Cambiar el mundo

Al final de la película Noviembre, de Achero Mañas, uno de los personajes dice una frase que me conmovió (parafraseo): “Antes luchábamos por cambiar el mundo, ahora lucho porque el mundo no me cambie a mí”. Aunque cuando la vi, se podría decir que yo seguía estando en la etapa de querer (y creer que podría) modificarlo; ya presentía que tarde o temprano me acercaría a ese momento en el que las presiones sociales (trabajo, familia, etc.), el tedio resultante de la cotidianidad, el exhaustivo camino de buscar sin encontrar y un creciente espíritu de resignación, me llevarían a alejarme de esa idea romántica que perseguía hacer del sitio que habito, un lugar mejor para vivir. Aunque huya mi mirada de ese camino recorrido, debo admitir que ya he llegado a ese punto: el desencuentro de lo que soy y lo que quería llegar a ser. Afortunadamente sigue existiendo ese empecinamiento por intentar ser el mismo de antes; continuar siendo recto, solidario, humano. Pero humildemente—o tal vez derrotado— he de aceptar que poco podré hacer desde mi posición por cambiar esta sociedad corrupta, enferma y hostil. No creo tampoco haber tirado la toalla; y si lo he hecho, siempre he terminado recogiéndola. Pero algo ha cambiado.

               Una de las razones por las que me gusta mucho dar clases es por el hecho de estar rodeado de personas jóvenes. En ellos se encuentra la fuerza y la esperanza. Cuando los más motivados vienen y me muestran lo que escriben, realmente están convencidos de llegar a ser grandes escritores, artistas, guionistas o filósofos. Yo también lo llegué a creer con mucha ilusión. Recuerdo que cuando vine a estudiar a España sentía tanta vitalidad y energía que creía poder comerme el mundo. En ese entonces solía decir, no sin cierta arrogancia, que ya estando en México consideraba que iba a realizar grandes obras, pero que dada la oportunidad de viajar a Europa, el horizonte de mi futuro se ampliaba, tan próspero, que no podía ya imaginar todo lo que lograría. El tiempo me ha mostrado que era un iluso; me enseñó la crudeza de los convencionalismos, de lo rutinario, de la inconstancia, pero sobre todo de la diferencia ontológica del universo onírico y del real; siendo éste último el que irremediablemente sabe imponerse sobre aquel.

                La juventud tiene ese empuje y ese es el motor de nuestra sociedad. Esa energía a veces llega a buen puerto, pero hay que ser constantes. Por eso no me gusta echar por tierra los anhelos que se agolpan en el espíritu de los alumnos cuando dirigen su pasión hacia algún proyecto. Pienso que mi infortunio no tiene por qué prolongarse también en ellos. Además, me he dado cuenta que aunque ya no tenga ese impulso para poner en marcha ambiciosas propuestas, a través de consejos, orientación y una buena provisión de ánimo, son ellos los que quizá consigan confeccionar esas “grandes” obras.

              También recuerdo—estoy reiterativo con el tema— que cuando llegué a España mucha gente fue muy generosa conmigo y me ayudó a ubicarme en esta nueva sociedad. A muchos de ellos no los he vuelto a ver y sé que no seré capaz de devolverles el favor. Sin embargo, he descubierto que ahora soy yo el que ayuda a otros que vienen, les intento proporcionar las nociones que necesitan para establecerse. Creo que ese es el orden universal. Hubo quienes pusieron las bases para que nosotros pudiéramos desarrollarnos y ahora nos toca a nosotros sentar los cimientos de aquellas generaciones venideras. Y hay que hacerlo al puro estilo de Antonio Gramsci que decía que era un pesimista teórico, pero un optimista práctico. O sea, está bien señalar los problemas de nuestro entorno, pero no se puede uno conformar con esas quejas de cafés literarios o filosóficos; rodearse de otros que piensan como uno para criticar al unísono. No, hay que devolverle a nuestro mundo una creación o producto positivo, aunque sea modesto. Y si ya no tienes energía para hacerlo tú mismo, apóyate en los jóvenes. Guíales con tu experiencia por los caminos que les ahorren los baches que ya conoces.

                Mucha gente me habla de las crisis de los treinta, de los cuarenta, de los cincuenta. Es cierto que ir alejándose de la juventud nos entristece. Sin embargo, yo cuando cumplí mi trigésimo aniversario (hace ya casi un lustro) me di cuenta que por primera vez había tomado las riendas de mi vida. Que, a pesar de que ella me seguía imponiendo sus azarosos caminos, me podía conducir por ellos con mayor resolución. Y esa sensación de seguridad me gustó. Creo que eso lo brinda la experiencia, aunque también sea la que te hace más prudente; menos atrevido. Quizá soy un conformista; ya que he visto derrumbarse mis grandes esperanzas, me incluyo en las glorias que pueden conseguir aquellos que vienen atrás. Pero me gusta pensar que todavía puedo ofrecer algo. ¡Claro! Si no lo pensara no estaría escribiendo estas líneas. No estaría volviendo a una nueva etapa de Cuando el hoy comienza a ser ayer. O tal vez sólo sea una catarsis. Pues si lo es, además de funcionar y hacerme sentir un poco mejor, creo que me ayudará a seguir luchando para que el mundo no me cambie.

R.III

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¿Ciclo o espiral descendente?

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Lo que se esconde detrás de las ventanas

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Acerca de Ramón Ortega (tres)

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