Reflexiones sobre los premios literarios

Se suele comentar que muchos de los concursos literarios están amañados. No dudo que existan favoritismos en el mundo literario, puesto que una buena parte de él se construye a partir de amiguismos y enemiguismos. Sin embargo, en los concursos en los que he tenido la oportunidad de ser miembro del jurado, o incluso en aquellas revistas o publicaciones en las que he podido ser evaluador del material que se incluiría, debo resaltar la transparencia de los procesos. En el que más años llevo participando, la votación y resolución no puede ser más honesta y democrática. De hecho, no he llegado a presenciar controversias. Cada miembro lee los textos que le son enviados (todos anónimos) y tiene que volcar en una tabla sus impresiones de forma cuantitativa (hay un espacio para observaciones, pero poca cosa, lo importante son los números). O sea, si son quince relatos, el mejor llevará el número quince y el peor el número uno. De esta forma se va asignando a cada cuento una cifra.  El día del fallo, nos reunimos los miembros del jurado, pero lo único que se hace es volcar los números que cada uno aporta en otra tabla que lleva la presidenta. Ella hace un conteo final para obtener los promedios de cada relato y el dígito más grande gana; así de simple. Es hasta ese momento cuando se abre el sobre con los datos del concursante y descubrimos su identidad (normalmente escritores tan anónimos como lo somos los miembros del jurado).

               Nunca he presenciado un empate, pero supongo que en esos casos entraría en acción una evaluación cualitativa. Es decir, que la mejor defensa discursiva por parte de alguno de los miembros del jurado, llevaría a un concursante a obtener el reconocimiento o a perderlo.  Como he dicho, hasta ahora no lo he visto; el sistema funciona de forma tan afectiva, que si comentamos nuestras impresiones sobre los relatos, es llanamente porque resulta ser un buen tema de conversación, mientras esperamos a que la presidenta haga su conteo. Hay que reconocer que todo es muy aséptico, muy pulcro.

                Sin embargo, este sistema tiene también sus inconvenientes. Recuerdo que en uno de los primeros años en los que participé, el resultado final me pareció sumamente injusto. El relato al que yo había dado la numeración máxima, ni siquiera se había acercado a los primeros lugares. Un relato muy sórdido, es cierto, pero bastante bien escrito. Tanto que ahora con los años sólo puedo confirmar esta aseveración. No sólo sigo recordándolo, a veces incluso sueño con él. Un cuento sencillo y corto en el que un par de chicos, en una noche de borrachera, deciden salir a un descampado a caminar. Es inverno, pero dado los efectos del alcohol deciden quitarse el abrigo, el jersey y la camiseta y ponerse a correr, medio en cueros, por el campo. El narrador, uno de ellos, cuenta cómo cae en medio de la carrera, al tropezar con algo. La descripción de la caída hace que el lector sienta el dolor en las manos y en el rostro del personaje. Cuando se levanta y vuelve el amigo que ya se consideraba el ganador de la peculiar competición, se dan cuenta de que el objeto con el que había colisionado era una persona muerta. Lo sórdido viene a continuación, porque el amigo, no se sabe bien por qué instinto macabro, se desabrocha la bragueta y decide ponerse a mear sobre el interfecto. Los chicos discuten e incluso llegan a las manos. Al otro día, la resaca, la reconciliación, etc. Un escrito minimalista, pero muy bien logrado.

                Al no haber obtenido ni el premio de consolación, el sobre con sus datos no se abrió. Sólo se abren aquellos de los cuentos que obtienen alguno de los tres galardones que se otorgan. Por tanto, no sé quién fue aquel escritor cuyo texto probablemente ahora esté en un cajón, olvidado. No he tenido la oportunidad de decirle que uno de los miembros del jurado opinaba que su relato debería haber obtenido el mayor reconocimiento de aquel año. Tampoco podré decirle que todavía me perturba la imagen de un adolescente ebrio orinando sobre un cadáver. Quizá algún día lejano él lea esta columna y algo parecido al orgullo cosquillee en su estómago. Lo más probable es que tanto su cuento, como este texto que escribo, se pierdan en la vorágine de información que inunda nuestros días, que es lo mismo, que quedarse en un cajón, olvidado.

R.III

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Acerca de Ramón Ortega (tres)

Ramón Ortega III https://unviajepersonal.wordpress.com/acerca-de-mi/ Ver todas las entradas de Ramón Ortega (tres)

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