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Tus miedos

Vas de camino al trabajo, Orteguita, y de pronto te das cuenta, como si fuera fruto de una súbita reflexión, de que tienes miedos; como cualquier persona, piensas. Sí, pero muchos de ellos son absurdos e inexplicables; como los de cualquier persona, insistes dubitativo. Subes por las escaleras de la salida del metro Santiago Bernabéu y ves los puestos que se ponen cuando va a haber partido de fútbol. Entonces descubres que te dan miedo los partidos y todavía más la gente que va a esos partidos. No puedes justificar este temor y sabes que es injusto pensar así, porque no todos los que acuden a estos eventos son los energúmenos que te figuras. Sin embargo, cuando los ves increpar al equipo contrario, a los otros hinchas o al árbitro, ves en sus ojos la capacidad de matar. ¿A que sí, Orteguita?

También te da miedo la policía. Eres incapaz de ver en un agente a una persona apacible o bondadosa. Por eso siempre te ha sorprendido que alguien quisiera ese trabajo. Crees que en el fondo debe existir algún problema psicológico (quizá un trauma de la niñez) en el hecho de que un individuo quiera llevar una placa, una porra y una pistola. Sí, admites que no estás siendo ecuánime, pero así son los miedos, Orteguita, irracionales y a veces injustos. Aunque nunca hayas cometido ningún delito cuando ves a un policía no puedes evitar querer salir huyendo o el impulso de levantar las manos y entregarte.

De un tiempo a esta fecha te dan miedo las banderas. Es posible que no seas el único, Orteguita. En cualquier caso, aquí te pasa algo similar al temor que sientes hacia los hinchas del fútbol. Sabes que la gente también es capaz de matar por ese símbolo. No puedes evitar creer que la emoción del patriotismo en todas sus manifestaciones entraña peligro.

No lo ocultes; admite que te da miedo, aunque has tenido la suerte de que no te haya pasado, que tus alumnos se amotinen. ¡Cuántas veces no has imaginado que de un momento a otro la clase se va a salir de control! En tu imaginación los has visto como una jauría de chacales que comienza a gritar, a tirar sillas y a romper cristales, para después venir tras de ti. Pero más temor te produce el hecho que un sólo alumno te falte al respeto o se encare contigo. No sabrías cómo actuar, Orteguita.

En menor medida, pero no menos importante, es tu miedo a los centros comerciales cuando tienes que ir a comprar algo. Porque puedes ir sin problemas a comer o acompañando a alguien que quiere dilapidar sus ahorros. En cambio, cuando eres tú quien necesita alguna prenda nueva u otro tipo de producto, te generan mucha inquietud estas grandes superficies. No sabes por dónde empezar. Te agobias enseguida. Sientes la ansiedad del niño que ha perdido de vista a sus padres entre la muchedumbre y el sosiego sólo vuelve cuando sales de ahí. Una nimiedad, Orteguita, pero peor es tu fobia hacia los calambres. Eres incapaz de tocar algo de metal sin el temor de esa fastidiosa descarga eléctrica.

Por lo menos, Orteguita, no le tienes miedo a la muerte, ni al ridículo, ni a equivocarte. Tampoco temes a la soledad, al destierro social o a perder tus [pocos] bienes materiales. No te asustan los espacios cerrados ni los abiertos, las alturas o subir a un avión. Además, te encantan las películas de terror sobre todo cuando estás solo en casa. Por eso consideras que tus miedos son un despropósito, una ridiculez, casi un esperpento, pero cuando estás frente a ellos te sientes pequeñito y vulnerable. Por esta razón, hoy, que has pensado en ello, has comenzado a sentir miedo a tus miedos mientras el cielo sigue gris y los hinchas han tomado las calles.

                                                                                 R.III

 

 

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de leer El camino de Orteguita.

 

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©R.III

 


Hablemos mal del fútbol

Hoy escribo esta entrada en el blog para hacer catarsis. Por eso me salto esa auto-imposición de no escribir por aquí hasta terminar la tesis doctoral. Sin embargo, no puedo dejar de expresar mi creciente antipatía hacia el fútbol, y sí, también hacia muchos de sus seguidores.

