Cómo tratar un libro

Siempre he pensado que los libros son una herramienta de trabajo. Sí, me parecen importantes también por todas esas cosas que los intelectuales difunden con sus chácharas. Sin embargo, no puedo pensar en ellos como un objeto cuasi sagrado. Tengo amigos —algunos justamente de estos intelectuales de los que hablo— que tienen sus librerías repletas de textos impolutos. A mí me da que ni se los han leído. En cambio, si uno echa un vistazo a los libros de mis estanterías (que son pocos, porque muchas veces acudo a préstamos bibliotecarios para usar y devolver sin mayor apuro) se podrá apreciar que todos tienen hojas dobladas, rayones intencionados (y accidentales) y otras impurezas. Cada vez que leo una obra disfruto de su contenido, claro está, pero en realidad trabajo con ella. Marco frases inteligentes y aquellas palabras que desconozco, apunto alguna idea que me viene a la mente tras su lectura, dejo indicado aquellos puntos a los que sé que debo volver en un futuro, y otras actividades que no merece la pena reseñar.

El primer libro que me acercó a la filosofía fue la Introducción a esta disciplina que escribió Leopoldo Zea. El manual llegó a mis manos gracias a la recomendación de un profesor y ahora amigo, Mario López. No es que me lo prestara, no, en ese entonces no había tanta confianza y ahora que la hay nunca cometeríamos ese error. Para mi fortuna existía un ejemplar en la biblioteca de aquella universidad mexicana de cuyo nombre no quiero acordarme. He de decir para los más moralistas con esto del manejo hierático de los libros que lo que sigue no les va a gustar. Lo cierto, es que ese texto lo rayé casi en cada página, pues en cada una de ellas descubrí muchísima información interesante (que más tarde copié en hojitas que todavía conservo), doblé las esquinas de sus páginas y lo llevé conmigo a todo lugar, sin mucha consideración en su cuidado. Esa obra se hizo mía con el paso de los meses. Abusé de esas páginas con lápices, bolígrafos de color azul, negro e incluso rojo. Lo poseí de manera prosaica y su contenido me sedujo con verdadera inocencia. A ese libro sólo yo había accedido. La marca del préstamo así lo indicaba. Nadie nunca había acudido en su busca; permaneció en un silencio de mordaza en su estantería hasta que yo lo encontré.

Después conseguí ocultar en ese sitio recóndito del cuerpo—donde ya no molestan ni las personas, ni los objetos que no queremos mencionar— el recuerdo de dicha Universidad; y con ello también sus edificios, aulas, ordenadores y, por supuesto, sus libros. Sin embargo, una década más tarde tuve que acudir a ella para hacer una gestión. Al pasar por la renovada biblioteca, una fuerza me atrajo con inusitada vehemencia. Me llevó hasta una pantalla donde pude acceder al catálogo y localizar mi libro. No me extrañó que el pobre volviera al mutismo del olvido; la marca de préstamo en su etiqueta se remontaba a la que me habían sellado a mí años atrás. Cuando lo abrí todos los recuerdos se agolparon de nuevo en mi garganta —porque ni las personas, ni los objetos se esfuman por guardarlas llanamente en ese rincón del cuerpo—. Casi sentí que las páginas me sonreían. No es de extrañar, querían que alguien nuevamente las explorara con el deseo animal con que ya hace años yo lo había hecho.

No sé cuánto tiempo dediqué de nuevo a los cuidadosos conocimientos que Leopoldo Zea organizó para un puñado de apasionados. Quizá fue una hora, tal vez dos, pero aquel abandonado libro volvió a su prisión de silencio. Mi libro, sus rayajos así lo atestiguan, no pudo venir conmigo.

He de admitir que para mí sólo es una herramienta laboral más. Aunque sea un instrumento que me gusta inventarme como necesario. Quizá sea la melancolía la que dota a este objeto de un halo especial. El caso es que hace tiempo fragüé un plan al que llamaré el secuestro, o mejor, el rescate de ése mi primer acercamiento a la filosofía. Pero aquí sólo estamos hablando de útiles de trabajo, no de aquellas aventuras que marcan hitos en la vida.

R.III

 

 

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar El día que perdí mi acento.

 

Y para saber un poco más de filosofía y ciencia: Los médicos que no se lavaban las manos

 

 

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Acerca de Ramón Ortega (tres)

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