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La humanización de la salud sólo se consigue con las humanidades

Cuando estoy frente a alumnos de ciencias de la salud me gusta hacerles las siguientes preguntas. ¿Qué tipo de profesional prefieres? ¿Un médico grosero, antipático, que te trate mal, pero que acierte en el diagnóstico de tu enfermedad y te salve la vida o un médico amable y empático, pero que pueda errar en la causa y tratamiento de tu patología? La inmensa mayoría contesta sin mucha duda que prefieren el primer tipo de médico; qué importa que el profesional de la salud no se muestre empático, lo que se espera de ellos es que te salven la vida. Los filósofos Antonio Casado y Cristian Saborido definieron el concepto de cultura bioética que consiste en ese grupo de expectativas y presunciones sobre el trabajo diario en el ámbito de la salud. Es decir, la idea que tenemos los legos (personas que no pertenecemos al sector sanitario) sobre el día a día de los profesionales de la salud. La mayoría de los alumnos con los que trato este tema también podrían entrar en este grupo, pues todavía no saben exactamente lo que será su futura vida profesional.

Gran parte de esta cultura bioética la generamos a partir de las noticias que escuchamos en los medios de comunicación, los libros que leemos y, sobre todo, de los productos audiovisuales que consumimos. En este último punto hay cuanto menos dos series de televisión que han tenido un impacto en nuestra cultura bioética: House y The Good Doctor. Ambas han influido en generar una serie de ideas equivocadas sobre la atención médica. Tanto el Dr. House, como el Dr. Murphy son dos médicos que podrían considerarse genios y que siempre aciertan en el diagnóstico de las extrañas enfermedades que presentan sus pacientes. Atinan, según estas series, ahí donde otros profesionales fallan. Sin embargo, en el caso del Dr. House estamos hablando de un médico insensible, carente de empatía, que considera que el paciente siempre miente y que llega incluso a ridiculizarles con su particular humor negro. El Dr. Murphy no es que sea un cretino como House, pero al tener asperger (un trastorno del espectro autista) no cuenta con las competencias relacionales que le permita mostrar su empatía hacia el paciente, comunicar de manera sensible los diagnósticos o hacer sentir la confianza al paciente en su labor asistencial. Estos personajes ejemplificarían al primer tipo de profesionales en la pregunta que planteo a los estudiantes de ciencias de la salud.

Ambos personajes pertenecen al mundo de la ficción. Son un producto comercial inexistente en la vida en real. Las series no muestran lo que pasa en realidad en un hospital. Basta pensar cuántas enfermeras aparecen en estas series o cuántos servicios asistenciales existen en el mundo donde un médico sea capaz de saltarse los protocolos de actuación sin consecuencias negativas para él o que cuente a su vez con un equipo de doctores a su completa disposición como pasa con House. El día a día de los profesionales de la salud (los de verdad) dista mucho de lo que se ve en estas series. Además, existe un peligro cuando nos dejamos influir por estos contenidos audiovisuales y consideramos que así es la atención sanitaria. Dentro de estos prejuicios se encuentra el considerar que el objetivo del personal sanitario estriba en curar enfermedades. Para empezar la mayor parte de las patologías no se curan, se controlan. Albert Llovel, médico, escritor y enfermo, decía: “Yo ya acepto que no me van a curar, pero me costaría aceptar que no me van a cuidar”. El cuidado de los pacientes parece ser un aspecto mucho más relevante que el curarles, pero de ello nunca se habla. Para poder cuidar con calidad hay que ser un profesional de la salud empático, compasivo, que irradie confianza… Otro gran peligro que se desprende de la cultura bioética es la deshumanización de la atención sanitaria al ver en el paciente una patología, en lugar de considerarle una persona cuya dignidad está por encima de su condición socioeconómica o cultural. En palabras de Edmund Pellegrino: “para curar a otra persona debemos comprender cómo la enfermedad lesiona su humanidad”.

En la actualidad se está haciendo un enorme esfuerzo por humanizar de nuevo la salud. Sin embargo, para ello es fundamental llevar el conocimiento de las humanidades a la formación de los estudiantes de ciencias de la salud. Mostrar que no todo se trata de saber poner una vía, administrar un fármaco o diagnosticar una patología, es decir, de una formación técnica. Es cierto que en los actuales programas universitarios existe una atención relativa a asignaturas como psicología, antropología de la salud, comunicación sanitario-paciente e, incluso, la bioética ha ido entrando en los planes de estudio. No obstante, hay una marginación de disciplinas como la literatura, la historia y la filosofía (enfocadas a la salud) que podrían dotar de humanidad a estas profesiones. Un aspecto que recuerda aquella frase de José Letamendi: “el médico que sólo sabe de medicina, ni de medicina sabe”.

El profesional de la salud siempre ha sido una figura admirada. Esto se debe a que existen un personal sanitario que con sus cuidados, amabilidad, empatía y compasión consiguen permanecer en el recuerdo de sus pacientes. No debemos olvidar que cuando uno acude a ellos lo hace en un estado de fragilidad. La enfermedad le recuerda al hombre su vulnerabilidad, por eso es que en esos momentos agradecemos la compañía no de un buen profesional de la salud, sino de un profesional de la salud bueno.

 

R.III

 

salud y humanidades

 

Este texto apareció en la revista Nuestra Revista, n. 28 de enero de 2019.

 

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Si te ha gustado esta entrada visita una reflexión sobre Comunicación, ética y salud.

 

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©R.III

 

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Comunicación, ética y educación

Es popularmente conocido que los médicos  llevan a cabo el pronunciamiento del Juramento Hipocrático como un antiguo rito de iniciación para adentrarse en su profesión. Consiste en un compromiso que expresa unas reglas éticas que el médico debería seguir al ejercer su oficio. El juramento original es un brevísimo código deontológico que expresa ciertas obligaciones como son: evitar el daño o perjuicio al paciente a través del tratamiento; nunca dar un fármaco letal o abortivo; atender al paciente sin incurrir en prácticas corruptas, con ellos o sus familiares (especialmente las sexuales); y guardar discreción de la información que oyese de los pacientes o sus familiares durante su consulta.  Fue así como formó parte inherente de la práctica médica, y a más de 2000 años de su probable creación (s. V ó IV a. C.), el juramento fue reformulado en la Declaración de Ginebra de 1948 y más tarde por el Dr. Louis Lasagna en 1964.

Lo cierto es que este código que rigió la moralidad en la práctica médica por más de dos milenios, no habla en absoluto del derecho que tiene el paciente de saber la información sobre el diagnóstico de su enfermedad y de los posibles tratamientos. Tampoco menciona si es el médico quien tiene la obligación de brindar al paciente este conocimiento y, mucho menos, si debería otorgar al paciente la libertad de aceptar, rechazar o elegir entre los posibles métodos de curación que podrían aliviar su malestar. No es de extrañar que durante siglos y siglos fuesen los doctores quienes tomaran las decisiones sobre la terapéutica a seguir de forma unidireccional. De hecho, no es hasta las décadas de 1950-1960 cuando se empieza a valorar la autonomía del paciente.

El paternalismo médico es el término que se ha utilizado para ilustrar el papel que ejercía el médico en la toma (inapelable) de la decisión sobre los métodos terapéuticos. Se le llama paternalismo porque se entiende que existe una beneficencia (un padre actúa en la defensa de los mejores intereses de sus hijos) y una legitimidad (un padre tiene el derecho de ejercer decisiones en nombre de sus hijos, independientemente de que dicha decisión pueda ir en contra de la voluntad de los menores). Por tanto, el médico paternalista es el profesional que limita la autonomía del paciente, bien sea porque considera que las decisiones que él toma tienen la finalidad de beneficiar al paciente (aliviar su malestar o enfermedad), o porque cree que tiene toda la legitimidad que le brindan sus años de estudios para tomar la batuta en las decisiones (y que el paciente no es capaz de asumir).

Hoy en día el paternalismo médico está denostado. Incluso ha dejado el terreno ético, para aterrizar en el terreno legal. Un doctor ahora tiene el deber de informar al paciente sobre la enfermedad, el tratamiento que le sugiere seguir, otros tratamientos alternativos (si existen), etc. Con esta información el paciente tiene el derecho de decidir qué hacer con respecto a su salud; esto quiere decir que se ha consolidado su autonomía. O eso queremos creer. El hecho de que en cada intervención médica te den a firmar un documento conocido como consentimiento informado, en el que se expone una larga lista de tecnicismos y posibles peligros, ¿realmente está otorgando al paciente el libre ejercicio de su autonomía? Más bien parece ser un documento legal que quitará responsabilidad al centro hospitalario, al doctor y demás personal sanitario, si algo no sale como se esperaba.

Por esta razón, el consentimiento informado no es suficiente, desde el punto de vista ético, para que el paciente pueda ejercer su autonomía. Aquí entra una dimensión que también ha sido puesta en práctica desde los inicios históricos de las relaciones de ayuda[1], pero que no es hasta hace relativamente poco que se ha comenzado a estudiar y sistematizar (también hacia los 50-60): La comunicación entre paciente y profesional de la salud. ¿Si el profesional de la salud no cuenta con una destreza comunicativa cómo puede ser capaz de informar de forma efectiva al paciente? ¿Si no existe una comunicación efectiva, cómo puede hablarse de autonomía del paciente?

Existen muchas dimensiones pero, para ejemplificar brevemente esta relación entre ética y comunicación, hablaré sólo sobre la adecuación del lenguaje. Si un profesional de la salud usa demasiados tecnicismos a la hora de explicar a un paciente su enfermedad, éste no comprenderá la gravedad/levedad de lo que le sucede, quizá tampoco entienda en qué consiste el tratamiento que el profesional le sugiere y mucho menos sus alternativas. Al encontrarse en una posición débil, es probable que opte por hacer lo que el profesional le indique, sin apenas cuestionarlo. En otras palabras, no está haciendo uso de su autonomía y el médico está siendo paternalista (pese a que él justifique que en su actuación le he explicado al paciente su malestar y las opciones que tenía). En el otro extremo se encuentra el profesional que, con el afán de que su paciente pueda comprenderle, le explica todo de manera simplista. De esta manera le ayuda a entender de forma muy general la causa de su malestar, pero no llega a informarle de particularidades fundamentales como puede ser la duración del tratamiento, la posible actuación “invasiva” de una determinada terapéutica, posibles consecuencias a mediano y largo plazo, etc. Esta simplificación excesiva también puede poner en riesgo la autonomía del paciente, pues éste puede llegar a optar por un tratamiento complejo y de consecuencias serias, por creer que era algo más sencillo, o simplemente no tomarse en serio un régimen, una medicación, etc. Diapositiva1

 La semana pasada tuve la oportunidad de asistir al seminario debate Conflictos éticos en psiquiatría y psicoterapia. Entre los ponentes, que contaron cosas sumamente interesantes, se encontraba el Dr. Fernando Santander, quien habló sobre ciertas dimensiones éticas de la psicoterapia. Me gustaría rescatar de su intervención lo que él llamó el contrato terapéutico que debería existir entre un paciente y su psicoterapeuta, pero que creo bien podría aplicarse a toda relación de ayuda. En dicho contrato hay que ofrecer una orientación teórica sobre la psicoterapia específica a seguir, explicar los hechos que acreditan al profesional (formación, psicoterapia en la que está especializado, etc.), explicar el diagnóstico, definir los objetivos, el método, las metas y limitaciones de la terapia, informar sobre la duración, modos del tratamiento, los derechos del paciente y, en general, todo aquello que facilite una relación franca, leal y transparente.

