Archivo de la categoría: viajes

México 2016: algunas anécdotas

(Parte 2)

Tengo mucha familia en México (en especial por parte de madre) y una cantidad no menor de amigos. Sin embargo, cuando voy en el avión de Madrid a Ciudad de México termino pensando en los distintos platos que quiero comer, más que en la organización de las visitas que debo hacer para poder verlos a todos. Es decir, voy haciendo un itinerario sobre lo que voy a desayunar tal día, comer tal otro y cenar el siguiente. Así voy todo el vuelo poniendo orden a cada una de las tres comidas (si no es que cuatro) que haré por cada día de mi estancia. Me interesan mis amigos y familiares, pero creo que cualquier mexicano comprenderá el lugar que ocupa la comida en nuestra cosmovisión.

En el viaje que hice esta ocasión me lancé, como primera hazaña culinaria, sobre unas gorditas de chicarrón prensado. Gorditas típicas de mercado, bien bañaditas en aceite; capaces de pasar la prueba del papel estraza (si el papel donde viene envuelto el alimento queda transparente, seguro que está bueno). También me deleité con los tamales de mi abuela, tacos al pastor, tacos de arrachera, chilaquiles, pozole, huevos divorciados (y rancheros, y a la mexicana, y revueltos con frijolitos), cochinita pibil (auténtica de Yucatán), gorditas de harina, asado norteño, cazuelitas hechas por mi abuela (bolas de masa de maíz guisadas en sopa de frijoles), carnitas, guajolotas, camarones a la diabla y más platos que ya se han escapado a mi memoria. Lo extraño es que nadie me crea ahora que antes de llegar a México tenía un abdomen plano y marcado.

wp_20160806_11_58_43_pro

Preparación de Tamales Oaxaqueños

***

Me gusta mucho México, pero lo mejor que tiene este país es su gente. Por desgracia siempre hay quien ensombrece este aspecto positivo de la nación. Mi paso por Tulum fue muy placentero, pero tuvo su toque de amargura debido a uno de estas innobles personas que, además de faltar a la ética, desprestigian más (si cabe) la imagen que se tiene de este país. En la gasolinera del kilómetro 307 de la carretera principal de Tulum tuve la desgracia de perder 450 pesos gracias a una vil estratagema de uno de los trabajadores que surten la gasolina.

El coche que alquilamos era un Volkswagen que usaba diésel, no gasolina. Aunque suelen consumir menos este tipo de vehículos, me sorprendió que pese a llevar unos 250 kilómetros de camino (incluso más)  el indicador electrónico del tanque siguiera mostrando todas las rayitas como si éste estuviera lleno. Pensé que cabría la posibilidad de que el medidor no funcionara correctamente, lo cual nos podía poner en un predicamento. Imaginemos que en realidad el tanque estuviera a punto de quedarse vacío y, por no darnos cuenta, nos quedásemos tirados en la mitad de cualquier carretera. Así que para salir de dudas decidí entrar a la susodicha gasolinera para llenarlo. En caso de repostar poca gasolina sabría que el indicador funcionaba bien, en caso contrario tendría que suponer que estaba roto.

Toda mi atención estaba puesta en la máquina surtidora que cuando terminó de llenar el tanque indicaba 180 pesos. Rápidamente me puse a hacer cuentas mentales para sopesar si eso era mucho o poco. Como el lector ya se imaginará, al haber estudiado letras y no ciencias, las conversiones entre pesos, euros y litros no se me dan especialmente bien; así que mi atención hacia el exterior estaba un tanto mermada. El caso es que saqué lo que pensé era un billete de 500 pesos y se lo extendí al empleado. Este lo recibió y me señaló la bomba con la misma mano con que recibió el dinero diciendo que había puesto 180$. Esta información ya la sabía, aunque instintivamente volví la mirada hacia la máquina surtidora. Cuando giré la vista al empleado/mago éste ya tenía en la mano un billete de 50$ y con risa incluida me dijo: “le falta dinero”. Yo que estaba a la par haciendo mis cábalas con los números pensé que podía haberme confundido, aunque en mi cartera ya no estaba ese billete. Eso me extrañó mucho, pero insisto en que por estar distraído, pensé que podía haberme imaginado que tenía esa cantidad de dinero en la cartera, cuando en realidad tenía menos. Así que completé la suma que me faltaba y volvimos al hotel, mientras yo ya me iba reprochando por el posible timo.

Al hacer cuentas de lo gastado hasta el momento (que pese a lo dicho de ser de letras llevaba unas cuentas muy precisas) nos dimos cuenta de que justo nos faltaban unos 500$.  Aunque me dio mucho coraje, e incluso sopesamos la idea de volver a hablar con el tipo ese, decidimos no hacernos mala sangre y tratar de disfrutar el resto del viaje. Así que como decía Horacio: Nihil est ab omni parte beatum [no todo es perfecto]

WP_20160831_13_03_31_Pro

Mis cuentas (Nótesen los 500$ con la palabra «tongo»).

***

Desde casi el comienzo de la salida de Cancún rumbo a Tulum se anunciaba un restaurante llamado Oscar y Lalo. Cada diez kilómetros, más o menos, aparecía el cartel indicando la proximidad del lugar: 130 km, 120, 100… Por otro lado, mi mujer suele centrar mucho su atención en la búsqueda “del lugar perfecto” para cenar. Como es habitual hace sus listas en función de los comentarios de otros usuarios de las páginas web que consulta. Me enumeró varias sugerencias entre ellas las del Óscar y Lalo. Yo me había dado cuenta que nuestro hotel quedaba unos cinco kilómetros después de la este restaurante. Preguntamos en el hotel para salir de dudas que no era un puticlub y nos lo recomendaron ampliamente. Fue una de las mejores cenas que tuvimos en todas nuestras vacaciones. Un lugar precioso, una atención impecable y una cocina estupenda.

