Archivo de la categoría: reflexión

La inspiración poética

«Nada de lo que recibe el toque del arte es trivial”

Edith Wharton

He tomado la determinación de abrirme un poquito más con mis alumnos de Escritura Creativa. Es a ellos, o por ellos, que he decidido contar la forma en la que escribo poesía; pero si es que ya sólo decir que escribo poesía me desgarra de lo mucho que me abro, porque decir que esa serie de versos puede llegar a tener ese apelativo es mucho atrevimiento. Empiezo mal, lo sé, pero eso tiene lo de “abrirse”, que uno no estructura y esboza; no hace del discurso una estrategia, sólo deja fluir aquello que pretende mostrar. Esa es la idea que pretendo para las siguientes líneas, así que no os fijéis mucho en la forma; id al fondo.

El caso es que ayer tuvimos una clase de poesía y/o lenguaje poético a la que invité a mi amigo Carlos Candiani. ¿A quién más podría invitar? Yo no me iba a meter en ese berenjenal que significa enseñar lo que es la poesía. A él en cambio le encantó la idea. Es un atrevido, un loco, por eso es mi amigo, supongo. Además tiene toda la competencia para hacerlo, ya que considero que, de sus escritos, los mejores son sus poemas. En la charla habló de lo que es la poesía para poetas reconocidos (Juan Gelmán, José Emilio Pacheco, Mario Benedetti, entre muchos otros), planteó una serie de reflexiones en torno al tema, e hizo una selección de poesías que consideró iban a ser lo suficientemente cercanos para ellos; algo que les sedujera. Creo que lo consiguió, puesto que, por lo menos en apariencia (aunque ellos son expertos en aparentar), estaban entretenidos. Sin embargo, ese día en la tarde me puse a pensar que nunca nos habló de cómo hacía él para escribir poesía. Quizá en el fondo no quería revelarnos su secreto, no sé. Y yo, que no escribo poesía, pero que estoy dispuesto a abrirme el día de hoy, estoy a punto de contar mi estrategia de trabajo (si es que se le puede llamar así a eso que hago cuando escribo aquello a lo que no me atrevo a llamar poesía; ¡vaya lío!).

Ok. Allá voy.

De pronto –siempre es de pronto- una frase me ronda la cabeza. Esta oración generalmente es pábulo de una conversación que presencio indiscreto, de un paisaje, de la música que voy escuchando, de la sonrisa de una chica guapa, de la sonrisa de una chica no tan guapa, de una frase inteligente del libro de turno, de la sonrisa de una mujer que algunos dirían que es fea –y que yo simplemente la veo menos guapa- o de un suceso que me ha acontecido recientemente. No voy a ponerme pedante, la verdad es que la conjunción de palabras que forma el enunciado que aparece en mi cabeza casi siempre resulta motivada más de lo último que de los otros factores, pero lo sorpresivo es incondicional. Por eso opino que una parte fundamental de escribir, incluso por encima de la lectura, es la de vivir. Hay que experimentar intensamente los sucesos de la vida; salir a buscarlos si hace falta, pues esto ayudará a atrapar esas frases que aparecen de pronto.

Cuando surge y tengo la suerte de contar con un boli y un papel –procuro no salir sin estos elementos, pero a veces tengo la desdicha de perderme frases inteligentísimas, ya sean mías o de alguno de esos que voy leyendo, por tan inopinado descuido- cuando surge, repito, y llevo las herramientas, procedo a su registro inmediato; así, sin florituras ni aditivos, tal como aparece. En ese momento sé que es el germen de una poesía, porque no puedo precisar muy bien a qué se debe, pero desde que brota tengo la seguridad que lo será; incluso cuando el producto final, por provenir de mí, no lo pueda considerar poesía (y ya no voy a insistir más en ello).

Pasemos al ejemplo:

Ayer te dejé con esa mirada

Cuando emergió de las profundidades de mis pensamientos no había más. Sólo esta frase en mi cabeza que suele ser más caos que orden. También estaba en mi pensamiento su mano sujetándome, pero esa idea no tenía frase. El verso ya perfilado iba destinado a su mirada. No sabía si comenzaría con ella o si iría al final, pero sabía que iba a ser parte del poema. Muchas veces no puedo siquiera anticipar si va a ser el verso más significativo, pero da origen a la estructura que ahí mismo –con su aparición- he comenzado a construir. Para entonces es un poema que todavía no tiene existencia, pues aún no se compone de la materia de la que se conforman los poemas, pero siempre suelo estar confiado de que cuando encuentro “la frase” lo demás será sencillo. Con otros tipos de literatura no me pasa igual. Por ejemplo cuando escribo un relato o una entrada para el blog lo único que necesito es una idea abstracta. Gracias a la práctica de años, lo que hago es trabajar esa idea y darle forma, pero no hace falta creatividad (o no mucha); es más oficio. Con la poesía es necesario que la inspiración llegue; es fundamental que se tenga a las musas de lado de uno. Después, no sé muy bien cómo explicarlo, pero una frase lleva a la otra.

