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España

Me gustaría poder persuadirles de que los ideales que defienden no existen. Querría que se dieran cuenta de que todo es una construcción social. Que esas emociones se sostienen en ideas inventadas y que si nos afectan o mueven hacia la acción, tan sólo se debe a que las conocemos desde que tenemos uso de consciencia. Los conceptos de nación, independencia, bandera, patria, territorio… son irreales. También lo son, hay que reconocerlo, las nociones de democracia, estado de derecho, libertad… De no ser así, ¿cómo se puede explicar que dos bandos encontrados amparen su defensa en las mismas nociones? ¡Cuántos miles de años no ha vivido la humanidad sin la existencia de ninguna de esas ideas! Nada hay de natural en ello; todo es una gran invención.

No encuentro razones convincentes para conseguir que relativicen su mundo; que adviertan lo pequeño que es. Cómo explicar que la vida se les está yendo luchando, separando y odiando, en lugar de cooperando y amando. Cómo mostrar que con estas líneas no estoy favoreciendo a un bando o a otro. ¡Pobres hombres que no tenemos nada más que creencias; ficciones!

Quisiera poder convencerles, pero esa labor es imposible y en el fondo fútil. El pensador agudo sabrá que este discurso es tan sólo otra construcción social; otra ficción con tanto o con nulo valor como aquella contra la que lucha. Además, para mi infortunio se trata de una idea pequeñita, aislada y carente de atención. Hoy las miradas se centran en la vehemente realidad de la polarización. Me gustaría poder persuadirles, pero en lugar de ello me voy a pasear al campo.

 

R.III

 

 

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar la entrada Hormigas en el universo

 

 

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©R.III


Sobre el amor… o a eso que llamamos amor

 

“Uno simplemente se cansaba de mantener apartado el amor y lo dejaba venir porque por algún lado tenía que ir. Entonces, normalmente, venían muchos problemas”

Charles Bukowski, Mujeres.

“Sí; enamorarse es un talento maravilloso que algunas criaturas poseen, como el don de hacer versos, como el espíritu de sacrificio, como la inspiración melódica, como la valentía personal, como el saber mandar.”

Ortega y Gasset, Sobre el amor

Es muy probable que muchas de las cosas que vaya a mencionar a continuación ya hayan sido dichas por otros pensadores. Han sido muchos los que lo han intentado y alguno pudo anticiparse a lo que ahora menciono. La verdad es que me importa bien poco. Mi única pretensión es intentar poner en orden una serie de ideas que tengo con respecto a ese objeto tan aterrador como placentero al que el mundo ha decido dar el nombre de amor. Y cuando hablo aquí de amor, quiero hablar del amor de pareja, no el que se siente por un hijo o por un amigo.

He de comenzar diciendo que el amor no existe, y si existe lo hace en igual medida en que las personas creen que Dios existe. Tanto el sentimiento de magnanimidad que tiene cierta gente hacia un dios, como el de amor que proyectamos hacia una persona, requieren de un acto de fe. Se nutren de la creencia de que ese sentimiento que vive en sus corazones es verdadero. Lo cierto es que tanto el hecho religioso, como el amoroso pertenecen al terreno de lo subjetivo. Cuando queremos expresar lo que sentimos nos encontramos con una barrera lingüística; una incapacidad expresiva. El amor —al igual que la fe, la justicia, la verdad— es un concepto metafísico. ¿Alguien ha visto el amor? ¿A qué sabe? ¿Cuál es su textura? No, el amor no pertenece al mundo físico, sino al que está más allá del terreno tangible y, por tanto, es inefable. En otras palabras, rebasa nuestros límites del lenguaje. Y ahí donde el lenguaje abre sus fronteras, impone también unos límites insalvables al conocimiento. ¿Cómo saber que eso a lo que todo mundo llama “amor” es lo que estoy sintiendo? En esta materia nunca habrá certezas, sólo incertidumbre, dudas y, si cabe, esperanza (¿no es acaso esto lo que probablemente debe vivir la gente con referencia a Dios?).

El poeta Oscar Pirot escribió en su primera antología poética (e inédita):

Nadie

Nadie lleva mi nombre entre sus labios

ni yo llevo algún otro más que el mío

nadie penetra mi carne

ni utiliza los poros

que me duelen.

Nadie pronuncia

estas palabras paralíticas

ni ocupa el mismo verso repetido.

Nadie deja su mano entre la mía

Después de estrecharla con mis huesos

Esta lejanía de mi cuerpo

sobre todas las cosas en el mundo,

este estar tan lejos de los hombres

como un barco enamorado de las olas,

esta jaula de recuerdos en mi mente

viajando hacia el pasado entre fantasmas…,

me dicen que siempre estoy solo.