Para los pocos lectores que sigan conmigo, he de empezar con la simpática concordancia que encuentro entre el análisis que hace Mario Vargas Llosa en su polémico libro La civilización del espectáculo en referencia al deporte en cuestión y mi propias perspectiva (hay otros aspectos dentro del libro muy cuestionables) . El escritor peruano comienza mencionando la diferencia que existe entre los deportes de corte clásico, especialmente los juegos típicos de la Antigua Grecia, que además de cultivar el cuerpo, alimentaban el espíritu y los actuales que se han convertido en un mero espectáculo embrutecedor:

“Entre los deportes, ninguno descuella tanto como el fútbol, fenómeno de masas, que al igual que los conciertos de música moderna, congrega muchedumbres y las enardece más que ninguna otra movilización ciudadana: mítines políticos, procesiones religiosas o convocatorias cívicas” (2012, p40.).

Una situación especialmente dolorosa cuando todo un país se encuentra al borde de la quiebra, donde cada vez se presencian más tragedias anónimas y donde el estado de bienestar comienza a ser una sombra alargadísima por lo lejos que está del objeto del que se proyecta. Se vive una época en que las personas deberían salir a las calles para protestar por la falta de transparencia de sus dirigentes, por la necesidad de buscar responsables de la bancarrota de los bancos, por la pérdida de esas garantías sociales apenas consolidadas y por la ausencia de una explicación sobre el rumbo que va a seguir esta nación. Y, en cambio, lo único que se percibe es una abulia constante, una desinformación mediática y apenas unos colectivos luchando por sus derechos. Pero de pronto juega España contra “x” país y las calles se llenan de camisetas rojas. Hordas de gente salen a la calle para apoyar su equipo. El país se destruye, pero da igual mientras se pueda ganar la Eurocopa. Con qué orgullo se cuelga cada ciudadano la victoria de sus deportistas y con qué indiferencia se ven las desdichas de sus propios conciudadanos.

Quizá esta crisis también colabore en el éxito que tiene este deporte como una de los mayores fenómenos de convocatoria de nuestra época. Como si la única vía de escape frente a la depresión del momento fuera el disfrute de un partido de fútbol. Pero esta situación a su vez es pábulo de los nacionalismos, de una violencia de lo más primigenia y del enajenamiento peligroso que puede llevar a los seguidores a perder su consciencia individual y dar salida a sus más innobles pasiones. Incluso alguno de mis amigos que tiene un carácter de lo más amigable, lo he visto transformado en Mr. Hyde al verse privado del disfrute de algún juego o por la pérdida de su equipo. Vargas Llosa ve en este deporte una forma en que el ser humano cubre su ansia de volver a ese estado primitivo:

“[…] en nuestros días, los grandes partidos de fútbol sirven sobre todo, como los circos romanos, de pretexto para desahogo a lo irracional, de regresión del individuo a su condición de parte de la tribu, de pieza gregaria en la que, amparado en el anonimato cálido de la tribuna, el espectador da rienda suelta a sus instintos agresivos de rechazo al otro, de conquista y aniquilación simbólica (y a veces hasta real) del adversario.” (ibíd.)

Lo que más me sorprende es que, al igual que la religión, el practicante o creyente del dios Fútbol busca nuevos allegados. He perdido la cuenta de cuantas veces, amigos y familiares, me han invitados a ver un partido. O bien me han querido explicar lo “fantástico”, lo “estratégico”, lo “profundo“–y alguno incluso lo “intelectual”- que subyace en este espectáculo. Varios me han tachado de intransigente por no querer unirme a las filas de esta nueva fe o por no querer llevar a mi hijo a algún partido. Los más moderados, considerarían una exageración pensar en este deporte como una religión y tan sólo lo equiparan con “un estilo de vida”. Pues lamento informarles que es un estilo en el que me encuentro fuera de juego.

Siento lo de Holanda Marc.


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