El poder de las palabras

Se ha popularizado la idea de que “logos” significa conocimiento. Muchas disciplinas son nombradas a partir de esta palabra griega: biología, filología, psicología… para mostrar el saber o conocimientos sobre la vida, las lenguas, la psique, etc. Lo cierto es que para los antiguos griegos el logos tenía dos dimensiones: la vista y el oído. Ellos se dieron cuenta de que el mundo no era estático, sino cambiante; que todo estaba en constante movimiento y esto hacía difícil “conocer” la esencia de los fenómenos que percibían. Sin embargo, creían que si se prestaba atención a ese movimiento se podría descubrir en un determinado momento aquello que no cambia. Para ello hacía falta poner la vista a trabajar y capturar ese instante que nos revelaría la naturaleza de las cosas. Por eso los griegos eran grandes observadores: describieron ya entonces las constelaciones; organizaron el mundo de las plantas y los animales; describieron leyes matemáticas y físicas. Aquellas personas dotadas de esta peculiar manera de ver eran capaces de adquirir el logos (el conocimiento) de todo aquello que les rodeaba.

La segunda dimensión era el oído. Aquellos que no eran capaces de conocer la esencia del mundo con la vista, podían adquirir ese conocimiento a través del oído. Tan fácil como escuchar la sabiduría que contaban aquellos que eran capaces de observar y entender. Por tanto, ese mundo cambiante que sólo se detiene brevemente para que unos pocos lo puedan desgranar, se podía transmitir a otros a través de la palabra; es decir, las palabras cristalizaban o encapsulaban el saber. Desde entonces es el lenguaje verbal (tanto oral como escrito) una de las llaves fundamentales del saber humano.

Cada una de las palabras es a su vez un símbolo y a través de este simbolismo el ser humano ha conseguido configurar su mundo. Von Berttalanfy dice en su libro Robots, emociones y mente que lo que  nos diferencia al ser humano de otros animales no es la razón, sino la capacidad simbólica: “Cabe dudar justificadamente de si el hombre es un animal racional […] pero no puede dudarse de que el hombre es todo él un animal fabricador de símbolos, usador de símbolos, [y está] dominado por los símbolos”. Hablar de símbolos significa brindar a una cosa un significado más allá de su realidad objetiva (si es que nos atrevemos a pensar que “lo objetivo” existe) y multiplicar así su capacidad ontológica. Cuando los primero homínidos deciden emplear una rama como un artefacto útil (un bastón, un instrumento para alcanzar algo, un arma o combustible) lo que están haciendo es diferenciarse de los otros animales, pues dotan de un significado distinto a ese objeto; lo convierte en símbolo. Más adelante, cuando el humano comienza a usar el lenguaje y nombra a las cosas y fenómenos con palabras, lo que en verdad está haciendo es multiplicar ad infinitum las realidades de todo lo que le rodea. Por consiguiente, la palabra no sólo se convierte en un instrumento divulgador de conocimiento, sino que también se vuelve un instrumento de poder. ¿Qué mayor poder posee el ser humano que modificar su realidad?

Las posibilidades se multiplican de una manera tan espectacular que no se puede saber hasta dónde es capaz de desarrollarse la humanidad (o de qué manera tan atroz se autodestruirá). Esa cualidad de la palabra es tan impactante que puede conseguir algo que no es para nada sencillo: cambiar la forma de pensar de las personas. De esta idea se puede comprender la razón por la cual la oratoria ha sido una destreza codiciada por muchos y dominada por unos pocos. Saber manejar este arte puede garantizar algo que más allá que los bienes espirituales a los que se suele aludir cuando se habla del mundo de la palabra. El lector ya podrá imaginarse las ventajas que tiene el hacerse con la destreza en el uso de la lengua o por lo menos tener a lado a alguien que ya la posea. No en balde Horacio escribió estas palabras:

¡Vano el orgullo del sabio y del monarca!

Murieron sin tener poeta que los nombre.

¡Vana fue su codicia y vanos sus afanes!

Yacen mudos y muertos por no tener poeta.

Horacio, Odas IV: 9

Como se ha expresado, esta capacidad de otorgar significados parece no encontrar límite. Por esta razón en el arte (principal manifestación simbólica) nada está dicho. Y como es de palabras de lo que aquí se habla, hay que pensar que la literatura es quizá la más fructífera de todas las manifestaciones artísticas (tal vez sólo superado por las artes audiovisuales). Su capacidad simbólica no sólo permite encapsular conocimiento, sino también transmitir belleza. Las palabras encerradas en los libros despiertan en nosotros emociones tan intensas que, cuando son expresadas con maestría, podría decirse que las estamos viviendo. También nos acercan a conceptos inefables a través de la ostentación (algo que no puede hacer ninguna otra disciplina del conocimiento). La literatura, por tanto, se convierte en el pasaporte que nos abrirá las puertas para sobrepasar límites todavía no imaginados.

Pero en el fondo no deja de ser todo esto un juego como los muchos otros construidos por el ser humano. Giovanni Papini reflexiona a través de su personaje Gog sobre la fragilidad del papel y todo lo que esta invención le ha supuesto a la humanidad. Gog se pregunta por qué se ha escogido un material tan delicado para ser el recipiente de algo tan importante (desde la humilde morada de las palabras, hasta el receptáculo más importante del capital; los billetes): “¿[Será el] símbolo de una civilización que sabe será efímera, o [un símbolo] de incurable imbecilidad?”. Tal vez todo radique en que la materia de las palabras es similar a la de los suspiros así que, parafraseando a Bécquer, su destino no puede ser otro que el aire.

R.III

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Los Miserable en distintos idiomas (Museo de Víctor Hugo, Besanzón) 

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©R.III

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Acerca de Ramón Ortega (tres)

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