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Arcade Fire: Everything Now

La semana pasada Arcade Fire lanzó su último disco Everything Now. Ya me tenían completamente enganchado desde los adelantos que fueron presentando en videoclips. Los amigos que me conocen estarán pensando: “hasta la más horrorosa canción de Arcade Fire te dejaría extasiado” y quizá no se equivocan. Tengo una relación emocional con esta banda y no dudo ni un minuto al decir que es mi grupo favorito; pero si esto es así, es porque la música que hacen es alucinante. Como decía, ya desde la canción que pone título al disco, Everything Now, primer avance del disco, se anticipaba ese tono épico al que nos tienen acostumbrados, aunque se trate de una historia en apariencia sencilla (no es la primera vez que Arcade Fire consigue este efecto, baste pensar en Neigborhhod #1 (Tunnels), No cars go o Srprawl II). La segunda canción que exhibieron fue Creature Confort y ahí me di cuenta de que el futuro disco no iba a tener desperdicio. No me equivoqué este álbum es algo serio.

No uso esta expresión de forma gratuita. Everything Now trata temas serios de actualidad y lo hace con toda la fuerza que poseen los problemas que vivimos día tras días en estas sociedades (pos)modernas que nos ha tocado vivir.  Temas relacionados con patologías mentales (ansiedad, anorexia, tentativas de suicidio…); el existencialismo de vivir una vida que parece no ser lo que las historias de Disney nos prometieron; el amor como un ideal inalcanzable (y a veces patético); la inexorable pregunta sobre el porqué del nacer para morir; y el aparente desamparo de ese “buen Dios”. La narrativa que se esconde detrás de estas canciones se cuenta con toda la crudeza. Que nadie espere finales felices en estos fragmentos de vida contados al puritito estilo de Raymond Carver. La cristalización de una vida cualquiera, como la de cientos de miles almas anónimas que están a nuestro alrededor. De hecho, sé que algunos se verán reflejados en estas historias y no me extrañaría que alguien tomara esas decisiones que no tienen marcha atrás después de escuchar este disco. Así que, por favor, si estoy borracho no me dejen solo con Everything Now; aunque sería un final precioso.

Some girls hate themselves
Hide under the covers with sleeping pills and
Some girls cut themselves
Stand in the mirror and wait for the feedback
Some boys get too much, too much love, too much touch
Some boys starve themselves
Stand in the mirror and wait for the feedback

(Fragmento de Creature Comfort)

Lo vuelvo a decir: este es un disco serio en el que Arcade Fire sigue experimentando nuevos registros musicales. La energía que transmiten los distintos ritmos se asemejan a la ciclotimia: momentos de subidón, seguidos de pendientes depresivas. Baste mencionar Infinite_Content, en el que una misma letra es presentada con dos melodías antagónicas. El resultado nos hace experimentar esa “felicidad” producto de la euforia para, acto seguido, mostrarnos aquella que tiene que ver con una verdadera paz espiritual. Pero lo que realmente descoloca son sus letras en las que se mezcla una dosis de surrealismo condimentada con la rabiosa simpleza (y hasta sordidez) que conllevan las vidas comunes y corrientes de las que nos hablan.

Be my Wendy, I’ll be your Peter Pan
Come on baby, take my hand
We can walk if we don’t feel like flying
We can live, I don’t feel like dying
Be my Wendy, I’ll be your Peter Pan
Come on baby, you’ve got no plans
Boy and girls got all the answers
Man and women keep growing their carncers

(fragmento de Peter Pan)

Sí, me parece un disco serio y aunque después de escucharlo lleguemos a la conclusión de que “quizá no merezcamos el amor”, siempre encontraremos consuelo en la música que sigue haciendo Arcade Fire.

Keep you waiting, hour after hour
Every night, in your lonely tower
Looking down, at all of the wreckage
When we met, you never expected
And you said, maybe we don’t deserve love

(Fragmento We don’t deserve love)

 

¡Cómo me gusta esta bada!

 

R.III

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¿Quién rescató a quién?

