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Cuando la verdad dejó de ser un valor

 

Llevo unas semanas queriendo escribir sobre los anuncios protagonizados por Fernando Alonso y Marc Márquez, en la última campaña de una empresa de telefonía móvil. Sin embargo, lo que me ayudó a decidirme a hacerlo fue una conversación con mi hijo (R.IV) que más adelante contaré. Creo que es importante pararse a pensar de vez en cuando sobre la importancia que tienen algunos valores en nuestro día a día. Hoy me centraré en la verdad y la honestidad y, con ello, espero poder ejemplificar a qué nos referimos cuando se habla de crisis de valores o eso de que los valores se están perdiendo en nuestra sociedad contemporánea. Empecemos con los dos spots publicitarios.

En el primero se ve una conversación en la que un tipo le dice a Fernando que lo mejor sería decirle la verdad a su madre; que ver una de las carreras de Alonso tiene prioridad sobre el festejo de su cumpleaños. Le explica a Fernando que su madre comprenderá las razones de peso como “que ese circuito te va muy bien”, o que “dan lluvia”. Cualquier madre comprendería lo importante que será ver esa posible gran carrera: “además mi madre puede celebrar su cumpleaños el sábado”. Fernando Alonso, que le escucha con mucha paciencia, termina por aconsejar: “Olvídalo, miéntele”. Y con ello parece decirle “no te compliques la vida, ahórrate las explicaciones, pon un pretexto importante para faltar a su cumpleaños y ve mi carrera”.

Una situación parecida ocurre en el anuncio de Marc Márquez, pero en esta ocasión otro personaje, a pie de una barbacoa y con el toque de una vieja amistad, entabla conversación con Marc. El desconocido tiene el compromiso de celebrar el santo de su padre. La fórmula es la misma que en el otro spot: “va a ser un carrerón”, “es una pista rapidísima”, “con curvas para hacer tus derrapes”, bla, bla. “¿Qué padre no entendería eso?”, parece decir el chico. “Además, los santos no se celebran”, termina afirmando. ¿Y qué contesta Márquez? “Olvídalo, invéntate algo”. Nuevamente el mensaje es “con la verdad no vas a conseguir nada”.

El otro día R.IV me contaba que había ido a comer con una amiga a un sitio de hamburguesas. La señorita que les atendió confundió el cambio y les devolvió más dinero del que debía y ambos se lo callaron. La anécdota no terminaba ahí, pero no pude esperar para reprenderle. “Si te diste cuenta del error, ¿por qué no le devolviste el cambio que te había dado de más?”. Hasta ese momento él no se había dado cuenta de su error, porque su expresión, antes pletórica de felicidad, cambió automáticamente. Ya era demasiado tarde, porque ahí no terminó la reprimenda: “lo que más me asombra es que me lo estás contando con una especie de orgullo que no termino de entender. ¡Qué listo te debes de sentir! Igual de listo como se siente Bárcenas u otro de esos políticos de los que me ves quejarme cada vez que aparecen en televisión. Pues que sepas que no veo diferencia entre tú y ellos cuando haces algo así”. Su semblante, ahora de seriedad, mutó en tristeza.

¿Fui duro? Quizá, pero si no somos los padres los que inculcamos el valor de la honestidad quién va a venir a enseñarlo. Una vez que le dejé en el colegio, porque venía contándomelo cuando lo llevaba de camino, me puse a pensar: ¿cuántos padres le habrían reprendido? Estoy convencido de que muchos habrían actuado de forma similar a mí, pero también creo que muchos le habrían reído la hazaña. Algunos, tal vez, sin reírsela, simplemente no se hubieran dado cuenta de la falta de ética que hay detrás de esa acción. No descubro una realidad oculta cuando digo que vivimos en una cultura que premia la mentira. Ya he hablado de este tema en la entrada Orgullosos de nuestro español. El ser deshonestos está a la orden del día. La corrupción es motivo de enfado y es habitual criticar a los políticos, banqueros y empresarios que incurren ello, pero en la primera oportunidad muchos se quedarían con el cambio equivocado que les devuelve el pobre empleado al que, además, se le tacha de “pringado”. Pongo este ejemplo, pero pasa lo mismo cuando uno se ahorra el IVA aceptando pagar en negro alguna chapuza, cuando se enchufa a un amigo en un trabajo aun sabiendo que no es apto para el puesto, el copiar en un examen, plagiar un trabajo o tantos otros ejemplos de la vida diaria. Y claro, el que lo hace se siente bien listo saliéndose con la suya. La vergüenza brilla por su ausencia en esas situaciones. ¿Por qué? Porque cuando se cuentan estas batallitas la gente aplaude, en lugar de sacar los colores.

España no tiene muchos héroes; personas a las que podamos ver con orgullo hacia arriba. Pero bueno, se cuenta con personas sobresalientes en el mundo del deporte y del espectáculo (también en otros sectores, como la educación, el arte, las ciencias, pero esos viven en la sombra). Dos de ellos, sin duda, son Fernando Alonso y Marc Márquez. Habrá mucha gente que les siga con devoción. Podemos admirarles, porque en aquello a lo que se dedican, son de los mejores a nivel internacional. ¿Por qué se prestan para un anuncio en el que se pone el valor de la honestidad a la altura del betún? Esta vez no tengo respuestas, sólo preguntas. La mentira y la corrupción nos rodea en la vida cotidiana, ¿pero tenemos que oírlo también de esas pocas personas que tenemos en un pedestal? ¿Soy el único que se da cuenta? ¿Estoy siendo muy moralista? ¿Me he vuelto un carca? ¿No hacerlo tan sólo sería producto de una doble moral?

Quiero pensar que las reprimendas pueden ser semillas. Quizá en un futuro podamos cosechar de nuevo el valor de la honestidad, que ahora es un producto que se anuncia con el letrero de “agotado”.

R.III

 

Sólo la foto de “indignarse no es suficiente” es mía

 

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar: ¡Indignados del mundo!

Y la de Orgullos de nuestro español

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©R.III

 


Orgullosos de nuestro español

España y los países hispanoamericanos pueden sentirse orgullosos de su lengua. El español es estudiado por más de 20 millones de alumnos, es hablado por unos 500 millones de personas y es valorado en muchos países por su prolijidad y belleza; además sigue creciendo su uso tanto en revistas, como en internet y se ha llegado a estimar que dentro de tres o cuatro generaciones el 10% de la población mundial se entenderá en español. Sin embargo, los países hispanohablantes no sólo estamos unidos por el idioma, también nos liga un espíritu de picaresca y sinvergüencería. Es una generalidad, pues es cierto que también existen hombres honrados y con una moral intachable, pero no nos engañemos, en estos países abundan los corruptos y aprovechados. No sólo se trata de “una casta”; término tan en boga, y no sin razón, en España. Los dirigentes y políticos en general han perdido todo resquicio de honorabilidad y se han ganado a pulso el apelativo de ladrones en todas sus variantes: chorizos, saqueadores, estafadores, etc. Pero hay que tener los ojos bien vendados para pensar que estos abanderados del comportamiento poco escrupuloso son los únicos elementos de la sociedad que ostentan el estandarte de lo truhan. Si se hiciera una analogía, ellos son los síntomas de una enfermedad que nos carcome a todos desde la infancia y que ha construido nuestra realidad tal y como la conocemos.

El otro día transmitieron en un canal de televisión de España un reportaje sobre “la corrupción” en Dinamarca. Se les preguntaba al azar a los daneses en la calle, cuál era el último escándalo en el que se había visto envuelto alguno de sus políticos. La mayoría de ellos después de meditar su respuesta terminaban por expresar un franco “no sé”; una contestación muy sintomática de su esquema moral. Simplemente no eran capaces de recordar el último acto de delincuencia en el que alguno de sus políticos había estado metido. También es cierto que su honestidad les llevaba a admitir frente a las cámaras que, pese este tropezón memorístico, era casi seguro que estos procesos delictivos sí existían en este país nórdico. Ahora pregunto a los amables lectores de esta editorial, muy probablemente hispanohablantes: ¿cuál ha sido el último escándalo de corrupción que recuerdan? Seguro que ahora mismo en su memoria se agolpa una cantidad innumerable de casos; pero ni siquiera haría falta acudir a la mnemotecnia, bastaría echar una ojeada al periódico de hoy para descubrir un nuevo procedimiento. ¡Qué remedio, así son nuestros políticos, así son los de Dinamarca! Otra vez la picaresca nos traiciona. No señores, no echemos balones fuera, así somos la mayoría de las personas que vivimos en estos países.

A veces olvidamos que cuando nos ofrecen un precio por un producto, pero al pedir una factura nos dan otro (por eso del IVA) y nos quedamos con el primero, estamos siendo tan corruptos como esos políticos que criticamos (también si lo ofrecemos, claro está). Cuando copiamos en un examen, somos igual de estafadores que ellos. Si intentamos sobornar o permitimos que nos sobornen (no importa el cargo, cuantía o excusa), al hacerlo estamos cayendo en la misma indecencia que ellos. Si nos damos cuenta de que nos devuelven más cambio en una tienda y aún así nos quedamos con él, somos tan ladrones como ellos. Si no pagamos los impuestos y lo justificamos con el viejo argumento de que es preferible quedárnoslo nosotros a que se lo queden ellos, no nos engañemos, somos igual de sinvergüenzas.

Que el que escribe estas palabras está libre de pecado. Mucho me temo que no. Ya me hubieran lapidado tiempo atrás (y seguro que algunos ahora están deseando hacerlo, porque las verdades duelen). Si buscamos una razón a esta degradación quizá la encontremos en que he sido educado en una cultura en la que si no te aprovechas eres tonto; si no eres tú el que abusa, alguien abusará de ti; y si haces las cosas correctamente, esperando lo mismo de los demás, eres un ingenuo. No es de extrañar que una de las acepciones de “pícaro” sea la de astuto y taimado. Así educamos a nuestros hijos. Los queremos proteger de nosotros mismos; de nuestra moral y lo justificamos diciendo ¡que espabilen! Nos encantan los atajos, conseguir el éxito con poco esfuerzo, en pocas palabras, dar el pelotazo. Sí, oímos esa retahíla del esfuerzo, la decencia, la integridad y demás, pero lo hacemos como un sonsonete inocuo que no comulga con lo que vivimos en nuestra vida diaria.

Las comparaciones son odiosas, pero si escarbamos en esas sociedades que nos impresionan por su escasa corrupción, también veremos que son personas que educan a sus hijos en valores sólidos que vertebran sus sociedades. Principios sencillos, pero bien interiorizados: ser honestos, trabajadores y tener una conciencia social (lo que uno gana debe colaborar con el bienestar de la sociedad). Una cultura que cuenta con estos valores, es una sociedad que asume el hecho de tener que pagar casi la mitad de su salario anual en impuestos. Una sociedad así, no cae en la penosa lista de acciones arriba mencionada, y en este sentido, obviamente, jamás permitiría que sus políticos lo hicieran.

Dentro de esta catarsis existe un atisbo de luz. El saber que nuestra picaresca puede sustituirse por esos sencillos principios con los que deberíamos conducirnos. Que cada uno de nosotros podemos comenzar a ser honestos, asumir una vida de esfuerzo y tener una conciencia social. Ser el motor del cambio y no esperar a que los demás lo sean. Cada vez escucho a más personas que están de acuerdo con estas líneas y que quieren generar este cambio cultural. Que ya no tolerarán al típico amigo que se jacta por alguna bribonería. En estos casos hay que encararlos, y aunque no vayan a cambiar, por lo menos sacarles los colores. Mostrarles que ya no es motivo de orgullo el cinismo y la impudicia y que su falta nos afecta a todos.

Quizá haya quien piense, después de tantas líneas, que .soy un ingenuo .y que nada va a cambiar. Pero con suerte en unas décadas podamos sentirnos orgullosos de nuestra moral, como ahora lo hacemos de nuestro querido español.

R.III

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La mordida es la manera popular de llamar a los pequeños (y en apariencia inevitables) sobornos en México

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Este texto aparece en el editorial de la Revista Palabras Diversas, No. 51.

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