Semmelweis y los cambios paradigmáticos

Un cambio paradigmático es un cambio en la estructura de pensamiento por parte de los individuos de una sociedad en un determinado momento. Esto quiere decir que estas estructuras (o formas de ver el mundo) dan un vuelco no sólo en el modo de vida de una civilización (usos y costumbres, la resolución de problemas, etc.) sino en la manera de apreciar un fenómeno; de percibir la realidad. Es como aquellos dibujos gestálticos donde puede verse una copa cuando se mira de una determinada manera, o bien dos caras si es observada de otra. El dibujo es el mismo, pero apreciar una u otra figura depende de cómo y dónde se centre la atención.

Imaginemos que se deja una mesa en el Amazonas cerca de la población de una civilización primitiva y con nulo contacto del resto del mundo. Ahora pensemos que esta sociedad nunca ha visto una mesa en su vida. Cuando los individuos se acerquen a ese objeto no dirán, “qué bien ya tengo una mesa para poder comer más cómodamente”. En todo caso, y aventurándonos mucho, podríamos creer que pensarían: “Esto me viene muy bien para usarlo de puerta para mi casa” o “por fin un objeto práctico para resguardarme de las lluvias”. Pero es muy probable que no acertemos a lo que cruzaría por su mente cuando se encontraran con este objeto.  Lo normal sería que le den un uso diferente e, incluso, incomprensible para nosotros. En la actualidad, los lectores de esta columna que contamos con una estructura de pensamiento similar, definimos ese objeto como una mesa y no como una puerta o un paraguas, pero cómo estos últimos elementos (paraguas, puerta) también están dentro de nuestro paradigma -sólo cobran significado bajo nuestros ojos- no hay por qué creer que los hombres de aquella primitiva sociedad, que tiene otra estructura, van a ver en la mesa alguna de esas realidades.

Los cambios paradigmáticos se desarrollan en varios ámbitos, pero donde más repercusión tiene para la humanidad es en lo que se llama “las revoluciones científicas”. En nuestra cultura occidental el cosmos ha sido descrito de muchas formas; desde lo griegos con su sistema geocéntrico, hasta la más actual, que viene de la mano de Einstein y de la que se desprende un universo en expansión con una curvatura del espacio y del tiempo. Cuando se piensa en la ejemplificación de estas revoluciones se acude al sistema de Ptolomeo (geocéntrico) y al de Copérnico (heliocéntrico). Me imagino a los dos sentados en un barranco viendo un atardecer. Ptolomeo le diría a Copérnico: “ves cómo se está moviendo el sol alrededor de nosotros hasta que lo dejamos de ver en el horizonte” y Copérnico le contestaría: “No entrañable amigo, ese efecto es aparente, pero en realidad muestra la perfección del giro que realiza la tierra alrededor del sol”. Ninguna explicación, por más convincente que fuera, lograría convencer al contrario. No es un empecinamiento por la teoría propia lo que influye en su pensamiento y percepción del fenómeno; es justo al revés, la estructura de pensamiento es la que da explicación no sólo a ese fenómeno, sino a todos los demás elementos de la realidad circundante.

Un ejemplo de cambio paradigmático en la medicina se dio en Viena se dio en el siglo XIX gracias al Dr. Ignaz Phillipp Semmelweis:

En el Hospital General de Viena había dos grupos médicos que trabajaban con parturientas. El índice de mortandad en las mujeres que daban a luz debido a la fiebre puerperal era alarmante. El doctor Semmelweis comprobó que se morían más mujeres en el ala del hospital que el atendía que en la otra. La única diferencia que encontraba entre un ala y la otra era que en la suya estaban los estudiantes de medicina y en la otra las aprendices de matronas. Pensó que la razón podría darse en los violentos tocamientos de los alumnos al examinar a las mujeres, lo que les ocasionaba la inflamación mortal. Así que centró su observación en ellos.

 No encontró nada fuera de lo común en sus tratamientos, pero la mortandad no descendía. Pero siguió al tanto y fue tal su atención, que hizo consiente que la única diferencia entre las matronas y los estudiantes, radicaba en que éstos últimos hacían autopsias que a las matronas no les estaba permitido hacer. Fue entonces cuando se le ocurrió a Semmelweis la idea de que trabajar con parturientas después de haber estado realizando autopsias con cadáveres podría ser la razón de un contagio producido por una “materia cadavérica” (así la llamó) que se quedaba impregnada en las manos de los doctores y que se transmitía a las pacientes al intervenirlas. Creyó que por eso morían en una especie de contagio mortal.

 Para comprobar su hipótesis Semmelweis le pidió a su grupo de trabajo que, antes de tratar a las parturientas, se lavaran las manos con cloruro de calcio (quería quitar el “hedor”; en su mente no había todavía algo cercano a microorganismos). Así comprobó que, en comparación con el grupo de trabajo del otro ala del hospital (que seguía con el antiguo método), las mujeres sobrevivían en mayor medida. Sin embargo su nueva técnica de limpieza no gustó. Vaya tontería esa de obligar a la gente a lavarse las manos, pensaron sus compañeros. Incluso en una discusión encarnizada con el director de su planta por la inclusión, según éste último, de este absurdo método, Semmelweis fue despedido. Para que le creyeran, llegó a cortarse a sí mismo con instrumento usado en las autopsias para probar con su propia infección la verdad de sus palabras. No consiguió la atención que solicitaba, sino una visita la manicomio y la enfermedad que le quitaría la vida. Semmelweis moriría sin llevarse el crédito de su legado.

 Ahora nos parece obvio que un médico se lave las manos antes de atender un paciente, pero hay que pensar que en ese entonces el origen de las enfermedades se producía a partir de un proceso interior. O sea que las enfermedades provenían de dentro del cuerpo. No se creía que efectos externos pudieran influir en las patologías. Desde este paradigma, no es de extrañar, que los médicos no tuvieran ningún interés en una rigurosa asepsia (ni siquiera una escasa limpieza) a la hora de atender a los pacientes.

 Más adelante se dio paso a un estudio posterior de los microorganismos (contagium animatum) en el tratamiento de enfermedades infecciosas. Dos figuras sobresalen a este respecto: Pasteur y Koch. Sin embargo, lo más importante es que a partir de ese momento la realidad médica fue vista de forma diferente. Los pacientes ya no sólo enfermaban por factores internos a su cuerpo, sino también podían contraer patologías por factores externos. Se había dado un cambio de paradigma.

 Según Thomás Khun esto no sería un incremento o avance en el conocimiento, porque para llamarlo así el pensamiento actual tendría que sustentarse en uno anterior. Lo que pasa con los cambios paradigmáticos es que se modifica totalmente la apreciación de los fenómenos. El pensar que la tierra gira alrededor del sol, no llega inspirado de la apreciación previa de su paradigma anterior pues es completamente contrario (el universo geocéntrico). El cambio paradigmático es el resultado, muchas veces, de casualidades experimentales (como el caso de Semmelweis) o de una inspiración inexplicable (como en Einstein) que llevó a los autores de los nuevos paradigmas a ver una realidad distinta. Según Khun para que pueda darse una revolución total de un cambio paradigmático, la generación que vivió el paradigma anterior tiene que morir, porque mientras viva no podrá aceptar la nueva estructura de pensamiento. Por eso es que a Copérnico a Galileo, a Képler, etc. se les tachó de locos y muchos de ellos no alcanzaron a disfrutar del reconocimiento de sus aportaciones.

 Esto puede plantear una última cuestión: ¿Quién nos dice que el paradigma que vivimos actualmente no cambiará en un futuro y que generaciones próximas verán el universo, o los tratamientos médicos u otros ámbitos de la vida de manera completamente distinta a como los vemos ahora? Tal vez la gente del futuro dirá: “Pobres ingenuos, cómo podían creerse esas barbaridades de la teoría de la relatividad”. Parece una desfachatez; pero nosotros hacemos lo mismo cuando nos cuentan cómo era el universo de Ptolomeo o que los médicos no se lavaban las manos antes de atender una parturienta justo después de haber realizado una autopsia.

R.III

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