Me gusta caminar y fijarme en la gente y los alrededores. Debido a este hábito ya me conozco a muchas de las personas que viven en mi barrio, aunque ellos quizá no hayan reparado en mí. Llevo ya varios meses viendo a una pareja que me gusta mucho, porque me transmiten una especie de estado “zen”. Ambos son jóvenes, pero no podría precisar más; tan sólo encasillarlos bajo el concepto de veinteañeros. No sé si tienen oficio ni beneficio, pero siempre que los encuentro en la calle andan con mucha parsimonia; pasean más que caminar. Van hablando con jovialidad de temas que quiero imaginar trascendentes, pero llevándolos a terrenos banales (como se debe hacer). Sonríen, se abrazan y, en pocas palabras, se les ve felices.

La parejita llamó mi atención, pero la razón no es debido a lo mencionado. Lo que atrapó mi interés fue que atrás de ellos viene siempre un perrito. Camina sin necesidad de correa a unos pocos pasos detrás de sus amos, pese a detenerse de vez en cuando a olfatear o dejar su rastro. Se ve que confían en esta disciplina, pues la pareja suele andar enfrascada en su diálogo; avanzan de la mano o abrazados sin siquiera echar un vistazo al perrito para asegurarse de que los sigue. Si entran a una tienda (donde suelo coincidir con ellos es en una de chinos) el perro sin recibir orden alguna (ni siquiera una mirada por parte de alguno de ellos) se queda a los pies de la puerta. Se sienta a esperar a que salgan sus amos y, cuando lo hacen, comienza a seguirlos de nuevo.

Me parece que son la imagen perfecta de la ataraxia. Cuando los veo pasar siento que el horizonte hacia donde avanzan está despejado y luminoso. Y cuando doy la vuelta sobre mis pasos me da la impresión de que el cielo se nubla y que sólo puedo esperar tormentas y oscuridad. Como se podrá imaginar el lector, a veces los veo y siento un poco de envidia. Pero ya sabemos que el amor es efímero (el que lo siga dudando que eche un vistazo a este artículo sobre el amor). Así que cuando los veo paseando de tan buen rollo, sólo siento alegría y un poco de compasión: pobres, lo que les queda por vivir. Lo fácil que es la vida cuando se es joven…

La envidia la siento por el perro. ¡Cómo diablos han sabido educarlo tan bien! Si alguien nos ve caminar con la Oli (nuestra perrita) podrían apreciar que no hay nada de zen, ni de armonía –y no me atrevo a volver a incluir la palabra ataraxia- en nuestro andar. Nada más lejos a la realidad. Cuando salimos a caminar, la Oli va tirando de nosotros olfateando árboles, personas y traseros de perros. Nosotros somos quienes la seguimos, si no debería decir, que somos literalmente remolcados por ella. Dejarla sin correa está fuera de toda cuestión, al menos que quisiéramos provocar una catástrofe vial. Por tanto, por más interesante que pueda ser nuestra conversación, ésta se ve constantemente interrumpida por los tirones caprichosos de Oli. También puede pasar que salte a ladrarle “con ferocidad” a algún perro pequeño que pase a su lado (con los grandes no se atreve, mira tú). El caso es que andar con ella es ir por caminos azarosos: ya sea porque ha encontrado algo apetecible que olfatear (no todo nos parecería apetecible a los humanos) o porque los otros caninos dan mucho juego. Así no hay quien pueda seguir el hilo de algún argumento; a las dos frases se pierden las ideas, se olvida el tema central o se convierte todo en un soliloquio pues la otra persona ya está a cien metros de distancia intentando frenar las inopinadas voliciones de la Oli.

Si nos paramos a comprar algo, uno tiene que esperar afuera con la perrita. Y si vas solo con ella, hay que atarla en corto al primer árbol que se encuentre, entrar como el rayo y esperar que durante nuestra ausencia nada se haya salido de madre.

Ya me ha pasado cruzarme con la linda pareja mientras salgo a “pasear” con la Oli. Los veo caminando despreocupados, con parsimonia, como si tuvieran todo el tiempo del mundo para disfrutar de la vida. De pronto un tirón me trae de nuevo a mi realidad y descubro que Oli ya se está comiendo algo que no tiene pinta de ser alimento o está olfateando una paloma muerta. Así es el mundo, algunas personas parecen estar uncidas por la divinidad y otros pertenecemos al sórdido mundo profano.