ayer te dejé

como desde hace años

No quiere decir que no haya trabajo en el asunto. Una vez que llega ese verso (a veces es incluso una estrofa completa) lo que sigue es jugar con la melodía, el ritmo, la cadencia y otros aspectos formales que permiten descubrir esos otros versos que ayudarán en conjunto a consolidar la poesía. Y entonces comienza otra vez la labor de artesano: leer, borrar, agregar, cambiar. Se buscan sinónimos, caminos alternativos, palabras que vigoricen las imágenes que queremos dibujar en la mente del lector. Por tanto, hay que atender a la cita Edith Wharton del comienzo; en la poesía –que es arte- nada puede ser trivial. Sólo así puede comenzar esa concatenación de ideas que poco a poco esculpe aquello que el espíritu te ha pedido transformar en palabras:

y esas manos diminutas

donde fluye el tiempo

La poesía es sentimiento y hay que dejarlo aflorar, pero también es filosofía, es conocimiento, es sabiduría… y ante todo es libertad. El poema debe permitir al autor desahogarse, hacer catarsis, expulsar sus demonios o aflorarlos. Cuando termina, con suerte, puede llegar a sentirse mejor. Y a veces, cuando realmente se ha culminado con éxito, alguien puede llegar, leer esa poesía y descubrir en ella esas pasiones que le desbordan, y que otro pudo cristalizar en palabras.

Agradezco al grupo de Escritura Creativa 2012/2013 del curso avanzado de guión: Aitor, Juan, Miguel Ángel, Amanda, Sara, Isabel, Adrián, Alan, Ana, Borja, Vanessa (y hasta a Sergio) por ser tan buen grupo. ¡Talento y trabajo!

 R.III

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Ayer te dejé con esa mirada

yer te dejé con esa mirada
con tu mano otra vez en mi abrigo
deteniéndome
con la pregunta
cuya respuesta conoces
por costumbre
¿qué día vuelves, papá?

ayer te dejé
como desde hace años
bajo esa mirada nueva
de semanas
quizá meses
y hoy
sin atinar a saber lo que te ocurre
porque tú tampoco lo sabes
careces de palabras precisas
los niños sienten cosas que
todavía no saben nombrar
y la expresión es el sumo conocimiento

tu mirada me habla
yo la rehúyo
pues me tengo que marchar
y mientras me quito el peso
de tu mano
algo de mí se pierde
en tu sentir

quiero ser parte de tu vida
lo soy
pero sólo de tu vida
no de tu alrededor
tú no estás solo
para tu fortuna
para la mía que es la tuya
para mi desgracia también

¿qué influencia tendré en ti
si no soy quien te lleva agua
cuando tienes fiebre?
¿cómo hablarte de la bondad
de las letras
de la vida?
con un puñado de horas
con la media vida que suponen
esos “fines de semana alternos”

vivo una mentira que me creo a medias
“la calidad vencerá al tiempo”
aunque el tiempo es el lugar
que se esfuma
a través de tus manos crecientes
en tu percepción del mundo
en la realidad
que te das cuenta
no puedes cambiar
de una consciencia dolorosa
que te divide en dos

ayer te dejé otra vez
y esas manos diminutas
donde fluye el tiempo
manos que me sujetan
para atrapar mi pupila con esa mirada tuya
para apresar mis labios
con esa pregunta tuya
con tu enigma
que hoy me hace llorar

R.III


Hormigas en el universo

Sales de tu trabajo y caminas rumbo al metro. Esta vez no traes atado a tus oídos los audífonos que te arrastran hacia caminos musicales aleatorios. A tu lado, caminando casi a la misma velocidad que tú, un hombre hablando a través de su teléfono móvil. Le cuenta a alguien en tono vehemente una historia sobre un compañero de trabajo. Se nota su enfado y busca la aceptación y apoyo de su interlocutor, quizá su mujer, quizá otro compañero. Bajas al metro y ves, apiñados en grupo, a algunos miembros del personal de seguridad que comentan acaloradamente sobre un suceso de esa mañana: un impertinente usuario se había saltado el control de acceso sin pagar y además había tenido la desfachatez de encararse con uno de ellos. Todos seguían la historia atentos; centrados en la explicación del que la relataba. Miradas y movimientos de cabeza mostraban su respaldo: ¡claro que había hecho bien en echarle! Alguno de ellos hizo un comentario que no escuchaste, pero todos rieron. Ya subido en el vagón del metro centras tu atención en tres chicos relativamente arreglados y perfumados, calculas que deben tener dieciséis años. Hablan sobre un videojuego. Comentan seriamente una estrategia para poder acceder a lo que supones es el siguiente nivel. El que explica los pasos a seguir usa sus manos para simular los movimientos del personaje del juego. Uno de los que lo escuchan hace bromas e interrumpe, pero el otro mira con suma atención. Irrumpe un acordeón por encima de las voces de los chavales  y pasas tu mirada a otro extremo del vagón. Un señor de unos 50 años toca el instrumento, no es una de esas melodías cotidianas. Esta persona ha decidido interpretar algo diferente y disfrutas la tonada. Unos segundos antes de llegar a la siguiente parada, el señor deja de tocar y pide ayuda a los pasajeros. La mayoría lo ignora, casi todos siguen encerrados en su mundo de mensajes de whats app, de música o de lectura electrónica. Unas paradas más adelante llegas a Príncipe Pío y cerca de la mitad de los pasajeros del suburbano salen en tropel. Tú entre ellos. Te da la sensación de que todos llevan prisa; unos a otros se adelantan para intentar alcanzar las escaleras eléctricas primero. Hay algunos –muchos- que suben por las escaleras normales cuando se percatan de lo que tendrán que esperar si quieren ir por las eléctricas. Hay quien viene en pareja o con amigos, pero la mayoría va solo.