Todos los presentes éramos especialistas (o en camino de serlo) en temas relacionados con las ciencias de la salud y su relación con aspectos éticos o, más explícitamente, con la bioética. Sin embargo, esta información me parece tan útil que me preocupó el hecho de escucharlo en en un foro especializado, cuando ya debería estar enseñándose en las aulas a estudiantes de medicina, enfermería, fisioterapia y otras profesiones afines a las relaciones de ayuda. Por esta razón, un tercer vértice del triángulo de excelencia del profesional de la salud, se encuentra en brindar una sólida educación sobre este tipo de destrezas transversales (como es la comunicación), así como de un aspecto humanístico que incluya la dimensión ética. La relación de ayuda está incompleta sin estos eslabones y de nosotros depende que estos elementos se incorporen cada vez más en la atención sociosanitaria.

R.III

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[1] Prefiero usar la generalización de relación de ayuda, para que no parezca que estos temas sólo pertenecen al ámbito médico-paciente. También corresponden al personal de enfermería, a fisioterapeutas, psicólogos y en general toda relación en la que una persona tiene un malestar (enfermedad, herida, angustia…) y una persona que cuenta con los conocimientos para ayudarle a superarlo.

 

 

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Si te ha gustado esta entrada, no dejes de visitar http://unviajepersonal.com/ otro blog de Ramón Ortega (tres).

 

Pincha sobre el enlace, si quieres saber más sobre Los médicos que no se levaban las manos.

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Cambiar el mundo

Al final de la película Noviembre, de Achero Mañas, uno de los personajes dice una frase que me conmovió (parafraseo): “Antes luchábamos por cambiar el mundo, ahora lucho porque el mundo no me cambie a mí”. Aunque cuando la vi, se podría decir que yo seguía estando en la etapa de querer (y creer que podría) modificarlo; ya presentía que tarde o temprano me acercaría a ese momento en el que las presiones sociales (trabajo, familia, etc.), el tedio resultante de la cotidianidad, el exhaustivo camino de buscar sin encontrar y un creciente espíritu de resignación, me llevarían a alejarme de esa idea romántica que perseguía hacer del sitio que habito, un lugar mejor para vivir. Aunque huya mi mirada de ese camino recorrido, debo admitir que ya he llegado a ese punto: el desencuentro de lo que soy y lo que quería llegar a ser. Afortunadamente sigue existiendo ese empecinamiento por intentar ser el mismo de antes; continuar siendo recto, solidario, humano. Pero humildemente—o tal vez derrotado— he de aceptar que poco podré hacer desde mi posición por cambiar esta sociedad corrupta, enferma y hostil. No creo tampoco haber tirado la toalla; y si lo he hecho, siempre he terminado recogiéndola. Pero algo ha cambiado.

               Una de las razones por las que me gusta mucho dar clases es por el hecho de estar rodeado de personas jóvenes. En ellos se encuentra la fuerza y la esperanza. Cuando los más motivados vienen y me muestran lo que escriben, realmente están convencidos de llegar a ser grandes escritores, artistas, guionistas o filósofos. Yo también lo llegué a creer con mucha ilusión. Recuerdo que cuando vine a estudiar a España sentía tanta vitalidad y energía que creía poder comerme el mundo. En ese entonces solía decir, no sin cierta arrogancia, que ya estando en México consideraba que iba a realizar grandes obras, pero que dada la oportunidad de viajar a Europa, el horizonte de mi futuro se ampliaba, tan próspero, que no podía ya imaginar todo lo que lograría. El tiempo me ha mostrado que era un iluso; me enseñó la crudeza de los convencionalismos, de lo rutinario, de la inconstancia, pero sobre todo de la diferencia ontológica del universo onírico y del real; siendo éste último el que irremediablemente sabe imponerse sobre aquel.

