Un viaje personal por Tailandia: Bangkok

Llevo ya unas semanas queriendo escribir sobre el viaje que hice este verano a Tailandia y me doy cuenta de que casi ha pasado un mes desde que volví, sin tener oportunidad de sentarme para hacerlo. No quisiera que las intensas vivencias se pierdan en el olvido. Este reino del sureste asiático me ha cautivado y si ahora dedico un poco de tiempo a estas líneas es para intentar que el recuerdo se prolongue y, ya de paso, hacer un pequeño relato con reflexiones e información que pueda ayudar o motivar a otros a conocer este precioso país. Mi itinerario fue el siguiente: Bangkok, Ayutthaya, Chiang Mai, Pai, Phuket, Ao Nang, Railay, Ko Phi-phi, Surat Thani, Ko Samui y de vuelta a Bangkok. Una aventura a través del país con la ayuda de coches, autobuses, trenes, barcos, lanchas, aviones y hasta bicicleta. Como es probable que vaya a tener que explayarme, iré dividiendo esta crónica en episodios, empezando por la capital del reino.

Gran Palacio

Bangkok

Mi primera impresión sobre Bangkok fue la de una ciudad que guardaba un enorme parecido con México D.F., lugar donde nací y viví 21 años. Hay dos formas cómodas de acercarse al centro de Bangkok desde el aeropuerto de Suvarnabhumi. La más económica es la de viajar en metro y después cambiar al BTS (sky train). Por menos de cinco euros por persona se puede hacer un recorrido completo por los dos sistemas. La otra opción es el taxi que es un poco “más” caro en comparación, si se va solo, pero no si se viaja acompañado y con maletas. Nosotros pagamos 10 euros para llegar desde este punto hasta el barrio de Silom donde se encontraba el hotel. En todo caso, debido al tremendo tráfico que existe, se recomienda, si no se va muy cargado, viajar en el metro/BTS, porque se llega mucho antes. El trayecto que debe constar de unos 10 o 15 kilómetros (me es difícil el cálculo) se puede prolongar hasta una hora y media dependiendo de la hora del día, mientras que en metro se llega en unos 35 minutos.

Pero vuelvo a la idea sobre el parecido que existe entre la capital de Tailandia y la mexicana. Cuando iba en el Taxi que nos llevó del aeropuerto hacia el hotel, pude apreciar la enormidad de una ciudad cosmopolita compuesta por un desordenado conjunto de barrios que iban desde los más pobres de casas bajas –y en algunos casos destartaladas-, pasando por otros no tan pobres con edificios de apartamentos sobrios y casas de mayor tamaño, hasta enormes rascacielos que alojan tanto oficinas como hogares de lujo.  También descubrí la enorme densidad de personas que habitan esta urbe, su caótico tráfico y la tonalidad gris, pábulo de la contaminación, que se va adhiriendo a las paredes de los edificios, los puentes, las calles y el cielo. En un punto en el que pasamos por debajo de un viaducto, de no ser por los rasgos físicos tan característicos de oriente, nada me hubiera impedido sentirme debajo del “periférico” capitalino de la ciudad donde nací.

R’io Chao Phraya en Bangkok

R’io Chao Phraya a la altura del Barrio Chino

He escuchado a más de una persona el inopinado reproche hacia la capital tailandesa de ser una ciudad fea. Muchos incluso osan decir a los nuevos viajeros que huyan lo antes posible de ahí. A mí en cambio me pareció uno de los sitios más auténticos de todo mi periplo. Tailandia es un país increíble y las maravillas que vi a lo largo del  viaje podrían fácilmente dejar en una mala posición a Bangkok si se comparan en belleza, pero por otro lado, creo que fue en esta gran metrópoli donde conocí al verdadero tailandés. Estudiantes y trabajadores tan embebidos en su cotidianidad que no reparaban en uno y si lo hacían poco parecía importarles. La naturalidad con la que te miraban sin apenas reparar en tu imagen de extranjero; eso para mí fue vivir al tailandés auténtico. Después conocí a ese otro que hace honor al epíteto de “la tierra de las sonrisas”, a esa amable y respetuosa persona; al prototípico y gentil oriundo, pero que, a su vez, siempre aparecía al servicio del turista como adherido a alguna oferta de restauración, hostelería, comercio o un sinfín de atracciones turísticas.

 

Sin embargo, en Bangkok las personas hacen su vida normal sin pretensión alguna de interactuar con el turista. Me encantó caminar por la calle Silom y apreciar a cientos de citadinos salir de sus oficinas, con su respetivo gafete empresarial colgando del cuello, para hacer su pausa diaria del almuerzo. Todos recorriendo la innumerable oferta callejera de aperitivos exóticos para los occidentales, o yendo a restaurantes que ofrecían menús económicos, o acudiendo a centros comerciales cuyo mejor esplendor lucía a esta hora del día. Sonrisas, chismorreos, insólitos encuentros entre una mar de gentío, la calma y facilidad para atravesar de un extremo a otro una calle en la que parece que nadie respeta los semáforos. También me gustó subir al metro y ver cómo decenas de personas se agolpan en el andén para subir en el siguiente tren y vaticinas una horda de empujones, para unos segundos después presenciar con sorpresa que la gente deja salir primero a los individuos que vienen dentro del vagón, para después conducirse con tranquilidad al interior del mismo. Fue interesante averiguar que existan normas que jamás pensarías en occidente, como la de ceder tu asiento a un monje. Y así las sensaciones que guardo de esta caótica –en apariencia- interacción de los tailandeses, debo admitir que no las volví a tener en los siguientes puntos de mi viaje.

