Poco más de siete años

Conozco a Dany desde que llegué al barrio hace poco más de siete años. Siempre en la misma esquina, siempre sucio, borracho y exhumando el hedor de la vida de la calle.  No sé nada de su vida, ni las razones que lo llevaron a la indigencia. Sólo mediamos algunas palabras; saludos amistosos.  Sobre todo en las mañanas cuando saco a pasear a Oli y nos encontramos en el mismo punto de siempre. “Buenos días, Dany”. “Buenos días, amigo […]” y luego, ya a la distancia me sigue gritando “adiós, guapo, adiós”. No creo que sepa mi nombre y ni falta hace. Alguna vez me ha pedido objetos (casi nunca dinero) que necesita: una mochila, unas gafas, incluso una vez me pidió, para mi sorpresa, un pendiente. Otras veces, sin pedirlo, yo le he ofrecido algo (casi nunca dinero). Por ejemplo una noche de invierno al verlo dormido sin más protección que una caja, le bajé una manta.

Hay quien pensaría que este tipo de personas son una lacra social. Los que piensan así no comprenden cómo alguien puede llegar a abandonarse a sí mismo de tal manera. No ven bien la idea de pasar todo el día bebiendo hasta quedar inconscientes o, ya ciegos por el alcohol, volverse individuos violentos. Esto le pasa a Dany. Casi siempre está en su esquina tranquilo, bebiendo con una lata frente a él, para quien se apiade le deje una moneda. Sin embargo, hay momentos en los que increpa a los que se acercan, va golpeado los aparadores de las tiendas o busca algún enfrentamiento. Conmigo siempre se ha comportado de forma pacífica, incluso en esos momentos críticos de “exaltación”. Muchos, sin embargo, no tienen una muy buena opinión de él.

Dany no es el único indigente de mi calle. De hecho, en el barrio hay una decena bien establecida y alguno que otro esporádico. Casi todos los que ya están bien instaurados (gracias a la costumbre, que es más poderosa que cualquier padrón municipal) son los típicos borrachines. Se sientan en sus bancos con un brick de vino blanco y pasan la mañana, la tarde y la noche bebiendo. No obstante, desde que comenzó la crisis hay un tipo de homeless distinto. Estos “nuevos” mendigos no van borrachos, ni llevan la ropa mugrienta. Hay quien incluso lleva una maleta de viaje, que arrastran de una esquina a otra. Al igual que los primeros, también van pidiendo dinero. Sin embargo, en su mirada todavía hay un brillo de vergüenza que ya no se percibe en los instaurados.

La razón por la que se han visto orillados a la calle puede ser muy variada y, a fines prácticos, fútil de atención. Lo cierto es que la posibilidad de una inserción social se les escapa día a día; el volver a ser parte activa de esta sociedad se convierte en una entelequia. Vivir en la calle los va transformando y, aunque lo deseen, su condición los va alejando a cada minuto de las personas que alguna vez fueron. Despreciados por algunos, amparados por otros, su día a día pasa bajo la inclemencias del tiempo, el hambre y una imperiosa necesidad de evadir sus sentidos. Desde nuestra cómoda posición sería muy sencillo juzgar, reflexionar, señalar o censurar. Yo, el día de hoy, prefiero abstenerme.

Un día, mi hijo, R.IV me preguntó, refiriéndose a Dany, cuánto tiempo podía una persona vivir en la calle. Lo veía demacrado, sucio, maloliente, casi enfermizo. Desde su mente de siete años (ya hace un tiempo de aquella pregunta) la vida en ese estado le parecía imposible. Yo le dije que el cuerpo humano aguanta mucho más de lo que creemos. Año tras año, R.IV ha ido confirmando esa teoría. Hasta el día de hoy que podemos lanzar una hipótesis inductiva: en ese estado se puede vivir poco más de 7 años. Al probre Dany ya no le volveré a encontrar en “su” esquina, pero quedará su recuerdo. Uno de esos seres que completaba el barrio se ha esfumado.

En memoria de Dany.

R.III

Dany

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