***

En México todavía es muy común ver perros sin hogar vagabundeando por la calle. Muchos de ellos tienen sarna, heridas y desnutrición. Desde que tenemos a Oli, una perrita que adoptamos en un albergue, nos hemos sensibilizado mucho con la protección de estos animales (y de cualquier otro). No obstante, no podíamos ir recogiendo a todos los perritos que veíamos; de hecho no podíamos quedarnos con uno solo.

Ahora sé que si uno quiere puede crear un círculo de protección para ellos. No soy una persona supersticiosa, pero cuando me lo contaron pensé que no me costaba nada intentar proyectar mi energía positiva o buenos pensamientos con ese afán protector. La cosa es un tanto compleja de explicar, pues tiene que ver con los elementos (aire, fuego, corazón), pero desde que lo escuché decidí que cada vez que vea un perro en la calle pensaré en ese círculo de protección, esperando que sea efectivo. Con suerte aquellos hermanos inferiores a los que haga presa de este hechizo no sufrirán daño alguno.

***

Antes de Homún se encuentra un pueblo también famoso por sus cenotes llamado Cuzamá. Kilómetros antes de la llegada a estas localidades en cada tope (reductor de velocidad) hay jóvenes y señores intentando parar a los conductores para ofrecerles una excursión por los cenotes. Tienen todo muy bien preparado: un cuaderno con imágenes, una explicación sugerente y hasta un vehículo para llevar a cabo el paseo (una moto que tiene una caja con asientos y ruedas a manera de carrito). Nosotros decidimos no parar hasta llegar a Homún como recomendaba la página web donde nos enteramos de estos cenotes. A la entrada había apelotonados un buen número de jovenzuelos dispuestos a ofrecerte estas visitas. Pactamos el precio (250$) con el primero que se nos acercó, estacionamos el coche y nos montamos en el carrito.

Cruzamos el pueblo a una velocidad moderada debido a los múltiples topes. Hacia el final del poblado, Miguel, como se llamaba nuestro guía, paró frente a una tienda y dijo que si queríamos comprar agua u otra bebida ese era el momento. Así hicimos y continuamos por una carretera a paso veloz hasta un desvío de terracería. En cuanto abordamos este estrecho camino, el carrito comenzó a dar tantos tumbos que Ana pidió que fuera más despacio. Poco a poco nos fuimos adentrando en un paisaje selvático y solitario. Para nuestra tranquilidad nos encontrábamos con otros carritos que traían gente de vuelta, con traje de baño o incluso la ropa mojada; todo parecía indicar que no nos iban a descuartizar, sino que efectivamente llegaríamos en algún momento a los cenotes.

El primero que visitamos es el que más me impactó; era el más alejado de todos y además de llevar poco tiempo abierto (tan sólo seis meses). Había que bajar por una escalinata de hierro que estaba a los pies de un agujero en el suelo, del que provenían las raíces de un gran árbol. Por lo que nos contó, Miguel, así es como se descubren los cenotes. Esos árboles suelen estar en lugares donde abunda el agua, por eso sus raíces se extienden inmensas hacia las profundidades. Una vez abajo, el cenote contaba con partes de hasta veinte metros de profundidad a las que uno se podía tirar sin temor a chocar con el suelo (incluso había una cuerda para lanzarse de más altura): incluso en las partes menos profundas era difícil hacer pie. El agua, a diferencia del mar, es fresca y se agradecía mucho dado el calor que hacía en el exterior.

Visitamos otros tres cenotes más y en todas las ocasiones nuestro guía nos recomendaba dejar las cosas en el carrito. Dijo que era seguro, pero yo que tenía la cartera, las llaves del coche, etc., prefería llevar mis pantalones cortos a todo lado conmigo, pese que eso implicaba poder disfrutar menos de los chapuzones, pues al igual tenía que dejarlos abajo en los cenotes mientras me metía a nadar. Cuando volvíamos por el pedroso camino ya veníamos en traje de baño, como aquellos otros turistas. Yo todavía con mis pantalones cortos sobre mi lecho. Veníamos hablando con Miguel y eso me distrajo por unos segundos. En un momento me sentí muy ligero y me di cuenta de que mis pantalones habían desaparecido. Le pedí que parara y regresé a trote buscando el sitio donde se me habían caído. A unos cientos de metros los encontré. De haber hecho caso a Miguel y hubiese dejado los pantalones dentro de la mochila que iba bien colocada en el carrito, no hubiera tenido que perder tiempo buscándolos en ese camino pedregoso, bajo un sol inclemente.

***

De camino a Chiquilá se soltó un aguacero impresionante. Había momento en los que no se veía a más de cien metros en la autopista. Para nuestra fortuna el aguacero disminuyó al poco de salir de la autopista y nos incorporamos en la carretera que estaba en proceso de reparación. Los coches que por ahí circulamos parecíamos borrachos, porque para evitar meternos en la variedad (en tamaños y profundidad) de agujeros que por ahí había, invadíamos los carriles en sentido contrario.

Cuando llegamos a Chiquillá brillaba el sol y me pareció que había pocos charcos para la cantidad de lluvia que había caído. Eso me hizo sospechar lo que después de dos horas, ya instalados en el hotel de Holbox, hizo acto de aparición. Una tromba de agua que duró toda la tarde y la noche. En la mañana ya era sólo una llovizna, pero cayó suficiente agua para semi inundar el pequeño poblado. También descubrimos que Chaac (dios de la lluvia Maya) no quería que nadáramos con los tiburones ballena y cuando un dios impone sus deseos es mejor obedecerlo.

***

En Holbox casi no hay coches y es que no hay calles asfaltadas. Todas las calles son de arena, la misma que la de las playas. Lo que se les ocurrió a los habitantes de esta isla es usar carritos de golf para ir de un lado a otro. Los taxis, también, son todos carritos de golf. El problema de estas calles es que cuando Chaac manda tormentas como la que vivimos, se inunda todo pues no hay drenaje. Tanta agua había que incluso prohibieron el alquiler de estos vehículos a los turistas, pues se corría el riesgo de quedar atascados en una de los inmensos charcos.

Tuvimos que recorrer la isla a pie. Y aunque parece pequeña, lo cierto es que a pie no se puede conocer por completo. Además los charcos tampoco son fáciles de cruzar. En algunas de las zonas más alejadas del pueblo, la vida salvaje ya se deja sentir a cada paso. Hay calles en medio de la selva y de ahí salen cientos de miles de pequeños cangrejos. También pudimos ver iguanas, aves, grillos de más de quince centímetros de tamaño (capaces de volar de la península a la isla, apoyándose en el desarrollo evolutivo de sus alas y gracias a sacarle provecho al viento). Yo tenía claro, por tanto, que no iba a meter mis pies en esos charcos. Así que aunque no pudimos llegar a una de las orillas de la isla, por lo menos rodeamos cuanto pudimos, disfrutando de las vistas, la arena blanca y la soledad.

img-20160818-wa0040

De camino a uno de los extremos de la isla

 

Es un pueblo precioso, pero cuando llueve…

***

Cual si fuera Venecia, las calles de Holbox estaban inundadas y los taxis no querían acercarse a ciertas zonas. Tuvimos que ir caminando hasta el puerto, tratando de esquivar lo mejor posible las pequeñas lagunas que se habían formado en las calles. Además, la tormenta ocasionó una pequeña avería en uno de los barcos que cruzan a los turistas de Holbox a Chiquilá y viceversa, por lo que en lugar de salir cada media hora, los barcos salían cada hora. Para nuestra mala suerte, cuando llegamos acababa de partir uno de ellos.

En el puerto nos esperaban unos amigos de Monterrey que conocimos en el hotel donde nos hospedamos. Dijeron que si queríamos podíamos alquilar entre todos un barquito para llegar a Chiquilá (se trata de los mismos que hacen las excursiones; pues ya ese día estaban abiertos los puertos).

Saltando sobre las olas, fuimos sorteando un mar un tanto movido. Llegamos empapados, pero llegamos. A cada salto del barquito se nos detenía a todos un poco el corazón, aunque intentábamos disimularlo contando anécdotas graciosas. Esta experiencia me confirmó la teoría de que aquellos momentos que más miedo dan o esos disgustos que se viven en los viajes, terminan siendo parte de las mejores anécdotas. Los recuerdos más importantes, incluso aquellos de los que nos podemos reír ahora que ya estamos a salvo en casa, suelen componerse de este tipo de aventuras y no de los momentos apacibles. En conclusión, viajar es lo mejor del mundo.

R.III

 

wp_20160824_18_49_01_pro

 

***

 

**

 

*

 

*

Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar el Viaje por Tailandia o algunas anécdotas de este país del Sureste Asiático.

 

También puedes visitar: La belleza a veces

 

*

 

**

 

***

 

****

©R.III


Viaje a México 2016: el Caribe

(Parte 1)

 

Hay gente que destina gran parte de su capital en tener un coche deportivo, una gran televisión de plasma, ropa de marca… En mi caso siempre he pensado que el dinero mejor invertido es el que se gasta en viajar. Muchos de los sitios a los que ido me han marcado y aunque el país que visité este verano ya se ha convertido en un destino recurrente, no por ello deja de ser uno de los lugares que más honda huella me han dejado. No es para menos, después de casi cuatro años, he podido volver a mi tierra querida: México. Todavía siento esa mezcla entre felicidad y melancolía que se va potenciando conforme escribo estas líneas. Además, siento que esta ocasión el viaje ha tenido un componente extraño; después de vivir quince años en Madrid puedo decir que me he convertido en un turista en el país donde nací.

El viaje comenzó en Toronto donde, mi mujer y yo, tuvimos que hacer escala por unas ocho horas. Esto nos permitió conocer el sky train, es decir, el metro que nos llevó del aeropuerto a la ciudad, además de poder dar un breve paseo por el centro y hacernos una pequeña idea de los monumentos y lugares de mayor interés de la ciudad. No pudimos subir a la CN Tower (Canadian National Tower) porque había una cola como de mil personas y nos dio mucha pereza invertir lo que calculamos más de una hora de espera para poder pasar. En cualquier caso vimos su magnitud y pudimos comprender por qué es uno de los mayores atractivos de Toronto. Caminamos por las inmediaciones del puerto y otras calles aledañas al centro. Hacía muchísimo calor (húmedo) así que nos refugiamos en un restaurante llamado Amsterdam BrewHouse donde disfrutamos de las hermosas vistas al puerto, mientras degustamos unos ricos platos. Lo más reseñable fue la ración de crujientes crab cakes (pasteles de cangrejo) que nunca había probado y me encantaron. Después de esta breve visita por la ciudad canadiense continuamos con nuestro viaje rumbo a la Ciudad de México.

CN Tower

La colosal capital mexicana nos recibió a las 12,00 de la noche. Ahí nos esperaban mis tíos y primos. La única ventaja de llegar a esa desacompasada hora fue que no había tráfico y pudimos llegar a casa de mi abuela en tan sólo veinte minutos; un trayecto que con tráfico puede llevar una hora o más. En esta entrara sólo narraré los puntos más relevantes del viaje que hicimos por el Caribe Mexicano. Ya habrá tiempo más adelante para completar esta bitácora de viaje con anécdotas curiosas y  las experiencias con la familia y amigos.

Llegamos a Cancún en donde teníamos que recoger un coche que alquilamos previamente por internet. El local de alquiler no estaba en el mismo aeropuerto, pero nos dijeron que ahí nos esperaría un agente. Hay que reconocer que la infraestructura del turismo mexicano está por encima de la de muchos países. ¡Qué organizado lo tienen todo! ¡Cuántas facilidades para los millones de turistas que se acercan cada año por esta zona del país! No es de extrañar que al salir de la terminal no nos costara ni un minuto encontrar a la persona que nos esperaba y que éste solicitara un pequeño microbús para llevarnos a la agencia de alquileres.

Aunque el servicio fue muy atento, no todo salió perfecto. El primer coche que nos dieron, que por cierto tenía muy buena pinta (un Volkswagen Gol Sedán), no tardó mucho en mostrar sus desperfectos; una nimiedad como se podrá ver: a punto estaba de salir a carretera cuando casi me quedo con la palanca de velocidades en la mano. Malamente la recoloqué y volvimos, por eso de que soy muy quisquilloso con lo que alquilo, para que nos dieran otro. El cambio no se hizo esperar y salimos con otro coche, aunque para nuestra fortuna el mismo modelo y hasta color. Es cierto que este estaba un poco más golpeado y que carecía de la matrícula de enfrente; pero la palanca de velocidades parecía funcionar bien, así que salimos satisfechos. Además nos aseguraron que lo de la matrícula no sería ningún problema (y la verdad que no lo fue).

En esta zona de Quintana Roo no se complicaron para nada las carreteras. La principal es una inmensa recta que hasta el conductor más novel podría sobrellevar sin problemas. Bueno no podemos olvidar que se trata de México y los retornos que parten del carril de alta velocidad (el izquierdo) no dejan de contar con su grado de intrepidez. En cualquier caso llegamos con facilidad y prontitud a nuestro primer destino que estaba a unos 130 kilómetros de Cancún: Tulum. Lo dicho arriba, esta zona la tienen muy bien cuidada para comodidad de los turistas y todas las salidas están bien indicadas. Gracia a esto, aunque nuestro hotel estaba un poco apartado de la ciudad, pudimos llegar a él sin perdernos demasiado.

El Blue Sky Tulum es un precioso hotel con tan sólo nueve habitaciones. Ya desde la nuestra pudimos disfrutar de las maravillosas vistas. Cuenta con una pequeña piscina que estaba a escasos tres metros de la puerta de nuestra terraza; casi parecía nuestra piscina privada. Un espacio refrescante muy a juego con lo que a pocos metros de distancia se imponía con su magnitud: el mar, el mar, el mar. Y a manera más de adorno que por utilidad, había una especie de muelle o embarcadero de madera que rescataré de mi memoria cada vez que la cotidianidad se quiera apoderar de mi ánimo.

Nuestro hotel

Es cierto que debido a las piedras de esta playa y la poca profundidad del mar (aspecto general en esta zona del Caribe mexicano) era difícil poder meterse; ya no digamos darse un chapuzón. Sin embargo, estábamos muy cerca en coche de la zona de playas de Tulum que son una delicia: arena blanca y suave, agua cristalina de color azul verdoso y un mar apacible.

Aunque no lo recomendaría, una de nuestras excursiones fue un paseo en barco para poder ver las tortugas y los arrecifes de la zona. La experiencia con las tortugas fue muy buena; las tuve a tan sólo centímetros de distancia, muy al alcance de mi mano, aunque respeté la indicación de no tocarlas. No obstante, los arrecifes no tienen ya casi color o variedad de peces. No querría echar la culpa a la dignísima explotación hotelera del lugar, ni al sano turismo que visita estos lugares y que con mucha probabilidad goza de una admirable mentalidad medio ambiental. Alguna otra loable razón habrá de que los supuestos mejores arrecifes de coral ,después de Australia, luzcan tan grises.

WP_20160808_13_46_30_Pro

La casa del Chamán en Tulum tomada desde el barquito

También muy cerca de estas playas se encuentra el centro arqueológico de Tulum. Yo lo visité cuando era un niño y todavía mantenía en mi recuerdo la increíble cantidad de iguanas que había por doquier. Aunque su número se ha visto reducido de forma dramática (por razones que tampoco deberíamos achacar al número excesivo de turistas), me alegré de poder ver todavía algunos de estos reptiles que posan impasibles frente a los miles de individuos que visitan esta antigua ciudad prehispánica.

IMG-20160808-WA0004.jpg

Parque arqueológico de Tulum

Pasamos tres noches en Tulum y casi podría asegurar que una de las mejores experiencias de todo el viaje fue la de nadar en el Cenote Manatí o Casa Cenote, a tan sólo cincuenta metros de nuestro hotel. Aguas cristalinas color verde esmeralda, un trayecto de unos 800 metros y mucha vida marina (se supone que se han encontrado incluso manatís, de ahí su nombre). Es un cenote perfecto para snorkel e incluso hacer unas primeras inmersiones de buceo. Cuenta con algunas zonas de hasta seis metros de profundidad. Llegamos relativamente temprano y conforme nos fuimos adentrando pudimos disfrutar de esta maravilla prácticamente solos. Ha sido una gran experiencia.

Cenote

Cenote Manatí (imagen obtenida de la web Game of Drone)

Después de Tulum nos dirigimos a Mérida sin dejar de pasar antes por Chichén Itzá. La verdad es que una de las ventajas de llevar coche es que las excursiones reducen su coste de forma considerable. Lo que podría habernos costado 100 euros por persona, nos salió en unos 50 por los dos, con guía incluido. Recomiendo visitar este centro arqueológico acompañado de guía, porque no es lo mismo dar vueltas sin orden ni concierto entre las ruinas, a que un experimentado lugareño te vaya contando sobre la historia que esconden estos monumentos. No es caro hacerse con uno. Nosotros esperamos a juntar un grupo de seis personas y nos salió a 100 pesos (5 euros) por cabeza. Como valor agregado, nuestro guía nos recomendó parar en Pisté y comer en el buffet Sac-Beh. ¡Todo lo que pudieras comer por 100 pesos! ¡La mejor cochinita pibil que he comido nunca! Con tortillas recién hechas y hasta con un pequeño espectáculo de danza regional. Sólo de recordarlo salivo, con perdón del lector.

Parque arqueológico de Chichén Itzá

Mérida sin lugar a dudas ha sido uno de los lugares que más me gustó de este viaje. Una ciudad colonial fundada en 1542 por los Francisco de Montejo (padre e hijo). Cuenta con una oferta cultural vastísima. Falta salir un día por la tarde-noche para encontrarse en cada plaza algún músico amenizando, juegos de luces en edificios clásicos, espectáculos, teatros ambulantes, exposiciones de escultura. La gente sale a poblar estas calles para darles vida. Los cafés y restaurantes se llenan. Mérida es sin duda una ciudad segura y cómoda para explorar. Imprescindible conocer el Palacio Presidencial donde se exponen los murales de Fernando Castro Pacheco: potente galería de retazos históricos de Mérida.

En los extremos la Catedral de Mérida. Arriba en medio un mural de Castro Pacheco y abajo en medio el Monumento a la Patria

Nos hospedamos en el Hotel Caribe que se encuentra a una manzana de la Catedral. Cabe mencionar que las fotos de su página web engañan un poco (el sitio está un poco más viejo de lo que aparenta y la piscina recuerda la compra de una hamburguesa en el Mc Donals; la imagen y la realidad no suelen concordar). Sin embargo, es un buen sitio para hospedarse por poco dinero, no deja de ser acogedor, el personal es muy amable y, por encima de todo, las camas eran realmente grandes y cómodas.

WP_20160813_10_00_06_Pro

Hotel Caribe

No sólo disfrutamos de la ciudad de Mérida, sino que pudimos explorar sus inmediaciones. Fuimos a ver los cenotes por la zona de Homún, pudiendo visitar en el mismo día hasta cuatro de estas curiosidades geológicas (ver la siguiente entrada para conocer más detalles). También pudimos ir a la playa más cercana que es la de Puerto Progreso. Una playa mucho más interesante de las que habíamos visitado, pues en esta había menos extranjeros y más turismo local (lo cual también favorecía que los precios de bebidas y alimentos fueran más bajos).

Algunos de los cenotes de Homún

Después de tres noches partimos en coche rumbo a Chiquilá que es el puerto dentro de la península más cercano a la isla de Holbox. De ahí se puede ir a la insula en uno de los barcos que salen cada media hora. Holbox tiene muchos atractivos, pero el más importante es la posibilidad de nadar con los tiburones ballena entre los meses de junio y agosto. Para nuestro infortunio, a dos horas de llegar a Holbox comenzó una intensa tormenta que cerró los puertos a embarcaciones pequeñas (las que hacen las excursiones) durante toda nuestra estancia, por lo que nos fue imposible llevar a cabo esta actividad.

Aún así, el tiempo mejoró un poco y pudimos disfrutar de los otros encantos del lugar. Playas inmensas de arena blanca y casi solitarias. No se ha consolidado -todavía- una infraestructura hotelera, así que los pequeños hoteles suelen ser muy acogedores. Cabe mencionar que son caros incluso para los europeos (en especial si se piensa en la calidad precio). Por ejemplo, la decoración; por muy bonito que fuera una ducha de concha univalva, eso de tener que quitarse la arena de la playa con un hilo finito de agua como que no. Creo que ha sido una buena experiencia, pero si llego a volver será sólo para poder nadar con tiburones ballena. No me considero profeta, pero algo me dice que no pasará mucho antes de que el encanto de Holbox se pierda dado el incremento del turismo.

IMG-20160818-WA0028.jpg

Nuestro hotel el Holbox

La vuelta a Cancún fue sencilla. Ya lo comenté, aquí los ingenieros de caminos no se complicaron mucho; todas las carreteras son rectas infinitas. Es cierto que en Cancún había mucho tráfico y que la ciudad me resultó más grande de lo que esperaba, pero si pude encontrar la estación de autobús de Izmir en Turquía, con los indescifrables carteles en turco, no iba a perderme en mi propio país (pese a ser un tanto extranjero ya). El coche estaba en perfectas condiciones y en menos de media hora ya nos dejaban en otra furgoneta en el aeropuerto. Se acabó parte del viaje, falta profundizar en algunas experiencias vividas y contar la parte familiar. Por ahora aquí lo dejo. La próxima entrada estará destinada a algunas anécdotas de este trayecto.

R.III

Playas paradisíacas y puesta de sol en Holbox

IMG-20160818-WA0051

Holbox después de una tormenta

WP_20160815_19_18_06_Pro

Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar Tour de Francia 2015

También puedes visitar Viaje a Portugal

©R.III



Tour de Francia 2015

Los últimos viajes a Turquía, Tailandia y Portugal difícilmente podían ser superados por el plan de este verano. Sin embargo, para mi sorpresa, el itinerario de este año también resultó ser reseñable. Salimos de Madrid rumbo a Carcassonne, Francia. La idea era llegar a Besançon, cuna de Víctor Hugo, pero los  1,500 km de conducción (poco menos) requerían una parada estratégica. En el coche la tripulación consistía en: Ana, como copiloto, Oli (la perrita), como pasajero, y servidor, como capitán. Sin olvidar un equipaje que me recordaba a mis viajes cuando R.IV era un bebé; es decir lo que menos bulto hacía eran las maletas de los adultos (humanos).