Si guardo un recuerdo que perdurará en mi memoria de esta ciudad, no se debe al Gran Palacio o al Wat Pho (símbolos ineludibles de la ciudad, pero plagados de turistas hambrientos por fotografiarlo todo), sino al habernos perdido por el laberíntico Barrio Chino. Un lugar en que puedes hallarlo todo, pues lo que no encuentres ahí es porque no existe. Una oferta de cientos de miles de objetos en apariencia inservibles, pero que deben generar negocio, puesto que tener una tienda en este lugar es sinónimo de una competencia salvaje (decir que había mil puestos, es quizá quedarme corto). Hasta ahora me sigo preguntando cuánto ha de vender el propietario de alguno de estos locales. Esto me lleva a otro punto de la ciudad que tampoco olvidaré: el mercado de los amuletos. Una inmensa calle en la que existía un puesto de amuletos por metro cuadrado. Millones de piedras, trozos de madera tallada (y sin tallar), reliquias y otros objetos extrañísimos. Todos ahí agrupados sin orden. Ninguno de los vendedores se molestaba en ofrecer sus mercancías y, sin embargo, cada puesto tenía a sus curiosos compradores (tailandeses también) preguntando detalles sobre los distintos artículos. Personas examinando los artilugios como si cada uno guardase una autenticidad que para un occidental no tenía cabida. Y entre esta infinita oferta, de nuevo la pregunta que me sigue acosando ¿cuántos amuletos podrán vender al día? Dado el número de puestos, la incierta respuesta, me lleva a pensar, que sí que debe compensar este curioso negocio.

Barrio Chino

Procuro nunca entrar a un centro comercial, si no es porque realmente necesito comprar algún producto (principalmente de vestido) y, sin embargo, estoy muy contento de haberme pasado por uno de estos sitios en Bangkok. Es una experiencia que francamente recomiendo. Frente a una ciudad atestada de puestos de comida y, por ende, de suciedad, malos olores, insectos e incluso ratas, estos centros se alzan como oasis de limpieza, con aire acondicionado y una magnanimidad que contrasta con el resto de las calles. Desde luego, es un buen lugar para refugiarse del húmedo calor del verano o de los impredecibles aguaceros diarios del monzón. En cualquier caso, además de los cientos de tiendas de marcas internacionales, a las que ni me asomé, quiero resaltar la zona de comidas. Es más o menos llevar el concepto de los puestos callejeros al interior del los centros comerciales. Una línea de pequeños puestos de alimentos, ofreciendo un sinfín de opciones, alrededor de un gran espacio para mesas. Lo curioso es el sistema. No puedes pedir y pagar al señor o señora del puesto, sino que adquieres primero una tarjeta a la que agregas dinero. Después, coges tu bandejita, te acercas al puesto de tu elección, escoges lo que vas a consumir y le pasas la tarjeta. El empleado te devuelve un ticket con lo que has consumido y con el saldo que te queda para otra ocasión; buscas un sitio vacío y a comer. Un orden impresionante que contrasta con lo que pasa fuera de los centros comerciales. La comida en este país es muy barata y muy rica, pero a la gastronomía habrá que dedicar un episodio completo. Por ahora ya va siendo hora de cerrar este episodio.

Me dejo muchas cosas que se descubren muy rápido en cuanto se llega a esta ciudad. El amor que siente el tailandés hacia sus reyes y la devoción hacia el budismo. También la diferencia de costes entre este país y Europa; todo resulta muy barato. Hay cientos de mercados callejeros (algunos nocturnos) en los que se puede adquirir casi todo lo que se pueda imaginar. Eso sí, hay que saber regatear. El precio inicial, normalmente, será considerablemente superior de aquel que se consigue si se sabe negociar. A diferencia de otros países, los tailandeses no te acosarán con sus comercios; insistirán un poco para que compres, pero rápidamente desisten si se les dice que no. También es evidente que es la ciudad del sexo. La prostitución se puede ver con suma facilidad en varias calles. El ping-pong show (mujeres lanzando pelotas de ping-pong con sus vaginas) es ofertado a partir de una hora en la noche casi en cualquier esquina donde se reúna la muchedumbre (mercados, zonas de bares, etc.) y parece ser un espectáculo completamente aceptado. En fin, varios aspectos que crean una imagen de esta ciudad, pero que dista mucho de su identidad. Una gran ciudad con todos aquellos problemas que se pueden tener en una gran urbe (contaminación, tráfico, etc.), pero que gracias a la gentileza de los tailandeses y un espíritu de armonía, el buen rollo se respira en el aire.

R.III

Chao Phraya. Wat Arun

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Acerca de Ramón Ortega (tres)

Ramón Ortega III https://unviajepersonal.wordpress.com/acerca-de-mi/ Ver todas las entradas de Ramón Ortega (tres)

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