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Cuando la verdad dejó de ser un valor

 

Llevo unas semanas queriendo escribir sobre los anuncios protagonizados por Fernando Alonso y Marc Márquez, en la última campaña de una empresa de telefonía móvil. Sin embargo, lo que me ayudó a decidirme a hacerlo fue una conversación con mi hijo (R.IV) que más adelante contaré. Creo que es importante pararse a pensar de vez en cuando sobre la importancia que tienen algunos valores en nuestro día a día. Hoy me centraré en la verdad y la honestidad y, con ello, espero poder ejemplificar a qué nos referimos cuando se habla de crisis de valores o eso de que los valores se están perdiendo en nuestra sociedad contemporánea. Empecemos con los dos spots publicitarios.

En el primero se ve una conversación en la que un tipo le dice a Fernando que lo mejor sería decirle la verdad a su madre; que ver una de las carreras de Alonso tiene prioridad sobre el festejo de su cumpleaños. Le explica a Fernando que su madre comprenderá las razones de peso como “que ese circuito te va muy bien”, o que “dan lluvia”. Cualquier madre comprendería lo importante que será ver esa posible gran carrera: “además mi madre puede celebrar su cumpleaños el sábado”. Fernando Alonso, que le escucha con mucha paciencia, termina por aconsejar: “Olvídalo, miéntele”. Y con ello parece decirle «no te compliques la vida, ahórrate las explicaciones, pon un pretexto importante para faltar a su cumpleaños y ve mi carrera».

Una situación parecida ocurre en el anuncio de Marc Márquez, pero en esta ocasión otro personaje, a pie de una barbacoa y con el toque de una vieja amistad, entabla conversación con Marc. El desconocido tiene el compromiso de celebrar el santo de su padre. La fórmula es la misma que en el otro spot: “va a ser un carrerón”, “es una pista rapidísima”, “con curvas para hacer tus derrapes”, bla, bla. «¿Qué padre no entendería eso?», parece decir el chico. “Además, los santos no se celebran”, termina afirmando. ¿Y qué contesta Márquez? “Olvídalo, invéntate algo”. Nuevamente el mensaje es «con la verdad no vas a conseguir nada».

El otro día R.IV me contaba que había ido a comer con una amiga a un sitio de hamburguesas. La señorita que les atendió confundió el cambio y les devolvió más dinero del que debía y ambos se lo callaron. La anécdota no terminaba ahí, pero no pude esperar para reprenderle. “Si te diste cuenta del error, ¿por qué no le devolviste el cambio que te había dado de más?». Hasta ese momento él no se había dado cuenta de su error, porque su expresión, antes pletórica de felicidad, cambió automáticamente. Ya era demasiado tarde, porque ahí no terminó la reprimenda: “lo que más me asombra es que me lo estás contando con una especie de orgullo que no termino de entender. ¡Qué listo te debes de sentir! Igual de listo como se siente Bárcenas u otro de esos políticos de los que me ves quejarme cada vez que aparecen en televisión. Pues que sepas que no veo diferencia entre tú y ellos cuando haces algo así”. Su semblante, ahora de seriedad, mutó en tristeza.

¿Fui duro? Quizá, pero si no somos los padres los que inculcamos el valor de la honestidad quién va a venir a enseñarlo. Una vez que le dejé en el colegio, porque venía contándomelo cuando lo llevaba de camino, me puse a pensar: ¿cuántos padres le habrían reprendido? Estoy convencido de que muchos habrían actuado de forma similar a mí, pero también creo que muchos le habrían reído la hazaña. Algunos, tal vez, sin reírsela, simplemente no se hubieran dado cuenta de la falta de ética que hay detrás de esa acción. No descubro una realidad oculta cuando digo que vivimos en una cultura que premia la mentira. Ya he hablado de este tema en la entrada Orgullosos de nuestro español. El ser deshonestos está a la orden del día. La corrupción es motivo de enfado y es habitual criticar a los políticos, banqueros y empresarios que incurren ello, pero en la primera oportunidad muchos se quedarían con el cambio equivocado que les devuelve el pobre empleado al que, además, se le tacha de “pringado”. Pongo este ejemplo, pero pasa lo mismo cuando uno se ahorra el IVA aceptando pagar en negro alguna chapuza, cuando se enchufa a un amigo en un trabajo aun sabiendo que no es apto para el puesto, el copiar en un examen, plagiar un trabajo o tantos otros ejemplos de la vida diaria. Y claro, el que lo hace se siente bien listo saliéndose con la suya. La vergüenza brilla por su ausencia en esas situaciones. ¿Por qué? Porque cuando se cuentan estas batallitas la gente aplaude, en lugar de sacar los colores.

España no tiene muchos héroes; personas a las que podamos ver con orgullo hacia arriba. Pero bueno, se cuenta con personas sobresalientes en el mundo del deporte y del espectáculo (también en otros sectores, como la educación, el arte, las ciencias, pero esos viven en la sombra). Dos de ellos, sin duda, son Fernando Alonso y Marc Márquez. Habrá mucha gente que les siga con devoción. Podemos admirarles, porque en aquello a lo que se dedican, son de los mejores a nivel internacional. ¿Por qué se prestan para un anuncio en el que se pone el valor de la honestidad a la altura del betún? Esta vez no tengo respuestas, sólo preguntas. La mentira y la corrupción nos rodea en la vida cotidiana, ¿pero tenemos que oírlo también de esas pocas personas que tenemos en un pedestal? ¿Soy el único que se da cuenta? ¿Estoy siendo muy moralista? ¿Me he vuelto un carca? ¿No hacerlo tan sólo sería producto de una doble moral?

Quiero pensar que las reprimendas pueden ser semillas. Quizá en un futuro podamos cosechar de nuevo el valor de la honestidad, que ahora es un producto que se anuncia con el letrero de “agotado”.

R.III

 

Sólo la foto de «indignarse no es suficiente» es mía

 

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Y la de Orgullos de nuestro español

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Sobre la hospitalidad

Decir que la sociedad actual está en un periodo de crisis no necesita mucha justificación. Se extiende con rapidez esa ideología que enaltece los nacionalismos, señala al extranjero, culpa al inmigrante, atenta contra el refugiado y promueve el levantamiento de muros o vallas con la idea de reforzar las fronteras. Los discursos de xenofobia se hacen más crudos y el velo de vergüenza que antes les ocultaba parece que ha desaparecido. Es como si ya no fuera motivo de bochorno las peroratas que promovían la desigualdad. Se acepta que la injusticia social es parte de un orden natural del mundo, así como lo es la idea de pertenencia y defensa de la tierra. La época entusiasta después de las dos guerras mundiales del siglo XX, que se sostenía en los derechos humanos, en definitiva ha perdido ímpetu.

El planeta está cada vez más polarizado, sin embargo esto no fue siempre así. Porque, aunque parece cosa del pasado, el valor de la hospitalidad llegó a brillar con esplendor. Así es, hubo una lejana época en la que los forasteros bienaventurados o aquellos, que tras la vicisitud de algún terrible incidente, eran bien recibidos en aquellas tierras a las que arribaban. Para echar un vistazo a este período hay que remontarse unos dos mil ochocientos años atrás y rememorar una de las aventuras más conocidas de la literatura universal. Tal vez, después de revisarla se pueda ver en la Antigua Grecia, y el mundo conocido hasta entonces, un sitio magnánimo a la hora de recibir a los extranjeros. Se trata, claro, de los cantos de Homero en La Odisea.

A lo largo de esta obra se puede apreciar la cortesía que tenían los naturales de una región cuando alguna persona llegaba a su hogar. Al extranjero no se le pedían cuentas de su procedencia y ni siquiera de su nombre. Primero se buscaba que descansara, comiera y bebiera hasta quedar satisfecho. Ya una vez complacido se podía charlar con él para averiguar quién era, de dónde venía y cuáles eran las razones por las que había llegado a esa tierra. En La Odisea existen muchos ejemplos del acogimiento de la época hacia los viajeros avenidos a las tierras patrias que se expresan a través de fórmulas con ligeras variaciones. Uno de ellos es cuando Telémaco, hijo de Odiseo, intenta acoger a Atenea quien se hace pasar por Mentes, caudillo de los zafios. Cuando Telémaco se encuentra con él, sin titubear, le dice lo siguiente: «Bienvenido, forastero, serás agasajado en mi casa. Luego que hayas probado el banquete, dirás qué precisas».

Cabe especificar que los recibimientos no sólo se hacían entre la nobleza griega. No se tenía que llegar siempre a un palacio, ni tenían que llevarse ropas finas y llamativas para ser bien acogido. Odiseo llega a Ítaca disfrazado, gracias al poder de Atenea, de un viejo mendigo y es acogido por su siervo, el porquero Eumeo, sin éste saber que era a su amo a quien recibía. Eumeo es pobre y lo único que puede ofrecerle a Odiseo es la carne de los cerdos que cuida para su dueño y de los que tiene control; pero aún así no duda en ningún momento en darle la bienvenida: «Pero sígueme, vayamos a mi cabaña, anciano, para que también tú sacies el apetito de comer y beber y me digas de dónde eres y cuántas penas has tenido que sufrir». Una vez que su huésped se encuentra saciado es cuando Eumeo se atreve a preguntarle su procedencia. Al igual que con los recibimientos, esta indagación se hace a través de fórmulas que durante todo el canto se repiten: «Vamos, cuéntame ahora, anciano, tus propias desgracias y dime con verdad para que yo lo sepa: ¿quién y de dónde eres entre los hombres? ¿Dónde se encuentra tu ciudad y tus hombres? ¿Cómo te han traído hasta Ítaca los marineros y quiénes se preciaban de ser? Porque no creo que hayas llegado hasta aquí a pie».

Estos modelos de recibimiento son habituales en los cerca de quince mil versos que tiene el canto de Homero. Pero ¿por qué eran tan hospitalarios? Si buscamos la explicación en la literatura, la esencia de su cobijo se debe a tres razones principales. La primera es que muchos son los aventureros que solían recibir un exquisito acogimiento como huéspedes y, al volver a su casa, sentían un compromiso (de honor) en devolver estas atenciones. Un ejemplo es cuando Néstor increpa a Eteoneo, porque éste último duda si es menester dar un buen acogimiento al forastero (Telémaco) que acaba de llegar a su tierra (Macedonia): «Antes no eras tan simple, Eteoneo, hijo de Boeto, mas ahora dices sandeces como un niño. También nosotros llegamos aquí los dos, después de comer por mor de la hospitalidad de otros hombres».

Otra de las razones es que era un gran honor recibir a extranjeros; una obra que sería considerada por los dioses: «Todos los huéspedes y mendigos proceden de Zeus, y para ellos una dádiva pequeña es querida». El cristianismo también llegó a adoptar esta tradición y de ahí que el valor de la hospitalidad cobrara especial importancia durante la Edad Media. De ahí proviene el término “hospital” y «hospicio» y en esta época se construyeron los primeros hospitales que dieron cuidado a pobres y enfermos.

Por último, dentro de la mitología griega los dioses suelen bajar del Olimpo disfrazados de hombres, guerreros, mendigos o niños. Una persona no sabía cuando acogía a un hombre común o a un dios. Era su responsabilidad no ofender ni a uno ni a otro. Pero no sería extraño que se cuidaran especialmente de no tratar mal a una deidad.

En la actualidad las cosas son muy diferentes: se presencia una estigmatización del inmigrante y del refugiado culpabilizándole de problemas socio-económicos estructurales (cuando el fenómeno es justo el inverso). Las sociedades contemporáneas, por otro lado, olvidan rápido que generaciones pasadas fueron también inmigrantes o refugiados. Se asume que esas guerras y desgracias pasan en otros confines del mundo, sin pensar que tan sólo el siglo pasado mostró la inclemencia que episodios bélicos en este mismo confín. Se ve en los refugiados a personas ajenas, cuando cualquiera podría estar en una situación similar dados los azarosos designios políticos, económicos y bélicos que pueden hacer cambiar la suerte de los pueblos en breves periodos de tiempo.

Quizá sólo se trata de la pérdida del honor que alguna vez ostentaron los antiguos griegos. Por lo menos, gracias a Homero, quedaron inmortalizadas las buenas costumbres. Habrá que confiar en la evolución ética de la humanidad que quizá pueda recuperar estas buenas prácticas. En fin, que no muera la esperanza de volver a ver en el forastero al honorable aventurero que puede enseñar cosas que se desconocían o a recordar aquellas que no estaban ya presentes. Ahora más que nunca el valor de la hospitalidad debería inundar el corazón de las personas y así volver a ver el día de acoger, para ser acogido.

R.III

Las ideas principales de esta entrada aparecen en un artículo que publiqué en Literarias. Escritores de Asturias hace unos años.

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar El mundo es un barco: la triste historia de Aylan

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El fin del mundo como lo conocemos

 

La victoria de Trump confirma lo polarizado que está nuestro mundo en la actualidad. Por un lado, tenemos a individuos que crean o apoyan discursos xenófobos y extremistas. Personas que están dispuestas a seguir levantando muros para evitar la entrada de inmigrantes o refugiados en sus poblaciones. Voces que consideran que uno de los grandes problemas con los que cuentan se debe justo a la llegada y aceptación de estos extranjeros.  Muchos incluso creen, aunque les cueste más trabajo admitirlo a viva voz, que la limpieza étnica favorecería sus vidas. Este discurso se sostiene bajo una clara idea de desigualdad, pues aquello que es propio tiene valor, mientras que lo foráneo, lo diferente, “el otro” y todo lo que esté fuera del grupo carece de él. Y por supuesto que también cabe el rechazo a la homosexualidad, al rol equitativo de la mujer, a otras religiones, etc.

En el otro extremo del polo encontramos historias como la del barco Astral que pertenecía a Livio Lo Monaco, un magnate fabricante de colchones, y que ahora es usado por la ONG Proactiva Open Arms para rescatar inmigrantes y refugiados en el Mediterráneo. Lo Monaco decidió donar su lujoso yate para salvar las vidas de miles de personas que se lanzan al mar con la esperanza de entrar en Europa. Los militantes de Proactiva Open Arms, por su parte, emplean (y arriesgan) sus vidas en el mar para ayudar de manera directa a que esos inmigrantes no sucumban en su osado intento. Simplemente consideran que no se les puede abandonar a su suerte. Sin embargo, no son los únicos que dedican sus vidas, ya sean en el terreno de batalla o a la distancia, para paliar muchos de los problemas que acosan el globo: pobreza, hambre, guerras, etc. Ya sea como activistas, manifestantes o colaboradores hay muchos interesados en cumplir esa vieja utopía conocida como justicia social.

Estos dos polos conviven en nuestra sociedad contemporánea. Cada vez más personas se unen a uno de ellos, aunque todavía muchos prefieren seguir adelante sin pertenecer a ninguno de forma abierta. Lo más preocupante es que hay algo que une a estas dos posturas extremas. Ambas partes consideran que el sistema que están viviendo falla de forma sustancial. Las razones para este pensamiento son muy diferentes, pero la conclusión es la misma: bajo este sistema político, económico y social no es posible seguir. Los políticos mienten, son corruptos y buscan su beneficio propio antes que el de sus ciudadanos. La economía está repartida de tal manera que sólo unos pocos se ven realmente beneficiados. La sociedad vive insatisfecha, pero sobre todo amordazada; atada de pies y manos y sólo puede conformarse con las decisiones de esos pocos que parecen controlarlo todo. Sí, los dos polos quieren lo mismo: la erradicación de ese sistema. Los manifestantes y activistas son tan antisistema como los votantes de Trump, Marine Le Pen, Geert Wilders, Boris Johnson y muchos otros.

Es casi seguro que al lector esta similitud le escueza. Por eso conviene reiterar que las razones que llevan a uno u otro polo a querer un cambio radical del sistema no son las mismas. Unos luchan por un mundo más igualitario en el que las fronteras y las diferencias entre los seres humanos vayan reduciéndose y den paso a la paz, la solidaridad y [de nuevo esa utopía] la justicia social. Los otros piensan en un beneficio más inmediato y ponderable: poder tener un trabajo, propiedades y hacer realidad ese sueño americano[1] (que, por otro lado, pertenece a todos los que viven bajo el neoliberalismo) y que, por el momento, ven lejos de alcanzar. En especial porque muchos de ellos lo vislumbran desde la cola del paro, con deudas y con unos servicios sociales precarios.

No se trata de ser pesimista, pero no es difícil anticipar que ha comenzado el fin de esta era. No es descabellada la idea de estar frente al fin de un periodo de paz que algunas generaciones del mundo occidental han tenido la suerte de disfrutar. La única escapatoria es que todos los que creen en el sistema político, económico, social actual trabajen por convencer a los dos polos de que es la mejor alternativa. Que convenzan a la gente de sus beneficios; pero ya no sólo con palabras, sino con hechos. Sin embargo, para ello habría que volver a confiar en esa calaña de políticos y empresarios que manejan los hilos del mentado sistemita. Esperar que por una vez en la vida hagan algo por sus ciudadanos y no por sus propios intereses. ¿Cómo se puede ser optimista bajo esta perspectiva?

R.III

 

[1] Algo que nada tiene que ver con el fenómeno de la inmigración, aunque ese discurso haya sido ampliamente asimilado.

 

 

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Si te ha gustado esta entrada puede ver: Poco más de siete años

O también una reflexión sobre inmigración en: El mundo es un barco.

 

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¿Quién rescató a quién?

Me gusta caminar y fijarme en la gente y los alrededores. Debido a este hábito ya me conozco a muchas de las personas que viven en mi barrio, aunque ellos quizá no hayan reparado en mí. Llevo ya varios meses viendo a una pareja que me gusta mucho, porque me transmiten una especie de estado “zen”. Ambos son jóvenes, pero no podría precisar más; tan sólo encasillarlos bajo el concepto de veinteañeros. No sé si tienen oficio ni beneficio, pero siempre que los encuentro en la calle andan con mucha parsimonia; pasean más que caminar. Van hablando con jovialidad de temas que quiero imaginar trascendentes, pero llevándolos a terrenos banales (como se debe hacer). Sonríen, se abrazan y, en pocas palabras, se les ve felices.

La parejita llamó mi atención, pero la razón no es debido a lo mencionado. Lo que atrapó mi interés fue que atrás de ellos viene siempre un perrito. Camina sin necesidad de correa a unos pocos pasos detrás de sus amos, pese a detenerse de vez en cuando a olfatear o dejar su rastro. Se ve que confían en esta disciplina, pues la pareja suele andar enfrascada en su diálogo; avanzan de la mano o abrazados sin siquiera echar un vistazo al perrito para asegurarse de que los sigue. Si entran a una tienda (donde suelo coincidir con ellos es en una de chinos) el perro sin recibir orden alguna (ni siquiera una mirada por parte de alguno de ellos) se queda a los pies de la puerta. Se sienta a esperar a que salgan sus amos y, cuando lo hacen, comienza a seguirlos de nuevo.

Me parece que son la imagen perfecta de la ataraxia. Cuando los veo pasar siento que el horizonte hacia donde avanzan está despejado y luminoso. Y cuando doy la vuelta sobre mis pasos me da la impresión de que el cielo se nubla y que sólo puedo esperar tormentas y oscuridad. Como se podrá imaginar el lector, a veces los veo y siento un poco de envidia. Pero ya sabemos que el amor es efímero (el que lo siga dudando que eche un vistazo a este artículo sobre el amor). Así que cuando los veo paseando de tan buen rollo, sólo siento alegría y un poco de compasión: pobres, lo que les queda por vivir. Lo fácil que es la vida cuando se es joven…

La envidia la siento por el perro. ¡Cómo diablos han sabido educarlo tan bien! Si alguien nos ve caminar con la Oli (nuestra perrita) podrían apreciar que no hay nada de zen, ni de armonía –y no me atrevo a volver a incluir la palabra ataraxia- en nuestro andar. Nada más lejos a la realidad. Cuando salimos a caminar, la Oli va tirando de nosotros olfateando árboles, personas y traseros de perros. Nosotros somos quienes la seguimos, si no debería decir, que somos literalmente remolcados por ella. Dejarla sin correa está fuera de toda cuestión, al menos que quisiéramos provocar una catástrofe vial. Por tanto, por más interesante que pueda ser nuestra conversación, ésta se ve constantemente interrumpida por los tirones caprichosos de Oli. También puede pasar que salte a ladrarle “con ferocidad” a algún perro pequeño que pase a su lado (con los grandes no se atreve, mira tú). El caso es que andar con ella es ir por caminos azarosos: ya sea porque ha encontrado algo apetecible que olfatear (no todo nos parecería apetecible a los humanos) o porque los otros caninos dan mucho juego. Así no hay quien pueda seguir el hilo de algún argumento; a las dos frases se pierden las ideas, se olvida el tema central o se convierte todo en un soliloquio pues la otra persona ya está a cien metros de distancia intentando frenar las inopinadas voliciones de la Oli.

Si nos paramos a comprar algo, uno tiene que esperar afuera con la perrita. Y si vas solo con ella, hay que atarla en corto al primer árbol que se encuentre, entrar como el rayo y esperar que durante nuestra ausencia nada se haya salido de madre.

Ya me ha pasado cruzarme con la linda pareja mientras salgo a “pasear” con la Oli. Los veo caminando despreocupados, con parsimonia, como si tuvieran todo el tiempo del mundo para disfrutar de la vida. De pronto un tirón me trae de nuevo a mi realidad y descubro que Oli ya se está comiendo algo que no tiene pinta de ser alimento o está olfateando una paloma muerta. Así es el mundo, algunas personas parecen estar uncidas por la divinidad y otros pertenecemos al sórdido mundo profano.

Encontrarse un cojín destrozado al volver al hogar, que te despierten a las 8,00 de la mañana un domingo o tener que haber comprado tres mandos para la televisión porque todos han sido parcialmente devorados no tiene comparación con las alegrías que brinda la condenada perra. Hay que ser justos: llegar a casa y que te esté esperando con un entusiasmo que no cesa con los años. Verla tumbada en su camita mientras tu estás viendo una película con palomitas (un poco como cuando después de estar todo el día en el parque cuando R.IV tenía cinco años y en la noche entrabas en su habitación y lo veías dormidito). El que se te caiga algo mientras cocinas o comes y ya no te preocupes por tener que levantarlo. Eso amigos… no lo cambio por ninguna veinteañera zen con un perro súper educado, aunque sea el mismísimo Lassie.

Y ya lo dejo, que la Oli ya no me deja escribir más, tengo que sacarla que algo le apremia y no deja de reclamar mi atención arañándome.

R.III

 

 

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Si te ha gustado esta entrada échate unas risas leyendo: Aventuras bibliotecarias

 

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La vida de la calle

Este invierno está siendo tan suave que el día que llueve o hace un poco más de frío parece noticia. Uno de esos días lluviosos pensé, cuando iba rumbo a la universidad, lo afortunado que se es cuando uno trabaja bajo techo. Y fue inevitable pensar en aquellos días cuando las inclemencias del día marcaban mi jornada laboral. Fue ya hace más de diez años, pero todavía recuerdo con claridad aquel año en el que fui “buzonero” (es decir, repartidor de publicidad).

Cada día en la noche recibía un mensaje por el teléfono móvil diciendo la estación de metro o de tren en la tendríamos que esperar a nuestro jefe, al día siguiente a las 8,30 de la mañana. Podía ser Chamartín, Vallecas, Conde de Casal, Estrecho, Puerta de Toledo, daba igual, pero éstas eran todo un lujo. El problema era cuando la cita era en Orcasitas, Puerta de Arganda, Alcalá de Henares o cualquier otra estación del extra (extra) radio de la ciudad. No importaba que llegar al dichoso sitio supusiera levantarse una hora antes, ni que no tuvieras el abono correspondiente de la zona y, ese día, parte de tu jornal se viera reducido por el coste del transporte. La puntualidad era importante y llegar tarde podría suponer perder la mitad del sueldo del día o ponerte a la cola de los trabajos.

¿Derechos laborales?, se pregunta alguien. Todos los que trabajábamos en este asunto formábamos parte de ese grupo denominado, no sin falta de ingenio, bajo el apelativo de “sin papeles”. Inmigrantes indocumentados, vamos; y por buscar otra semejanza podría decirse que la mayoría proveníamos de Latinoamérica. En cuanto llegaba nuestro jefe en su furgoneta, nos hacía subir en ella para llevarnos a las distintas zonas de trabajo. Nos bajábamos en parejas y contábamos, como principal instrumento de oficio, un carrito con el que transportábamos los pesados paquetes de folletos a repartir. El jefe indicaba cuál era la zona que debía trabajarse y daba la habitual moralina de que a quien descubriera tirando el papel perdería el trabajo y el dinero de su paga acumulada hasta ese momento. Tampoco se olvidaba de esa deliciosa frase de: “Si os detiene la policía a mi no me conocéis, ¡eh!”. Nosotros nos reíamos imaginándonos en la situación. ¿Qué le íbamos a contar a la policía? “Mire señor agente, yo estaba dando un paseo y vi este carrito lleno de publicidad y pensé: por qué no repartirlo por los hogares de la zona”.

La verdad es que ninguno de nosotros tuvo nunca problemas con la policía. Era más latoso lidiar con los vecinos. Porque seamos sinceros, a nadie nos gusta que nos llenen los buzones de nuestros hogares con esa basura publicitaria. Lo que la gente ya no suele reflexionar es que los chavales que la reparten les importa un pimiento la marca que llevan a lo hogares y que, para ellos, sólo es una manera de ganarse la vida. De existir un culpable se debería pensar en las empresas que se anuncian en esos papelitos (sin mucha consciencia medioambiental, por cierto). Pero como no mucha gente suele pensar en eso, no era infrecuente que cuando un vecino pesado te veían llenando los buzones del portal, empezara con la tabarra de: “otra vez con esta basura”. “¿pero quién te ha dejado entrar?”, «ya estamos otra vez con los papelitos»… y alguno incluso sacaba, ya de paso, alguna lindura xenofóbica (a mí no me pasó, para suerte del increpador): “sudaca de m… ya estás otra vez con los pu… papelitos”. Así estaba el patio, aunque también los había más amables y comprensivos. Recuerdo que alguno incluso me ofreció quedarse con todo un paquete y subirlo a su casa “ya lo tiro yo en unos días”, me dijo con complicidad (quizá también fue buzonero).

Es curioso que pese a lo sencillo del trabajo (ir tocando timbres en los portales, conseguir entrar, meter la publicidad en los buzones y seguir así hasta cubrir la zona que tocaba) todos los repartidores contábamos con un título de licenciado. Había publicitas, periodistas, gente de comunicación, etc. Todos sin papeles, eso sí. Lo que es sinónimo de no poder trabajar en otro tipo de oficio. Viéndolo de esta manera, eso hacía más entretenido nuestro día a día. Por ejemplo, había un argentino con el que podía charlar de literatura mientras esperábamos al jefe en la esquina indicada para que nos volviera a llenar el carrito. Quién pensaría que esos dos chicos con un carrito a cuestas, o un buen taco de papelitos en el antebrazo, pudieran venir conversando sobre Chejov, James Joyce, Homero, Vargas Llosa, etc.

No todo estaba mal, además de las charlas, buscábamos maneras de entretenernos. La primera era colarnos en los sitios que no permitían buzoneo y hacer nuestro trabajo en tiempo récord. Es decir, meter en los buzones tantos papelitos como fuera posible, antes de que saliera el portero a echarte la bronca. Otro buen pasatiempo era librarse del papel. No lo hacíamos sólo para quitarnos trabajo, sino para entretenernos. La forma más sencilla era robar una bolsa de las papeleras que hay en las zonas de los buzones (puestas estratégicas para que los vecinos menos cívicos fuesen tan amables de depositar ahí la publicidad en lugar de arrojarla al suelo). Las mejores bolsas eran las negras opacas, pues en ellas introducías un taco grande de papel y lo metías en el primer contenedor de papel que te encontraras (eso sí, nótese la mentalidad de reciclaje). Por mucho que se asomase nuestro jefe en él no sería capaz de distinguir el interior de aquella inalcanzable bolsa.

Había muchas otras formas de deshacerse del papel, pero incluso existían las lucrativas. Por la zona de Conde de Casal, había un sitio que compraba papel. Así que bastaba que esa fuese tu zona del día, para atreverte a desviarte un poco de tu ruta y hacer el truque. La verdad es que si uno sacaba para un café ya podía darse por satisfecho, pero el gozo de aminorar el peso de tu carrito hacía que mereciese la pena.

Aunque eso no era tan divertido, también uno terminaba volviéndose un experto para salir de los portales. Porque no todos tiene una pomo en la puerta, sino que se abren con un interruptor. Y vaya picardía que tienen los señores de los interruptores, porque hay veces que están tan escondidos que te llevaba un rato salir de la prisión.

Pero volviendo al clima, una de las cosas más duras de este trabajo era el trabajar bajo las inclemencias del tiempo. Había días que caían verdaderos aguaceros, pero nuestro jefe no se compadecía. Quizá él pensaba que sí lo hacía cuando nos dejaba unos chubasqueros medio rotos con los que quedabas igual de calado al final del día, pero retrasando un poco el proceso. O cuando el frío era tanto que cuando te pegabas en los dedos metiendo la publicidad en un buzón te acordabas de la madre de tu jefe, o del último vecino o portero con quien te habías enfrentado. El verano no era mejor, porque por mucha gorra que te pusieras, a medio día el calor parecía querer estamparte en el suelo. Un amigo dice que hay dos tipos de empleos: los que te duchas antes del trabajo y los que te duchas después. Hoy me siento afortunado de haberme conseguido un empleo de la primera clase.

