Viaje a México 2016: el Caribe

(Parte 1)

 

Hay gente que destina gran parte de su capital en tener un coche deportivo, una gran televisión de plasma, ropa de marca… En mi caso siempre he pensado que el dinero mejor invertido es el que se gasta en viajar. Muchos de los sitios a los que ido me han marcado y aunque el país que visité este verano ya se ha convertido en un destino recurrente, no por ello deja de ser uno de los lugares que más honda huella me han dejado. No es para menos, después de casi cuatro años, he podido volver a mi tierra querida: México. Todavía siento esa mezcla entre felicidad y melancolía que se va potenciando conforme escribo estas líneas. Además, siento que esta ocasión el viaje ha tenido un componente extraño; después de vivir quince años en Madrid puedo decir que me he convertido en un turista en el país donde nací.

El viaje comenzó en Toronto donde, mi mujer y yo, tuvimos que hacer escala por unas ocho horas. Esto nos permitió conocer el sky train, es decir, el metro que nos llevó del aeropuerto a la ciudad, además de poder dar un breve paseo por el centro y hacernos una pequeña idea de los monumentos y lugares de mayor interés de la ciudad. No pudimos subir a la CN Tower (Canadian National Tower) porque había una cola como de mil personas y nos dio mucha pereza invertir lo que calculamos más de una hora de espera para poder pasar. En cualquier caso vimos su magnitud y pudimos comprender por qué es uno de los mayores atractivos de Toronto. Caminamos por las inmediaciones del puerto y otras calles aledañas al centro. Hacía muchísimo calor (húmedo) así que nos refugiamos en un restaurante llamado Amsterdam BrewHouse donde disfrutamos de las hermosas vistas al puerto, mientras degustamos unos ricos platos. Lo más reseñable fue la ración de crujientes crab cakes (pasteles de cangrejo) que nunca había probado y me encantaron. Después de esta breve visita por la ciudad canadiense continuamos con nuestro viaje rumbo a la Ciudad de México.

CN Tower

La colosal capital mexicana nos recibió a las 12,00 de la noche. Ahí nos esperaban mis tíos y primos. La única ventaja de llegar a esa desacompasada hora fue que no había tráfico y pudimos llegar a casa de mi abuela en tan sólo veinte minutos; un trayecto que con tráfico puede llevar una hora o más. En esta entrara sólo narraré los puntos más relevantes del viaje que hicimos por el Caribe Mexicano. Ya habrá tiempo más adelante para completar esta bitácora de viaje con anécdotas curiosas y  las experiencias con la familia y amigos.

Llegamos a Cancún en donde teníamos que recoger un coche que alquilamos previamente por internet. El local de alquiler no estaba en el mismo aeropuerto, pero nos dijeron que ahí nos esperaría un agente. Hay que reconocer que la infraestructura del turismo mexicano está por encima de la de muchos países. ¡Qué organizado lo tienen todo! ¡Cuántas facilidades para los millones de turistas que se acercan cada año por esta zona del país! No es de extrañar que al salir de la terminal no nos costara ni un minuto encontrar a la persona que nos esperaba y que éste solicitara un pequeño microbús para llevarnos a la agencia de alquileres.

Aunque el servicio fue muy atento, no todo salió perfecto. El primer coche que nos dieron, que por cierto tenía muy buena pinta (un Volkswagen Gol Sedán), no tardó mucho en mostrar sus desperfectos; una nimiedad como se podrá ver: a punto estaba de salir a carretera cuando casi me quedo con la palanca de velocidades en la mano. Malamente la recoloqué y volvimos, por eso de que soy muy quisquilloso con lo que alquilo, para que nos dieran otro. El cambio no se hizo esperar y salimos con otro coche, aunque para nuestra fortuna el mismo modelo y hasta color. Es cierto que este estaba un poco más golpeado y que carecía de la matrícula de enfrente; pero la palanca de velocidades parecía funcionar bien, así que salimos satisfechos. Además nos aseguraron que lo de la matrícula no sería ningún problema (y la verdad que no lo fue).

En esta zona de Quintana Roo no se complicaron para nada las carreteras. La principal es una inmensa recta que hasta el conductor más novel podría sobrellevar sin problemas. Bueno no podemos olvidar que se trata de México y los retornos que parten del carril de alta velocidad (el izquierdo) no dejan de contar con su grado de intrepidez. En cualquier caso llegamos con facilidad y prontitud a nuestro primer destino que estaba a unos 130 kilómetros de Cancún: Tulum. Lo dicho arriba, esta zona la tienen muy bien cuidada para comodidad de los turistas y todas las salidas están bien indicadas. Gracia a esto, aunque nuestro hotel estaba un poco apartado de la ciudad, pudimos llegar a él sin perdernos demasiado.

El Blue Sky Tulum es un precioso hotel con tan sólo nueve habitaciones. Ya desde la nuestra pudimos disfrutar de las maravillosas vistas. Cuenta con una pequeña piscina que estaba a escasos tres metros de la puerta de nuestra terraza; casi parecía nuestra piscina privada. Un espacio refrescante muy a juego con lo que a pocos metros de distancia se imponía con su magnitud: el mar, el mar, el mar. Y a manera más de adorno que por utilidad, había una especie de muelle o embarcadero de madera que rescataré de mi memoria cada vez que la cotidianidad se quiera apoderar de mi ánimo.

Nuestro hotel

Es cierto que debido a las piedras de esta playa y la poca profundidad del mar (aspecto general en esta zona del Caribe mexicano) era difícil poder meterse; ya no digamos darse un chapuzón. Sin embargo, estábamos muy cerca en coche de la zona de playas de Tulum que son una delicia: arena blanca y suave, agua cristalina de color azul verdoso y un mar apacible.

Aunque no lo recomendaría, una de nuestras excursiones fue un paseo en barco para poder ver las tortugas y los arrecifes de la zona. La experiencia con las tortugas fue muy buena; las tuve a tan sólo centímetros de distancia, muy al alcance de mi mano, aunque respeté la indicación de no tocarlas. No obstante, los arrecifes no tienen ya casi color o variedad de peces. No querría echar la culpa a la dignísima explotación hotelera del lugar, ni al sano turismo que visita estos lugares y que con mucha probabilidad goza de una admirable mentalidad medio ambiental. Alguna otra loable razón habrá de que los supuestos mejores arrecifes de coral ,después de Australia, luzcan tan grises.

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La casa del Chamán en Tulum tomada desde el barquito

También muy cerca de estas playas se encuentra el centro arqueológico de Tulum. Yo lo visité cuando era un niño y todavía mantenía en mi recuerdo la increíble cantidad de iguanas que había por doquier. Aunque su número se ha visto reducido de forma dramática (por razones que tampoco deberíamos achacar al número excesivo de turistas), me alegré de poder ver todavía algunos de estos reptiles que posan impasibles frente a los miles de individuos que visitan esta antigua ciudad prehispánica.

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Parque arqueológico de Tulum

Pasamos tres noches en Tulum y casi podría asegurar que una de las mejores experiencias de todo el viaje fue la de nadar en el Cenote Manatí o Casa Cenote, a tan sólo cincuenta metros de nuestro hotel. Aguas cristalinas color verde esmeralda, un trayecto de unos 800 metros y mucha vida marina (se supone que se han encontrado incluso manatís, de ahí su nombre). Es un cenote perfecto para snorkel e incluso hacer unas primeras inmersiones de buceo. Cuenta con algunas zonas de hasta seis metros de profundidad. Llegamos relativamente temprano y conforme nos fuimos adentrando pudimos disfrutar de esta maravilla prácticamente solos. Ha sido una gran experiencia.

Cenote

Cenote Manatí (imagen obtenida de la web Game of Drone)

Después de Tulum nos dirigimos a Mérida sin dejar de pasar antes por Chichén Itzá. La verdad es que una de las ventajas de llevar coche es que las excursiones reducen su coste de forma considerable. Lo que podría habernos costado 100 euros por persona, nos salió en unos 50 por los dos, con guía incluido. Recomiendo visitar este centro arqueológico acompañado de guía, porque no es lo mismo dar vueltas sin orden ni concierto entre las ruinas, a que un experimentado lugareño te vaya contando sobre la historia que esconden estos monumentos. No es caro hacerse con uno. Nosotros esperamos a juntar un grupo de seis personas y nos salió a 100 pesos (5 euros) por cabeza. Como valor agregado, nuestro guía nos recomendó parar en Pisté y comer en el buffet Sac-Beh. ¡Todo lo que pudieras comer por 100 pesos! ¡La mejor cochinita pibil que he comido nunca! Con tortillas recién hechas y hasta con un pequeño espectáculo de danza regional. Sólo de recordarlo salivo, con perdón del lector.

Parque arqueológico de Chichén Itzá

Mérida sin lugar a dudas ha sido uno de los lugares que más me gustó de este viaje. Una ciudad colonial fundada en 1542 por los Francisco de Montejo (padre e hijo). Cuenta con una oferta cultural vastísima. Falta salir un día por la tarde-noche para encontrarse en cada plaza algún músico amenizando, juegos de luces en edificios clásicos, espectáculos, teatros ambulantes, exposiciones de escultura. La gente sale a poblar estas calles para darles vida. Los cafés y restaurantes se llenan. Mérida es sin duda una ciudad segura y cómoda para explorar. Imprescindible conocer el Palacio Presidencial donde se exponen los murales de Fernando Castro Pacheco: potente galería de retazos históricos de Mérida.

En los extremos la Catedral de Mérida. Arriba en medio un mural de Castro Pacheco y abajo en medio el Monumento a la Patria

Nos hospedamos en el Hotel Caribe que se encuentra a una manzana de la Catedral. Cabe mencionar que las fotos de su página web engañan un poco (el sitio está un poco más viejo de lo que aparenta y la piscina recuerda la compra de una hamburguesa en el Mc Donals; la imagen y la realidad no suelen concordar). Sin embargo, es un buen sitio para hospedarse por poco dinero, no deja de ser acogedor, el personal es muy amable y, por encima de todo, las camas eran realmente grandes y cómodas.

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Hotel Caribe

No sólo disfrutamos de la ciudad de Mérida, sino que pudimos explorar sus inmediaciones. Fuimos a ver los cenotes por la zona de Homún, pudiendo visitar en el mismo día hasta cuatro de estas curiosidades geológicas (ver la siguiente entrada para conocer más detalles). También pudimos ir a la playa más cercana que es la de Puerto Progreso. Una playa mucho más interesante de las que habíamos visitado, pues en esta había menos extranjeros y más turismo local (lo cual también favorecía que los precios de bebidas y alimentos fueran más bajos).

Algunos de los cenotes de Homún

Después de tres noches partimos en coche rumbo a Chiquilá que es el puerto dentro de la península más cercano a la isla de Holbox. De ahí se puede ir a la insula en uno de los barcos que salen cada media hora. Holbox tiene muchos atractivos, pero el más importante es la posibilidad de nadar con los tiburones ballena entre los meses de junio y agosto. Para nuestro infortunio, a dos horas de llegar a Holbox comenzó una intensa tormenta que cerró los puertos a embarcaciones pequeñas (las que hacen las excursiones) durante toda nuestra estancia, por lo que nos fue imposible llevar a cabo esta actividad.

Aún así, el tiempo mejoró un poco y pudimos disfrutar de los otros encantos del lugar. Playas inmensas de arena blanca y casi solitarias. No se ha consolidado -todavía- una infraestructura hotelera, así que los pequeños hoteles suelen ser muy acogedores. Cabe mencionar que son caros incluso para los europeos (en especial si se piensa en la calidad precio). Por ejemplo, la decoración; por muy bonito que fuera una ducha de concha univalva, eso de tener que quitarse la arena de la playa con un hilo finito de agua como que no. Creo que ha sido una buena experiencia, pero si llego a volver será sólo para poder nadar con tiburones ballena. No me considero profeta, pero algo me dice que no pasará mucho antes de que el encanto de Holbox se pierda dado el incremento del turismo.

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Nuestro hotel el Holbox

La vuelta a Cancún fue sencilla. Ya lo comenté, aquí los ingenieros de caminos no se complicaron mucho; todas las carreteras son rectas infinitas. Es cierto que en Cancún había mucho tráfico y que la ciudad me resultó más grande de lo que esperaba, pero si pude encontrar la estación de autobús de Izmir en Turquía, con los indescifrables carteles en turco, no iba a perderme en mi propio país (pese a ser un tanto extranjero ya). El coche estaba en perfectas condiciones y en menos de media hora ya nos dejaban en otra furgoneta en el aeropuerto. Se acabó parte del viaje, falta profundizar en algunas experiencias vividas y contar la parte familiar. Por ahora aquí lo dejo. La próxima entrada estará destinada a algunas anécdotas de este trayecto.

R.III

Playas paradisíacas y puesta de sol en Holbox

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Holbox después de una tormenta

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©R.III


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Acerca de Ramón Ortega (tres)

Ramón Ortega III https://unviajepersonal.wordpress.com/acerca-de-mi/ Ver todas las entradas de Ramón Ortega (tres)

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