Encontrarse un cojín destrozado al volver al hogar, que te despierten a las 8,00 de la mañana un domingo o tener que haber comprado tres mandos para la televisión porque todos han sido parcialmente devorados no tiene comparación con las alegrías que brinda la condenada perra. Hay que ser justos: llegar a casa y que te esté esperando con un entusiasmo que no cesa con los años. Verla tumbada en su camita mientras tu estás viendo una película con palomitas (un poco como cuando después de estar todo el día en el parque cuando R.IV tenía cinco años y en la noche entrabas en su habitación y lo veías dormidito). El que se te caiga algo mientras cocinas o comes y ya no te preocupes por tener que levantarlo. Eso amigos… no lo cambio por ninguna veinteañera zen con un perro súper educado, aunque sea el mismísimo Lassie.

Y ya lo dejo, que la Oli ya no me deja escribir más, tengo que sacarla que algo le apremia y no deja de reclamar mi atención arañándome.

R.III

 

 

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Florida 18

Casi toda la gente que me conoce en persona sabe sobre mi pasión por el vino. Es muy probable que todos ellos hayan escuchado por qué considero que el vino es una bebida sagrada. No me lo saco de la manga, de hecho es parte de nuestra cultura popular. Se sabe que en las Bodas de Caná Jesús escogió transformar el agua en vino sobre cientos de otras posibilidades para poder seguir con el convivio. Era Jesús, pudo haber optado por cerveza, limonada o agua de horchata, incluso pudo haberse planteado patentar la Coca-cola. Y no se trata de limitaciones, pues la capacidad del milagro la tenía ya incorporada en su ADN y tampoco se trata de modas. Lo que pasó en dicha celebración es el resultado de una preferencia por aquello que debe trascender.

Antes Dionisos (para los Griegos) y más tarde Baco (para los romanos) —como dioses del vino— ya habían exaltado las virtudes trascendentales de este brebaje. ¡Qué buenas fiestas aquellas! Basta echar un vistazo al Banquete de Platón para darse cuenta de lo bien que se lo montaron estos griegos (y de lo mojigatos que nos hemos vuelto en estos tiempos). Si es que nací en una época equivocada, no cabe duda. Ahora de forma un poco más recatada, seguimos manteniendo ciertas fiestas en las que uno puede sacar algunos de nuestros instintos más básicos. Y gracias a ello las personas somos capaces de ir tirando con los convencionalismos de la cotidianidad. Sólo así se puede sobrellevar el malestar de la cultura del que nos habló Freud. En cualquier caso, ya sea de forma profana o sagrada, el vino debe estar presente siempre que se quiera disfrutar de una buena charla, una agradable compañía y de la vida en general.

Tanto hablo de las virtudes del vino que a Marco, el dueño del Florida 18, uno de los restaurantes-bares que hay por la zona en la que vivo, se le metió la idea de que soy un experto catador. A ver, es cierto que en esto del vino ya tengo práctica y eso a veces lo hace a uno exquisito. Antes me tomaba un valdepeñas como podría ser “Los Molinos” y me parecía la calidad embotellada. Ahora, sin despreciar aquel vino que tantas noches me hizo compañía, he de admitir que trato de embucharme sólo “crianzas”. Que sean riojas, riberas, somontanos o toros  me da igual, siempre que sean aceptables. Y ahí sí que ya nos metemos en una conversación de matices que no podría (y que no me interesa) explicar. Aun así que disfrute el vino no me hace un experto, pero por alguna razón, y a esto quería llegar, Marco me da a probar todos los vinos que le ofrecen sus proveedores y si me gustan los pone en la carta.

Para mí se ha convertido en un excelente trato. De vez en vez me detiene en la calle —¡Ah! porque no creáis que espera a que esté tomando algo en su bar— y me dice: “Me ha llegado este Ribera. Vente a probarlo”. Así que entro, me pone un poco en una copa, yo le pido que me ponga del que ya tiene en la carta y comparo. Así ha (hemos) ido probando distintos vinos a lo largo de la historia de su bar. El que se ha mantenido incólume desde el comienzo es un Rioja llamado Arnegui que, con independencia de mi opinión, está muy bueno. Con los Riberas hemos batallado un poco más y con algunos blancos también. Quizá se deba a que Marco me los ha dado a probar cuando ya llevo metidos unos cuantos vinos previos entre pecho y espalda. Ya para ese entonces me sabe bien hasta el aguarrás.

Hasta ahí todo bien. Su bar se ha convertido en uno de los lugares de encuentro que frecuento con amigos, familia, etc.  El problema, si es que podemos usar este término aquí, es que a Marco le encanta cocinar y se ha dado cuenta de que la comida me gusta casi igual que lo que me gusta el vino. Así que cada vez que coincidimos en su bar, viene a la mesa y nos dice: “he preparado unas gachas” —cabe mencionar que Marco es manchego y los platos tienden a contar con una alta reserva calórica— o “mirad que buenas que han quedado estas migas”. El caso es que nos informa que aquello que ha preparado fuera del menú y nos lo planta directamente en la mesa. Hay que admitir que todo lo que prepara está buenísimo, aunque justo en estas invitaciones radica “el problema”. Estos kilos de más que llevo a cuestas están directamente relacionados con el Florida 18. Su local es cada vez más una tentación pecaminosa.

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Ya se puede imaginar el lector lo que significa esta explosiva combinación para el bohemio escritorucho que redacta estas líneas: buen vino, buena comida ¡y algunas veces gratis! Menudo chollo. Y no soy sólo yo quien goza de esta calórica oferta. Y ya no hablo de mi mujer, sino de Oli, mi perrita. Marco adora a Oli y cada vez que la llevo conmigo comienza a sacarle comida: jamón, pollo, ternera y muchas otras tentaciones. Claro está que Oli también ama a Marco. Así que ahí tienen a la Oli moviendo el rabo toda contenta para que Marco le dé un aperitivo más y a mí sonriendo para ver si me cae otra copa de vino. Muy buena gente este Marco, nadie puede negarlo.  Espero siga al frente de este bar que tantas alegrías me ha brindado, pese a que la salud de mis coronarias esté en riesgo o como se dice vulgarmente, “pese a lo que pese”.

 

R.III

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Lo que adolece el adolescente

 

Cuando tenía doce años mi padre me llevaba a la secundaria en el coche. Paraba un momento en la puerta del colegio para que bajara no sin cierta celeridad. Fue hacia finales de ese año cuando hice unas de las pocas cosas de las que me arrepiento de mi pasado. Un día antes de bajar del coche le dije que, si no le importaba, prefería no volver a besarle como gesto de despedida antes de apearme del automóvil: “me da vergüenza hacerlo aquí, justo frente a la escuela”. Ahora sé que fue una bobada de adolescente que se cree “mayor” y “maduro” para seguir haciendo cosas de “niños”, pero así lo hice.

No recuerdo lo que él contestó, pero sé que desde ese día no volví a darle besos de despedida mientras me siguió llevando al cole a lo largo de los primeros años de secundaria. Tampoco lo volví a hacer al saludarnos o al despedirnos en otras ocasiones, ya fuese dentro o fuera de casa. Había afecto y cercanía, pero tengo la remembranza (o más bien su carencia) de no volver a repetir ese guiño afectuoso hasta muchos años después. Más adelante mi padre se fue a vivir a Puerto Vallarta y yo ya no volví a compartir un mismo techo con él, a excepción de las vacaciones.

A partir de ahí, en todos los encuentros que hasta la fecha seguimos teniendo trato de ser cariñoso, darle besos sin ningún tipo de pudor y lo abrazo a cada instante. Parece como si intentara recuperar todo lo que no le di cuando adolecía de insensatez. A veces me atormento pensando en lo que sintió él, cuando bajé del coche aquel día en el que le pedí que no volviéramos a besarnos al despedirnos.

