Fue un cuatro de julio

Uno de los primeros recuerdos que tengo de mi infancia es el de jugar con mi abuelo en el patio de lo que siempre he llamado la casa de Tana (mi abuela). Jugábamos con palos de escobas a que éramos vaqueros y apaches. No son recuerdos nítidos, pero tengo la sensación de haber pasado muchas horas con él revoloteando en ese espacio. Muchas de las imágenes que tengo en mi mente seguramente no provienen de ese instante; es más posible que se compongan de elementos que consolidé posteriormente: me veo corriendo alrededor de la escalera de metal, a mi abuelo alejándome de las bombonas de gas que se alojaban debajo de ella, una especie de banquito de metal que pesaba mucho y que más adelante en mi adolescencia la utilicé como mancuerna para hacer ejercicio, las cuerdas ásperas del tendal o el suelo gris e irregular. Quiero creer que esas imágenes son parte de la realidad que cristalicé, pero es difícil asegurarlo. Mi abuelo murió cuando yo tenía cuatro años, por tanto, estas remembranzas deben ser anteriores a esa edad.

Fue mi padre quien descubrió que mi abuelo era víctima de un cáncer mortal. También fue él quien hizo el cálculo del tiempo que le restaba de vida. Según cuenta la leyenda, esta fue la razón por la que yo nací; mi padre quería darle a mi abuelo la posibilidad de disfrutar de un nieto antes de que terminara la cuenta atrás. Frente a esta situación mi madre estuvo de acuerdo en conceder esa contingencia que ha tenido como consecuencia el nacimiento de la persona que ahora escribe estas líneas. Por lo que me cuentan estuvo encantado con su nieto y supongo que si su borrosa efigie sigue plantada en mi cabeza, yo también habré disfrutado mucho de él.

Es curioso pensar que otro de los recuerdos más antiguos que tengo es el de la llegada de mi hermano a lo que fue nuestro primer hogar familiar. Recuerdo que mi madre lo traía en brazos y que lo ponía en la cuna. Veo en mi mente sus dedos finos sujetando los barrotes. Sé que aquí mente me juega tretas, porque no es posible que él mismo se sujetara, pero seguro que lo fino de sus dedos sí que se guardó en mi cerebro. Habrá sido lo suficientemente peculiar, para que deformado o no, el recuerdo emerja cuando quiero rememorar mi pasado. Pero lo curioso no es esto, lo interesante radica en que él nació al poco tiempo de que mi abuelo muriera. Por esta razón Tana llama a Alejandro “mi vejos”, porque para ella el espíritu de “Tata” se transmitió a mi hermano para completar un ciclo de vida nacimiento/muerte que por más que contemplamos los seres humanos –pobrecitos- todavía no queremos aceptar. Mi madre incluso cuenta que la noche que murió fue el día que confirmó que estaba embarazada por segunda vez. No quiso decírselo y quizá ni hizo falta, pues parece que encontró muy bien el camino para transmitir la esencia que despertó en Tana esa sensación de semejanza.

Mi padre suele decir que nosotros somos lo que somos gracias al primero de los Ramones. Como modestísimo pago sólo puedo intentar conmemorarlo. Fue un cuatro de julio cuando hace 31 años Tata falleció. Espero que esta entrada minimalista consiga honrar su nombre y también espero que la dinastía que hoy va por el cuatro siga respetando sus raíces y se nutra de ellas.

Para R.I de R.III

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Acerca de Ramón Ortega (tres)

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