del cuerpo, irónicamente descubrió en su propia carne la carencia de orden que a veces queremos encontrar en nuestro sofisticado organismo.

R.III

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Lugar destinado para escribir la tesis doctoral sobre Walter Bradford Cannon.


El organismo y su perfección

El cuerpo humano es sorprendente como un conjunto. Los sentidos están estructurados de tal manera que sólo perciben aquellas sensaciones que pueden beneficiar o perjudicar al hombre, de forma que éste puede aprovecharlas o evitarlas. Por ejemplo, el dolor que percibimos por los impulsos nerviosos y que podemos englobar en el sentido del tacto nos avisa de una herida; imaginemos que no pudiéramos sentir cuando nos hacemos una cortada; las personas podrían morir desangradas sin darse cuenta de ello. La sangre en sí misma también alerta; de hecho es interesante que el color de este fluido sea tan llamativo. Tal vez es lo que nos lleva a asociar el color rojo al de alarma (señales de tráfico, cruz roja, prohibición, etc.). Por otro lado, el oído y la vista no puede percibir ciertas longitudes de onda como los ultrasonidos o los rayos ultravioletas; de esta forma el hombre no se vuelve loco en un mundo cuya cantidad de información podría dejar completamente desconcertado a cualquiera.

Walter Cannon fue el fisiólogo que acuñó el concepto de homeostasis (de homeo semejante, y stasis  estado fijo). Un proceso del organismo que intenta mantener una constancia de sus funciones para preservar la vida. “La condición constante que mantiene el cuerpo podría denominarse equilibrio. En todo caso, esa palabra viene a ser un significado bastante más adecuado cuando es aplicado a simples estados físico-químicos, donde fuerzas conocidas están compensadas. Los procesos fisiológicos coordinados que mantienen los estados constantes en el organismo son tan complejos y peculiares a los seres vivientes […] que he sugerido una designación especial para este tipo de estados, homeostasis”[1].

Un ejemplo sencillo es el que se da cuando, en altas temperaturas, el cuerpo libera calor a través del sudor para mantener estable la temperatura interna. Sin embargo, esta interacción de los distintos órganos va mucho más allá. Para empezar, si el calor se prolonga es probable que los osmorreceptores del hipotálamo detecten el aumento de concentración de solutos y la osmolaridad de la sangre; con lo que mandarán una señal para producir la sensación de sed. También los osmorreceptores favorecen la liberación de la hormona ADH para que el riñón concentre la orina y limite la pérdida de agua. Toda esta concatenación de acciones se activa para mantener el sistema estable. Desde que se encontró esta relación de procesos, el estudio del funcionamiento del cuerpo humano dejó de ser macanicista (ver al cuerpo como una máquina, cuyas partes se pueden estudiar de forma independiente) para volverse holista; o sea que hay que ver al cuerpo como un todo. Para los holistas, de no estudiar al organismo bajo esta perspectiva se pueden pasar por alto procesos cuya función repercute en otros sistemas con los que mantienen relación.

Y pese a esta  sofisticada maquinaria que es nuestro cuerpo, me parece interesante como esta supuesta perfección cuenta con cabos sueltos que parecen contradecir la sabiduría del cuerpo. Por ejemplo, ¿por qué cuando uno tiene varicela o alguna enfermedad parecida en la que por nuestro bien deberíamos evitar rascarnos en las llagas que brotan, el cuerpo parece empecinado en mantener un prurito que nos inclina a frotarnos? Si realmente existe tanta excelencia corporal ¿por qué el cuerpo no evita el picor y así previene una posible infección en caso de rascarnos con las manos sucias, o simplemente que no queden marcas?

Mi hijo hoy tiene conjuntivitis y me pongo un tanto nervioso cada vez que se lleva los dedos a los ojos. Sé que no puede evitarlo, pero eso sólo lo empeora. Además sus manitas no es que sean el colmo de la limpieza. Le riño y le retiro la mano cada vez que lo sorprendo, pero al rato ya está repitiendo la operación. Se desespera y lleva sus palmas a las mejillas, pasea los nudillos por los vértices de los ojos sin llegar a tocárselos; se acerca mucho y se estira la piel como haciendo ojos de chinito, pero consigue vencer la tentación unos minutos. Sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que esté otra vez frotándose. Sé que da gustito rascarse; ¡es tan placentero! ¿Cuántas veces no habré estado en la misma situación aplacando el picor restregando mis órbitas vigorosamente? Por un momento la sensación es celestial,  pero cada vez el cuerpo pide más y más. Por eso, aunque la sensación sea provocadora, le explico que entre más se rasque más le van a picar.

No estoy realmente preocupado; las gotas que le recetó el doctor lo van a aliviar, no va a perder la vista, ni mucho menos. Pero su incomodidad –qué duro esto de ser padre- hace más mella en mi espíritu que el propio malestar físico que le acosa. Esa impotencia por no poder aplacar su picor me hace plantearme algunas preguntas. ¿Dónde está esa máquina perfecta? ¿Por qué nos vanagloriamos tanto de ese “magistral” organismo? Quizá todas esas suposiciones no sean más que otra entelequia con la que los seres humanos nos conformamos.

R.III


[1] Cannon, W. B.,: The Wisdom of the Body, The North Library, New York, p. 24.

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