Con la mochila acuestas

Siempre que lo ves marchar sientes la sensación de vacío en el estómago. Lleva el macuto firmemente sujeto a su espalda, el saco de dormir en la mano. No puedes evitar mirarlo bajo tu perspectiva; todavía lo consideras tan pequeñito, pero él camina con el mismo aplomo que sus otros compañeros. En su mente ya has desaparecido; charla, se ríe, juega. Sabes que durante cinco días lo pasará muy bien, pero no puedes evitar la punzada de la preocupación.  Sin embargo, este sentimiento nada tiene que ver con un peligro verdadero, guarda más parecido con la sobreprotección: ¿comerá bien? ¿Lo harán andar demasiado? ¿y si se moja los pies? ¿se lavará bien los dientes? Buscas consuelo en la razón y te convences de que lo que perseguías metiéndolo en el grupo de scouts es que se volviera más independiente, que consiguiera socializar mejor con los otros niños, que dejara de ser el centro de atención y se diluyera entre los demás, que aprendiera a empatizar, a colaborar, a compartir, a saber perder y ganar. Querías, finalmente, arrancarlo de aquello que crees un seno, ya no sobre, sino súper-protector en el que vive cotidianamente.

Intentas llevar el asunto al terreno de la levedad.  ¿Qué más da que no coma todo lo bien durante estos cinco días? ¿o que ande mucho y no se lave los dientes? A la vuelta vendrá hecho una piltrafilla como suele hacerlo, pero pletórico y de una pieza. Querrá contarte sus mil aventuras y con los bolsillos llenos de piedras y recuerdos silvestres.  Durante la acampada no morirá por inanición, ni perderá los dientes por falta de higiene. Y si se moja los pies, cogerá un resfriado, pero con suerte aprenda que en esos casos lo que debe hacer es ponerse unos calcetines secos. Y aunque odies pensar en ello, de cada insatisfacción, de cada pena, de cada ligera y “medida” amargura con la que tropiece, su espíritu se enriquecerá por la experiencia. Si lo has metido en los scouts es porque quieres hacer de él un mejor ser humano. Porque aunque consiguieras evitarle en su niñez todos los males que se esconden en cada esquina de este mundo, lo cierto es que algún día él saldrá a vivir en ese mundo. Solo, sin tu ayuda, o la de su madre,  la de Ana, la de sus abuelos o la de todos los que lo quieren (que no son pocos), solo tendrá que saber sortear los infortunios que se le atraviesen.

Ahí va feliz con su mochila acuestas. Y tú también das la vuelta con el vacío en el estómago. Caminas convencido de que todas tus razones son acertadas. No miras atrás, pues no tendría sentido. Él ya ha comenzado su excursión. Año a año el macuto le irá quedando más pequeño, ya no se lo prepararás tú y él, desde lo alto, besará tu frente, igual que como ahora lo haces tú al despedirte.

R.III

Imagen

R.IV en su primera acampada en invierno del 2010

Anuncios

Acerca de Ramón Ortega (tres)

Ramón Ortega III https://unviajepersonal.wordpress.com/acerca-de-mi/ Ver todas las entradas de Ramón Ortega (tres)

4 responses to “Con la mochila acuestas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: