Cheché, el aventurero

Desde hace unos seis años, las palabras Santo Domingo dejaron de tener para mí esa asociación con el calor húmedo del Caribe que, normalmente, le viene a uno a la cabeza.  De hecho, cada vez que acudían en mi mente, entre otras cosas, las relacionaba con el frío; cuántas veces no le habré  dicho a mi hijo: “Ramón, abrígate bien que nos vamos a Santo Domingo”. Este es el nombre de una urbanización de Madrid y con ella nos referimos a la casa de mis suegros. Una de las tradiciones de mi pequeña familia es la de ir cada quince días a visitar a los padres de Ana y si lo hacemos con esa periodicidad es, principalmente, por la buena relación que tienen Cheché y Ramón (mi hijo).

Yo llegué a la familia de Ana con un niño de cuatro años y quién me iba a decir que esta situación iba a ser la mejor tarjeta de presentación. Cheché, un hombre de carácter, me trató con la cortesía que ameritan estos encuentros, pero también con la prudente distancia que estas ocasiones dictan (a diferencia de Bárbara cuya sociabilidad y amabilidad están fuera de toda duda). Sin embargo, hubo algo de química natural entre mi hijo y mi suegro. Rápidamente los dos marcaron un terreno de transparencia y sinceridad, que con el hábito se convirtió en una preciosa amistad. No tardamos mucho en darnos cuenta de las ganas que tenían tanto uno como el otro de encontrarse con cierta regularidad. Algunas veces Ana llamaba a su padre para preguntarle si quería que fuésemos a comer ese fin de semana y la respuesta era una interrogante: “¿Tenéis al chaval?” si la contestación de Ana era una negativa, Cheché, que siempre estuvo por encima de todo convencionalismo, espetaba un “nada hija, ya venís el próximo fin de semana cuando tengáis al niño”. Una vez que sobrevenía el encuentro, rápidamente los dos planeaban los eventos de la tarde (trabajar en el taller, salir a la caza de objetos, cortar madera, o alguna otra actividad poco ortodoxa cuando de niños se trata). Durante el aperitivo, Ramón que suele ser un niño lleno de vitalidad (ole, el eufemismo) trataba de encaminarlo a una de esas actividades y Cheché le paraba los pies rápidamente con un “¡Calla niño! ¿No ves que tengo que darle un poco de conversación a tu padre? Ahora bajamos …”. Acto seguido, me daba un poco de conversación deseando, al igual que Ramón, bajar al taller a ocuparse de “cosas importantes”. La tarde pasaba entre una deliciosa comida, unos respectivos vinos, las anécdotas (la preferida de Ramón era la del Dr. Peitieu o algo así), la eterna lucha entre Bárbara y Cheché por subir y bajar la calefacción y las actividades que estos dos amigos habían planeado para después de comer. Así, fin de semana, tras fin de semana esta pequeña costumbre se instauró en nuestras vidas.

Hace unos días Cheché nos dejó definitivamente y no puedo dejar de escuchar en mi cabeza su voz dirigiéndose hacia Ramón con una de sus firmes exclamaciones para que le ayudara con algo o para que esperara un poco antes de salir a jugar. Muchas imágenes cruzan mi cabeza viéndolos juntos inmersos en alguna actividad, pero es su voz la que retumba en la caverna de mi mente, alargando la sombra de la tristeza. Ana me dijo el otro día, “Cheché fue un buen padre, pero fue un excelente abuelo” y creo que tiene razón. Disfrutaba mucho de sus nietos; le encantaba estar rodeado de ellos. Nunca los trató con la típica condescendencia que tenemos a veces hacia los niños. Al contrario, él se relacionaba con ellos de “tú a tú” y los conducía por donde él quería: la última vez que los tuvo a todos juntos fue el verano pasado en A Coruña celebrando sus 50 años de matrimonio. Ese día los bajó desde el mirador, hasta el hotel donde nos hospedábamos, andando a paso firme y contándoles historias sobre aquella ciudad que marcó su juventud.

No puedo mejorar las palabras que Marta, su hija, escribió sobre él. Cheché fue una persona auténtica que no se casaba fácilmente con una ideología. Miraba con escepticismo los discursos, pero eso no le impedía poner en práctica aquellos axiomas morales con los que regía su hacer.  Aunque lo hubiese negado con dureza fue un ecologista, pues siempre buscaba reutilizar aquello que todos echamos a la basura; tuvo una gran conciencia social, basta recordarlo conmovido hasta las lágrimas recitando esos versos de Rosalía de Castro: “Castellanos de Castilla, / tratade ben ós galegos; / cando van, van como rosas; / cando vén, vén como negros” y fue un precursor de la teoría del bien común, pues denostaba el consumismo desmedido. Apoyándome en Miguel Hernández debo decir que la muerte de Cheché vino como el rayo sorprendiéndonos a todos. Aquel que hasta hace unos meses subía al tejado de su casa para reparar algún desperfecto o venía a la nuestra para ponernos el estor que yo era incapaz de colocar, hoy yace en Carballo.

 El ente ha muerto, pero su ser continúa con nosotros. Cada vez que el eco de su voz juguetee en el pensamiento o aquellas imágenes sean traídas a la conciencia, su ser seguirá acompañándonos. Enseñándonos sobre la vida modesta, la sencillez para obtener la felicidad, la curiosidad por el saber, la utilidad de lo aparentemente insignificante y las ganas de vivir con plenitud.

Dedicado a toda la familia, especialmente a Bárbara.

R.III

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