De policías y manifestaciones pacíficas

No sé si me equivoco, pero siempre he pensado que los ciudadanos mandamos sobre la policía. O por decirlo de una forma más sutil: que la policía está al servicio del ciudadano. A este grupo de funcionarios se les paga por velar por la seguridad, de la misma manera como a otros empleados públicos se les remunera por llevar el control del empadronamiento, atender la sanidad o mantener limpias las aceras. Sus puestos tienen una función, que en última instancia debe perseguir el bien común. Nuestra sociedad les da luz verde para interceder en nuestras vidas con el fin de que vigilen el cumplimiento de la ley (una ley que, por cierto, nosotros también decidimos y, de creerlo pertinente, podríamos modificar). Sin embargo, a veces nos cuesta trabajo a todos saber dónde está el límite de su actuación.

 

No se puede generalizar, porque hay muchos policías que desempeñan dignamente su trabajo, pero al ser individuos comunes y corrientes, algunos de ellos tienen sus defectos y llegan a cometer tristes errores. El principal, muy seguramente, es el de abusar de su cargo; creer que el uniforme les da un derecho “superior” al resto de sus conciudadanos y que esto los autoriza a saltarse (en cualquier grado) esa ley que se supone deberían amparar.

 

Hemos podido comprobar, en las últimas manifestaciones, como ciertos “protectores de la seguridad” han tenido, por decirlo eufemísticamente, una respuesta desproporcionada contra algunos manifestantes. Quizá querían demostrar que la porra no es sólo un adorno, sino que tiene una utilidad y que de vez en cuando hay que ponerla en práctica. Quizá realmente creían que tenían el derecho a esa desproporción, vaya usted a saber. Lo cierto es que muchos de estos actos han quedado grabados y pueden verse en youtube. Lo que me hace reflexionar que si con toda esta presión mediática y tecnológica que hoy en día existe –que se puede grabar un suceso en vídeo y subirlo a Internet prácticamente en tiempo real- y, aún así, se les va la mano con el riesgo que esto conlleva para su reputación, ¿qué pasará en otras situaciones en las que tienen la garantía de que nadie más los observa?

 

También es cierto que no es un trabajo muy agradecido. He presenciado alguna manifestación donde los humos se han calentado. Algunos manifestantes radicales han comenzado a lanzar botes y botellas y a gritar ofensivamente a los policías. Los antidisturbios no pueden dejar que la situación se salga de control y si es necesario deben usar la fuerza. Esa es su obligación, pues no podemos olvidar que protegen también a aquellos manifestantes pacíficos. Pero volvemos a lo antes dicho; se han presenciado casos en los que la respuesta a un ataque ha sido sumamente exagerada. Por ejemplo, la chica del vídeo de abajo les grita a unos policías con altivez (y desprecio), por mucho que esto pueda enfadarlos, ella no merece ese bofetón de un sujeto ejercitado y entrenado en la lucha, cuando éste mismo con su fuerza y tamaño podría controlarla de otra forma menos agresiva. Nada más que decir de lo que le hacen al acompañante que quiere llevársela o al fotógrafo del fondo; las imágenes hablan por sí solas.

 

Este sábado 15 de octubre vamos a ser muchos los indignados que tomaremos las calles. No hay que olvidar que esta es una manifestación pacífica. No calentemos los ánimos de los antidisturbios que estén presentes, ni insultándolos, ni haciéndoles burla. Mucho menos hay que atacarlos por mucho que éstos se muestren agresivos. Hay que pensar en ellos como lo que son, unos servidores públicos que están ahí por nuestra seguridad. Quizá consigamos que ellos también se unan a nuestro movimiento de indignados, pues también sufren los errores de nuestro sistema, digo yo…

R.III

 

 

 

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Acerca de Ramón Ortega (tres)

Ramón Ortega III https://unviajepersonal.wordpress.com/acerca-de-mi/ Ver todas las entradas de Ramón Ortega (tres)

One response to “De policías y manifestaciones pacíficas

  • Carlos

    Parecen casi hechas a la medida mundial lo que el gran Granados Chapa escribió sobre México en su última columna (lo recordaremos con mucho cariño y respeto): “Casi nadie (…) puede negar la terrible situación en que nos hallamos envueltos: la inequidad social, la pobreza, la incontenible violencia criminal, la corrupción que tantos beneficiarios genera, la lenidad recíproca, unos peores que otros, la desesperanza social. Todos esos factores, y otros que omito involuntariamente pero que actúan en conjunto, forman un cambalache como esa masa maloliente a la que cantó Enrique Santos Discépolo en la Argentina de 1945”.

    La indignación (y la emoción) es buena, pero también retumban las palabras de Zigmunt Bauman: “Todos están de acuerdo en lo que rechazan, pero se recibirían 100 respuestas diferentes si se les interrogara por lo que desean”

    Saludos y felicitaciones por este post.

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