Ahora mi hijo tiene justo doce años. Todavía se me cuelga al cuello y me besa sin un atisbo de vergüenza. Me dice “te quiero” y en general se muestra efusivo. Día a día espero que de un momento a otro me detenga justo antes de rozar su mejilla con mis labios y me diga “papá, preferiría que no me besaras en público”. Quizá no hará falta que diga nada y el sólo hecho de anteponer su mano a mi intención sea suficiente para que comprenda que ese día ha llegado.

Pero todavía tengo la esperanza de que el espíritu de mi hijo me supere. Que su cariño no comprenda de adolescencias, ni de “madurez”. Que no adolezca esa falta de sensatez que su padre padeció y que, con ello, me devuelva aquello que perdí una mañana de colegio.

 

R.III

 

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RIII, R.IV y R.II

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También puedes visitar algo más melancólico como El camino de Orteguita

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Mi mundo de ayer

No es una regla de oro, pero las inquietudes literarias suelen acuñarse a una temprana edad. Por lo general vienen acompañadas de muchas lecturas, aunque más importante aún es el hecho de que están ligadas a una serie de amistades que también cultivan ese amor por las letras. No me imagino haber emprendido la trayectoria de la literatura —ya sea como profesor de esta disciplina, ya como amago de escritor— si no me hubieran encaminado por esta senda algunos de mis reseñables amigos. Pienso en este detalle a colación de la lectura que estoy haciendo de El mundo de ayer, de Stefan Zweig. Una preciosa autobiografía que escribió este autor austriaco justo antes de quitarse la vida (junto con su esposa) en 1942[1]. No creo que exista un mejor legado para hacer a este mundo que dejar un texto de estas dimensiones. Un libro que debería ser obligatorio en los colegios para enseñar grandes valores: la tolerancia, el esfuerzo, la búsqueda de la belleza, la defensa de la paz, la amistad incondicional… Todavía no termino de leerlo y ya sé que va a ser uno de mis libros favoritos.

Volviendo al tema de esta columna quería rescatar algunas de las líneas que Zweig escribe sobre su iniciación literaria. Para empezar, recuerda en su libro, con mal sabor de boca, el tipo de enseñanza que recibió en su niñez. Clases aburridas en las que el profesor era una figura atemorizadora y el saber una obligación tediosa. Por fortuna, conforme fue creciendo también fue obteniendo un poco más de libertad. A ello se aunó la suerte de encontrarse con un grupo de amigos del instituto que tenían las mismas inclinaciones que él; un gusto desenfrenado por la lectura:

“[…] Y sobre todo, leíamos, leíamos todo lo que nos caía en las manos. Sacábamos libros de todas las bibliotecas públicas y unos a otros, nos dejábamos prestados los hallazgos que conseguíamos encontrar. Pero la mejor academia, el lugar donde mejor se informaba uno de todas las novedades era el café.”

Lo vivido por Zweig no es exclusivo de su época. Una cafetería es el lugar de encuentro por excelencia para el joven (y no tan joven) literato. Un sitio propenso para las tertulias con los amigos o la lectura individual. Quien dedique su vida a la escritura, casi podría asegurarlo, afirmará que ha invertido muchas horas de su vida reuniéndose con colegas en estos lugares para comentar aquellas obras que le han apasionado, para trabajar algún texto suyo o de alguno de sus compañeros, o tan sólo para deleitarse con el libro de turno. Es el entorno donde comienzan a gestarse los andares del escritor. Zweig nos abre una ventana para mostrarnos cómo era en su tiempo el café:

“Para comprenderlo hay que saber que el café vienés es una institución muy especial, incomparable con ninguna otra a lo largo y ancho del mundo. Se trata, de hecho, de una especie de club democrático, abierto a todo aquel que quiera tomarse una taza de café a un buen precio y donde, pagando esta pequeña contribución, cualquier cliente puede permanecer horas, charlando, escribiendo, jugando a cartas […] y, sobre todo, consumir una cantidad ilimitada de periódicos y revistas”.