Cada uno de ellos tiene una historia y un contexto. Lo sustancial, el motor que los hace moverse, su existencia entera gira en torno a esa historia. Conviven con muchas otras vidas (entran en contacto con ellas en el metro, en la oficina, en persona u on line), pero su circunstancia es la primordial. Su pequeño mundo se reduce a su empleo, a sus videojuegos, su acordeón, su familia, sus escritos de blog, y cada uno de estos elementos configura su razón de ser (aunque no se hayan parado a pensar en ello). Saben que en otros países se pasa hambre, que hay gente a quien desahucian de sus viviendas, que existen señores que pueden gastarse miles de euros en una velada, han escuchado hasta la saciedad de la delincuencia, de la violencia de género, de la consolidación de grandes emporios, de la guerra, etc. En muchos casos llegan a sentir empatía o repulsión por estos otros sucesos que acontecen allá afuera, pero no les queda más remedio que centrarse en su vida y, lo quieran o no, darle una consideración significativa.

En el organismo de un ser vivo pasa algo similar. La unidad funcional del riñón, por ejemplo, a la que se le conoce como glomérulo es la célula que permite a este órgano filtrar el plasma sanguíneo. Gracias a esta habilidad del riñón se pueden separar las sustancias que entran en el cuerpo y desechar aquellas que son dañinas a través de la orina. Si pudiéramos pensar en el glomérulo como una unidad independiente, todo el centro de su existencia consistiría en actuar de determinada manera para filtrar la sangre. Sin embargo, los glomérulos mantienen una estrecha relación con el corazón, porque gracias a la presión con la que se bombea la sangre estas células pueden filtrarla. Y no sólo eso, también tienen una relación con las células receptoras de los vasos sanguíneos que detectan la presión osmótica del plasma, lo que manda una señal al cerebro para que dicha filtración aumente o disminuya. Por tanto, si no hay suficiente líquido, la filtración glomerular disminuye y no se pierde líquido previniendo la deshidratación, y cuando detectan un aumento entonces se incrementa la filtración y se elimina más líquido evitando un edema (una hinchazón). No se puede decir que el glomérulo tenga conciencia, pero de tenerla, ésta la usaría para desempeñar su labor sin pensar en vasos sanguíneos, células cardiacas, neuronas u otros; vive para filtrar y todo lo importante gira entorno a su actividad.

Consigues salir del subterráneo preguntándote, por qué es aquí cuando te llegan estas reflexiones. Es probable que sea por encontrarte rodeado de toda esa gente que camina solitaria con sus historias acuestas. Andas rumbo a tu casa sin parar de pensar que las células forman órganos, los órganos sistemas y finalmente este cúmulo de sistemas dan pie al organismo vivo. Así como con lo glomérulos, todo en el cuerpo está estrechamente interrelacionado, aunque sus partes trabajen de forma “en apariencia” independiente. Te preguntas: “¿Qué nos hace pensar que esta cadena se detiene ahí? ¿Por qué no pensar que existe también una unión entre nuestra vida y las otras?”. Estás convencido de esta relación; de que esas personas anónimas con las que entras en contacto todos los días y también con aquellos otros que no ves y no conoces –pero que a su vez chocan con esas otras vidas de su entorno- forman cadenas de causa y efecto que repercuten en todos. Sigues caminando pensando en estos grandes temas, sabiéndote pequeñito como una hormiga, como una célula del organismo; tan trascendental o nimio eres en el universo como el polvo de estrella.

Pobres de los hombres que se toman tan en serio su papel en esta gran comedia universal –¿o será una tragedia?-. Algunos, incluso, pretenden darle un sentido totalizador; una explicación convincente. Aunque la mayoría se conforma con mantenerse en movimiento, salvaguardando su realidad y circunstancia.

Has llegado a casa…

R.III

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

 OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Si quieres leer más entradas como ésta pincha en los siguientes enlaces:

Reflexiones sobre el universo

¿Ética medioambiental?

¿Cómo poner orden a nuestro mundo?


¿Será mañana el final de Facebook?

 Hoy es cuatro de noviembre y afuera en la calle llueve. Un soplo apocalíptico se percibe en el aire. La imagen de un anuncio invade mis reflexiones. Una pregunta consolida todo mi pensamiento: ¿Será mañana el final de facebook? No se trataría de una catástrofe natural, no moriría nadie, no tendría por qué caer la economía mundial, y sin embargo, la pregunta tiene un significado que en nuestros días eriza los bellos de la piel.

 

Facebook no existía en nuestro mundo una década atrás. No fue hasta el 2007 cuando esta red social comenzó su funcionamiento en el mundo hispano (año en que lanza su versión en español, francés y alemán).  ¿Cómo es posible que haya algo de inquietante en la desaparición de una red con la que la mayoría de las personas hemos sabido vivir prácticamente toda nuestra vida?  Y sin embrago, hay personas que no serían capaces de recordar cómo era su vida antes de facebook. Para otros, es sin lugar a duda uno de sus principales medios de entretenimiento.  Y, también es cierto, fuera de los más de 600 millones de usuarios de esta red, existen personas que la desaparición de este medio no les quitaría el sueño. Pero para los que ya forman parte del club ¿la muerte de facebook qué supondría?

 Esto viene a colación del comunicado que dio Anonymous sobre el aniquilamiento definitivo de esta red social que anunció ocurrirá mañana 5 de noviembre. Por el momento habrá que esperar. Mientras, el cielo gris sigue lanzando chorros de melancólica lluvia y yo subiré este escrito, quizá por última vez, a un incierto muro…

R.III 

 

 

Anexo:

Para los que todavía no lo sepáis Anonymous es un grupo personas que como su nombre lo dice se mantiene en el anonimato. Un movimiento que en apariencia no cuenta con líderes ni portavoces y que se oculta bajo la máscara del anarquista V de Vendetta, de la novela gráfica de Alan Moore y que después se llevó a cine con este mismo nombre (en 2006). Este grupo de ciberactivistas es complejo y difícil de definir dados los diversos golpes perpetuados a sitios web: desde una subida de vídeos porno, disfrazados con contenido para niños, a youtube -cuando la compañía comenzó a dar de baja vídeos musicales en 2009- hasta el bloqueo de páginas oficiales de Túnez el pasado enero como denuncia a la corrupción y crisis política de este país. No todos sus miembros son hackers, muchos de ellos forman parte de los foros de Internet y de protestas en las calles que realiza esta agrupación, por ejemplo el apoyo a WikiLeaks o en España los embates contra la ley Sinde (que da pleno poder a cerrar sitios web, sin la autorización de un juez), entre muchos otros.

Su lema no puede ser más esclarecedor:

Knowledge is free.                         El conocimiento es libre
We are Anonymous.                    Somos Anónimos
We are Legion.                                Somos Legión
We do not forgive.                         No perdonamos
We do not forget.                           No olvidamos
Expect us!                                         ¡Espérennos!

En una aproximación simplista, podría decirse que la actitud de este grupo va dirigida a la libertad de expresión. Ya que el mundo está en manos de unos pocos, lo menos que podemos hacer es denunciar sus trapos sucios. Que la sociedad parece un palacio muy bonito, pues miren el lodo de sus cañerías. Nos es la primera vez que lo anuncio, pero escucharemos más de Anonymous y no creo que tengamos que esperar mucho.


El ocaso de la amistad

Llega un punto en la vida en que uno echa la vista atrás y se da cuenta de que las emociones que experimentamos en esas múltiples aventuras con nuestros amigos, ya no las volveremos a vivir. Comprendemos también, y con pesar, que las mejores amistades fueron aquellas que se consolidaron en la juventud; y  que incluso éstas, paulatinamente, se han venido a menos. No es que en la madurez se carezca del cariño, cuidado, atención y complicidad que brinda una amistad, pero algo ha cambiado. La vida continúa y en el horizonte un atisbo de alegría nos sigue esperando, pero lánguidamente sospechamos que los mejores años de nuestra vida ya han pasado.

 

Nuevas amistades tropiezan a nuestro paso, pero las relaciones son más asépticas. Con ellos disfrutamos, bebemos, dibujamos sonrisas en nuestros rostros de rasgos habituados, nos interesamos y somos interesantes, descubrimos y nos descubren, viajamos y, en general, aprendemos tantísimas cosas que valen la pena. Pero todo lo hacemos desde ese cómodo entablado que nos imprime la madurez. Ese estado que todo lo mide y sopesa; en el que lo natural aflora a cuentagotas como para no molestar. La vida pierde el brillo que da la imprudencia.

 

¡Qué fácil nos parece ahora la vida de nuestra mocedad! ¡Qué pocas responsabilidades! ¡Cuántas alegrías! Cada día podía tocar a tu puerta la sorpresa de un amigo y cuántas risas, una risa fácil, espontánea, explosiva. También las lágrimas y las enemistades parecían más intensas. ¡En cuántos vasos de agua no habré naufragado! Un guiño, una llamada, un grito, un suspiro, cada pequeño detalle nos avisaba oportunamente del paroxismo y de la levedad; del constante júbilo que significaba el día a día. Ellos, tus amigos, estaban siempre dispuestos para ti y tú lo estabas para ellos. Pero ahora tu trabajo, tus hijos, tu pareja, tus nuevos pasatiempos, todo parece tener una dimensión substancial para interponerse entre tú y ellos; entre ellos y tú.

Y nos decimos –nos engañamos- que ellos no han cambiado, cuando ya nosotros tampoco somos los mismos. No queremos reconocer la tremenda pérdida: La distancia que ahora nos separa; la risa que ya ha dejado de ser explosiva; la ausencia de esas locas ocurrencias que no se sabe cómo siempre alcanzaban su fin; la merma de un valor que nos llevaba a encararnos frente a todo aquel que osara criticar a uno de los nuestros; la carencia de importancia que ahora damos a esas copas que solucionaban cualquier entramado amoroso; el olvido de lo que algún día significó llorar unas lágrimas que no salían de nuestros ojos.

Pero cuando finalmente sobreviene el encuentro; cuando conseguimos vencer la abulia que engrandece las tontas excusas y tenemos a un amigo frente a frente, el engaño nos deja de importar. Entonces nos reímos, nos divertimos, nos confesamos y volcamos todas esas frustraciones y alegrías que acompañan nuestra cotidianidad. Por un instante ese sentimiento se percibe en sintonía con el de antaño. Quizá sea cierto que cuando crecemos valoramos más la calidad que la cantidad ¿o será otra vieja farsa? Lo que es verdad es que nos volvemos incautos y encontramos consuelo en sus ojos. Soplos, lugares, menudencias, diría alguno, pero cómo las sabemos aprovechar. Y ellos, los amigos, te estrechan como antes y tú te regocijas. Y pese a todo lo vivido, no dejamos pasar la oportunidad de volver a soñar.