R.III

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Si te ha gustado esta entrada, prueba a leer Atención al cliente parte I

No dejes de leer Un gran salto para Gorsky, un libro de relatos de Ramón Orteg (tres)

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Sobre las enfermedades mentales

No cabe duda que las enfermedades mentales nos asustan. Nadie querría que su hijo estuviera enfermo, pero desde luego parece preferible una enfermedad crónica como la diabetes, frente a una patología mental como puede ser la bipolaridad o la esquizofrenia, crónicas también. Así como las enfermedades físicas tienen su causa en el desajuste de los procesos fisiológicos (por ejemplo, en el caso de la diabetes debido a un fallo en el páncreas), las enfermedades mentales se deben a un desequilibrio de sustancias químicas que gobiernan el cerebro. Los dos tipos de patologías se pueden controlar con medicamentos. Sin embargo, las segundas nos resultan desagradables, peligrosas e, incluso en algunos casos, motivo de desdoro.

Existe un estigma social del que las enfermedades mentales no se pueden desprender. A nadie le importaría compartir la mesa con un amigo que te dice: “lo siento, no puedo tomar postre, porque soy diabético” o que antes de comer se tomara una pastilla para controlar el azúcar. Tampoco nos inmutaríamos frente al que debe tomar una dieta baja en sal por ser hipertenso o el que no puede comer grasas por tener alto el colesterol. Ahora pensemos en qué pasaría si el mismo amigo dijera justo antes de comenzar la comida: “¡Uff! Se me olvidaba, me tengo que tomar el litio para controlar la bipolaridad” o “antes de comer me voy a tomar el Prozac de la tarde”. Seguro que nuestra perspectiva hacia su circunstancia cobraría otro cariz. Quizá nos dejaríamos de sentir cómodos, como con las enfermedades físicas; ya no hablemos si el que se sienta a la mesa, en lugar de ser un bipolar o depresivo, es un esquizofrénico.

Sé de primera mano la existencia de personas que le cuesta trabajo reconocer que un familiar cercano sufre alguna de estas enfermedades. Prefieren ocultarlo, mirar a otro lado, pensar que se trata de un problema de actitud o algo que es pasajero y puntual (por muy repetitivas que sean sus conductas patológicas). Cualquier cosa antes de tener que afrontar que se está frente a una enfermedad mental. ¿Cómo ayudar al paciente entonces?

Estas patologías, bien diagnosticadas, se pueden controlar bastante bien. En el caso de la bipolaridad (enfermedad que me interesa en especial), por ejemplo, los episodios de depresión y de manía suelen ser más espaciados y menos agudos. Y pasa lo contrario cuando la enfermedad no es tratada: las depresiones y los periodos de exaltación suelen ser más intensos, más frecuentes y más duraderos.

Para tratarlos, al igual que pasa con enfermedades como la diabetes o la hipertensión, el paciente tendrá que seguir una serie de buenos hábitos si quiere mejorar. En el caso de las patologías mentales es fundamental seguir el tratamiento psiquiátrico, y es recomendable asistir a una psicoterapia. Poniendo de su parte el paciente y con la ayuda de los profesionales de la salud y los familiares o personas de apoyo es posible llevar una vida normal. Sin embargo, el primer paso es identificar las conductas patológicas, buscar un diagnóstico y afrontar que se tiene dicha enfermedad.

El problema se complica con los trastornos de la personalidad. Aquí no estamos hablando de enfermedades tratables. A una persona obsesiva compulsiva no se le puede medicar, porque no se trata de un desajuste químico-físico de su cerebro, sino de un rasgo de personalidad. Se le puede ayudar, pero cambiar su comportamiento es más complejo. La diferencia entre los trastornos de la personalidad y las enfermedades mentales también encuentran una distinción a nivel jurídico. Por esa razón, una persona que asesina a otra debido a un trastorno psicopático (o sea de personalidad) es llevado a la cárcel, mientras que el que mata a su madre porque creía que era un demonio cuando estaba en un episodio esquizoide se le interna en un hospital psiquiátrico. Hay enfermedades mentales que son relativamente parecidas a trastornos de la personalidad. Tal es el caso de la bipolaridad y el trastorno de personalidad límite (border line), en el que un sujeto cambia de forma radical de un estado de euforia/alegría a otro de violencia/tristeza.

La cosa se complica cuando conocemos que estas dos situaciones no son excluyentes. Es decir, alguien puede tener un trastorno de personalidad o que su personalidad tienda hacia ese trastorno y además contar con una enfermedad mental. En los dos casos, aunque yo me inclino a hacerlo más en los segundos, se debe sentir cierta compasión por los que sufren estos trastornos/enfermedades que no les permiten llevar una vida normal. Digo que me inclino más a sentir esta protección o voluntad de cuidado con las personas que sufren enfermedades mentales, porque no pueden controlarlo. La realidad que ellos ven y viven está distorsionada. En el trastorno de personalidad límite (o en la psicopatía)  no hay una distorsión cognitiva. A veces se comportan como personas eufóricas, con episodios de felicidad excesiva (e incluso explosiva), pasando rápidamente a la violencia, al llanto, etc.

¿Cómo distinguir unos de otros? Acudiendo a un profesional. Pero, sobre todo, teniendo la voluntad de ayudar a esa persona cercana que ya no puede ayudarse a sí misma. Espero que con el tiempo el estigma que tienen estas enfermedades se reduzca. De esta forma las podremos detectar  con mayor efectividad y prontitud, así como cuidar mejor de los sujetos  que las padecen y, por tanto, no abandonarlos o excluirlos.

 R.III

 

Post scriptum: espero tratar en otra entrada varios temas. En especial el hecho de que proveer cuidados a personas con bipolaridad o trastorno límite de personalidad, no exenta (e incluso es fundamental hacerlo) el ponerles límites para que no se hagan daño a ellos mismos o a las personas que les rodean.

 

 

Espiral descendiente

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Si te ha gustado esta entrada, no dejes de leer el Poder de las palabras

También puedes saber mi opinión Sobre el amor o aquello que llamamos amor.

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© R.III


Decisiones

«Que la vida iba en serio

uno lo empieza a

comprender más tarde […]»

Jaime Gil de Biedma, No volveré a ser joven (fragmento)

 

Me gustan las tareas mecánicas, porque te permiten pensar. Por eso nunca me ha molestado que, en el reparto de las tareas de casa, me toque lavar los platos o aspirar el polvo. Incluso, en aquella época en la que tuve un jardín, pese lo arduo que resultaba a veces, disfrutaba cortando el césped. Durante un par de horas, a veces tres (dependiendo lo crecido que estuviera) echaba a volar mi imaginación y encontraba momentos liberadores. Se trata de conseguir un rato a solas con mis pensamientos y, ya de paso, despachar alguna de esas ineludibles faenas de la vida cotidiana.

En este sentido, conducir en carretera me resulta igual de placentero. Algunos de los problemas (o llamémosles inconvenientes, para no sobredimensionarlos)  con los que me he encontrado en los últimos años les he dado solución, o cuanto menos me he permitido verlos desde otra perspectiva, a lo largo de algún trayecto. Ir conduciendo, mientras escucho música, con un paisaje agradable y con los demás miembros del coche dormidos siempre ha sido inspirador. Y fue al volante, con rumbo a un apreciado destino, cuando se me ocurrió tomar esta decisión.

Llevo ya muchos años escribiendo y eso me ha permitido contar ya con algunos libros preparados, pero hasta la fecha no he conseguido que alguien apueste por ellos; no lo suficiente como para querer publicarlos. He invertido mucho tiempo poniéndome en contacto con editoriales, agentes literarios, etc., pero lo mejor que he obtenido han sido unas gentiles negativas. Dos editores han mostrado interés y, de palabra, me han asegurado que publicarían El anecdotario de un Breaking up, pero lo cierto es que después de un gran intercambio de correos, la empresa nunca se ha llevado a cabo. Supongo que en el fondo nunca estuvieron convencidos.

Ver tu nombre en un libro es el sueño de todo escritor inédito, sin embargo, en mi caso nunca he tenido prisa en publicar. Siempre he guardado la ingenua esperanza de que tarde o temprano lo conseguiría; por ello no he sucumbido a la autoedición y tampoco he querido tirar de contactos (lo cual me parece poner en un compromiso a queridos amigos a quienes quiero conservar como tal). Por fortuna todavía no cuento con esa imperiosa necesidad de ver mi nombre grabado en alguna portada, pero sí que estoy muy cansado de seguir invirtiendo tiempo a la caza y captura de una editorial que me resulte conveniente (porque también es cierto que no aceptaría cualquier tipo de contrato). Así que he tomado una decisión importante que quizá sentencie mi futuro como escritor.

He pensado que voy a comenzar a compartir los textos que tenía reservados para una editorial, a través de mi blog o quizá por otro medio gratuito. Prefiero que salgan a la luz a que mueran en un cajón. Y sobre todo, eso me va a permitir seguir escribiendo, pues en lugar de dedicar tiempo tras la pista de un mecenas, creo que podré invertirlo en lo creativo y en el trabajar aquellos textos que necesitan ese empujón para poder darlos por terminados. Sé que no me voy a ganar la vida como escritor, pero con poder mantener esta afición me puedo dar por bien servido. Y si los azares del destino me apartan de las letras, cuanto menos me quedarán esas tareas mecánicas que me permitan reflexionar.

En sintonía con lo dicho, aquí va un pequeñísimo adelanto de un poemario sobre el amor efímero que pronto verá la luz.

ǁAmor efímeroǁ

Busco conservar(te)
cierro los ojos
y atrapo tu mirada
a cada repetición la imagen muta
busco tu permanencia

¿sólo hay vacío?
¿un hueco en mi interior?
la inefable certeza de lo efímero

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Las emociones no desaparecen
las alojamos escondidas
en nuestro cuerpo

Te engañas en todo
creías [decías] que mi mirada
te devolvía tan sólo
el reflejo de tu deseo

¿cómo lo consigues?
tus ojos como llamas
tus incisivas palabras
mi deseo y mi culpa

deja que lo efímero triunfe por una vez

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Escapaste a lo efímero
te felicito, amiga

lo inacabado
la promesa del deseo
nuestra [no] historia
jamás sucumbirá

no tiene los días contados
ni fecha de caducidad

vivirá ajena a la monotonía
sorteando el rastrojo
de lo perecedero

pero esta punzada de vacío
este sin vivir que no mata
dime, amiga
¿permanecerá?

 

***

esa calle
esa canción
esa foto
se hacen añicos
y se empoza más
el charco de tu ausencia

R.III

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Si quieres leer un libro de relatos de Ramón Ortega (tres) pincha en el enlace Un gran salto para Gorsky. Lo puedes descargar en formato PDF de forma gratuita.

 

Si te ha gustado esta entrada prueba con Contrastes.

 

Si quieres puedes dejar algún comentario al final.

 

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©R.III


Mi mundo de ayer

No es una regla de oro, pero las inquietudes literarias suelen acuñarse a una temprana edad. Por lo general vienen acompañadas de muchas lecturas, aunque más importante aún es el hecho de que están ligadas a una serie de amistades que también cultivan ese amor por las letras. No me imagino haber emprendido la trayectoria de la literatura —ya sea como profesor de esta disciplina, ya como amago de escritor— si no me hubieran encaminado por esta senda algunos de mis reseñables amigos. Pienso en este detalle a colación de la lectura que estoy haciendo de El mundo de ayer, de Stefan Zweig. Una preciosa autobiografía que escribió este autor austriaco justo antes de quitarse la vida (junto con su esposa) en 1942[1]. No creo que exista un mejor legado para hacer a este mundo que dejar un texto de estas dimensiones. Un libro que debería ser obligatorio en los colegios para enseñar grandes valores: la tolerancia, el esfuerzo, la búsqueda de la belleza, la defensa de la paz, la amistad incondicional… Todavía no termino de leerlo y ya sé que va a ser uno de mis libros favoritos.

Volviendo al tema de esta columna quería rescatar algunas de las líneas que Zweig escribe sobre su iniciación literaria. Para empezar, recuerda en su libro, con mal sabor de boca, el tipo de enseñanza que recibió en su niñez. Clases aburridas en las que el profesor era una figura atemorizadora y el saber una obligación tediosa. Por fortuna, conforme fue creciendo también fue obteniendo un poco más de libertad. A ello se aunó la suerte de encontrarse con un grupo de amigos del instituto que tenían las mismas inclinaciones que él; un gusto desenfrenado por la lectura:

“[…] Y sobre todo, leíamos, leíamos todo lo que nos caía en las manos. Sacábamos libros de todas las bibliotecas públicas y unos a otros, nos dejábamos prestados los hallazgos que conseguíamos encontrar. Pero la mejor academia, el lugar donde mejor se informaba uno de todas las novedades era el café.”

Lo vivido por Zweig no es exclusivo de su época. Una cafetería es el lugar de encuentro por excelencia para el joven (y no tan joven) literato. Un sitio propenso para las tertulias con los amigos o la lectura individual. Quien dedique su vida a la escritura, casi podría asegurarlo, afirmará que ha invertido muchas horas de su vida reuniéndose con colegas en estos lugares para comentar aquellas obras que le han apasionado, para trabajar algún texto suyo o de alguno de sus compañeros, o tan sólo para deleitarse con el libro de turno. Es el entorno donde comienzan a gestarse los andares del escritor. Zweig nos abre una ventana para mostrarnos cómo era en su tiempo el café:

“Para comprenderlo hay que saber que el café vienés es una institución muy especial, incomparable con ninguna otra a lo largo y ancho del mundo. Se trata, de hecho, de una especie de club democrático, abierto a todo aquel que quiera tomarse una taza de café a un buen precio y donde, pagando esta pequeña contribución, cualquier cliente puede permanecer horas, charlando, escribiendo, jugando a cartas […] y, sobre todo, consumir una cantidad ilimitada de periódicos y revistas”.

Este café vienés permitía al público un acceso a periódicos de todo el imperio alemán y de otras nacionalidades. Sin olvidar la disposición, según Zweig, de las revistas literarias más importantes del mundo:

“Pasábamos ahí horas enteras cada día y no había nada que se nos escapase, pues gracias a la comunión de intereses, seguíamos de cerca el orbis pictus de los acontecimientos culturales no con dos, sino con veinte o cuarenta ojos; lo que a uno se le pasaba por alto lo retenía el otro, y como la arrogancia infantil y una ambición casi deportiva nos impulsábamos a superarnos en el conocimiento de las últimas novedades […]”

Conocieron así a Nietzsche o a Kierkegaard, cuando apenas se comenzaba a hablar de ellos. También leyeron a Rainer Maria Rilke (que más tarde se convertiría en amigo de Zweig) o a Balzac, entre muchos otros. Puedo imaginarme de forma nítida a ese grupo de jóvenes charlando con pasíón sobre estos personajes. Y si lo puedo hacer es porque lo he vivido. Sé que puede resultar ingenuo (incluso patético), pero a lo largo de este capítulo de El mundo de ayer no podía dejar de verme reflejado en las vivencias del grupo de amigos de Zweig; salvando las grandes distancias que separan al genio del profano.

Hay que cambiar el contexto romántico de la Viena de finales del siglo XIX, por las contaminadas inmediaciones de la Ciudad de México a finales del XX. También habría de sustituir esos cafés refinados de la capital austriaca, por la popular cadena de cafeterías Samborns. Sin embargo, yo también tuve la suerte de conocer a un grupo de amigos que me incentivaron a abrir la mente. El entorno de Zweig era distinto al nuestro, pero las inquietudes y las ansias de mejorarnos unos a otros eran muy similares, si no es que idénticas. Las charlas versaban de Freud, Nietzsche, Fromm, Wittgenstein, Marx, pero también de Hesse, Hamsun, Saramago, Vargas Llosa, Benedetti. Pasábamos de un tema a otro en una vorágine inexorable de citas, apuntes, comentarios. Unos chavitos que tenían la pueril idea de dominar el saber, que intentaban resolver el mundo desde la pequeñísima ojeada que habían echado a un puñado de autores. Todavía recuerdo cuando Emilio, uno de estos amigos, se refirió a nosotros como “intelectuales”. Me hizo gracia, y todavía me lo sigue haciendo, pero supongo que eso éramos. Porque un intelectual no es otra cosa que una persona que ama el saber y desde entonces ya lo amábamos; como amamos a la literatura, al arte o a una mujer.

Así también comenzamos a escribir. Intentábamos plasmar nosotros lo que veíamos en esos grandes autores que nos fascinaba. Perseguíamos un estilo auténtico y conseguíamos textos llenos de artificios, pero que en ese momento nos parecían originales. Nos leíamos esas intentonas literarias y las comentábamos. Muchas de ellas las publicábamos en el periódico universitario, pero éramos nosotros nuestros mayores críticos. No dejábamos pasar los errores cometidos de nuestros compañeros y ellos no pasaban inadvertidos los nuestros. Algo parecido a lo que comenta Zweig: “Mientras los buenos de nuestros profesores inocentemente seguían marcando con tinta roja las comas que nos faltaban en las redacciones escolares, nosotros nos dedicábamos a ejercer otro tipo de crítica.” Se refiere a una mucho más severa y meticulosa, donde se jugaba algo más que una nota; el honor. Es decir, la admiración o la ignominia durante aquella tarde de café.

Echo de menos aquellas largas jornadas de intensa charla. Al igual que la Viena que describe Zweig, en el Samborns con pagar un único café se podía permanecer horas. La vida era más sencilla y nuestros sueños eran grandes. Ahora la vida es compleja y mis ambiciones modestas: la lectura de un buen libro, un poema, escribir algunas líneas de vez en vez y echar la vista atrás con la melancolía que causa la impronta de haber vivido buenos tiempos.

R.III

Dedicado a Oscar y a Emilio.

 

 

[1] Debió llevarle años escribir este libro, pero esperó a terminarlo antes de quitarse la vida.

 

 

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El tiempo corta las alas al amor. Lambert Sustris (Museo del tiempo Besanzón, Francia)

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar: El ostracismo de los reyes magos.

O también puedes visitar algunas Reflexiones sobre el universo.

No dejes de añadir a Ramón Ortega (tres) como amigo en el facebook pinchando en el enlace de la derecha.

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Sobre el amor… o a eso que llamamos amor

 

“Uno simplemente se cansaba de mantener apartado el amor y lo dejaba venir porque por algún lado tenía que ir. Entonces, normalmente, venían muchos problemas”

Charles Bukowski, Mujeres.

“Sí; enamorarse es un talento maravilloso que algunas criaturas poseen, como el don de hacer versos, como el espíritu de sacrificio, como la inspiración melódica, como la valentía personal, como el saber mandar.”

Ortega y Gasset, Sobre el amor

Es muy probable que muchas de las cosas que vaya a mencionar a continuación ya hayan sido dichas por otros pensadores. Han sido muchos los que lo han intentado y alguno pudo anticiparse a lo que ahora menciono. La verdad es que me importa bien poco. Mi única pretensión es intentar poner en orden una serie de ideas que tengo con respecto a ese objeto tan aterrador como placentero al que el mundo ha decido dar el nombre de amor. Y cuando hablo aquí de amor, quiero hablar del amor de pareja, no el que se siente por un hijo o por un amigo.

He de comenzar diciendo que el amor no existe, y si existe lo hace en igual medida en que las personas creen que Dios existe. Tanto el sentimiento de magnanimidad que tiene cierta gente hacia un dios, como el de amor que proyectamos hacia una persona, requieren de un acto de fe. Se nutren de la creencia de que ese sentimiento que vive en sus corazones es verdadero. Lo cierto es que tanto el hecho religioso, como el amoroso pertenecen al terreno de lo subjetivo. Cuando queremos expresar lo que sentimos nos encontramos con una barrera lingüística; una incapacidad expresiva. El amor —al igual que la fe, la justicia, la verdad— es un concepto metafísico. ¿Alguien ha visto el amor? ¿A qué sabe? ¿Cuál es su textura? No, el amor no pertenece al mundo físico, sino al que está más allá del terreno tangible y, por tanto, es inefable. En otras palabras, rebasa nuestros límites del lenguaje. Y ahí donde el lenguaje abre sus fronteras, impone también unos límites insalvables al conocimiento. ¿Cómo saber que eso a lo que todo mundo llama “amor” es lo que estoy sintiendo? En esta materia nunca habrá certezas, sólo incertidumbre, dudas y, si cabe, esperanza (¿no es acaso esto lo que probablemente debe vivir la gente con referencia a Dios?).

El poeta Oscar Pirot escribió en su primera antología poética (e inédita):

Nadie

Nadie lleva mi nombre entre sus labios

ni yo llevo algún otro más que el mío

nadie penetra mi carne

ni utiliza los poros

que me duelen.

Nadie pronuncia

estas palabras paralíticas

ni ocupa el mismo verso repetido.

Nadie deja su mano entre la mía

Después de estrecharla con mis huesos

Esta lejanía de mi cuerpo

sobre todas las cosas en el mundo,

este estar tan lejos de los hombres

como un barco enamorado de las olas,

esta jaula de recuerdos en mi mente

viajando hacia el pasado entre fantasmas…,

me dicen que siempre estoy solo.

[…]

El sentimiento de amor es algo muy personal y no puede medirse. Le decimos a nuestro ser amado que es la persona a quien más hemos querido. Años más adelante, una vez terminada esa relación, cuando verbalizamos de nuevo ese amor a otra persona de turno, repetimos esas mismas palabras, pensando que antes estábamos equivocados, que es a este nuevo individuo al que realmente amamos. No somos capaces siquiera de medir lo que sentimos; no sabemos la toda la potencia que existe en nosotros para proyectar ese amor. ¿Cómo pretendemos saber lo que es el amor para los otros? ¿Cómo saber que el amor es recíproco? Más adelante, en el mismo poema, Oscar Pirot dice:

Nadie juega en su boca con mi lengua,

nadie mira las estrellas con mis ojos.

[…]

Soy ante todo nadie,

tan sólo yo conmigo mismo.

Sin embargo, es innegable que existen una serie de emociones que nos afligen y nos regocijan, nos humillan y nos enardecen. En otras palabras, aquello a lo que equivocadamente llamamos amor—porque hemos dicho que no tenemos certeza como para poder encasillarlo en un concepto concreto—tiene una influencia en nuestro espíritu (si es que podemos llamar a nuestro “yo interior” también de alguna forma que no sea completamente difusa). Esto me recuerda ese antiguo proverbio que trata de brindar luz a esta problemática:

Si te gusta alguien por su físico es deseo.

Si te gusta por su inteligencia es admiración.

Si te gusta por su dinero es interés.

Si no sabes por qué te gusta, entonces sí, es amor.

Volvemos a lo mismo, tanto el deseo, como la admiración (el interés quizá es más claro), son conceptos también metafísicos. Su definición, al igual que el amor, vuelve a estar en esa cuerda floja y con cualquier embiste caen. Por eso Wittgenstein escribió que “todo aquello que puede ser dicho puede decirse con claridad; y de lo que no se puede hablar es mejor callarse”. Y aquí estoy enfrascado en esta, quizá inútil, empresa de expresar algo que por naturaleza es inefable. En cualquier caso y volviendo al tema, esas emociones y sentimientos a las que encasillamos como “amor” tienen un impacto en nosotros. A veces marcan nuestros pasos de forma definitiva, proyectan nuestros planes futuros y nos definen ante los otros y ante nosotros mismos.

Con independencia de que eso que sentimos pueda asumirse como amor u otro sentimiento que paralelamente confluye con él (dígase: deseo, pasión, interés, añoranza, etc.) dicho sentimiento influye sustancialmente en nuestras vidas. El escritor Luisgé Martín considera que cuando somos jóvenes ese sentimiento nos causa mucho desasosiego; nos duele cuando no lo tenemos y nos lleva al paroxismo cuando gozamos de él. La sombra de su pérdida nos enloquece y puede tornar cualquier horizonte azul en una niebla gris: “Incluso la idea absurda de su muerte me tranquilizaba, porque me parecía más aceptable perder a alguien de ese modo que la vergüenza de ser abandonado destempladamente” (Luisgé, La vida equivocada). Y aunque ahora la neurofisiología nos muestra que todo se trata de procesos físico-químicos de nuestro cerebro, es importante admitir que su origen sólo es activado por ciertas personas y ocasionalmente: “[…] comprendí que las emociones químicas —la segregación química de sustancias que el cuerpo crea en determinadas ocasiones- son las sustancia sobre la que se asienta d verdad el alma. […] Una euforia dulce, imperturbable. Una calma que, incongruentemente, estaba fundada sobre el vértigo” (Op. cit.).

Cuando vamos creciendo vencemos al vértigo. Aquello que consideramos es el mismo tipo de amor de siempre, sin variación ontológica a aquel soliviantado que sentimos en la juventud, se convierte en algo más armónico. Creemos que simplemente hemos sabido madurar la emoción que nos produce. Ya no nos desbaratamos por su ausencia, no queremos matar, ni morir por él. Asumimos que el verdadero amor debe trabajarse todos los días como aquel campo que tras sudor y sacrificio ofrece sus frutos. Concordia, colaboración, apoyo, dedicación y otros apelativos son los que definen esta nueva expresión de amor que parece ser la cúspide de lo añorado en la vida.

Otro ingrediente que queremos agregar a la fórmula del “amor verdadero” es la perdurabilidad. Todo amor que se jacte que serlo debe durar para siempre o por lo menos hasta que los designios dictados por la muerte rompan el enlace. Sin embargo, la realidad nos confirma que en la vida casi todo es mutable y perecedero. Ahí donde antes se luchaba por perseverar la armonía, con el tiempo parece que se trata más bien de una batalla en contra de la monótona cotidianidad. No nos gusta conformarnos con lo efímero. El amor pasajero es una bonita experiencia, pero no es suficiente para ganarse el titulo de amor. Incluso aquel amorío de muchos años, cuando llega a su fin, se le considera un fracaso. Estamos en constante búsqueda de lo permanente y por tanto dejamos pasar aquellos instantes sin apreciarlos, sin disfrutarlos. Como esa frase que se le atribuye a Ortega y Gasset: “Hay quien ha venido al mundo para enamorarse de una sola mujer y, consecuentemente, no es probable que tropiece con ella.”

Después de toda esta parafernalia ¿qué concluir? Sin querer banalizarlo, creo que es fundamental ser conscientes de que eso que llamamos amor sólo es una ilusión. Babieca lanza una pregunta cuando Rocinante le dice que mire a su amo enamorado: “¿Es necedad amar?”, le increpa Babieca y Rocinante contesta: “R: No es gran prudencia”.  Pero a diferencia de lo que piensa Rocinante, creo que en este mundo de pocas certezas, lo mejor que podemos hacer es lanzarnos de lleno a la piscina. Es mejor huir de las categorías y definiciones, pero desde luego hay que vivir al máximo aquellos sentimientos, sean lo que sean, con toda la intensidad que nos esté permitido.

 

 

R.III

 

 

sobre el amor

 

 

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Este artículo fue publicado en la Revista Cultural Tarántula

Si te ha gustado este artículo, no dejes de leer: La literatura anónima y la nueva era de la información

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El libro de Balieri

Estoy muy contento porque la próxima semana se estrena El libro de Balieri, un compendio de relatos de mi buen amigo Carlos Candiani. Cuando nos conocimos y supimos que ambos teníamos la afición de escribir, medimos nuestras fuerzas a través de un largo intercambio de textos. Un hábito que hasta la fecha continúa; de hecho, no creo que vaya haber nada de ficción que escriba que no pase por sus manos y supongo que es recíproco. Sin embargo, El libro de Balieri (de Cadiani) y el Anecdotario de un Breaking up (mío) han pasado ya por un proceso de revisión formal. Es decir, que nos intercambiamos los textos para hacernos comentarios e incluso los trabajamos a profundidad. Por esta razón, ver que su libro está a punto de ver la luz me hace sentir un orgullo especial.

El libro de Balieri es un compendio de microrrelatos con una esencia surrealista. Quizá se debe a que la mirada de Candiani se sumerge en un lago onírico con la intención de traer a la superficie a su querido personaje, configurando así una nueva realidad. Como Cadiani es también poeta, es normal que no deje de fluir la belleza desde distintos rincones del libro. Todo aquel que se deja llevar sentirá punzadas y manifestaciones de nostalgia y de alegría, de idilio y de dolor, de pasión y desencanto. Emociones todas tan intensas que no pueden deberse sólo a su contenido, sino a la capacidad narrativa de su autor.

El libro de Balieri es la ópera prima de este autor y me parece una excelente carta de presentación. Un libro que puede leerse por partes, en orden o en desorden o todo de corridito. A medida que se va avanzando, uno se da cuenta que Balieri comienza a acompañarte incluso cuando no estás sumergido en la lectura. De pronto te sorprendes a ti mismo recordando esa aventura, esas palabras que pronunció algún personaje, esa extraña situación en la que se vio envuelto nuestro protagonista. Y cuando sobrevienen esas líneas que tal vez se leyeron aquella mañana, es inevitable comprender que ese ser ya te acompaña ahí a donde vayas.

Aprovecho este medio para hacer extensa la invitación a la presentación de El libro de Balieri el próximo miércoles 21 de octubre a las 19,00 hrs. en la librería Juan Rulfo.

R.III

libro candiani presentación

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar: La inspiración poética

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