Este café vienés permitía al público un acceso a periódicos de todo el imperio alemán y de otras nacionalidades. Sin olvidar la disposición, según Zweig, de las revistas literarias más importantes del mundo:

“Pasábamos ahí horas enteras cada día y no había nada que se nos escapase, pues gracias a la comunión de intereses, seguíamos de cerca el orbis pictus de los acontecimientos culturales no con dos, sino con veinte o cuarenta ojos; lo que a uno se le pasaba por alto lo retenía el otro, y como la arrogancia infantil y una ambición casi deportiva nos impulsábamos a superarnos en el conocimiento de las últimas novedades […]”

Conocieron así a Nietzsche o a Kierkegaard, cuando apenas se comenzaba a hablar de ellos. También leyeron a Rainer Maria Rilke (que más tarde se convertiría en amigo de Zweig) o a Balzac, entre muchos otros. Puedo imaginarme de forma nítida a ese grupo de jóvenes charlando con pasíón sobre estos personajes. Y si lo puedo hacer es porque lo he vivido. Sé que puede resultar ingenuo (incluso patético), pero a lo largo de este capítulo de El mundo de ayer no podía dejar de verme reflejado en las vivencias del grupo de amigos de Zweig; salvando las grandes distancias que separan al genio del profano.

Hay que cambiar el contexto romántico de la Viena de finales del siglo XIX, por las contaminadas inmediaciones de la Ciudad de México a finales del XX. También habría de sustituir esos cafés refinados de la capital austriaca, por la popular cadena de cafeterías Samborns. Sin embargo, yo también tuve la suerte de conocer a un grupo de amigos que me incentivaron a abrir la mente. El entorno de Zweig era distinto al nuestro, pero las inquietudes y las ansias de mejorarnos unos a otros eran muy similares, si no es que idénticas. Las charlas versaban de Freud, Nietzsche, Fromm, Wittgenstein, Marx, pero también de Hesse, Hamsun, Saramago, Vargas Llosa, Benedetti. Pasábamos de un tema a otro en una vorágine inexorable de citas, apuntes, comentarios. Unos chavitos que tenían la pueril idea de dominar el saber, que intentaban resolver el mundo desde la pequeñísima ojeada que habían echado a un puñado de autores. Todavía recuerdo cuando Emilio, uno de estos amigos, se refirió a nosotros como “intelectuales”. Me hizo gracia, y todavía me lo sigue haciendo, pero supongo que eso éramos. Porque un intelectual no es otra cosa que una persona que ama el saber y desde entonces ya lo amábamos; como amamos a la literatura, al arte o a una mujer.

Así también comenzamos a escribir. Intentábamos plasmar nosotros lo que veíamos en esos grandes autores que nos fascinaba. Perseguíamos un estilo auténtico y conseguíamos textos llenos de artificios, pero que en ese momento nos parecían originales. Nos leíamos esas intentonas literarias y las comentábamos. Muchas de ellas las publicábamos en el periódico universitario, pero éramos nosotros nuestros mayores críticos. No dejábamos pasar los errores cometidos de nuestros compañeros y ellos no pasaban inadvertidos los nuestros. Algo parecido a lo que comenta Zweig: “Mientras los buenos de nuestros profesores inocentemente seguían marcando con tinta roja las comas que nos faltaban en las redacciones escolares, nosotros nos dedicábamos a ejercer otro tipo de crítica.” Se refiere a una mucho más severa y meticulosa, donde se jugaba algo más que una nota; el honor. Es decir, la admiración o la ignominia durante aquella tarde de café.

Echo de menos aquellas largas jornadas de intensa charla. Al igual que la Viena que describe Zweig, en el Samborns con pagar un único café se podía permanecer horas. La vida era más sencilla y nuestros sueños eran grandes. Ahora la vida es compleja y mis ambiciones modestas: la lectura de un buen libro, un poema, escribir algunas líneas de vez en vez y echar la vista atrás con la melancolía que causa la impronta de haber vivido buenos tiempos.

R.III

Dedicado a Oscar y a Emilio.

 

 

[1] Debió llevarle años escribir este libro, pero esperó a terminarlo antes de quitarse la vida.