R.III


Distancias infranqueables

Hay gente que se pierde en la lejanía. Personas queridas que se esconden detrás de conceptos geográficos o temporales que rivalizan con la intimidad, la amistad, la constancia. No los olvidamos, algo de ellos se nos queda guardado en el cuerpo; a veces nos hace cosquillas y otras nos hiere como si de un alfiler se tratara. Culpamos a la insistente cotidianidad que nos ata y envuelve; el perenne hábito que hace más larga cualquier extensión y reduce toda medición de tiempo. Entonces, ese montoncito de recuerdos mengua y de tanto no mencionarlo puede llegar a desaparecer. Pero un día su ausencia hace mella en nuestro ánimo y sobreviene la nostalgia. Una llamada, un correo electrónico, un simplísimo gesto basta, y se acaba de golpe con la crisis. Y aunque no hay reencuentro capaz de eliminar la melancolía de forma definitiva, por lo menos se aligera esa carga de todas esas personas que llevamos a cuestas.

Pero otra gente se nos escapa para siempre. Se enamoran de la nada y no hay medio de comunicación que nos acerque a ellos. La inexorable noche que nos ha de cubrir a todos rompe incluso los lazos más sólidos. No hay gesto que pueda remediar este robo. La enigmática vida es así, surge con el sino del despojo.

También hay otros que estando presentes ya nos pesan como grandes ausentes. Enfermedades que se llevan el espíritu por senderos inexplicables, dejando un cuerpo con vida, pero sin el soplo que lo anima. Lo negamos e intentamos aferrarnos a ellos, les hablamos y los tratamos como antaño, pero su falta nos abate con todo ese silencio ensordecedor que nos devuelven. O con sonidos, palabras o vocablos que no cobran sentido. Su mutismo, sus ojos que ya no nos reconocen, su constante estar sin ser, se nos agolpa en la garganta con toda la inutilidad característica de nuestros esfuerzos. Y sobrevienen malos tiempos en los que se desearía terminar con todo, pero nos aferramos a la mentira, a esa esperanza de que en su interior siga existiendo un hálito de lo que fue.

Habrá que comprender que nunca nos desprendemos de lo querido. En esos rincones de nuestro cuerpo se protegen todas esas personas del olvido. Ellas, al igual que nosotros, somos un cúmulo de instantes; toda la fuerza de nuestra esencia estalla en puntos temporales. Puntos que por haber sido vividos son indestructibles. Por eso nunca hay que decir que los hemos perdido…

                                                           R.III

 

Nota: una idea central de esta reflexión está basada en la frase de una de esas viejas amistades cuya lejanía a veces me pesa, Ana Kerigma: “las cosas como las personas pasaron en su momento, nunca digas que las has perdido”.


La literatura anónima y el traspaso de vida

Es sugestivo sentirse representante de una tendencia literaria, pero también es paradójico cuando se descubre que este movimiento consiste especialmente en el anonimato de sus participantes. Lo que significa que se es parte de una corriente que está llena de voces y que marcará a la historia de la Literatura, pero a su vez, esta multiplicidad expresiva es justo la causa por la que los autores son conocidos en pequeños circuitos y anónimos en los amplios. Muchos somos los seguidores de un puñado de creadores que han conseguido romper la barrera del silencio gracias a sus esfuerzos por divulgar su obra a través de Internet.

 

La literatura anónima y el mundo del blog

 

La construcción de un blog puede ser un pasatiempo o el trabajo más serio con el que un autor difunde su obra. Diario personal, foro de discusión, escenario de práctica, anecdotario, centro informativo, expositor poético, divulgador científico, galería fotográfica o pictórica, registro de maquetas musicales u otros medios audiovisuales… un blog es una herramienta de incierto alcance, un espacio de expresión artística y en algunos casos, un nuevo modo de vida.

 

¡Vida! porque eso es lo que significa para algunos autores la creación de sus obras. Porque es vida lo que se comparte a través de las posibilidades infinitamente crecientes que impulsa Internet, consiguiendo llevar este vigor a aquellos rincones en los que antes no era posible. Compartir y difundir, leer y disfrutar. ¿Comprar? El arte no debe tener precio, por mucho que nuestro mundo nos haya engañado poniéndole un coste económico a todos los ámbitos que rodean nuestra cotidianidad. Las distribuidoras, discográficas, editoriales tiemblan ante la gratuidad del arte, porque ellas se asientan en esa comercialización construida que muy bien han sabido diseñar. ¿Que los autores merecen un pago? ¡Qué mejor pago que el de ser realizador de una producción creativa, y que paroxismo el de saber que alguien disfruta con ella! Hay que desconfiar del creador que vive para publicar y vender su obra o para lucrar de alguna forma con ello. ¿O acaso eso no es más que un fin utilitario que poco tiene que ver con el arte? Y que conste que no estoy diciendo que un autor no merezca ganarse el pan a través de sus obras, faltaría más, pero no puede ser éste el pábulo de su acción artística.

 

Por eso es que en los blogs es donde se encuentra la pureza artística. Sitios que no tienen mayor pretensión que la de mostrar, la de compartir. Ya sea exhibir, divulgar, entretener, divertir, conmover, denunciar, opinar o simplemente esbozar, los post de estos escenarios están llenos de verdad, de autenticidad. Su germen se encuentra en el exorcizar las impurezas, o bien en el vaciar aquellos sentimientos que no queda más remedio que liberar. ¿Y lo hacen por dinero, por fama, por notoriedad? ¡No! Lo hacen porque les da la gana, o más bien, porque no pueden dejar de hacerlo. Porque (aunque ya sea reiterativo) es su modo de vida y no hay más que hablar.