Carcassonne es una pequeña ciudad al sur de Francia. El encanto de la villa está en que es una ciudad amurallada, en cuyo interior uno puede recrear la bulliciosa vida medieval. La diferencia es que en lugar de mercados y aldeanos, ahora está plagada de terrazas y turistas. Aún así el lugar es mágico; una mezcla entre Ávila, por sus murallas, y La Guardia, por sus casas medievales. Llegamos hacia las siete de la tarde y después de hospedarnos, fuimos a practicar nuestro deporte favorito: cenar. Como me gusta probar los platos típicos de los sitios no quise desaprovechar la oportunidad de comer el Cassoulet; un guiso de judías blancas, chorizo, pollo; algo ligerito para cenar, vamos. También comenzamos con la degustación de vino francés. Sabrá el diablo cómo se llamaba el vino, pero no estaba nada mal, especialmente después de ocho horas de carretera.

A la mañana siguiente, ya en mood vacaciones, disfrutamos un poco de la piscina del hotel. Tuve mis primeros minutos de contacto con el azul acuoso, mientras flotaba de espaldas para poder contemplar el azul etéreo. La cabecera de agua amortigua el sonido, así que sólo me dediqué a mirar y mirar y a olvidarme de todo lo demás. He de decir que Ana se ha esmerado en la selección de los sitios en los que nos hospedamos. Todos, además de permitir perros, estaban dotados de comodidad, diseño y buen gusto. Desayunamos dentro del pueblo amurallado, donde pudimos ver brevemente la gran cortesía con la que se conducen los ciudadanos de esta ciudad y partimos rumbo a nuestro destino.

WP_20150802_22_20_21_Pro

Vista exterior de Carcassonne

WP_20150803_11_11_49_Pro

Murallas de Carcassonne

Después de otras seis horas de carretera llegamos a Besançon. Alquilamos un pisito a través de airbnb (excelente forma de viajar) justo en el centro de la ciudad. La idea de este lugar, catalogado por nuestros amigos franceses (no sin cierto menosprecio) como el Badajoz de Francia, era visitar a mi amigo Piñeyro y su mujer Audrey que acaban de tener una hija hace unos meses. Así que gran parte del divertimentos durante esos diez días estuvo acompañado de buenas cenas (Piñeyro es un gran cocinero), sin olvidar las buenas dotaciones de vino francés. También pudimos conocer la forma de vida de la Francia más rural; ya que tuvimos la oportunidad de visitar la casa de los padres de Audrey en una pequeñísima localidad en medio de la Campaña francesa. Cabe decir que su familia nos trató de forma espectacular; desde aquí mis recuerdos a todos.

Besançon, a diferencia de lo que dijeron mis queridos parisinos, es una ciudad hermosa. No por nada en 2008 fue reconocida como Patrimonio de la Humanidad. Cuenta con una arquitectura que no había visto en otra ciudad; lo cual tampoco es extraño con todo lo que me falta por conocer. Edificios señoriales de un tipo de piedra blancuzca y tejados inclinados de tejas; según he leído corresponde a un estilo hispanomusulman (pero desde luego yo no he visto nada así en los edificios españoles).

La ciudad está casi rodeada (en una especie de herradura) por el río Doubs. Voy a echar de menos salir a correr por las mañanas bordeando el lecho del río y ver el reflejo verde de la tupida vegetación que rodea la villa. Está sitiada por la Ciudadela que es una fortaleza antigua de la que se domina todo el Valle. Ahora se le ha dado otro uso cultural: han puesto una serie de museos—entre los cuales sobresale el Museo de la Resistencia que hace un recuento histórico de la ocupación Nazi en Francia— y un zoológico.

WP_20150805_15_53_46_Pro

Panorámica de Besançon, desde la Ciudadela


WP_20150809_10_13_50_Pro

Río Doubs

Otro de los atractivos de la ciudad, además de sus mismas calles, plazas y parques, son dos museos: La casa natal/museo de Víctor Hugo y el museo del Tiempo.  En el primero se puede conocer la vida y obra del afamado escritor. Me gustó mucho recordar episodios de Los miserables (una de mis obras preferidas). No pude evitar soltar algunas lágrimas, pues el museo muestra discursos políticos que dio Víctor Hugo sobre la urgencia por fomentar la educación del pueblo, el erradicar por completo la pobreza y otros temas fundamentales; un verdadero ilustrado. Con el apoyo de ONGs como Amistía Internacional, Unicef y otras, dejan ver que el mundo sigue estando plagado de miserables. Por tanto, entremezclados con la información de la vida y obra de este autor, esparcidos por las salas aparecen pequeños reportajes y documentales que muestran la situación acusante de sitios como África, Sudamérica, el Sureste Asiático, etc. El museo del tiempo también tiene su encanto. Su objetivo principal es hacer un repaso histórico de la relojería, sin embargo el museo guarda también impactantes pinturas, tapices y otros objetos de interés (entre ellos un enorme péndulo de Foucault).

Otra atracción de Besançon son sus iglesias, de las cuales tengo de resaltar la Église Sainte-Madeleine. Parte de la decoración la compone una serie de esculturas sobre la crucifixión y asunción de Cristo. Unas joyitas.

WP_20150812_13_17_16_Pro

Église Sainte-Madeleine

WP_20150812_13_20_33_Pro

WP_20150812_13_23_05_Pro

Esculturas en el interior de la Église Sainte-Madeleine (tengo la colección entera para quien esté interesado; estaré encantado de enviarle más fotos)

Hicimos un par de excursiones. La primera fue a Dôle, ciudad natal de Louis Pasteur, y la segunda a Arbois, donde vivió este científico. Lo primero que se puede ver es por qué se le llama La campaña francesa. En el trayecto a estas dos ciudades, campo en todas las direcciones hasta donde alcanza la mirada. Una serie de verdes, de cultivos, de bosques y de animales domésticos. Zona rural por excelencia.

Dôle es una pequeña villa que no le envidia nada a las ciudades holandesas. Con su río, sus barquitos, su catedral, calles empedradas y sus restaurantes con terrazas. Arbois es más turístico, pero tiene su encanto; uno de ellos el ser una zona vinícola. Pero lo que más me gustó de Arbois fue su iglesia, Saint-Just. Muy pequeña, pero realmente maravillosa; quizá una de las mejores que he visitado en mi vida.

WP_20150810_16_41_27_Pro

Dôle

WP_20150810_16_24_39_Pro

Dôle

WP_20150812_16_30_13_Pro

Iglesia de Saint-Just, Arbois

Después de nuestras estancia en Besançon nos dirigimos a Galicia, pero antes hicimos otras paradas reglamentarias. La primera de ella fue todavía en Francia, en Saint-Emilión. Otra región vinícola de la que pudimos traer algunas muestras que tendremos que descorchar en algún momento. Es un pueblo pequeño, con edificios que se me antojan del Medioevo. Es un poco turístico, pero en parte esto hace que toda la gente que habita el pueblo y que vive de los visitantes sean extremadamente amables. Está rodeada por viñedos y su iglesia también es bastante impresionante.

WP_20150813_19_14_26_Pro Viñedos de Saint-Emilión

Dejamos Francia para llegar al País Vasco y comer en Mendaro con unos amigos de Ana. Había estado en Bilbao, San Sebastián y alguna otra localidad vasca, pero no en el País Vasco profundo y eso es lo que es Mendaro.  Me quedé impresionado de que fuéramos las únicas personas que hablábamos castellano en la terraza de uno de los restaurantes del pueblo. Mi sorpresa puede deberse a que el euskera es muy diferente del español; si no lo hablas no hay manera de entender una palabra. Me encantó que los hijos de nuestros amigos podían cambiar de uno a otro idioma con suma facilidad; con sus padres hablaban siempre en euskera y con nosotros en castellano. Los pequeños parecía no importarles saltar de uno a otro dependiendo la necesidad.

De ahí fuimos a Cantabria a un pequeño hotel rural en Herrerías. El sitio parece estupendo para excursiones por la montaña o simplemente para alejarte de la civilización. Nosotros sólo íbamos de paso, así que nada de paseos y el resguardo rural nos duró tan sólo una tarde y unas horas por la mañana. En el sitio se respiraba una tranquilidad de lectura y meditación. Cenamos una tablita de quesos de la región, como recomendación de la camarera andaluza. Curioso escuchar su acento alegre y sonoro en esas latitudes.

WP_20150814_20_29_17_Pro

Hotel Rural de Herrería

Al siguiente día fuimos a Ribadesella a comer con mi tía Bonfilia. He de reconocer que Asturias se ha convertido en un lugar que activa mi fibra sensible. El día era estupendo: un cielo azul y un sol en lo alto que bronceaba los cuerpos de los bañistas. Sin embargo, he de reconocer que me gusta más el cielo plomizo y mejor si viene acompañado de un orvallo. En mi recuerdo esta ciudad se tiñe de amarillo gracias a la niebla que lame las farolas del solitario paseo marítimo. Así que si quiero revivirlo tendré que volver a ese sentimiento en alguna visita invernal. En cualquier caso la comida con mi tía, Alberto (el monstruo), Ina y Alicia, ha sido simplemente entrañable. Preparé una conferencia  por skype  para que mi tía Bonfilia hablara con su hermana, mi abuela, que vive en México. No se han visto en cerca de veinte años (una larga historia). Ha sido una agradable sorpresa para ambas.

El viaje terminó en Palmeira, un pueblo a unos 80 km de Santiago de Compostela, Galicia. Se encuentra en la más baja de las Rías Altas. Dado que la familia de mi mujer me tiene expresamente prohibido dar más información sobre esta localidad, tan sólo he de decir que he comido de forma excelsa (pulpo, mejillones, almejas…) y disfrutado de ese microclima que permite bañarte todos los días en sus fabulosas y no plagadas playas.

WP_20150816_20_13_23_Pro

Palmeira

Y ahora sí, con las fuerzas recobradas, a comenzar este año nuevo…

R.III

WP_20150804_18_08_11_Pro

R.III con su amigo Víctor Hugo

***

**

*

Si te ha gustado esta entrada, no dejes de visitar: Tailandia: algunas anécdotas, Viaje a Portugal o Bangkok

***

**

*

*

®R.III


Viaje a Portugal

«La felicidad, sépalo el lector, tiene muchos rostros. Viajar es probablemente uno de ellos. Entregue sus flores a quien sepa cuidar de ellas y empiece. O reempiece. Ningún viaje es definitvo.» 

José Saramago, Viaje a Portugal.

No se equivoca el bueno de Saramago. ¿O puede ponerse en duda el placer que goza el alma de una persona cuando sale de viaje? Por mi parte, la alegría que sentí al coger el coche y echarme a la carretera con Portugal como destino, todavía, ahora ya de vuelta, sigue transmitiendo un escalofrío de emoción por mi espina dorsal. Un viaje que comienza en España, pues es el único sitio desde donde se puede entrar en Portugal si se viene en coche. Así, que para comenzar, una parada para comer en La Alberca, Salamanca, no puede antojarse como mejor opción. Tan sólo unos kilómetros más adelante, no llegan a cien, se pasa una casetita que recuerda los controles de extranjeros en aquella época cuando lo que ahora es la Comunidad Europea dividía sus fronteras. Una carretera similar, pero diferente. Nuevas señales y un peaje que hasta ahora desconocemos (Ana, compañera de Viaje -en esta vida, no sólo de viajes en minúscula- y yo.) cómo pagar. ¡Ah! qué hubiera pasado si nos hubiéramos metido por esas casetitas de la derecha que en varios idiomas indicaban al extranjero la obligación de pasar por ellas. Pero yo, que además de venir de España soy mexicano, me las salté por accidente; y saltadas al fin de cuentas, ya nunca supimos cómo rendir tributo por permitirnos el paso por la dichosa autopista portuguesa. Ahí se queda la duda (y espero que se quede en eso y no en una multa que viene viajando en dirección contraria).

Así se llega a esa ciudad de calles empinadas, mosaicos y grandes monumentos: Oporto. Qué precioso se ve desde aquí el Douro o Duero, un río que no conoce de fronteras, ni de idiomas, a él le da igual cómo le llamen mientras llegue incólume al mar. Lisboa está a unos 200 kilómetros de Oporto (nótese que todo lo estoy escribiendo al vuelo sin parar en rectificar datos absurdos; prefiero los de mi recuerdo).  Así que una parada recomendada puede ser Óbidos; un pueblo amurallado que parece de fantasía. Desafortunadamente, por la época vacacional, tan de fantasía parecía que te sentías en Disneyland con tanto turista. No importa, la impresión de viajar al pasado la tienes asegurada.

Lisboa para mí es música, callejuelas, escaleras y pendientes que siempre guardan una sorpresa digna de inmortalizar con la cámara. Y excelente cómida. Hay que saber buscar, pero incluso equivocándose te podrás dar un atracón de arroz con polvo (pulpo) digno de cualquier estómago primitivo como lo es de quien escribe esta reseñita. Y pescado, todo el que quieras, pero Portugal es especialista en el Bacalao. Lo preparan de cientos de maneras (literalmente) y todo a un precio al alcance de un bolsillo modesto.

Ya estando en Lisboa se puede ir de excursión de un día a dos sitios muy cercanos (no llegan a 30 kilómetros). Sintra y Cascais. El primero es nuevamente un pueblito de ensueño, con su castillo mágico decorado hasta la saciedad en medio de un bosque precioso (quítese a los miles de turistas y se podrá vivir un remanso de paz). Cascais es un destino playero, también con su castillito (cómo no, si se habla de Portugal) y su pueblo perfecto para hacer esa vida playera tan recurrente en occidente (dormir, tumbarse al sol, nadar y comer).

Y vámonos para el sur con el objetivo de llegar a Lagos, en el Algarve. Prevenidos de la cantidad de turistas que se podrían reunir, siendo el Algarve uno de los destinos predilectos de los europeos, íbamos. Pero también mentalizados de lo maravilloso de sus playas y sus pueblos. Lagos, efectivamente puede ser un horror en agosto por la cantidad (y calidad) de sus visitantes, pero nuestro hotel estaba en un sitio más bien alejado del pueblo y muy cerca de la Praia (playa) de Mos. Antes de llegar, para seguir nuestras costumbres viajeras, paramos en Vila Nova de Milfontes, que promete como un sitio agradable para quedarnos en otra ocasión (siempre hay que dejarse un motivo por el cuál volver a un país del que te enamoras). Un pueblo más bien tranquilo, con playas preciosas de aguas calmadas (porque el mar en esta zona del atlántico es más bien movidito). De Lagos partimos en excursión a Sagres para visitar el Cabo de São Vicente; la punta más al suroeste de Europa. Es el último punto que veían los marineros antes de lanzarse a la aventura hacia tierras americanas. De Lagos fuimos a Tavira (a tan sólo 40 km de Huelva, España) que nos sorprendió para bien. Sin dejar de ser turístico es muy tranquilo y tiene unas playas a las que sólo se puede llegar en barquito, pues están en la Ilha (isla) de Tavira que son grandes extensiones de arena, sol y mar.

Todo lo bueno termina, pero no sin antes parar una noche más en Évora. Una ciudad que respira cultura y culturas. En ella se encuentra uno de los mejores templos romanos (del s. II ó s. III) que se conservan en la actualidad, así como un acueducto  y unas termas recientemente halladas (por ahí del 87) también romanas. Pero además lo rodea una murallas en casi perfecto estado del s. XVI que podíamos ver desde nuestro hotel y una serie de iglesias de las que sobresale la Igreja de São Francisco, porque tiene una capilla que atrae a los más morbosos (como es, nuevamente, el que escribe estas líneas) que se llama la Capela dos Osos (y es que con osos no quieren decir animales gruñones, sino “huesos”). Una espeluznante capilla hecha con los huesos y calaveras de unas cinco mil personas. Realmente es macabro ver tantísimo esqueleto organizado para formar columnas y adornos: “Nosotros los huesos que aquí estamos, a los vuestros esperamos”.

Y para no dejar caer la sensación de estar empapados de cultura, ya entrados en España y con el bajón del regreso, nada mejor que una breve parada en Mérida para comer unas migas y ver unos de los teatros Romanos mejor conservados del mundo.

Fin de la travesía (por ahora)…

R.III

Imagen

La Alberca, Salamanca, España.

Imagen

La Alberca, Salamanca, España.

Imagen

Igreja Do Carmo, Oporto, Portugal.

Imagen

Río Douro, OPorto, Portugal

Imagen

Nazaré, Portugal

Imagen

Nazaré, Portugal

Imagen

Óbidos, Portugal

Imagen

Óbidos, Portugal

Imagen

Un tranvía (que no el 28) de Lisboa.

Imagen

Bebiendo Oporto en Lisboa. Música en cada esquina.

Imagen

Sintra, Portugal

Imagen

Sintra, Portugal

Imagen

Praia de Sagre, Algarve, Portugal.

Imagen

Cabo de São Vicente, Algarve, Portugal

Imagen

Templo romano, Évora, Portugal.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Capela dos Osos, Évora, Portugal

Imagen

Teatro Romano, Mérida, España.


A %d blogueros les gusta esto: