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La libertad y el placer de no hacer nada

No tengo muchos recuerdos de mi infancia. Hay una especie de neblina en torno a mis compañeros de primaria y sólo me acuerdo algunos de la secundaria, no sé quiénes fueron mis maestras en esos primeros años de estudio, qué travesuras hacía o a qué jugaba. Es como un agujero negro de mi pasado. ¿Será que mi infancia no fue feliz? Nada parece indicar eso, fui el primogénito de una familia de clase media. Seguro que vi satisfechos mis caprichos y tuve la atención y cariño de la familia cercana. ¿Podría ser, entonces, algún trauma infantil? Tal vez, pero lo bueno es que también el trauma quedó en algún rincón oscuro de mi memoria.

En cambio, tengo muy presente los años de preparatoria. De hecho, siempre miro con esa melancolía que supone la felicidad de tiempos pasados a esa época que antecede a la universidad.

Aunque las personas que me conocen no me reconozcan así, yo en aquel entonces era una persona tímida e insegura. No pretendía sobresalir, de hecho, procuraba no llamar la atención. Nunca fui presa de bullying, pero me atemorizaban los “matones” de la clase y trataba de pasarles desapercibido. No puedo decir que haya hecho nada reseñable durante esta época. Mi vida fue tan normal que podría tacharse de aburrida. ¿Entonces por qué significa para mí una época tan importante y alegre? Creo que la razón radica en que por primera vez sentí los efectos de la libertad. Por supuesto, era una libertad aparente, por ejemplo, tenía que volver a casa dentro de los límites marcados por mis padres y contaba con ciertas obligaciones en el hogar. No es que mis notas fueran brillantes, pero cumplía con unos mínimos que implicaban una asistencia regular a clase. En otras palabras, nunca abusé de esa libertad. No fui un chico rebelde.

Aun así, para mí el hecho de que la preparatoria no tuviera un control de puertas me pareció un cambio sustancial en mi vida. Podía entrar y salir de ella a mi antojo. Si lo deseaba asistía a una determinada asignatura y si no simplemente me “volaba” la clase. Y vaya que tuve ocasión de hacerlo. Había mañanas en las que decidía ir con mis amigos al supermercado de enfrente, comprar comida y sentarnos en algún parque a desayunar. Otras veces, nos reuníamos a lado del puesto de hamburguesas del huevas (el hamburguesero) y, si llevábamos dinero, intentábamos ganar el reto que el señor del curioso apelativo iba aumentando conforme se iba superando el desafío (6, 7, 8… hamburguesas). Algunas veces nos íbamos a casa de un colega a jugar Nintendo, ver películas o a tomar algunos tragos que nos patrocinaba, sin saberlo, el padre este amigo que no bebía, pero que acumulaba botellas que le daban como regalo. Es curioso, pero nunca he vuelto degustar las marcas sofisticadas (y caras) que bebí en aquel entonces. Creo que para cuando entramos a la universidad habíamos rendido cuentas de casi todo el almacén de este señor. Pero volviendo al disfrute de la libertad, había veces que nos quedábamos en el mismo patio de la escuela escuchando los discos que traía Pasapera, otro amigo; con él afiné mis gustos musicales. Cuando me eché novia (cosa nada sencilla) disfruté de la libertad de las puertas abiertas día sí y día también. Sigo preguntándome cómo aprobé cálculo diferencial e integral.

No es que viviera hitos catalogables como los más felices de mi existencia. Insisto que no hay nada digno de contar, pero la vida me parecía fácil. Me sentía una persona con suerte y lo era. Tenía amigos, una chica, responsabilidades llevaderas y mucho tiempo para dedicarlo al ocio.  Me quejaba a veces de ese sentimiento lejano que llamaba aburrimiento y que hace tiempo que no sufro. Pero todavía siento el sol en mi rostro en una de esas mañanas en las que opté por no entrar a inglés o a cálculo o a ética. Y cuando lo pienso me parece raro que vivimos en un mundo en el que uno no puede dedicar su vida simplemente a ser feliz y a dejarse acariciar por los rayos del gran astro. Lo que los italianos saben nombrar con mucho tino: dolce far niente (el placer de no hacer nada). Nos queda el consuelo de que alguna vez disfrutamos de ese privilegio que hoy el día a día nos arrebata.

 

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Tus miedos

Vas de camino al trabajo, Orteguita, y de pronto te das cuenta, como si fuera fruto de una súbita reflexión, de que tienes miedos; como cualquier persona, piensas. Sí, pero muchos de ellos son absurdos e inexplicables; como los de cualquier persona, insistes dubitativo. Subes por las escaleras de la salida del metro Santiago Bernabéu y ves los puestos que se ponen cuando va a haber partido de fútbol. Entonces descubres que te dan miedo los partidos y todavía más la gente que va a esos partidos. No puedes justificar este temor y sabes que es injusto pensar así, porque no todos los que acuden a estos eventos son los energúmenos que te figuras. Sin embargo, cuando los ves increpar al equipo contrario, a los otros hinchas o al árbitro, ves en sus ojos la capacidad de matar. ¿A que sí, Orteguita?

También te da miedo la policía. Eres incapaz de ver en un agente a una persona apacible o bondadosa. Por eso siempre te ha sorprendido que alguien quisiera ese trabajo. Crees que en el fondo debe existir algún problema psicológico (quizá un trauma de la niñez) en el hecho de que un individuo quiera llevar una placa, una porra y una pistola. Sí, admites que no estás siendo ecuánime, pero así son los miedos, Orteguita, irracionales y a veces injustos. Aunque nunca hayas cometido ningún delito cuando ves a un policía no puedes evitar querer salir huyendo o el impulso de levantar las manos y entregarte.

De un tiempo a esta fecha te dan miedo las banderas. Es posible que no seas el único, Orteguita. En cualquier caso, aquí te pasa algo similar al temor que sientes hacia los hinchas del fútbol. Sabes que la gente también es capaz de matar por ese símbolo. No puedes evitar creer que la emoción del patriotismo en todas sus manifestaciones entraña peligro.

No lo ocultes; admite que te da miedo, aunque has tenido la suerte de que no te haya pasado, que tus alumnos se amotinen. ¡Cuántas veces no has imaginado que de un momento a otro la clase se va a salir de control! En tu imaginación los has visto como una jauría de chacales que comienza a gritar, a tirar sillas y a romper cristales, para después venir tras de ti. Pero más temor te produce el hecho que un sólo alumno te falte al respeto o se encare contigo. No sabrías cómo actuar, Orteguita.

En menor medida, pero no menos importante, es tu miedo a los centros comerciales cuando tienes que ir a comprar algo. Porque puedes ir sin problemas a comer o acompañando a alguien que quiere dilapidar sus ahorros. En cambio, cuando eres tú quien necesita alguna prenda nueva u otro tipo de producto, te generan mucha inquietud estas grandes superficies. No sabes por dónde empezar. Te agobias enseguida. Sientes la ansiedad del niño que ha perdido de vista a sus padres entre la muchedumbre y el sosiego sólo vuelve cuando sales de ahí. Una nimiedad, Orteguita, pero peor es tu fobia hacia los calambres. Eres incapaz de tocar algo de metal sin el temor de esa fastidiosa descarga eléctrica.

Por lo menos, Orteguita, no le tienes miedo a la muerte, ni al ridículo, ni a equivocarte. Tampoco temes a la soledad, al destierro social o a perder tus [pocos] bienes materiales. No te asustan los espacios cerrados ni los abiertos, las alturas o subir a un avión. Además, te encantan las películas de terror sobre todo cuando estás solo en casa. Por eso consideras que tus miedos son un despropósito, una ridiculez, casi un esperpento, pero cuando estás frente a ellos te sientes pequeñito y vulnerable. Por esta razón, hoy, que has pensado en ello, has comenzado a sentir miedo a tus miedos mientras el cielo sigue gris y los hinchas han tomado las calles.

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Diario de verano

Llevo muchos años pensando que es de Karl Marx aquella frase de que el hombre es el único animal capaz de cambiar su realidad. Lo cierto es que en aquellas lecturas parciales que hice del Capital o del Manifiesto Comunista nunca conseguí encontrar esta cita. Quizá pertenece a otro libro de la extensa obra del pensador alemán, aunque es probable que más bien sea apócrifa. La respuesta debe encontrarse, más bien, en que un día le escuché a mi padre decir que esa máxima era de Marx; y la verdad es que me gusta pensar que es así. Tal vez me esté confundiendo y en realidad me habló de otro filósofo. Puede ser que la verdadera autoría de esta frase sea de mi padre, lo que me gusta todavía más. El caso es que hoy me siento con ganas de cambiar mi realidad.

Estoy cansado, muy cansado. A veces este país y su contexto pueden resultar agotadores. A lo mejor no es el país, sino sólo mi circunstancia la que me tiene exhausto. La piedra esa que llevo en el zapato desde hace unos años, ya no me permite caminar más. O reformulándolo, ya no quiero seguir andando con esa pinche piedra inoportuna. Entonces pienso que debería dejar de soñar con que las cosas van a llegar a ser de otra manera y poner de mi parte para conseguir el cambio. Plantearme otros objetivos y salir a buscarlos. Sin embargo, muchas veces siento que la vida ha ido conduciéndome por donde le ha venido en gana y que yo sólo he aprendido a soportar sus embates. Me he vuelto un profesional de la resolución de problemas, a costa de no dejar de estar sumergido en ellos. Trabajo, dinero, la piedra, y esa constante búsqueda del balance entre la felicidad de R.IV y el que no se me salga de madre[1]. Además, al echar la vista atrás ya no es posible rechazar la imbatible realidad de que la juventud, de forma irremediable, dio paso a la madurez. En otras palabras, y como diría mi amigo Leo “uno ya va teniendo más pasado que futuro”. La cuestión es que, pese a ello, se ha vuelto una fastidiosa carga el reiterar que muchas veces la vida me sigue conduciendo por sus azarosos senderos.

Siempre vi en mis padres a personas seguras. También pasaron altibajos laborales, salariales y de otra índole, pero veía en ellos un aplomo que no termino de encontrar en mí ahora que he alcanzado su edad.  Sé que he ido cumpliendo mis objetivos poco a poco. Terminé la tesis doctoral; ya casi todo mundo piensa en mí como profesor (y cada vez menos como gestor académico); sin ganarme la vida con ello, no he dejado mi vocación de escritor; he incorporado el ámbito de la investigación a mi abanico de actividades; y se puede decir con certeza que en el aspecto sentimental la vida me ha tratado con indulgencia (quiero y me siento querido).  No obstante, no termino de ver ese control que suponía debería poseer como una ventaja de contrapeso a dejar de contar con esa “sonrisa de muchacho soñoliento/ —seguro de gustar—[…]”  de la que habla Jaime Gil de Biedma. Intentar aferrarme a esa época de ideales, anhelos y sueños se ha convertido en uno de los principales obstáculos para salir de este atolladero.

Dijo Sartre que “somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”. Pues con esto que la vida y su contexto han hecho de mí, estoy muy dispuesto a entrar en una nueva etapa de vida. [Me apropio de la analogía de Paul Auster] Ya va siendo hora de escribir un punto final en mi diario de primavera. Hace años que debí comenzar con el de verano, por muy incompleto que sienta que dejo el de primavera. ¿Por qué no? Puede que en él también queden plasmadas aventuras memorables.

Mientras tanto habrá que seguir andando, Orteguita… y escribiendo… mientras el día sigue gris.

R.III

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[1] Y sin saber contestar todavía a esas preguntas que hace Nietzsche en voz de Zaratustra: “Arrojaré esta pregunta a tu alma como una sonda para conocer su profundidad […] ¿Eres tú un hombre que tenga el derecho a engendrar a un hijo? ¿Eres tú el triunfador, el vencedor de ti mismo, el soberano de tus sentidos y el dueño de tus virtudes? ¿O bien, es tu deseo el grito del animal y de la indecencia? ¿O el temor a la soledad? ¿O la discordia contigo mismo?

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Hormigas en el universo

Sales de tu trabajo y caminas rumbo al metro. Esta vez no traes atado a tus oídos los audífonos que te arrastran hacia caminos musicales aleatorios. A tu lado, caminando casi a la misma velocidad que tú, un hombre hablando a través de su teléfono móvil. Le cuenta a alguien en tono vehemente una historia sobre un compañero de trabajo. Se nota su enfado y busca la aceptación y apoyo de su interlocutor, quizá su mujer, quizá otro compañero. Bajas al metro y ves, apiñados en grupo, a algunos miembros del personal de seguridad que comentan acaloradamente sobre un suceso de esa mañana: un impertinente usuario se había saltado el control de acceso sin pagar y además había tenido la desfachatez de encararse con uno de ellos. Todos seguían la historia atentos; centrados en la explicación del que la relataba. Miradas y movimientos de cabeza mostraban su respaldo: ¡claro que había hecho bien en echarle! Alguno de ellos hizo un comentario que no escuchaste, pero todos rieron. Ya subido en el vagón del metro centras tu atención en tres chicos relativamente arreglados y perfumados, calculas que deben tener dieciséis años. Hablan sobre un videojuego. Comentan seriamente una estrategia para poder acceder a lo que supones es el siguiente nivel. El que explica los pasos a seguir usa sus manos para simular los movimientos del personaje del juego. Uno de los que lo escuchan hace bromas e interrumpe, pero el otro mira con suma atención. Irrumpe un acordeón por encima de las voces de los chavales  y pasas tu mirada a otro extremo del vagón. Un señor de unos 50 años toca el instrumento, no es una de esas melodías cotidianas. Esta persona ha decidido interpretar algo diferente y disfrutas la tonada. Unos segundos antes de llegar a la siguiente parada, el señor deja de tocar y pide ayuda a los pasajeros. La mayoría lo ignora, casi todos siguen encerrados en su mundo de mensajes de whats app, de música o de lectura electrónica. Unas paradas más adelante llegas a Príncipe Pío y cerca de la mitad de los pasajeros del suburbano salen en tropel. Tú entre ellos. Te da la sensación de que todos llevan prisa; unos a otros se adelantan para intentar alcanzar las escaleras eléctricas primero. Hay algunos –muchos- que suben por las escaleras normales cuando se percatan de lo que tendrán que esperar si quieren ir por las eléctricas. Hay quien viene en pareja o con amigos, pero la mayoría va solo.

Cada uno de ellos tiene una historia y un contexto. Lo sustancial, el motor que los hace moverse, su existencia entera gira en torno a esa historia. Conviven con muchas otras vidas (entran en contacto con ellas en el metro, en la oficina, en persona u on line), pero su circunstancia es la primordial. Su pequeño mundo se reduce a su empleo, a sus videojuegos, su acordeón, su familia, sus escritos de blog, y cada uno de estos elementos configura su razón de ser (aunque no se hayan parado a pensar en ello). Saben que en otros países se pasa hambre, que hay gente a quien desahucian de sus viviendas, que existen señores que pueden gastarse miles de euros en una velada, han escuchado hasta la saciedad de la delincuencia, de la violencia de género, de la consolidación de grandes emporios, de la guerra, etc. En muchos casos llegan a sentir empatía o repulsión por estos otros sucesos que acontecen allá afuera, pero no les queda más remedio que centrarse en su vida y, lo quieran o no, darle una consideración significativa.

En el organismo de un ser vivo pasa algo similar. La unidad funcional del riñón, por ejemplo, a la que se le conoce como glomérulo es la célula que permite a este órgano filtrar el plasma sanguíneo. Gracias a esta habilidad del riñón se pueden separar las sustancias que entran en el cuerpo y desechar aquellas que son dañinas a través de la orina. Si pudiéramos pensar en el glomérulo como una unidad independiente, todo el centro de su existencia consistiría en actuar de determinada manera para filtrar la sangre. Sin embargo, los glomérulos mantienen una estrecha relación con el corazón, porque gracias a la presión con la que se bombea la sangre estas células pueden filtrarla. Y no sólo eso, también tienen una relación con las células receptoras de los vasos sanguíneos que detectan la presión osmótica del plasma, lo que manda una señal al cerebro para que dicha filtración aumente o disminuya. Por tanto, si no hay suficiente líquido, la filtración glomerular disminuye y no se pierde líquido previniendo la deshidratación, y cuando detectan un aumento entonces se incrementa la filtración y se elimina más líquido evitando un edema (una hinchazón). No se puede decir que el glomérulo tenga conciencia, pero de tenerla, ésta la usaría para desempeñar su labor sin pensar en vasos sanguíneos, células cardiacas, neuronas u otros; vive para filtrar y todo lo importante gira entorno a su actividad.

Consigues salir del subterráneo preguntándote, por qué es aquí cuando te llegan estas reflexiones. Es probable que sea por encontrarte rodeado de toda esa gente que camina solitaria con sus historias acuestas. Andas rumbo a tu casa sin parar de pensar que las células forman órganos, los órganos sistemas y finalmente este cúmulo de sistemas dan pie al organismo vivo. Así como con lo glomérulos, todo en el cuerpo está estrechamente interrelacionado, aunque sus partes trabajen de forma “en apariencia” independiente. Te preguntas: “¿Qué nos hace pensar que esta cadena se detiene ahí? ¿Por qué no pensar que existe también una unión entre nuestra vida y las otras?”. Estás convencido de esta relación; de que esas personas anónimas con las que entras en contacto todos los días y también con aquellos otros que no ves y no conoces –pero que a su vez chocan con esas otras vidas de su entorno- forman cadenas de causa y efecto que repercuten en todos. Sigues caminando pensando en estos grandes temas, sabiéndote pequeñito como una hormiga, como una célula del organismo; tan trascendental o nimio eres en el universo como el polvo de estrella.

Pobres de los hombres que se toman tan en serio su papel en esta gran comedia universal –¿o será una tragedia?-. Algunos, incluso, pretenden darle un sentido totalizador; una explicación convincente. Aunque la mayoría se conforma con mantenerse en movimiento, salvaguardando su realidad y circunstancia.

Has llegado a casa…

R.III

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¿Ética medioambiental?

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El camino de Orteguita

Hoy es uno de esos días en el que ciertos sentimientos se entremezclan. Llegas a casa directo a la botella de vino y pones música. Las notas que comienzan a sonar no son las de una canción al azar, sino las de ésa que se ha repetido en tu cabeza durante toda la tarde. Ésa que potencia el sentimiento que no terminas de definir. Además, en la calle llueve tenuemente (otro factor intensificador). ¡Cómo te gusta la lluvia, Orteguita! Siempre has sentido fascinación por este fenómeno, por eso es que un día lluvioso nunca te deja indiferente. De qué buen humor te encontrabas hace unos instantes, pero ahora, aunque sigues feliz un atisbo de melancolía se ha colado en tu cuerpo. ¿Será la canción Orteguita, o quizá la copa de vino? Todo mundo pasa por estos momentos quieres creer, para no darle más importancia de la que en el fondo crees que tiene.  ¿Entonces por qué ponerlo en palabras?

Ayer fue tu última clase del semestre. Les leíste a tus alumnos un poema de Antonio Machado. Mientras lo hacías te diste cuenta de que esos versos no los dejaban impasibles “caminante no hay camino/el camino se hace al andar”. Así es chicos, el camino que están tomando ahora los llevará por lugares insospechados, les dijiste, y en algún momento llegarán a una edad en la que reflexionarán sobre ese camino recorrido. Como estás haciendo tú, Orteguita, pero eso no se los dijiste. También les leíste ese poema de Jaime Gil de Biedma y se te quebró la voz en esa parte de: “Podría recordarte que ya no tienes gracia / que tu estilo casual y desenfadado / resultan truculentos/cuando tienes más de treinta años”. Pero ellos no notaron nada, no te preocupes Orteguita.

Repites la canción en el ordenador y te sirves otra copa de vino. Recuerdas ese pasaje de Alicia en el País de las Maravillas. Alicia está llorando en un bosque oscuro porque se ha perdido. En medio de su llanto aparece un gato que le pregunta por qué se encuentra así. Alicia entre sollozos le dice que está perdida y que no sabe qué camino escoger. El gato le inquiere a dónde desea ir y ella le contesta que no sabe, pero que le da igual con tal de salir de esa situación. Y muy sabiamente el gato le sugiere que, entonces, también da igual el camino que escoja.  ¡ah, Orteguita, cuántas veces no habrás contado esa anécdota para aconsejar a todos los que han venido a ti a pedir consejo! Lo importante en la vida es no quedarse llorando en un bosque oscuro, sino comenzar a caminar en cualquier dirección, pues finalmente un camino te llevará a otro y así uno forjará su vida “golpe a golpe / verso a verso”. ¿Y entonces por qué te sientes con humor de adentrarte en ese bosque, Orteguita?

Termina por tercera vez la canción y el sonido de la lluvia te vuelve a hacer consciente de tu alrededor. Y al ver que ese ligero orvallo se ha convertido en un aguacero, comienzas a entender que tampoco te han salido tan mal las cosas. Siempre le damos mucha importancia al presente, es el tiempo que parece que tiene más fuerza; el pasado y el futuro parecen inconsistentes ante la densidad del presente. Pero Heidegger nos mostró que esto es falso. Los seres humanos somos proyección, y esta proyección es lo que nos incita a seguir adelante. Y seamos sinceros, Orteguita, si de algo te puedes jactar es de tener grandes proyectos, ¿no? Pues corre, deja ya en paz esa canción y esas copas de vino y sal a buscar tu vida.

R.III


Cuidado con lo gratis

Dice el viejo proverbio que “no hay nada gratis en esta vida” y sin embargo, la palabra nos rodea por todos lados. En las tiendas, concesionarios, agencias de viaje, librerías, en carteles, televisión, radio, periódicos, por doquier. Cualquiera viene y te ofrece algo “gratis”, pero lo peor no es eso, lo peor es que nosotros vamos y nos lo creemos. Porque seamos sinceros, la palabrita nos entusiasma, su sola mención nos atrapa y nos hace girar la cabeza: “He oído bien, ha dicho gratis, habrá que ver de qué se trata”. Finalmente, terminamos comprobando que el proverbio tenía razón. De hecho, si atendiéramos un poco más a nuestra experiencia, el simple sonido de las vocales y consonantes que conforman ese concepto debería ponernos los pelos de punta y alertarnos: “Aquí me quieren vender algo… ¡escapa!”, pero no, nunca aprendemos.

 

Los mercados, en cambio, han comprobado muy bien desde hace años la susceptibilidad que tenemos hacia la palabra. Han apreciado que una buena forma de colocarle los productos a sus inteligentísimo clientes es regalándoles un extra de la porción de cualquier mercancía. Por eso no es raro encontrar en los pasillos de un supermercado artículos que ofrecen gratis un porcentaje más de producto: que 10% más de cocacola, que 15% gratis de café, que 5,333% más de nesquik en el envase grande, que 22,23876% más de shampoo… y así podría seguir enumerando jugosas ofertas. Pero de gratis nada, porque a ver quién tiene los tamaños de entrar a una súper con un vaso de leche y servirse de cualquiera de las cientos de latas en exhibición un par de cucharitas de nesquik, bebérselo y largarse. Total, es gratis, ¿no?. Los de los champús lo tiene más fácil, porque nadie se va a llevar un chorrito del producto entre las manos, su chorrito, claro, porque en realidad ese 22,23876% es gratis y uno tendría todo el derecho de llevárselo. Pero no, resulta que sólo es “gratis” esa cantidad de producto si compras el resto, o sea lo que no lo es.

 

Ya estamos muy acostumbrados a este engaño. Nadie se sorprende y mucho menos se enfada. Incluso nos siguen seduciendo esos envases grandes que tienen los extremos superiores de color rojo indicando la medida extra equivalente a ese “20%” que te puedes llevar desvergonzadamente. A veces, me gustaría saber más de matemáticas, ir con una regla y ver si realmente se han tomado la molestia de representar correctamente esa cantidad que supuestamente te regalan. De todas formas este truco publicitario funciona de lo lindo. ¿Pero realmente ese suplemento ha sido gratis? No, una vez que pagas por ello, por poco que sea, ya no lo ha sido. Quizá puedas consolarte pensando que esa vez te ha costado más barato que cuando no te daban ese 20% más de producto, pero no ha sido gratis. Quizá debas admitir que lo único que ha pasado, es que antes te habían visto la cara de idiota y te habían cobrado de más.

 

El mundo capitalista en el que vivimos está hecho para que las cosas “gratis” lo disfruten más aquellos que pueden pagarlo. Por ejemplo, yo nunca he podido viajar “gratis” gracias a los puntos de alguna compañía aérea. Y si esto es así, es porque viajo muy poco. Los que lo hacen con mucha frecuencia, constantemente reciben vuelos sin coste alguno; sólo por su “fidelidad“ (y por el dinero que se dejan en sus otros viajes). Esta fórmula puede aplicarse a cualquier otro producto. Así es, una de esas paradojas del mercado. Que por cierto, está expuesto de otra forma por Ana María Matute en su relato titulado “Los de la tienda”: “A don Marcelino y Doña Asunción, sí se les puede apunta y fiar, porque son ricos. A los de las chabolas, no, porque son pobres”.

 

Incluso aquellas cosas metafísicas que parecen gratis, a veces ocultan oscuras intenciones. Las buenas obras, la ayuda incondicional, el cariño desmedido ¿son siempre lo que aparentan? ¿O ahora nos vamos a creer que todo el mundo es altruista? Este tema, sin duda, da para más. Por ahora simplemente le dejo terminar esta columna creyendo totalmente en su gratuidad…

 

R.III


>Reflexiones sobre el Universo

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Por ahí de 1961 un meteorólogo estaba trabajando con la predicción del tiempo ayudándose con un ordenador. Una vez terminada su predicción, se le ocurrió, con el afán de simplificar su estudio, cambiar en una diezmilésima los cálculos iniciales que había hecho. ¡Qué mas da! una diezmilésima no será notorio en términos generales, pensó. El resultado final fue un cambio abismalmente diferente entre su primera predicción y la segunda. Este meteorólogo es ni más ni menos que Edward Lorenz, el descubridor del “efecto mariposa”; nombre acuñado porque su teoría viene a decir que el aleteo de una mariposa en Brasil puede desencadenar un tornado en Texas.

El efecto mariposa es usado en Teoría del Caos para mostrar una concatenación de causas y efectos donde el más pequeño o nimio de los acontecimientos en el universo puede alterar significativamente el futuro de éste. De ahí que la predicción en sucesos físicos (como el clima) y principalmente biológicos (como la evolución de las especies) sea un reto prácticamente insalvable y por ende nos tengamos que conformar sólo con poder explicar los fenómenos una vez acontecidos. Por ejemplo, es imposible predecir que una especie de ave no migratoria, de repente, emprenda el vuelo para migrar a otra zona. Una vez que ha pasado, se podría indagar en los índices de temperatura, humedad, etc. y dar explicación a la modificación de los hábitos en esta especie, pero no adelantarse a éstos. Aquí surge un debate muy actual en Filosofía de la Biología que tiene que ver con los reduccionistas (que creen que la biología se puede y debe reducir a las leyes físicas) y los antirreduccionistas (que consideran que muchos aspectos de la biología no pueden reducirse a la física). En el segundo caso se defiende que el hecho de sólo poder explicar y no predecir ciertos fenómenos, no hace menos científica a esta rama.

En todo caso me he desviado ya mucho del propósito de esta reflexión. Llevemos la teoría del caos al campo de las humanidades. ¿Qué pasa con los acontecimientos humanos? Los sucesos, ya no sólo en un nivel macrosocial como pueden ser los conflictos bélicos, actividades diplomáticas, eventos deportivos internacionales, etc., sino en la vida cotidiana como salir a comprar pan, ir al colegio, llamar por el móvil… son muy difíciles de controlar al grado de hacer predicciones exactas de un futuro próximo. Qué pasa si al salir de casa te encuentras a tu vecina saliendo también y te detienes charlar con ella tan sólo un minuto, tal vez eso te llevaría a perder un tren de metro, lo que te obligaría a coger el siguiente; pensemos que éste se averiarse a medio camino, esto tal vez ocasionaría, en resumen, a que llegases no un minuto tarde a tu trabajo, sino tal vez una hora. ¿Hasta qué punto el suceso significativo ha sido encontrarte a la vecina? Lo interesante en la Teoría del Caos es que cada suceso por trivial que parezca contribuye a concatenar causas y efectos de la vida en el universo. Tal vez el suceso importante haya sido, por inventar algo, que el agua de la ducha tardara un minuto más en calentarse. O que se te derramara el café, retrasándote por tener que limpiando, o cualquier cosa que te llevara a salir, en ese instante, de tu casa. Ahora pensemos en toda la cadena de causas y efectos que también llevó a la vecina a salir al mismo tiempo que tú. Ardua tarea…

Por eso la historia, la herramienta que utilizamos en este terreno, nos ayuda a explicar lo acontecido, pero no puede ayudarnos a predecir lo que sucederá. Es cierto que el estudio de la historia nos puede mostrar posibles patrones que nos acerquen a una próxima realidad, pero nunca con una precisión exacta. Cada acción humana, natural y física repercute en nuestro universo. Entonces ¿hasta qué punto es válido escoger un acontecimiento en la historia como punto de partida en un estudio? Sólo quedan plasmados en nuestros libros los grandes acontecimientos como “La noche de los cuchillos largos”, “La batalla de Waterloo”, “el 11-S”. Juguemos a las ucronías: Imaginemos la historia contada a detalle al grado de analizar, por ejemplo, que ese día (el 30 de junio de 1934) Hitler se levantó a las 7:00 de la mañana y cuando estaba dispuesto a ponerse sus pantuflas, se dio cuenta que le faltaba una y empieza así una cadena de situaciones desafortunadas. ¿Quién nos dice que si hubiera encontrado su pantufla aquella mañana tal vez no hubiera mandado a asesinar a los dirigentes del Sturmabteilung (S.A)? Entonces surgiría la pregunta ¿Qué hizo con la pantufla la noche anterior?

Obviamente estoy radicalizando este juego mental. Pero es que quiero mostrar que si tomamos realmente en serio la Teoría del Caos en nuestra vida, todo estudio ya sea humanístico o natural, de antemano, será subjetivo. De no ser así ¿quién es capaz de establecer objetivamente el punto donde debe comenzar un estudio? De hecho, plantearlo ya como un “quién” y no un “qué” lo hace subjetivo, ¿o no?


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