 

Cuando el hoy comienza a ser ayer

 

Cuando el hoy comienza a ser ayer se muda. Evoluciona en forma, porque en contenido ya lo ha venido haciendo desde sus inicios, allá cuando era sólo un correo electrónico que llegaba con puntualidad todos los días. De eso hace ya más de diez años y éste, mi inicial escenario de práctica, se mantiene, ahora como el centro de mi universo creativo. En la constante búsqueda de nuevos horizontes y de mayor alcance dejo el blogspot para dar paso al wordpress (dos plataformas de blog, la primera más sencilla en uso, la segunda con un toque de mayor seriedad y complejidad) . Y es que esto ha sido lo más parecido que he encontrado a dejar a una pareja. Pero a diferencia de esta comparación, mi relación con blogspot ha ido bien y no hay otro motivo que el de haberme encontrado un mejor espacio, con más calidad y apariencia más profesional. Quizá por esta razón los remordimientos me acosan como cuando uno comete una infidelidad. Echaré de menos el soporte tecnológico que tanto avivó mi mundo durante estos cuatro años. Pero en la vida hay etapas, y así como abrimos puertas, también hay que saber cerrarlas.

 

En esencia Cuado el hoy comienza a ser ayer seguirá siendo lo mismo. Sólo espero que usted, querido lector, se sienta más cómodo paseando por estos nuevos rincones. Me encantará que me ayude a darle vida con sus comentarios, que lo comparta con sus conocidos, que lo sienta tan suyo como yo ahora lo siento mío. Déjese seducir y sea tan infiel como este escritor anónimo Ramón Ortega III.

R.III

 


>Recuento… pero de reflexiones

>

A más de una semana del comienzo del movimiento 15-M y a un día de la victoria aplastante del PP sobre el PSOE. ¿Alguna conclusión o perspectiva? Casi tengo más un puñado de esperanzas:

Espero que la indignación no mengue.

Espero que la gente cambie su actitud social y persiga cambios políticos de forma activa.

Espero que no se permita la corrupción que ha hundido al país en esta crisis. Pero con esto me refiero a que no permitan ni siquiera aquellas pequeñas injusticias que presencien en su entorno (sus trabajos, sus comunidades de vecinos, su grupo de conocidos). No es posible un verdadero cambio, si primero no somos críticos con lo que nos rodea.

Espero que la izquierda siga fortaleciéndose y no deje que impongan políticas neoliberales que enriquezcan a los ya de por sí ricos a costa de los desfavorecidos.

Espero que el PSOE mantenga su postura de que no han sido ellos los creadores de la crisis (porque amigos esta crisis vienen de engaños pasados; de vivir una realidad por encima de las posibilidades de la economía de este país), pero que también se dé cuenta de su mala gestión en contra la crisis. Que reflexione y que consiga despedirse con dignidad.

Espero que siga circulando este espíritu de cambio. Que todos participemos de él y que no dejemos nuevamente que un puñado de personas decidan por nosotros. Ahora todos tenemos que ser parte de la oposición y no sólo el partido derrotado.

R.III


>Reflexiones sobre el yo

>

Somos presas del subjetivismo pero no sabemos hasta qué punto. Más allá de lo propuesto por Descartes y otros racionalistas o incluso del solipsismo extremo de Berkeley –concluyeron que la realidad exterior no tiene garantía alguna; que lo único a lo que podemos anclarnos es a nuestro pensamiento- la incertidumbre del mundo y de nosotros mismos nos rebasa. Si Wittgenstein dijo que la limitante lingüística es la limitante a nuestro conocimiento se debe a nuestra frontera existencial. No podemos saber las sensaciones y sentimientos más allá de nuestras barreras corporales y mentales. Estamos destinados a permanecer solos con nuestras ideas, sentimientos y emociones por mucho que las exterioricemos; por mucho que otros nos digan que nos entienden porque han pasado por algo similar ¿o a caso mi dolor de muelas es idéntico en magnitud que el de otra persona?

El subjetivismo mencionado no sólo nos limita, sino que amenaza nuestra propia individualidad cambiando sin consultarnos. ¿Cuántas veces no nos ha pasado llegar a un sitio y encontrarnos con que la imagen que se nos presenta y la que teníamos en el recuerdo no coinciden? ¿Cambia la realidad o cambia nuestro pensamiento? Leemos una novela en nuestra juventud y años más tarde, en su relectura, descubrimos detalles que antes no habíamos percibido, matizando la información que previamente disponíamos Hay quien incluso lee un texto por segunda vez sin recordar un ápice de la primera.

Crecemos, nos desarrollamos y evolucionamos. Este cambio de nuestro cuerpo y mente supone lo más impresionante e interesante del ser humano: la poca certeza de todo lo que nos rodea, de lo que somos o de lo que pensamos ser. Y frente a cientos de indecisiones, de múltiples caminos, somos capaces de abrimos paso para construir una identidad. De manera asertiva nos decimos que “somos”, cuando a veces tan sólo arañamos la idea de lo que creemos que queremos ser…

 

R.III

Semmelweis y los cambios paradigmáticos

Un cambio paradigmático es un cambio en la estructura de pensamiento por parte de los individuos de una sociedad en un determinado momento. Esto quiere decir que estas estructuras (o formas de ver el mundo) dan un vuelco no sólo en el modo de vida de una civilización (usos y costumbres, la resolución de problemas, etc.) sino en la manera de apreciar un fenómeno; de percibir la realidad. Es como aquellos dibujos gestálticos donde puede verse una copa cuando se mira de una determinada manera, o bien dos caras si es observada de otra. El dibujo es el mismo, pero apreciar una u otra figura depende de cómo y dónde se centre la atención.

