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Las malas noticias llegan en la madrugada

No es una ley, pero cuando suena el teléfono en la noche (después de la 1 a.m.) se puede presagiar una desdicha. Recuerdo cuando mi padre, médico de profesión, recibía llamadas a esas horas. Era habitual que se tratara de alguno de sus pacientes en estado grave o, incluso, al filo de la muerte. Tengo la opaca remembranza de él vistiéndose, cogiendo el maletín que contenía su instrumental y salir de casa a mitad de la noche. Debe ser más bien una invención de mi mente, porque yo a esas horas debería estar durmiendo apaciblemente. Aun así, es cierto que fueron muchas las veces que se vio obligado a salir para atender alguna emergencia. Esas llamadas tal vez suponían una dolorosa agonía, la preocupación por el estado de un familiar enfermo, la impaciencia de una espera que parecía infinita o incluso la antesala de un duelo. Pero esas malas noticias se amortiguaban desde mi perspectiva infantil bajo el  velo (egoísta) de la desgracia ajena y anónima.

      Esto no siempre fue así. También tengo muy presente una noche que sonó el teléfono y mi madre contestó. Al principio aparentaba responder algunas preguntas y después su semblante mudó. Al cabo de pocos segundos comenzaron a brotar lágrimas y, tras colgar el auricular, el llanto se pronlogó por un espacio que no sabría calcular. Fue mi primer encuentro con la muerte (o mínimo, el primero que recuerdo). En esa llamada se le comunicaba que su padre, mi abuelo, había fallecido en un accidente automovilístico.

      Algunos años más tarde sucedió algo parecido. Otra llamada avisaba del estado crítico de mi abuela. Mi madre decidida a viajar esa misma noche hasta la ciudad donde ella vivía, no pudo ganar terreno al inexorable destino. Una segunda llamada, recibida poco después, comunicaba su muerte.

    Cuántas historias trágicas no se encuentran del otro lado de la línea telefónica. Llamadas que avisan de accidentes, robos, muerte o cualquier otro tipo de percance. No hay persona exenta a este tipo de desventuras. Cada cual podría relatar alguna ingrata experiencia o amarga noche nacida por un simple aviso de pesadumbre.

     Cuando se rompe el silencio de una noche serena por el sonido del teléfono es muy probable que sea el anuncio de una mala noticia: un amigo en la cárcel, la muerte de un familiar, una funesta consecuencia de algún desastre natural, un choque, un atropello… ¿Por qué nunca suena a esa hora para decirnos alguna buena noticia? La boda de un conocido, el contrato de un trabajo, el regreso de un ser querido o la confirmación de una cita esperada. ¿Por qué las buenas nuevas son siempre a la luz del día?

      Ayer sonó el teléfono a las tres de la madrugada y el nerviosismo se apoderó de mí. Inmediatamente llegué hasta el artefacto, que no paraba de sonar, y titubeé en atender la llamada…

…Sigo preguntándome si debí atenderla.

 

R.III

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Basado en el primer artículo que escribí en mi vida. Un texto que hice para Expresión el periódico universitario que más tarde dirigí en la Universidad del Valle de México, campus Lomas Verdes.

 

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Estado febril y lluvioso

Cuando estoy enfermo, con fiebre, me entran ganas de llorar. No es que me sienta triste o que me duela algo, pero una sensación me aprieta el pecho y el llanto fluye parsimoniosamente por mis mejillas. Me siento como un niño pequeño que quiere esconder la cara en las faldas protectoras de su madre. Lloro quedito, sin más estrépito que el tiritar producido por el escalofrío de la fiebre y, cuando lo hago, procuro estar solo. Jugar a ser padre, a tener un buen empleo, a crear un proyecto común con mi mujer, a ser un hombre maduro y dueño de su vida, súbitamente se ve interrumpido por una gripe y una sensación irremediable de vulnerabilidad.

Hace muchos años que los virus no me atacaban con tanta vehemencia. También hace mucho que no lloraba. No soy una persona de lágrima fácil, aunque a veces me sorprendo leyendo una frase que me conmueve o viendo la escena de una película, escuchando la canción adecuada o cuando me veo golpeado por la verdadera belleza; es entonces cuando una de esas gotas salobres baja hasta la comisura de mis labios. Ana dice que si no fuera por estos momentos llegaría a sospechar que soy un poco psicópata[1]. Como quiera que sea, no estoy seguro de que este escueto lloriqueo pueda pasar por ese deshago al que las personas llaman “llorar”.

Es verdad que suelo guardarme ciertos pensamientos y sentimientos para mí. Soy una persona dicharachera y cualquiera podría confundirse y creer que soy muy abierto, pero en realidad me cuesta trabajo permitir el acceso a mis verdaderas preocupaciones, a  mis deseos o a mis miedos. Y no lo hago apropósito, simplemente no encuentro el momento oportuno, no le doy importancia o no localizo el registro adecuando para comunicarlo. Además siempre se pueden encontrar temas más interesantes de los que hablar y, desde luego, de los que escribir. Quizá esta también sea una de las razones por las que no es fácil que rompa a llorar. El consuelo de alguien vendría al momento, pero también el requerimiento por saber el origen de ese pesar, pues buscar una causa es inherente a la naturaleza del ser humano.

No tengo nada más que decir al respecto. El paracetamol me empieza a hacer efecto, he dejado de sentir frío y comienzo a sudar, las mantas me parecen más reconfortantes y el llanto comienza a menguar. A este paso, quizá mañana pueda seguir jugando con el papel que me ha tocado interpretar. Por lo menos creo que hoy sí que me he conseguido desahogar.

R.III
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[1] Aunque se asocie a la idea de un “asesino”, en realidad el psicópata tiene el problema de no tener la capacidad de la empatía; no cuenta con remordimientos y muchos de sus sentimientos los tiene que fingir, pues en realidad es incapaz de conmoverse.


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