                La juventud tiene ese empuje y ese es el motor de nuestra sociedad. Esa energía a veces llega a buen puerto, pero hay que ser constantes. Por eso no me gusta echar por tierra los anhelos que se agolpan en el espíritu de los alumnos cuando dirigen su pasión hacia algún proyecto. Pienso que mi infortunio no tiene por qué prolongarse también en ellos. Además, me he dado cuenta que aunque ya no tenga ese impulso para poner en marcha ambiciosas propuestas, a través de consejos, orientación y una buena provisión de ánimo, son ellos los que quizá consigan confeccionar esas “grandes” obras.

              También recuerdo—estoy reiterativo con el tema— que cuando llegué a España mucha gente fue muy generosa conmigo y me ayudó a ubicarme en esta nueva sociedad. A muchos de ellos no los he vuelto a ver y sé que no seré capaz de devolverles el favor. Sin embargo, he descubierto que ahora soy yo el que ayuda a otros que vienen, les intento proporcionar las nociones que necesitan para establecerse. Creo que ese es el orden universal. Hubo quienes pusieron las bases para que nosotros pudiéramos desarrollarnos y ahora nos toca a nosotros sentar los cimientos de aquellas generaciones venideras. Y hay que hacerlo al puro estilo de Antonio Gramsci que decía que era un pesimista teórico, pero un optimista práctico. O sea, está bien señalar los problemas de nuestro entorno, pero no se puede uno conformar con esas quejas de cafés literarios o filosóficos; rodearse de otros que piensan como uno para criticar al unísono. No, hay que devolverle a nuestro mundo una creación o producto positivo, aunque sea modesto. Y si ya no tienes energía para hacerlo tú mismo, apóyate en los jóvenes. Guíales con tu experiencia por los caminos que les ahorren los baches que ya conoces.

                Mucha gente me habla de las crisis de los treinta, de los cuarenta, de los cincuenta. Es cierto que ir alejándose de la juventud nos entristece. Sin embargo, yo cuando cumplí mi trigésimo aniversario (hace ya casi un lustro) me di cuenta que por primera vez había tomado las riendas de mi vida. Que, a pesar de que ella me seguía imponiendo sus azarosos caminos, me podía conducir por ellos con mayor resolución. Y esa sensación de seguridad me gustó. Creo que eso lo brinda la experiencia, aunque también sea la que te hace más prudente; menos atrevido. Quizá soy un conformista; ya que he visto derrumbarse mis grandes esperanzas, me incluyo en las glorias que pueden conseguir aquellos que vienen atrás. Pero me gusta pensar que todavía puedo ofrecer algo. ¡Claro! Si no lo pensara no estaría escribiendo estas líneas. No estaría volviendo a una nueva etapa de Cuando el hoy comienza a ser ayer. O tal vez sólo sea una catarsis. Pues si lo es, además de funcionar y hacerme sentir un poco mejor, creo que me ayudará a seguir luchando para que el mundo no me cambie.

R.III

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¿Ciclo o espiral descendente?

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Lo que se esconde detrás de las ventanas


La economía del Bien Común

salvadosSiempre que veo Salvados me pongo de mal humor y por lo que he hablado con amigos, sé que no soy el único al que le pasa. Este programa tiene la cualidad de exaltar los nervios de los ciudadanos, pues les muestra la realidad de la sociedad en la que viven. Una sociedad mediocre, corrupta y, en general, en declive de sus valores éticos. Las entrevistas que hace Jordi Évole a políticos, periodistas, empresarios y representantes de organizaciones varias, en conjunto a una investigación periodística que revela una serie de datos de los temas que trata en sus programas, confecciona una bomba que estalla en ese sitio donde se aloja la indignación del espectador. Las denuncias que hace sobre los malos políticos y sus nefastas medidas, sobre el enriquecimiento atroz de empresarios y banqueros o sobre lo desprotegido de grupos sociales que viven marginados por su condición, no pueden deja

r indiferente a los telespectadores. En mi caso, por lo menos, cuando lo veo se me hace un nudo en la garganta y me duele el estómago de la irritación que me causa presenciar tanta corruptela.