[…]

El sentimiento de amor es algo muy personal y no puede medirse. Le decimos a nuestro ser amado que es la persona a quien más hemos querido. Años más adelante, una vez terminada esa relación, cuando verbalizamos de nuevo ese amor a otra persona de turno, repetimos esas mismas palabras, pensando que antes estábamos equivocados, que es a este nuevo individuo al que realmente amamos. No somos capaces siquiera de medir lo que sentimos; no sabemos la toda la potencia que existe en nosotros para proyectar ese amor. ¿Cómo pretendemos saber lo que es el amor para los otros? ¿Cómo saber que el amor es recíproco? Más adelante, en el mismo poema, Oscar Pirot dice:

Nadie juega en su boca con mi lengua,

nadie mira las estrellas con mis ojos.

[…]

Soy ante todo nadie,

tan sólo yo conmigo mismo.

Sin embargo, es innegable que existen una serie de emociones que nos afligen y nos regocijan, nos humillan y nos enardecen. En otras palabras, aquello a lo que equivocadamente llamamos amor—porque hemos dicho que no tenemos certeza como para poder encasillarlo en un concepto concreto—tiene una influencia en nuestro espíritu (si es que podemos llamar a nuestro “yo interior” también de alguna forma que no sea completamente difusa). Esto me recuerda ese antiguo proverbio que trata de brindar luz a esta problemática:

Si te gusta alguien por su físico es deseo.

Si te gusta por su inteligencia es admiración.

Si te gusta por su dinero es interés.

Si no sabes por qué te gusta, entonces sí, es amor.

Volvemos a lo mismo, tanto el deseo, como la admiración (el interés quizá es más claro), son conceptos también metafísicos. Su definición, al igual que el amor, vuelve a estar en esa cuerda floja y con cualquier embiste caen. Por eso Wittgenstein escribió que “todo aquello que puede ser dicho puede decirse con claridad; y de lo que no se puede hablar es mejor callarse”. Y aquí estoy enfrascado en esta, quizá inútil, empresa de expresar algo que por naturaleza es inefable. En cualquier caso y volviendo al tema, esas emociones y sentimientos a las que encasillamos como “amor” tienen un impacto en nosotros. A veces marcan nuestros pasos de forma definitiva, proyectan nuestros planes futuros y nos definen ante los otros y ante nosotros mismos.

Con independencia de que eso que sentimos pueda asumirse como amor u otro sentimiento que paralelamente confluye con él (dígase: deseo, pasión, interés, añoranza, etc.) dicho sentimiento influye sustancialmente en nuestras vidas. El escritor Luisgé Martín considera que cuando somos jóvenes ese sentimiento nos causa mucho desasosiego; nos duele cuando no lo tenemos y nos lleva al paroxismo cuando gozamos de él. La sombra de su pérdida nos enloquece y puede tornar cualquier horizonte azul en una niebla gris: “Incluso la idea absurda de su muerte me tranquilizaba, porque me parecía más aceptable perder a alguien de ese modo que la vergüenza de ser abandonado destempladamente” (Luisgé, La vida equivocada). Y aunque ahora la neurofisiología nos muestra que todo se trata de procesos físico-químicos de nuestro cerebro, es importante admitir que su origen sólo es activado por ciertas personas y ocasionalmente: “[…] comprendí que las emociones químicas —la segregación química de sustancias que el cuerpo crea en determinadas ocasiones- son las sustancia sobre la que se asienta d verdad el alma. […] Una euforia dulce, imperturbable. Una calma que, incongruentemente, estaba fundada sobre el vértigo” (Op. cit.).

Cuando vamos creciendo vencemos al vértigo. Aquello que consideramos es el mismo tipo de amor de siempre, sin variación ontológica a aquel soliviantado que sentimos en la juventud, se convierte en algo más armónico. Creemos que simplemente hemos sabido madurar la emoción que nos produce. Ya no nos desbaratamos por su ausencia, no queremos matar, ni morir por él. Asumimos que el verdadero amor debe trabajarse todos los días como aquel campo que tras sudor y sacrificio ofrece sus frutos. Concordia, colaboración, apoyo, dedicación y otros apelativos son los que definen esta nueva expresión de amor que parece ser la cúspide de lo añorado en la vida.

Otro ingrediente que queremos agregar a la fórmula del “amor verdadero” es la perdurabilidad. Todo amor que se jacte que serlo debe durar para siempre o por lo menos hasta que los designios dictados por la muerte rompan el enlace. Sin embargo, la realidad nos confirma que en la vida casi todo es mutable y perecedero. Ahí donde antes se luchaba por perseverar la armonía, con el tiempo parece que se trata más bien de una batalla en contra de la monótona cotidianidad. No nos gusta conformarnos con lo efímero. El amor pasajero es una bonita experiencia, pero no es suficiente para ganarse el titulo de amor. Incluso aquel amorío de muchos años, cuando llega a su fin, se le considera un fracaso. Estamos en constante búsqueda de lo permanente y por tanto dejamos pasar aquellos instantes sin apreciarlos, sin disfrutarlos. Como esa frase que se le atribuye a Ortega y Gasset: “Hay quien ha venido al mundo para enamorarse de una sola mujer y, consecuentemente, no es probable que tropiece con ella.”

Después de toda esta parafernalia ¿qué concluir? Sin querer banalizarlo, creo que es fundamental ser conscientes de que eso que llamamos amor sólo es una ilusión. Babieca lanza una pregunta cuando Rocinante le dice que mire a su amo enamorado: “¿Es necedad amar?”, le increpa Babieca y Rocinante contesta: “R: No es gran prudencia”.  Pero a diferencia de lo que piensa Rocinante, creo que en este mundo de pocas certezas, lo mejor que podemos hacer es lanzarnos de lleno a la piscina. Es mejor huir de las categorías y definiciones, pero desde luego hay que vivir al máximo aquellos sentimientos, sean lo que sean, con toda la intensidad que nos esté permitido.

 

 

R.III

 

 

sobre el amor

 

 

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Este artículo fue publicado en la Revista Cultural Tarántula

Si te ha gustado este artículo, no dejes de leer: La literatura anónima y la nueva era de la información

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Diario de verano

Llevo muchos años pensando que es de Karl Marx aquella frase de que el hombre es el único animal capaz de cambiar su realidad. Lo cierto es que en aquellas lecturas parciales que hice del Capital o del Manifiesto Comunista nunca conseguí encontrar esta cita. Quizá pertenece a otro libro de la extensa obra del pensador alemán, aunque es probable que más bien sea apócrifa. La respuesta debe encontrarse, más bien, en que un día le escuché a mi padre decir que esa máxima era de Marx; y la verdad es que me gusta pensar que es así. Tal vez me esté confundiendo y en realidad me habló de otro filósofo. Puede ser que la verdadera autoría de esta frase sea de mi padre, lo que me gusta todavía más. El caso es que hoy me siento con ganas de cambiar mi realidad.

Estoy cansado, muy cansado. A veces este país y su contexto pueden resultar agotadores. A lo mejor no es el país, sino sólo mi circunstancia la que me tiene exhausto. La piedra esa que llevo en el zapato desde hace unos años, ya no me permite caminar más. O reformulándolo, ya no quiero seguir andando con esa pinche piedra inoportuna. Entonces pienso que debería dejar de soñar con que las cosas van a llegar a ser de otra manera y poner de mi parte para conseguir el cambio. Plantearme otros objetivos y salir a buscarlos. Sin embargo, muchas veces siento que la vida ha ido conduciéndome por donde le ha venido en gana y que yo sólo he aprendido a soportar sus embates. Me he vuelto un profesional de la resolución de problemas, a costa de no dejar de estar sumergido en ellos. Trabajo, dinero, la piedra, y esa constante búsqueda del balance entre la felicidad de R.IV y el que no se me salga de madre[1]. Además, al echar la vista atrás ya no es posible rechazar la imbatible realidad de que la juventud, de forma irremediable, dio paso a la madurez. En otras palabras, y como diría mi amigo Leo “uno ya va teniendo más pasado que futuro”. La cuestión es que, pese a ello, se ha vuelto una fastidiosa carga el reiterar que muchas veces la vida me sigue conduciendo por sus azarosos senderos.

Siempre vi en mis padres a personas seguras. También pasaron altibajos laborales, salariales y de otra índole, pero veía en ellos un aplomo que no termino de encontrar en mí ahora que he alcanzado su edad.  Sé que he ido cumpliendo mis objetivos poco a poco. Terminé la tesis doctoral; ya casi todo mundo piensa en mí como profesor (y cada vez menos como gestor académico); sin ganarme la vida con ello, no he dejado mi vocación de escritor; he incorporado el ámbito de la investigación a mi abanico de actividades; y se puede decir con certeza que en el aspecto sentimental la vida me ha tratado con indulgencia (quiero y me siento querido).  No obstante, no termino de ver ese control que suponía debería poseer como una ventaja de contrapeso a dejar de contar con esa “sonrisa de muchacho soñoliento/ —seguro de gustar—[…]”  de la que habla Jaime Gil de Biedma. Intentar aferrarme a esa época de ideales, anhelos y sueños se ha convertido en uno de los principales obstáculos para salir de este atolladero.

Dijo Sartre que “somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”. Pues con esto que la vida y su contexto han hecho de mí, estoy muy dispuesto a entrar en una nueva etapa de vida. [Me apropio de la analogía de Paul Auster] Ya va siendo hora de escribir un punto final en mi diario de primavera. Hace años que debí comenzar con el de verano, por muy incompleto que sienta que dejo el de primavera. ¿Por qué no? Puede que en él también queden plasmadas aventuras memorables.

Mientras tanto habrá que seguir andando, Orteguita… y escribiendo… mientras el día sigue gris.

R.III

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[1] Y sin saber contestar todavía a esas preguntas que hace Nietzsche en voz de Zaratustra: “Arrojaré esta pregunta a tu alma como una sonda para conocer su profundidad […] ¿Eres tú un hombre que tenga el derecho a engendrar a un hijo? ¿Eres tú el triunfador, el vencedor de ti mismo, el soberano de tus sentidos y el dueño de tus virtudes? ¿O bien, es tu deseo el grito del animal y de la indecencia? ¿O el temor a la soledad? ¿O la discordia contigo mismo?

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O visita el otro blog de Ramón Ortega (tres) Un viaje personal

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Imágenes

Estoy mirando esa foto tuya del salón. Es una foto sencilla, sin mayor artificio lumínico o estético. El color y la parafernalia apenas hacen acto de presencia. No hay carmín en tus labios, no luce el color de esos ojos expresivos. No sonríes, ni pretendes convencernos, a los espectadores, de tu belleza. Estás ahí de perfil, en un sobrio camisón negro. Un halo de sensualidad provoca un cosquilleo en mi interior que me eriza la piel. La serenidad personificada que, irónicamente, sostiene una beldad incólume, atronadora. Capaz de los más altos pensamientos y hechizos.

 En ella se esconde a las miradas una paz que sólo percibimos algunos afortunados. La comisura de tus labios intenta delatar esa felicidad que pasea en tu espíritu. Un halo de dulzura atrapa la mirada de aquél que pasea entre los títulos de aquellos libros que rodean tu efigie. Y la ternura… una ternura que me quiero apropiar, pero que es tan tuya que nadie jamás podrá alterarla. ¡Cuánto candor se consume en ese retrato!

 Y entonces pienso que en ese momento yo no había hecho acto de aparición en tu vida. Que quizá esa alegría, esa paz, esa ternura eran pábulo de otros amores. O quizá de la gracia que brinda la libertad; o de la magia que uno tiene cuando es joven. Me pregunto si entonces además de bella eras feliz. Corrijo y me consuelo pensando que ahora también lo eres. ¿Pero si no es así? La simple duda martiriza mis sentidos, yo que tanto te quiero y que no consiento que sufras ningún daño. Dudo, callo, te admiro.

 De pronto esa sonrisa demoledora me devuelve el consuelo robado. Ahí estamos ambos cristalizados en otra imagen. En ella tu inocencia sigue siendo patente. No hay paz, pero la alegría de ambos desborda la habitación. Muy probablemente por ese día soleado que me hace entrecerrar un poco los párpados. Una foto que nos transporta a aquel día, pero que sólo el buen observador es capaz de apreciar la entrada principal del Parque Güell, que apenas se vislumbra. En esta imagen sonríes abiertamente mirando a la cámara; al espectador.

Cada vez que paseo mi mirada por esas imágenes me dices cosas bellas al oído. El amor susurra con delicadeza palabras invisibles que llenan de armonía todos los objetos que rodean nuestra cotidianidad. Nuestro hogar. Y de algo estoy seguro: de que contigo, ahora, todo cobra sentido.

R.III

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Con la mochila acuestas

Siempre que lo ves marchar sientes la sensación de vacío en el estómago. Lleva el macuto firmemente sujeto a su espalda, el saco de dormir en la mano. No puedes evitar mirarlo bajo tu perspectiva; todavía lo consideras tan pequeñito, pero él camina con el mismo aplomo que sus otros compañeros. En su mente ya has desaparecido; charla, se ríe, juega. Sabes que durante cinco días lo pasará muy bien, pero no puedes evitar la punzada de la preocupación.  Sin embargo, este sentimiento nada tiene que ver con un peligro verdadero, guarda más parecido con la sobreprotección: ¿comerá bien? ¿Lo harán andar demasiado? ¿y si se moja los pies? ¿se lavará bien los dientes? Buscas consuelo en la razón y te convences de que lo que perseguías metiéndolo en el grupo de scouts es que se volviera más independiente, que consiguiera socializar mejor con los otros niños, que dejara de ser el centro de atención y se diluyera entre los demás, que aprendiera a empatizar, a colaborar, a compartir, a saber perder y ganar. Querías, finalmente, arrancarlo de aquello que crees un seno, ya no sobre, sino súper-protector en el que vive cotidianamente.

Intentas llevar el asunto al terreno de la levedad.  ¿Qué más da que no coma todo lo bien durante estos cinco días? ¿o que ande mucho y no se lave los dientes? A la vuelta vendrá hecho una piltrafilla como suele hacerlo, pero pletórico y de una pieza. Querrá contarte sus mil aventuras y con los bolsillos llenos de piedras y recuerdos silvestres.  Durante la acampada no morirá por inanición, ni perderá los dientes por falta de higiene. Y si se moja los pies, cogerá un resfriado, pero con suerte aprenda que en esos casos lo que debe hacer es ponerse unos calcetines secos. Y aunque odies pensar en ello, de cada insatisfacción, de cada pena, de cada ligera y “medida” amargura con la que tropiece, su espíritu se enriquecerá por la experiencia. Si lo has metido en los scouts es porque quieres hacer de él un mejor ser humano. Porque aunque consiguieras evitarle en su niñez todos los males que se esconden en cada esquina de este mundo, lo cierto es que algún día él saldrá a vivir en ese mundo. Solo, sin tu ayuda, o la de su madre,  la de Ana, la de sus abuelos o la de todos los que lo quieren (que no son pocos), solo tendrá que saber sortear los infortunios que se le atraviesen.

Ahí va feliz con su mochila acuestas. Y tú también das la vuelta con el vacío en el estómago. Caminas convencido de que todas tus razones son acertadas. No miras atrás, pues no tendría sentido. Él ya ha comenzado su excursión. Año a año el macuto le irá quedando más pequeño, ya no se lo prepararás tú y él, desde lo alto, besará tu frente, igual que como ahora lo haces tú al despedirte.

R.III

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R.IV en su primera acampada en invierno del 2010


Lo fácil que era la vida

“Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”

Pablo Neruda, Poema XX

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Estoy yendo a recoger [por fin] mi título a la Universidad Europea de Madrid. Como antaño, voy montado en el autobús 518. Cuando alcanzo a vislumbrar las primeras filas de chalets a la entrada de Villaviciosa de Odón siento un apretón en el pecho. Han pasado por lo menos cinco años sin venir a este lugar recóndito de la Comunidad de Madrid que fue mi hogar durante el primer año que viví en España.

Recuerdo lo fácil que era la vida; las mañanas en la cocina con mis compañeros –con mis amigos- de piso; los días de universidad; las tardes de domingo cuando acostado contemplaba, a través de la ventana, el azul claro y monótono de un cielo altísimo; el pequeño escritorio donde se apilaban los libros que todavía arrastro de casa a casa, de vida a vida; saliendo a pasear en las noches de invierno cuando la niebla humedecía y coloreaba de amarillo todo alrededor; preparando una barbacoa en el patio de casa con el sol cayendo a plomo sobre nuestras cabezas; organizando los ingredientes para hacer una cubeta de sangría; levantándome temprano un domingo para ir al Prado, al Retiro o al Parque del Moro; descubriendo el universo de Paul Auster; el de Alessandro Baricco. Recuerdo lo fácil que era la vida corriendo hacia el autobús para no perderlo; yendo a comprar una pizza para la cena a ese local que se llamaba “Lobato” y que ofrecía vino blanco mientras esperabas; remoloneando en la cama de mi buhardilla; aprendiendo a escuchar y a entender a Extremo Duro; escogiendo poesías y canciones para mi programa de radio (Inventando que sueño); leyendo libros que nadie cogía en la biblioteca prácticamente vacía de la universidad o pasando de largo cuando, en época de exámenes, perdía el encanto de su soledad; en invierno, descubriendo que hacía más frío dentro del chalet que afuera; cuando organizamos el primer viaje a Segovia, Ávila y Salamanca; cuando era un aficionado a la fotografía y creía que podría dedicarme a ello; cuando pisé París y pensé que la personas que debería estar ahí era mi padre. Recuerdo lo fácil que era la vida cuando tomaba esas clases aburridas; y las interesantes; en las múltiples noches de juerga; las que pasábamos en casa (también de juerga); cuando bajábamos en autobús a Madrid o en el coche de algún amiguete; cuando nos quedábamos en Villaviciosa e íbamos a las Brazas; la gentileza de Domingo (el dueño del bar); la antipatía de su mujer; la primera jarra de sangría; la segunda; las copas que Domingo nos invitaba, ya solos con él, y una vez cerrado el bar; explorando la noche madrileña en los alrededores de Gran Vía; dejando tu espíritu colaborando con tus amigos en la elaboración de sus cortometrajes; conociendo el cine español; conociendo el europeo; anotando los malentendidos lingüísticos para luego comentarlos con mis amigos mexicanos. Recuerdo lo fácil que era la vida pasando casi todo el día en la universidad; los pasillos donde entablaba conversación con casi cualquiera; lo hermosas que me parecían las mujeres españolas; lo difícil que era ganar su atención; lo sencillo que resultaba hacer nuevos amigos; las noches frente al televisor jugando videojuegos; las risas provocadas por ciertas sustancias; las que emanaban con naturalidad sin el uso de ellas; el querer estar abajo con ellos –los que se reían-, pero no querer perder la oportunidad de seguir acostado con ella, la que conseguía hacer subir a la buhardilla; el encontrarme a mis compañeros de clase mientras hacía la compra en el Open Core; el terminar con ellos cenando para volver a reír; la complicidad que se amparaba en la juventud, la inocencia o las ganas por comerse el mundo.

Recuerdo lo fácil que era la vida en aquellos días cuando, al igual que ahora, iba en el autobús escuchando música, con la cabeza recargada en la ventana, sorteando las mismas calles y contemplando con satisfacción el paso del tiempo.

                                                              R.III

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Estado febril y lluvioso

Cuando estoy enfermo, con fiebre, me entran ganas de llorar. No es que me sienta triste o que me duela algo, pero una sensación me aprieta el pecho y el llanto fluye parsimoniosamente por mis mejillas. Me siento como un niño pequeño que quiere esconder la cara en las faldas protectoras de su madre. Lloro quedito, sin más estrépito que el tiritar producido por el escalofrío de la fiebre y, cuando lo hago, procuro estar solo. Jugar a ser padre, a tener un buen empleo, a crear un proyecto común con mi mujer, a ser un hombre maduro y dueño de su vida, súbitamente se ve interrumpido por una gripe y una sensación irremediable de vulnerabilidad.

Hace muchos años que los virus no me atacaban con tanta vehemencia. También hace mucho que no lloraba. No soy una persona de lágrima fácil, aunque a veces me sorprendo leyendo una frase que me conmueve o viendo la escena de una película, escuchando la canción adecuada o cuando me veo golpeado por la verdadera belleza; es entonces cuando una de esas gotas salobres baja hasta la comisura de mis labios. Ana dice que si no fuera por estos momentos llegaría a sospechar que soy un poco psicópata[1]. Como quiera que sea, no estoy seguro de que este escueto lloriqueo pueda pasar por ese deshago al que las personas llaman “llorar”.

Es verdad que suelo guardarme ciertos pensamientos y sentimientos para mí. Soy una persona dicharachera y cualquiera podría confundirse y creer que soy muy abierto, pero en realidad me cuesta trabajo permitir el acceso a mis verdaderas preocupaciones, a  mis deseos o a mis miedos. Y no lo hago apropósito, simplemente no encuentro el momento oportuno, no le doy importancia o no localizo el registro adecuando para comunicarlo. Además siempre se pueden encontrar temas más interesantes de los que hablar y, desde luego, de los que escribir. Quizá esta también sea una de las razones por las que no es fácil que rompa a llorar. El consuelo de alguien vendría al momento, pero también el requerimiento por saber el origen de ese pesar, pues buscar una causa es inherente a la naturaleza del ser humano.

No tengo nada más que decir al respecto. El paracetamol me empieza a hacer efecto, he dejado de sentir frío y comienzo a sudar, las mantas me parecen más reconfortantes y el llanto comienza a menguar. A este paso, quizá mañana pueda seguir jugando con el papel que me ha tocado interpretar. Por lo menos creo que hoy sí que me he conseguido desahogar.

R.III
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[1] Aunque se asocie a la idea de un “asesino”, en realidad el psicópata tiene el problema de no tener la capacidad de la empatía; no cuenta con remordimientos y muchos de sus sentimientos los tiene que fingir, pues en realidad es incapaz de conmoverse.


Un paso más hacia el 2013

Este año me ha resultado especialmente difícil escribir una felicitación-reflexión por la entrada del 2013. Tengo la sensación de que el 2012 ha sido muy duro, y no lo digo precisamente por mí (que en realidad me han pasado muchas cosas positivas). Ni siquiera tiene que ver con las personas que me rodean, pues podría decir que también se encuentran bien. Sin embargo, siento que en el aire se respira un ambiente depresivo. No cabe duda que la crisis, que ya lleva un largo período haciendo estragos, últimamente ha comenzado a afectar a las personas no sólo de una forma material, sino también espiritual. El pesimismo, la pesadumbre y el malestar social se ciernen sobre las personas como las sombras alargadas que produce el ocaso. El sentimiento de inseguridad crece entre las personas y los miedos hacen mella en la población (miedo a perder el empleo, a no encontrarlo, a tener problemas de salud, a que se avecine un aciago infortunio).

Este espíritu cabizbajo es contagioso y nos invade incluso a los que, como he dicho, no nos ha ido tan mal y no tendríamos nada por lo que quejarnos. A veces es muy fácil encontrar el lado negativo, incluso en estas fechas de renovación. Hoy, por ejemplo, me levanté pensando en ese ritual que practicaba cada año*. Una vieja costumbre de configurar doce propósitos, como doce son las campanadas y doce las uvas que se comen a su son. Recuerdo que en ese entonces los propósitos que me proponían eran grandes metas que constituían un deseo de ir mejorando cada día. Los objetivos que me he propuesto para este año son muy humildes: un poco de ejercicio, dieta… esas cosas convencionales a los que muchos acuden en tan memorable fecha. Y no es que no resulten dignos de realización, pero distan un tanto de aquellos ideales del tipo “publicar un libro” o “aumentar mi media de lectura a 60 libros al año”. Por esta razón, siento que soy presa del mismo sentimiento contrito del que he hablado y me preocupa que esa sana ambición se haya perdido para siempre. Me siento como aquella frase que aparece en la película Noviembre que dice “notros queríamos cambiar el mundo […] ahora lucho porque el mundo no me cambie a mí”.

Pero un día torcido no es una derrota definitiva. Cuando echo la vista atrás veo que esos propósitos que formulé hace años, poco a poco, se han ido cumpliendo casi por completo. Todavía quedan muchos retos adelante a los que merece la pena encarar y situaciones que me saquen de mi zona de confort (único modo de seguir aprendiendo y creciendo). Y aunque resulte paradójico, la negatividad en la que la gente se está hundiendo a veces es necesaria para asumir aquellos errores que se han cometido y tratar de enmendarlos. Los contrastes son indispensables para comprender, disfrutar y reconocer las épocas de provecho y bonanza. Seguir los buenos ejemplos también ayuda. Siempre viene bien darse cuenta de que existen personas que han decidido seguir adelante y todavía están dispuestos a cambiar el mundo. La siguiente entrada de este blog mostrará unos ejemplos dignos de mención.

Pero aunque suene trillado, lo primero que hay que hacer es empezar por uno mismo. No podemos desear una sociedad mejor, si no intentamos antes, ser mejores individualmente. No, si seguimos tomando atajos, en lugar de pasar por el arduo camino de la rectitud. No, si antes no volvemos a ser humildes, sinceros, honestos, justos, responsables y solidarios. No, si no dejamos de competir y comenzamos a colaborar. Pero claro, los valores que nos ayudarán a salir adelante, también son los más difíciles de llevar a cabo. No es un camino sencillo, pero cada gesto, cada paso que nos acerque a ellos merece la pena darlo. El 2013 no será un año sencillo, pero qué más da, hay que afrontarlo con entusiasmo. Con suerte consigamos ser un poco mejores y, sólo así, los éxitos obtenidos, aunque sean modestos, nos sabrán la mar de bien.

R.III

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* En ese entonces no publicaba en un blog, pero he conseguido rescatar el enlace del blog de un amigo que escribía una réplica a cada entrada que yo escribía.


Tradiciones

Inexperto volatinero

 tiendes la cuerda sobre el abismo del desarraigo.

 

Hay una tradición de los estadounidenses que me gusta especialmente; el Día de Acción de Gracias. Me interesa por ser un día en el que la familia y amigos muy cercanos se reúnen para festejar una vez al año. No hace falta llevar ningún tipo de presente; sólo importa la presencia de los convidados.  En el país más consumista del mundo, por una única ocasión, lo que prima es el hábito y no los obsequios. Por encima de las ventas y las compras prevalece la congregación de los seres cercanos, la buena convivencia y la alegría pábulo de esta unión. (También es cierto, que a la mañana siguiente, toda esta “profundidad axiomática” queda en el pasado y vuelve el consumismo más exasperado, siendo el día de mayor comercio del año).

Una de las costumbres más arraigadas de mi vida ha sido la cena de Navidad. Al igual que el día de Acción de Gracias, tampoco dábamos mucha importancia a los regalos, sino a la oportunidad de estar toda la familia a la vez. El menú se componía principalmente de dos elementos ineludibles: los Romeritos y el Bacalao, que preparaba Tana (mi abuela). Había otro tipo de aperitivos y platos secundarios, pero estos dos mantenían su incólume presencia cada año. Y aunque parezca una tontería, o aunque hubiese miembros de nuestra familia a la que nos les gustase alguno de ellos, su ausencia hubiera supuesto un vacío irreparable a nuestra tradición. Supongo que primero fue mi abuela y su entorno familiar los que cosecharon esta práctica, después sus hijos (entre ellos mis padre) se sumaron a esta usanza y poco después vinieron los nietos (nosotros) y demás allegados que la continuamos. Y es así como unos sencillos alimentos se convertían por unas horas en el centro de nuestra atención. Y si alguien proponía hacer un cambio a este tipo de comida en tan célebre ocasión, se le contestaba con un rotundo “no”. A los seres humanos nos gustan las rutinas. Inventamos y perseguimos que prevalezcan ciertos hábitos que consideramos trascendentales, dando profundidad a días comunes y corrientes, que adquieren su fuerza gracias a este matiz.

 Aquí en España a veces siento que no he podido implantar alguna de estas tradiciones. No tengo un plato típico para las navidades, ni para el año nuevo. Carezco de una casa a la que solamos ir, ineludiblemente, cada fiesta. Existen ciertos coqueteos con estos ritos, pero ninguno que nos ate con fuerza a esa constante rutina que consolida a la costumbre. Y por esto me pregunto si este es el principal obstáculo que encuentro para no conseguir formar mi propia familia. Me preocupa que sin los recurrentes hábitos no cuente con los recursos para que mi hijo (R.IV) acuda a estas ceremonias de unión. ¿Cuando recuerde “las fiestas” qué plato se formará en su mente? ¿Cuál se forma en la mía desde que estoy en España? ¿Cómo configurar una realidad de parentesco sin ciertos aspectos recurrentes?

Cena de año nuevo 2012 (otra larga historia)

Y entonces recuerdo que sí que cuento con sólidas costumbres. El aperitivo que Ana arraigó en nuestras vidas todos los fines de semana y que ya es inconcebible perdernos. Ocasión en la que R.IV participa activamente, pues es él quien ahora corta los trocitos de fuet o queso, quien abre esa latita de mejillones en escabeche o quien prepara el dip de yogurt en el que sumergiremos las tiras de zanahoria, pepino o apio. El ir los domingos a comer a casa de Cheché y Bárbara (los padres de Ana), donde después de la comida R.IV y Cheché no perdonan salir a la caza de objetos para construir nuevos artilugios. O que en cada reunión que se organiza en casa preparemos ese guacamole que a todos nos gusta y que tanto éxito tiene en España. Sin olvidar las múltiples y famosas «pizza parties», «kebab Parties» o «mexican parties» con o sin pretexto alguno.

Sí, mi familia es pequeña, mi amistades pocas, pero ellos ya comienzan a orquestar esa serie de elementos que ocasión tras ocasión, buscamos con añoranza para confeccionar nuestra tradiciones.

                                                                   R.III


¿Cómo poner orden a nuestro mundo?

Voy en el metro y entra un señor vestido con un chándal y unos paquetes de pañuelos en la mano. Comienza esas frases a las que nos estamos acostumbrando; “tengo unos niños, no tengo trabajo…”. A pesar de no tener la pinta del típico indigente, y quizá por eso, sus palabras hacen eco en mi conciencia. Meto la mano en el bolsillo para buscar alguna moneda que darle (sin la intención de reclamar los pañuelos que ofrece). En el pantalón sólo encuentro dos redondeces de un euro cada una. Las mismas dos que llevo desde hace algunos días y que he intentado no gastar al menos que sea inevitable. Meto la mano más a fondo para ver si encuentro alguna otra más pequeña; una ayuda al alcance de mis posibilidades, pero no tengo éxito. Aprieto el puño y siento la presión de esos dos euros hasta hacerme un poco de daño. Después aflojo la mano y siento como se pierden en ese abismo que cobra, por un instante, mi bolsillo. Miro cómo otra mujer saca de su bolso una dádiva y siento que un peso se me quita de encima. Por lo menos aquél hombre que me conmueve se llevará alguna recompensa.

 

Es el cumpleaños de mi hijo. Ayer pedí que pasara la noche conmigo, pero hoy lo he entregado, cual un paquete valiosísimo, a su madre en el andén del metro Plaza de España, hace apenas unos minutos. Ha sido una entrega escéptica, rápida e indolora (o eso quiero pensar). Podía haber comido con ambos –y los padres de ella-, pero una punzada en ese lugar ilocalizable de mi cuerpo no me lo permitió. La misma punzada que me apretaba con fuerza cuando subí al vagón y que quise aminorar con una «buena» acción, cuando aquel pobre infortunado llamaba mi atención. Lo cierto es que hoy mis finanzas no me permiten tampoco encontrar consuelo en estas obras. Bajo del metro con el deseo de caminar hasta que mis pies se desgarren de cansancio, pero éstos, más sabios que mis sentimientos, me llevan al sitio donde la razón habita. A mi casa.

 

Soy un romántico o un idealista. Creo que es posible cambiar el mundo para mejorarlo; por lo menos me siento con el ánimo de colaborar en ello. Pero, a veces, me vuelvo a mí mismo y me pregunto cómo podría conseguirlo, si no soy siquiera capaz de organizar mi propio universo. No puedo encontrar un trabajo en el que pueda desarrollar mis verdaderas capacidades (y que me paguen decentemente por ello), no tengo tiempo para atender con calidad a mi hijo, ni a mi novia, ni a mi tesis doctoral, ni a este blog. Con todos me comporto como si fuese un juego cuyas reglas alguien me impone. Además me siento infiel y traicionero, porque a cada uno lo descuido, por turnos, al estarme ocupando de los demás. Parece como si no tuviera las riendas de esta vida, como si fuse una hoja que a capricho del viento se deja llevar de un lado a otro. ¿Y si no tengo la valentía de cambiar esto, cómo voy a cambiar el mundo? ¿En qué momento? ¿Con unos cuántos céntimos?

 

Y entonces pienso en estos héroes anónimos. Personas que no sé qué vida peculiar se han confeccionado, para poder ser parte activa del cambio. Gente que está en la calle en manifestaciones, en campañas de vacunación, en campamentos de ayuda en África y Latinoamérica, alfabetizando niños en una jungla, o creando asociaciones para resolver algún problema concreto. Existe mucho movimiento, pues hay muchas cosas que corregir. ¿Serán personas solitarias?  ¿dónde encuentran su impulso? Mientras no haya respuestas, sólo puedo sentir admiración. Entre tanto echo mano nuevamente a mi bolsillo para sacar esos euros y colocarlos cual trofeos en la estantería. Por hoy lo dejo; quizá mañana encuentre la clave para poner orden a esta senda. Quizá ya sea una victoria expresar un desasosiego, que tanto me está costando rectificar.

R.III


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