Archivo de la categoría: Orteguita

Orteguita, otra vez.

“[…] después de todos los malos consejos que no tenían nada que ver con la vida”

Afterlife, Arcade Fire

Nihil est ab omni parte beatum

[no todo es perfecto]

Horacio, Odes 2.16

“Tienes que triunfar en la vida”. “¡Sé feliz!”. “Ama el empleo que tienes y no tendrás que trabajar un sólo día de tu vida”. “¡Hazlo!”.  “Lo mejor está por venir”. “Cree en ti y todo será posible”.  Te han dicho tantas tonterías que hasta te las has llegado a creer. Como todos, te consuelas. Porque en eso no estás solo, Orteguita. Esta sociedad nos ha contado que somos los protagonistas de “nuestra” vida, lo que quiere decir, “de la vida” en general; todos los demás son actores secundarios que van y vienen. También nos han metido en la cabeza que “debemos” vivir con plenitud y, peor aún, que sólo está en nuestras manos el poder hacerlo. Y tú no niegas que los humanos tenemos cierto margen de libertad, por eso te gusta tanto esa frase de Sartre: “somos aquello que hacemos con lo que han hecho de nosotros”. Pero lo primero que han hecho con nosotros es convencernos de que hemos venido a esta vida para ser felices, piensas. Y, hasta donde recuerdas, tú nunca has firmado eso, Orteguita.

Por eso es que hoy, como suele pasarte con los días lluviosos, ya estás repasando los “¿logros?” y los fracasos. Haces tu lista, Orteguita, y la jodida balanza te hace escribir. ¿Te quieres convencer de que por lo menos eso nadie te lo ha arrebatado? En el fondo a ti también te encanta sentirte el actor principal, cuando no dejas de ser una marioneta más. ¿Dónde quedaron esas grandes esperanzas?  La realidad, que es tozuda, te ha ido imponiendo el yugo de la mediocridad. ¿Y si aceptaras de una vez esa cita con la conformidad? ¿No serías más feliz con tus vinos, tus novelas, la gente que te rodea, tus viajes? ¿No sería más fácil todo si dejaras de añorar lo que no fue; lo que no será? ¿Y acaso puedes describir lo que quieres, Orteguita?  ¿No será otra de tus ideas etéreas? La dichosa entelequia de una vida virtuosa.

 Siempre has tenido este sentimiento. Hay momentos —no sólo cuando llueve, ¿verdad Orteguita?— en los que te sientes pequeñito. ¿Es la incertidumbre por lo que pasará en el futuro? ¿Es la cruel evidencia de todo lo que no has alcanzado?  Por lo menos antes tenías el consuelo de la juventud. Antes contabas con el amparo de esa “sonrisa de muchacho soñoliento —seguro gustar-”, pero que, como dice Jaime Gil de Biedma, ahora tan solo “es un resto penoso/ un intento patético” que ya no convence a nadie.

Y es que hasta escribir estas líneas, Orteguita, ¿no te das cuenta? Rechazas las estúpidas recetas de la autoayuda, pero te confeccionas una estrategia para sentirte mejor mientras vas escribiendo. ¿Eso es lo que quieres? ¿Una palmadita en la espalda? ¿Alguna palabra alentadora? ¡Ay, Orteguita! Si sigues pensando tanto en la vida, en la plenitud, en la felicidad… vas a perder el tren ¿o ya lo has perdido? Igual que todos, Orteguita, ¿ya ves como no puedes dejar de sentirte protagonista de esta historia? ¿O piensas que los demás han encontrado esa plenitud? Mira, no seas ingenuo ya, cierra este texto, y mejor ponte a trabajar.

Y el cielo sigue gris.

R.III

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O si quieres saber sobre los temores de Orteguita, puedes visitar Tus miedos

 

 

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La libertad y el placer de no hacer nada

No tengo muchos recuerdos de mi infancia. Hay una especie de neblina en torno a mis compañeros de primaria y sólo me acuerdo algunos de la secundaria, no sé quiénes fueron mis maestras en esos primeros años de estudio, qué travesuras hacía o a qué jugaba. Es como un agujero negro de mi pasado. ¿Será que mi infancia no fue feliz? Nada parece indicar eso, fui el primogénito de una familia de clase media. Seguro que vi satisfechos mis caprichos y tuve la atención y cariño de la familia cercana. ¿Podría ser, entonces, algún trauma infantil? Tal vez, pero lo bueno es que también el trauma quedó en algún rincón oscuro de mi memoria.

En cambio, tengo muy presente los años de preparatoria. De hecho, siempre miro con esa melancolía que supone la felicidad de tiempos pasados a esa época que antecede a la universidad.

Aunque las personas que me conocen no me reconozcan así, yo en aquel entonces era una persona tímida e insegura. No pretendía sobresalir, de hecho, procuraba no llamar la atención. Nunca fui presa de bullying, pero me atemorizaban los “matones” de la clase y trataba de pasarles desapercibido. No puedo decir que haya hecho nada reseñable durante esta época. Mi vida fue tan normal que podría tacharse de aburrida. ¿Entonces por qué significa para mí una época tan importante y alegre? Creo que la razón radica en que por primera vez sentí los efectos de la libertad. Por supuesto, era una libertad aparente, por ejemplo, tenía que volver a casa dentro de los límites marcados por mis padres y contaba con ciertas obligaciones en el hogar. No es que mis notas fueran brillantes, pero cumplía con unos mínimos que implicaban una asistencia regular a clase. En otras palabras, nunca abusé de esa libertad. No fui un chico rebelde.

Aun así, para mí el hecho de que la preparatoria no tuviera un control de puertas me pareció un cambio sustancial en mi vida. Podía entrar y salir de ella a mi antojo. Si lo deseaba asistía a una determinada asignatura y si no simplemente me “volaba” la clase. Y vaya que tuve ocasión de hacerlo. Había mañanas en las que decidía ir con mis amigos al supermercado de enfrente, comprar comida y sentarnos en algún parque a desayunar. Otras veces, nos reuníamos a lado del puesto de hamburguesas del huevas (el hamburguesero) y, si llevábamos dinero, intentábamos ganar el reto que el señor del curioso apelativo iba aumentando conforme se iba superando el desafío (6, 7, 8… hamburguesas). Algunas veces nos íbamos a casa de un colega a jugar Nintendo, ver películas o a tomar algunos tragos que nos patrocinaba, sin saberlo, el padre este amigo que no bebía, pero que acumulaba botellas que le daban como regalo. Es curioso, pero nunca he vuelto degustar las marcas sofisticadas (y caras) que bebí en aquel entonces. Creo que para cuando entramos a la universidad habíamos rendido cuentas de casi todo el almacén de este señor. Pero volviendo al disfrute de la libertad, había veces que nos quedábamos en el mismo patio de la escuela escuchando los discos que traía Pasapera, otro amigo; con él afiné mis gustos musicales. Cuando me eché novia (cosa nada sencilla) disfruté de la libertad de las puertas abiertas día sí y día también. Sigo preguntándome cómo aprobé cálculo diferencial e integral.

No es que viviera hitos catalogables como los más felices de mi existencia. Insisto que no hay nada digno de contar, pero la vida me parecía fácil. Me sentía una persona con suerte y lo era. Tenía amigos, una chica, responsabilidades llevaderas y mucho tiempo para dedicarlo al ocio.  Me quejaba a veces de ese sentimiento lejano que llamaba aburrimiento y que hace tiempo que no sufro. Pero todavía siento el sol en mi rostro en una de esas mañanas en las que opté por no entrar a inglés o a cálculo o a ética. Y cuando lo pienso me parece raro que vivimos en un mundo en el que uno no puede dedicar su vida simplemente a ser feliz y a dejarse acariciar por los rayos del gran astro. Lo que los italianos saben nombrar con mucho tino: dolce far niente (el placer de no hacer nada). Nos queda el consuelo de que alguna vez disfrutamos de ese privilegio que hoy el día a día nos arrebata.

 

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Tus miedos

Vas de camino al trabajo, Orteguita, y de pronto te das cuenta, como si fuera fruto de una súbita reflexión, de que tienes miedos; como cualquier persona, piensas. Sí, pero muchos de ellos son absurdos e inexplicables; como los de cualquier persona, insistes dubitativo. Subes por las escaleras de la salida del metro Santiago Bernabéu y ves los puestos que se ponen cuando va a haber partido de fútbol. Entonces descubres que te dan miedo los partidos y todavía más la gente que va a esos partidos. No puedes justificar este temor y sabes que es injusto pensar así, porque no todos los que acuden a estos eventos son los energúmenos que te figuras. Sin embargo, cuando los ves increpar al equipo contrario, a los otros hinchas o al árbitro, ves en sus ojos la capacidad de matar. ¿A que sí, Orteguita?

También te da miedo la policía. Eres incapaz de ver en un agente a una persona apacible o bondadosa. Por eso siempre te ha sorprendido que alguien quisiera ese trabajo. Crees que en el fondo debe existir algún problema psicológico (quizá un trauma de la niñez) en el hecho de que un individuo quiera llevar una placa, una porra y una pistola. Sí, admites que no estás siendo ecuánime, pero así son los miedos, Orteguita, irracionales y a veces injustos. Aunque nunca hayas cometido ningún delito cuando ves a un policía no puedes evitar querer salir huyendo o el impulso de levantar las manos y entregarte.

De un tiempo a esta fecha te dan miedo las banderas. Es posible que no seas el único, Orteguita. En cualquier caso, aquí te pasa algo similar al temor que sientes hacia los hinchas del fútbol. Sabes que la gente también es capaz de matar por ese símbolo. No puedes evitar creer que la emoción del patriotismo en todas sus manifestaciones entraña peligro.

No lo ocultes; admite que te da miedo, aunque has tenido la suerte de que no te haya pasado, que tus alumnos se amotinen. ¡Cuántas veces no has imaginado que de un momento a otro la clase se va a salir de control! En tu imaginación los has visto como una jauría de chacales que comienza a gritar, a tirar sillas y a romper cristales, para después venir tras de ti. Pero más temor te produce el hecho que un sólo alumno te falte al respeto o se encare contigo. No sabrías cómo actuar, Orteguita.

En menor medida, pero no menos importante, es tu miedo a los centros comerciales cuando tienes que ir a comprar algo. Porque puedes ir sin problemas a comer o acompañando a alguien que quiere dilapidar sus ahorros. En cambio, cuando eres tú quien necesita alguna prenda nueva u otro tipo de producto, te generan mucha inquietud estas grandes superficies. No sabes por dónde empezar. Te agobias enseguida. Sientes la ansiedad del niño que ha perdido de vista a sus padres entre la muchedumbre y el sosiego sólo vuelve cuando sales de ahí. Una nimiedad, Orteguita, pero peor es tu fobia hacia los calambres. Eres incapaz de tocar algo de metal sin el temor de esa fastidiosa descarga eléctrica.

Por lo menos, Orteguita, no le tienes miedo a la muerte, ni al ridículo, ni a equivocarte. Tampoco temes a la soledad, al destierro social o a perder tus [pocos] bienes materiales. No te asustan los espacios cerrados ni los abiertos, las alturas o subir a un avión. Además, te encantan las películas de terror sobre todo cuando estás solo en casa. Por eso consideras que tus miedos son un despropósito, una ridiculez, casi un esperpento, pero cuando estás frente a ellos te sientes pequeñito y vulnerable. Por esta razón, hoy, que has pensado en ello, has comenzado a sentir miedo a tus miedos mientras el cielo sigue gris y los hinchas han tomado las calles.

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El camino de Orteguita

Hoy es uno de esos días en el que ciertos sentimientos se entremezclan. Llegas a casa directo a la botella de vino y pones música. Las notas que comienzan a sonar no son las de una canción al azar, sino las de ésa que se ha repetido en tu cabeza durante toda la tarde. Ésa que potencia el sentimiento que no terminas de definir. Además, en la calle llueve tenuemente (otro factor intensificador). ¡Cómo te gusta la lluvia, Orteguita! Siempre has sentido fascinación por este fenómeno, por eso es que un día lluvioso nunca te deja indiferente. De qué buen humor te encontrabas hace unos instantes, pero ahora, aunque sigues feliz un atisbo de melancolía se ha colado en tu cuerpo. ¿Será la canción Orteguita, o quizá la copa de vino? Todo mundo pasa por estos momentos quieres creer, para no darle más importancia de la que en el fondo crees que tiene.  ¿Entonces por qué ponerlo en palabras?

Ayer fue tu última clase del semestre. Les leíste a tus alumnos un poema de Antonio Machado. Mientras lo hacías te diste cuenta de que esos versos no los dejaban impasibles “caminante no hay camino/el camino se hace al andar”. Así es chicos, el camino que están tomando ahora los llevará por lugares insospechados, les dijiste, y en algún momento llegarán a una edad en la que reflexionarán sobre ese camino recorrido. Como estás haciendo tú, Orteguita, pero eso no se los dijiste. También les leíste ese poema de Jaime Gil de Biedma y se te quebró la voz en esa parte de: “Podría recordarte que ya no tienes gracia / que tu estilo casual y desenfadado / resultan truculentos/cuando tienes más de treinta años”. Pero ellos no notaron nada, no te preocupes Orteguita.

Repites la canción en el ordenador y te sirves otra copa de vino. Recuerdas ese pasaje de Alicia en el País de las Maravillas. Alicia está llorando en un bosque oscuro porque se ha perdido. En medio de su llanto aparece un gato que le pregunta por qué se encuentra así. Alicia entre sollozos le dice que está perdida y que no sabe qué camino escoger. El gato le inquiere a dónde desea ir y ella le contesta que no sabe, pero que le da igual con tal de salir de esa situación. Y muy sabiamente el gato le sugiere que, entonces, también da igual el camino que escoja.  ¡ah, Orteguita, cuántas veces no habrás contado esa anécdota para aconsejar a todos los que han venido a ti a pedir consejo! Lo importante en la vida es no quedarse llorando en un bosque oscuro, sino comenzar a caminar en cualquier dirección, pues finalmente un camino te llevará a otro y así uno forjará su vida “golpe a golpe / verso a verso”. ¿Y entonces por qué te sientes con humor de adentrarte en ese bosque, Orteguita?

Termina por tercera vez la canción y el sonido de la lluvia te vuelve a hacer consciente de tu alrededor. Y al ver que ese ligero orvallo se ha convertido en un aguacero, comienzas a entender que tampoco te han salido tan mal las cosas. Siempre le damos mucha importancia al presente, es el tiempo que parece que tiene más fuerza; el pasado y el futuro parecen inconsistentes ante la densidad del presente. Pero Heidegger nos mostró que esto es falso. Los seres humanos somos proyección, y esta proyección es lo que nos incita a seguir adelante. Y seamos sinceros, Orteguita, si de algo te puedes jactar es de tener grandes proyectos, ¿no? Pues corre, deja ya en paz esa canción y esas copas de vino y sal a buscar tu vida.

R.III


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