Pero curiosamente, hace unas semanas, echaron la repetición de un programa (de junio el original) que yo no había visto y que, a diferencia de otros, me dejó con un muy buen rollo. Jordi lo tituló “Reiniciando España”. En él nos muestra cómo hay personas en este país que han decidido salir de la dinámica decadente de esta sociedad y que han puesto en práctica una serie de acciones, con la intención de contribuir positivamente al crecimiento social. Desde bancos cuyas inversiones son transparentes y encaminadas a acciones humanitarias, hasta empresas originadas para dar empleo a personas en riesgo de exclusión (y que son rentables). Pero sobre todo divulgó los principios de la política económica del Bien Común.

La economía del Bien Común fue propuesta por el economista austriaco Christian Felber y consiste en una alternativa al voraz capitalismo, pero sin tener que renunciar por completo a él a través de sistemas antagonistas como ha sido el comunismo. De hecho, la propuesta es ciertamente muy sencilla y de rápida aplicación si las personas tuvieran la voluntad de ponerlo en marcha. Se basa en la idea de que cualquier actividad económica debería servir para el “bien común” de su sociedad. Por tanto debería intentar perseguir una serie de valores que se consideran correctos o aptos para la consecución de dicho bien común, por ejemplo la honestidad, responsabilidad, solidaridad, confianza, generosidad, compasión, entre otros.

¿Cómo hacerlo? Primero, favoreciendo de alguna forma a aquellas empresas que apliquen estos valores en sus normativas, de tal manera que protejamos su permanencia en el sistema económico, mientras que sancionemos a aquellas otras empresas que no pongan en práctica estos valores. Una vez iniciada esta dinámica de compensaciones y sanciones, se orillaría a que todas las empresas se integraran en el sistema del bien común, consiguiendo que desaparezcan las “malas” (hoy en día “normales”) prácticas empresariales.

¿Y dónde podemos apreciar estos valores en una empresa? Aunque estoy simplificando mucho las ideas de Felber, creo que las medidas pueden deducirse por sentido común. Aquellas empresas que contaminen menos el medio ambiente, que hagan un uso responsable de los beneficios, que tengan un equilibrio proporcionado de los sueldos de todos sus empleados (el empleado que más gana en la compañía, no debe tener un salario mayor a 20 veces del sueldo más bajo en dicha empresa)[1], que promuevan una mayor igualdad entre sus empleados (mismas oportunidades entre hombres, mujeres, personas con capacidades diferentes, etc.), que colaboren activamente en acciones sociales, entre otras cosas, serán las que más se acercan a los valores mencionados. Por tanto, aquellos consorcios que apliquen en sus políticas este tipo de medidas serán premiadas con una serie de puntos. Estos puntos, tendrán una serie de niveles, que se reflejarán en ventajas fiscales u otros beneficios como el reconocimiento social de estas acciones (lo que podría generar mayores ventas).

¿Cómo puede reconocer estos niveles el consumidor? La idea de Felber consiste en dar a cada nivel un color, que podría exhibirse en los productos que están en la venta al público. De tal manera que las personas puedan identificar fácilmente aquellos productos cuyas empresas colaboran más al bien común de la sociedad, de aquellas otras que no lo hacen (o que están en camino hacia ello, pero que todavía no lo hacen del todo, etc.). Finalmente el consumidor responsable, comprará sólo aquellos productos que cumplan mejor este baremo. Finalmente, el concepto tan usado en la economía capitalista de “competencia”, iría cambiando por el de “cooperación”. Si conseguimos que la economía coopere con la sociedad en la que convive, daríamos un impulso a ésta beneficiándonos todos de ello; o sea obteniendo un bien común.

