El ostracismo de los Reyes Magos

Los tres Reyes lo dispusieron como un plan magnífico.  La distribución de los juguetes, por primera vez no sólo iba a ser efectiva, sino que acariciaba ese concepto poco practicado por aquellos seres ungidos por la magnanimidad de Dios: iba a ser justa. La decisión era polémica, pero en esta época de crisis confiaban en que las personas comprendieran que su deber era seguir la máxima de “a grandes problemas, grandes soluciones”.

Y cuál fue el asombro de los cientos de miles de pequeños que encontraron las bases de sus árboles de Navidad, o los zapatitos que habían colocado perfectamente alineados, vacíos. Ningún regalo había sido depositado en ellos. ¿Acaso no han venido?, se preguntaban los pitusos, pero la prueba de Su llegada era evidente. Los platos con galletas o salchichón y los vasos de leche o vino, también se encontraban vacíos. Algunas migas, poco más. Los sedientos reyes, sin duda habían hecho acto de presencia. ¿Y entonces los regalos?

Los llantos fueron atronadores. Los padres no podían consolar a sus hijos; tan sólo lo consiguieron aquéllos (que no fueron pocos) que les ofrecieron, en compensación por tan grande disgusto,  ir a comprarles, de forma expedita, algún regalo que fuera de su agrado. Muchos de los avariciosos pequeños cedieron a este chantaje. Otros se empecinaron por aquellos regalos que, según ellos, estaban dotados de una magia que no se puede adquirir en un centro comercial. Pero niños y padres convenían en tachar a esos Reyes de seres desalmados (y otras cosas más duras).

Pero a esta fatídica sorpresa sobrevino una mayor. La carta. En algunos casos, después de ser hallada y leída por los padres atónitos, pedían apresurados a sus hijos que confirmaran la noticia, en otros, antes siquiera de sospechar la existencia de la nota que sus Majestades habían dejado, los hechos anunciaban la controvertida decisión real.   Lo que fue similar en casi todos los hogares, fue la imagen de los niños corriendo a sus habitaciones y volver en similar trote hacia el salón para contar, escandalizados, tan peculiar acontecimiento. Los reyes no sólo no habían traído regalos este año, sino que se habían llevado algunos de los juguetes en mejor estado (pues los rotos no eran dignos de sus Altezas) de los pequeños. El saqueo fue el mismo para todas las casas en las que año tras año los Reyes habían hecho gala de su generosidad. No se perdonó a ninguna vivienda, pero cuantificando los daños -por esto de las estadísticas-  cabe mencionar que las casas más opulentas fueron, también, las más devastadas.

En la misiva, la explicación que indignó a todas las potencias de Occidente.

Mientras tanto, en la otra parte del mundo, el milagro se había consolidado con sumo esfuerzo. Porque por más juguetes “robados” que los Reyes consiguieran, la verdad es que los niños de esos países son demasiados. Pero finalmente, juntando la provisión normal de regalos que se producían todos los años, más aquellos otros que hábilmente consiguieron en las casas de Occidente y equilibrando austeramente la repartición, se conisguió tan ambicioso objetivo. Si bien es cierto, los tres grandes Magos fallaron en su perspectiva de impacto: no pensaron que muchos de esos juguetes no iban a ser divertidos para los  chavales de tan recónditos confines. Sólo los regalos más sencillos triunfaron (e incluso algunas de las cajas que alojaban esos “objetos raros” de poca utilidad). En todo caso, los millones de rostros ilusionados habían restado importancia a este pequeño detalle. Satisfechos, los Tres, pudieron volver andando a casa.

Al otro día, los caritativos y mágicos Monarcas estaban conformes. Pobres ingenuos. ¡No sabían el problema en el que se habían metido! La indignación civil llevó a los gobiernos de las grandes potencias a tomar medidas poco diplomáticas… pero esa historia ya no es para niños

R.III

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Acerca de Ramón Ortega (tres)

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