El paseo

Voy caminando rumbo a la estación de tren de Tilburg. Las calles están prácticamente solitarias; es viernes y son las once de la mañana y probablemente todo mundo esté trabajando o estudiando. De vez en cuando me tropiezo con algún joven que, o hace novillos,  o va de camino a sus obligaciones. También con personas mayores que tiene como única obligación el aprovechar su esparcimiento. Eso es todo, por lo demás, no veo más gente. No hay casi ruido y el aire está limpio y freso, pero extrañamente para este país en septiembre, el cielo está despejado y la temperatura permite ir en camiseta. Estoy emprendiendo la vuelta a casa y no puedo evitar que la melancolía se vaya apoderando de mí a cada paso. Existen momentos en los que necesitamos tiempo para nosotros. Espacios que permitan dedicar más atención a nuestros pensamientos: a nuestras sensaciones.

Este viaje ha sido muy placentero. He conocido gente entrañable. He visitado sitios preciosos (Holanda, aunque pequeño, es un gran país en el que el encanto y la maravilla pueden sorprenderte en cada recoveco). He podido ver a mi hermano y mi cuñada que siempre son los perfectos anfitriones. Y he dado dos clasecitas en una universidad de esta ciudad: una de literatura y la otra de aspectos filosóficos sobre la interculturalidad y su aplicación práctica. Los alumnos han estado receptivos, se han interesado y, todo aquel que me conozca, sabe lo que puedo disfrutar cuando tengo la oportunidad de realizar este tipo de actividades. Pero pese a toda esta avalancha de acontecimientos positivos, se levanta por encima de ellos este paseo. ¿Por qué? ¿Por qué estoy disfrutando tanto de un momento que consiste en caminar, solo, pensativo, rumbo a una estación de tren que es el primer eslabón de mi vuelta a casa?

Quizá sea porque este paseo es el epitome de lo que aprecio en la soledad. Quizá, porque me está permitiendo sentir una alegría (con ese toque de melancolía) y simplemente puedo dedicar estos minutos a meditar sobre ello.

Porque estoy pensando sobre el disfrute de estar solo y la sensación se incrementa notablemente. La adrenalina recorre mi interior en una dosis perfecta, al igual que el viento pasa por mi pelo despeinándome ligeramente. Voy escuchando música y me fijo en detalles  que suelen pasar desapercibidos, como la hojarasca en la base de los árboles. Por un instante me siento en armonía. Sólo espero que el recuerdo de este momento se cristalice, o tal vez pueda encerrarlo en palabras y mantenerlo atrapado. Si consiguiera petrificarlo podría acudir a él cuando lo necesite. Pero por ahora sólo intentaré vivirlo con intensidad…

R.III

La foto no es de Tilbrug, sino de Utrecht, Holanda

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Acerca de Ramón Ortega (tres)

Ramón Ortega III https://unviajepersonal.wordpress.com/acerca-de-mi/ Ver todas las entradas de Ramón Ortega (tres)

One response to “El paseo

  • Carlos

    Me gustó mucho Ramón. La honestidad es el adorno perfecto para la crónica y se te da muy bien. No me sorprende que te llegue este tipo de felicidad en un viaje, creo que es cuando estamos más abiertos, más observadores…

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