Esta política no es una utopía. Sólo bastaría organizar auditores honestos que evaluaran a las empresas y les asignaran un nivel. Una vez hecho esto, se podría asignar un tiempo para una nueva evaluación y a partir de ese momento comenzar la dinámica de compensaciones y sanciones. Por otra parte, los consumidores tendríamos la responsabilidad de fijarnos en el baremo que se exhibe en los productos. Lo ideal sería consumir sólo aquellos productos cuyas empresas están tomando medidas encaminadas al bien común y despreciar aquellos que no. Con un poco de voluntad política y ciudadana se podría poner en marcha este sistema ético de producción económica. Con el tiempo, sin dejar el sistema capitalista, la sociedad sería más igualitaria. ¿A qué esperamos?

R.III


[1] Según la teoría de Felber sobre este punto, el empleado peor pagado, imaginemos que gana el salario mínimo interprofesional de España (645 euros), ocasionaría que el directivo más importante ganara 12,900 euros al mes. Me sigue pareciendo un súper sueldo; lo que me lleva a pensar ¿cuánto más ganan ahora los directivos en la actualidad?


Reflexiones sobre el universo

Hay dos aspectos que me asombran sobre la naturaleza del universo. La primera es que en la actualidad consideramos que éste es homogéneo. Desde el polvo de estrella, hasta la mesa que sostiene el ordenador desde el que leéis estas palabras o, incluso, nosotros mismos; todo se compone de las mismas partículas subatómicas. Hasta donde sabemos, todas ellas son idénticas. Pero su unión forma átomos, estos átomos forman moléculas, de su unión se producen compuestos y así hasta formar sustancias o células, órganos, sistemas… objetos o seres vivos. ¿Qué es lo que ocasiona que esas partículas idénticas formen seres tan distintos? Parafraseando a Ernesto Cardenal: pensar que todo es debido al azar requiere de un acto de fe tan grande como el de pensar que todo es obra de un diseño superior. Quizá lo más prudente sea asumir que esta respuesta no atañe a la mente humana.

 

 

Por otro lado, me encanta la idea de la interrelación de estos objetos en el universo. Según Edward Lorenz (creador de la teoría del caos) todo en el universo está interrelacionado por una concatenación de causas-efectos que lleva a que la alteración más minúscula pueda ocasionar el cambio más significativo. De ahí que el aleteo de una mariposa puede crear un tsunami en el otro lado del mundo. Levantarse diez minutos antes o diez minutos después pude cambiar nuestro día, nuestro año o nuestra vida. Todas las variables que nos rodean participan de forma significativa en nuestro desarrollo. Incluso, con una reflexión intensa se puede seguir el rastro hacia atrás de lo que nos ha llevado a este punto en el que nos encontramos. Lo malo, es que ni el ordenador más potente, podría nunca asumir todas las variables para encaminar el rastreo en sentido contrario y predecir lo que se avecina.

 

Especialmente por esa otra ley de la termodinámica que dice que tendemos a la entropía; o sea, al caos. Cuando un vaso se cae de la mesa y se rompe al estrellarse en el suelo, se desprende una presión, calor, influye en el acto la fuerza de la gravedad, la de fricción, etc. Pues aunque toda esta energía (calor, presión, etc.) la pusiéramos en común, justo en la misma magnitud en la que se produjo cuando el vaso se despedazó, lo cierto es que eso añicos de cristal jamás se unirían y subirían hacia la mesa dejando el vaso intacto.

 

Pero volviendo al tema. Si la teoría que afirma que el universo es homogéneo y la teoría del caso son ciertas ¿por qué nos empeñamos en marcar constantemente diferencias? Estos dos aspectos de la naturaleza nos invitan a pensar que todo lo que hay en el universo, no sólo es idéntico en esencia, sino que además todo está mucho más unido de lo que parece. Por eso es que hay que poner especial cuidado en nuestras acciones para que se encaminen a la protección de todo lo que nos rodea; personas, animales y naturaleza en general. Y para conseguir esto hay que ser humilde. Hay que saber que incluso la acción más insignificante puede revolucionar nuestro entorno. Cuando no sólo entendamos estas dos teorías, sino que las interioricemos, viviremos más en armonía, protegeremos más nuestro hogar (el universo) y, por ende, cuidaremos mejor de nosotros mismos.

R.III

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