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España

Me gustaría poder persuadirles de que los ideales que defienden no existen. Querría que se dieran cuenta de que todo es una construcción social. Que esas emociones se sostienen en ideas inventadas y que si nos afectan o mueven hacia la acción, tan sólo se debe a que las conocemos desde que tenemos uso de consciencia. Los conceptos de nación, independencia, bandera, patria, territorio… son irreales. También lo son, hay que reconocerlo, las nociones de democracia, estado de derecho, libertad… De no ser así, ¿cómo se puede explicar que dos bandos encontrados amparen su defensa en las mismas nociones? ¡Cuántos miles de años no ha vivido la humanidad sin la existencia de ninguna de esas ideas! Nada hay de natural en ello; todo es una gran invención.

No encuentro razones convincentes para conseguir que relativicen su mundo; que adviertan lo pequeño que es. Cómo explicar que la vida se les está yendo luchando, separando y odiando, en lugar de cooperando y amando. Cómo mostrar que con estas líneas no estoy favoreciendo a un bando o a otro. ¡Pobres hombres que no tenemos nada más que creencias; ficciones!

Quisiera poder convencerles, pero esa labor es imposible y en el fondo fútil. El pensador agudo sabrá que este discurso es tan sólo otra construcción social; otra ficción con tanto o con nulo valor como aquella contra la que lucha. Además, para mi infortunio se trata de una idea pequeñita, aislada y carente de atención. Hoy las miradas se centran en la vehemente realidad de la polarización. Me gustaría poder persuadirles, pero en lugar de ello me voy a pasear al campo.

 

R.III

 

 

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©R.III


Orgullosos de nuestro español

España y los países hispanoamericanos pueden sentirse orgullosos de su lengua. El español es estudiado por más de 20 millones de alumnos, es hablado por unos 500 millones de personas y es valorado en muchos países por su prolijidad y belleza; además sigue creciendo su uso tanto en revistas, como en internet y se ha llegado a estimar que dentro de tres o cuatro generaciones el 10% de la población mundial se entenderá en español. Sin embargo, los países hispanohablantes no sólo estamos unidos por el idioma, también nos liga un espíritu de picaresca y sinvergüencería. Es una generalidad, pues es cierto que también existen hombres honrados y con una moral intachable, pero no nos engañemos, en estos países abundan los corruptos y aprovechados. No sólo se trata de “una casta”; término tan en boga, y no sin razón, en España. Los dirigentes y políticos en general han perdido todo resquicio de honorabilidad y se han ganado a pulso el apelativo de ladrones en todas sus variantes: chorizos, saqueadores, estafadores, etc. Pero hay que tener los ojos bien vendados para pensar que estos abanderados del comportamiento poco escrupuloso son los únicos elementos de la sociedad que ostentan el estandarte de lo truhan. Si se hiciera una analogía, ellos son los síntomas de una enfermedad que nos carcome a todos desde la infancia y que ha construido nuestra realidad tal y como la conocemos.

El otro día transmitieron en un canal de televisión de España un reportaje sobre “la corrupción” en Dinamarca. Se les preguntaba al azar a los daneses en la calle, cuál era el último escándalo en el que se había visto envuelto alguno de sus políticos. La mayoría de ellos después de meditar su respuesta terminaban por expresar un franco “no sé”; una contestación muy sintomática de su esquema moral. Simplemente no eran capaces de recordar el último acto de delincuencia en el que alguno de sus políticos había estado metido. También es cierto que su honestidad les llevaba a admitir frente a las cámaras que, pese este tropezón memorístico, era casi seguro que estos procesos delictivos sí existían en este país nórdico. Ahora pregunto a los amables lectores de esta editorial, muy probablemente hispanohablantes: ¿cuál ha sido el último escándalo de corrupción que recuerdan? Seguro que ahora mismo en su memoria se agolpa una cantidad innumerable de casos; pero ni siquiera haría falta acudir a la mnemotecnia, bastaría echar una ojeada al periódico de hoy para descubrir un nuevo procedimiento. ¡Qué remedio, así son nuestros políticos, así son los de Dinamarca! Otra vez la picaresca nos traiciona. No señores, no echemos balones fuera, así somos la mayoría de las personas que vivimos en estos países.

A veces olvidamos que cuando nos ofrecen un precio por un producto, pero al pedir una factura nos dan otro (por eso del IVA) y nos quedamos con el primero, estamos siendo tan corruptos como esos políticos que criticamos (también si lo ofrecemos, claro está). Cuando copiamos en un examen, somos igual de estafadores que ellos. Si intentamos sobornar o permitimos que nos sobornen (no importa el cargo, cuantía o excusa), al hacerlo estamos cayendo en la misma indecencia que ellos. Si nos damos cuenta de que nos devuelven más cambio en una tienda y aún así nos quedamos con él, somos tan ladrones como ellos. Si no pagamos los impuestos y lo justificamos con el viejo argumento de que es preferible quedárnoslo nosotros a que se lo queden ellos, no nos engañemos, somos igual de sinvergüenzas.

Que el que escribe estas palabras está libre de pecado. Mucho me temo que no. Ya me hubieran lapidado tiempo atrás (y seguro que algunos ahora están deseando hacerlo, porque las verdades duelen). Si buscamos una razón a esta degradación quizá la encontremos en que he sido educado en una cultura en la que si no te aprovechas eres tonto; si no eres tú el que abusa, alguien abusará de ti; y si haces las cosas correctamente, esperando lo mismo de los demás, eres un ingenuo. No es de extrañar que una de las acepciones de “pícaro” sea la de astuto y taimado. Así educamos a nuestros hijos. Los queremos proteger de nosotros mismos; de nuestra moral y lo justificamos diciendo ¡que espabilen! Nos encantan los atajos, conseguir el éxito con poco esfuerzo, en pocas palabras, dar el pelotazo. Sí, oímos esa retahíla del esfuerzo, la decencia, la integridad y demás, pero lo hacemos como un sonsonete inocuo que no comulga con lo que vivimos en nuestra vida diaria.

Las comparaciones son odiosas, pero si escarbamos en esas sociedades que nos impresionan por su escasa corrupción, también veremos que son personas que educan a sus hijos en valores sólidos que vertebran sus sociedades. Principios sencillos, pero bien interiorizados: ser honestos, trabajadores y tener una conciencia social (lo que uno gana debe colaborar con el bienestar de la sociedad). Una cultura que cuenta con estos valores, es una sociedad que asume el hecho de tener que pagar casi la mitad de su salario anual en impuestos. Una sociedad así, no cae en la penosa lista de acciones arriba mencionada, y en este sentido, obviamente, jamás permitiría que sus políticos lo hicieran.

Dentro de esta catarsis existe un atisbo de luz. El saber que nuestra picaresca puede sustituirse por esos sencillos principios con los que deberíamos conducirnos. Que cada uno de nosotros podemos comenzar a ser honestos, asumir una vida de esfuerzo y tener una conciencia social. Ser el motor del cambio y no esperar a que los demás lo sean. Cada vez escucho a más personas que están de acuerdo con estas líneas y que quieren generar este cambio cultural. Que ya no tolerarán al típico amigo que se jacta por alguna bribonería. En estos casos hay que encararlos, y aunque no vayan a cambiar, por lo menos sacarles los colores. Mostrarles que ya no es motivo de orgullo el cinismo y la impudicia y que su falta nos afecta a todos.

Quizá haya quien piense, después de tantas líneas, que .soy un ingenuo .y que nada va a cambiar. Pero con suerte en unas décadas podamos sentirnos orgullosos de nuestra moral, como ahora lo hacemos de nuestro querido español.

R.III

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La mordida es la manera popular de llamar a los pequeños (y en apariencia inevitables) sobornos en México

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Este texto aparece en el editorial de la Revista Palabras Diversas, No. 51.

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Hablemos mal del fútbol

Hoy escribo esta entrada en el blog para hacer catarsis. Por eso me salto esa auto-imposición de no escribir por aquí hasta terminar la tesis doctoral. Sin embargo, no puedo dejar de expresar mi creciente antipatía hacia el fútbol, y sí, también hacia muchos de sus seguidores.

