Tailandia: algunas anécdotas

La vista al monje

Unos minutos antes de entrar al Wat Pho estuvimos a punto de ser víctimas de un fraude, por lo que parece muy común en Tailandia. Un oriundo ciudadano, al vernos extendiendo los mapas de la ciudad para intentar ubicarnos, se nos acerca gentilmente para preguntarnos a dónde íbamos. Yo al ver su interés en auxiliarnos le expliqué que queríamos visitar uno de los principales conventos de Bangkok; el Wat Pho. El señor en cuestión nos informa que debido las próximas fiestas el recinto estaba cerrado (estuvimos ahí unos días antes del cumpleaños de la reina, que es, a su vez, el día de la madre). Nos ofrece llevarnos a visitar otros puntos interesantes de la ciudad, para que no dejemos que este suceso nos amedrente. Sin embargo, como ya había leído acerca de este tipo de estafas en las que terminas comprando joyas u otros productos, le dije que seguiríamos por nuestra cuenta, pues queríamos ver el templo, aunque fuese por fuera.

Cuando llegamos al convento las personas se arremolinaban a su entrada, abierta, para intentar entrar. Nosotros nos unimos a la muchedumbre. Ana estaba tan indignada que estuvo a punto de volver sus pasos atrás para encontrar a este sujeto y decirle que su forma de actuar no era correcta y que si creía en el Karma, que se fuera preparando porque en su próxima vida se convertiría en un mosquito. En cualquier caso entramos al esplendoroso templo. No pudimos evitar arrodillarnos ante un Buda, ponerle los curiosos papeles dorados que todos colocan en su figura y encender incienso ante él. Todo con la inseguridad del turista que en realidad no tiene ni idea de qué hacer, ni en qué orden.

Al salir de este pequeño templo de los muchos que se encuentran en el gran Wat Pho, nos llamó otro tailandés y nos dijo que deberíamos ir en una dirección para ver algo que no entendimos, pues su inglés no dejaba mucho que desear. Lo que sí captamos fue la dirección que nos señaló, así que, dispuestos a no perdernos nada interesante, caminamos hacia ella confiados de encontrar alguna otra impresionante estructura. Sin embargo, lo que descubrimos fue una serie de callejuelas que contenían pequeños habitáculos. Al ver que eso no tenía ningún chiste decidimos encaminar nuestros pasos hacia la dirección contraria, pero nos encontramos de nuevo con la persona nos había sugerido el camino. Al vernos cara a cara nos dijo de que si queríamos nos presentaría a “noséquégrandiosomonje” para que nos bendijera. Antes de terminar de explicarse ya estábamos dentro de una de esas casas. El monje que nos había abierto nos invitaba a arrodillarnos frente a él y nos preguntaba de dónde veníamos. Su “hogar” estaba lleno de cientos de amuletos, ropa, una colchoneta, una televisión (encendida) y otros muchos objetos que se escapan a mi recuerdo. La persona que nos había llevado hasta este punto, con su mal inglés, nos mostraba todo lo que teníamos que hacer: arrodillarnos, agachar la cabeza, unir las manos, etc. El monje cogió unas flores de loto, las mojó y nos empezó a arrojar agua como el padre que bautiza a un bebé. Una vez hecho este rito, nos puso una pulsera amarilla (que todavía llevo conmigo) y colocó unos amuletos enfrente de cada uno. Nuestro “nuevo guía” explicó: “estos amuletos son de muy buena suerte y cada uno cuesta 900 bats (unos 20 euros)”. Ana en ese momento se levantó diciendo de que no. El monje puso una expresión de “qué gente más rara” y el señor que nos llevaba dijo que no teníamos que comprarlos si no queríamos, pero que una propina para el monje se agradecería. Le dejamos 40 bats (2,50 euros).

Salimos indignados, pensado que esto sería equivalente a que un tailandés llegara a una iglesia, que un padre le echara un poco de agua bendita, le pusiera en la mano un rosario y luego le pidiera dinero a cambio. A los tres días de estar en Tailandia, nuestra idea sobre el budismo comenzaba a cambiar.

Chiang Mai; otro tipo de monje

Sabíamos que en Chiang Mai era común esta práctica. Pero cuando vimos el cartel nos hizo mucha gracia:

 “Charla con monje; déjenos practicar nuestro inglés mientras usted aprende de la cultura budista”

Y en otro letrero: “no sólo se quede ahí mirando, acérquese y hable con nosotros”.

Después de nuestra anterior experiencia, no era raro que nos sintiéramos recelosos de participar en este proyecto. Sin embargo, poco a poco nos pusimos a lado de un grupo de monjes. Ellos, al vernos que nos acercábamos, salieron huyendo, pero se quedó uno que con una sonrisa nos explicó “es que tienen que estudiar para sus exámenes”. Era un chico joven que comenzó a charlar con mucha naturalidad sobre su vida. Nos contó que él también iba a la universidad. Al ver nuestra sorpresa nos dijo que ellos podían ir a estudiar, podían convivir con la gente, hablar con otras personas y que lo único es que no podían ir a sus fiestas, cosa que no importaba “porque los monjes tenemos nuestras propias fiestas”, dijo mientras lanzaba tremendas risotadas. También nos contó sobre la vida de Buda y algunas de sus enseñanzas. Gracias a nuestro nuevo amigo, volvimos a recuperar un poco la fe que habíamos perdido en esta religión (que por cierto no íbamos a profesar, pero que por lo menos nos parecía más digna que cualquiera de las otras).

El desmebarco

A Railay sólo se puede llegar por mar. Hay que coger un barco de cola de escorpión en Ao Nang. Cuando llegamos al puerto fuimos a la caseta donde uno compra los boletos para poder abordar. La chica que nos atendió nos informó que teníamos que esperar a que hubiera mínimo 20 pasajeros para poder salir. Cinco minutos más tarde se nos acercó y nos comentó que ya había suficientes personas y que ya podíamos subir al barco. “El número 8”, dijo, señalando en dirección al mar. Cuando echamos un vistazo al horizonte sólo veíamos un pequeño barco a un kilómetro y medio de donde estábamos. No giramos hacia ella y preguntamos ingenuos “¿el barco número 8?”, “Sí, el número 8”, contestó con firmeza y nos metió prisa señalando hacia el lejano navío. Comenzamos a caminar por una gran extensión de playa húmeda debido a la baja mar, repleta de pequeños cangrejos que caminaban velozmente evitando nuestras pisadas. Una vez llegados al mar nos detuvimos, pues el barco seguía a unos 600 metros ya dentro del mar.

Mirándonos estupefactos, nos preguntábamos, ¿ese barco de allá será el número 8?, pero desafortunadamente no había nadie a quién transmitirle nuestra duda. Poco a poco llegaron hasta nuestro punto más turistas, pero al igual que nosotros no sabían qué hacer. La persona que conducía el barco saltó al agua y eso me dio una idea de la profundidad a la que se encontraba el mar en ese punto. Levanté la mochila que colgaba a mi espalda por encima de mis hombros y me animé a entrar y averiguar si esa era nuestra embarcación. Unos 200 metros más adelante el agua ya me llegaba a la cintura y seguía subiendo. Nosotros afortunadamente veníamos con pantalones cortos, pero muchos de los turistas –que traían grandes maletas- venían con pantalones y zapatillas.

Subir al barco tuvo su encanto. Todos nos ayudábamos con los equipajes y a nosotros mismos.

En el barco todos hablábamos de la situación. Nos parecía auténtico y nos lo tomamos con sentido del humor. El paisaje era increíble. Unos minutos después el barco paró y nos dijo el lanchero que teníamos que bajar. Nos miramos unos a otros con el ceño fruncido: “¿aquí?”. Y es que la playa estaba a un kilómetro de donde nos encontrábamos. Nuevamente nos ayudamos unos a otros a bajar el equipaje para que se mojara lo mínimo posible. Cuando terminamos con éxito el desembarco de Railay, ninguno de los presentes sabía por dónde comenzar a buscar su hotel y el lanchero se encontraba ya navegando de nuevo en dirección a Ao Nang. Así son las cosas en Tailandia.

El Monzón

La playa de La Playa (la película) es igual de bella que como se puede apreciar en el filme. La única diferencia es que hay cientos de turistas en una extensión poco a mayor a un kilómetro de arena. Sólo se puede llagar por mar y es tal la afluencia de barcos, que para que los visitantes puedan bajarse a sentirse Leonardo DiCaprio las vehículos marinos se acercan a la playa, dejan a las personas y se meten otra vez en el mar para dejar que otras lanchas imiten la maniobra.

Fuera de estos horrores típicos de un turismo que no sabe del concepto “sostenible”, la vista nos llevó por otros puntos que merecieron la pena. Entre otras cosas pudimos hacer submarinismo (con tubo, no con bombona) y hábilmente me dejé pinchar por una medusa. Como la capitana -una mujer pequeña, pero con verdadera voz de mando- venía preparada, no pasó a mayores; algo de vinagre, pomada, un poco de dolor y una ligera hinchazón en la mano.

Lo interesante comenzó a la vuelta, el barco venía como si se tratara de una regata en su sprint final. Las olas no hacían mella en la embarcación, pero éste tampoco pasaba incólume sobre ellas y saltaba de una forma espectacular. Al caer saltaba tal cantidad de agua dentro del interior de la embarcación que no tardamos en estar todos empapados. La gente que al comienzo iba contenta y disfrutando de la velocidad, no tardó mucho en ponerse seria y comenzar a preguntarse “¿Por qué tanta prisa?”. De pronto la respuesta se nos dejó caer del cielo. El día que pocos minutos antes dejaba lucir un sol cuasi caribeño, se ennegreció casi por completo. Comenzó a caer un aguacero tan intenso que no se podía reconocer en el horizonte dónde terminaba el mar y dónde comenzaba el cielo. Si ya veníamos mojados para entonces por el vaivén de las olas que entraban al estrellarse en el barquito, ahora comenzábamos incluso a tiritar, pues el sol, oculto tras las nubes, ya no nos brindaba su acogedor calorcito.

Tan sólo fueron quince minutos de intensa incertidumbre. Poco después saltábamos a la orilla de la playa (el agua del mar estaba más caliente que nosotros) y chorreando nos esparcimos todos a paso veloz rumbo a nuestros respectivos hoteles. Nosotros decidimos que no merecía la pena correr, pues mojarnos más era imposible. Railay es una península, pero su geografía es selvática. No tardamos en ver que los efectos que monzón traía consigo; una serie de insectos gigantes. Jamás había visto un ciempiés de ese tamaño y de color rojizo. Tampoco a un escorpión negro de tales dimensiones que caminada con parsimonia. Nosotros íbamos de puntitas esperando llegar al hotel y darnos una ducha de agua caliente. Como decía nuestro amigo indio Ankturp (o algo así) “el monzón es como una mujer… impredecible”.

R.III

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Acerca de Ramón Ortega (tres)

Ramón Ortega III https://unviajepersonal.wordpress.com/acerca-de-mi/ Ver todas las entradas de Ramón Ortega (tres)

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