Cambio de actitud

Salir a carretera implica muchas responsabilidades; revisar el motor, el aceite, frenos, el aire de los neumáticos, estar al pendiente de la gasolina, descansar antes de salir, etc. Pero también es necesario, especialmente para los citadinos, un cambio de actitud. Se debe conducir con extrema precaución, respetar los señalamientos y aplicar algunas reglitas que, aunque lógicas, no son de uso común en la ciudad. Por ejemplo, cuando uno va a adelantar a un coche, hay que hacerlo por el carril izquierdo, pero si al que se desea pasar está en esa vía, no hace falta echarle las luces o tocarle el claxon, sólo hay que poner la direccional izquierda para indicarle cordialmente que se mueva y uno pueda rebasarlo. Otro ejemplo es, cuando se conduce de noche, hacer un cambio de luces (de largas a cortas) con el fin no ir lampareando a todo aquel que se tope en nuestro camino.

 

Afortunadamente no es extraño encontrarse con muy buenos conductores que realizan al pie de la letra todos aquellos “usos” de la correcta conducción; lo cual se refleja en un viaje agradable y sin percances. Por otro lado, existen excepciones ocasionadas por algunos “cerdos” que nos ponen las cosas difíciles al volante. El típico chulito que acelera su coche muy por encima de la velocidad permitida, poniendo en riesgo a los que no gozamos de su condición gorrina. Por suerte, hay viajes en los que estos suidos no hacen acto de aparición. Incluso es posible que con el tiempo y una buena gestión de las multas de tráfico estos animales se conviertan en una especie en extinción.

 

Cuando no hay contratiempos, la carretera se convierte en un placer para los que lo sepan apreciar; para aquellos a los que todavía les merece la pena el trayecto como parte sustancial del viaje. Buena música, el paisaje, la oportunidad de dejarse llevar por una cadena de pensamientos: instantes que a veces, en conjunto, nos pueden acercar a la dicha.

 

Sin embargo, el gozo de la autopista se pierde de golpe cuando se entra de regreso en la gran ciudad. No sé por qué, pero los amistosos conductores, con los que había venido uno durante todo el recorrido, se transforman en monstruos al volante y comienza la ley de la selva. Para empezar el tráfico se incrementa al grado de que sospechas que todos esos vehículos estaban esperando a que estuvieras a 30 kilómetros de casa para salir y fastidiarte la tarde. Además no hace falta llegar a las calles de la ciudad; todavía en plena autovía ya te comienzan a adelantar por la derecha (y a veces algún listillo se atreve a invadir el arcén), los de atrás comienzan a presionarte con sus faros relampagueantes y algún neurótico no duda en hacer gala de su majestuoso uso del claxon.  Algunos se olvidan de estos artefactos y te echan el coche encima como queriendo violar esa ley de la física conocida como “impenetrabilidad”. Todos hacen lo que su santa madre les ha enseñado por ganar ese poco de territorio (que no de tiempo). Y así finalmente se puede hablar de un límite no explícito donde se rompe la razón, porque de un momento a otro, todos han cambiado de actitud. ¿Tendrá que ver con la vuelta a la vida cotidiana, después de unas vacaciones o fin de semana de descanso? Si fuese de otra manera y mantuviéramos un talante relajado, viviríamos una utopía…

R.III

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Acerca de Ramón Ortega (tres)

Ramón Ortega III https://unviajepersonal.wordpress.com/acerca-de-mi/ Ver todas las entradas de Ramón Ortega (tres)

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