 

 

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El tiempo corta las alas al amor. Lambert Sustris (Museo del tiempo Besanzón, Francia)

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O también puedes visitar algunas Reflexiones sobre el universo.

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Con tres heridas

La verdadera poesía consigue sintetizar, a veces con suma simpleza, los grandes aspectos de la naturaleza humana y no humana. Se puede ser grandilocuente, prolijo y complejo; para gustos nada está dicho. Sin embargo, muchos de los poetas más sobresalientes de la historia de la literatura han conseguido cristalizar conceptos elevados en palabras sencillas.

Hoy me conmovieron —como tantas ocasiones lo han hecho ya en otras épocas de mi vida— unas líneas  de Miguel Hernández; no es infrecuente que la poesía te golpee con su belleza, no importa cuántas veces la hayas leído previamente. Sucede incluso cuando creías que su esplendor ya comenzaba a parecerte indiferente. Hoy, además del cúmulo de emociones que se agolparon en mi interior (exteriorizándose, si a caso, con alguna lágrima que nadie vio), me llevaron a esta reflexión que aquí expongo.

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.

Prácticamente las tres estrofas se repiten alternando su orden. Tres conceptos escuchados con relativa cotidianidad por todos. Aunque si parafraseáramos a Wittgenstein diríamos que pertenecen al terreno de lo que debemos callar; conceptos que están fuera de nuestros límites del lenguaje y, por ende, de nuestro entendimiento. Aún así nos resultan palabras comunes en nuestro día a día: vida, muerte y amor. Nada ampuloso. Ningún sinónimo trabajosamente localizado para mostrar el bagaje lingüístico del autor. Y, sin embargo, su expresión y colocación pueden resumir con maestría la tragicomedia de la vida del ser humano. La desventura de haber nacido y ser conscientes de ello. Nacer y vivir significa también tener que sufrir esas tres heridas.

Schopenhauer diría que el peor error de los seres humanos es pensar que hemos venido a esta vida para ser felices. Si a esto agregamos lo que dijo Sartre de que hemos sido arrojados a este mundo sin que nadie nos hubiera preguntado, no queda más remedio que admitir que la vida en sí misma ya es una herida. ¡Cuánta filosofía en las letras de Miguel Hernández! Porque esa primera herida proviene a su vez de las otras dos. No nos queda más remedio que someternos y aceptar que parte de todo lo precioso (para no sonar tan pesimista) que pueda contener nuestra existencia, siempre terminará ensombrecido por esos tres avatares.

Pobre Miguel Hernández, que sufrió como nadie las tres heridas referenciadas. Tres sacudidas que canta para sus hijos y para los hijos de sus hijos hasta llegar a nosotros que podemos tararearlas a las generaciones venideras. Canta dolorosamente porque mientras lo hace él ya conoce lo que la mayoría ignoramos; por eso el poema termina incluyéndolo en el dolor que estas heridas le causan.  Él lo escribe, porque lo vive. No hay que olvidar que aunque estos golpes llegan siempre, no ensombrecen nuestra cotidianidad hasta que de súbito hacen acto de aparición. Tarde ya para Miguel Hernández que las vivió y sufrió hasta su último aliento.

¿Y nosotros? Vivamos intensamente antes de ser alcanzados por alguno de esos dardos que “abren zanjas oscuras / en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte”, como diría César Vallejo. Aunque peque de ingenuo, quizá alguna de esas flechas emponzoñadas de vida no llegue a tocarte.

R.III

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También puedes ver Pérdidas definitivas.

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El Krausismo y Francisco Giner de los Ríos

Hoy hace 175 años nació Francisco Giner de los Ríos. Por esta razón, he querido escribir un poco sobre este personaje y especialmente de ciertos antecedentes que, incluso en España, se desconocen sobre su vida. Giner de los Ríos, junto con otros personajes, es un miembro de la escuela llamada Krausismo. Uno de mis profesores de filosofía me dijo que en España nunca existieron grandes filósofos o filosofías. Comentaba que uno de los pocos nombres reseñables es el de Ortega y Gasset, pero que antes de él, sólo podría acudirse al krausismo como uno de los movimientos filosóficos de relativa trascendencia de este país ibérico. Pero, ¿qué es el krausismo y qué tiene que ver con Giner de los Ríos?

Remontémonos a mediados del siglo XIX, donde aparece otra figura interesante: Julián Sanz del Río. En 1840 se licencia de la carrera de Derecho en la Universidad de Madrid; «gratis, por pobre y sobresaliente», dice la certificación. Y poco más tarde se convierte en catedrático de Historia de la filosofía en dicha universidad. En 1843 fue enviado a Alemania por Pedro Gómez de la Serna, en ese momento ministro de la Gobernación, con el encargo de estudiar durante dos años las doctrinas que habían hecho de ese país una potencia en todos los terrenos, pero sobre todo en el científico y el universitario. Es así como Julián Sanz del Río comienza un periplo por las gélidas tierras del norte de Europa. El siglo XIX es la cuna histórica de grandes nombres de la filosofía alemana; se puede hablar de Hegel, Fichte e incluso de Schopenhauer. Entre este abanico de posibilidades, Julián vino a poner atención en la figura de un tal Karl Christian Friedrich Krause; un filósofo menor, pero también perteneciente a la corriente idealista (como Hegel, Schelling o Fichte).

Aunque Krause no llega a considerarse panteísta, sí que promueve la idea de un panteísmo que afirma la realidad del mundo como un mundo-en-Dios. En este sentido lo más importante del pensamiento de este filósofo es la idea de unidad del Espíritu y la Naturaleza de la Humanidad. De alguna forma, los distintos períodos de la humanidad son estadios por los que las personas han ido escalando en dirección a la Humanidad Racional vinculada a Dios. Pero el punto que más interesa a Sanz del Río es que Krause niega la teoría absolutista del Estado y acentúa la importancia de las asociaciones llamadas de finalidad universal (como la familia, la nación, etc.) frente a las asociaciones limitadas que son la Iglesia y el Estado. Cuando trae estas ideas a España se consolida la llamada escuela krausista. Y son las ideas e influencia del Krausismo las que marcarán para siempre, tanto el pensamiento, como la obra de Giner de los Ríos.

Las ideas krausistas fueron muy bien recibidas en el terreno de la Filosofía del derecho, pero muy especialmente en el de la educación. Frente a una postura estatal que, en 1875, prohibía la libertad de cátedra (por una ordenanza del Ministro de Fomento de aquel entonces Marqués de Orovio), se levantaron algunas voces. Entre ellas la más importante fue la de Ginés de los Ríos con la fundación de la Institución Libre de Enseñanza un año después de la ordenanza. Frente a la idea de una educación dogmática, religiosa, memorística, Ginés de los Ríos plantea poner en práctica unas líneas pedagógicas que definen la Institución: formación de hombres útiles a la sociedad, pero sobre todo hombres capaces de concebir un ideal; coeducación y reconocimiento explícito de la mujer en pie de igualdad con el hombre; racionalismo, libertad de cátedra y de investigación, libertad de textos y supresión de los exámenes memorísticos.

Más adelante y vinculada a esta institución, surgirá la Residencia de Estudiantes, que recibió a las figuras más sobresalientes de la literatura, el arte y la ciencia de principios del siglo XX. Pero no fue el único centro relacionado con la ILE, también se puede mencionar el Museo Pedagógico Nacional, las Colonias Escolares, la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, futuro germen del CSIC. De esta manera, la institución queda ligada a figuras trascendentales de la intelectualidad como son: Manuel Azaña, Julián Besteiro, José Ortega y Gasset, Federico García Lorca, Salvador Dalí, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Luis Buñuel, Miguel de Unamuno, Fernando de los Ríos o Bosch Gimpera.

Lo curioso es que el germen de este sobresalir pedagógico, del que queda rastro en nuestra época (pese a que el Franquismo lo amordazó por muchas décadas) comienza con ese viaje a Alemania de Julián Sanz del Río. Y su admiración por ese filósofo menor apellidado Krause.

R.III

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