Para los pocos lectores que sigan conmigo, he de empezar con la simpática concordancia que encuentro entre el análisis que hace Mario Vargas Llosa en su polémico libro La civilización del espectáculo en referencia al deporte en cuestión y mi propias perspectiva (hay otros aspectos dentro del libro muy cuestionables) . El escritor peruano comienza mencionando la diferencia que existe entre los deportes de corte clásico, especialmente los juegos típicos de la Antigua Grecia, que además de cultivar el cuerpo, alimentaban el espíritu y los actuales que se han convertido en un mero espectáculo embrutecedor:

“Entre los deportes, ninguno descuella tanto como el fútbol, fenómeno de masas, que al igual que los conciertos de música moderna, congrega muchedumbres y las enardece más que ninguna otra movilización ciudadana: mítines políticos, procesiones religiosas o convocatorias cívicas” (2012, p40.).

Una situación especialmente dolorosa cuando todo un país se encuentra al borde de la quiebra, donde cada vez se presencian más tragedias anónimas y donde el estado de bienestar comienza a ser una sombra alargadísima por lo lejos que está del objeto del que se proyecta. Se vive una época en que las personas deberían salir a las calles para protestar por la falta de transparencia de sus dirigentes, por la necesidad de buscar responsables de la bancarrota de los bancos, por la pérdida de esas garantías sociales apenas consolidadas y por la ausencia de una explicación sobre el rumbo que va a seguir esta nación. Y, en cambio, lo único que se percibe es una abulia constante, una desinformación mediática y apenas unos colectivos luchando por sus derechos. Pero de pronto juega España contra “x” país y las calles se llenan de camisetas rojas. Hordas de gente salen a la calle para apoyar su equipo. El país se destruye, pero da igual mientras se pueda ganar la Eurocopa. Con qué orgullo se cuelga cada ciudadano la victoria de sus deportistas y con qué indiferencia se ven las desdichas de sus propios conciudadanos.

Quizá esta crisis también colabore en el éxito que tiene este deporte como una de los mayores fenómenos de convocatoria de nuestra época. Como si la única vía de escape frente a la depresión del momento fuera el disfrute de un partido de fútbol. Pero esta situación a su vez es pábulo de los nacionalismos, de una violencia de lo más primigenia y del enajenamiento peligroso que puede llevar a los seguidores a perder su consciencia individual y dar salida a sus más innobles pasiones. Incluso alguno de mis amigos que tiene un carácter de lo más amigable, lo he visto transformado en Mr. Hyde al verse privado del disfrute de algún juego o por la pérdida de su equipo. Vargas Llosa ve en este deporte una forma en que el ser humano cubre su ansia de volver a ese estado primitivo:

“[…] en nuestros días, los grandes partidos de fútbol sirven sobre todo, como los circos romanos, de pretexto para desahogo a lo irracional, de regresión del individuo a su condición de parte de la tribu, de pieza gregaria en la que, amparado en el anonimato cálido de la tribuna, el espectador da rienda suelta a sus instintos agresivos de rechazo al otro, de conquista y aniquilación simbólica (y a veces hasta real) del adversario.” (ibíd.)

Lo que más me sorprende es que, al igual que la religión, el practicante o creyente del dios Fútbol busca nuevos allegados. He perdido la cuenta de cuantas veces, amigos y familiares, me han invitados a ver un partido. O bien me han querido explicar lo “fantástico”, lo “estratégico”, lo “profundo“–y alguno incluso lo “intelectual”- que subyace en este espectáculo. Varios me han tachado de intransigente por no querer unirme a las filas de esta nueva fe o por no querer llevar a mi hijo a algún partido. Los más moderados, considerarían una exageración pensar en este deporte como una religión y tan sólo lo equiparan con “un estilo de vida”. Pues lamento informarles que es un estilo en el que me encuentro fuera de juego.

Siento lo de Holanda Marc.


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