Imaginemos que se deja una mesa en el Amazonas cerca de la población de una civilización primitiva y con nulo contacto del resto del mundo. Ahora pensemos que esta sociedad nunca ha visto una mesa en su vida. Cuando los individuos se acerquen a ese objeto no dirán, “qué bien ya tengo una mesa para poder comer más cómodamente”. En todo caso, y aventurándonos mucho, podríamos creer que pensarían: “Esto me viene muy bien para usarlo de puerta para mi casa” o “por fin un objeto práctico para resguardarme de las lluvias”. Pero es muy probable que no acertemos a lo que cruzaría por su mente cuando se encontraran con este objeto.  Lo normal sería que le den un uso diferente e, incluso, incomprensible para nosotros. En la actualidad, los lectores de esta columna que contamos con una estructura de pensamiento similar, definimos ese objeto como una mesa y no como una puerta o un paraguas, pero cómo estos últimos elementos (paraguas, puerta) también están dentro de nuestro paradigma -sólo cobran significado bajo nuestros ojos- no hay por qué creer que los hombres de aquella primitiva sociedad, que tiene otra estructura, van a ver en la mesa alguna de esas realidades.

Los cambios paradigmáticos se desarrollan en varios ámbitos, pero donde más repercusión tiene para la humanidad es en lo que se llama “las revoluciones científicas”. En nuestra cultura occidental el cosmos ha sido descrito de muchas formas; desde lo griegos con su sistema geocéntrico, hasta la más actual, que viene de la mano de Einstein y de la que se desprende un universo en expansión con una curvatura del espacio y del tiempo. Cuando se piensa en la ejemplificación de estas revoluciones se acude al sistema de Ptolomeo (geocéntrico) y al de Copérnico (heliocéntrico). Me imagino a los dos sentados en un barranco viendo un atardecer. Ptolomeo le diría a Copérnico: “ves cómo se está moviendo el sol alrededor de nosotros hasta que lo dejamos de ver en el horizonte” y Copérnico le contestaría: “No entrañable amigo, ese efecto es aparente, pero en realidad muestra la perfección del giro que realiza la tierra alrededor del sol”. Ninguna explicación, por más convincente que fuera, lograría convencer al contrario. No es un empecinamiento por la teoría propia lo que influye en su pensamiento y percepción del fenómeno; es justo al revés, la estructura de pensamiento es la que da explicación no sólo a ese fenómeno, sino a todos los demás elementos de la realidad circundante.

Un ejemplo de cambio paradigmático en la medicina se dio en Viena se dio en el siglo XIX gracias al Dr. Ignaz Phillipp Semmelweis:

En el Hospital General de Viena había dos grupos médicos que trabajaban con parturientas. El índice de mortandad en las mujeres que daban a luz debido a la fiebre puerperal era alarmante. El doctor Semmelweis comprobó que se morían más mujeres en el ala del hospital que el atendía que en la otra. La única diferencia que encontraba entre un ala y la otra era que en la suya estaban los estudiantes de medicina y en la otra las aprendices de matronas. Pensó que la razón podría darse en los violentos tocamientos de los alumnos al examinar a las mujeres, lo que les ocasionaba la inflamación mortal. Así que centró su observación en ellos.

 No encontró nada fuera de lo común en sus tratamientos, pero la mortandad no descendía. Pero siguió al tanto y fue tal su atención, que hizo consiente que la única diferencia entre las matronas y los estudiantes, radicaba en que éstos últimos hacían autopsias que a las matronas no les estaba permitido hacer. Fue entonces cuando se le ocurrió a Semmelweis la idea de que trabajar con parturientas después de haber estado realizando autopsias con cadáveres podría ser la razón de un contagio producido por una “materia cadavérica” (así la llamó) que se quedaba impregnada en las manos de los doctores y que se transmitía a las pacientes al intervenirlas. Creyó que por eso morían en una especie de contagio mortal.

 Para comprobar su hipótesis Semmelweis le pidió a su grupo de trabajo que, antes de tratar a las parturientas, se lavaran las manos con cloruro de calcio (quería quitar el «hedor»; en su mente no había todavía algo cercano a microorganismos). Así comprobó que, en comparación con el grupo de trabajo del otro ala del hospital (que seguía con el antiguo método), las mujeres sobrevivían en mayor medida. Sin embargo su nueva técnica de limpieza no gustó. Vaya tontería esa de obligar a la gente a lavarse las manos, pensaron sus compañeros. Incluso en una discusión encarnizada con el director de su planta por la inclusión, según éste último, de este absurdo método, Semmelweis fue despedido. Para que le creyeran, llegó a cortarse a sí mismo con instrumento usado en las autopsias para probar con su propia infección la verdad de sus palabras. No consiguió la atención que solicitaba, sino una visita la manicomio y la enfermedad que le quitaría la vida. Semmelweis moriría sin llevarse el crédito de su legado.

