Diario de verano

Llevo muchos años pensando que es de Karl Marx aquella frase de que el hombre es el único animal capaz de cambiar su realidad. Lo cierto es que en aquellas lecturas parciales que hice del Capital o del Manifiesto Comunista nunca conseguí encontrar esta cita. Quizá pertenece a otro libro de la extensa obra del pensador alemán, aunque es probable que más bien sea apócrifa. La respuesta debe encontrarse, más bien, en que un día le escuché a mi padre decir que esa máxima era de Marx; y la verdad es que me gusta pensar que es así. Tal vez me esté confundiendo y en realidad me habló de otro filósofo. Puede ser que la verdadera autoría de esta frase sea de mi padre, lo que me gusta todavía más. El caso es que hoy me siento con ganas de cambiar mi realidad.

Estoy cansado, muy cansado. A veces este país y su contexto pueden resultar agotadores. A lo mejor no es el país, sino sólo mi circunstancia la que me tiene exhausto. La piedra esa que llevo en el zapato desde hace unos años, ya no me permite caminar más. O reformulándolo, ya no quiero seguir andando con esa pinche piedra inoportuna. Entonces pienso que debería dejar de soñar con que las cosas van a llegar a ser de otra manera y poner de mi parte para conseguir el cambio. Plantearme otros objetivos y salir a buscarlos. Sin embargo, muchas veces siento que la vida ha ido conduciéndome por donde le ha venido en gana y que yo sólo he aprendido a soportar sus embates. Me he vuelto un profesional de la resolución de problemas, a costa de no dejar de estar sumergido en ellos. Trabajo, dinero, la piedra, y esa constante búsqueda del balance entre la felicidad de R.IV y el que no se me salga de madre[1]. Además, al echar la vista atrás ya no es posible rechazar la imbatible realidad de que la juventud, de forma irremediable, dio paso a la madurez. En otras palabras, y como diría mi amigo Leo “uno ya va teniendo más pasado que futuro”. La cuestión es que, pese a ello, se ha vuelto una fastidiosa carga el reiterar que muchas veces la vida me sigue conduciendo por sus azarosos senderos.

Siempre vi en mis padres a personas seguras. También pasaron altibajos laborales, salariales y de otra índole, pero veía en ellos un aplomo que no termino de encontrar en mí ahora que he alcanzado su edad.  Sé que he ido cumpliendo mis objetivos poco a poco. Terminé la tesis doctoral; ya casi todo mundo piensa en mí como profesor (y cada vez menos como gestor académico); sin ganarme la vida con ello, no he dejado mi vocación de escritor; he incorporado el ámbito de la investigación a mi abanico de actividades; y se puede decir con certeza que en el aspecto sentimental la vida me ha tratado con indulgencia (quiero y me siento querido).  No obstante, no termino de ver ese control que suponía debería poseer como una ventaja de contrapeso a dejar de contar con esa “sonrisa de muchacho soñoliento/ —seguro de gustar—[…]”  de la que habla Jaime Gil de Biedma. Intentar aferrarme a esa época de ideales, anhelos y sueños se ha convertido en uno de los principales obstáculos para salir de este atolladero.

Dijo Sartre que “somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”. Pues con esto que la vida y su contexto han hecho de mí, estoy muy dispuesto a entrar en una nueva etapa de vida. [Me apropio de la analogía de Paul Auster] Ya va siendo hora de escribir un punto final en mi diario de primavera. Hace años que debí comenzar con el de verano, por muy incompleto que sienta que dejo el de primavera. ¿Por qué no? Puede que en él también queden plasmadas aventuras memorables.

Mientras tanto habrá que seguir andando, Orteguita… y escribiendo… mientras el día sigue gris.

R.III

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[1] Y sin saber contestar todavía a esas preguntas que hace Nietzsche en voz de Zaratustra: “Arrojaré esta pregunta a tu alma como una sonda para conocer su profundidad […] ¿Eres tú un hombre que tenga el derecho a engendrar a un hijo? ¿Eres tú el triunfador, el vencedor de ti mismo, el soberano de tus sentidos y el dueño de tus virtudes? ¿O bien, es tu deseo el grito del animal y de la indecencia? ¿O el temor a la soledad? ¿O la discordia contigo mismo?

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2 responses to “Diario de verano

  • Joselito

    Mi estimado siempre amigo: leyendo el texto que nos compartes leo mi espíritu del último año reflejado como en el agua en el que estás sumergido en tu foto. Iba a contestarte dejando un comentario, pero me has dado material suficiente para una columna propia, así que ya te la mandaré. Un abrazo.

    Le gusta a 1 persona

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