El cuento más triste del mundo

 

Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo,

está contento; no está solo. Le riñen, lo insultan; pero, al menos, oye voces humanas.

Antón Chéjov, La tristeza

 

La tristeza de Antón Chéjov es uno de esos textos que pueden calificarse como prototipo del relato redondo; no le sobra, ni le falta nada. Todos los elementos se conjuntan para hacer de una desafortunada situación, la historia más triste del mundo. La atmósfera es de por sí gris: una ciudad rusa, el invierno en plenitud,  una sociedad decadente y proletaria, el trabajo de un cochero —lo que conlleva un trabajo bajo las inclemencias del clima-, y sobre todo, la perenne soledad de la que no se puede huir aunque se incluyan varios personajes. A estos elementos se les une el argumento contrito de un hombre que ha perdido a su hijo. Chéjov consolida los aspectos más negativos de la sociedad rusa de principios del siglo XX, para mostrarnos en particular la amargura que vive un hombre. Un único y solitario individuo que ha perdido a un hijo y que no puede apaciguar su dolor con el catártico consuelo de una simple conversación.

El relato en tercera persona comienza presentando la atmósfera donde se desencadena la acción. Las escasas líneas que describen el clima, la luz de las farolas, la penumbra y la nieve son indispensables. La historia que cuenta Chéjov, con todas las piezas de su argumento, no sería tan triste si hubiera sucedido en el Caribe, pero acertadamente (para consolidarse como uno de los cuentos más importantes del siglo XX) todo sucede en la lánguida Rusia. Por tanto, el escenario y el argumento son indisociables para conseguir el efecto melancólico de este relato.

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Adelante, en el siguiente párrafo el autor describe a su personaje “Yona”. No dice nada de su físico, no cuenta lo que piensa, no nos dice lo que siente. Chéjov sólo nos informa la quietud en la que se encuentra sumido, esperando en su coche, bajo el blanco manto que lo cubre petrificándolo; de esta forma el autor lo congela textual y figuradamente. La imagen que crea en el lector, cual fotografía, consigue anticiparnos mucha de la información que más tarde la acción sólo nos confirmará.  Aún así, con estos dos escasísimos párrafos ya ha desencadenado el ambiente propicio para que un hecho —no poco terrible, como es la muerte de un hijo— surta un efecto desgarrador en la lectura.

La manera en la que Chéjov cuenta el infortunio de Yona, su personaje, es a través de los diálogos, o más bien del intento de ellos. Yona busca ser escuchado, pero nadie le pone atención en las tres veces que declara abiertamente, con diferentes interlocutores, que su hijo ha muerto. ¿Quién puede soportar tanto dolor sin compartirlo un poco, sin apoyar un poco del peso que carga, en las manos de otro? He ahí todo el contenido. Y pese a tan fatídico relato, una luz se asoma como consuelo al final de la historia. Una luz tenue y escasa. Tan pequeña, que a ninguno de los lectores que acudan a este cuento desde la comodidad de su sofá, consolaría. Pero al triste Yona sí; y eso nos basta para complacernos.

 R.III

Para los que no hayan leído este fantástico relato les recomiendo hacerlo pinchando en el siguiente enlace de estupendísima web http://www.ddooss.org: Tristeza

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Si te ha gustado esta entrada no dejes de visitar el blog Un viaje personal de divulgación científica, filosófica y literaria.

 

 

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