 Ahora nos parece obvio que un médico se lave las manos antes de atender un paciente, pero hay que pensar que en ese entonces el origen de las enfermedades se producía a partir de un proceso interior. O sea que las enfermedades provenían de dentro del cuerpo. No se creía que efectos externos pudieran influir en las patologías. Desde este paradigma, no es de extrañar, que los médicos no tuvieran ningún interés en una rigurosa asepsia (ni siquiera una escasa limpieza) a la hora de atender a los pacientes.

 Más adelante se dio paso a un estudio posterior de los microorganismos (contagium animatum) en el tratamiento de enfermedades infecciosas. Dos figuras sobresalen a este respecto: Pasteur y Koch. Sin embargo, lo más importante es que a partir de ese momento la realidad médica fue vista de forma diferente. Los pacientes ya no sólo enfermaban por factores internos a su cuerpo, sino también podían contraer patologías por factores externos. Se había dado un cambio de paradigma.

 Según Thomás Khun esto no sería un incremento o avance en el conocimiento, porque para llamarlo así el pensamiento actual tendría que sustentarse en uno anterior. Lo que pasa con los cambios paradigmáticos es que se modifica totalmente la apreciación de los fenómenos. El pensar que la tierra gira alrededor del sol, no llega inspirado de la apreciación previa de su paradigma anterior pues es completamente contrario (el universo geocéntrico). El cambio paradigmático es el resultado, muchas veces, de casualidades experimentales (como el caso de Semmelweis) o de una inspiración inexplicable (como en Einstein) que llevó a los autores de los nuevos paradigmas a ver una realidad distinta. Según Khun para que pueda darse una revolución total de un cambio paradigmático, la generación que vivió el paradigma anterior tiene que morir, porque mientras viva no podrá aceptar la nueva estructura de pensamiento. Por eso es que a Copérnico a Galileo, a Képler, etc. se les tachó de locos y muchos de ellos no alcanzaron a disfrutar del reconocimiento de sus aportaciones.

 Esto puede plantear una última cuestión: ¿Quién nos dice que el paradigma que vivimos actualmente no cambiará en un futuro y que generaciones próximas verán el universo, o los tratamientos médicos u otros ámbitos de la vida de manera completamente distinta a como los vemos ahora? Tal vez la gente del futuro dirá: “Pobres ingenuos, cómo podían creerse esas barbaridades de la teoría de la relatividad”. Parece una desfachatez; pero nosotros hacemos lo mismo cuando nos cuentan cómo era el universo de Ptolomeo o que los médicos no se lavaban las manos antes de atender una parturienta justo después de haber realizado una autopsia.

R.III

OLYMPUS DIGITAL CAMERA


Melancolía

 

No puedo decir que no estoy acostumbrado ya. He tenido que lidiar con la burocracia española ya muchas veces. Es lo que tiene ser inmigrante, qué le vamos a hacer. Sé que siempre que he recibido una nueva tarjeta de residencia me he sentido reconfortado, como quien se quita un peso de encima. Una temporada más de legalidad, ¡qué gusto! Pero aún así, ésta que me acaban de dar hace unos minutos, me proporciona un especial placer. Esta vez sólo he cambiado una tarjeta (todavía vigente) por otra; así que en realidad mi legalidad nunca dejó de ser efectiva. La única diferencia que existe entre un permiso de residencia y otro, es que este nuevo no depende de mi exmujer. Dicho en otras palabras, la posibilidad de permanecer en este país ya no tiene que ver con la condición de estar casado con ella. La separación, ahora también administrativamente, ha comenzado a ser manifiesta.

Diez años de mi vida que cierro mientras guardo en mi cartera la dichosa tarjetita.

Es mayo en Madrid y el día es precioso. Ya hace calor para ser las diez de la mañana. Tengo que volver a trabajar, así que me dirijo a la estación de metro “Aluche”. De las dos elecciones que tengo para volver escojo la más larga. Quiero prolongar esta sensación todo lo que se pueda. Escucho Radio Tres y me gustaría poder atrapar este momento. Hay veces que parece que todos los elementos se ponen de acuerdo para conseguir que nos acerquemos al paroxismo. En este caso la música, la alegría, el cielo azul y los recuerdos, todo, se me agolpa en el espíritu para conseguir este sentimiento. Y son justamente los recuerdos los que me llevan a bajarme en la estación “Carabanchel”, nada más alejado del sitio donde debería estar ahora mismo. Pero me siento con humor para confeccionarme un rito. Salgo de la estación y me dirijo a la calle Manuel Álvarez.

No hay nada de mágico en este rincón, no hay una concordancia mística que me lleve a esta calle, sólo melancolía. En este punto de la ciudad viví hace diez años. Los recovecos de los alrededores me contemplaron; más bien contemplaron a aquel que llegó con fuerza, ilusión y empuje. Hoy es otro el que mira de frente a este espacio geográfico. Un lugar que no podrá devolverme sus impresiones; los sucesos que han pasado por aquí durante mi ausencia, lo que ha cambiado, lo que se mantiene igual, los otros que también se han marchado y los nuevos que aquí han venido. Y sin embargo, en el mutismo de esta calle solitaria, me siento alentado, cobijado y feliz. Qué mejor manera de cerrar una década. Mientras pienso esto comienzo la vuelta al metro. No echo la vista atrás, el ritual ha terminado.

Ya voy muy tarde al trabajo.


A %d blogueros les gusta esto: